Excelente relato este, tan lleno de ideas y de imágenes sugerentes que no puedo sino afirmar que es de los mejores que he leído. Hammett, como acostumbra, se vale de pocos elementos y describe de manera sucinta, ajustando la acción y las intervenciones del narrador a lo esencial. Pero qué esencia: la propia de la mejor literatura. Las emociones de los personajes tienen que ver poderosamente con los objetos que los rodean, sus pensamientos no salen de la nada sino que brotan de lo íntimo y toman cuerpo intensamente en lo que tienen entre manos, las caras y los gestos son información tan fundamental como la propia existencia de cada uno de ellos, pues los personajes no son una simple creación tomada de un mundo que existe por mor de un azar inexplicado ni domesticado para el buen disfrute del lector acomodado e indiferente. El orgullo es el tema del relato, y Hammett pretende no explicitar más que lo imprescindible, no apuntar sino vías de conocimiento y de meditación, de una manera muy respetuosa con el que lee, a quien no se subestima ni se le predica. Con pequeñas obras maestras como esta -del género negro, sin ninguna duda, y con una destacada adjetivación, un uso del encadenado sobresaliente y una belleza en las comparaciones arrasadora-, Hammett dejó bien claro que fue uno de los más valiosos y necesarios escritores del pasado siglo, un clásico inmortal.
The East, de Zal Batmanglij
No es la película con final sermoneador ni conservador que puedes esperar, así como tampoco la cinta con acción farragosa o abracadabrante tan propia del país del que proviene: por el contrario, The East propone una meditación sobre algunos abusos del capitalismo y algunos poderosos abusadores del capitalismo que, pese a no descubrir nada ni mostrar escenas que aparezcan como rocío ante nuestros ojos, no está premasticada ni enlatada para consumo de simples y de prosélitos. Establece un diálogo sobre formas y maneras de contraataque y de respuesta a la agresión permanente del sistema y no miente, no endulza apenas y no se descalabra forzando expresiones infantiles increíbles. No es una magnífica película, pero es de las que no debes dejar pasar si no tragas con todo, si eres anarquista o simplemente inconformista.
Norman Mailer: Los tipos duros no bailan
Aunque arranca de una manera morosa y quizá algo confusa teniendo en cuenta el resto del libro, Los tipos duros no bailan es sin lugar a dudas una novela negra, muy negra: negra porque tiene una investigación dentro y negra porque cuenta cosas del lado oscuro, de un lado muy oscuro de la existencia humana. De Mailer, uno de los narradores esenciales del pasado siglo y de cualquier siglo, no puede esperarse una obra blandita, desfallecida, hecha solo para el entretenimiento. Si algo caracterizó al grandísimo escritor estadounidense es su bravura frente a los temas abordados, su compromiso con la verdad más honda y mostrada sin afeites ni adornos vanos, pues iba directamente al centro del problema y lo describía sin cortapisas, como pocos se han atrevido. Mailer es hierro y sal. Y esta novela está llena de hierro y sal.
Se nos cuenta la historia de un escritor que no vive de su oficio, sino trabajando como camarero, y que ha tenido un golpe de fortuna al enamorar y casarse con una mujer muy rica que, al empezar la novela, acaba de abandonarlo. Dueño de una pequeña plantación de marihuana, Tim Madden es un adicto al alcohol y al sexo, un tipo desprejuiciado al que le gustaría además ser duro. Tendrá ocasión de demostrarlo cuando se encuentre la cabeza de una mujer en el hoyo en el que guarda la marihuana. Aunque lo primero que le ocurre es que siente avanzar hacia la locura y pierde el control sobre sí y sobre sus recuerdos, en los que puede haber actos que lo incriminen no en un asesinato, sino en varios. Pasado el primer trecho, Mailer va directo al género y nos entrega una novela que rebosa misterio y páginas de gran altura literaria, en la que hay mucho, mucho sexo, un extenso estudio sobre los tipos duros y la homosexualidad, el dinero y su carencia, la realidad y su hermana gemela: la locura. Mailer argumenta muy bien, nos hace entender que una persona no es nunca una sola persona, que en una persona conviven la real y la imaginaria, la leal y la traidora, la afortunada y la desdichada, la viciosa y la pura sin que se rompa la forma en que ambas son contenidas y viven respetando unos límites, unos espacios que permiten a la persona en que habitan no ir a arrojarse a un precipicio ni a matar a todo aquel a quien encuentran por la calle. Es la gran lección de Los tipos duros no bailan: nadie está acabado como un cuadro expuesto, nadie es perfecto como un paisaje formado durante miles de años, nadie es peor que el de al lado.
Excesiva, carnal e imperfecta, reflexiva y contundente, la prosa poderosa de Mailer es un festín para el buen degustador siempre, y Los tipos duros no bailan una de esas novelas que nacieron para sacudir y no dejar indiferente, para mostrar con toda crudeza qué es amar y qué es morir.
Alicia Giménez Bartlett: El silencio de los claustros
Una de las grandes diferencias de las novelas de Alicia Giménez Bartlett con respecto a muchas otras novelas del género reside en la bien asentada ideología de la autora. Y me refiero al hablar de ideología no solo de política, sino también de ideas y conceptos. La escritora albaceteña esparce a lo largo y ancho de sus textos muchas ideas, las sirve mediante inteligentes y realistas diálogos en los que se habla del matrimonio, los hijos, la función pública del poder, la jerarquía, la verdad. la mentira. Y así va haciendo una crónica de nuestro tiempo con estas historias tan bien equilibradas en las que la mitad de las páginas están dedicadas a la investigación de un asesinato y la otra mitad a la vida privada de Garzón y Petra Delicado, los policías. Conforme la serie avanza, conforme suma novelas a ella, la madurez es cada vez más evidente, así como el aplomo, el swing, y el manejo de los distintos elementos más sabio. La facilidad para tratar temas actuales, para que los personajes resulten creíbles, las conversaciones nada formalistas y los casos menos previsibles en su resolución y en su estrategia destacan a Giménez Bartlett y la acercan paso a paso a la consideración de maestra del género, cima en la que hay muy pocos autores, aunque muchos crean estar allí y muchos otros se sientan equivocadamente habitantes fijos.
El silencio de los claustros es una gran novela. Con los mismos materiales con que otros se despeñan por mor del humor mal entendido, el coloquialismo desordenado, la precipitación deductiva o la vana exposición del mundo privado del investigador, Bartlett traza unas líneas lógicas y ata cabos sin retorcer la verosimilitud ni caer en el espectáculo chillón o de cartón piedra, deja pistas fundamentales a la vista de todos con alta pericia, no emborrona ni complica inútilmente y cuaja una buena historia de lo que antes se llamaba denuncia social o realismo crítico que no desmerece al lado de grandes inventos y fabulaciones de lo que llaman literatura seria y sin adjetivos. La imagen final así lo atestigua, y nos remite a escenas de blanco y negro que estaban contaminadas por la manipulación y el interés oscuro y necesitaban una revisión en la época del color y de la libertad de expresión. Dura es Petra en sus análisis sobre ciertas limitaciones religiosas, sobre ciertas congregaciones, y piadosa es la autora en su visión de la salida, la amplitud de miras, el convencimiento de que todo está aún por hacer si se dispone de fuerzas y de deseo de no ser árbol con las raíces hundidas y secas. Con este libro en el que hay un beato momificado, unas monjas voluntariosas, unos monjes precavidos, unos policías modernos, Alicia Giménez Bartlett revisa, medita, narra con una flexibilidad y riqueza de matices magnífica y no utiliza nunca los lugares comunes, los tópicos para el juego hueco y la literatura de ocasión, light: esta es una novela de una de nuestras mejores escritoras, de las más lúcidas y más arriesgadas de hoy en día.
Jack London: Martin Eden

Un marinero de veinte años, fuerte, guapo y curtido, con un historial de delincuencia y trabajo rudo, es invitado casi por accidente a cenar en un hogar pequeño burgués y queda fascinado ante lo que sus ojos le presentan como cultura y civilización. La muchacha que lo acoge piensa que debe salvarlo "de la maldición del ambiente en que había nacido" e incluso "de sí mismo a pesar de sí mismo".
Edita: Alba Editorial
George Pelecanos: El jardinero nocturno
La novela negra es como una cocina en la que hay un limitado número de ingredientes y un cocinero que prepara una cena que al paladar debe resultarle familiar y a la vez sorprendente, renovadora. Lo más habitual es encontrarse con cocineros que solo mezclan los ingredientes y no buscan nuevos sabores, y se conforman con poco. Estiman que el que luego probará lo cocinado se sentirá satisfecho con una pequeña modificación, un mínimo cambio. Así, salen novelas negras por docenas, por cientos, y en muchos casos el lector se encuentra con que se hacen casi en serie y ya casi no se necesita la intervención del cocinero, del fabulador, del autor. Mucha culpa de lo que ocurre la tienen los editores, empeñados en explotar hasta la extenuación un éxito casual o precocinado. También es culpa de una visión reduccionista de la literatura, muy cercana al exclusivo y excluyente logro monetario. Cuesta mucho encontrar una nueva voz, un nuevo enfoque. Y, sobre todo, cuesta encontrar posturas honradas, sinceras, a escritores con el espíritu de Baroja, que crean en la literatura como otra parte -esencial- de la vida y no llenen páginas sin más o porque sí, sino porque le dan a la vida literaria lo que en la vida a secas encuentran.
No había leído hasta ahora a George Pelecanos. Y tengo la certeza, después de leer El jardinero nocturno, de que se trata de uno de esos escritores que no cocinan para engañar, tampoco para únicamente entretener ni para ganar dinero. Pelecanos orilla lo superfluo y lo comercial gracias a su apuesta por lo menos descollante, lo menos epidérmico, lo menos sabido y pretencioso. Si sigue la labor de unos detectives de la policía, dice verdades siguiendo su periplo investigador como un reportero independiente; si narra un asalto y un ajuste de cuentas entre delincuentes, dice verdades al no olvidarse de la caracterización social; si nos lleva hasta el apasionante recorrido en la caza de un asesino en serie, dice verdades al no convertir su novela en una historieta para biempensantes y manejadores de los códigos de venganza del Antiguo Testamento.
Pelecanos tiene mucho de Hammett: podría afirmarse que es un heredero directo por su prosa ajustada y permeable a algunas pinceladas muy coloristas en breves pasajes iluminadores, de gran sensibilidad, y por las descripciones de los personajes y de los lugares en que se estos se mueven. Y acaso también por la mentalidad crítica pero no destructiva, en ningún caso nihilista. Lo que suma a lo ya dicho, lo que aporta de nuevo es evidente en el realismo de la historia, en la cabal retención de la necesaria violencia y en la cercanía casi milimétrica con que la voz narradora está situada para contar desde la distancia más precisa según cada personaje, según cada voz. Solo en esto hay virtuosismo en El jardinero nocturno, pero es el virtuosismo del talento puro, de la pura verdad interior que empuja a contar, a ser un escritor empatizador, un hombre que mira y cuenta y se esfuerza por que lo dicho no se desvanezca.
El jardinero nocturno es un logro mayor de la novela negra. Su final es uno de los más perfectos que he leído nunca. Uno o dos de sus personajes principales son memorables. Y Pelecanos es un autor al que habrían leído con gusto Gide y Malraux. ¿Qué mas cabe añadir?
Manuel Vázquez Montalbán: Los pájaros de Bangkok
Los pájaros de Bangkok es la más poética de las novelas del ciclo Carvalho, quizá la mejor escrita y la más completa, la de mayor calidad artística para quien no ama el género negro y también para quien lo ama, la que cuenta con un mejor final y con más imágenes -literarias y paisajísticas, literarias y del alma-, con más frases recordables y con los personajes mejor dibujados. El perfectísimo equilibrio conseguido por Vázquez Montálbán entre lo duro y lo sentimental quizá no lo hallemos en tan alto grado en ninguna otra novela suya, con Carvalho o sin Carvalho dentro.
El viaje de Carvalho por Thailandia detrás de la estela fugitiva de una conocida que va en busca de sí misma y de un acompañante que alivie sus dudas existenciales está complementado con lo que ocurre después de la muerte de una hermosa rubia a la que muchos tocaron y pocos quisieron y que fue asesinada acaso por quien más limpiamente la deseó. Son dos casos que no confluyen, que se rozan pero no se contaminan vanamente, son dos rostros de piedad y desasosiego vistos con un poderoso aliento revelador de la soledad y del desconcierto, del no saber hacia dónde ir ni qué se es. Me atrevo a decir que esta es también la novela carvalhiana más existencialista, por encima de esa otra obra maestra que es Los mares del Sur, pues personajes como el economista francés perorador son un vivo y fascinante ejemplo.
Parece mentira que en nuestro país aún no se celebre a Vázquez Montálbán como se merece, que en Letras hispánicas de Cátedra no haya aparecido ya una novela de Carvalho, que no se reconozca que las mejores novelas del ciclo son imprescindibles para saber qué pasaba en este país en la época que reflejan, que tienen tanta categoría estas crónicas como las de Baroja, que Vázquez Montalbán es un autor esencial de la literatura última. Sin miedo y con convicción limpia, creó a un personaje y unas historias que pueden y deben ser leídas como negras, pero asimismo pueden y deben ser leídas como literatura del rango más alto. Entretienen estas novelas, pero son mucho más que entretenimiento. La poesía que en la prosa de Los pájaros de Bangkok encontramos, el viaje como búsqueda de lo absoluto y de lo más íntimo a la vez que presenta nuestro querido autor en este libro es una peripecia que se lee devorando y asimilando muchísimo a la vez gracias a la inteligente y abierta mirada montalbaniana, en la que están, sí, el sexo -abundante, como en la vida misma, ya se en los hechos o en las miradas-, algunos episodios violentos -el ser humano es violento y se manifiesta en muchas ocasiones más sinceramente a través de la violencia que sentado sobre su pasividad-, pero además está lo que se come -y nos define-, lo que se desea -y nos muestra-, lo que se esconde -y nos radiografía-, lo que es oficial y lo que es real -y no puede negarse, se comparta o no-: todo eso está en esta novela que es la cumbre de un género, que está en la cumbre junto a las mayores obras de Chandler, Hammett, Macdonald, Simenon, Black, y al lado y sin desmerecer de cualquier otra que sin ser negra, amigo, ahora te venga a la memoria mientras me lees. El más acertado ejercicio de estos últimos meses para mí ha sido releer a Manuel Vázquez Montalbán y estar ahora y aquí afirmando que con cuarenta y siete años de ningún otro autor he aprendido ni asimilado tanto y que ningún rubor ni ingenuidad me limitan cuando reitero que es uno de los escritores esenciales del siglo XX y que el ciclo Carvalho, en sus mejores logros, posee una belleza y una verdad inmarcesibles y rotundas de maestro de la literatura.
Manuel Vázquez Montalbán: Los mares del Sur
No hay ninguna otra novela negra que empiece con una narración tan exacta, luminosa, esencial y creativa en su prosa como Los mares del Sur. Son seis páginas de puro deleite, plenas de imágenes imborrables, escritas en estado de gracia: colores, sonidos, sensaciones, pensamientos, temores, ilusiones, acción, deseo: todo está aquí, pletórico, invitando a una continua relectura.
Manuel Vázquez Montalbán: Los mares del Sur
Sin duda la mejor novela negra escrita en nuestro idioma, Los mares del Sur es además un libro inagotable, al que puede volverse siempre, que admite lecturas juveniles y adultas, tanto la de los que buscan la aventura del relato detectivesco como la de los que buscan la literatura de calidad incuestionable, pues es la obra -no hay que olvidarlo- de un gran escritor que además era un gran poeta. Y tengo además a esta inolvidable novela por una de las mejores del siglo pasado, una de las esenciales gracias al buen oído de Vázquez Montalbán, a su compromiso invencible con la realidad social, a su inteligente selección de materiales para hablarnos con emoción sostenida y sincera de una época y unas gentes que reflejan a muchos de los que existieron y existirán.
Como muy bien me recordaba mi amigo Juan Herrezuelo hace poco, una de las mayores influencias que en mi vida de escritor he tenido es la de Vázquez Montalbán, y reconozco que sin el escritor barcelonés ni mi estilo ni mis personajes, ni mi visión de la vida ni mis inquietudes sociales y políticas serían las mismas: en MVM hallé un maestro cuando yo era joven y es claramente uno de los que autores más han estado presentes cuando planeaba los dos libros que he publicado y uno que aún no ha visto la luz. Y esto de manera inconsciente, como se asimilan las verdaderas y decisivas influencias, como se conduce años después de que alguien te ha enseñado, como se vive años después de que alguien te ha brindado las mejores enseñanzas. Hubo otros maestros, pero pocos han dejado en mí tan honda y precisa huella. Hubo otras novelas, pero muy pocas han dejado en mí tanto, me han permitido tanto, me han enseñado tanto. Cuando Manuel Vázquez Montalbán murió, también algo de mí murió.
Y es Carvalho -el ciclo de novelas dedicado a Carvalho, sobre todo las primeras, hasta El premio- el personaje clave: por su inconformismo, por su anarquismo nihilista -según definición del propio MVM- y utópico y vivificador -añado yo-, por su sentido de la justicia, por su libertad, por su controlado sentimentalismo y también por sus contradicciones tan humanas. Y no hay otra novela de todo el ciclo en la que Carvalho esté mejor definido, más vivo, más abierto al recuerdo personal. En Los mares del Sur, Carvalho vive y recuerda -a su padre, a su madre, su infancia-, se encuentra con el que fue en una esquina, con las palabras y consejos de su padre, el cariño de su madre en lugares propicios mientras investiga dónde ha estado escondido durante todo un año -lejos o muy cerca- un rico hombre negocios al que han asesinado. MVM inserta pequeños fragmentos que salen de los recuerdos de Carvalho en medio de la acción investigadora, a la manera en que la memoria actúa en cualquier persona, de repente y sin pedir permiso: qué gran lección de narrador. Como lo es también la prosa personalísima y de sintaxis sencilla, la prosa comprensible y atenta al vocablo popular, la prosa con retazos poéticos que aumentan la calidad del texto significativamente, magistralmente. Nunca en ninguna otra novela negra he encontrado tanta belleza creativa, y en muy pocas en nuestro idioma tanta poesía útil, creíble, compartible, sólida y también a veces dura, nunca falsa ni despeñada por el camino de lo tierno inocuo y sagazmente amañado.
Son para mí inolvidables escenas como aquella en la que Carvalho visita al encargado de los constructores de San Magín y al fondo un niño ve la televisión y le pregunta al iaio por un personaje de la telenovela que sigue mientras hace los deberes, la misma telenovela que ven los hijos del siguiente personaje al que visita Carvalho minutos más tarde: eran los unos años en que todos nos sentábamos ante el televisor a ver lo mismo y único. O aquella otra en que vemos a Biscúter roncar con un ojo abierto, y aquella en la que vemos al joven Carvalho perseguir a muchachas de las que se sentía instantánea y fatalmente enamorado, o aquella en la que Yes se desnuda por primera vez, o aquella en que Carvalho viaja en metro, o aquella en que Carvalho afirma que todo el mundo es una mierda, o aquella en que llora Carvalho, o aquella en que la madre le prepara una merienda, y cómo no aquella en que la perrita no acude a ladrar. Son muchas escenas en una sola novela que no es perfecta ni aspira a serlo, que sabe jugar muy bien con los tópicos del detective y la chica jovencita subyugada por aquél, con los excesos de deseo y sexo materializados sin vergüenza y sin rodeos -la escena en que Carvalho se masturba tampoco puede olvidarse-, con la irrealidad de un detective que solo puede existir en una novela y que sin embargo acaba pareciéndonos más real que nosotros mismos, los lectores, fuerza y plasmación que solo se consigue y solo brota de las más grandes novelas.
En esta historia sostenida en la pérdida y en la sensación de que el tiempo no es un aliado, sino un enemigo feroz que arrebata y tienta pero solo amaga, propone y no te concede otra oportunidad, sobresale la apuesta por la vigencia de lo vivido, de lo que nos ha hecho, de lo que somos si sabemos ser. Sobresale la apuesta por la verdadera libertad, por decir adiós al engaño y a la vestimenta social impuesta, por las relaciones que duran si no tienen pies de barro e intereses que no caben en una mirada limpia, por sentir al otro no como ajeno, sino como alguien próximo y doliente, igual que tú y que yo. En esta novela que es una de las cuatro o cinco que prefiero por encima de todas las otras novelas que he tenido la oportunidad de leer, de joven y de adulto, hay un mundo que es literatura y sueño y verdad y ojos despiertos para siempre.
Dashiell Hammett: La llave de cristal
En los escritos de Dashiell Hammett hay algo que a primera vista parece liviano, quizá porque hay mucho de teatral en ellos. Y me refiero con esto a la abundancia de diálogos, a las descripciones someras y continuadas que indican todos y cada uno de los gestos de los personajes, a una especie de transparencia cándida que puede confundir, hacer pensar que se trata de relatos frágiles, sustentados en poca literatura, en un envoltorio de palabras que vuelan fácilmente. Sin embargo, nada indica que Hammett sea un mal escritor, un autor con pocas artes, con limitado talento. Y es que la clave está en ver que opera por sustracción, que se guarda mucho y muestra solo lo esencial, porque intenta transmitir sin trampas, sin aderezos vanos, con la mayor sinceridad que puede alcanzar la ficción narrativa. Y lo logra, lo logra plenamente, casi mágicamente, diría, porque no es nada fácil escribir con tal desnudez, con tal justeza, con tal precisión. Cuando relees a Hammett comprendes que es uno e inimitable, y un maestro del arte de narrar.
La llave de cristal es una épica historia de ricos, poderosos y buscadores de la verdad que sigue siendo tan importante como la consideraron autores de la talla de Gide y Malraux porque no se ha dejado nada por el camino, no ha envejecido y es un ejemplo de por qué es mejor la literatura sin adiposidades, sin excesos, sin el ego del escritor dominando neciamente sobre el texto. La amistad entre dos hombres, eso que tan bien contó más tarde Chandler en El largo adiós, pocas veces se ha mostrado con tanto respeto, tanta pulcritud, tanta nobleza. La búsqueda de la verdad, caiga quien caiga, pocas veces se ha llevado por caminos tan bien trazados, tan diáfanos y tan reciamente comprometidos. La denuncia del sistema capitalista y de sus lacras pocas veces se ha contado tan bien ahondando en las contradicciones, los deseos espurios, la necesidad de aparentar y de alzarse por encima de los semejantes. Hammett no utilizó la novela negra para ligarla a sus intereses, sino que la novela negra nació con Hammett: fue la plasmación más alta de para qué se inventó este género, qué horizontes prometái, qué mentiras podía dinamitar, qué retos atractivamente ofrecía. Ned Beuamont es un gran personaje, un personaje mítico, así como Paul Madvig, claro ,tanto tiempo después, pero además son personajes que le resultarán cercanos a cualquier lector, porque en esa aparente liviandad del estilo de Hammett supo insertar este algo que los que vinieron detrás no consiguieron apenas: la verosimilitud, la debilidad humana, la fe humana en lo que se hace, el temor humano por lo que quizá ocurra si fallan las fuerzas o la suerte. Ese es el gran secreto de Hammett, lo casi mágico de este escritor inmortal: al apartar al héroe, al esquivar las servidumbres de lo épico y lo idolátrico creó a seres que están en sus novelas y tienen la fuerza de quijotes, lazarillos, hamlets, karamázovs. Ahí es nada.
Juan Madrid: Un trabajo fácil
Relato duro, muy bien urdido, con sorpresa final que es marca de la casa: Juan Madrid es de verdad un escritor de novela negra, que entiende que las historias que llevan ese nombre son contundentes y tienen siempre un pie dentro del barro, un claro tinte social y de denuncia: eso que antes se llamaba compromiso y que fue arteramente desprestigiado por gente interesada para hacernos creer que la literatura solo es goce de la palabra y entretenimiento momentáneo. Este es el primer relato del primer libro de Juan Madrid y hay en él ya un mundo definido, una actitud valiente y una mirada directa a la realidad de un tiempo que es breve ayer y aún presente vivo. Un grupo armado piensa matar a la mujer del presidente, cometer un atentado impactante que no parece difícil de realizar desde el lugar en que permanecen a la espera. Han retenido a dos mujeres, que habitan la casa elegida por su distancia estratégica, y consumen los minutos que faltan seguros y confiados. Falta un disparo, o los disparos.
Juan Madrid: Un beso de amigo
Lo que diferencia las novelas de Juan Madrid de muchas otras de género negro es que saben a verdad. Y se debe a que el autor fue periodista, es un hombre comprometido y atento a las injusticias sociales y no ha perdido un ápice de fuerza en su lucha por decir lo que otros callan. Son novelas en las que, como ocurría con las del ciclo Carvalho de Vázquez Montalbán, se hace crónica de un tiempo y de un país, y de una manera tan efectiva e imborrable como Baroja lo hiciera en su tiempo. Cuando pasen muchos años, se volverán a leer las novelas de Juan Madrid para saber qué pasaba entonces en nuestro país, quiénes tenían el poder y cómo lo utilizaban, quiénes eran los perdedores, los humillados y los vencidos.
Releo esta primera novela protagonizada y narrada por Toni Romano y tengo la certeza de que ha vencido al desafío del tiempo. Escrita en 1980, sigue siendo un perfecto ejemplo de qué es una novela negra: dura, indagadora, atenta a la realidad más inmediata, concisa, de fácil lectura y sin mentiras disfrazas con aire de best seller noble. La mejor novela negra es para cómplices, para lectores con el corazón aún vivo y consciente de que solo se sobrevive con los latidos cercanos de otros que respiran el mismo aire viciado. La mejor novela negra produce manchas que permanecen, es una mano manchada que se te acerca y te pide un apretón de amigo. La mejor novela negra no es una excursión campestre ni un paseo con bata antimanchas por el lado oscuro, por los callejones oscuros, por las caras oscuras de los perdedores y los asesinos. Sin análisis social no existe buena novela negra. Algunas de estas cosas las he aprendido leyendo a Juan Madrid.
Un beso de amigo se acerca a los manejos de algunos poderosos que mueven a las bandas fascistas en su beneficio, que ponen entre ellos y la verdad, entre ellos y el delito una distancia y a algunos subalternos muy fieles y muy útiles que oscurecen los caminos que llevan a saber, a palpar lo que es consistente e innegable, lo que podría servir para denunciarlos y juzgarlos públicamente. Toni Romano, un perdedor que se mantiene firme y aún erguido, se ve reclamado a participar en una historia en la que poco es transparente y de la que no sale porque no se lo permiten. Como todo peón, como todo utilizado, solo se bambolea, va a rebufo de la verdad, corre pero nunca logrará alcanzarla, o no conseguirá que sirva de nada quizá porque tampoco es su mayor propósito. Toni Romano es un personaje creíble, extraído de la experiencia directa del autor y no de otros libros, algo de lo que adolecen casi todos los personajes de novela negra. Ex boxeador, ex policía, frecuentador de muchos locales y conocedor de mucha gente de la calle, Toni no investiga crímenes, no aclara asesinatos, no cobra minutas para engrosar una cuenta bancaria, no se vanagloria de su intachable profesionalidad porque es un superviviente, un tipo que sale adelante con poco dinero y muchas razones propias, muchas ideas propias que lo alejan del prototipo de personaje de una pieza y sin tacha que es creado por una mente apaciguadora para unos relatos evasivos o contentadores, de buenos y políticamente correctos propósitos. Por eso, las novelas que le dedica Juan Madrid no son domesticables y superan las barreras del tiempo, encuentran nuevos lectores y son de nuevo leídas, lo que supone el mejor gozo para un escritor y el mejor logro, pues más allá de los reconocimientos, las críticas -positivas o negativas-, los estudios y las tesis está lo más valioso de la literatura, el reconocimiento más puro y justo, más duradero e inmarchitable. El que, sin duda, obtiene -y se merece- con los lectores Juan Madrid, maestro de la novela negra y de la novela sin más adjetivación.
Juana Salabert: La regla del oro
Navidades de 2012, Madrid. Un joyero, centrado últimamente en la compraventa del modesto oro familiar de los asfixiados por la crisis, aparece degollado entre unos contenedores de reciclaje con un acusador mensaje encima. No es el primero. Semanas antes, otros “comprooro” fueron asesinados de modo similar en una capital vapuleada por los recortes y el miedo al porvenir inmediato, cuyo clima es el de una explosiva ciclogénesis social por debajo de las luces, enseñas y adornos festivos. ¿Nos hallamos acaso ante un asesino en serie, frente a algún demente “lobo solitario”, empecinado en una obsesiva “misión” de ajuste de cuentas contra quienes a diario sacan provecho de la creciente penuria ajena? ¿Qué vincula entre sí a muertos tan dispares, más allá del ejercicio de su profesión?
Se encarga de la investigación el inspector Alarde, un joven y perspicaz policía empeñado en darle la espalda a sus propios fantasmas y traumas del ayer. Abierto e intuitivo, sensible y observador, no desdeñará tirar de ningún hilo de esta telaraña en pos del cabo oculto originario, del canto auténtico de la moneda. De su curso de voluntades codiciosas y desatinos cruentos emergerán las dos caras de la verdad. Porque en el corazón de esta historia, ambientada al sur del eurocontinente regido por fúnebre “regla de oro” constitucional, los latidos se desbocan, la fiebre y la muerte suben como cotizaciones del metal más preciado y las campanas doblan por doquier.
Con la contundencia narrativa que caracteriza a Juana Salabert, la escritora nos brinda, a través de esta misteriosa serie de crímenes y de una galería de personajes versátiles y psicológicamente complejos, una audaz semblanza de la España del momento. “La regla del oro” es una trepidante y estremecedora novela policíaca.
Edita: Alianza
Andreu Martín: Bellísimas personas
El acercamiento a la vida y a la personalidad de un asesino no es una tarea fácil, y tampoco apta para todos los escritores que dedican mucho tiempo en sus horas creativas a la narrativa criminal. Verter ideas repetidas en un texto, retorcer el argumento para enseñar lo complicado en la superficie aunque en el fondo no haya sino una simpleza alarmante, correr junto a un precipicio con una figurita en la mano que se dejará caer en el momento más oportuno está al alcance de muchos. Pero no lo está aproximarse al monstruo humano sin olvidar que es humano, sin convertirlo en un ídolo ni en un grotesco desecho, abriendo un juego que no sea una evasión sino un compromiso profundo con los seres que aún no están desalmados. Tarea para unos pocos, entre los que se encuentra el maestro Andreu Martín.
Que aquí vierte sus obsesiones y mueve el foco con brillantez absoluta mientras maneja a los personajes de la novela, a los personajes de la novela dentro de la novela de la narradora y protagonista y a los personajes de la novela que en definitiva es Bellísimas personas, escrita por Andreu Martín. Sí: hay un eco del Unamuno que hablaba con sus personajes, que se dejaba increpar, que sabía que vida y literatura eran lo mismo pero no eran lo mismo, que un personaje puede resultar más vivo que un escritor que siempre ha estado vivo. Con parecida ilusión juega Andreu Martín en este libro, con entusiasmo contagioso, sin mentir y sin recurrir a la socorrida metaliteratura como guiño fácil con el lector que ya está de vuelta de casi todo. El juego ficción/realidad es en esta novela el resultado de un planteamiento sincero ante las limitaciones de lo contado, de lo conocido, de lo que queda por conocer cuando alguien se interesa por un caso real, base de la que parte esta excelente novela. Martín, desde la ficción, le dice al lector que se puede jugar a imaginar, se debe jugar a imaginar, y se debe saber que se está jugando, se están poniendo unas verdades inventadas sobre el tapete que acaso queden como las verdades definitivas si nadie las niega, si nadie viene a decir que no son más que unas verdades literarias.
Bellísimas personas tiene una estructura muy bien asentada en esa plasmación equilibradísima de lo real y lo ficticio, en la que no se admiten derivas blandamente emocionales ni frialdades impostadas que romperían la fidelidad a lo ocurrido en los hechos reales, y para eso se vale de una narración en presente de indicativo que dota de un ritmo muy conveniente y lleno de generosa frescura a lo que se va contando, de un personaje femenino actualizado al tiempo presente con deseos francos y decisiones muy personales que a veces son contradictorias pero siempre tienen una explicación muy bien razonada, de una prosa ágil y moderna a la que no le faltan hondura en algunos momentos memorables ni frases para la relectura relajada, eso que hace de una novela algo más que un texto para usar y tirar. Y me parece que es una novela mayor, de autor grande, gracias también a su humor espontáneo y matizador que comparte muy bien espacio con todo lo trágico del tema, tema que no se lanza hacia el terreno pantanoso de la enjundia solo para vestirse de gala, porque sabe su autor que el veredicto más jugoso lo da quien sigue leyéndole y abonando para el recuerdo. Con una crítica dura y contundente -como es marca de la casa- a unas situaciones, unas personas y unas leyes que nunca acaban de romper con lo peor del pasado del hombre, Martín es fiel a sí mismo y a su exploración de nuestro tiempo aún palpitante buscando nuevas perspectivas, nuevos personajes, historias paradigmáticas. Quizá por esto me trae a la memoria Bellísimas personas una novela de Ernesto Sabato, El túnel, tan celebrado en su tiempo y ya un clásico, y me hace pensar que acompañando a ese libro en un paseo por el jardín de las letras se entenderían los dos librods muy bien y se reconocerían seguramente como parientes cercanos.
Fabio Girelli: Villa Triste
“Algunos lugares, como las personas, nacen con un destino marcado sin posibilidad de redención.”
En Turín alguien tortura y mata a una joven. Simultáneamente, aparecen muertas las gallinas de un amable anciano y terribles secretos emergen del pasado de una gran villa abandonada.
El comisario Andrea Castelli vive entre la dualidad de una mente brillante y una actividad febril; días de apatía total, melancolía e hipocondría en los que todo se para, desaparece, algo difícil de seguir por sus colaboradores. El inspector Giordano, su amigo y fiel asistente, se esfuerza por mantener a Castelli en un punto de equilibrio que éste parece incapaz de encontrar. Ambos deberán perseguir a un fantasma para poder unir los hilos que tejen la verdad del caso.
Edita: Sd.Edicions
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