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Eugenio Fuentes: Contrarreloj

No le sobran a la novela negra española grandes autores. Eugenio Fuentes es uno de los mejores, pese a algún altibajo, y sus novelas suelen ser una muestra de talento y cordura. El talento lo tiene porque es dueño de una prosa de calidad, rara en el subgénero, con muchas frases subordinadas y creativas que lo alejan del esquema facilón y del behaviorismo, magistral en manos de Dashiell Hammett y vacuo en tantas otras. La cordura la posee porque no malgasta las fuerzas mentales en imaginar rocambolescas tramas cuyos finales son habitualmente, en las manos de los escritores de menor talento, polvo esparcido al viento: humanista por encima de todo, atento a los sentimientos y a las manifestaciones del deseo, el miedo, el dolor y la pérdida, sus historias nos hablan de personas, de sus racionales anhelos y sus locos accesos de violencia. La mirada de Fuentes es semejante a la de otros grandes autores que, dentro y fuera del subgénero negro, siempre manifestaron comprensión por sus semejantes y no juzgaron a la ligera ni condenaron porque sí. 
Contrarreloj es una novela que encaja muy bien en el conjunto que el escritor cacereño viene dedicándole al detective privado Ricardo Cupido. Es éste heredero de las formas y maneras de los detectives ingleses, se muestra reacio al uso de la violencia y recurre a forzadas artimañas para aclarar un dato o averiguar quién es el culpable de un asesinato sintiendo remordimiento, pues quisiera caminar por un espacio blanco e imposible que les está vedado a los que entran en las aguas sucias del crimen. No es más ni menos creíble que otros como el Bevilacqua de Lorenzo Silva, también personaje de novela irremediablemente, o como el Carvalho de Vázquez Montalbán, que desafiaba siempre a la lógica y a la realidad que hay más allá de toda historia de ficción. Se le achaca que es demasiado transparente, de una sola pieza, algo difícil de creer a estas alturas y con lo que ha llovido sobre la novela negra, pero cumple muy bien con su papel de observador, de héroe a pequeña escala (amado por mujeres que lo conocen y se sienten atrapadas por su cara o la esbeltez de sus manos; ensalzado por una serie de novelas a él consagradas en las que encuentra solución a todos los casos que investiga), y como nada percibimos en él que tienda a la exhibición vana, no extraña que nos caiga simpático, que nos parezca próximo y que se gane toda nuestra simpatía de lectores que apreciamos la novela negra pero también la sensatez y la buena literatura en general. 
Y encaja muy bien Contrarreloj en la serie dedicada a Ricardo Cupido porque la investigación de un asesinato en los días en que se desarrolla la más importante carrera ciclista del mundo, el Tour de Francia, no es una excusa ni un viaje turístico livianamente propuesto por Fuentes, sino una estancia muy bien planteada y con mucho sentido en el seno de una competición en la que los odios, las miserias, el esfuerzo, la dedicación, las pasiones de todo tipo están presentes y nos llegan muy bien contados partiendo de la admiración que Cupido siempre ha sentido por los ciclistas y por su implicación en el mundo de las carreteras y el pedaleo, como irá descubriendo el lector conforme avance en la lectura de la novela. Sirve, como acostumbra, Fuentes algunos tipos humanos interesantes y bien diferenciados, los define con pinceladas psicológicas sin tacha y sin oportunismo de ninguna clase: el fuerte de este autor, como él bien sabe, radica en estos hallazgos, en estas caracterizaciones humanas, de medida profundidad y digno realce, así como en la delicadeza en la exposición de los sentimientos de las personas, que nunca aparecen tomados a la ligera, sino elaborados con mimo y sutileza. Con estos ingredientes, la novela avanza en un tono deudor de otros de principios del pasado siglo, asumida y conscientemente, con una cierta ingenuidad que apenas la perjudica. Amparado en una prosa notable, que busca cada vez más la claridad y que nunca olvida la elegancia, Fuentes insiste en su búsqueda del talento desnudo, sin efectos ni artificios, de un talento limpio, propio de autores como Francis Scott Fitzgerald, con quien no costaría emparentarlo en el gusto por contar historias de individuos que buscan un lugar en el mundo. Quizá el defecto más evidente, y fácilmente subsanable, sea el que se encuentra en algunos diálogos de frases demasiados elevadas, en los que algunos personajes, como el Alkalino, hablan como si recitaran un texto muy elaborado, pero es sólo un defecto menor entre otros pequeños defectos que no restan apenas a un conjunto que devuelve a Eugenio Fuentes no al podio de los novelistas negros de nuestro país, sino a un podio internacional del que seguramente ya no podrá nadie bajarlo.

Rubem Fonseca: El gran arte


Poco conocido y poco leído en nuestro país, Rubem Fonseca es uno de los autores mayores de la novela negra, lo que atestigua la concesión del Premio Camôes en 2003, el galardón más preciado para los autores de lengua portuguesa, que recibió este gran escritor gracias a la escritura de obras como esta, considerada su mejor novela y un libro sin duda plenamente encuadrable en el género negro. Pues hay en él una investigación, asesinatos, escenas de acción. Escrito con un estilo conciso pero nada parco, sin alardes de ningún tipo pero sin carencias tampoco, El gran arte es sencillamente subyugante, está cuajado de personajes que escapan a la fácil  clasificación y que, aunque se acercan al estereotipo, nunca caen al precipicio de lo conocido y hartamente frecuentado. Rubem Fonseca, un autor imprescindible, absolutamente mayor, uno de los más grandes de los veteranos y vivos, no se acerca al género negro con la mirada del que se cree superior, tampoco para parodiar, sino que se mete de lleno y, con respeto y plena creencia en los materiales que maneja, nos cuenta una historia de violencia, poder y ambiciones que resulta fascinante, tanto como algunos clásicos de la literatura de siglos pasados, esos de nombres de campanillas y lugar en el olimpo de los grandes creadores. 
Contribuye a que esto ocurra la segunda parte de la novela, cuando, después de haberle dado voz a un abogado que ama a demasiadas mujeres, centro de la historia y narrador general, Fonseca desplaza la mirada  y narra lo que son y hacen los otros personajes fundamentales del libro, a los que normalmente solo vemos porque son observados por el narrador o protagonista. Se enriquece el libro, se amplía el alcance de lo contado, las perspectivas aumentan y El gran arte deviene obra coral y proteica, y Fonseca nos atrapa llevándonos a las casas de los ricos y a las de los pobres, mostrándonos los deseos y los sueños y los placeres buscados y encontrados de ambos, que no son iguales más que en el interés que despiertan en el lector. Sin ahorrar nunca en crudeza, en verdad -eso que, después de todo, escasea tanto en un género que quiere ser el heredero del realista de antaño y se pierde en la repetición hueca y vana de las fórmulas ajenas y copia lo lejano y pretende insertarlo en otra realidad que le es ajena e imposible, gran error de los miméticos-, e insistiendo en los apetitos sexuales caracterizadores, la historia se vuelve transparente y cercana aunque se nos estén planteando escenas en las que no falta la sangre ni los hallazgos más dolorosos, y Fonseca, un clásico de ahora y quizá ya de siempre, es capaz de dibujarlo todo con firmeza y  claridad absolutas sin recurrir a otra cosa que la nitidez, la sencillez, la proximidad que consigue con un talento amplísimo para decir y esculpir a un tiempo: esa maravilla que consiste en hacer avanzar una historia atendiendo a todos los recursos narrativos válidos y a la vez entregándolos como si la historia avanzara desnuda, sin condimentos, porque solo así es y puede ser, así solamente puede ser contada: sello de autor, estilo propio, maestría de quien sabe que habla despojado de artificios y trucos, de quien camina sin mirar sus huellas pero sabiendo que no falla ningún paso ni siquiera con los ojos cerrados al borde del precipicio. 
El arte mayor de la novela aplaude la aparición de obras como esta. Que podamos incorporarlas al catálogo de nuestra cosecha negra es para felicitarnos. El lector que busque entretenerse, podrá disfrutar con Mandrake, el abogado que se ve metido en un caso que lo supera y que alcanza a las capas más altas y a las más bajas de la sociedad: banqueros y sicarios. Se preguntará quién es el asesino que mata prostitutas y las marca con un P sangrienta, hecha con la hoja de un cuchillo, en la cara. Ralentizará la lectura en pasajes de amor y sexo. Se reirá con los parlamentos de un enano que se ríe de sí mismo y de todo el mundo. Asistirá a enfrentamientos entre expertos en el manejo del cuchillo -esa arma que nunca estuvo de moda y nunca dejará de estarlo-, apretará las mandíbulas cuando caen y se clavan los filos, porque casi duelen más allá de lo impreso. Corroborará que la corrupción no es un mal del pobre, que la cultura del que triunfa no es pequeña ni ahoga su odio frío. Y podrá acabar diciéndose que, con novelas como El gran arte, la nómina de grandes maestros es mejor y más defendible, y que la novela negra es la que más y mejor describe nuestro convulso presente.           

Fiódor M. Dostoievski: Los demonios (2)

Uno de los momentos cumbres de la literatura de todos los tiempos está en el capítulo 6 de la tercera parte de esta inmortal novela. En él, un suicida que dice que será Dios cuando muera, pues probará que Dios no existe y que él se convierte en Dios al matarse sólo porque desea matarse, porque está obligado a matarse para probar que no existe Dios y que Dios es el hombre, cualquier hombre, todos los hombres, se prepara para dispararse un tiro en la sien y antes conversa con un compinche que, revólver en mano, espera que el otro se suicide y está preparado para, en último caso, matarlo él mismo y cargarle dos asesinatos. El diálogo entre el suicida y el compinche -Kirillov y Piotr Stepanovich- se desarrolla en medio de la tensión y la insidia, la devoción y la duda, la mentira y la verdad, es un portentoso encuentro en el que la acción y el pensamiento son una sola cosa. Quienes afirmaron que después de Shakespeare estaba Dostoievski tuvieron presente en el recuerdo sin duda páginas como éstas, quienes amaron la novela negra seguro que leyeron este capítulo magistral de una inperecedera novela que es un antecedente y su logro máximo.

Fiódor M. Dostoievski: Los demonios

No es, por supuesto, Los demonios una novela negra,  y juzgo sin embargo que tanto ésta como Crimen y castigo son obras absolutamente imprescindibles para entender bien la novela negra y su historia, tanto o más que las lecturas ineludibles de los clásicos Chandler, Hammett, Macdonald y Highsmith (y Poe). Hay un asesino en esta novela, un manipulador que, metamorfoseado o reconvertido, aparece en muchos libros dedicados al subgénero. Hay varias escenas en las que este asesino empuña un revólver, golpea con él, dispara y mata. Hay confabulaciones y hay delaciones, escenas en las que los personajes se juegan la vida y en las que mueren ejecutados aquellos que han sido designados como víctimas. Los demonios es una de las mejores novelas de la literatura universal, y que contenga tantos elementos digamos negros la convierte en precursora, la sitúa en un lugar que no ha de obviar el aficionado y el entusiasta de la novela negra.   
Los demonios es la historia de una ciudad pequeña -y de un buen número de sus habitantes- en la que se ponen en práctica unas ideas encaminadas a subvertir el orden, a traer otras ideas y otros planteamientos vitales a un lugar anquilosado en el que mandan los de siempre. No hace mucho que los siervos han dejado de serlo, los ricos son los que mandan -terratenientes, militares, políticos, hombres de negocios-, se despide en masa a trabajadores. Un pequeño grupo capitaneado por Verhovenski, un hombre que no es especialmente inteligente pero sí hondamente vengativo, cruel y manipulador, se mueve en la sombra y planea y lleva a cabo varios asesinatos para alterar la paz social y sublevar los ánimos de los pobres, que esperan los apoyarán cuando vean que ante el desastre sólo cabe dar un paso adelante para evitar males mayores. Profesan en el grupo ideas seguramente socialistas, pero no importa cuáles sean estas porque, en manos de un líder que engaña, miente y azuza a unos contra otros para que nadie se fíe de nadie, da igual que se crea en el socialismo o en el fascismo, ya que -nos dice Dostoievski- si se manipula no hay verdad ni horizonte limpio.
Equivocadamente se ha tildado de conservadora a esta obra. El gran autor ruso concede todo el espacio necesario a la exposición y debate de las ideas y no les hurta complejidad ni verdad, sean cuales sean. Verhovenski, el malo y maquinador, no es detenido ni ajusticiado, sino que huye y desaparece: su figura queda definida sin lugar a dudas, pero no se le mata para ajustarle las cuentas, literariamente hablando. La novela está narrada mediante la voz de un cronista local que cuenta lo que sabe y añade lo que imagina, con lo que la voz del narrador de tercera persona Fiódor M. Dostoievski queda fuera de lo contado, aunque quepa identificar a uno con el otro -esto es ya extraliterario-. Hay retratos muy duros de los que tienen el poder. No se es complaciente con protagonistas como Varvara Petrovna, rica propietaria de la que descubrimos todos sus excesos de imposición y mando a través del dinero. Y hay un momento fundamental: el ex siervo y ahora ladrón y asesino Fedka le dice a su antiguo amo que no le hará daño porque nació siervo suyo, y poco después el amo ni siquiera recuerda si es cierto que perdió al siervo en una partida de cartas. Este viejo amo es Stepan Trofimovich, uno de los principales personajes de la trama. Ahora bien, lecturas interesadas ha habido siempre. Dostoievski es justo al dar voz a unos y a otros y alerta de los excesos de unos y otros, de las mentiras de unos y otros, y concluye con una imagen desoladora Los demonios, que somos todos desde su visión equitativa de la existencia, una visión que pone a todos al mismo nivel. No hay buenos ni malos, concluye el gran maestro ruso en esta obra imperecedera, pues todos nos movemos impulsados por los demonios que nos habitan y nos obligan a ser mentirosos, excesivos, vulnerables, una pálida sombra de lo que, como Piotr Stepanovich, soñamos un día que llegaríamos a ser.

(Nota: La traducción elegida para la lectura se debe a  Juan López - Morillas)

Edmundo Paz Soldán: Norte



No hay un norte para un asesino en serie. No lo hay en esta novela para ninguno de sus tres principales personajes. Paz Soldán nos habla de fracturas, de pérdidas, de situaciones de soledad y desesperación que tocan muy de cerca al asesino, a una dibujante y guionista de comics y a un pintor loco. Rotas las raíces que unen a una tierra, a unos seres queridos, los inmigrantes que entran en los Estados Unidos con piel morena y acento español no encuentran caminos fáciles, no van hacia un norte claro y esperanzador. Buscarse la vida sin apoyos y sin amor y sin comprensión de alguien cercano lleva a la desconfianza, al asesinato en un caso, a deshacerse de un hijo que no tiene un padre que lo querrá en otro, a desear que las paredes de un manicomio sean el mejor refugio del mundo en el último caso, en la tercera historia contada en Norte. Seres sin patria, sin hogar, extraviados por dentro y por fuera. Infelices.
Las tres historias están unidas por la voluntad del autor, no se engarzan apenas en la trama y el lector ha de unir hilos que lo sacan (sin alejarlo) de las páginas del libro, el mayor acierto de Norte. En algunas escenas en que el asesino mata, uno preferiría cerrar los ojos, saltar páginas, porque es verdaderamente terrible lo que se está leyendo. Paz Soldán no se recrea, pero tampoco elude: lo contrario sería hurtar y disfrazar, rebajar y mentir. Y este es un libro sincero, escrito no para sumar a la victoria de una carrera literaria, sino para hablar de unos temas de gran exigencia preparatoria, que resultan muy difíciles de abordar en una novela. Las dificultades las solventa el autor con un estilo escueto, sin alardes, rápido y preciso. El libro se lee sin saltar ningún escollo. No hay abuso del psicologismo. Y se sortea lo fácil y sabido con la economía de medios de que se vale Paz Soldán, con una prosa permeable al lenguaje hablado, que está dentro de los párrafos de la narración, algo que me parece de gran valor: atrás quedaron los tiempos de la prosa limpia y pulcra y distanciadora -soy un hombre bueno que cuenta cosas malas, late en tantos libros cargados de buenas e inocuas intenciones-para contar historias como esta, pues el escritor que se lanza al vacío quiere a un lector que sienta el vacío.
Intensa novela, planteada para que pueda entenderla y aproximarse a ella cualquier lector, con un cierto eco barojiano de fondo -por más que pueda parecer que es producto de una manera muy estadounidense de hacer, en la que se cuentan muchas cosas y el ritmo y la sucesión de escenas es esencial-, está en el centro de asuntos que ahora nos importan, resulta muy recomendable y tiene un pulso de escritor de gran categoría latiendo en todas sus páginas. 

Irvine Welsh: Crimen

En esta historia de un policía escocés que se enfrenta a su pasado y a sus miedos en tierras estadounidenses podemos encontrar un buen ejemplo de lo que la novela negra puede ofrecer en este momento de profusión de títulos y visitas esporádicas de autores de renombre al subgénero. Crimen muestra una doble vertiente que sirve para analizar por dónde discurre la novela negra aquí y ahora, dónde se hallan sus mayores logros y también sus más evidentes y subsanables errores. Entre los primeros cabe citar la atención y el acercamiento a un tema que preocupa a cualquiera que hoy tenga sensibilidad social y no se haya recluido en un corto mundo de egoísmo y cabeza bajo el ala: los abusos sexuales a menores. Que no son pocos y que sí se han combatido poco, muy poco. Ya he dicho en alguna ocasión que es una de las mayores lacras de nuestro tiempo. Y que todo empeño en erradicarlos siempre ha de ser bien recibido. Sumar ayuda. De los libros que, dentro de la novela negra, he leído puedo afirmar que este es el que mejor ha dado voz a las víctimas sin cosificarlas ni reducirlas a una simple estampa, un arquetipo. La niña a la que Welsh le permite hablar, expresarse, que sufre ante nuestros ojos de lectores dolidos no tiene una sola dimensión, dice cosas verdaderamente emotivas y es un personaje, de los pies a la cabeza, no un bosquejo ni una idea hecha palabras, personaje con un solo fin y una sola estrategia creativa. Welsh crea al personaje y lo rodea de detalles, de expresiones, de comportamientos que lo hacen parecer vivo y creíble. No lo toméis por algo menor, amigos. En demasiados guiones de películas recientes, en demasiadas novelas actuales se sirven los escritores de personajes como este para arrancar lágrimas, meditaciones apresuradas que no calarán, entretenimiento pero no meditación acorde con lo delicado del asunto, que si se ve de manera superficial se convierte tan solo en mera excusa, en viento que caldea o hiela e inmediatamente desaparece sin dejar rastro. Como digo, es lo más destacable de esta novela entretenida y de planteamientos compartibles, sin ninguna duda novela negra, aunque no se la venda como tal y aunque aparezca en Anagrama. Porque el recorrido de la trama es innegablemente el de una investigación, el de una venganza, el de un ajuste de cuentas con lo exterior y lo interior. Y aquí arranca el problema. 
La parte menos acertada de la novela debe sus carencias a la ineficacia de algunas escenas flojas que parecen sacadas de un producto que en cine llamaríamos B: la aparición del malo anunciándose a sí mismo pistola en mano mientras conversan sin advertir su presencia los buenos; la floja caracterización de los personajes secundarios malos, que son vistos de una simple ojeada, tachados de perjudiciales e incluso descritos en algún caso con rasgos repulsivos, recursos facilones y que son propios de la literatura también de clase B; el empeño del héroe -no completamente bueno ni sano, pero héroe al fn y al cabo-, que a todas partes llega, que a todos vence, capaz de toda la violencia y la rabia necesarias, catalizador al fin -como en tantas películas, series y novelas de acción - de nuestro malestar como espectadores, de nuestro deseo de reparación y justicia, pero únicamente en una historia concreta y sin llevarnos a la raíz social del asunto, donde están lo que se enquista, lo que verdaderamente habría que arrancar para que no hubiera más abusos ni más dolor callado: se contenta Welsh con mostrarnos a su héroe dando cabezazos, puñetazos, humillando a los pederastas y esquiva el análisis que, partiendo del buen camino iniciado con la plasmación de un personaje tan creíble como la niña, podría habernos llevado a una meditación profunda, sanadora del problema. Se queda, por contra, como la mayoría de las novelas negras que hoy se publican, en un aparato de corto alcance y de emociones primarias y falsa sensación reparadora que es solo un lenitivo. Céntrense pues los lectores en los diálogos entre el policía y la niña, préstenles a ellos la mayor atención. Hay ahí verdades enormes y literatura de la buena.

Ana María Matute: La trampa (fragmento)

Soy un vulgar mercader. Me he autovendido, a pedacitos, poco a poco, para poder especular progresivamente con mi propia verdad. Empecé a comprarme pedacitos de mi propia verdad el día en que me dije: No puedo hacer esto, o aquello; hay un gran impedimento en mi vida, la gran responsabilidad que ello representa... Continué comprándome parcelas de autoverdad cuando se me reveló la fuerza de algunos muchachos que no han aprendido a especular, ni quieren engranarse en el sistema de autoconsumición que me atrapó a mí. Seguí vendiéndome mi propia verdad aun entre esos muchachos que no precisan, para rebelarse, ni el odio, ni la estolidez, ni el hambre. Pero son muchachos jóvenes, y yo he perdido al muchacho que fui. O, acaso, no lo tuve nunca, no lo fui nunca. Es una extraña sensación esta, como si me contemplase desde un ángulo, ajena y claramente; joven, como ellos, grotesco remedo de Gore Gorinskoe (portando a hombros una anciana que le golpea los ijares con los talones, que le azota, y le obliga a caminar entre frases amorosas: hijito querido, camina, camina, lindo muchachito...). Es como si, de pronto, les viese a ellos, delante de mí, doblando la esquina, perdiéndose. Y me he visto correr tras de ellos, con la anciana a cuestas, sintiendo sus golpes y sus dulces nombres: y les he gritado a esos muchachos que me esperen, que esperen, que no les quiero perder. Pobre y humillante verdad, muchacho envejecido, profesor de vacaciones para chicos que perdían el curso; oscuro corrector de páginas que hablan del petróleo, del porvenir del aluminio, de muchachas que besan a hombres maduros en el último capítulo, de traducciones infamantemente proferidas: irreconocibles idiomas en lucha despiadada contra el sucio, desgraciado y mísero hombre que arrastra un cadáver de anciana; heredero de un solo bien: la venganza. Pero he seguido, sigo, aún estoy en el límite mismo en que parece suspendida la desenfrenada carrera. Estoy aún comprándome, y vendiéndome. Cada vez me vendí más caro, cada vez me compré a mejor precio. He hecho conmigo espléndidos negocios. Mi verdad en venta ha sido bien autocotizada. Recuerdo que una vez, siendo niño, conocí a un hombre que contaba mentiras, y se las creía. Si no las hubiera creído, lo hubiese tenido por gracioso, o embustero. Pero, como las creía, sólo parecía un desdichado loco.


Lectura: Aquí, 15M

Ana María Matute: La trampa

De qué manera tan extraordinaria da voz Ana María Matute a sus criaturas dolientes, a sus personajes apesadumbrados en esta gran novela. No hay exhibición ni ganas de demostrar que es una gran escritora, una poderosa escritora que acierta a expresar dolores ajenos, miedos ajenos, tristezas ajenas. Y tampoco se metamorfosea la autora en sus criaturas, tampoco los hace hablar mediante una confesión parcelada en la que caben tan solo sus obsesiones y su renuncia a entender el mundo, a verlo como algo maravilloso pero inasible. No: Ana María Matute, nuestra mejor escritora viva, merecedora del Nobel -Camilo José Cela dixit- y de un reconocimiento que ha tenido un pálido reflejo con la concesión del Premio Cervantes, entiende a sus personajes, conversa con sus personajes, y eso es lo más difícil que cabe hacer ante la obra literaria: todo escritor sabe que lo más fácil es narrar desde la distancia, desde arriba, desde un punto en que los personajes al final sólo son pequeños objetos que se llevan de un lado a otro para que la estructura de la historia, la estructura del libro encaje y procure después estima y valía. Matute dialoga con su personajes, crea personajes que están vivos para ella y para el lector, que no cumplen con un plan prefijado e inexorable que los reduce a la estatura de pequeñas criaturas de papel y tinta. Y en nuestra literatura, y en cualquier literatura, eso lo han conseguido muy pocos.
Y qué prosa, amigos. Y cómo se alegra el lenguaje al estar en manos de tan magnífica creadora: los adjetivos lucen con vida propia junto a sustantivos que no conocían, con los que no habían coincidido antes. El ritmo es dúctil a la frase corta y definitiva y a la frase larga, con algún meandro inexcusable, y nunca se fuerza a las palabras a decir demasiado, nunca se las encapsula en oscuros significados, nunca se alargan las frases para poder decir después: aquí hay un estilo, una voluntad de estilo. Porque la novela está escrita en estado de gracia, es única e irrepetible incluso en la obra de un mismo autor; es lo que en el cine se llama obra maestra sin deseo de excluir, de elevar bajando a otros, sin ganas de que ondee como un estandarte. Aunque, la verdad, no acabo de entender cómo no se le ha prestado la debida atención a este texto tan extraordinario, cómo se ha olvidado que es una de las mejores novelas del siglo XX escritas en nuestro país. Quizás porque a algunos les queda algo lejos, porque Ana María Matute siempre ha sido modesta (y mujer), porque apareció en una época confusa, porque se mira con poca concentración hacia atrás, el caso es que no ha encontrado el eco que creo que merece una novela tan defendible, tan exportable, que nada tiene que envidiar a las del boom y Vargas Llosa, pongamos por caso, ni a las de Benet ni a las de nadie de la actualidad. Asumida a la perfección la raíz faulkneriana, dotada de valores absolutamente propios y de una cantidad grandísima de frases y páginas memorables -sólo recuerdo otra novela (Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos) en la que haya tanto para subrayar, para releer, para el alto glorioso de sorpresa y confirmación-, con unas meditaciones hábilmente intercaladas y sumamente útiles también hoy, recuento de un tiempo y un país y una situación pero también -uno de los grandes logros de la obra matutiana- con validez universal y sin fecha de caducidad a la vista, "La trampa" es una de las manifestaciones mayores e imborrables que el género ha dado en nuestra lengua.


(Con un recuerdo agradecido para Edenia Guillermo y Juana Amelia Hernández, autoras del libro La novelística española de los 60, que ojalá se reedite algún día)

El abrazo de las sombras, de José Abad


Tercera novela publicada por el escritor granadino José Abad, "El abrazo de las sombras" es una obra importante, un libro de narrador sólido y de raza, maduro y dueño de un estilo poderoso que bebe de fuentes clásicas y es versátil, sereno y subyugante. La historia de Jorge Eneco, que viaja como estudiante a Siena y se topa con el otro, con aquel que sale de las sombras y busca el abrazo terminante y definitivo, en manos de un escritor menos exigente habría derivado hacia la gracia facilona y la domesticación creativa del best seller, pero en manos del cuidadoso y estimulante creador que es José Abad se convierte en una indagación válida y tendente a llevarnos hacia la luz del logro sincero que responde a la verdad del que indaga y comunica, del que indaga y no quiere guardarse para sí lo descubierto. "El abrazo de las sombras" es una novela psicológica, de fantasmas y de amor. Contada en primera persona, asistimos al proceso de integración de un muchacho tímido en el mundo con que se encuentra en una universidad extranjera, entre chicos y chicas desconocidos, sabemos de los primeros pasos de acercamiento a una muchacha por la que se siente atraído, conocemos sus miedos y sus carencias. A ayudarle viene una extraña sombra que le allana el camino, que le roba los recelos y le da a cambio una inesperada seguridad y le brinda un serie de casualidades favorables, casi irrechazables, que le abren a ese otro mundo, que le hacen triunfar en el amor. Pero ya se sabe que de ciertos favores se espera espera más tarde un pago, o al menos una devolución de lo adelantado, de lo regalado con condiciones. Y Jorge Eneco tendrá que enfrentarse a sí mismo para saber qué ha de pagar, con qué puede pagar.
No se piense por lo anterior que estamos ante una novela fantástica. Abad no abandona el tono realista, lleno de puntualizaciones y matizaciones necesarias para que sepamos que estamos ante seres plenamente de carne y hueso. Esta novela puede leerse también como si las sombras solo fueran sombras. Sin ellas, no pierde un ápice de interés la historia de Jorge en Siena, la historia de un Jorge enamorado. Pero para quien crea en las sombras, para quien las haya sentido alguna vez, Abad guarda también una dosis maravillosa de explicación y de apuesta, de develamiento y de misterio. Lo más importante es que esta notable novela no abandona nunca la vía de la pura literatura, de la más alta literatura, la que alza mundos que solo los grandes creadores saben meter en unas páginas que seguirán vivas cuando concluyamos su lectura. Siena es aquí real y mítica, los lugares de expansión nocturna de los jóvenes son espacios lúdicos en los que da gusto entrar y espacios míticos en los que ocurre lo que no puede ocurrir a plena luz en ningún otro lugar, la progresión hacia el amor es trayecto conocido y compartible y también trayecto mítico que saca a a luz la verdad humana de los enamorados. Todo eso está en esta novela que se lee con facilidad y se degusta temiendo la interrupción, que no decae en ningún momento y que no promete vanamente para luego no cumplir con las expectativas, como en tantas recientes ocurre.

John Katzenbach: La sombra


No acostumbro a leer libros considerados best sellers. Desde muy joven, he huido de lo que ya antes se ha sancionado como del gusto general. Aunque escribo en este blog de novela negra, quienes me conocen saben que mi labor no es la del divulgador de lo conocido y celebrado, sino otra muy diferente, cercana a la del rastreador, a la del reivindicador. Me he formado leyendo a autores que nada tienen que ver con la novela negra y el best seller y que en algunos casos han tenido muchos lectores incluso contra sus propios propósitos iniciales. Valga este preámbulo -algo disculpatorio, perdonadme- para decir que compré hace poco este libro y empecé a leerlo sabiendo que era un best seller. Me atrajo saber que el punto de partida era este: un anciano ex policía va a suicidarse cuando una vecina toca a la puerta de su apartamento y empieza a involucrarle en su vida y sus miedos.
Estos miedos los origina una sombra venida del pasado: un judío colaborador de los nazis que se dedicaba a delatar a otros judíos para que los nazis los encontraran y los mataran. Ha sobrevivido a los cambios y vaivenes de la historia y vive escondido en Miami. La vecina de Simon Winter, el viejo policía retirado, le dice que lo ha visto y teme que venga a matarla. Y así ocurre: la anciana pronto aparece muerta. Winter aparca la idea del suicidio y se empeña en buscar al asesino. A partir de aquí, la novela alterna lo esperable con algunas brillantes ideas y un desarrollo en el que lo importante no es tanto lo que ocurre como por qué ocurre, qué piensan los personajes, qué los motiva para mirar al pasado y al futuro. Katzenbach es un autor al que le interesa la indagación psicológica, que narra siempre desde el interior de los personajes, que los crea ricos de detalles y de vida mostrada certeramente mediante sus pensamientos en marcha, en acción, dentro de la acción. La historia no tiene paradas, no se atreve a aburrirnos nunca, y avanza implacable hacia las escenas que todos esperamos y también deseamos: el develamiento, el enfrentamiento cara a cara con el mal. Son emociones primarias, sencillas, y Katzenbach nunca miente, nunca manipula, nunca muestra y oculta después, nunca crea falsas expectativas ni maneja los materiales alterando la verosimilitud. Si el hilo argumental defrauda en algún momento no será porque haya más ruido que nueces, puedo asegurarlo.
"La sombra" vuelve a hablarnos de los nazis, insiste en que no olvidemos el holocausto, nos muestra a ancianos supervivientes y a policías quizá demasiado íntegros, se mueve a ratos en los escenarios propios de las grandes superproducciones hollywoodienses -con historia de amor incluida entre policía fuerte y abnegado y fiscal joven y eficiente-, pero es honesta en todo momento y nos deja una destacable caracterización de los personajes y un atinado trabajo psicológico que se echa de menos en gran parte de las novelas negras actuales, demasiado tarantinizadas y agarradas al estribillo y a la melodía, como clones de viejos éxitos que por mucho que se esfuercen nunca parecerán nuevos a los ojos veteranos e informados.

Doris Lessing: La buena terrorista

Alice va a una casa abandonada en compañía de Jasper, a quien ama y nunca toca, para unirse a un grupo de personas que la ocupan en tanto el ayuntamiento decide si la derribarán para levantar un nuevo edificio en el solar. Todos los que habitan la casa pertenecen a un pequeño partido revolucionario que es, además, conscientemente minoritario. Alice se dedica en cuerpo y alma a la casa, que está llena de podredumbre y de mierda. La lava, la cuida, la recupera como a un enfermo, la pone al día, la vuelve digna y acogedora. Entre tanto, el grupo con el que comparte ideología se dedica a acudir a manifestaciones en las que se abuchea a la presidenta del gobierno, a enfrentarse con la policía, a protestar y a provocar incluso para que a sus miembros los metan los cárcel. Está contra el sistema, al que tachan de fascista.
Doris Lessing narra desde un realismo atento al pequeño detalle, inteligentemente trufado de agudas reflexiones que se hacen los personajes o que quedan entre líneas para que las recojan los ojos avezados. Nos va contando la vida de Alice en medio de mentes entregadas a la revolución, dispuestas a matar y morir. Conocemos bien a Jasper, homosexual que duerme en el mismo cuarto que Alice, que es su pareja y su hermano a la vez, unido a ella por un vínculo poderosísimo de particular amor y relajada posesión. Conocemos a Bert, que es un cabecilla del grupo. A Roberta y a Faye, lesbianas que se aman con una fuerza absoluta, dependiente siempre la segunda de la primera, debido a los trastornos mentales que padece. Conocemos a Jim, un negro al que admiten a medias en la casa, aunque él fue el primero en entrar en ella, ya que no pertenece al movimiento revolucionario.
El gran problema al que se enfrenta Alice es el dinero. Para limpiar la casa, para sanarla, lo necesita. Doris Lessing introduce a dos personajes fundamentales para saber más de la buena terrorista: sus padres, a los que Alice ama y detesta, a los que roba y a los que desprecia pero a los que siempre acude. En algunas de las mejores escenas de la novela se enfrenta Alice con el pasado de sus padres, con el presente distanciador que la aturde y la obligará a sufrir. Lessing nos lleva a las raíces de Alice, nos habla de los años sesenta y setenta, de la gente de izquierdas de entonces, de los que pudieron y no quisieron quizá cambiar el estado de las cosas.
La novela avanza inexorablemente hacia un acto terrorista. Sabemos que Alice, sensible, llorona, es una revolucionaria convencida. Sabemos que el pequeño grupo de idealistas, de deseosos de cambiar la situación social y política del país, va a dar un paso adelante. Cuando lo dan conocemos ya muy bien a todos los que forman ese grupo. Doris Lessing nos ha llevado dentro de sus cabezas y nos ha mostrado sus actos sin maniqueísmo, con una humanidad plena y juiciosa, dando una lección de cómo ha de entrarse en la vida y las mentes de quienes no son como nosotros, los que detestamos el terrorismo y a quienes lo ponen en práctica. Lessing expone y dirime, repasa los ideales y los conceptos, los miedos y los abusos, la capacidad de matar de algunos que no entienden de más maneras para hacerse oír.
"La buena terrorista" es una novela de gran categoría, necesaria y redonda, obra de una mente privilegiada que no se para ante sus limitaciones, sus filias y sus fobias y llega mediante la palabra a ese lugar en que todo está desnudo, puro, como acabado de nacer, en ese estado en que todo puede volver a verse con ojos limpios, con ojos despejados y despojados del sucio individualismo y el renqueante egoísmo paralizador que anulan toda verdad. Es una novela en la que hay un personaje memorable, un personaje imborrable, un personaje que refleja cabalmente muchas de las contradicciones, las pasiones y los desasosiegos del siglo XX.


Blog recomendado: Perforaciones, de un escritor al que admiro: Francisco Afilado

Manuel Vázquez Montalbán : Cuarteto

He aquí una pequeña obra maestra, quizá la mejor novela de Vázquez Montalbán, lúcida, valiente, madura, poderosa y cargada de ideas bien resueltas, de creatividad dialogante, de cultura en la mejor acepción de la palabra. Es una obra pequeña, aunque nada más que en páginas, a la que me resisto a considerar corta : encierra tantos hallazgos y tanta sabiduría en sus páginas que resulta un ejemplo para muchas otras que ya querrían decir la mitad utilizando el doble y hasta el cuádruple de espacio. El mayor logro es el narrador, pegado a un cuarteto compuesto por dos parejas a las que se acerca por la afinidad cultural y por los deseos secretos de amar a uno o quizá a dos de sus integrantes. Este narrador bisexual, culto, irónico, distanciado y distanciador, es el mejor de toda la obra de Vázquez Montalbán por creíble y por bien trazado. Él despacha la historia a su manera, nos habla del cuarteto y de la investigación llevada a cabo por un inspector que cumple a rajatabla con su papel de funcionario previsible y apresurado en dar carpetazo rápido a los problemas con soluciones factibles. A través de los ojos de este narrador conocemos a Carlota, a Pepa, a Esteban Modolell y a Luis. Y también lo conocemos a él, que cuenta sentado ante un espejo, enfrentado a sí mismo, con voz en la que se destila pesar y culpa a partes iguales: el pesar de no ser y la culpa de no llegar a ser ya nunca el que se quiso ser. Comoquiera que estamos ante una novela con un crimen y una investigación de fondo, bien podemos decir que "Cuarteto" es una novela con tintes negros -nada extraño en quien creó al detective Carvalho-, y también una obra imprescindible de un gran autor, de un autor inolvidable al que añoramos.

Patricia Highsmith: Las dos caras de enero

¿Por qué hay personas que están muy unidas? ¿Qué las une? ¿Qué es el delito, como ata a unos desconocidos, a tres personas que quizá se odian pero que no se separarán ya nunca más? Patricia Highsmith da algunas respuestas en esta novela, respuestas que al final se vuelven preguntas, porque nunca podrán explicarse claramente algunas cosas, algunas relaciones. Un estafador, su mujer y un joven compatriota se encuentran en Grecia y sus vidas quedan unidas, encadenadas irremediablemente cuando el joven ayuda en un hotel al estafador a esconder el cadáver de un policía al que el primero ha matado de una manera no del todo accidental. A lo largo de esta espléndida novela, Patricia Highsmith profundiza en las relaciones que se establecen entre los personajes, que pasan por situaciones de desconfianza, celos, violencia, colaboración interesada, pero también por soprendentes momentos en que se ayudan unos a otros, incluso a burlar la acción de la policía que los busca con constancia y con serio empeño. El joven y la mujer del estafador, cuyo marido le lleva diecisiete años, tropiezan consigo mismos al inicio de una relación que no acaba de cuajar y que no ocultan debidamente. El joven cree ver en ella rasgos de una chica por la que se sintió muy atraído cuando era un adolescente y los recuerdos lo abruman, lo maniatan. En el estafador ve rasgos de su propio padre, un padre severo que ha muerto recientemente y con el que mantenía este joven una relación muy tirante, motivo por el que no ha asistido al entierro. Esas coincidencias le impiden apartarse de ellos, lo adentran en una relación peligrosa y delictiva. Patricia Highsmith, maestra de la caracterización psicológica y alérgica a toda moralina, va contando la historia desde el punto de vista del joven, Rydal, pero también desde el punto del vista del estafador, Chester, con lo que no tenemos un personaje preponderante y entendemos que lo que importa en esta novela es ver cómo se anudan y desanudan los intereses de los tres personajes, cómo se atraen y cómo se repelen y cómo, a la postre, quedan unidos por algo que algunos llamarían destino, otros casualidad, otros cabezonería, otros fatalidad. Sin el talento inmenso de Highsmith este libro no tendría sentido: son trescientas páginas en las que apenas asoman los personajes secundarios, en que se ve al trío protagonista comer, dormir, conversar, y no hay una acción continuada en forma de sorpresas inesperadas, giros efectistas, disparos a mansalva. Patricia Highsmith es una gran autora, una escritora con letras mayúsculas, una creadora imprescindible porque se aplica a contar lo suyo, lo que quiere, y no falsea ni plaga de trampas sus textos. No da engañifa. Las emociones nos llegan intactas, los pensamientos nos parecen creíbles y el trío protagonista se nos antoja real, sumamente real. Y, como digo, el libro responde a una serie de preguntas que en él mismo se formulan e invita a contestar otras, al acabar su lectura, que el lector se hará y sólo él podrá responder. Esto, tan poco común en la novela negra, habla del mérito inigualable de la autora y acerca otra más de sus novelas a ese reino de la literatura clásica en que da igual de dónde se ha partido pues el que consigue asiento ocupa un espacio en el que las etiquetas sólo resultan un resabio antiguo, una marca vana.


Lectura: En el blog "En la Aurora", un poema: "Los ojos cerrados"

William Faulkner: Santuario

Hay libros que no se quedan atrás en el tiempo, a los que no se los lleva ninguna marea, que cuando los lees tienes la sensación de que acaban de publicarse. Son libros que nacieron con mucha sabiduría dentro, con un ingrediente que muy pocos tienen: la capacidad de dialogar con el lector. William Faulkner logró plenamente en "Santuario" levantar los puentes necesarios para que quien se acerque a este libro no se sienta solo, no se canse, no deje tampoco de interrogarse. En sus páginas no se encuentra la extrañeza permanente o parcial que en muchos clásicos hallamos y que nos paraliza, nos incomoda, nos aleja, nos expulsa. Faulkner cree ante todo en la historia que está contando -algo que dejan en segundo plano a veces algunos estudiosos y muchos críticos, empeñados en enmendarle la plana al autor- y busca dársela al lector de la manera más fiel y más creíble: por eso recurre a los diferentes puntos de vista, se vale de recursos técnicos que en su mano no son excesivos sino perfectamente instrumentales y diáfanos y no puede nadie decir que deja de de narrarse en ningún momento, que la historia se encalla. Faulkner quería, ante todo y sobre todo, contar una historia. Y la que cuenta en "Santuario" es de las que no se olvidan, porque tiene unos personajes poderosos y magistralmente mostrados, desde ese Popeye del que intuimos todas las ternuras rotas en su interior hasta esa Temple a la que él viola con una mazorca de maíz y que se entrega a otro hombre que Popeye le lleva con un ardor que la sorprende, la arrebata, la enferma. Pasando por Miss Reba, achacosa y amante de la cerveza, por el abogado Horace Benbow, que se alza sobre sus pasiones quebradas. Todos los personajes y la historia siguen vivos y siguen sacudiendo a los nuevos lectores como a los primeros desde el día en que se publicó la novela.
Decía André Malraux que con esta novela irrumpía la tragedia griega en la novela policiaca. Cuánta razón tenía: los hechos bárbaros que se cuentan son el producto de una mente nada enferma, cavilosa, perpetradora de un mundo en el que quienes lo habitan sufren, padecen y se debaten contra el viento de los males que los azotan como a espantapájaros en una tormenta. Sólo les queda la posibilidad de mirar hacia el cielo y esperar que haya una luz, un claro arriba que anuncie que vuelven el sol y la calma. Entretanto, las pasiones los desbordan, los someten, los arrastran hacia lo peor y lo más verdadero de sí mismos: he ahí el aroma cierto de tragedia de "Santuario". Y no es por culpa de un narrador que no siente ni quiere a sus criaturas, aunque Faulkner declarase alguna vez que escribió la novela para ganar dinero y con demasiado horror en lo blanco y lo negro de sus páginas, porque en escenas como la del linchamiento o la de la vuelta a casa de Horace se percibe el amor por esas criaturas, por sus avatares, comprensión por su dolor y un hermanamiento que mueve a sentir una genuina, nada tramposa compasión. La historia no deglute a sus personajes, están a la misma altura: otra soberbia enseñanza de esta grandísima novela.
"Santuario" puede ser una novela negra. En ese caso, sería la mejor novela negra que se ha escrito. Estaría al lado de "El largo adiós", de Chandler, obra maestra absoluta del subgénero que no ofrece dudas sobre su catalogación. Pero superaría a la excelente novela de Chandler en el uso incomparable del lenguaje, en el distanciamiento con que Faulkner -que escribió cuentos policiacos en "Gambito de caballo" y quizá otra novela negra, "Intruso en el polvo"- aborda la trama mediante distintos puntos de vista, no sujetándose a un solo narrador y a una sola mirada sobre los hechos narrados, en el uso de un sentido del humor a ratos sardónico y ante todo, de la elipsis, fundamental para vertebrar una historia como ésta. En ocasiones he preguntado retóricamente en este blog dónde estaría la gran novela negra, a la altura de las mejores creaciones de Faulkner, quién la escribiría o la habría escrito: la respuesta está aquí, en el propio Faulkner, en "Santuario".

Beltenebros, de Antonio Muñoz Molina

En "Beltenebros", el prodigioso narrador que es Antonio Muñoz Molina facilita palabras para ver algunas imágenes que sólo el cine nos ha servido con fidelidad y con pasión después de haber existido en la imaginación de algunos grandes creadores. Y son palabras de una riqueza y una variedad que resultan una auténtica fiesta del idioma, que en manos del gran escritor andaluz se saben queridas, respetadas, acariciadas, nunca manejadas: Muñoz Molina, en cada párrafo, en cada capítulo demuestra un amor por la palabra que pocas veces hemos visto antes en nuestro idioma. Contra quienes quieren creer que el autor de Beltenebros es un estilista se levantan de inmediato cientos de ejemplos en sus libros que aclaran que nunca se entrega a la floritura, al exceso verbal, a la prosa para el oído y el gusto más a flor de piel. La precisión, la envoltura perfecta, el acabado de las páginas es excelente porque Muñoz Molina es además preciso, muy preciso, y su escritura responde siempre a lo que le pide la historia, algo que no siempre los críticos, ciertos críticos y ciertos escritores, han querido ver: hay mucho más contenido en las novelas aparentemente de acción, policiales, de este merecido académico de lo que una lectura sencilla o apresurada, condescendiente puede percibir. Quizá falta aquí alguna hondura en los personajes -pero queda compensado con la equilibradísima armazón de la trama- y hay muchas imágenes emparentadas con otras que nos han llegado a través del cine, pero el lector atento y sin prejuicios encontrará asimismo una verdad profunda en los actos de esos mismos personajes, en sus movimientos delante y detrás de la escena, y donde otros ven homenaje y repetición es posible ver también una sutileza sin engaño, una matización verdadera y nada epidérmica, y una inserción permanente de detalles nada cinematográficos, como los olores, lo palpado y lo soñado, lo ausente y casi percibido que son pura literatura, alta literatura: quizá Muñoz Molina parte en algunos capítulos de escenas que nos recuerdan a otras del cine, pero la pureza de la narración, la sostenida hilazón y lo ejemplar del lenguaje que no recrea, sino que crea sensaciones nuevas, que permite la identificación y la empatía son el producto de una verdad y de un oficio desarrollado con un amor absolutamente noble y sin engaño. Jamás te acerca "Beltenebros" a espacios que prometen y no recompensan, jamás crea esta novela expectativas que no estén sostenidas con el texto y con una riqueza del lenguaje y de la percepción que cualquiera puede ver y compartir con una abierta y reposada lectura.
Con pocos personajes y una trama cuidada hasta el último detalle, en la que la utilización de los elementos cinematográficos responde a una sugestión imaginativa y metafórica de los espejos y del paso del tiempo que crea profundas cicatrices, Muñoz Molina cuenta una historia en la que se fabula abundantemente, a la que no le faltan la simbología ni la concatenación de escenas que están en la memoria y en el presente de lo que viven los personajes hasta llevarnos no a la culminación de una novela de género sino a las puertas de una novela mucho más abstracta y con cierto aire de melodrama de tintes clásicos y emparentado con la mitología que gana porque, como dije más arriba, jamás miente, jamás escapa con excusas y jamás se agota en sí misma, pues si bien parte de unas influencias externas crea unas nuevas imágenes, unos nuevos personajes y unas nuevas influencias que, como ocurre con las obras musicales inspiradas en temas ajenos, son algo nuevo a su vez, una celebración y un nuevo enfoque y una nueva línea que en cualquier caso no puede sino considerarse, en todos los ámbitos y desde todos los puntos de vista, como maestra al hablar de "Beltenebros". Esta es una novela que puede ser leída como negra, y que además invita a una lectura más profunda que puede emprender cualquier lector que, como yo, la relee al cabo de muchos años y halla en ella lo que un día vio, acrecentado y multiplicado y salvado de la intoxicación de la pasión o el rechazo inmediatos, pues en su condición de obra clásica esta novela permite ya una mejor y más reposada visión de conjunto y una valoración altísima que ya quisieran para sí no solo las novelas negras de cualquier tiempo -entre las que esta debe figurar como un logro capital-, sino las llamadas novelas serias que difícilmente consiguen un acabado semejante, que revela la mano segura de un escritor de raza y oficio, y un interés en la lectura que resulta en casi todos los capítulos casi hipnótico. "Beltenebros" ha ganado con el paso del tiempo: se equivocó mi admirado Rafael Conte al considerarla una novela menor.

Robert Wilson: La ignorancia de la sangre

Éste es el libro que cierra una tetralogía dedicada al personaje del inspector jefe Falcón, de Sevilla, ideada por un escritor del Reino Unido y que alcanzó su momento más destacado en la segunda entrega, "Condenados al silencio", novela de la que he hablado en este blog. Robert Wilson es un buen escritor. Se pone al servicio de una novela negra que tiene tópicos insalvables (o casi) dentro, difíciles de sortear cuando se quiere abarcar mucho. Porque aquí hay una historia de venganza, otra de espías, otra de amor, otra de padres e hijos, otra de pasados complejos que saldrán a la luz antes o después, otra de mafia, otra de terrorismo. Es mucho, quizá incluso para una tetralogía. Pero Wilson no desfallece, y se pone, como digo, al servicio de lo que ha imaginado y del género que ha elegido y se mueve en él con libertad, con soltura y con oficio, con gran dignidad, además de con algo aún más interesante: mimbres de autor con un mundo propio y una capacidad destacable para crear personajes e hilar historias. No es un autor menor Robert Wilson y los fallos de estos libros hay que achacárselos más a las servidumbres planteadas por el subgénero que a la impericia del creador. "La ignorancia de la sangre" es una novela para amantes del género, no vamos a engañarnos, y no sale del mundo acotado de la novela negra. Pero dentro de ese mundo hay que reconocerle a Wilson su buena labor manejándose en un país que no es el suyo, con personajes que ha tenido que crear digamos que desde el principio, sin agarrarse a lo que ha visto o leído, sumergiéndose en otra cultura y en el carácter de los españoles y de los andaluces. Es creíble el inspector Falcón y son plausibles las tramas. Además, de vez en cuando el lector encontrará frases, diálogos de gran calidad, en los que late la capacidad de este buen escritor para acercarnos a reflexiones que no son vanas.
Como se cierran varias historias, iniciadas en libros anteriores, aunque el libro puede leerse sin saber nada de ellas, diré que en esta aventura Falcón tiene que lidiar con una trama rusa, mafiosa, que hunde los pies en varios fangos de corrupción y tráfico de influencias y de drogas que sabemos que no están sacados sólo de la mente de este escritor. Enfrentarse a los que matan sin pensárselo supera a cualquier polícía, pero Falcón va a resolver los casos gracias a que trabaja en grupo y cuenta con un equipo leal y bien preparado, de anónimos policías que dan el do de pecho, que no sucumben, que se entregan de verdad. Es un poco idílica esta visión, pero a ratos los lectores de novelas negras queremos creer en estas cosas.
Con todo esto, con un capítulo muy destacable, inolvidable y de lo mejor de la tetralogía, que es el de un acto terrorista en alta mar contado casi desde dentro de la mente del personaje que lo lleva a cabo, tenemos como resultado un libro cuya lectura resulta muy atractiva, que entretiene más y mejor que ninguna película que aborde temas parecidos y que nos deja con ganas de leer más historias protagonizadas por Javier Falcón.

Ramiro Pinilla: Las ciegas hormigas

Hay en Ramiro Pinilla un aliento de verdad que conmueve, que vence y convence sin esfuerzo. Leer "Las ciegas hormigas" es volver a transitar caminos que antes recorrieron autores como John Steinbeck en "Las uvas de la ira" y William Faulkner en "Mientras agonizo". Y nuestro autor no se queda atrás en el intento, no desentona al lado de esos dos monstruos sagrados de la literatura. Sé que puede parecer un exceso por mi parte, una afirmación exagerada, pero creo que los que lean este libro van a a hallar en él argumentos suficientes para sostener tal juicio. La elección de un punto de vista múltiple, sustentado en las voces interiores y rememorativas de la madre, los hermanos, la niña, el niño, el tío, la abuela de una familia que vive días inolvidables, tan firmemente llevada hasta el punto final con que concluye la novela solo puede ser obra de un gigante de la narrativa. La perfecta mezcla de narraciones en un estilo omnisciente y otras que son el resultado de un flujo de conciencia no es un logro al alcance de cualquiera tampoco. El equilibrio fundamental que alcanza uniendo la prosa más alta y más bella con la más sencilla y fácilmente comprensible sólo la he visto yo en muy contados autores.
Un barco, por culpa de un temporal, arroja su carga de carbón y todos los habitantes de un pueblo luchan contra la noche, la inclemencia del tiempo hostil, el frío, la posibilidad de la muerte para conseguir una parte rescatándola de la playa y de las rocas. La familia de Sabas Jáuregui participa en la recogida alucinada y ciega, desesperada, antes de que amanezca y los carabineros vengan a detenerlos y a requisar todo lo que hayan conseguido arrancarle al mar. La narración de Ramiro Pinilla es épica pero nunca cede a la fácil entronización de lo extraordinario para separarlo de lo más común y realista, de lo más palpable y real: es el primer y mayor acierto con que nos topamos leyendo esta magnífica novela. Los personajes cuentan lo que van viendo y haciendo pero siempre desde su yo más íntimo, desde el lugar más descarnado en que habita su más honda verdad. Hay pasajes en que uno parece que está palpando a esos desdichados, a esos sufridores que siguen adelante porque el padre sigue adelante, que resisten todo y contra todo porque el padre ha entregado su alma al trabajo y a la misión del pobre de aquella época y de todas las épocas: la continua lucha hacia delante, sin pararse a pensar en nada que estorbe el avance. Las penalidades crecen, se enredan a los cuerpos de los personajes y a sus pensamientos, tratan de ahogarlos, pero, como en toda tragedia perfecta, sabemos que hasta el final no habrá tormenta, dolor ni ser mítico o real que pueda pararlos. Y Ramiro Pinilla nos conduce a la conclusión de este libro imperecedero con un brío y mediante un intachable procedimiento de pequeños giros en la trama y sanísimo suspense al que nadie podrá sustraerse.
"Las ciegas hormigas" se publicó por primera vez en 1961. Nadie lo diría. No ha envejecido ni un ápice. Al contrario: su vigencia es absoluta, tanto en el lenguaje como en la manera de contar y de presentar a unos personajes y una historia novelada que acaso está sacada de la más pura realidad y que a ratos nos deja el mejor sabor que un libro no autobiográfico puede suscitarnos, pues pensaremos siempre que todo cuanto hemos leído y descubierto es posible y no ha podido llegarnos de mejor forma. Asimismo, en la literatura española siempre quedará ya la figura de Sabas Jáuregui, un personaje inmarchitable, de calado tan profundo como el de Pascual Duarte o la Celestina. Con mucha felicidad y mucha satisfacción lo escribo.


Texto recomendado: Un excelente relato corto en el blog de Raúl Ariza: "Sangre de mi sangre"

El caso Galton ( y 2)

El pasado pesa en la memoria de los que no son felices de una manera brutal. Si eres un niño que crece con dudas, sin amor, deseas hallar otro camino, buscar un nuevo cauce para tu vida. A un caso en el que la verdad última es la que vale dedica Lew Archer sus horas, recibe una paliza, viaja de los Estados Unidos a Canadá, hace preguntas y más preguntas, va atando hilos sueltos para componer una madeja con sentido. El caso Galton es una pregunta hecha a la memoria, casi diría mejor hecha contra la memoria. Como en todas las novelas de Ross Macdonald, lo importante no es lo que pasa, lo que se ve a primera vista, sino lo que implica cuanto se ve y se sabe. Lew Archer cree en la honestidad pero es un desengañado que le hace preguntas a la gente para encontrarles sentido a muchas acciones, a muchas vidas, a su propia vida. ¿Qué es un detective privado sino una pregunta andante, una duda silenciosa, un deseo de llegar hasta el meollo de la verdad? Porque hay verdades superficiales y verdades profundas, no lo olvidemos. Cuando acabes de leer esta novela - que te recomiendo vivamente, lector de no importa qué edad ni preparación -, pregúntate si detrás de algunas escenas dignas de una ambientación de obra de teatro shakespeariana, detrás de algunas afirmaciones que laten en estas páginas no has encontrado una mirada que abarca lo real y lo soñado, que es próxima y mítica a la vez, que te suena tan reconocible como la voz de un familiar que acaba de entrar ahora en tu cuarto y te dice algo: es hora de comer, de salir, de hacer qué sé yo qué cosa. Recordarás esta trama y recordarás muy bien a Galton, las pasiones y los errores que se cometen por amor. Y después dejarás de leer unos cuantos días y te dirás: ¿quién me recomendó este libro? No esperes: de segunda mano, en librerías o pidiéndolo por internet, hay otros libros de este inigualable autor que están esperándote. (El pájaro del final, al amanecer, ¿alguien podría decirme qué simboliza? Fíjate tú: una novela negra llena de símbolos. Ay, tristes tópicos que voláis.)

Ross Macdonald: El caso Galton

"Una mujer de unos sesenta años me atendió. Sus cabellos eran blancoazulados y su rostro ostentaba una expresión que no suele verse: el aspecto de una mujer satisfecha" (página 68, Bruguera, Libro Amigo, 1985). Amigos, la vigencia de la buena literatura es absoluta y, a diferencia de lo que ocurre con ciertos crímenes, jamás prescribe. Ross Macdonald es el autor que prefiero en la novela negra y estimo que es el mejor escritor que ha dado la misma. Y hablo de saber escribir, de saber describir, de hacer literatura que se pueda comparar con la de cualquier autor del género y de fuera de él. El mejor estilista, el mejor prosista de la novela negra -aún no superado- es Macdonald. También el mejor cultivador de la tendencia psicológica, el que mejor profundizaba en la intimidad de los personajes, de las personas.
Os lo planteo como un pequeño ejercicio. Oíd vuestra voz interior. Os habla una voz, ¿verdad? Una voz en primera persona que cuando ve a una mujer guapa no os dice tan sólo: bellas piernas, bellos labios. No, ¿verdad? Ésa es vuestra verdadera voz íntima. Entráis en una casa desconocida y os dice: Qué pasillo tan estrecho, qué mal huele. Sigue siendo la misma voz. Esa voz que sois vosotros mismos, sin censuras. Veis una cara y pensáis/os decís: Qué ojos tan profundos, ¿por qué me miran con desconfianza? Reencontráis a un amigo y la voz os dice: Cómo ha cambiado, está más gordo, yo no he engordado tanto, está peor que yo. Quizá en voz alta digáis otra cosa, pero la voz íntima no desea mentiros. Bien: eso aparece en las novelas de Macdonald, esos apuntes de realidad se palpan en mejores páginas, en las páginas inolvidables de Ross Macdonald.