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La jungla de asfalto, de John Huston




Hay un momento en esta intensa película en que Sterling Hayden, que realiza una soberbia interpretación, sostiene el revólver que siempre lleva encima de una manera que le hace ver al espectador que es un arma, un objeto pesado y mortal, solo sopesándolo, teniéndolo en su mano con cuidado y atención pero también con una familiaridad que evidencia su uso y su aprecio tan a las claras que uno sigue sus movimientos fijamente y comprende que está ante una cuidada puesta en escena y una dirección de actores absolutamente ejemplar, ante una obra irrepetible. 
Y elijo esa escena, ese detalle aparentemente menor -ya que Hayden ni siquiera está ocupando el primer plano- como entrada a una película que no tengo dudas de que es una de las grandes de la historia del cine: de las más grandes. Tanto por su realización excepcional como por su guión milimétrico, realista y a la vez muy simbólico, así como por la elección de los actores, que actúan con una vigorosa convicción, persuadidos de que se hallan dando vida a unos personajes memorables.  La jungla de asfalto, con tanto realismo del bueno, exhibe una concepción creativa que de forma abrumadora y satisfactoria apuesta por el sentido profundo de la narración de ficción y la creación razonada e historizada de personajes. Y si la recuperamos en una época como esta, saturada de mentiras en la verdad y en las pantallas, en lo vivido y en lo imaginado, en lo público y en lo privado, nos servirá doblemente pues la revisión de este clásico impagable y la degustación de todas sus escenas, una por una, nos entretendrá y nos fascinará tanto como si de un libro maravilloso se tratara y de paso nos acercará a meditaciones que nunca están de más, que nunca deben abandonarnos. 

Grupo 7, de Alberto Rodríguez




Deudora de una manera de hacer muy hollywoodiense, tiene esta película, sin embargo, algunos valores y aciertos que sirven para destacarla y recomendarla, pues su acercamiento a la violencia mediante unos personajes que no son ángeles caídos ni matones justicieros, sino simplemente policías muy humanos vistos frontalmente, sin tapujos, sin mentiras ni mixtificaciones, no resulta falso, sino muy creíble y muy sincero, merced a un alejamiento absoluto del maniqueísmo y de una gratuita, forzada e imposible voluntad de identificación. Resulta incómodo seguir las peripecias de los sujetos protagonistas -como ocurría en la serie The Shield, de la que ha tomado también algunos elementos imprescindibles para la estructura y la exposición de las escenas más crudas- y más aún verlos en sus momentos de intimidad, con parejas que están a su lado pero en realidad muy, muy alejadas de unos hombres que nunca sabrán vivir sin placa y sin delincuentes a los que interrogar y amedrentar. Pero, como digo, rezuma sinceridad la historia, y eso -además de la excelente interpretación de Antonio de la Torre, una vez más, y de la notable participación de los secundarios- la eleva por encima de No habrá paz para los malvados, el otro logro reciente del cine negro español, que en realidad es mucho más hueca de lo que a primera vista parece y no cuenta con un argumento tan sólido ni con un deseo de verdad tan intenso y no orilla ni quiere los tópicos más arraigados y vanos de la serie negra. No, no es una obra maestra, pero está impecablemente realizada -algo nada fácil en nuestro país cuando hablamos de cine de género- y seguro que irá ganando con el tiempo hasta situarse en un lugar del que no caerá ya nunca. 

No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu

Sin duda, lo más destacable de esta película es la interpretación de José Coronado, actor que empezó siendo mediocre (muy limitado, con un solo registro, de voz algo cursi) y ha alcanzado un nivel de excelencia impensable y también innegable. La película es él. Con sus miradas (duras, frías, fijas, hondísimas), con el tono de su voz (quebrada, rasposa, cortante), con su melena leonada, con la agresividad que imprime a cada gesto compone un personaje que asusta, que impide que relajes tu atención, que decaiga el interés de una película que no es tan brillante como la crítica reciente ha destacado, pues no cuesta ver algunas debilidades del guión y resulta fácil cansarse con lo que no es, en definitiva, sino otra trama policial con juez, policía bueno y policía malo, pequeñas sorpresas y final más que presumible. Eso sí, el cine español no puede alardear de ofrecer a la memoria muchas películas secas, directas, mantenidas en un pulso narrativo sin alardes ni estridencias vanas en el género negro y esta No habrá paz para los malvados se cuela en la lista y casi la encabeza directamente.    

La mitad de Óscar, de Manuel Martín Cuenca


Qué bien contada está la soledad en esta película. La soledad que duele, la soledad que pesa dentro, la soledad que amordaza, la soledad que mata. No hay banda sonora, porque la música callada la ponen los paisajes de Almería, sabiamente dispuestos en la escenas para que sean un personaje más, el más decisivo, el que le da sentido final a toda una historia que parte de los silencios para desembocar en un diálogo en el que se devela un secreto insalvable. El metraje es corto y hay algunos momentos en que se abusa del estatismo y los actores parecen marionetas con los hilos movidos a distancia por una mano demasiado severa. Pero sin duda se trata de una obra de alta calidad, perfecta para volver a ser vista pasados unos minutos después de la primera vez o acaso unos días, ya que con el argumento y el final conocidos se puede optar por una segunda visita que permita ahondar mejor, entender que no sobra ningún plano, ningún silencio, que la soledad perfecta de que se nos habla es humana, muy humana.    

Cine negro

Libro de Alain Silver y James Ursini / Paul Duncan . Editado por Taschen.
Con textos en castellano y algunas fotografías a doble página, como en las monografías dedicadas a importantes fotógrafos, este libro -absolutamente en blanco y negro, salvo dos o tres excepciones coloristas - es de esos que el buen aficionado ha de buscar y tener. La portada, con los dedos de una mano reconocible - Robert Mitchum y su HATE, en La noche del cazador -, la contraportada con otros dedos no menos reconocibles - LOVE - ya invitan a la cinefilia, al recuerdo, la nostalgia. Además, muchas fotos de los rodajes no se han tomado desde la misma perspectiva con que se ha filmado la escena en la película, con lo cual son un descubrimiento absoluto. Aquí están las vamps, los detectives, los policías, los gansters, y también algún director dando indicaciones a los actores, como Robert Aldrich. Dividido en unos apartados cuyos títulos lo dicen todo - ¿Qué es el cine negro?, El crimen perfecto, La mujer en el cine negro, El detective privado, Oscuridad y corrupción, por ejemplo -, en un volumen tan bien cuidado como todos los de Taschen, el libro nos llena de imágenes la cabeza y nos invita a hacer asociaciones mentales y comparaciones que se convierten en un juego de mitomanía y memoria ideal para las pausas de las lecturas de novelas o para las tardes en que no tenemos ganas de hablar y queremos estar en nuestro cuarto, pero no solos, sino rodeados de aquellos que viven inmateriales y pujantes en nuestra vida.

Diario de un cineasta indignado ( 1 )

Me indigna que se masacren las películas con cortes de veinte minutos. Me indigna que se corten los títulos de crédito finales: como si le cortaras la firma a un cuadro y lo expusieras en un 90% solamente. Me indigna que los comentaristas de televisión de los periódicos no se estretengan comentando lo bueno y gasten papel comentando las chorradas de los programas basura. Me indigna que los trailers de muchas películas cuenten casi todo el argumento: como si la emoción sólo residiera luego, al verla, en ir encajando las escenas del propio trailer. Me indigna que en los canales de pago corten las series dos o tres veces para emitir autopublicidad: como si algunas series no fueran tan buenas como muchas películas. Me indigna que los canales pongan un logotipo de su marca y manchen la imagen: ¿ lo harían con un cuadro, en el Prado?: y sólo lo hacen en las películas: el logotipo desaparece al empezar los anuncios: ¿son los anunciantes los dueños de las cadenas de televisión? Me indigna que se gaste el dinero público en peliculitas de acción que por venir de los Estados Unidos llaman cine, cuando no son más que auténtica basura. Me indigna que no se indigne más gente, que se quejen tan poquitos, que no nos atrevamos a llamar basura a lo que es basura y arte a lo que es arte, como si el posmodernismo todo lo homogeneizara definitivamente y ya no hubiera lugar para la queja, la discusión, y sólo para programas como el de Garci, laudatorios de una película, y no para otros en que se debata de verdad sobre el cine. Me indigna que haya tanto lugar común cuando se habla de cine.

Arthur Miller

Todo el mundo gana. Ése es el título de una película del año 1989 que acabo de ver. Guión escrito por Arthur Miller. La había programado para grabarla pero no he podido resistirme desde el momento en que he visto el nombre de este escritor en los títulos de crédito. Creo que sólo escribió dos guiones: éste y el de Vidas rebeldes. La película tiene un desarrollo detectivesco - sin un sólo tiro, eso sí, y sin concesiones gratuitas de ningún tipo - y fácil de seguir, con pocos personajes y un asesinato que no se ha aclarado como es debido. Para eso contratan al detective privado - Nick Nolte -, cuya misión es darle la vuelta al calcetín. Consigue enterarse de que el fiscal, la policía han hecho lo que han querido, han metido en la cárcel a quien les ha dado la gana -también en las novelas del ciclo Carvalho nos encontramos con casos parecidos a menudo- y tiene la posibilidad de ir contra ellos, sacar la verdad a a luz, lograr que ésta prevalezca. El detective está contra el sistema corrupto. De ahí que lo hayan buscado, hayan recurrido a él. Pero el detective no tiene poder, sólo el de la palabra, para movilizar a los testigos, a los declarantes, y aunque al final consigue que salga de la cárcel el inocente no obtiene el mayor premio: que triunfe la verdad. El fiscal, un juez, la mujer que lo contrató, un cura, los policías festejan al final que la nueva versión de los hechos los deja a todos felices, a todos ganadores, y lo celebran con una fiesta multitudinaria. El único que se va de ella es el detective. De esta manera ese gran escritor que era Arthur Miller nos plantea con una visión muy crítica pero muy realista cuál es el actual estado de las cosas en nuestra sociedad: ningún pez pequeño se come al grande, ningún investigador puede remover los cimientos, alterar el orden establecido. No hay héroes si los que están por encima no permiten que se les señale como héroes. No hay vencedores si los que están por encima no permiten que se les señale como vencedores. Ni tan siquiera como vencidos. Buscad esta película, amigos. Grabadla, guardadla, ponedla en el reproductor dentro de dos o tres años y echad la vista atrás, pensad en el futuro. Será como darse una ducha. Qué sucia corre el agua, ¿verdad?

Dos hombres en la ciudad: Gabin y Delon

Los ojos azules de Alain Delon, antes de que lo ejecuten, emiten una súplica muda, desesperada, que recorre el espinazo de cualquier espectador. Las palabras finales - en off- de Jean Gabin duelen: la justicia, su máquina, también mata. La justicia en esta película utiliza la guillotina. Las armas quedan para los delincuentes, los lugares oscuros también para éstos. La justicia ejecuta con luz y taquígrafos. Qué horror. La pena de muerte es una aberración, una vileza. El exceso de poder es terrorífico. Entonces, en Francia, había pena de muerte. La lucha de algunos por evitar que el estado derrame sangre es de aplaudir, merece toda nuestra aprobación. Si veis esta película comprenderéis que el que mata no siempre mata porque sí, no siempre es dueño de sus actos. Todos los actos violentos tienen un componente social que hay que escrutar y juzgar. Nadie sale de la selva dispuesto a convertirse en un asesino en serie, dispuesto a atracar bancos. Hemos creado una sociedad que a veces es un monstruo y da monstruos, engendra monstruos que son su válvula de escape, que son el aire que escapa por la válvula para que la olla no estalle. Nuestra sociedad necesita culpables a los que ejecutar como en las antiguas culturas se elegía a unas víctimas que ofrendar a los dioses. No hemos avanzado en líneas generales apenas nada, apenas nada en lo esencial: y ahora vienen otros miedos, los que nacen en la mente y nos destrozan desde dentro, como la depresión, ese inevitable mal del siglo XXI.