A Dennis Lehane le sobra talento para escribir novelas mejores que esta. Es en lo primero que pienso cuando acabo la lectura de Abrázame, oscuridad, segunda de la serie dedicada a los detectives privados Patrick Kenzie y Angela Gennaro. Y se percibe ampliamente a lo largo del libro, que no es muy original en la trama pero posee no pocos aciertos en la narración. Abordar el tema del asesino en serie sin que el lector se sienta en territorio conocido, demasiado familiar, no es nada fácil. Lehane no lo consiguió con esta novela: es otro asesino en serie más, uno más. Tampoco la investigación, la caza del asesino aporta mucho: hay emoción, hay buena ilación, pero no encontramos sorpresas pujantes ni giros brillantes, deslumbradores. Lehane lo confía todo al peso del pasado, a las acciones erróneas y crueles del pasado, y por ahí el libro se salva, busca otro camino que lo hace diferente y, lo que es más importante, casi (solo casi) creíble. Lehane da por sentado que los lectores ya conocen los trabajos y pasiones de los asesinos en serie y decide entrar en una historia de barrio, familiar, de amigos y conocidos, de bares pequeños y personas que tienen cosas y las pierden por culpa de los deseos insatisfechos: y de nuevo acierta, porque convierte Abrázame, oscuridad en un canto nostálgico, en un homenaje a recuerdos y personas recordadas (habla el autor de su propio barrio, en el que creció y al que está sentimentalmente ligado para siempre), a lugares que no deben morir. Acierta, pero el acierto es corto, una manera tan solo de salir airoso, ya que el exceso de violencia, de muertos lastra la novela, empuja a los rincones (a los márgenes) los capítulos de bellas escenas de inocente amor, de bellas escenas con diálogos vigorosos en los que salta muy vivo el pasado más sencillo y luminoso. La mezcla de durísima novela negra y de evocación de unas gentes y un barrio no alcanza jamás un equilibrio justo (sí el honesto) y deja a la novela a medio camino, en un punto interesante pero no memorable.
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Dennis Lehane: Un trago antes de la guerra
Seguramente, Dennis Lehane es el único autor al que leo sin incomodidad cuando en sus novelas me topo con muchas páginas de tiroteos, de violencia: porque sé que no es gratuita, que tiene un sentido dramático, necesario para la trama y la comprensión de la historia que se narra. Lehane no abusa de la violencia, no se recrea en ella, y él mismo ha confesado una de sus principlaes influencias es Shakespeare. La violencia es algo común en algunos lugares, es una palabra, una frase, un gesto habitual en los habitantes de algunas ciudades. Y Lehane lo recoge y lo plasma en libros como este, Un trago antes de la guerra, que se presentan duros y directos, sin concesiones, pero también con mucha sensibilidad y mucho sentido detrás de lo que se cuenta y de cómo se cuenta.
Lehane es uno de los grandes de la narrativa negra actual. Pocos libros pueden compararse a Desapareció una noche, excelente novela que plantea problemas morales con difíciles soluciones, que surgen sin manipulación emocional y sin excusas que eviten al lector enfrentarse a dilemas que están en la base deformada de nuestra borrosa sociedad del espectáculo y de las apariencias. Con Un trago antes de la guerra inició la serie de Kenzie y Gennaro, los detectives privados de Boston, y no pudo hacerlo mejor: un trago hondo y que deja buen sabor. Con las ideas muy claras -como pocos en el género, tan abierto a los paseantes y a los buscadores de fortuna-, con un afán evidente de abordar temas crudos y que requieren de un pulso firme y de una mente atrevida, Lehane encaja a sus detectives en una historia de mucha violencia con bandas urbanas que libran una lucha a muerte, con maltratadores que destrozan a sus familiares sin miramientos, con políticos que tienen mucho que ocultar, y los zarandea, los acerca a los golpes, permite que metan sus almas en rincones quemados de los que solo se puede salir con dolorosas e inocultables quemaduras.
Con una estructura sencilla, sin grandes enigmas que develar, sin acogerse a esquemas previos -marchando como los grandes escritores acostumbran: no paran hasta llegar a la última gota de sudor y al último rictus-, sin abusar de caracterizaciones psicológicas que pueden acabar mostrando un ropaje de cartón piedra, comprometiéndose con los débiles y los humillados, de una manera muy natural Lehane nos va llevando a escenarios que los lectores cómodos no conocemos, pero no nos horroriza, no nos castiga por nuestro alejamiento físico y espiritual, ya que una recia y arraigada capacidad de comprensión y una sutil, nada pringosa piedad se deslizan por toda la novela junto a los hechos más violentos como en una vía paralela y absolutamente compensada y equilibradora que ofrece oxígeno, sentimientos positivos-dudas saludables-, un poderoso aroma a honestidad y una congruente relajación al final del sufrido camino de los personajes investigadores y protagonistas de esta valiosa primera entrega de una serie inolvidable que dio después cinco afortunados frutos más
Con una estructura sencilla, sin grandes enigmas que develar, sin acogerse a esquemas previos -marchando como los grandes escritores acostumbran: no paran hasta llegar a la última gota de sudor y al último rictus-, sin abusar de caracterizaciones psicológicas que pueden acabar mostrando un ropaje de cartón piedra, comprometiéndose con los débiles y los humillados, de una manera muy natural Lehane nos va llevando a escenarios que los lectores cómodos no conocemos, pero no nos horroriza, no nos castiga por nuestro alejamiento físico y espiritual, ya que una recia y arraigada capacidad de comprensión y una sutil, nada pringosa piedad se deslizan por toda la novela junto a los hechos más violentos como en una vía paralela y absolutamente compensada y equilibradora que ofrece oxígeno, sentimientos positivos-dudas saludables-, un poderoso aroma a honestidad y una congruente relajación al final del sufrido camino de los personajes investigadores y protagonistas de esta valiosa primera entrega de una serie inolvidable que dio después cinco afortunados frutos más
Dennis Lehane: Nos quedamos sin perros
Este relato tiene algo en común con una breve novela de John Steinbeck titulada De ratones y hombres: la amistad de un hombre muy cuerdo, experimentado y dotado de buenos sentimientos con otro hombre menos cuerdo, menos experimentado y con sentimientos nobles pero herido por circunstancias ajenas a él. Hay también una triste sensación recorriéndolo de principio a fin, bien retenida para que nunca se desborde e inunde la historia de sentimentalismo fácil y ramplón. También el final es parecido, pero Lehane añade algunos elementos propios y valiosos que hacen que cuaje una atmósfera malsana, decadente y de callada desesperación que convierten el cuento en una obra propia, personal y muy estimable, superando así lo que podría parecer a primera vista solo una sencilla variación sobre un tema ajeno. Los recuerdos de la guerra de Vietnam, las limitaciones de cierta vida pueblerina, las relaciones ocultas están presentes y muy elaboradas, dotan a los personajes de vida propia y efectiva. Y las insinuaciones, los velos medio caídos, lo mostrado como al trasluz convierten a Nos quedamos sin perros en un metafórico relato de gran solvencia y de gran categoría, la suficiente como para hablar de un gran escritor y un notable trabajo.
(Un apunte en cuanto a la traducción: Creo que podría haber buscado sin demasiado esfuerzo Damián Alou giros que evitaran la repetición de verbos en la misma frase sin alterar la frescura y coloquialismo de la prosa de Lehane)
Dennis Lehane y el Noir
Dice Lehane:
El motivo por el que creo que escribo estas historias de género negro es porque el noir no deja de ser la tragedia de la clase trabajadora. La diferencia entre el género negro y Shakespeare es la altura desde donde caen los personajes. Un rey cae desde lo más alto. En el género negro el héroe se cae desde el bordillo. No es una gran caída, pero es igual de dolorosa.
En una entrevista realizada por Patricia Puentes y que podéis leer entera aquí.
Dennis Lehane: Desapareció una noche (y 4). Crítica

Empezar la lectura de una novela después de haber visto la película que han realizado partiendo de su historia y sus personajes no es nada recomendable. Las continuas comparaciones pueden distraer en exceso, ahogar la lectura. Pero "Adiós, pequeña, adiós" es una de esa obras maestras del reciente cine que a uno no le dejan indiferente, que suscitan temas de conversación y meditaciones que suelen ser encontrados y apasionantes. Hablar de niños, de familias y de los abusos que dentro y fuera de ellas se producen, con los niños presentes, nos toca muy hondo a todos, seamos o no padres, porque todos somos hijos.
He leído "Desapareció una noche", de Dennis Lehane, con una atención, una fruición sorprendentes. He interrumpido la lectura de otras novelas -de Javier Marías y Le Carré- para beberme las quinientas páginas de esta obra maestra de la novela negra. Es una novela diferente, arriesgada, profunda. Nada tiene que ver con esas muchas novelas del género que quieren colarnos, que se empeñan en hacernos creer que son valiosas y decisivas. En algunos momentos me ha parecido que Lehane era el heredero directo del gran Raymond Chandler, un escritor que aborda los temas actuales de una manera -y con un lenguaje- actual y unas técnicas contemporáneas. No se pierde en lo clásico, no es mimético, no se encalla en los tópicos este Lehane que no por casualidad es el autor de Mystic River: a la investigación propia de toda novela con detectives privados dentro suma emoción genuina, auténtica y bien fundamentada crítica a las instituciones, denuncia basada en hechos reales y dolorosos que no se conocen, no se combaten o no se enfrentan jamás con un empeño purificador.
Las desapariciones de niños, sus raptos, están a la orden de día: basta ver la prensa semanal. Lehane entra en el tema y a su alrededor construye un complejo entramado emocional que sacude y nos pone ante un problema pocas veces estudiado con la sinceridad y la fuerza necesarias. Con dos detectives privados y muchos policías, con algunos delincuentes y con algunas mujeres y hombres que contemplan y padecen, con un montón de personajes que nunca son enteramente buenos ni enteramente malos, Lehane plantea y subraya, pero deja puertas abiertas para que quepan opiniones enfrentadas, para que pueda producirse el debate. Estamos en un momento de decadencia, nuestras sociedades consiguen avances físicos incuestionables y a la vez pierden valores humanos de manera catastrófica. Somos seres hechos para el dolor y la confrontación, para el amor y la entrega, somos seres hechos para sentir. En esta novela lo vemos claramente, lo percibimos, y llegamos a la conclusión de que la diversidad que nos separa es buena e inevitable, pero también en algunos aspectos es destructiva, porque cada vez somos más cerrados, más exclusivistas, más pagados de nosotros mismos. Decidimos sin dar lugar a la réplica, por las bravas, con las ideas brillando a fuego en nuestra mente -somos fanáticos, los seres humanos somos seres pensantes con una clara tendencia al fanatismo-, y podemos hacer daño para lograr que el orden, la paz y la calma que precisamos encajen en el esquema de lo que vemos, realizamos y compartimos. Estamos llenos de fanatismo y de secretos, concluye Lehane. Y de decisiones por tomar. Esta novela es una obra maestra, amigos, un libro que no dejará indiferente a ningún lector, lleno de inteligencia y de compromiso, de valores y de pasajes en que se cuestiona todo. Con ecos de las tragedias griegas, con algún eco del gran Shakespeare -la muerte del policía contemplando los edificios de la ciudad-, "Desapareció una noche" encierra una historia atrevida, singular, inolvidable.
Dennis Lehane: Desapareció una noche (3). Los males de nuestro tiempo

Pocas novelas he leído de las que pueda decir que su lectura me parece realmente adictiva. Ésta es una de ellas. No se cansa uno de pasar páginas, de acompañar a los personajes por casas, espacios abiertos y lugares imborrables. Lehane aborda algunos de los problemas más graves que pueden acechar a los niños de nuestro mundo, expuestos a la maldad de pederastas y de gente que cree quererlos mejor que nadie. Por supuesto, para el lector exquisito y culto este libro sólo pertenece a un género, es literatura menor, pero siempre que a mí mismo me empuja mi formación lectora a pensar de esa manera me digo que basta de tonterías, de autores que describen hasta agobiar y que cuentan sandeces lindas y perfumadas con tantas palabras malgastadas y fatuas que sólo sirven para alimentar egos y sensaciones extremadamente artificiales. Lehane nunca será un prosista mayor, pero tampoco le hace falta. Narra con una destreza soberbia, matiza con un dominio verdaderamente deslumbrante y sabe que una historia es, ante todo, una historia y que hay que saber contarla. No engaña Lehane, y además se atreve con temas reales, que tantos otros evitan, y no hace demagogia barata, no se pierde en fáciles concesiones, no maneja nuestros sentimientos para lograr reconocimiento y dinero. "Desapareció una noche" es una novela que está en la cima del género negro, valiente, original y profunda. Una novela para estos tiempos y que habla de estos tiempos, que no es mimética ni está pensada para un público devorador y nada pensante. Una novela muy recomendable.
Dennis Lehane: Desapareció una noche (2). Pausas

Prefiero las novelas negras en que el autor inserta pausas y habla de asuntos ajenos a la investigación que da lugar a la historia narrada. Desde "El largo adiós" la novela negra tiene otros caminos, con este libro se mostró una vía para no hablar sólo de detectives, muertos y pistas. No me refiero sólo a la vida privada de los personajes protagonistas -en Alicia Giménez Bartlett se convierte en costumbrismo algo pesado, algo desenfocado, por ejemplo, la atención chirriante que les presta la autora a los avatares de la vida íntima de Petra y Garzón-, sino a lo que les define más allá de sus acciones: su miedos, sus pasiones no carnales, sus relaciones familiares. El detective sin esposa ni hijos, sin nadie a quien cuidar ni de quien preocuparse es algo superado, un arquetipo vencido y hueco. Lo han entendido muy bien Vázquez Montalbán, Nicolas Freeling, Michael Collins, Ruth Rendell. También me agradan esas paradas, esas pausas, en esta novela. Lehane detiene el ritmo y, como si cogiera una lupa de gran aumento, pone ante nosotros una prosa más sosegada, más adjetivada, e inserta meditaciones sobre los niños, los desaparecidos, los cambios de humor matinales, los atardeceres de otoño y la muerte, lo que se siente tras hacer el amor. Sin duda, estos remansos consiguen elevar el interés y el valor de la novela, ofrecen otro ritmo, ya digo, que Lehane domina a la perfección también y que invitan a la relectura y a la confrontación de opiniones, a la apertura al recuerdo, a imaginarnos otros. También esto puede lograrse leyendo novelas negras, amigos.
Lectura: Juan García Hortelano
Lectura: Juan García Hortelano
Dennis Lehane: Desapareció una noche (Gone, Baby, gone)

Una gran ventaja de los escritores estadounidenses sobre el resto es que plasman lo que quieren decir, lo vuelven enteramente narrativo: imágenes, personaje, paisaje que habla y comunica. En el viejo mundo adoramos la palabra, los juegos de palabras, y amamos los estilos elaborados, exhibicionistas, muy personales y hasta a veces ególatras, diferenciadores siempre. Quizá por la profesionalidad, quizá por Scott Fitzgerald y Hemingway y Dos Passos y Chandler, los escritores estadounidenses tienden a ejemplificar, a llenar su obras de lugares y seres reconocibles, de realidades podríamos decir que más palpables.
Esta novela narra la historia de una niña de cuatro años que ha desaparecido y los trabajos de la policía y de dos detectives privados para hallarla. En primera persona- la voz de un detective que está cerca del Marlowe de Chandler pero que también sabe expresarse por sí mismo y hablar de su tiempo, el actual, con los giros y las expresiones del momento y que, además, describe muy bien y es certero en las caracterizaciones psicológicas, creo que gracias al Hemingway de los mejores relatos-, con la furia necesaria y la tranquilidad precisa, se nos presentan las escenas que no sólo siguen el recorrido de la investigación sino, como ocurre con los escritores que saben utilizar los mejores elementos del género, también el recorrido vital y social de la niña desaparecida, de sus familiares y de sus vecinos. Lehane no escribe únicamente para el devoto de la novela negra, o quizá no lo trata como a un simple lector de obras de entretenimiento.
Hay una escena que me llama la atención, que justifica esta entrada y lo que apunto en el primer párrafo. Los dos detectives privados -hombre y mujer, además pareja- hablan con la entrenadora de béisbol de Amanda, la niña desaparecida, mientras presencian un partido. La entrenadora les señala a una niña que es como Amanda, introvertida y triste, que se queda sola en una interrupción del partido escarbando en el campo con una piedra en tanto el grueso de los participantes se arremolina en una algarabía propia de los enfrentamientos deportivos. Y a la pregunta de "¿Tan tímida es?", hecha por el detective, la entrenadora deja caer una respuesta que preocupa y golpea: "Sí, y eso no es todo... Hay mucho más. Ni siquiera le interesa lo que suele interesarles a los niños de su edad. No es que esté triste del todo, pero nunca está contenta tampoco, ¿comprenden?" Y así nos pone Lehane ante uno de los problemas verdaderamente fundamentales de nuestro tiempo.
Adiós, pequeña, adiós, de Ben Affleck

El buen cine negro nos emplaza siempre para que tomemos decisiones morales, para que comparemos las nuestras con las ajenas, para que caminemos por un territorio moral del que no puede escaparse ni hacer como que no existe. "Adiós, pequeña, adiós" es una gran película porque pone al espectador ante sí mismo, frente a los otros y en espacios por los que pueden transitar, ya sea personal o mentalmente, los que están sentados en sus butacas. Y lo es también porque cuenta con una gran interpretación de Casey Affleck, las brillantes y habituales de los veteranos Ed Harris y Morgan Freeman, y un guión y una historia que no pueden dejar indiferente a ningún espectador. Y con una realización sin duda sobresaliente.
Una niña desaparece. Trabaja la policía para encontrarla y además la familia contrata a dos detectives privados que conocen bien el barrio y a los que lo habitan, que no son mero fondo, sino parte fundamental de la trama, pues esta película habla de un lugar concreto y de unas gentes concretas, de una clase social muy determinada. No están de más los detectives privados, no están pasados de moda. Bien creados y bien interpretados -Casey Affleck compone al detective privado más creíble que he visto en los últimos años-, siguen representando al ciudadano mitad oficial y mitad particular que sólo tiene que rendirse cuentas a sí mismo - a su conciencia - y pueden llegar en los casos -en la búsqueda de la verdad última y decisiva- hasta el final. Y con estos detectives privados van cayendo las mentiras, va apareciendo la triste realidad que es una bofetada social y moral en la cara del espectador.
La estructura me parece sencillamente perfecta: una primera parte dedicada a la acción, a la investigación, al cierre en falso del caso. Hasta aquí llegan, aquí se quedan las intenciones de la mayor parte de los guionistas actuales. Pero la segunda parte es la que hace grande a esta película, la que la vuelve inolvidable porque, mientras caen los velos, el director y los actores nos entregan pedazos de verdad que están en la pantalla y que salen de ella, que nos tocan y nos conmueven. Con un ritmo que no acepta la alteración y rehúye el espasmo, a la manera clásica, sin golpes de efecto idiotas, avanzamos hacia la resolución del caso y tras los momentos álgidos de la historia, que a ningún personaje deja como al principio - gran acierto que subraya la intención plenamente moral de la película, entendido esto en ningún caso como moralina, sino todo lo contrario, ya que la capacidad crítica no escasea ni se nos hurta: moral, crítica y profunda, certeramente humano es este filme que no se nos olvidará fácilmente -, desmbocamos en una conclusión que admite muchas opiniones, muchos comentarios encontrados, y de eso se trata: de no pontificar, de no endilgar ningún panfleto, sino de ponernos ante los problemas de padres e hijos de nuestro mundo actual, ante la consecución de las lealtades y el enfrentamiento de las decepciones y de los desencuentros. Y es una película de cine negro, amigos, y está basada en una novela negra de Dennis Lehane -"Desapareció una noche", editada por RBA-. Nuestro género, tan vivo.
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