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Entrevista con Antonio Muñoz Molina

Esta entrevista surge a raíz de la relectura de "Beltenebros", cuya reseña tenéis en la anterior entrada de este blog. Conocí a Antonio Muñoz Molina en Almería, hace muchos años, y puedo afirmar que sigue siendo la misma persona buena y generosa que era entonces. Más sabio ahora, igual de atento y cumplidor con los amigos. Quienes habéis leído mi novela "Última noche en Granada" sabéis que tengo con este gran autor andaluz muchas deudas que solo se pagan con admiración y con aprecio. No hace demasiado, Muñoz Molina publicó otra novela memorable, "La noche de los tiempos", pero yo he pretendido volver al primer Muñoz Molina, al que nos deleitaba con relatos negros o seminegros, escritos con una prosa fascinante e hipnótica, sin parangón en nuestras letras últimas, no siempre bien entendidos, pese a que se ha escrito muchísimo sobre ellos. Aquí tenéis al escritor y al hombre cercano y sincero, sin pose y siempre humilde que reconoce influencias y reparte halagos como pocos escritores acostumbran a hacer cuando de hablar de compañeros de profesión se trata.


1.- ¿Cómo surge Beltenebros?
La novela nació de varios indicios, de unas cuantas imágenes en torno a las cuales fue cristalizando. Quizás el punto de partida más claro fue la lectura de un libro de Gregorio Morán, "Grandeza y Miseria del Partido Comunista de España", en la que se contaban dos historias que me impresionaron mucho: la de "Quiñones", un militante que reconstruyó el Partido en Madrid, en 1940, y al que la dirección en Moscú acusó de traición. Lo detuvieron, lo torturaron (la policía de Franco), y en la cama en la que agonizaba un médico, militante clandestino, le dijo al oído que acababa de ser expulsado del partido por traidor. Lo fusilaron sentado, porque no se tenía en pie. Otra historia era la de otro presunto traidor, Luis León Trilla, asesinado a navajazos en un descampado de Madrid en 1945, después de pasarse meses escondiéndose por igual de la policía de Franco y de sus excamaradas.

2.- ¿Cómo elegiste la voz narradora?
Como me pasa tantas veces, empecé en tercera persona, y al cabo de unas ochenta páginas tuve que volver al principio, porque no salía. Se me ocurrió la primera persona, y la frase con que empieza ahora la novela, que quizás es demasiado llamativa, no sé. Después resultó que se parecía al comienzo de una novela de Nicholas Blake, titulada en español "La bestia debe morir". Hice una tentativa de intercalar capítulos en tercera desde el punto de vista de otros personajes: la chica, la madre enloquecida, el perseguido, etc. No me salió, y creo que eso fue una desventaja.

3.- ¿De qué temas querías hablar con la novela?
Yo no tengo en la cabeza temas demasiado amplios o abstractos cuando me pongo a escribir. Mi imaginación es muy concreta, y no creo que las ideas generales sirvan para mucho en las novelas. Una cosa que me importaba contar era la paradoja de la lucha comunista en España, la mezcla de heroísmo indudable de quienes participaban en ella y de su oscurantismo ideológico, al menos en aquella generación que venía de la guerra. ¿Qué sabe de España alguien que ha vivido en Moscú desde 1939? También me intrigaba la psicología del traidor, del que actúa en la sombra contra aquellos que en otro tiempo fueron sus camaradas. El comisario Conesa, que había pasado de la policía republicana a la franquista, era un personaje turbio que me llamaba mucho la atención. Y luego estaba el deseo sexual masculino como mixtificación de una mujer a la que nunca llega a verse tal como es, tan sólo como una proyección algo fantástica, como en "Vértigo", película a la que creo que hay alguna referencia en la novela.

4.- ¿Qué mirada tienes, como autor, sobre tu propia novela a los veinte años de su publicación?
Ninguna. No he vuelto a mirarla. La veo a través de lo que me cuentan lectores que se acercan a ella. Y me gusta mucho, claro, que siga teniéndolos, y algunos entusiastas. Durante años me pareció que había perdido la oportunidad de escribir una novela verdaderamente buena, sólida y documentada sobre la lucha clandestina, el ambiente interno del P.C., etc, pero claro, en ese momento me faltaba madurez, y por otra parte ese no era mi propósito. Tuve mucho cuidado en que palabras como "Partido" "Comunismo" , "Franco", etc, no aparecieran. Quería construir una trama a la vez geométrica y nebulosa, como de aquellas novelas de espías de Le Carré antes de que se pusiera literario y barroco, "El espejo de los espías", por ejemplo, o "El espía que volvió del frío".

5.- ¿Te planteas volver a escribir una novela con temática policial o negra?
Siempre he pensado que alguna vez se me ocurrirá una trama perfecta, liviana, fantasmagórica, a la manera de Chesterton, o de algunos cuentos de Borges, con las dosis adecuadas de realidad y de irrealidad, etc.

6.- ¿Cuáles son tus novelas negras preferidas?
"El largo adiós" de Chandler, sin duda; "La llave de cristal", de Hammett; cualquiera de Maigret, y las cuatro o cinco de Durremmatt. P.D. James es como una Agatha Christie con orquesta y coros, pero me gusta la atmósfera de algunas de sus novelas, y la trama completa de una, "A Certain Justice". Si se pueden añadir antiguas, "La piedra lunar," de Wilkie Collins, que escuchaba de niño adaptada en serial de la radio. Las de Ripley, desde luego. Y las del comisario Brunetti, de Donna Leon, que están muy bien escritas y tramadas, y llenas de agudas observaciones sobre la corrupción italiana. Una novela japonesa que me recomendó Justo Navarro hace muchos años, "La llave maestra", no recuerdo a su autor, una mujer. Scott Turow crea tramas magníficas... Muchas de Ruth Rendell, con esa sordidez inglesa. A estos escandinavos innumerables de ahora no los he leído, aunque me dicen que hay varios muy buenos. Ah, casi se me olvidaba uno de mis preferidos absolutos, William Irish, alucinante siempre, nihilista, con todo el drama de la Gran Depresión. Menos mal que me he acordado. Y James M. Cain, claro.

7.- ¿Crees que hay novelas negras que pueden compararse a novelas de Faulkner o de Onetti?
Raymond Chandler desesperaba de que eso fuera posible. Las normas del género imponen limitaciones muy fuertes, pero no me parece imposible. ¿No es "Santuario" una gran novela negra?

8.- Sé que a ti también te gustaban las novelas de Ross Macdonald hace años, ¿o me equivoco?
Sí que me gustaba, mucho, aunque era demasiado deudor de Chandler, y una vez que encontró un esquema narrativo perfecto lo repitió novela tras novela: el cadáver sin identificar que conecta el presente y el pasado; el muerto que vuelve. Eso lo copié yo en parte en "Beatus Ille".

9.- ¿Qué novelas que no son negras pero tienen ingredientes del subgénero te han llamado la atención?
Tantas... Ciertos ingredientes de lo negro, por llamarlo así, son muy útiles en la literatura, o más ampliamente en cualquier relato, literario o visual. El esquema básico es tan poderoso, tan simbólico en sí mismo, el misterio de la muerte, la búsqueda de lo desconocido, la revelación que lo trastorna todo. Mira lo que hizo Umberto Eco en "El nombre de la rosa", o lo que hace Piglia.

10.- ¿Cuáles son tus películas preferidas de cine negro?
"Laura", "Perdición", las de Fritz Lang en América, "La noche se mueve," "El cartero siempre llama dos veces", "Body Heat", "Cara de Ángel", "Chinatown", "El cebo," de Ladislao Vajda, una obra maestra desconocida, "M"... "El Tercer Hombre"... La lista es muy larga. Creo que en el cine es donde el género ha alcanzado una maestría definitiva. ¡"Los Soprano"! Muchas francesas también. Las antiguas de Chabrol y Truffaut, y algunas extraordinariamente sólidas de ahora.




Foto: Álvaro García (El País)


Beltenebros, de Antonio Muñoz Molina

En "Beltenebros", el prodigioso narrador que es Antonio Muñoz Molina facilita palabras para ver algunas imágenes que sólo el cine nos ha servido con fidelidad y con pasión después de haber existido en la imaginación de algunos grandes creadores. Y son palabras de una riqueza y una variedad que resultan una auténtica fiesta del idioma, que en manos del gran escritor andaluz se saben queridas, respetadas, acariciadas, nunca manejadas: Muñoz Molina, en cada párrafo, en cada capítulo demuestra un amor por la palabra que pocas veces hemos visto antes en nuestro idioma. Contra quienes quieren creer que el autor de Beltenebros es un estilista se levantan de inmediato cientos de ejemplos en sus libros que aclaran que nunca se entrega a la floritura, al exceso verbal, a la prosa para el oído y el gusto más a flor de piel. La precisión, la envoltura perfecta, el acabado de las páginas es excelente porque Muñoz Molina es además preciso, muy preciso, y su escritura responde siempre a lo que le pide la historia, algo que no siempre los críticos, ciertos críticos y ciertos escritores, han querido ver: hay mucho más contenido en las novelas aparentemente de acción, policiales, de este merecido académico de lo que una lectura sencilla o apresurada, condescendiente puede percibir. Quizá falta aquí alguna hondura en los personajes -pero queda compensado con la equilibradísima armazón de la trama- y hay muchas imágenes emparentadas con otras que nos han llegado a través del cine, pero el lector atento y sin prejuicios encontrará asimismo una verdad profunda en los actos de esos mismos personajes, en sus movimientos delante y detrás de la escena, y donde otros ven homenaje y repetición es posible ver también una sutileza sin engaño, una matización verdadera y nada epidérmica, y una inserción permanente de detalles nada cinematográficos, como los olores, lo palpado y lo soñado, lo ausente y casi percibido que son pura literatura, alta literatura: quizá Muñoz Molina parte en algunos capítulos de escenas que nos recuerdan a otras del cine, pero la pureza de la narración, la sostenida hilazón y lo ejemplar del lenguaje que no recrea, sino que crea sensaciones nuevas, que permite la identificación y la empatía son el producto de una verdad y de un oficio desarrollado con un amor absolutamente noble y sin engaño. Jamás te acerca "Beltenebros" a espacios que prometen y no recompensan, jamás crea esta novela expectativas que no estén sostenidas con el texto y con una riqueza del lenguaje y de la percepción que cualquiera puede ver y compartir con una abierta y reposada lectura.
Con pocos personajes y una trama cuidada hasta el último detalle, en la que la utilización de los elementos cinematográficos responde a una sugestión imaginativa y metafórica de los espejos y del paso del tiempo que crea profundas cicatrices, Muñoz Molina cuenta una historia en la que se fabula abundantemente, a la que no le faltan la simbología ni la concatenación de escenas que están en la memoria y en el presente de lo que viven los personajes hasta llevarnos no a la culminación de una novela de género sino a las puertas de una novela mucho más abstracta y con cierto aire de melodrama de tintes clásicos y emparentado con la mitología que gana porque, como dije más arriba, jamás miente, jamás escapa con excusas y jamás se agota en sí misma, pues si bien parte de unas influencias externas crea unas nuevas imágenes, unos nuevos personajes y unas nuevas influencias que, como ocurre con las obras musicales inspiradas en temas ajenos, son algo nuevo a su vez, una celebración y un nuevo enfoque y una nueva línea que en cualquier caso no puede sino considerarse, en todos los ámbitos y desde todos los puntos de vista, como maestra al hablar de "Beltenebros". Esta es una novela que puede ser leída como negra, y que además invita a una lectura más profunda que puede emprender cualquier lector que, como yo, la relee al cabo de muchos años y halla en ella lo que un día vio, acrecentado y multiplicado y salvado de la intoxicación de la pasión o el rechazo inmediatos, pues en su condición de obra clásica esta novela permite ya una mejor y más reposada visión de conjunto y una valoración altísima que ya quisieran para sí no solo las novelas negras de cualquier tiempo -entre las que esta debe figurar como un logro capital-, sino las llamadas novelas serias que difícilmente consiguen un acabado semejante, que revela la mano segura de un escritor de raza y oficio, y un interés en la lectura que resulta en casi todos los capítulos casi hipnótico. "Beltenebros" ha ganado con el paso del tiempo: se equivocó mi admirado Rafael Conte al considerarla una novela menor.

Flashback

En el libro La novelística de Antonio Muñoz Molina: sociedad civil y literatura lúdica, de Salvador A. Oropesa, encontramos este párrafo:

" Es curioso que una de las características principales del cine negro es la importancia que el sueño, especialmente en su sentido freudiano, tiene, lo que en lo literario se entronca con el surrealismo (por ejemplo, el uso que Hitchcock hace de Salvador Dalí). Muchas películas pertenecientes al cine negro contienen sueños o toda la acción no es más que un sueño, una especie de flahsback tras una experiencia traumática por parte del protagonista, así, Vértigo... de Alfred Hitchcock o Point Blank de John Boorman (A quemarropa...). "

Beltenebros, de Muñoz Molina ( y Payá Beltrán )

Comentaba hace poco con unos amigos qué pocos libros de estudios literarios se publican. Antes había muchos de comentarios de textos, otros que abordaban la obra de un autor -en su conjunto o una novela en particular -, otros que valoraban la narrativa en ciertos períodos. Ahora visitas las librerías y te encuentras muchos libros con títulos como "Escribir novela", "Redactar bien", "La creación del personaje", "La descripción", que, como veis, sucumben a la moda de la especialización, el parcelamiento continuo en que se nos obliga a vivir. Hay escuelas de letras y cursos de narrativa -supongo que interesantes, como los hay de cine- pero siempre he desconfiado de lo que está sujeto, programado, estipulado. Siempre he aconsejado hacer las cosas con pasión, dejarse llevar por el instinto, que es inteligentísimo, y moverse de un lado a otro por las derivaciones que marcan nuestros gustos literarios: si lees a Muñoz Molina, por ejemplo, y te informas de quiénes le han influido, llegarás a Onetti, a Borges, y el viaje será tan satisfactorio que te resultará inolvidable. Por eso quiero destacar hoy no el libro de Muñoz Molina, sino el estudio que en la edición de Cátedra presenta José Payá Beltrán, y que aborda temas tan variados como el suspense, las influencias cinematográficas de la novela, el estilo y el ritmo de la prosa o la utilización de la comparación. Son noventa páginas, centradas en Beltenebros, que suponen una pequeña guía y, a la vez, unos apuntes utilísimos sobre el proceso creativo de un autor y su obra. Tenía ya otra edición de esta novela y compré la de Cátedra tras echarle un vistazo al detallado y ameno trabajo de Payá. Si en cine hay muchos libros que comentan los entresijos de las películas, en literatura lo más parecido es esto. 

El invierno en Lisboa, de Muñoz Molina

En el libro "La novelística de Antonio Muñoz Molina: sociedad civil y literatura lúdica", escrito por Salvador A. Oropesa y editado por la Universidad de Jaén, encontramos estos párrafos ( páginas 61 y 62):

"Lawrence Rich afirma que " [El invierno en Lisboa] is Muñoz Molina´s first full-length exercise in intertextualizing the popular" y la califica como homenaje a Raymond Chandler y a Alfred Hitchcock. Para Rich contiene todos los elementos de la novela negra, como los paisajes urbanos, la lucha por la posesión de un objeto valioso, artístico, que es hasta cierto punto una entelequia, como en The Maltese Falcon de Dashiell Hammett( en este caso un cuadro de Cezanne). Está también el hotel ruinoso, las calles frías y lluviosas y la femme fatale."

"En realidad, es difícil de entender por qué Muñoz Molina ha dicho que no se trata de una novela negra, porque indiscutiblemente lo es."


Antonio Muñoz Molina

Hubo una época en que queríamos ser Antonio Muñoz Molina. No como él, sino él. Le habíamos conocido en unas jornadas literarias desarrolladas en Almería y su carácter, su bonhomía, su cercano parecer y sus comentarios nos deslumbraron, nos pusieron en la senda de sus seguidores más fieles. Le vimos otra vez -mi amigo Juan Herrezuelo y yo-, en Granada, y nos invitó a comer. Eramos dos jóvenes con una mano delante y otra detrás -como decía Herrezuelo-, temerosos de hallarnos en una situación a la que sólo pudiéramos responder con evasivas y excusas: pero Antonio -así le llamábamos entonces- ni siquiera dudó. Pagó con su tarjeta y todos nuestros miedos -y nuestros temores a hacer el ridículo- se disiparon. Menudo alivio. La comida tuvo lugar en un restaurante cercano al Hotel Victoria, hoy restaurado, y muchas veces, andando por aquella acera, recuerdo y me digo que nunca sentimos tanta admiración por nadie a quien hubiéramos llegado a conocer en persona, ni antes ni después. En un programa de radio plasmamos esa devoción y se lo dedicamos a Antonio: lo emitió Radiocadena Española. Otros tiempos, sí. Me comenta Emilio, de la Librería Atlas, en Granada, que pasaba a menudo por allí a comprar libros y, en una ocasión, una colección de comics: Spirit. ¿Para él o para su hijos? No lo sabemos. También Antonio padecía de ciertas nostalgias. Seguro que Herrezuelo y yo daríamos algo importante de lo que poseemos -si es que hay algo valioso y algo digno de ser ofrecido a los dioses del tiempo, pongamos por caso- por volver unos minutos a aquella edad y a una de las charlas que mantuvimos con quien luego fue Premio Nacional de Literatura. El invierno en Lisboa era nuestro libro de cabecera, el que aparecía en cualquier charla, con aficionados a la literatura y con quienes no habían leído nunca, si nos lo permitían. Así se forja una identidad, me digo ahora.


Foto: Ideal

Miguel Ángel Muñoz: género sin género ( y 2)

El ejemplo de Muñoz Molina es válido: ha entrado en el terreno de la novela negra para hacerlo suyo, lo ha conquistado y lo ha transitado para contarnos historias que necesitaban un determinado tono, un determinado estilo. Pero sin olvidar la creación de personajes, la prosa bien escrita, los ambientes, las atmósferas, el lenguaje creativo. Si bajamos mucho el listón no estaremos haciendo mala novela negra, sino mala novela, nada menos. Miguel Ángel Muñoz ha imaginado una historia, ha elegido un contexto y una voz narradora que acerque esa historia al lector. Y no ha rebajado la intención creadora para ponerla al alcance del lector de género - cuánto se nota eso en la ciencia-ficción, género que también conozco -, no se ha rebajado. Creen algunos que porque hay ya autores de best sellers en español la literatura tiene más sentido o está salvada: más ventas, más posibilidad de que aparezcan nuevos escritores por los que apostar. Nada más falso: ya hubo un boom de la novela negra en los ochenta y no pasó de ahí. ¿Por qué, amigos? Se publicó mucho, se leyó, pero ¿qué obras maestras nos dieron esos años? ¿Qué obras maestras nos ha dado la novela negra española? ¿Qué autor de gran categoría nos ha dado el género en España? Veamos. Vázquez Montalbán, Juan Madrid, Andreu Martín, Eugenio Fuentes, González Ledesma podrían ser los candidatos. Pero ¿hay una novela que pueda ponerse a la altura de la mejor, Los mares del sur? ¿De cuándo es ésta? 1979. Ya ha llovido. Hay que ampliar metas, ser más exigentes, amar el género pero no considerar que vale cualquier cosa. Hoy Miguel Ángel Muñoz, que seguramente nunca escribirá una novela negra, me ha alegrado el día.