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Giorgio Scerbanenco: "Venus privada" (y 4)

 Venus privada me parece una novela muy superior a la mayor parte de las que se publican actualmente en España. Resiste el paso del tiempo porque hay en ella personajes -Duca Lamberti es uno de esos que se vuelven inolvidables, imprescindibles para el buen aficionado-, porque la acción nunca rebasa el límite lógico en una novela que lleva dentro muchas ideas además de ser policíaca, porque Giorgio Scerbanenco es sin duda unos de los mejores autores que han visitado el género negro. En Venus privada hay escenas que el cine repitió incansablemente mucho después: interrogatorios salvajes, una mujer como cebo, víctimas que aparentemente sólo al azar y a la desgracia personal deben su situación definitiva. El género tiene estas cosas: lo que hoy es innovador, mañana ha sido tan repetido que puede cansar y aburrir. No ocurre eso aquí, en estas páginas escritas por una mano cómplice y con un estilo lleno de aciertos creativos, porque nos importan los personajes, que nos hablan con cercanía, porque la intriga es policíaca pero también humana a la vez, porque no hay buenos corriendo detrás de los evidentes malos, sino hombres y mujeres involucrados en unas circunstancias que ponen a prueba su concepción del mundo. Duca Lamberti sale de la cárcel tras cumplir una condena impuesta y sellada con el epígrafe: Eutanasia. El muchacho al que cuida e intenta que deje de beber guarda un secreto que le invita a suicidarse: no fue bueno con una mujer. La profesora que se arriesga a morir intentado ayudar a esclarecer dos asesinatos lo hace porque se siente fría, pero también por fidelidad y por compasión. Son personajes que están en esta novela pero que podrían aparecer en otra que no fuera negra, que podría ser sentimental o psicológica: uno de los grandes méritos de Scerbanenco, padre del giallo, que luchó por ser reconocido como escritor y cuando al fin lo logró no tuvo demasiado tiempo para disfrutarlo porque la muerte no quiso esperar y concederle más años y más escritos y más novelas memorables. Una pena: nos privó de muchos momentos cargados de lecturas que no se agotan en sí mismas, que son puertas y fuentes y felices estancias en un lugar al que uno desea volver pronto.

Giorgio Scerbanenco: Venus privada (3). Amar a la muerta, matar al culpable

Duca Lamberti se da cuenta de que la amargura que ha llevado al muchacho a convertirse en un alcohólico tiene una causa noble detrás: el amor. Como no ayudó a la chica, que le propuso pasar con él una temporada fuera de Milán, pese a que acababan de conocerse, la imagen de ella quedó enterrada en su interior y poco a poco ha ido creciendo hasta que él ha acabado por idealizarla, idolatrarla, y ahora vive con el arrepentimiento en cada uno de sus gestos y de sus pensamientos. La quiere, la ama. Ha acabado por querer y por amar a una muerta, que no está, a la que no tuvo oportunidad de conocer y apenas trató unas horas. No importa: la ama y la amargura le impide vivir, seguir viviendo con normalidad, porque si amas a una muerta puede decirse que, de alguna manera, también tú estás muerto. Duca se da cuenta y entonces, para hacerle reaccionar, le propone que siga vivo, que logre dejar la bebida y, cuando encuentren al culpable, le dejará que lo mate con sus propias manos. Sabe que tiene que hacerlo reaccionar y que sólo  una propuesta brutal servirá para que el muchacho reaccione, recupere algún interés por seguir viviendo. El muchacho, dos metros de ser humano dolido y encerrado en su dolor, tiene una primera reacción, nueva: se echa a llorar.

Giorgio Scerbanenco: Venus privada (2). La culpa y el experimento de prostitución

El hombre bueno, noble, que sufre es porque se siente culpable. Eso le ocurre al muchacho alcoholizado. Duca Lamberti descubre por qué, y a partir de ese momento, como hay una muerte de por medio, la de una chica a la que el muchacho trató brevemente algún tiempo atrás, interviene la policía. Pero Duca colabora y hasta consigue ser parte importante en la indagación. Y mientras el muchacho intenta dejar de beber, intenta superar el peso del remordimiento, de la culpabilidad que lo agobia gravemente porque se reprocha no haber ayudado a la muerta cuando tuvo la oportunidad, Duca investiga, junto a un policía, y conoce a una mujer que le cuenta una historia curiosa, que revela y define la hondura psicológica y creativa de Scerbanenco: un experimento de prostitución. Leer estas páginas es asistir a algo nuevo, es andar por lo que podríamos llamar El territorio Scerbanenco, en el que los lados más oscuros y singulares de la personalidad humana se muestran sin ambages y de la manera más natural y creíble que podamos imaginar. Una joven que es frígida, lectora apasionada de Pareto, decide a los dieciséis años tener una experiencia en el mundo de la prostitución. Pero tarda siete años en decidirse, en dar un paso adelante, en aceptar que un desconocido le proponga un lugar, un acto o postura y un pago. Son tres o cuatro páginas memorables, de las que engrandecen a un autor. Y concluyen con estas palabras de la mujer: "Lo que más me impresionó fue la brevedad de la cosa - se había puesto seria-. Incluso después, siempre que he repetido estas experiencias, no he llegado nunca a comprender esa brevedad. Creo que requiere más tiempo pesarse con cierta precisión en la báscula de la farmacia. Y en un hecho tan breve, casi fulminante, se basan los cuatro quintos de nuestra existencia. Escribí muchos apuntes sobre aquella primera experiencia..."

Giorgio Scerbanenco: Venus privada (1). Intensidad




   Las novelas no tienen por qué obedecer a un guión prefijado, pueden nacer libres y seguir haciéndose libres, con un argumento medio pensado que luego sufre cambios, toma derroteros inesperados. Las novelas negras no han de obedecer al patrón marcado a fuego que tantos autores llevan en la mente y les impide aportar algo nuevo. Detesto el empecinamiento en basar la novela negra en un muerto y una investigación. Es demasiado cómodo, demasiado repetitivo. Venus privada es una novela insustituible, absolutamente necesaria en la biblioteca del que ama a este querido género tan poco respetado y visto siempre como si acabara de inventarse, motivo por el cual nos encontramos demasiado a menudo con que autores que triunfan en la actualidad son considerados grandes maestros y se olvida a los que verdaderamente lo son, como Giorgio Scerbanenco, que además habló de temas aún vigentes, aún inquietantes, aún sin respuesta definitiva (y para los que acaso nunca la haya, porque los problemas humanos difícilmente hallarán una solución que contente a todo el mundo). 
   Venus privada es la historia de un médico que sale de la cárcel tras haber estado encerrado por acceder a ponerle una última inyección a una enferma terminal que padecía grandes dolores. Eutanasia. Contratado por un padre desesperado que no consigue apartar a su hijo de la bebida, Duca Lamberti, el ex médico, hace a partir de entonces de guardaespaldas, niñera, padre, profesor, educador del joven, que tiene 22 años y un secreto que lo empuja a suicidarse, cortándose las venas con unas tijeras, la primera noche que Duca pasa a su lado. Bueno, éste es el territorio de la trama. En el del estilo, Scerbanenco narra en tercera persona con una intensidad alta y medida con la que consigue que en las primeras 44 páginas sólo haya tres personajes -qué bien definidos, qué fácil es verlos- sin que nos cansemos, sin que echemos de menos algunos tiros, la investigación sobre un asesinato. Scerbanenco trabaja con historias humanas y con una narración en la que nada es forzado, en la que nada sobra, y en la que parecen latir verdades que afectan a todos los lectores, temas que a todos pueden preocuparnos alguna vez. Se trata de una literatura comprometida en varios sentidos, respetuosa con el lector adulto, indagadora de nuevos caminos dentro de la novela negra. Scerbanenco es de los que se atrevió a dar un paso adelante.

Giorgio Scerbanenco: Traidores a todos




No pueden leerse las novelas de Giorgio Scerbanenco protagonizadas por Duca Lamberti sin sentir emoción, porque fueron concebidas por un moralista que no renunció a creer en los personajes ni en las personas. Detestaba el autor profundamente al delincuente zafio, vulgar, traidor a todo, pero era capaz de sentir compasión por el asesino que va de frente, que cumple un cometido atendiendo a los dictados de su razón, a una idea pura. De estas premisas nace Traidores a todos, una excelente novela negra que ningún  lector al que le interese el género puede ni debe saltarse ni orillar. Y es que, después de lo dicho por los maestros Chandler, Hammett y Macdonald, poco espacio quedaba para contar casos criminales con nuevas formas y con otras palabras. Sólo unos pocos -muy pocos, poquísimos- han logrado salirse de los caminos trillados y ofrecer algo nuevo, algo personal. Uno de los pocos fue Scerbanenco, mal entendido por el uso a veces tremendo de la violencia en algunas de sus páginas, por la apariencia sórdida de sus historias, por los pasajes desagradables y por  la dureza de su pensamiento -o el de Duca Lamberti-. Incluso se le ha tachado de conservador, y no veo yo en sus historias detalles completos que corroboren afirmaciones parciales. Hay elementos que han envejecido mal, hay riesgos que no se han solventado con todo el acierto esperable, pero no podemos olvidarnos de que estamos ante un autor que -como tan bien define el escritor José Abad, traductor además de uno de sus libros, Matar por amor -se entrega a la rabia y a la visceralidad porque es un escritor impulsivo, apasionado. Pero nunca injusto, arbitrario, nunca falto de explicación. Esto lo convierte en un autor esencial, imprescindible, con libros de lectura adictiva y potenciadora: un autor que anima a leer, a seguir leyendo, a seguir creyendo en el valor de la escritura literaria. No, nunca lo consideraremos a la altura de un Chandler, pero no lo necesita Scerbanenco: es uno de esos que estando en la segunda fila tienen más que decir que algunos -muchos- grandes maestros que no incentivan, no crean más lectores. Y no hablo sólo de los cultivadores de la novela negra. 
En Traidores a todos está lo mejor de Scerbanenco: el deseo de contar una historia mediante la elegía, la pura ambición de contarlo todo pero con pausa, aunque también con furia: el narrador, de tercera persona, utiliza a menudo el estilo indirecto libre y nos obliga a oír directamente a Duca, lo que piensa y le molesta, lo que lo reconcome y lo enfada, lo que lo corroe mientras trata con delincuentes que no dudan en matar cruelmente solo por dinero y poder. Duca maltrata a algún detenido, desea aplastar a otro, retorcerle el cuello a alguno más. Su ira nos llega intacta, plena, porque el narrador no censura, porque el narrador está muy cerca de él: en ocasiones ya no se sabe quién habla, y es posible que esto lleve a creer que Scerbanenco es Duca Lamberti, y se confunde al mensajero con el mensaje, argucia de viejo escritor en lo mejor de su carrera y en la mejor verdad de su carrera. Así lo prueba el primer final y, sobre todo, el segundo final de esta memorable novela, que encierra dos historias de poder y corrupción, de infamia y castigo, de muerte y traición y venganza impostergable. El lector de mirada limpia sentirá emoción, como decía al principio, y comprenderá y juzgará más tarde. Son los sucesos pero es la voz, nos dice Scerbanenco, son los sucesos pero es la emoción y la moral amplia y desgarrada, desgarradora: porque detrás de todas las palabras hay algo que nos iguala, nos arrastra hacia lo auténtico y lo esencial, lo que es de todos y a nadie ni nada traiciona. 

Giorgio Scerbanenco: Matar por amor

Ya antes he escrito en este blog sobre Giorgio Scerbanenco, autor al que considero fundamental dentro del género. Las cuatro novelas protagonizadas por Duca Lamberti son de las mejores que la novela negra nos ha dado. "Los milaneses matan en sábado" es una elegía, un relato que se lee con el ánimo encogido. Pero Scerbanenco escribió más libros interesantes. Y este, recién aparecido, hay que incluirlo en el apartado de los más recomendables. "Matar por amor" reúne un ramillete de historias para todos los gustos, y en ellas no falta nada del talento de los más acertados momentos de nuestro autor, esos en los que están la dureza y la melancolía, el desgarro y la crudeza llevadas con mano firme, en el estilo personal y cercano a la confesión del maestro italiano nacido en Kiev y muerto cuando estaba viviendo sus años de más alta creatividad literaria. Libro póstumo y magnífico rescate de relatos nunca antes vertidos a nuestra lengua, cuenta además con la impecable traducción del escritor granadino José Abad, que nos premia asimismo con una nota final, breve y bien documentada, que aconsejo leer antes de adentrarse en este libro necesario de un maestro del género negro.

Giorgio Scerbanenco: Los milaneses matan en sábado

Esta novela es una elegía. Es el canto de un padre que se queda sin su hija, lo único que tiene. Y no se trata de una hija cualquiera: alta, hermosísima, bien proporcionada, cariñosa, casi perfecta. No es perfecta porque es retrasada mental y tiene una debilidad por los hombres que obliga al padre a una atención permanente porque ella puede irse detrás de cualquier hombre que simplemente le sonría y esté dispuesto a acariciarla. No todos los hombres se paran a pensar que en realidad cometen un abuso, que si no hay una voluntad adulta y consciente detrás en verdad es un acto semejante a una violación. Pero no todos los hombres son hombres. Muchos no han dejado de ser bestias.
Scerbanenco logra una novela de gran sinceridad y categoría sin abandonar nunca el tono elegíaco, sin impostar la voz, sin recurrir a trucos que deslumbren al espectador vanamente. Construye la historia con un padre que es un milanés sincero y valiente, leal y firme, al que vemos transformarse ante nuestros ojos mediante un juego de escenas en que nunca se baraja mal y jamás se abandona el acierto caracterizador. Con un policía que sabe de la piedad y de la dureza, que en su pasado tiene un hecho que le ha marcado y le ha vuelto más humano y a la vez más inhumano, pues no se mata impunemente, no se olvida impunemente (fue acusado de practicar la eutanasia cuando, antes de ser policía, ejercía la medicina). Con unos malvados que salen directamente del peor catálogo de depravados y estúpidos, de insensibles y de egoístas, hijos de la literatura del gran Dostoievski, el padre de algunos de los mejores personajes y el mentor de algunos de los mejores escritores de la novela criminal.
Son unos malvados que se llevan a la muchacha para prostituirla, para pasearla por las casas en que se abusa y se calla porque se recibe a cambio dinero, que usan a una persona como no usarían a una bestia, que la exprimen hasta que queda hueca e inservible, que nunca se arrepienten, nunca sufren por ninguno de sus actos, ni siquiera cuando deciden deshacerse de una muchacha retrasada mental golpeándola con una piedra en la cabeza y tirándola luego a una hoguera, en el campo, aunque aún no está muerta, para que se descomponga, se vuelva humo y nada.
El canto es triste y cada vez se vuelve más triste. Ante la tristeza no puede permanecerse impávido, inmutable. El narrador salpica con un humor negro algunas escenas, combate con objetividad el cataclismo de sentimientos rotos y maldades invencibles que es esta novela negra y psicológica, en la que importa muchísimo por qué pasan las cosas, qué lleva a que pase, qué empuja a que pasen. Reconozco que "Los milaneses matan en sábado", en la primera lectura y en la relectura del verano de 2009, me gana y me abruma, no en vano es una de las novelas que prefiero, una de esas pocas que me llevaría en una maleta si tuviera que salir de mi casa para no volver. Se debe al tono elegíaco, claro, a la voz narradora, tan ajustada y precisa, tan inmiscuida y tan inteligentemente alejada a un tiempo. Y, sobre todo, a que me creo esa historia que se cuenta, me creo a los personajes, me creo el canto. Y porque la tristeza humana sólo en ocasiones excepcionales puede conmovernos y darnos fuerzas para seguir viviendo. Como me ocurre oyendo este canto, leyendo este libro inolvidable.

Giorgio Scerbanenco: Muerte en la escuela (y 3). Crítica


Necesitamos más novelas como ésta.
No hay maniqueísmo, hay personajes, hay historia y hay una mirada personal sobre el mundo.
"Muerte en la escuela" es quizá la mejor de las cuatro novelas que Scerbanenco escribió con Duca Lamberti como personaje protagonista. Con una mirada netamente dostoievskiana, Scerbanenco toma un caso que podríamos quizá encontrarnos en las primeras páginas de un periódico hoy mismo y nos ofrece literatura de la mejor, honda y veraz, esquiva todo lo trillado y sabido. Unos chicos que asisten a una escuela nocturna violan y matan salvajamente a su profesora. Ése podría ser el titular. A partir de ahí, lo más fácil es dejarse llevar por lo superficial, lo impactante, lo que ayuda a ganar lectores y dinero. Pero Scerbanenco, un autor nada conformista, no siembra de detalles truculentos su novela, no la empapa de sangre fácil y no nos entretiene con una historieta de policías buenos que luchan contra malos ciudadanos y se ganan nuestra admiración de inmediato. La vida no es tan simple como la pintan tantas novelas de este género amado. La vida está llena de recovecos, de decisiones morales que pueden o no tomarse, la vida fracasa en demasiadas ocasiones porque el equilibrio social nunca ha existido.
Estamos en 1968. Duca Lamberti es un policía con un pasado irregular, con una compañera triste que le ama aunque los actos de Lamberti la han dejado marcada para siempre, con una hermana que le necesita y una sobrinita que muere en los primeros capítulos mientras él se entrega a su trabajo con fervor y quiere llegar al fondo de una escena del crimen que le atormenta. Scerbanenco sabe conmover, sabe hacernos sentir, sabe narrar. Y por eso nos quedamos paralizados ante el cuerpecito de la niña muerta, en el hospital, y ante la cara vacía y sufriente de la madre que ha perdido a un ser pequeño y especial sin esperárselo, a causa de una pulmonía que sólo mata a uno entre cien mil pacientes. Scerbanenco, en breves pinceladas, hablando de la ropita de la niña, eleva la categoría de novela negra a novela de calidad, de alta calidad.
Las investigaciones tienen su lógica. Lamberti presiona a los chicos, se mueve furioso y rápido, pero los chicos callan y se refugian en una hábil coartada: yo no lo hice, fueron los otros, no vi nada, me mareé y no me enteré. Pero son jóvenes, demasiado jóvenes, y Lamberti sospecha que alguien los ha azuzado, los ha empujado a cometer el crimen. Y la investigación rompe su lógica. El tiempo es un enemigo y a la vez un aliado cuando se tiene paciencia. Y Duca apuesta por un chico, se lo lleva a su casa, alejándolo del reformatorio en que lo han internado al ser menor de edad, y espera. La novela nos presenta entonces a un nuevo personaje, nos informa de cómo es la vida de los humillados y ofendidos de los años sesenta del pasado siglo sin abandonar la línea narrativa, sin añadir palabras, meditaciones ni inútiles digresiones. Y, como ocurre en las mejores novelas, nos creemos a ese personaje, empezamos a tener ya no una imagen unidimensional de él sino otra más compleja, cambiante, que a veces nos mueve a la compasión y a veces al desdén: como en la vida misma, como ante muchas personas que conocemos en la vida real. Y la investigación, atípica, como atípico es su investigador -Lamberti, una de las mejores creaciones de la novela negra-, desemboca en el lugar en que aguarda el horror, en que puja fuerte la venganza, en que el ruido es ruido y miedo y desolación e imágenes que desnudan a algunas almas humanas que provocan asco y dolor.
"Muerte en la escuela" es una obra maestra del género y una gran novela a secas. No hay zigzagueos cansinos en su trama, como tantas veces nos encontramos en la novela negra estadounidense, exhibe una transparencia deudora de una concepción dostoievskiana de este arte que está perfectamente equilibrada con la profundización psicológica, sutil y experimentada. Se puede ver toda la historia, abarcarse con una sola mirada, contarse en cinco minutos. En su prosa -que se arquea a ratos, que se encoge y se expande en otros sin romper jamás su ritmo interior, que es expresiva, susurrante y clamorosa según lo requiera la ocasión,- hay una voz que nada le debe sino a sí misma, que es el fruto de una vida dedicada a un oficio en el que se progresa constantemente, que dialoga con el lector y le pone delante palabras y expresiones que justifican el medio, la creación sobre papel. Y, además, nos plantea una serie de preguntas que no resultarán jamás baladíes: ¿se puede creer en la pena de muerte en la vida privada y defender en público su abolición?, ¿se puede confiar en una sociedad que crea víctimas y las apaliza hasta que no les queda más remedio que reaccionar y adoptar el papel de verdugos?, ¿caben las segundas oportunidades en el corazón de los humillados?, ¿y en el corazón de los que sólo piensan en sí mismos? Acabo recordando una escena: la abuela de uno de los chicos le cuenta a Lamberti que el juez determinó que su nieto dejara la casa paterna y quedara a su cuidado, pero es un muchacho díscolo y no le hace caso y desaparece y no vuelve sino cuando le da la gana. ¿Qué puede hacer una anciana en tal situación, que la rebasa? Cuando el chico lleva varios días sin asistir a la escuela nocturna y se halla desaparecido, la anciana duda y, como está legalmente obligada a informar a la policía, oye los consejos de la asistenta social, que le indica que espere, que no le complique más la vida al muchacho, y también las reflexiones de la maestra, que la invitan a informar sin tardanza, porque cuantos más días pasen más grave puede ser lo que ocurra. ¿A quién hacer caso? ¿Quién tendrá la razón? No os quepa duda, amigos, de que, como sucedería en vuestra vida o en la mía o en la de cualquiera, la decisión de la mujer se presenta difícil y con un hondo componente moral. "Muerte en la escuela" es, en definitiva, una novela negra y también un tratado sobre la pasión y la venganza que encierra un agudo análisis social y político que nos acerca a temas que a todos nos preocupan.

Giorgio Scerbanenco: Muerte en la escuela (2). Duca Lamberti

Duca Lamberti es uno de los mejores personajes de la novela negra, uno de los más creíbles y singulares, de los que han sido creados con mayor acierto y sensibilidad. Es un médico que estuvo en la cárcel acusado de practicar eutanasia. Se hace policía ayudado por un amigo de su padre, que se convierte en su superior. Conoce a la perfección las calles de su ciudad, Milán, e interroga a los sospechosos dejando espacio a la duda y mirando más allá de sus intereses inmediatos y sus convicciones, fiel al instinto pero también a una norma que podría acercarle a la definición de policía humanista.
Es creíble Duca Lamberti porque come, porque le vemos pensar y tener dudas, porque le vemos equivocarse, empecinarse con y sin razón, porque es un ángel caído, ya que nunca podrá remontar del todo la pendiente tras haber estado en la cárcel. Uno de sus errores le sale muy caro: la mujer a la que ama recibe multitud de heridas en la cara que la desfiguran para siempre. Pero ella no le abandona y él no deja que lo consuma el remordimiento. Hay que aceptar las cosas como vienen, por duras que sean: es una de las lecciones que se aprenden leyendo las cuatro novelas que Duca Lamberti protagoniza.
Por supuesto, es un policía singular. ¿Cómo podría quedarse, si no, tan arraigado en nuestra memoria? Saca del reformatorio a un chico y se lo lleva a su casa, le compra ropa y lo pasea y lo cuida aunque ha participado en un asesinato -el de la maestra -, y no lo presiona, esperando que le cuente lo que sabe, lo que vio, que le dé detalles para atrapar al secreto instigador que movió los hilos y se sirvió de unos muchachos para un crimen horrible. Es singular porque se vale de su propia ética para investigar -no deja de ser nunca un policía, pero no puede aplicársele la plantilla del funcionario rudo y cabezón que sólo tiene una idea entre ceja y ceja-, porque se juega el puesto para llegar hasta el fondo de los casos, porque sabe que siempre tendrá un pie dentro y otro fuera ocupe el lugar que ocupe, consciente de que todo es provisional.
Duca Lamberti es un personaje de su tiempo, perdurable, porque asume la culpa y sigue, no se hunde en hondas y vanas meditaciones, porque sabe que el sistema es más fuerte que él y se aplica en su trabajo a fondo como respuesta a la dejadez, la indolencia y el conformismo general. Y también porque padece, porque sufre conteniendo sus emociones, porque no rehúye la mirada en el espejo pero jamás se deleita en exceso ante lo bueno ni ante lo malo que pueda causar.
Supongo que, de haber nacido en los Estados Unidos, de haber sido valorado con atención por críticos y devoradores de novela negra que luego se han convertido en escritores, hoy Giorgio Scerbanenco sería considerado un clásico imprescindible. Lo es. Las cuatro novelas protagonizadas por Duca Lamberti pueden ser leídas por cualquiera, exija lo que le exija a una novela, y la mirada y la sensibilidad del autor nunca defraudan, y tampoco la originalidad de sus historias, la profundidad de las mismas y el equilibrio entre lo que se dice y lo que se sugiere, cualidad que define al gran escritor y le otorga el premio de la permanencia y el reconocimiento de los lectores avezados, los lectores exigentes, que se enfrentan a los textos con ojos limpios.

Giorgio Scerbanenco: Muerte en la escuela


Una pandilla de chicos que estudia en una escuela nocturna viola y mata salvajemente a su profesora. Son unos actos inhumanos, cobardes, impropios de muchachos, aunque se trate de jóvenes inadaptados, delincuentes. Sólo con ver la fotografía de la muerta los propios policías sienten náuseas y rabia. Hay cosas a las que uno no puede acostumbrarse, hay crímenes horribles que no pueden dejar indiferente ni al más curtido profesional. Duca Lamberti, médico y policía, se siente impelido a resolver el caso como sea, aun a costa de no ir a su casa, donde le espera su hermana con su sobrina enferma. La pequeña tiene cuarenta grados. Lamberti recurre a su novia y a un pediatra amigo para que ayuden y acompañen a la hermana y a su hija. Mientras interroga a los chicos, la niña empeora, luego se recupera, y él decide seguir adelante, descubrir al culpable, al verdadero culpable, pues los muchachos dicen que no participaron en la violación y el asesinato, cada uno declara individualmente que le obligaron a permanecer en el aula y que tuvo que beber y no se enteró de nada. Estamos en 1968. No había C.S.I. Cuando el jefe le dice que se vaya a su casa a descansar, Lamberti le pide que le deje continuar con el caso, que haga lo posible para que el juez aún no se lleve a los chicos de la comisaría. Y se marcha con la cabeza llena de fotos, de declaraciones falsas, de rabia y de dolor. Y en su casa no le espera nadie. La niña -víctima de una pulmonía fulminante, un caso entre cien mil- ha muerto.
Giorgio Scerbanenco, uno de los grandes de la novela negra, deja solo al lector ante la tragedia durante unos instantes, aunque la novela sigue, pues no hay páginas en blanco, claro, y nos pone en el lugar de Lamberti, empecinado en resolver el caso, imbuido de un deseo de justicia que le ha impedido estar con su sobrina y con su hermana durante las últimas horas de vida de aquélla. El planteamiento moral está servido, tácita y brillantemente, y el lector tiene la última palabra. El lector que seguramente cerrará el libro un instante y meditará, tragará saliva, tendrá una de esas fuertes sensaciones profundas que la literatura de cuando en cuando nos procura y que la hacen tan necesaria e insustituible.

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