Daniel Santiño: Los crímenes del opio

 



 

 

«Un thriller de procedimiento judicial con una excelente trama y una fortísima tensión. La habilidad del autor en el abastecimiento y la dosificación de detalles y datos de la investigación arrastra al lector a un final sorprendente.» Jurado del Pre

 Diciembre de 2012. En la localidad barcelonesa de L’Hospitalet de Llobregat, se encuentran unos restos humanos dispuestos en una macabra escenografía.
La unidad de crímenes violentos de la DIC (División de Investigación Central) del cuerpo de Mossos d'Esquadra se verá inmersa en una investigación sin precedentes y con la presión de un seguimiento mediático internacional.
Los asesinatos se suceden, cada vez más crueles y sangrientos, ante el desconcierto e impotencia de los agentes que no logran encontrar en ellos una sola pista que les haga avanzar en el caso.
El sargento Víctor Santino, al cargo de la investigación, no solo deberá enfrentarse al asesino en serie más prolífero y peligroso de toda la historia del país, sino que también lo deberá hacer con los impedimentos implícitos en un cuerpo policial politizado y arrastrando los efectos de un terrible episodio de su pasado.
Víctor Santino lidiará a contrarreloj contra una mente privilegiada y perversa, en una lucha que traspasará las fronteras entre lo profesional y lo personal y que pondrá en peligro su vida y la de todas las personas que le importan.


   Edita: Roca

Ernesto Mallo: Crimen en el barrio del Once

     


   En esta primera novela de la tres dedicadas al comisario Lascano, Ernesto Mallo apuesta más por ser escritor que novelista. La trama negra está resuelta con coincidencias y casualidades que a estas alturas se antojan débiles y despreocupadas, con un marchamo de indolencia que al avezado lector del género incomoda, ya que parecen los recursos fáciles con que algunos escritores que no conocen bien la novela negra solventan las investigaciones en que adentran a sus personajes. Que Lascano siga al presunto asesino justo cuando este va a empeñar la pistola con que cometió el crimen es acudir a un recurso evidente y simplista que debería haberse evitado, que no hubiera costado demasiado evitar. El encuentro con la chica que se parece a su difunta esposa es también más propio de un guión televisivo que de una novela seria. Por eso afirmo que Mallo quiere ser más escritor que novelista, y quizá también porque no le falta prosa para lograrlo, ni armas con que defenderlo: excelente es el pasaje amoroso, bellamente cortazariano, que describe el primer chispazo de amor y sexo de Lascano y Eva; muy notable el pasaje de la quema de los papeles decisivos, donde arde vigorosa y plena una buena literatura; destacable la estructura de la novela, que avanza y retrocede en su trama sin que rechine nada, algo que no siempre funciona con igual brillantez en manos de otros que asimismo aman los flashbacks. 
   Por todo esto, la valoración global no puede ser más que a medias positiva, pues Mallo se deja llevar por su deseo de evidencia y, siendo valiente y denunciando sin que le tiemble el pulso los males, abusos y crímenes de los militares argentinos durante una época atroz de desaparecidos y muertos por razones espurias y bravas, intenta subrayar lo que acontece, describir salidas y marcar caminos de esperanza y se equivoca porque le pierde el buen deseo y traiciona una máxima no escrita pero indeleble que afirma que las buenas intenciones ahogan muchos buenos propósitos e ideas al cargarlos con demasiado peso, hasta hundirlos y no permitir que tengan vida propia, recorrido propio. Es justo lo contrario de lo que tan bien logró John Le Carré en El hombre más buscado: hacer crónica, decir lo que se sabe pero sin caer en la insistencia de las verdades ya conocidas. Aunque eso no obsta para añadir que la voz de Ernesto Mallo, más escritor que novelista en esta entrega, es para mí un aporte a tener en cuenta en el exigente mundo de la novela negra de calidad. 

Benjamin Black: En busca de April

   


   Indudablemente, la prosa de John Banville, que escribe novelas negras bajo el seudónimo de Benjamin Black, está muy por encima de la que pueda manejar cualquier otro autor del género. Y eso a pesar de que Banville dice que escribe como Black deprisa y en modo artesano. Lo importante es que encaje con lo que se narra, que no lo entorpezca ni sea un engalanamiento estéril. Y la prueba mayor, sin duda, el desafío mayor están en este libro, pues no hay un crimen para investigar y Black/Banville teje toda la historia usando la fuerza de unos personajes y de unas relaciones entre ellos que no es que sean lo más importante de la novela, es que son la novela. Sin unos personajes tan poderosamente creados, las descripciones, la ambientación serían apenas postizos, endebles columnas sobre las que sustentar más de doscientas páginas de prosa. 
   De entrada, aplaudo la decisión de no arrancar con un crimen y basar la trama en la casi insoslayable investigación subsiguiente. Aunque es una excusa en manos de grandes autores, el recurso es demasiado cómodo, demasiado comercial también: se crea un misterio y se atrapa al lector por el cuello hasta que se le pone delante la desnuda verdad.  Banville apuesta por otro tipo de libro, y eso es muy meritorio. Quizá al lector del tiroteo y la adrenalina enlatada esto le resulte decepcionante. Pero solo si se queda en lo superficial. Aquí hay suspense, hay un misterio, hay un enigma que pide una solución. Solo que Banville le puede a Black y nos ofrece una novela que no es solo negra y es también el análisis de una amistad de café, a primera vista sólida y emotiva, con buenas raíces, pero cuyo fondo es un cúmulo de secretos y de alejamientos mal disimulados. Black carga contra la amistad liviana, despoja a los implicados de excusas y se lanza casi con furia a destrozar lo que en el fondo se ve que solo han sido lugares comunes y choque de egos. Es la mitad de la novela esto, y está expuesto mediante una calma que no es lentitud disfrazada ni lasitud. Se precisa un margen, se precisan escenas y diálogos y algunas idas y venidas para que resulte creíble la aparente unión de los amigos y Black no corre y no corta y no suprime para hacer de la novela algo simplemente esquemático, un guión de cine, defecto en el que incurren muchos otros. Quizá no es propio de la novela negra, podría oponer alguno. Pero ¿es que se han fijado alguna vez unos mandamientos insalvables para escribir novela negra? Ah, y si es así, vamos a decirles a quienes los defienden que están equivocados. Desde Hammett hasta hoy, lo mejor del género está en la superación del propio género. 
   La otra mitad de la novela es una dura crítica contra la familia, nada sorprendente para quien haya leído algún libro anterior de la serie de novelas que Black lleva dedicadas al magnífico personaje del patólogo Quirke. Se intuye y se confirma conforme se avanza en la lectura de la novela que los poderosos y las familias poderosas no le gustan nada a Quirke, a Black. Tampoco los mitos alzados sobre el suelo por manos y ojos y bocas embusteras que quieren darle a la sociedad héroes intocables que definan e imanten y se mantengan encumbrados como dioses humanos. A esto le atiza sin dudar Black, como en lo mejor de la más crítica novela negra, como el mejor de los más afilados cultivadores de la literatura contestataria. No hay nada inquebrantable, se oye decir entre líneas, no hay nada que soporte el escrutinio profundo, y los héroes y los prohombres tienen los pies de barro. Casi nada en una novela de apariencia frágil, de artesano y no de escritor estrella, con mucha comidas y lugares hermosos y caros, con un coche bello y creado para elegidos, con un tono que no es frívolo pero no deja de ser amable en ningún momento, con una prosa de novelista negro, sí, pero también de poeta. 
   Esta es una novela que no pretende ser una obra maestra en ningún momento y que, sin embargo, resplandece en ese espacio extraño en que viven los libros que no engañan, que no son alimento precocinado para lectores precocinados (como diría el admirado Vázquez Montalbán), que son transparentes como una piel clara que permite ver muchas venas fuertes y llenas de vida indomable bajo una delicada piel.


Lectura: Por qué un anarquista sí tiene que votar 
 

Dashiell Hammett: La mujer del rufián

   


   Excelente relato este, tan lleno de ideas y de imágenes sugerentes que no puedo sino afirmar que es de los mejores que he leído. Hammett, como acostumbra, se vale de pocos elementos y describe de manera sucinta, ajustando la acción y las intervenciones del narrador a lo esencial. Pero qué esencia: la propia de la mejor literatura. Las emociones de los personajes tienen que ver poderosamente con los objetos que los rodean, sus pensamientos no salen de la nada sino que brotan de lo íntimo y toman cuerpo intensamente en lo que tienen entre manos, las caras y los gestos son información tan fundamental como la propia existencia de cada uno de ellos, pues los personajes no son una simple creación tomada de un mundo que existe por mor de un azar inexplicado ni domesticado para el buen disfrute del lector acomodado e indiferente. El orgullo es el tema del relato, y Hammett pretende no explicitar más que lo imprescindible, no apuntar sino vías de conocimiento y de meditación, de una manera muy respetuosa con el que lee, a quien no se subestima ni se le predica. Con pequeñas obras maestras como esta -del género negro, sin ninguna duda, y con una destacada adjetivación, un uso del encadenado sobresaliente y una belleza en las comparaciones arrasadora-, Hammett dejó bien claro que fue uno de los más valiosos y necesarios escritores del pasado siglo, un clásico inmortal.  

The East, de Zal Batmanglij

 


No es la película con final sermoneador ni conservador que puedes esperar, así como tampoco la cinta con acción farragosa o abracadabrante tan propia del país del que proviene: por el contrario, The East propone una meditación sobre algunos abusos del capitalismo y algunos poderosos abusadores del capitalismo que, pese a no descubrir nada ni mostrar escenas que aparezcan como rocío ante nuestros ojos, no está premasticada ni enlatada para consumo de simples y de prosélitos. Establece un diálogo sobre formas y maneras de contraataque y de respuesta a la agresión permanente del sistema y no miente, no endulza apenas y no se descalabra forzando expresiones infantiles increíbles. No es una magnífica película, pero es de las que no debes dejar pasar si no tragas con todo, si eres anarquista o simplemente inconformista. 

Norman Mailer: Los tipos duros no bailan

   


   Aunque arranca de una manera morosa y quizá algo confusa teniendo en cuenta el resto del libro, Los tipos duros no bailan es sin lugar a dudas una novela negra, muy negra: negra porque tiene una investigación dentro y negra porque cuenta cosas del lado oscuro, de un lado muy oscuro de la existencia humana. De Mailer, uno de los narradores esenciales del pasado siglo y de cualquier siglo, no puede esperarse una obra blandita, desfallecida, hecha solo para el entretenimiento. Si algo caracterizó al grandísimo escritor estadounidense es su bravura frente a los temas abordados, su compromiso con la verdad más honda y mostrada sin afeites ni adornos vanos, pues iba directamente al centro del problema y lo  describía sin cortapisas, como pocos se han atrevido. Mailer es hierro y sal. Y esta novela está llena de hierro y sal. 
   Se nos cuenta la historia de un escritor que no vive de su oficio, sino trabajando como camarero, y que ha tenido un golpe de fortuna al enamorar y casarse con una mujer muy rica que, al empezar la novela, acaba de abandonarlo. Dueño de una pequeña plantación de marihuana, Tim Madden es un adicto al alcohol y al sexo, un tipo desprejuiciado al que le gustaría además ser duro. Tendrá ocasión de demostrarlo cuando se encuentre la cabeza de una mujer en el hoyo en el que guarda la marihuana. Aunque lo primero que le ocurre es que siente avanzar hacia la locura y pierde el control sobre sí y sobre sus recuerdos, en los que puede haber actos que lo incriminen no en un asesinato, sino en varios. Pasado el primer trecho, Mailer va directo al género y nos entrega una novela que rebosa misterio y páginas de gran altura literaria, en la que hay mucho, mucho sexo, un extenso estudio sobre los tipos duros y la homosexualidad, el dinero y su carencia, la realidad y su hermana gemela: la locura. Mailer argumenta muy bien, nos hace entender que una persona no es nunca una sola persona, que en una persona conviven la real y la imaginaria, la leal y la traidora, la afortunada y la desdichada, la viciosa y la pura sin que se rompa la forma en que ambas son contenidas y viven respetando unos límites, unos espacios que permiten a la persona en que habitan no ir a arrojarse a un precipicio ni a matar a todo aquel a quien encuentran por la calle. Es la gran lección de Los tipos duros no bailan: nadie está acabado como un cuadro expuesto, nadie es perfecto como un paisaje formado durante miles de años, nadie es peor que el de al lado. 
   Excesiva, carnal e imperfecta, reflexiva y contundente, la prosa poderosa de Mailer es un festín para el buen degustador siempre, y Los tipos duros no bailan una de esas novelas que nacieron para sacudir y no dejar indiferente, para mostrar con toda crudeza qué es amar y qué es morir. 

Alicia Giménez Bartlett: El silencio de los claustros

   


   Una de las grandes diferencias de las novelas de Alicia Giménez Bartlett con respecto a muchas otras novelas del género reside en la bien asentada ideología de la autora. Y me refiero al hablar de ideología no solo de política, sino también de ideas y conceptos. La escritora albaceteña esparce a lo largo y ancho de sus textos muchas ideas, las sirve mediante inteligentes y realistas diálogos en los que se habla del matrimonio, los hijos, la función pública del poder, la jerarquía, la verdad. la mentira. Y así va haciendo una crónica de nuestro tiempo con estas historias tan bien equilibradas en las que la mitad de las páginas están dedicadas a la investigación de un asesinato y la otra mitad a la vida privada de Garzón y Petra Delicado, los policías. Conforme la serie avanza, conforme suma novelas a ella, la madurez es cada vez más evidente, así como el aplomo, el swing, y el manejo de los distintos elementos más sabio. La facilidad para tratar temas actuales, para que los personajes resulten creíbles, las conversaciones nada formalistas y los casos menos previsibles en su resolución y en su estrategia destacan a Giménez Bartlett y la acercan paso a paso a la consideración de maestra del género, cima en la que hay muy pocos autores, aunque muchos crean estar allí y muchos otros se sientan equivocadamente habitantes fijos.
   El silencio de los claustros es una gran novela. Con los mismos materiales con que otros se despeñan por mor del humor mal entendido, el coloquialismo desordenado, la precipitación deductiva o la vana exposición del mundo privado del investigador, Bartlett traza unas líneas lógicas y ata cabos sin retorcer la verosimilitud ni caer en el espectáculo chillón o de cartón piedra, deja pistas fundamentales a la vista de todos con alta pericia, no emborrona ni complica inútilmente y cuaja una buena historia de lo que antes se llamaba denuncia social o realismo crítico que no desmerece al lado de grandes inventos y fabulaciones de lo que llaman literatura seria y sin adjetivos. La imagen final así lo atestigua, y nos remite a escenas de blanco y negro que estaban contaminadas por la manipulación y el interés oscuro y necesitaban una revisión en la época del color y de la libertad de expresión. Dura es Petra en sus análisis sobre ciertas limitaciones religiosas, sobre ciertas congregaciones, y piadosa es la autora en su visión de la salida, la amplitud de miras, el convencimiento de que todo está aún por hacer si se dispone de fuerzas y de deseo de no ser árbol con las raíces hundidas y secas. Con este libro en el que hay un beato momificado, unas monjas voluntariosas, unos monjes precavidos, unos policías modernos, Alicia Giménez Bartlett revisa, medita, narra con una flexibilidad y riqueza de matices magnífica y no utiliza nunca los lugares comunes, los tópicos para el juego hueco y la literatura de ocasión, light: esta es una novela de una de nuestras mejores escritoras, de las más lúcidas y más arriesgadas de hoy en día. 
 

Jack London: Martin Eden

 


   Un marinero de veinte años, fuerte, guapo y curtido, con un historial de delincuencia y trabajo rudo, es invitado casi por accidente a cenar en un hogar pequeño burgués y queda fascinado ante lo que sus ojos le presentan como cultura y civilización. La muchacha que lo acoge piensa que debe salvarlo "de la maldición del ambiente en que había nacido" e incluso "de sí mismo a pesar de sí mismo".

   Edita: Alba Editorial  

George Pelecanos: El jardinero nocturno




   La novela negra es como una cocina en la que hay un limitado número de ingredientes y un cocinero que prepara una cena que al paladar debe resultarle familiar y a la vez sorprendente, renovadora. Lo más habitual es encontrarse con cocineros que solo mezclan los ingredientes y no buscan nuevos sabores, y se conforman con poco. Estiman que el que luego probará lo cocinado se sentirá satisfecho con una pequeña modificación, un mínimo cambio. Así, salen novelas negras por docenas, por cientos, y en muchos casos el lector se encuentra con que se hacen casi en serie y ya casi no se necesita la intervención del cocinero, del fabulador, del autor. Mucha culpa de lo que ocurre la tienen los editores, empeñados en explotar hasta la extenuación un éxito casual o precocinado. También es culpa de una visión reduccionista de la literatura, muy cercana al exclusivo y excluyente logro monetario. Cuesta mucho encontrar una nueva voz, un nuevo enfoque. Y, sobre todo, cuesta encontrar posturas honradas, sinceras, a escritores con el espíritu de Baroja, que crean en la literatura como otra parte -esencial- de la vida y no llenen páginas sin más o porque sí, sino porque le dan a la vida literaria lo que en la vida a secas encuentran. 
   No había leído hasta ahora a George Pelecanos. Y tengo la certeza, después de leer El jardinero nocturno, de que se trata de uno de esos escritores que no cocinan para engañar, tampoco para únicamente entretener ni para ganar dinero. Pelecanos orilla lo superfluo y lo comercial gracias a su apuesta por lo menos descollante, lo menos epidérmico, lo menos sabido y pretencioso. Si sigue la labor de unos detectives de la policía, dice verdades siguiendo su periplo investigador como un reportero independiente; si narra un asalto y un ajuste de cuentas entre delincuentes, dice verdades al no olvidarse de la caracterización social; si nos lleva hasta el apasionante recorrido en la caza de un asesino en serie, dice verdades al no convertir su novela en una historieta para biempensantes y manejadores de los códigos de venganza del Antiguo Testamento. 
   Pelecanos tiene mucho de Hammett: podría afirmarse que es un heredero directo por su prosa ajustada y permeable a algunas pinceladas muy coloristas en breves pasajes iluminadores, de gran sensibilidad,  y por las descripciones de los personajes y de los lugares en que se estos se mueven. Y acaso también por la mentalidad crítica pero no destructiva, en ningún caso nihilista. Lo que suma a lo ya dicho, lo que aporta de nuevo es evidente en el realismo de la historia, en la cabal retención de la necesaria violencia y en la cercanía casi milimétrica con que la voz narradora está situada para contar desde la distancia más precisa según cada personaje, según cada voz. Solo en esto hay virtuosismo en El jardinero nocturno, pero es el virtuosismo del talento puro, de la pura verdad interior que empuja a contar, a ser un escritor empatizador, un hombre que mira y cuenta y se esfuerza por que lo dicho no se desvanezca. 
   El jardinero nocturno es un logro mayor de la novela negra. Su final es uno de los más perfectos que he leído nunca. Uno o dos de sus personajes principales son memorables. Y Pelecanos es un autor al que habrían leído con gusto Gide y Malraux. ¿Qué mas cabe añadir? 

Manuel Vázquez Montalbán: Los pájaros de Bangkok

    



   Los pájaros de Bangkok es la más poética de las novelas del ciclo Carvalho, quizá la mejor escrita y la más completa, la de mayor calidad artística para quien no ama el género negro y también para quien lo ama, la que cuenta con un mejor final y con más imágenes -literarias y paisajísticas, literarias y del alma-, con más frases recordables y con los personajes mejor dibujados. El perfectísimo equilibrio conseguido por Vázquez Montálbán entre lo duro y lo sentimental quizá no lo hallemos en tan alto grado en ninguna otra novela suya, con Carvalho o sin Carvalho dentro. 
   El viaje de Carvalho por Thailandia detrás de la estela fugitiva de una conocida que va en busca de sí misma y de un acompañante que alivie sus dudas existenciales está complementado con lo que ocurre después de la muerte de una hermosa rubia a la que muchos tocaron y pocos quisieron y que fue asesinada acaso por quien más limpiamente la deseó. Son dos casos que no confluyen, que se rozan pero no se contaminan vanamente, son dos rostros de piedad y desasosiego vistos con un poderoso aliento revelador de la soledad y del desconcierto, del no saber hacia dónde ir ni qué se es. Me atrevo a decir que esta es también la novela carvalhiana más existencialista, por encima de esa otra obra maestra que es Los mares del Sur, pues personajes como el economista francés perorador son un vivo y fascinante ejemplo. 
   Parece mentira que en nuestro país aún no se celebre a Vázquez Montálbán como se merece, que en Letras hispánicas de Cátedra no haya aparecido ya una novela de Carvalho, que no se reconozca que las mejores novelas del ciclo son imprescindibles para saber qué pasaba en este país en la época que reflejan, que tienen tanta categoría estas crónicas como las de Baroja, que Vázquez Montalbán es un autor esencial de la literatura última. Sin miedo y con convicción limpia, creó a un personaje y unas historias que pueden y deben ser leídas como negras, pero asimismo pueden y deben ser leídas como literatura del rango más alto. Entretienen estas novelas, pero son mucho más que entretenimiento. La poesía que en la prosa de Los pájaros de Bangkok encontramos, el viaje como búsqueda de lo absoluto y de lo más íntimo a la vez que presenta nuestro querido autor en este libro es una peripecia que se lee devorando y asimilando muchísimo a la vez gracias a la inteligente y abierta mirada montalbaniana, en la que están, sí, el sexo -abundante, como en la vida misma, ya se en los hechos o en las miradas-, algunos episodios violentos -el ser humano es violento y se manifiesta en muchas ocasiones más sinceramente a través de la violencia que sentado sobre su pasividad-, pero además está lo que se come -y nos define-, lo que se desea -y nos muestra-, lo que se esconde -y nos radiografía-, lo que es oficial y lo que es real -y no puede negarse, se comparta o no-: todo eso está en esta novela que es la cumbre de un género, que está en la cumbre junto a las mayores obras de Chandler, Hammett, Macdonald, Simenon, Black, y al lado y sin desmerecer de cualquier otra que sin ser negra, amigo, ahora te venga a la memoria mientras me lees. El más acertado ejercicio de estos últimos meses para mí ha sido releer a Manuel Vázquez Montalbán y estar ahora y aquí afirmando que con cuarenta y siete años de ningún otro autor he aprendido ni asimilado tanto y que ningún rubor ni ingenuidad me limitan cuando reitero que es uno de los escritores esenciales del siglo XX y que el ciclo Carvalho, en sus mejores logros, posee una belleza y una verdad inmarcesibles y rotundas de maestro de la literatura.

Manuel Vázquez Montalbán: Los mares del Sur




    No hay ninguna otra novela negra que empiece con una narración tan exacta, luminosa, esencial y creativa en su prosa como Los mares del Sur. Son seis páginas de puro deleite, plenas de imágenes imborrables, escritas en estado de gracia: colores, sonidos, sensaciones, pensamientos, temores, ilusiones, acción, deseo: todo está aquí, pletórico, invitando a una continua relectura.

Manuel Vázquez Montalbán: Los mares del Sur




   Sin duda la mejor novela negra escrita en nuestro idioma, Los mares del Sur es además un libro inagotable, al que puede volverse siempre, que admite lecturas juveniles y adultas, tanto la de los que buscan la aventura del relato detectivesco como la de los que buscan la literatura de calidad incuestionable, pues es la obra -no hay que olvidarlo- de un gran escritor que además era un gran poeta. Y tengo además a esta inolvidable novela por una de las mejores del siglo pasado, una de las esenciales gracias al buen oído de Vázquez Montalbán, a su compromiso invencible con la realidad social, a su inteligente selección de materiales para hablarnos con emoción sostenida y sincera de una época y unas gentes que reflejan a muchos de los que existieron y existirán. 
   Como muy bien me recordaba mi amigo Juan Herrezuelo hace poco, una de las mayores influencias que en mi vida de escritor he tenido es la de Vázquez Montalbán, y reconozco que sin el escritor barcelonés ni mi estilo ni mis personajes, ni mi visión de la vida ni mis inquietudes sociales y políticas serían las mismas: en MVM hallé un maestro cuando yo era joven y es claramente uno de los que autores más han estado presentes cuando planeaba los dos libros que he publicado y uno que aún no ha visto la luz. Y esto de manera inconsciente, como se asimilan las verdaderas y decisivas influencias, como se conduce años después de que alguien te ha enseñado, como se vive años después de que alguien te ha brindado las mejores enseñanzas. Hubo otros maestros, pero pocos han dejado en mí tan honda y precisa huella. Hubo otras novelas, pero muy pocas han dejado en mí tanto, me han permitido tanto, me han enseñado tanto. Cuando Manuel Vázquez Montalbán murió, también algo de mí murió. 
   Y es Carvalho -el ciclo de novelas dedicado a Carvalho, sobre todo las primeras, hasta El premio- el personaje clave: por su inconformismo, por su anarquismo nihilista -según definición del propio MVM- y utópico y vivificador -añado yo-, por su sentido de la justicia, por su libertad, por su controlado sentimentalismo y también por sus contradicciones tan humanas. Y no hay otra novela de todo el ciclo en la que Carvalho esté mejor definido, más vivo, más abierto al recuerdo personal. En Los mares del Sur, Carvalho vive y recuerda -a su padre, a su madre, su infancia-, se encuentra con el que fue en una esquina, con las palabras y consejos de su padre, el cariño de su madre en lugares propicios mientras investiga dónde ha estado escondido durante todo un año -lejos o muy cerca-  un rico hombre negocios al que han asesinado. MVM inserta pequeños fragmentos que salen de los recuerdos de Carvalho en medio de la acción investigadora, a la manera en que la memoria actúa en cualquier persona, de repente y sin pedir permiso: qué gran lección de narrador. Como lo es también la prosa personalísima y de sintaxis sencilla, la prosa comprensible y atenta al vocablo popular, la prosa con retazos poéticos que aumentan la calidad del texto significativamente, magistralmente. Nunca en ninguna otra novela negra he encontrado tanta belleza creativa, y en muy pocas en nuestro idioma tanta poesía útil, creíble, compartible, sólida y también a veces dura, nunca falsa ni despeñada por el camino de lo tierno inocuo y sagazmente amañado. 
    Son para mí inolvidables escenas como aquella en la que Carvalho visita al encargado de los constructores de San Magín y al fondo un niño ve la televisión y le pregunta al iaio por un personaje de la telenovela que sigue mientras hace los deberes, la misma telenovela que ven los hijos del siguiente personaje al que visita Carvalho minutos más tarde: eran los unos años en que todos nos sentábamos ante el televisor a ver lo mismo y único. O aquella otra en que vemos a Biscúter roncar con un ojo abierto, y aquella en la que vemos al joven Carvalho perseguir a muchachas de las que se sentía instantánea y fatalmente enamorado, o aquella en la que Yes se desnuda por primera vez, o aquella en que Carvalho viaja en metro, o aquella en que Carvalho afirma que todo el mundo es una mierda, o aquella en que llora Carvalho, o aquella en que la madre le prepara una merienda, y cómo no aquella en que la perrita no acude a ladrar. Son muchas escenas en una sola novela que no es perfecta ni aspira a serlo, que sabe jugar muy bien con los tópicos del detective y la chica jovencita subyugada por aquél, con los excesos de deseo y sexo materializados sin vergüenza y sin rodeos -la escena en que Carvalho se masturba tampoco puede olvidarse-, con la irrealidad de un detective que solo puede existir en una novela y que sin embargo acaba pareciéndonos más real que nosotros mismos, los lectores, fuerza y plasmación que solo se consigue y solo brota de las más grandes novelas.  
   En esta historia sostenida en la pérdida y en la sensación de que el tiempo no es un aliado, sino un enemigo feroz que arrebata y tienta pero solo amaga, propone y no te concede otra oportunidad, sobresale la apuesta por la vigencia de lo vivido, de lo que nos ha hecho, de lo que somos si sabemos ser. Sobresale la apuesta por la verdadera libertad, por decir adiós al engaño y a la vestimenta social impuesta, por las relaciones que duran si no tienen pies de barro e intereses que no caben en una mirada limpia, por sentir al otro no como ajeno, sino como alguien próximo y doliente, igual que tú y que yo. En esta novela que es una de las cuatro o cinco que prefiero por encima de todas las otras novelas que he tenido la oportunidad de leer, de joven y de adulto, hay un mundo que es literatura y sueño y verdad y ojos despiertos para siempre. 

Dashiell Hammett: La llave de cristal

   


   En los escritos de Dashiell Hammett hay algo que a primera vista parece liviano, quizá porque hay mucho de teatral en ellos. Y me refiero con esto a la abundancia de diálogos, a las descripciones someras y continuadas que indican todos y cada uno de los gestos de los personajes, a una especie de transparencia cándida que puede confundir, hacer pensar que se trata de relatos frágiles, sustentados en poca literatura, en un envoltorio de palabras que vuelan fácilmente. Sin embargo, nada indica que Hammett sea un mal escritor, un autor con pocas artes, con limitado talento. Y es que la clave está en ver que opera por sustracción, que se guarda mucho y muestra solo lo esencial, porque intenta transmitir sin trampas, sin aderezos vanos, con la mayor sinceridad que puede alcanzar la ficción narrativa. Y lo logra, lo logra plenamente, casi mágicamente, diría, porque no es nada fácil escribir con tal desnudez, con tal justeza, con tal precisión. Cuando relees a Hammett comprendes que es uno e inimitable, y un maestro del arte de narrar. 
   La llave de cristal es una épica historia de ricos, poderosos y buscadores de la verdad que sigue siendo tan importante como la consideraron autores de la talla de Gide y Malraux porque no se ha dejado nada por el camino, no ha envejecido y es un ejemplo de por qué es mejor la literatura sin adiposidades, sin excesos, sin el ego del escritor dominando neciamente sobre el texto. La amistad entre dos hombres, eso que tan bien contó más tarde Chandler en El largo adiós, pocas veces se ha mostrado con tanto respeto, tanta pulcritud, tanta nobleza. La búsqueda de la verdad, caiga quien caiga, pocas veces se ha llevado por caminos tan bien trazados, tan diáfanos y tan reciamente comprometidos. La denuncia del sistema capitalista y de sus lacras pocas veces se ha contado tan bien ahondando en las contradicciones, los deseos espurios, la necesidad de aparentar y de alzarse por encima de los semejantes. Hammett no utilizó la novela negra para ligarla a sus intereses, sino que la novela negra nació con Hammett: fue la plasmación más alta de para qué se inventó este género, qué horizontes prometái, qué mentiras podía dinamitar, qué retos atractivamente ofrecía. Ned Beuamont es un gran personaje, un personaje mítico, así como Paul Madvig, claro ,tanto tiempo después, pero además son personajes que le resultarán cercanos a cualquier lector, porque en esa aparente liviandad del estilo de Hammett supo insertar este algo que los que vinieron detrás no consiguieron apenas: la verosimilitud, la debilidad humana, la fe humana en lo que se hace, el temor humano por lo que quizá ocurra si fallan las fuerzas o la suerte. Ese es el gran secreto de Hammett, lo casi mágico de este escritor inmortal: al apartar al héroe, al esquivar las servidumbres de lo épico y lo idolátrico creó a seres que están en sus novelas y tienen la fuerza de quijotes, lazarillos, hamlets, karamázovs. Ahí es nada. 

Juan Madrid: Un trabajo fácil

 


   Relato duro, muy bien urdido, con sorpresa final que es marca de la casa: Juan Madrid es de verdad un escritor de novela negra, que entiende que las historias que llevan ese nombre son contundentes y tienen siempre un pie dentro del barro, un claro tinte social y de denuncia: eso que antes se llamaba compromiso y que fue arteramente desprestigiado por gente interesada para hacernos creer que la literatura solo es goce de la palabra y entretenimiento momentáneo. Este es el primer relato del primer libro de Juan Madrid y hay en él ya un mundo definido, una actitud valiente y una mirada directa a la realidad de un tiempo que es breve ayer y aún presente vivo. Un grupo armado piensa matar a la mujer del presidente, cometer un atentado impactante que no parece difícil de realizar desde el lugar en que permanecen a la espera. Han retenido a dos mujeres, que habitan la casa elegida por su distancia estratégica, y consumen los minutos que faltan seguros y confiados. Falta un disparo, o los disparos.