José Ramón Gómez Cabezas, en el blog de Novelpol, sobre "Última noche en Granada"


José Ramón Gómez Cabezas, presidente de Novelpol, en el blog de esta asociación de amigos de la literatura policial, escribe sobre "Última noche en Granada":

Intensa, profunda, inteligente así es la narrativa que despliega Francisco Ortiz en su primera novela Última noche en Granada, quién diría que es su primer libro viendo, o mas bien leyendo con agrado el oficio que despliega este autor andaluz, inexplicablemente inédito hasta la fecha.

Luis Castillo, un ex policía que se gana la vida como vigilante nocturno de obras, nos narra en primera persona su lucha diaria con los fantasmas del pasado, aquellos que le llevaron a matar a un hombre y que ahora vuelven para forzarle a cerrar el círculo que empezó a trazar hace algún tiempo junto a Pedro, su compañero de vigilancias y patrulla.

Las circunstancias le empujaron a buscar una solución lógica a la acumulación de frustraciones y fracasos que conlleva el asumir el rol de mediocre policía, ahora con el paso del tiempo y la visita del gordo Julián se siente marioneta y lo que es casi peor acorralado, alguien lo busca para saldar cuentas y no cejará en su empeño hasta cobrarse el tributo de la venganza. Luis Castillo se plantea volver a matar y en el camino revivirá cada una de las emociones sentidas.

Como en las buenas novelas de género, las preguntas no importan, tampoco las respuestas, tan sólo el instinto de supervivencia que hará de Luis Castillo un depredador. Tan solo las breves caricias de Beatriz que huye de un marido celoso y maltratador, se convertirán en su consuelo, a pesar de los zarpazos de gata vieja que desnudan al ex policía con sus reproches en forma de monólogos.

Una atmósfera agobiante, una paisaje único y un estilo narrativo duro y detallado que invita a la reflexión, son otros de los muchos puntos fuertes de esta Ultima noche en Granada que bien merece la pena.

Ross Macdonald: El expediente Archer


Veinte años. Son los que llevaba esperando que se editara este libro en nuestro país. Son los años que llevo leyendo a Ross Macdonald -bueno, quizá más: veintidós o veinticuatro; el tiempo vuela, pájaro invisible e indiferente que nos mira desde cerca y no se inquieta-, disfrutando de sus novelas. Hace poco empecé la relectura de "Los maléficos". Y aún hay una que no he leído, que guardo para un momento -espero que lejano- en que ya no pueda resistir más y tras el cual ya no me quedará nada por leer de este gran maestro. Entonces todo será tiempo de relecturas. Ese del que sólo he leído las primeras líneas lo tengo desde hace muchos años, lo conservo junto a los demás con un afecto que nunca ha disminuido, aunque entre medias he tenido la oportunidad de leer a Joyce, a Benet, a Böll, a Moravia, a Chandler, a Benedetti, a Onetti, a Cortázar, a Fitzgerald, a Faulkner. He probado la gran literatura, he bebido de ella, pero jamás he arrinconado los libros de Macdonald, jamás he tenido la sensación al volver a acercarme a ellos de que se me caían de las manos, de que se habían empequeñecido, que eran producto de una pasión juvenil. Acaba de salir mi primera novela y, como muy bien señalaba José Abad, en ella está algo de lo que he aprendido de Macdonald y de Archer, de su mirada lírica y compasiva, de su deseo de saber más del ser humano, de no conformarse con las apariencias. Nunca le he dado la espalda a este escritor de novela negra y defiendo donde se presenta la ocasión que es el mejor autor que ha dado el género, que su ciclo Archer es el mejor dedicado a un detective privado de cuantos conozco, que recomendar su lectura no es hacerle un favor, sino una manera de ganar amigos.
Aunque había una edición sudamericana de los relatos de Archer, absolutamente agotada e inencontrabable, este Expediente suma además auténticas perlas que antes no han estado disponibles en nuestra lengua: un perfil biográfico del personaje y unas notas y fragmentos de Ross Macdonald que son un auténtico tesoro: de hecho, tengo el libro encima de la mesa, muy cerca, y lo miro y casi no me atrevo aún a tocarlo, a adentrarme en lo que ofrece, pues, al igual que con la novela que aún no he leído, me ocurre que temo que empiece a fraguarse algún final, que me quede huérfano si ya no puedo decirme que dispongo de un texto aún sin explorar, por descubrir, al que entregarme como de niño lo hacía a aquellas Joyas Literarias Ilustradas de Bruguera con que descubrí el mundo fabuloso de la imaginación y de las otras y posibles vidas. Archer ha vuelto -como decían en la publicidad de la película que protagonizó Paul Newman- y ya estará aquí siempre acompañándonos.

(Después de haber subido esta entrada ayer: No pude resistirlo y he leído el magnífico relato que Tom Nolan, biógrafo de Ross Macdonald, dedica a la vida de Lew Archer, en el que cuenta cómo fue su infancia, cómo amó a varias mujeres, cómo siempre se negó a venderse por dinero, cómo se convirtió en un investigador humanitario y empeñado en buscar la justicia y en ponerse del lado del más débil. Es una pequeña novela que no puede soltarse desde el momento en que inicias la lectura).

José Abad: Crítica de "Última noche en Granada" : "Por qué de noche, por qué en Granada"


Apareció el pasado jueves, 21 de enero, en el diario Granada Hoy. La firma el escritor y crítico José Abad.

Por qué de noche, por qué en Granada

Francisco Ortiz refleja en su novela las influencias de grandes autores de la narrativa criminal como Hammett, Chandler, Vázquez Montalbán y Ross Macdonald


Los relatos de crímenes existen desde que los hombres guardan memoria de sus actos, baste recordar que en los primeros compases de la Biblia ya se nos describía el asesinato de Abel a manos de Caín. La narrativa criminal, sin embargo, tiene poco más de siglo y medio de existencia. Es imposible hallarla como tal más allá del horizonte histórico de mediados del siglo XIX. Los tres relatos que Edgar Allan Poe dedicara al investigador diletante Auguste Dupin suelen señalarse como los títulos fundacionales del género y lo cierto es que, a pesar de algún que otro precedente, dichas ficciones son las primeras muestras acabadas de un planteamiento narrativo en el cual el crimen y la investigación ulterior son los principales motores de la acción (Pero no los únicos, por supuesto). ¿Qué circunstancias propiciaron su aparición?

A principios del siglo XIX, la Revolución Industrial había alcanzado de manera no homogénea la casi totalidad de Occidente, el crecimiento de las ciudades se había acelerado de manera vertiginosa, también el flujo migratorio del campo a la ciudad, y ni siquiera las urbes más prósperas fueron capaces de emplear el capital humano disponible; el excedente (esa gran masa de gente desocupada) se buscó la vida donde buenamente pudo, como buenamente pudo, a veces al otro lado de la ley. En las ciudades más importantes (París, Londres) se creó una policía específicamente metropolitana para combatir la ilegalidad intramuros. De este modo entran en escena los dos actores de una situación arquetípica, el crimen y la justicia, que participan de un paradigma filosófico, el positivismo, según el cual, el raciocinio o el recurso a los últimos avances de la ciencia llevan indefectiblemente al descubrimiento de la verdad. De estas ubres mamará el detective más famoso de entonces, el infalible Sherlock Holmes.

La primera narrativa criminal estuvo muy influida por el Romanticismo, por los ambientes obscuros, cerrados, opresivos del Romanticismo, y en unos pocos casos por ese fatalismo suyo, el que hizo que el joven Werther se levantara la tapa de los sesos por amor a Charlotte, la hija del Corregidor. El género se mostrará asimismo permeable a la influencia de la novela social decimonónica, hasta el punto de ser la depositaria ideal de numerosos presupuestos suyos, y de esta manera irá caracterizándose poco a poco y convirtiéndose en lo que será: una narrativa preferentemente urbana, nocturna y violenta, una receta a menudo atemperada con el azúcar de la moraleja (tan burguesa) de que ningún delincuente escapa al largo brazo de la justicia. Las cosas cambiaron drásticamente en las primeras décadas del siglo XX con la irrupción de un autor decidido a sepultar el género con paletadas de realismo.

Me refiero a Dashiell Hammett, por supuesto. Hammett, que había trabajado como detective para la famosa Agencia Pinkerton, sabía perfectamente de lo que hablaba. El autor de El halcón maltés mantuvo intacta esas coordenadas urbanas, nocturnas y violentas que hemos señalado, pero rechazó de lleno la esperanza en que el raciocinio y el recurso a los últimos avances de la ciencia llevarían indefectiblemente al descubrimiento de la verdad. Las fronteras se diluyen. Los agentes de la justicia y los delincuentes ya no están en bandos opuestos o enfrentados, se entremezclan, se confunden. Hay un antes y después de Dashiell Hammett. Cuando aparezca algún tipo honesto, pensemos en Philip Marlowe o en nuestro paisano Pepe Carvalho, sus creadores, esos dos grandísimos escritores que fueron Raymond Chandler y Manuel Vázquez Montalbán, tendrán que insistir en la soledad de sus criaturas, en su quijotismo, en su aura romántica. Si el joven Werther se levantó la tapa de los sesos por amor, ellos arriesgarán el pellejo por amistad, por decencia, por mantener la palabra dada, etc.

Son autores (Hammett, Chandler, Vázquez Montalbán) que han introducido un hondo desencanto en el género, una mirada dolida, una mirada que duele, una absoluta falta de fe en los finales felices, esos finales con perdices que o bien devuelven las cosas a donde estaban o bien las dejan mejor que estaban. De éstos, o de su admirado Ross Macdonald, Francisco Ortiz ha aprendido parte del oficio. Esto explica por qué Última noche en Granada es como es. Una novela (lo dice ya el título), urbana y nocturna, también violenta, pues toda ciudad tiene sus miserias y Granada no es una excepción. Hay mucho bueno en esta narración, empezando por la contundente primera persona que nos habla desde sus páginas; la voz de un ex-policía, Luis Castillo, que intenta rehacer su vida trabajando de noche como vigilante y amando de día a su novia de siempre, Beatriz, una mujer capaz de abandonar al marido por estar junto a él.

Al protagonista le gustaría hacer borrón y cuenta nueva, sentar cabeza, empezar de nuevo, todo eso. Pero no podrá ser. Se lo impedirá el pasado, ese enorme perro de presa que ventea nuestro rastro, tenaz, y no ceja hasta darnos alcance. Siendo policía, Luis Castillo participó en la eliminación de dos delincuentes, según parece, a los que no había otro modo de echarle el guante. Uno de ellos era de origen marroquí y hermano de un prohombre que, años después, busca la venganza… No se fíen. La novela negra actual no arraiga en el terreno de las certezas, sino en otro más fértil, el de la sospecha, y la explicación más sencilla no acostumbra a ser la más afortunada. Luis Castillo sólo podrá redimirse si ajusta cuentas con el pasado, pero nada le asegura, ni a él ni al lector, que salga intacto del empeño.

Francisco Ortiz ha trasladado con acierto el imaginario noir a una ciudad con escasa presencia en este género, Granada, tan buena como cualquiera, en tanto que hostil como la que más. Ortiz demuestra tener un oído muy fino para el habla de la calle (las charlas entre Luis y Beatriz son de lo mejorcito del libro), buena mano en la caracterización de personajes y buen pulso con la acción. Se revela como un narrador lúcido, honesto además, que no pretende engañar a nadie alimentando falsas ilusiones. Habrá que seguirle la pista.

Presentación en Almería de "Última noche en Granada"






Será el próximo jueves, 21 de enero, a las 19.30 horas.
Contaremos con la presencia de Diego García Campos, director de la revista Foco Sur; José Ortiz, orientador del E.O.E.; Inma Lucena, coordinadora del acto; Aurora Ortiz, directora técnica de la Hermandad Farmacéutica Almeriense; y el escritor Juan Herrezuelo.
En la Librería Picasso de la Calle Reyes Católicos.
Os esperamos.

Presentación en Granada

Presentamos la novela en Granada. El Museo Casa de los Tiros es, de verdad, un marco incomparable.





En esta foto aparecen Joaquín Casanova, el editor; el escritor y crítico José Abad, que presentó la novela; el que suscribe; y José Ortiz, que habló del autor y de sus primeros pasos en el mundo de la literatura.










Inma Lucena, coordinadora del acto.















Isabel, que leyó un fragmento de la novela.


















Paqui, que leyó otro fragmento.






Agradezco a todos los que tuvieron a bien asistir a la presentación su presencia, a los empleados del Museo su amabilidad. Quedo en deuda con los que me arroparon en la mesa y con las lecturas del libro y me hicieron sentir su calor humano: es la mejor manera de estar en actos culturales y de andar por la vida. Gracias a todos.

Presentación de "Última noche en Granada"






Llega la hora de presentar el libro. Hemos elegido Granada para el primer acto. Acompañado de José Abad, autor de una gran novela -"El abrazo de las sombras", de la que pronto os hablaré-; de Joaquín Casanova, el editor; de José Ortiz, orientador del EOE; y de Inma Lucena, que oficiará de presentadora, estaré ante los lectores -y con ellos- en la sala Cuadra Dorada del Museo Casa de los Tiros, a las 19 horas. Os esperamos.

Tercera crítica

Ricardo Bosque, escritor y editor del blog La Balacera, donde mejor podemos informarnos acerca de las novedades de novela negra, ha escrito en el blog que lleva su nombre la tercera valoración de "Última noche en Granada":

Empieza bien el año, desde luego.

Porque además de comenzarlo sin resaca -y que esto no sirva de precedente- lo hago leyendo esta estupenda novela con la que Francisco Ortiz debuta en el difícil mundo literario. Y lo hace con un trabajo que auna lo íntimo y lo criminal, algo muy complicado de lograr pues el género negro parece que exige un lenguaje descarnado y exento de cualquier concesión a la lírica y, sin embargo, Última noche en Granada consigue hacer visibles, en primera persona y en un tono ciertamente intimista, las sensaciones de un asesino -¿qué es si no un policía que mata excediéndose en sus funciones y lo hace, además, sin asomo alguno de arrepentimiento?- tras cometer un crimen, por muy inevitable que éste sea.

Una novela corta e intensa, para disfrutar en cada una de sus líneas siguiendo las vivencias de un ex policía, Luis Castillo, y su pareja, Beatriz, tan o más protagonista que el personaje que desnuda sus miedos en poco más de 100 páginas que transcurren como un suspiro.

Una magnífica candidata al Silverio Cañada a la mejor primera novela de 2009 si quienes eligen las aspirantes al premio tienen ojos para títulos que no procedan de las editoriales que siempre ocupan los espacios privilegiados en los escaparates de cualquier librería.

Última noche en Granada

Francisco Ortiz

Mira Editores

Postdata: acompáñese la lectura de la novela con la audición de un disco como Kind of Blue (Miles Davis), un gin tonic bien cargado -ideal para desengrasar las cenas y comidas de final y principio de año- y un cigarro puro de la envergadura que cada uno tenga por costumbre (si es el caso) y el placer se acercará a lo sublime.

Segunda crítica

En el blog de Elèna Casero, escritora, autora de "Tribulaciones de un sicario", el segundo comentario que recibe "Última noche en Granada":

Luis Castillo es un ex policía. Tras dejar el cuerpo se dedica a vigilante de obras.
Su vida transcurre entre la vigilancia nocturna, el descanso tras el trabajo y su vida con Beatriz. Una vida a salto de mata ya que ella está casada con Pablo. Su relación se basa en mensajes de móvil y las visitas que ella le hace a su piso. Una relación amorosa difícil pero que a Luis parece redimirle de todos los malos momentos de su presente y de su pasado.
Todo parece discurrir con la normalidad habitual hasta que un día los fantasmas dormidos vuelven a aparecer.
Y recuerda lo sucedido aquellos días, Pedro y él, las pistolas, los cargadores, la mirada acuosa de Pedro, su mano fría, que Eladio lo tenía todo planeado y que él sólo tenía que hacer su parte: un tiro de frente y a la cabeza. Los días posteriores a aquel suceso no hubo arrepentimiento, ni intranquilidad. Como Pedro repetía: Lo hemos hecho, a la mierda esos hijosputas. Hecho está.”


Sólo su madre, con su inteligencia natural, con una ternura que se transmite en unas pocas líneas, parece darse cuenta de que algo le ocurre a Luis, algo grave que transita por su cerebro sin darle salida. “Ese es el vacío, Luis, me decía con su silenciosa presencia, el vacío es algo que se ha cerrado dentro de ti, se ha quedado seco, escúpelo, escúpelo, escúpelo.”

La vida da una vuelta de tuerca cuando Beatriz, víctima de los celos y los malos tratos de Pablo, huye de su casa y se refugia en la suya, en él. Donde solo el amor es capaz de mitigar los hematomas del cuerpo y del alma, páginas descritas por Francisco con gran ternura, con el lenguaje adecuado para que cada uno se coloque en el lugar de Beatriz y en el de Luis.
Francisco consigue en esas páginas que sintamos el mismo asco y la misma rabia que puede sentir Beatriz ante el hombre que la ha maltratado, ante los recuerdos que Pablo le provoca y que debe contar en voz alta para que vayan desapareciendo.
Los acontecimientos se van sucediendo con rapidez y se siente el vértigo y la tensión de la emboscada que le han preparado a Luis. Las horas que transcurren casi frente a frente agresor y agredido. Hueles el humo del tabaco del matón que va por él, escuchas sus pisadas en el suelo descarnado y la muerte acechando entre las paredes del edificio vacío, como si jugaran al escondite, como Luis hacía con su hermano cuando eran pequeños.
Es el momento, a pesar de la tensión, de las consideraciones, de las reflexiones.

“¿A quién le he hecho yo bien? ¿A mi familia? ¿A Beatriz? ¿A mis semejantes?

Y todas las preguntas que subyacen en su interior, mezcladas con los recuerdos. ¿Es posible, a pesar de haber matado a un hombre, sin saber por qué, seguir siendo una buena persona? ¿Es posible la inocencia?
El desenlace de la novela nos dará la respuesta a tantas preguntas.
Una novela que se lee con rapidez porque necesitas seguir adelante, porque te mantiene en vilo, incluso deteniéndote en los pasajes más narrativos referidos a las relaciones entre Beatriz y Luis. Quieres saber más de él, de Luis, que vive acorralado por sus recuerdos desde el momento en que Julián Casamayor aparece de nuevo en su vida. ¿Por qué? ¿Qué sucedió? Y te vas dejando llevar por la escritura de Francisco hasta el momento del desenlace.
Como se dice en la contraportada, una novela no sólo entretenida, también tiene un trasfondo muy humano, alejado de la vacuidad.
Esperemos la siguiente novela de Francisco Ortiz.

Primera reseña, primera ficha


En el blog de Herminia Luque, de creciente importancia, la primera valoración de "Última noche en Granada":


Una atmósfera densa e irrespirable: ése es el tapiz de palabras que ha creado el autor para bordar a su personaje, para sumergirlo en algo más denso que el agua, más viscoso que el odio. Luis, un ex-policía, ha matado a un hombre. Pero no hay culpa, no hay dolor; sólo un asco metafísico al modo de Camus.
El personaje de la madre enternece: a los setenta, después de un cáncer de pecho comprende ella (o sus hijos) que no ha disfrutado, que no sabe lo que es un paseo, un tiempo exento de obligaciones familiares, unas tapas generosas, unas horas porque sí, unas horas para sí.
Una novela que excede las convenciones del género negro para crear un relato creíble, con un paisaje cotidiano (Zaidín, Cenes, La Chana: nombres familiares para los del terruño) pero vertido en el molde de lo universal, fundido con la peripecia del no-héroe, evitando así el marchamo costumbrista o la anécdota facilona.
Una novela excelente de verdad. La novela que todos deberían leer estos días de vacaciones.


En Negra y Criminal, librería de referencia, la ficha de la novela .

38, número 7


Se llama .38, el calibre más negro que se conoce, el utilizado en sus armas por Marlowe y Lew Archer. Es una revista que crece y va a más, con notables colaboradores y textos de mucha calidad. La edita Ricardo Bosque, responsable también del blog que más visito: La Balacera.

Pasaos a ver, a leer. Además, es gratis.

"Última noche en Granada": Texto de contraportada



¿Puedes haber matado a un hombre y no saber por qué lo has hecho? ¿Puedes seguir pensando después que no eres una mala persona? Luis Castillo, el protagonista y narrador de esta novela, tiene que hallar la respuesta a esas dos preguntas. Afortunadamente, no está solo: cuenta con Beatriz, una mujer que le quiere y le ayudará a dar los pasos más adecuados. Con ecos de novela negra y una escritura medida, lírica y muy narrativa, Última noche en Granada les gustará por igual a los que buscan una historia entretenida y a los que se acercan a un libro para ir más allá de lo contado, de lo aparente.





Texto recomendado: en el blog de Raúl Ariza, uno de los mejores dedicados a la creación literaria, un relato estupendo: "Extracto de unas diligencias"

Rafael Chirbes: Los viejos amigos


Desde un espacio en el que reinan la desdicha, el cansancio, la frustración, el deseo de desmemoria y de reconquistar la memoria está escrito este libro por sus personajes que hablan en primera persona y recuerdan que un día fueron amigos y quisieron la revolución y cambiar el mundo. No lo lograron. Ahora tienen dinero, pueden comprar por un rato a mujeres que darán satisfacción a sus cuerpos, se codean con gente importante, edifican, planean, cambian la cara de lugares en los que injertan edificios, sueños corruptos, deseos volátiles. Son los viejos amigos.
Rafael Chirbes es uno de los grandes, de los más grandes escritores españoles, uno de los que sólo se deben a sí mismos, de los que sólo responden de sus aciertos y errores ante sí mismos. Por eso está preparado para hacer un recuento de los años del tardofranquismo y los viejos sueños irrealizados que devienen en cansancio y memoria rota. Lúcido, implacable, el autor valenciano nos acerca a las vidas de varios personajes que lucharon por cambiar el mundo y no consiguieron ni tan siquiera cambiarse a sí mismos. Ahora que se reúnen para una cena, ahora que al fin es cada uno dueño de su cara y de su presencia, acompañarlos por su interior, compartir sus pensamientos y sus secretos resultará una tarea utilísima para saber qué ha pasado en nuestro país en los últimos años, cómo se corrompen los sueños, cómo se acomodan los vencidos y los vencedores, cómo se echa de menos a quien no está y cómo se sigue amando sin decirlo a quien está al lado y nunca se enterará ya.
"Los viejos amigos" es una novela dura, necesaria, sincera. Escuchando las voces que la habitan uno podrá entender mejor cómo se queman etapas, cómo se levantan mentiras, cómo se pacta con uno mismo para seguir viviendo cuando se ha visto que se es un imbécil, un inútil, un cobarde, un fracasado, un triunfador con coartadas morales delgadas como un trozo de papel. Carlos vende pisos y es un escritor frustrado. Guzmán es dueño de una productora y tiene un hijo que acaba de editar un disco. Pedrito Vidal cambió la revolución social por la edificación y la promoción inmobiliaria. Demetrio Rull es un pintor que nunca fue famoso y además es guarda nocturno. Jorge es un enfermo de sida que muere lentamente. Pau murió por culpa de las drogas y era hijo de Carlos. Personajes sacados de la realidad, que son pura realidad gracias a la técnica de Chirbes, a su acierto al darles a cada uno su voz, al dejarlos hablar y saber oírlos. Las voces no tienen filtros, no esconden ni hurtan, no divagan. Juntas ofrecen una perspectiva, un mejor conjunto que ayuda a entender por qué un día fueron a una y ahora cada una es simplemente una.
Chirbes no malgasta rencor, ironía, malhumor en esta novela. No ajusta cuentas con nadie, a no ser consigo mismo, con su mundo, con lo que ha visto. No es "Los viejos amigos" una novela de moralista, de escritor huraño; por el contrario, es la novela de quien se siente muy vivo en el mundo, de quien sigue palpando el mundo, de quien ama el mundo. En algunas páginas el lector casi llegará a emocionarse cuando las voces íntimas hablan de pérdidas sin solución, de momentos que pudieron ser otros, de miedos y de deseos inagotados. Gracias a esto, "Los viejos amigos" es una novela optimista, que saca del fondo lo peor y lo limpia, que bucea para poder respirar luego mejores y más limpios aires. Dentro de esta novela generacional, plural, sin moralina hay seres que dibujan su tiempo y se dibujan a sí mismos como lo haríamos todos si nos olvidáramos de los espejos y creyéramos firmemente, irrenunciablemente, en el valor de las palabras por encima de todo lo demás.

Ross Macdonald: Costa Bárbara

Entre el odio y el vacío se mueven muchos personajes de las novelas de Ross Macdonald. Anhelan cosas que cuestan vidas y tapan con mentiras ciertos agujeros de su pasado. El detective privado Lew Archer aparece en un momento previo a la eclosión de la violencia y las muertes, es el testigo de la quema final, del incendio abrupto y total en que arden los mentirosos y los asesinos. En esta novela, además comprende que es utilizado, que es un peón más en las tramas de los culpables, una ficha que se mueve en un tablero que otro ha puesto sobre la mesa y manipula a su antojo. Cuando está finalmente ante el asesino ve a un hombre que sufre, que padece dolor, pero también a un hombre que se concede a sí mismo la potestad de matar, de hacer concluir una vida que no había llamado a la muerte, que no la deseaba, que creía hallarse lejos de ella.
"Costa Bárbara" es otra de las tragedias griegas adaptadas al mundo de la novela negra por el gran escritor estadounidense Ross Macdonald. Está escrita en un estilo lírico, con trazos finos y deslumbrantes, con metáforas acertadísimas, con un uso de la comparación propio del gusto y buen hacer del poeta. Cada frase está cuidada al máximo, cada imagen está traída para vivificar la página y el conjunto armónico de la obra, y mientras uno se deja embargar por tanto buen gusto literario no puede dejar de preguntarse cómo es posible que les pase desapercibida una prosa tan sugerente a autores que están fuera del mundo de la novela negra, a exquisitos degustadores de la forma y la belleza de las palabras, cómo puede haber tanto necio que niega el pan y la sal a quien usa un género y partiendo de él es capaz de crear tanto arte. Pocas veces podrá el profano o el detractor encontrarse con una novela negra que trascienda todas las limitaciones previas, todos los muros, que vuele con tanto poderío y tanta fuerza hacia el espacio de las obras inolvidables. Ross Macdonald y su tragedia griega, sus hombres atormentados e indecisos entre el amor y la corrupción, sus mujeres doloridas y vulnerables, sus agentes violentos y prestos a ser ajusticiados son pura y hermosa literatura.
Recuperar los libros de un escritor que narraba mediante la voz de un detective privado parece una entrega a un ejercicio baladí, depauperado, evasivo. Pero si somos capaces de ver más allá de la convención de partida, de los tipos y las tramas criminales, veremos que Macdonald es un autor preocupado por lo que carcome al hombre que es vencido y mata para seguir, por lo que arrastra a la mujer que ha de ser imagen y pureza y medida vanidad y objeto de idolatría en un siglo cruel para ella. El detective Archer es la voz del escritor, los ojos del lector, las manos del lector que se inmiscuye, que entra en la historia para vivirla más de cerca. En Macdonald, el detective es un figura de compromiso, un individuo que se moja y se mancha porque cree en los seres humanos, en lo que les ocurre, que padece porque les ve padecer. Es una fgura realista, aunque pueda parecer lo contrario, es un espejo y es una mano que sale del espejo, que toca a quien se mira en él, a quien en él busca apreciación o castigo.
"Costa Bárbara" es una investigación sobre el dolor, la frustración, el miedo, el amor y el delito. Es una novela madura, que está llena de imperecederas palabras.


Nota: Hoy hace 94 años que, en un pueblo de California, nació Ross Macdonald

"Última noche en Granada": para los lectores


Una novela no existe, de alguna manera, hasta que uno no la ve en una librería, fuera de casa, libre e independiente, viviendo su propia vida. Hoy he visto mi novela "Última noche en Granada" en el escaparate de la "Librería Atlántida", en Granada, y he pensado que ha empezado a vivir, que ya no me pertenece sino parcialmente, que es mía pero también de todo lector que se acerque a ella y la lea.

La novela negra es la tragedia griega de hoy






Frase afortunada de José Jiménez Lozano, idea que alguna vez he defendido aquí, sobre todo a propósito de algunas novelas de Ross Macdonald.

Aquí está el enlace con la entrevista en que lo afirma.








Foto: Joan Colom

Leonardo Padura: Pasado perfecto

Leonardo Padura dice siempre que él no escribe novela policial, sino que utiliza algunos elementos de la novela policial para contar historias que le importan -y que pueden importarle a más gente-. Tiene toda la razón. "Pasado perfecto" no es una novela policial -o negra - al uso. No hay disparos en las esquinas ni persecuciones desenfrenadas ni trampas que el lector debe ir desentrañando para obtener una recompensa final que después se desvanecerá con el tiempo. Y a la par pierde toda la razón al afirmar que no escribe novela policial si tenemos memoria y situamos este "Pasado perfecto" en el lugar que le corresponde en la historia de la novela negra, donde entró con fuerza y para quedarse el año en que se publicó: 2000. Porque "Pasado perfecto" es una obra que no habría nacido sin "El largo adiós", de Raymond Chandler, y sin "La soledad del manager"y "Los mares del Sur", de Vázquez Montalbán. No afirmo esto como menoscabo, sino, por el contrario, para hacer ver de qué padres tan importantes dimana la novela, en qué corriente de la novela negra está encuadrada. Y puedo afirmar también que los logros de esta buena novela la hacen estar al lado de las predecesoras sin rubor y con alegría, ya que "Pasado perfecto" es una gran novela -negra y no negra, no negra y también negra-, una de las mejores escritas que yo he leído dentro del género y una de las más recomendables, de las más renovadoras de los últimos años. Partiendo de la tradición -"El largo adiós"- y de la necesidad de hacer crónica del tiempo vivido -"La soledad del manager", "Los mares del Sur"-, Padura crea una novela que es enteramente suya, de su época y de su visión de la vida en una Cuba a la que ama y a la que quiere por encima de todos los errores, de todos los personajes egoístas y todos los personajes interesados que vuelven su mirada hacia ese rincón del Caribe. Padura no copia, no se rinde al homenaje posmoderno y vacuo, sino que asume y y tiene en cuenta lo anterior y valioso para -como los mejores compositores- acercarnos unas páginas nuevas, vigorosas, necesarias y trufadas de una sinceridad imbatible.
"Pasado perfecto", por supuesto- por eso puede ser considerada una novela negra-, lleva dentro un hecho criminal: en este caso, la desaparición de un importante cubano que es director de la Empresa de Importaciones y Exportaciones del Ministerio de Industrias y la posterior investigación policial, que como pronto imaginamos culminará con el descubrimiento de un cadáver. Padura introduce el primer sesgo de inmediato: el desaparecido es un antiguo compañero de estudios del policía encargado del caso y algunos de los más destacados personajes de la novela son amigos o conocidos comunes, incluyendo a la mujer del desaparecido, a la que siempre ha amado Conde, el policía. Así, pasado y presente cobran la misma importancia y sabiamente Padura narra en tercera persona lo que ocurre ahora y en una primera repleta de buena literatura y de honda comprensión del monólogo y de los mejores aciertos de la literatura hispanoamericana de las últimas décadas (sobre todo Vargas Llosa y Cortázar) los recuerdos que los hechos actuales le traen a la mente a Conde. Hay páginas absolutamente sobresalientes entre los monólogos de Conde, que son pura y maravillosa literatura, negra y no negra, pues tanto para el lector que busca una historia entretenida como para el lector que busca literatura de calidad son absolutamente válidos. E insisto mucho en estos aspectos porque creo que con la serie dedicada a Mario Conde -seis novelas- el narrador y ensayista Leonardo Padura siempre ha tenido en mente la máxima exigencia, la máxima verosimilitud, y ha puesto todo cuanto sabía -que es mucho- en cada párrafo de cada libro. Y si "Pasado perfecto" es una magnífica novela negra, no es menos cierto que se trata también de una magnífica novela a secas, de literatura con todas la mayúsculas que queramos ponerle.
La nostalgia campa a sus anchas por cada escena, los recuerdos sirven para hablar de la revolución cubana y para verla según lo que iba a ser y lo que ha sido -o le han dejado ser-. Padura, como Hammett, como Chandler, como Vázquez Montalbán, entona un discurso crítico, ve la realidad con ojos nada complacientes, se empeña en señalar los defectos de la sociedad en la que vive, pero no se queda ahí: nos acerca sus apuestas, sus miedos, sus deseos mediante una ficción que adivinamos escuálida -palabra muy querida por Conde- en ocasiones, permeable, sólo ficción porque con la ficción parece que entendemos mejor, que empatizamos mejor. Padura, en "Pasado perfecto", con una historia en la que nada sobra, gracias a la implicación de todos los personajes en la realidad contada, al inteligente uso del pasado y del presente que se complementan y son uno y son dos imposibles de unir a la vez, ha escrito una de las novelas que marcarán el futuro del género, que no malgastan fuerzas en la anécdota policial, que usan valiosos materiales de la realidad que en otro tipo de novelas no le llegan al lector de manera tan real y sincera, tan útil y tan capaz de mover a la actuación, viejo deseo de los viejos novelistas mayores que siempre se acercaron a la cuartilla en blanco para dejar constancia de que habían vivido y merecía la pena seguir viviendo.