Ross Macdonald: La mueca de marfil (3). Sábado a la noche

Fui a la barra que ocupaba por entero la pared izquierda del bar. Las mesas a lo largo de la pared opuesta estaban ocupadas y la barra llena de bebedores de sábado a la noche: soldados y chillonas chicas negras que parecían demasiado jóvenes para estar allí, mujeres maduras de expresiones duras con permanentes, viejos recobrando la juventud por milésima vez, prostitutas de ojos de asfalto trabajando para ganarse la vida con trabajadores borrachos, algunos fugitivos de la parte alta de la ciudad ahogando un yo para que naciera otro. Un griego grandote dispensaba, al otro lado del mostrador, combustible, afrodisíacos, narcóticos, con una melancólica sonrisa permanente.

John Le Carré: Nuestro juego (y 5)

Algunas veces he escrito que la novela negra necesita grandes autores, prosa más elaborada, temas que busquen un mayor alcance. Nuestro juego es una de esas novelas que cumplen con todos los requisitos. Es una novela negra porque dentro del género cabe la novela de espías y porque Le Carré inserta en la trama los elementos necesarios para así poder considerarla. Pero a veces las clasificaciones son lo de menos, aunque estemos en un espacio dedicado a la vindicación de la novela negra, y lo que importa va más allá del género -sobre todo cuando lo supera, lo amplía, lo dignifica, lo lleva a un lugar que lo acendra, incluso- y de la denominación incluso de novela. Los problemas de nuestro tiempo piden un acercamiento crítico, riguroso, desde dentro, alejado del turismo literario, del turismo de las ideas. Le Carré ha sorteado muchos obstáculos para entregarnos esta novela y creo que es preciso celebrar su valentía, su coraje y su voluntad de ir más allá, de viajar por la historia y por los errores humanos hasta desembocar en una apuesta por los débiles, los oprimidos, los que están a punto de quedarse sin nada. Existe la izquierda literaria -anda renqueante la política-, no lo duden, y uno de sus representates es este escritor inglés con pasado de espía que sabe escribir libros como pocos, crear personajes como pocos, que ha asimilado varios siglos de tradición escrita como pocos. La historia de un formador de espías que ha perdido a su compañera, mucho más joven que él, porque ella ha decidido cambiarle por una de sus creaciones, un agente doble que daba información a los ingleses y a los rusos, es el punto de partida de una novela escrita con un estilo altamente literario, evocador, lleno de una inteligencia constructiva y discursiva que no está para deslumbrar y aumentar la categoría del autor sino para ennoblecer la trama, para tratar con respeto y cercanía al lector, con eso que llamamos complicidad. He leído Nuestro juego despacio, paladeando frases y palabras e imágenes creadas tan sólo con un nombre y un adjetivo. El tiempo no me acuciaba, ni dentro ni fuera del texto. Y las desventuras del narrador y protagonista Timothy Cranmer las he seguido sin distanciarme nunca, comprendiéndole y reprochándole, quejándome alguna vez por ciertas demoras, esperando lo que siempre he encontrado algunas páginas más adelante: interés y verosimilitud.
 La novela tiene tres partes claras: una primera de caída a tierra de Cranmer, que ha de asumir que su alumno, Larry, y su compañera, Emma, lo han dejado solo. Una segunda de reacción: sabemos incluso que intentó matar a a Larry una noche y lo abandonó creyéndolo muerto. Y una tercera en que se inicia un viaje, físico y emocional, hacia los lugares donde se deciden historias que afectan a millones de personas y hacia el fondo de sí mismo, hacia ese lugar donde Cranmer descubre que, en lugar de estar habitado por su alma, estaba habitado por la nada más espantosa que pudiera imaginarse. Y la novela, claro, es una toma de conciencia, un quitar velos, un sacudirse la complacencia y la sumisión y la sensación de derrota y el sentimiento de ser el centro del mundo. Porque con sólo mirar intensamente a los ojos a los derrotados vemos que hay otros mundos. Y John Le Carré nos lo cuenta apelando al espíritu de Joseph Conrad, de algunos clásicos de la novela negra, de algunos clásicos de la novela sentimental y de la novela viajera -sin olvidar nunca, pero sin hacerlo pesar hasta ahogarse, que él es también ya un clásico- para crear algo nuevo, compacto, útil, con una voz inolvidable y un desarrollo casi magistral, y deja dos personajes en pie, incólumes, el del forjador de espías con espíritu lleno de huecos y de falsedades que al cabo se da cuenta de que forjaba según él mismo es y el del forjado agente doble que conoce el bien y el mal y no se decanta por ninguno y busca las palabras pequeñas, los lugares pequeños, a las personas pequeñas y vencidas por la historia que, en definitiva, somos casi todos, lo sepamos o no, lo queramos ver o no. Es Nuestro juego, por supuesto, una obra de referencia en la novela negra -apartado espías-, y además es mucho más que eso: la novela que piden unos lectores que apagan el televisor, desearían leer las noticias al revés, sentarse cabeza abajo para repensar el mundo, su papel en él. Nuestro juego es empezar cuando la partida primera ha acabado y hemos perdido. Es empezar de nuevo.

John Le Carré: Nuestro juego (4). Voces, perspectivas

Con qué inteligencia nos hace llegar Le Carré las distintas voces que conforman la historia. Narrada en primera persona, sabemos sólo lo que nos cuenta Timothy Cranmer. Pero Le Carré compone la obra de tal manera que vemos -creo percibir aquí ecos de Graham Greene -, sentimos y oímos a los otros dos personaje fundamentales. Emma le ha dejado y se ha ido con el ex agente y ex pupilo Larry Pettifer. Han vendido joyas que él le regaló a Emma. La policía acecha a Cranmer pensando que oculta -y es responsable de- una estafa o una fuga de capital. Y Cranmer investiga por su cuenta, llega hasta la casa donde Emma y Pettifer vivieron bajo nombres supuestos y rescata papeles del fuego, se apropia de otros y entonces entramos en una nueva sinfonía: si hasta este momento sólo escuchábamos la voz solista de Cranmer, llena de reverberaciones que llenaban la historia y sonaban como un concierto para lamentación de hombre solo, ahora -en los escritos de un cuaderno, en las notas que se dejaban Emma y Pettifer, en las cartas que recibían - comienza otra composición diferente, la música nos habla de lo bobalicón que es Cranmer, lo manipulador, lo insensible que se muestra siempre; nos habla del amor de Emma y Pettifer -notas de él sobre todo, henchidas de entusiasmo enamorado-, de los secretos que acaso nunca debió de conocer Cranmer. Y con una narración en primera persona y estos textos podemos ver a los tres personajes, sus relaciones, sus miedos, sus encuentros y desencuentros, su amor y desamor. Le Carré utiliza la perspectiva de manera brillante, sin que chirríe nada, con una naturalidad exquisita. Y es a la mitad de la novela cuando el cuadro empieza a completarse, cuando conocemos en profundidad a todos los actores, tanto por lo que dicen y piensan como por lo que dicen y piensan los demás, esos tres, triángulo imposible, imprevisible y de alguna forma indisoluble. Porque ésta es una historia de espías, pero también de amor, de conflictos íntimos, de deseos que laten fuertes y de compromiso con la vida y con lo que hacemos con nuestras vidas.

César Girón: Caso cerrado




Novela que cuenta una historia interesante y que se desarrolla en la ciudad en la que vivo, ganadora del VI Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona, y escrita por alguien que parece dominar muy bien lo que cuenta, es una novedad que recomiendo. Además, aplaudo que en la colección Tapa Negra de Almuzara haya cada vez más escritores españoles, de aquí y de ahora mismo, con obras que también tienen un público esperando, sin duda. 

José Luis Campos Duaso: Estelas de un funambulista imaginario




Mañana se presenta, en Almería, el primer libro de José Luis Campos Duaso, poeta, cofundador de la Tertulia de la Calle Suipacha y responsable de un blog distinto y lúcido. Al acto se espera que asistan, entre otros, los escritores Juan Herrezuelo y Miguel Naveros (presentadores), Miguel Ángel Muñoz, Ana María Romero Yebra, Jacinto Castillo y Antonia Moreno Cañete; el admirado profesor Pedro Vázquez Cabrera; el músico Juan Manuel Cidrón. Será en el Salón de Actos del Instituto de Estudios Almerienses, a las 8 de la tarde. El que suscribe no estará, y bien que lo lamenta, pues seguro que será el lugar propicio para emotivos reencuentros y para recordar momentos compartidos que nacieron en torno a la mesa de una cafetería en tertulias inolvidables y ante un micrófono en programas de radio que, de alguna manera, nunca han tenido fin (ya hablaremos de esto más adelante). El libro está muy bien editado y alberga un puñado de poemas de gran altura y rigor creativo, de esos que el lector relee constantemente hasta sentirlos como algo propio.

Miguel Sanfeliu: Los pequeños placeres




Hay algo terso en estos relatos de Miguel Sanfeliu, algo que es a la vez vibrante, profundo y sincero. Porque el autor de estas historias ha paseado su mirada, profundamente humana y serena, a su alrededor y nos ha contado con mucha y buena literatura qué ha visto y qué ha sentido en este interesante trayecto. Sanfeliu no pretende ganarnos narrándonos horrores desde dentro del horror y con palabras moteadas de horrores: la vida cotidiana no los muestra así, no los horrores que queman a fuego lento, no los horrores que destruyen desde dentro. Se nos habla en estos relatos de la eutanasia, de la muerte temprana, de los silencios que abruman a las parejas, del miedo de los padres ante una hija agresiva, de la lejanía con que vemos a los que viven en el mismo edificio que nosotros, de un asesino múltilple que dispara contra los clientes de un restaurante. Y se nos cuenta que son personas que tienen a seres que los quieren o se han cansado de ellos, o los odian habiéndolos amado antes, o los recuerdan con un dolor más intenso que cualquier otro dolor. Y se nos cuenta sin alzar la voz, sin proferir gritos vacuos y de alcance únicamente pasajero, sin montar un espectáculo vano que se olvida conforme se disipan el ruido y el humo. 
Sanfeliu quiere y consigue que seamos no testigos, algo a lo que ya nos han acostumbrado en demasía el cine y la televisión, sino partícipes. Para eso elige muy bien el punto de vista de cada narración, se decanta por mostrarnos a los vivos, a los que quedan, a los que sufren cerca de los causantes y de los protagonistas del mal, o cerca de las víctimas. Costaría poco achacarle que no se moja lo suficiente, que no quiere pringarse Sanfeliu en lo que cuenta, y sería un error, porque Sanfeliu huye del morbo, escapa con atino siempre del escenario vacío y de cartón piedra para dar un paso atrás y mirar con mejor perspectiva. No engaña, pues, no cae en el vicio de la mirada profanadora o utilitaria, la de tantos escritores de relatos cruentos y estúpidamente morbosos. A Sanfeliu le interesa el hombre de la calle, el que somos todos, en el que todos podemos vernos -algo pacato y descorazonado, elusivo y sin grandes pasiones movilizadoras-, y a una cierta ingenuidad en la plasmación de ese personaje tan reconocible opone una limpieza de sentimientos y una nobleza expositiva que desarma y te deja con las puertas de la percepción generosamente abiertas. Así entiendo relatos como Dolor, magnífico, subyugante, realista y emotivo con emociones sinceras, una pieza de autor de raza, de narrador puro (algo que echo en falta cada vez más, pues encuentro a demasiados autores repetitivos, atentos al mercado y sus cuitas, a la sanción editorial y no a la expresión pura de su talento), claro y directo, con mucha preparación lectora detrás, con muchas sabias conquistas lectoras detrás. La muerta, tan sencillo,  tan nimio al primer vistazo, es otro relato de un destilado notable, sin retórica y sin mentira, ejemplar. Y La cara de Marte, La niña, Los pequeños placeres, Urgencia, Remordimiento o La morgue son otros tantos ejemplos de lo que este buen autor sabe decir en esa voz baja, susurrante, sin alteraciones, compasiva y tierna que tanto abunda en la producción literaria de Sanfeliu -visible en su excelente blog- y corrobora que estamos ante un creador fiel a sus ideas, a sus obsesiones, a su amplio compromiso con la sociedad de su tiempo, en definitiva, con sus verdades, con sus celebrables obsesiones que nos ayudan a abrir un poquito más los ojos ante lo que vemos y a percibir un poco mejor lo que en manos de otros solo es gacetilla, relato despachado al gusto de la moda, meditación retrillada, alimento para mentes quietas. No quiere mentes quietas Sanfeliu y Los pequeños placeres ha supuesto para mí ratos de reconocimiento, sí, y también de pausa al borde del camino, replanteamiento y renovación. ¿A qué más puede aspirar un escritor que ama la literatura y los libros que publica? ¿ O debería decir a qué menos debe aspirar? 

Toni Hill: Los buenos suicidas

Aparece la segunda novela de Toni Hill, autor nacido en Barcelona en 1966 y que el año pasado debutó con El verano de los juguetes muertos. Las dos obras están protagonizadas por el inspector Héctor Salgado y la agente Leire Castro. La primera tuvo un buen recibimiento y algunas traducciones a idiomas como el alemán, el francés y el italiano. Le deseo buena suerte al autor en esta su segunda andadura por los difíciles caminos de la novela negra y sólo apuntaría que creo necesario que orille el uso de la frase hecha en sus textos y que profundice en sus aciertos separándose todo lo que pueda de los lugares comunes, que siempre acechan en las historias policíacas actuales, donde el peso de las imágenes televisivas y cinematográficas ahoga a menudo la creatividad más genuina. 

John Le Carré: Nuestro juego (3). Ella y él

 Si leemos esta novela sin prejucio alguno, con la mirada limpia, veremos que hasta la página 157 estamos leyendo a un gran escritor y una interesantísima historia en la que, con un trasfondo negro, se nos está contando la historia de un ex funcionario (ex espía también) que descubre que la mujer con la que vivía y su mejor amigo -ex espía al que captó y formó- le han estado engañando, y a partir de ahí recontruye los momentos vividos con ellos. La maestría de Le Carré estriba en contar una historia sentimental con tal grado de intensidad y sabiduría en la distribución de los elementos, tal seducción en la voz narradora, tal imbricación de presente y pasado (que se alternan con el uso del presente de indicativo o del pretérito imperfecto y seguidos, en párrafos sucesivos en ocasiones, aunque representando el presente lo más alejado en el tiempo y el pretérito lo más cercano, el momento en que se está haciendo, creando la novela) que el lector no pide más acción, no exige tiros ni cuchillos ni más pistolas (Hay una escena violenta y absolutamente necesaria en que el protagonista acaso mata a su amigo, pero no sabemos si es del todo cierto). Este Le Carré no es el de sus primeras novelas, no está atado al género y explora y modifica y amplía y saluda nuevos horizontes que gozosamente parten de la casa común y desembocan en el lugar que el reconocimiento pueda otorgarle más allá de todo tipo de etiquetas, libre y veraz, en cierto modo único y generador, tan necesario como lo fueron en su día Hammet o Chandler, pero también Faulkner o Hemingway.

John Le Carré: Nuestro juego (2). Taimado, rencoroso, tramposo.

Le Carré es un gran escritor, dotado de un aliento narrativo verdaderamente notable y de una profundidad psicológica mercedora de los mayores los elogios. No son pocos los que lo señalan como uno de los autores fundamentales de nuestro tiempo. Lastrado por su adscripción a un género, también hay quienes lo desdeñan a la ligera, prejuiciosamente. No es mi caso. Soy habitual lector de la obra de Juan Benet desde hace más de veinte años, de la de Juan Goytisolo, Heinrich Böll y Faulkner, y pienso que no hay que limitarse a leer sólo un tipo de literatura, que hay que abrir los ojos a las obras que a priori pueden parecernos menores, hechas para el entretenimiento, para un gran número de lectores. Como ejemplo del buen hacer de Le Carré, valga este párrafo:


No, Marjorie, cariño -pensé-. yo no he dicho nada parecido. Lo que digo es que Larry era un ladrón de afectos sobre un balancín y tan pronto como tuviese a CC en el bolsillo, correría a mí y cumpliría con su obligación porque, además de espía, era el hijo de un párroco y no poseía un sentido de la responsabilidad muy desarrollado, así que necesitaba la absolución de todo el mundo para traicionar a todo el mundo. Lo que digo es que, pese a su ostentación de mala conciencia, sus peroratas moralistas y su supuesta amplitud de miras intelectual, se entregaba al espionaje como un adicto. Lo que digo es que era un hijo de puta; que era taimado y rencoroso y te quitaba a la mujer a la primera ocasión; que tenía dotes innatas para este oficio y para la magia negra, y que mi delito fue fomentar en él al tramposo en perjucio del soñador, razón por la cual a veces me odiaba un poco más de lo que merecía.






Caracterización, relaciones humanas, lo dicho y lo callado, sentimientos y sensaciones, el tiempo, los trabajos secretos, la religión, la culpabilidad, el perdón, la entrega, la fidelidad y la infidelidad. Hay tantos temas en este párrafo que podríamos dedicarle una jornada entera a meditar sobre cuanto se nos dice. Y es que Le Carré es algo más, mucho más que un simple narrador de género.

John Le Carré: Nuestro juego (1). Espías jubilados




Un profesor de universidad -Larry Pettifer- y antiguo espía ha desaparecido. La policía anda tras su pista. Dos agentes van a hablar con uno de los amigos del profesor, Timothy Cranmer, que miente en cuanto les dice, ya que también fue espía. Es este personaje el que narra la historia. Y, con el talento habitual en la novelas de Le Carré, gran escritor más allá de cualquier tipo de clasificación, mientras le interrogan, recuerda Cranmer algunos momentos vividos con Pettifer, uno sobre todo de los que no abundan en las novelas de espías. Porque la imagen del espía es casi siempre -deuda televisiva- la del tipo rápido, sagaz y oscuro. Nunca nos lo imaginamos viejo. Como tampoco se lo imagina el propio servicio secreto. A Cranmer le comunicaron que debía informar a Pettifer de que lo retiraban y lo colocaban en una universidad. Y Cranmer tuvo que cumplir con su obligación. Pettifer quiso oponerse: "No quiero un refugio seguro. Nunca lo he querido. Al diablo con los refugios seguros. Lo mismo que con las estasis, los profesores, las pensiones indicadas y con salir a lavar el coche los domingos. Y también al diablo contigo." Pero las órdenes son las órdenes. Y Cranmer las transmite sin dejar lugar a más objeciones, aunque en verdad no demuestra lo que piensa: "Sin embargo, tengo un nudo en la garganta, no puedo negarlo. Apoyaría una mano en su hombro, tembloroso y caliente a causa del sudor, pero el contacto físico no es natural entre nosotros." Tantos años trabajando juntos, tanto fingimiento que marca la vida. La vida que te abandona y te jubila y te aleja de tu vida elegida y te deja a merced de una universidad, de unos alumnos, de un refugio seguro nunca pedido y que sólo puede ser semejante a una tumba. Así se siente este espía jubilado.

Jordi Sierra i Fabra: Cuatro días de enero (y 4). Crítica

Es una lástima. Se trata de una novela valiosa, bien escrita en su mayor parte, con un personaje principal bastante creíble, unos secundarios que vigorizan la historia y un trasfondo que no es sólo paisaje de fondo: la Barcelona de los días anteriores a la entrada de los franquistas victoriosos durante la guerra civil española. No es una novela histórica, no se usan las fechas para darle una pátina de interés que a la postre resulte banal o forzado o simplemente anecdótico u oportunista. Nada de eso: la historia tiene interés porque se desarrolla en una época difícil, en que imperan el hambre, el desconcierto, el dolor, el miedo, la repugnancia a lo que vendrá. Los derrotados tienen voz en esta novela y su voz interesa. Jordi Sierra i Fabra posee el talento, el pulso, el valor, la sinceridad necesarios para construir un libro que casi hasta el final triunfa y se percibe pleno, cuajado, y va dejando un sabor a gran novela, hasta que llegamos a la resolución de la trama, al lado de atrás, a lo oculto, a lo que no hemos visto pero ha dado origen a la novela, y entonces todo se viene incomprensiblemente abajo, como un castillo de naipes: una adolescente toma la palabra y filosofa, encadena frases cultas y de una profundidad que jamás un personaje como ese -a no ser que se nos explique cómo puede haber llegado en medio de la miseria a poseer una capacidad, una aptitud de narrador tan avezado y tan preparado- podría elaborar, decir en un diálogo en el que no debería salirle apenas la voz, pues acaba de escapar de una muerte segura y el miedo tendría que trabarle la lengua, no dotársela de una sapiencia absolutamente irreal. Todo se tuerce a partir de este instante: la resolución del caso es tópica y facilona, con unos malos malísimos y unos buenos honrados y nobles, estos muy de izquierdas y aquellos muy de derechas: campea a sus anchas una ingenuidad inesperada en el buen hacer de un veterano escritor como Sierra i Fabra, el ajuste de cuentas es torpe e intrascendente, está lleno de costurones y de una frontalidad fatal e inocua. Sierra i Fabra acaba de prisa su novela, tira por la borda los logros mencionados en las tres anteriores entradas aparecidas en este blog y le habla a un público que busca sentencias, que busca oír lo que ya sabe, que sólo quiere que le reafirmen en sus ideas. Ya digo: una torpeza grande, demasiado grande, que tira gran parte de los méritos del libro por la borda. Pues si bien el que esto suscribe piensa en muchos aspectos como Sierra i Fabra, si bien deplora la cara que sigue presentándose de nuestra guerra civil y la consiguiente posguerra, aún pacata, cuando no manipulada, recortada por la voz de los vencedores, también cree que una novela precisa de mucho más que de malos y buenos para hacer pensar, para hacer recapacitar, pues no basta con mostrar de manera simplista -es el mayor error de tantas novelas negras que acaban siendo fallidas-, con señalar y con gritar de dolor y de pena. Las novelas negras que nos hacen cuestionarnos el mundo no lo ven todo en puro blanco y en crudo negro. Ha pasado el tiempo de novelas de este tipo. Si los malos son señalados como malos pero no se les ve desde dentro; si no se ven sus almas, sus contradicciones, sus ruindades y también sus momentos de ternura, de amistad y de amor, de los que son muy capaces, -¿quién es enteramente un ser despreciable, abominable, quién sobrevive sin acariciar nunca, sin amar jamás?-, pues muchas veces una mano calla lo que la otra hace, nos quedaremos en los estereotipos, los disparos de sal, y no sabremos más del ser humano. Seremos como esos políticos que se señalan unos a otros y se dicen Y tú más, Y tú peor. Con eso ya no basta.

Jordi Sierra i Fabra: Cuatro días de enero (3). Asalto del almacén lleno de comida

Son las mejores páginas de este libro. El inspector camina por las calles de una desolada, famélica ciudad que ya no puede más y decide arriesgar la vida para escapar de la muerte por hambre. Presencia el inspector cómo una multitud de hambrientos decide asaltar un almacén donde se guardan alimentos que se le va dando en cuentagotas a la ciudadanía. Cómo el soldado que custodia el lugar se opone primero y cede después, cómo se lanza la muchedumbre al interior del almacén para coger cuanto pueda, cómo mueren en la avalancha varias personas, entre ellas un niño, cómo salen furiosas y locas y dispuestas a matar para defender lo conseguido las personas del almacén, cómo huyen ciegas: todo lo contempla estupefacto y también desfallecido de hambre el inspector.
Son las mejores páginas de esta novela que, como las más destacadas del género negro, albergan mucho más que un caso policial y unas pesquisas con un culpable al fondo en su interior. Sierra i Fabra narra con su estilo ágil, barojiano, dando muchos detalles interesantes y emocionándonos a la manera de un Blasco Ibáñez, sin omitir detalles dolorosos pero necesarios para comprender y ver claramente el tapiz plantado ante los ojos de unos lectores a los que les resulta lejana la guerra civil española pero nunca debe de resultarles lejanos el dolor, la desesperación humana, el crujido del hambre y de la injusticia. Son páginas valiosas, que confirman que el novelista fiel y riguroso siempre nos permite acercarnos mejor al pasado que el frío historiador que sólo emite datos y fechas y lugares. Son páginas valiosas que no se olvidan fácilmente.

Jordi Sierra i Fabra: Cuatro días de enero (2). La guerra y los muchachos

Aunque no vivió esos cuatro días de enero históricos en que Barcelona se quedó sin gobierno y a la espera de que las tropas invasoras, franquistas, se adueñaran de ella, alguien que sí los vivió ha destacado que la recreación que de aquel tiempo y aquel lugar que hace Sierra i Fabra en su novela es tan exacta como si hubiera estado allí. Lo afirma Francisco González Ledesma. Nada que discutir, pues, sobre el conseguido realismo de la novela. Que es ante todo una novela negra. Pero que no gasta todas sus fuerzas en tirar de nosotros para llevarnos por la senda desnuda de las investigaciones y los asesinatos, algo que para un escritor como el que nos ocupa sería demasiado fácil. Las caracterizaciones de los personajes no se deja de lado: cuando el inspector da con un muchacho que ha sido medio novio de la chica desaparecida, éste se halla encerrado en un cuarto para evitar que corra a alistarse y a morir en una batalla que está perdida. El diálogo que mantiene el joven con el inspector me parece magnífico, tan lleno de información efectiva y de vida que uno tiene el inmediato impulso de pararse a releer. El inspector, cansado y sabedor de que sus días están contados, apoya a la madre del muchacho y, mientras lo interroga para conseguir información sobre la muchacha desaparecida, intenta quitarle de la cabeza la idea de alistarse, pues la guerra está perdida. Este encuentro entre alguien que ya se siente vencido y alguien que quiere dar su vida si es preciso para seguir defendiendo a los suyos, la democracia, su ciudad, es obra de una mano experimentada y resulta memorable.

Jordi Sierra i Fabra: Cuatro días de enero




El planteamiento de la novela es magnífico: un inspector de policía de una Barcelona atemorizada por la pronta llegada de los conquistadores fascistas que conserva una pistola cargada sólo con dos balas y que no huye de la ciudad aun sabiendo que lo matarán los de Franco porque tiene a su mujer enferma, en la comisaría vacía recibe la petición de una exprostituta para que encuentre a su hija de quince años. Con el eco de los bombardeos en los oídos, con la sensación de derrota y apremio en el cuerpo, consciente de que sus días están más que contados, el inspector republicano acepta y empieza a hacer averiguaciones en un momento en que nadie está para el otro, en que la tragedia vuelve sordo e insensible a lo ajeno a todo el mundo, menos a los que ya no tienen miedo a morir ni a perder lo poco que les queda. Jordi Sierra i Fabra atrapa al lector de inmediato porque no miente con una novela falsamente histórica ni oportunista, porque cuenta involucrándose y recuperando momentos de nuestra historia reciente no como un avispado visitante de los tiempos pasados sino como un escritor preocupado, y así sentimos que la trama de la novela no es un homenaje ni un remedo y que estamos ante una novela pura, con personajes vivos y un escenario que vivirá por siempre en sus páginas.

Ross Macdonald: El escalofrío




Ningún autor de novela negra ha llegado a mostrar la profundidad psicológica de Ross Macdonald en la creación de personajes ni ha alcanzado la la perfecta simetría de las historias de este maestro estadounidense. Macdonald es el mejor escritor de novela negra porque en sus obras la literatura es la primera exigencia, la literatura de calidad, que se presenta a través de una prosa impresionista y bellísima, llena de imágenes lúcidas, poéticas, sensibles e imperecederas. El conjunto de novelas dedicado al personaje de Lew Archer es superior al de Chandler y Marlowe, que cuenta con una obra maestra y varias menores y una incluso bastante menor, mientras que el ciclo Archer no presenta ninguna caída y dos o tres obras de altísima calidad. Chandler alzó una obra maestra y alrededor varias de entidad menor que constituyeron el camino para llegar a la cumbre y también una pendiente de bajada abrupta. Macdonald, a quien vituperó Chandler acosado por los celos profesionales, legó un conjunto que invita a la lectura continuada y a apreciar un cuadro amplio de la vida californiana del pasado siglo centrada ante todo en las familias y sus secretos, en el amor destructivo y en los hijos con mala suerte. 
El escalofrío es una novela con una gran carga psicológica, que hunde sus raíces en el psicoanálisis sin máscaras ni subterfugios. Archer va dejando de lado las armas de fuego y los puños para afilar sus preguntas, indagar con su mente y su presencia invitadora y su paciencia y su deseo de saber qué motiva a querer y a odiar. Sus inquietudes son universales, sus procedimientos no tanto: la búsqueda de la verdad le expone al dolor ajeno, al padecimiento fuerte y concluyente de algunos que atesoran secretos y miedos a partes iguales, que lo manchan con sus dudas y sus actos no siempre perdonables. Archer, a diferencia del terapeuta, entra en las aguas del sufrimiento de quien habla y se expone ante sus ojos, Archer se compadece y toma un camino u otro porque apuesta por devolverle a alguien su buen nombre, porque le duelen las mentiras que dañan a los inocentes. Y, como no es un héroe, no siente que al caer el último velo ha triunfado: cada caso que se cierra es un nuevo mazazo, más leña en la hoguera de los odios y las insidias, las asechanzas y la crueldad humana. Archer, personaje que tanto le debe a la tragedia griega, cuando acusa sabe que una parte de sí mismo también está siendo expuesta y sacrificada, porque todos somos lo mismo aunque no hagamos lo mismo, aunque no nos condenemos sino individualmente por culpa de nuestros errores individuales. 
Novela de amor, de loco amor, novela de apasionado amor, de destructivo amor, novela que sin el amor no se entendería, El escalofrío es una novela que no tiende trampas, que no encierra misterios que se develan al encontrar un plano misterioso o tras adentrarse en pasadizos ocultos, no tiene personajes antisistema ni fragmentos fantásticos, no puede aparecer como rabiosamente actual porque fue escrita para ser sincera, sin añagazas ni pinceladas interesadamente bañadas con la pátina de la actualidad, y constituye una apuesta por una verdad enteramente humana y a ella fía todo su valor como creación, algo que en otra época tanto hacía escribir a los críticos y a los estudiosos. Quizá por eso tiene tanta pinta de ser eterna.


Frases de la novela:


Me conmovió su belleza ligeramente huraña. 

Su voz tenía un campanilleo administrativo y sus modales mostraban la pesada desenvoltura de un político, que oscila entre la amenaza y la lisonja. 

Estaba en esa edad en que todas las cosas hieren. 

Sus grandes ojos deshonestos que trataban de ser honestos. 

(Traducción de Adriana T. Bó)

Stilo Gráfico : Detective privado

Escuché esta canción en la radio hace muchos años, gracias a un excelente disc jockey de Almería, que la pinchaba de vez en cuando. Nunca conseguí el disco, pero la grabé en una cinta que he conservado junto a novelas y muchos cedés en los obligados cambios de casa. Hubo otra versión, de la Orquesta Platería, inferior a la original. Cuenta con una letra muy acertada y muy realista, desenfadada y muy inspirada, y un ritmo pegadizo, sencillo y efectivo. A menudo me pregunto qué novela negra podría ser la pariente más cercana de esta inolvidable y poco conocida canción, si habrá alguna tan desmitificadora y exacta en la descripción del mundo real del detective privado. Escuchadla, por favor. Sigue tan viva como cuando salió, en 1985.