Miguel Mena: Todas las miradas del mundo




   Miguel Mena nos trae de nuevo al inspector Mainar, que protagonizó la excelente Días de tregua, una de las mejores novelas negras escritas en nuestro país, y de la que hablé aquí. Es una gran noticia.

José Abad: El vampiro en el espejo




    Muy pronto, el libro de este gran escritor granadino estará en las librerías. Será, seguro, una obra de referencia.

Nicolas Freeling: ¿Por qué suenan las cornetas? (1). Autorrespeto




   Supongo que a todos nos pasa: leemos a determinados escritores como si les oyéramos, nos resultan cercanos, tanto que parece que estamos con el libro y el autor al mismo tiempo, en el cuarto elegido para nuestros ratos de lectura, tan acompañados que parece absolutamente real. Con estos escritores el tiempo transcurre deprisa y sin agobio, sin desesperación, y nos sentimos como cuando se cumple un deseo: todo es memorable y ensancha los cauces por los que se mueve nuestra vida. Así, leer no es ya tan sólo un acto placentero y mágico -saber de otra gente, inventada, de otros lugares, inventados, de otras historias, inventadas, y todo resultándonos tan cierto como la existencia que vemos latir en nuestras manos y sentimos en nuestro pecho, en nuestra piel -, sino además un acto justo: nos merecemos haber encontrado a este autor, nos merecemos leerle, nos merecemos ser felices con esas páginas ante nuestros ojos: una recompensa. Freeling es, para mí, uno de esos autores que escriben con tanto acierto para lo que reclama mi sensibilidad lectora que, al cerrar la novela para salir con mi mujer a dar un paseo o para hacer la comida o para dormir, me siento satisfecho, compensado, hasta diría que -es una hipérbole, pero bueno- me siento justificado -porque a ratos parece que hasta el vivir ha de justificarlo uno: exceso de exigencia, de confirmación de lo vivido -, me siento también a gusto como lector, como ser pensante. En esta novela llego a ese punto pronto, en la página 33, y entonces me paro y escribo esto. Un inspector de finanzas, un hombre importante, telefonea a la comisaría y pide que la policía vaya de inmediato a su casa. Ha matado a su mujer y a su hija, también a un pintor, mientras estaban haciendo lo que sus desnudeces claramente indican. El encargado del caso, Henri Castang -personaje habitual en una serie de novelas de Freeling-, le interroga con tacto y prudencia y hábilmente se nos muestran sus pensamientos mientras escribe a máquina transcribiendo las declaraciones del autoinculpado. Hay una gran sensibilidad, una hondura admirable en la narración, y uno siente que Freeling no le da gato por liebre, no se apresura ni nos fascina con artes bajas, sino que medita conforme va contando la historia y deja lugar para que percibamos sus meditaciones y a la vez surjan y se expresen por sí mismas las nuestras. (Freeling trata al lector como a un ser adulto, ya que para lectores adultos escribe sus novelas.Y no es ésta una afirmación baladí: podéis recordar cuántas novelas habéis dejado de leer porque el autor os tomaba el pelo, se pasaba de listo o no había sido capaz de esconder las costuras). Así, en el momento en que van a meter al detenido en una celda, este gran novelista inglés escribe: La Touche miró con indiferencia los dibujos pintados en las paredes; ni siquiera arrugó la nariz por el olor a sopa de col rancia, desinfectante y suciedad impregnada, que contribuían poco al autorrespeto del detenido. Una caracterización, una percepción de las cosas, una manera de contar que me admira y me parece sumamente adecuada y plena. Como si el autor de verdad sintiera su novela, sintiera lo que escribe, lo que dice. Y me parece estar leyendo una página más del gran Dostoievski, llena de realidad y atino, y sigo leyendo con la plena atención que le dedico a quien me cuenta algo esencial y verdadero que él mismo ha vivido o presenciado.

Giorgio Scerbanenco: "Venus privada" (y 4)

 Venus privada me parece una novela muy superior a la mayor parte de las que se publican actualmente en España. Resiste el paso del tiempo porque hay en ella personajes -Duca Lamberti es uno de esos que se vuelven inolvidables, imprescindibles para el buen aficionado-, porque la acción nunca rebasa el límite lógico en una novela que lleva dentro muchas ideas además de ser policíaca, porque Giorgio Scerbanenco es sin duda unos de los mejores autores que han visitado el género negro. En Venus privada hay escenas que el cine repitió incansablemente mucho después: interrogatorios salvajes, una mujer como cebo, víctimas que aparentemente sólo al azar y a la desgracia personal deben su situación definitiva. El género tiene estas cosas: lo que hoy es innovador, mañana ha sido tan repetido que puede cansar y aburrir. No ocurre eso aquí, en estas páginas escritas por una mano cómplice y con un estilo lleno de aciertos creativos, porque nos importan los personajes, que nos hablan con cercanía, porque la intriga es policíaca pero también humana a la vez, porque no hay buenos corriendo detrás de los evidentes malos, sino hombres y mujeres involucrados en unas circunstancias que ponen a prueba su concepción del mundo. Duca Lamberti sale de la cárcel tras cumplir una condena impuesta y sellada con el epígrafe: Eutanasia. El muchacho al que cuida e intenta que deje de beber guarda un secreto que le invita a suicidarse: no fue bueno con una mujer. La profesora que se arriesga a morir intentado ayudar a esclarecer dos asesinatos lo hace porque se siente fría, pero también por fidelidad y por compasión. Son personajes que están en esta novela pero que podrían aparecer en otra que no fuera negra, que podría ser sentimental o psicológica: uno de los grandes méritos de Scerbanenco, padre del giallo, que luchó por ser reconocido como escritor y cuando al fin lo logró no tuvo demasiado tiempo para disfrutarlo porque la muerte no quiso esperar y concederle más años y más escritos y más novelas memorables. Una pena: nos privó de muchos momentos cargados de lecturas que no se agotan en sí mismas, que son puertas y fuentes y felices estancias en un lugar al que uno desea volver pronto.

Lorenzo Silva: La marca del meridiano




Se conforma Lorenzo Silva. No es extraño que el autor de una serie detectivesca protagonizada por unos personajes fijos tienda al conformismo y a la repetición, pues el escritor, como cualquier hombre, se siente cómodo en los espacios conocidos y con la gente con la que mantiene un trato habitual. Pero no puedo dejar de reprochárselo pues, a diferencia de otros autores que cultivan el género, Lorenzo Silva es un gran escritor. La marca del meridiano empieza bien, pero promete más de lo que finalmente acaba por dar. Es la historia de un guardia civil que cruzó el límite y que paga por haberlo traspasado muriendo cruelmente a manos de unos asesinos despiadados. La aparición del cadáver y la resolución del caso son impactantes y exagerados, se contradicen con el tono realista y a ratos inteligentemente costumbrista que es el sello de la casa. La investigación tiene su interés, pero se desinfla progresivamente, y más cuando aparece un elemento resolutivo que no está desde el principio y aboca la narración a una rememoración superficial de un pasado y una relación amorosa que ni conmueve ni es mostrada con acierto para que se vea su verdadera importancia, su trascendencia en la vida del brigada Bevilacqua, un personaje muy bien creado, ya mítico, amante de lo militar y defensor de lo mismo con un énfasis contradictorio pero muy agudo y volcado quizá en exceso en sus propias emociones y en su mirada al mundo, lo que acaso nos priva de saber más de otros personajes, como Chamorro. Esto se advierte también en los diálogos, dotados de buen humor e inventiva pero que suenan en ocasiones a dichos por el mismo personaje. Creo que Silva carga esta novela de demasiados guiños culturales -canciones, series de televisión, películas- y acerca la historia, sorprendentemente, a un producto prefabricado, endeble puesto al lado de otros logros del mismo autor. 

Giorgio Scerbanenco: Venus privada (3). Amar a la muerta, matar al culpable

Duca Lamberti se da cuenta de que la amargura que ha llevado al muchacho a convertirse en un alcohólico tiene una causa noble detrás: el amor. Como no ayudó a la chica, que le propuso pasar con él una temporada fuera de Milán, pese a que acababan de conocerse, la imagen de ella quedó enterrada en su interior y poco a poco ha ido creciendo hasta que él ha acabado por idealizarla, idolatrarla, y ahora vive con el arrepentimiento en cada uno de sus gestos y de sus pensamientos. La quiere, la ama. Ha acabado por querer y por amar a una muerta, que no está, a la que no tuvo oportunidad de conocer y apenas trató unas horas. No importa: la ama y la amargura le impide vivir, seguir viviendo con normalidad, porque si amas a una muerta puede decirse que, de alguna manera, también tú estás muerto. Duca se da cuenta y entonces, para hacerle reaccionar, le propone que siga vivo, que logre dejar la bebida y, cuando encuentren al culpable, le dejará que lo mate con sus propias manos. Sabe que tiene que hacerlo reaccionar y que sólo  una propuesta brutal servirá para que el muchacho reaccione, recupere algún interés por seguir viviendo. El muchacho, dos metros de ser humano dolido y encerrado en su dolor, tiene una primera reacción, nueva: se echa a llorar.

Giorgio Scerbanenco: Venus privada (2). La culpa y el experimento de prostitución

El hombre bueno, noble, que sufre es porque se siente culpable. Eso le ocurre al muchacho alcoholizado. Duca Lamberti descubre por qué, y a partir de ese momento, como hay una muerte de por medio, la de una chica a la que el muchacho trató brevemente algún tiempo atrás, interviene la policía. Pero Duca colabora y hasta consigue ser parte importante en la indagación. Y mientras el muchacho intenta dejar de beber, intenta superar el peso del remordimiento, de la culpabilidad que lo agobia gravemente porque se reprocha no haber ayudado a la muerta cuando tuvo la oportunidad, Duca investiga, junto a un policía, y conoce a una mujer que le cuenta una historia curiosa, que revela y define la hondura psicológica y creativa de Scerbanenco: un experimento de prostitución. Leer estas páginas es asistir a algo nuevo, es andar por lo que podríamos llamar El territorio Scerbanenco, en el que los lados más oscuros y singulares de la personalidad humana se muestran sin ambages y de la manera más natural y creíble que podamos imaginar. Una joven que es frígida, lectora apasionada de Pareto, decide a los dieciséis años tener una experiencia en el mundo de la prostitución. Pero tarda siete años en decidirse, en dar un paso adelante, en aceptar que un desconocido le proponga un lugar, un acto o postura y un pago. Son tres o cuatro páginas memorables, de las que engrandecen a un autor. Y concluyen con estas palabras de la mujer: "Lo que más me impresionó fue la brevedad de la cosa - se había puesto seria-. Incluso después, siempre que he repetido estas experiencias, no he llegado nunca a comprender esa brevedad. Creo que requiere más tiempo pesarse con cierta precisión en la báscula de la farmacia. Y en un hecho tan breve, casi fulminante, se basan los cuatro quintos de nuestra existencia. Escribí muchos apuntes sobre aquella primera experiencia..."

Giorgio Scerbanenco: Venus privada (1). Intensidad




   Las novelas no tienen por qué obedecer a un guión prefijado, pueden nacer libres y seguir haciéndose libres, con un argumento medio pensado que luego sufre cambios, toma derroteros inesperados. Las novelas negras no han de obedecer al patrón marcado a fuego que tantos autores llevan en la mente y les impide aportar algo nuevo. Detesto el empecinamiento en basar la novela negra en un muerto y una investigación. Es demasiado cómodo, demasiado repetitivo. Venus privada es una novela insustituible, absolutamente necesaria en la biblioteca del que ama a este querido género tan poco respetado y visto siempre como si acabara de inventarse, motivo por el cual nos encontramos demasiado a menudo con que autores que triunfan en la actualidad son considerados grandes maestros y se olvida a los que verdaderamente lo son, como Giorgio Scerbanenco, que además habló de temas aún vigentes, aún inquietantes, aún sin respuesta definitiva (y para los que acaso nunca la haya, porque los problemas humanos difícilmente hallarán una solución que contente a todo el mundo). 
   Venus privada es la historia de un médico que sale de la cárcel tras haber estado encerrado por acceder a ponerle una última inyección a una enferma terminal que padecía grandes dolores. Eutanasia. Contratado por un padre desesperado que no consigue apartar a su hijo de la bebida, Duca Lamberti, el ex médico, hace a partir de entonces de guardaespaldas, niñera, padre, profesor, educador del joven, que tiene 22 años y un secreto que lo empuja a suicidarse, cortándose las venas con unas tijeras, la primera noche que Duca pasa a su lado. Bueno, éste es el territorio de la trama. En el del estilo, Scerbanenco narra en tercera persona con una intensidad alta y medida con la que consigue que en las primeras 44 páginas sólo haya tres personajes -qué bien definidos, qué fácil es verlos- sin que nos cansemos, sin que echemos de menos algunos tiros, la investigación sobre un asesinato. Scerbanenco trabaja con historias humanas y con una narración en la que nada es forzado, en la que nada sobra, y en la que parecen latir verdades que afectan a todos los lectores, temas que a todos pueden preocuparnos alguna vez. Se trata de una literatura comprometida en varios sentidos, respetuosa con el lector adulto, indagadora de nuevos caminos dentro de la novela negra. Scerbanenco es de los que se atrevió a dar un paso adelante.

John Le Carré: La gente de Smiley

 


   Un hombre busca a su enemigo más antiguo, a quien le destrozó la vida y, pese a eso, ha dado sentido a su labor al frente del servicio secreto británico durante muchos años. Smiley busca a Karla, el que manda en los espías soviéticos, desde que un día lo conoció, lo tuvo a su alcance y lo dejó escapar. Cada uno alza mentiras, dirige a hombres, da órdenes a un lado y al otro del telón de acero para defender una manera de entender la libertad y el poder, una idea de civilización. Son dos hombres que no se parecen, que no se valen de los mismos métodos, que se combaten ciegamente, obsesivamente. Hasta que uno de los dos caiga. 
   John Le Carré y Ross Macdonald son los dos grandes estilistas de la novela criminal. En La gente de Smiley encontramos a Le Carré en uno de sus mejores momentos creativos. La novela está escrita en estado de gracia, y en ella podemos encontrar párrafos y frases para releer una y mil veces. El escritor maduro halla su materia, la domina y crea con confianza y sabiduría. Y, ante todo, con algo parecido al amor, a un sentimiento limpio que está en todas las líneas de todo el libro, resplandeciente, vibrante, como una sonrisa sincera y afectuosa: el milagro ocasional de quien hace justo lo que tenía que hacer y lo siente, lo sabe, lo disfruta. Porque La gente de Smiley es un placer para el lector, para cualquier tipo de lector que lee despacio y asimilando sin prisas, que vuelve una páginas atrás para paladear de nuevo el hallazgo de un adjetivo inusual junto a un sustantivo conocido o una meditación de un narrador de tercera persona cálido y humano, tan humano como todos sus personajes. 
   La economía de medios en el despliegue de la trama resulta admirable en esta admirable novela. Le Carré no desperdicia el tiempo del lector planteándole trampas innecesarias, no lo lleva por vericuetos imposibles y antinaturales. Centra su acción en mostrarnos a un viejo espía gordo, que actúa con prudencia y es viejo y está ya fuera del servicio activo pero vuelve a trabajar cuando se produce el asesinato de uno de sus antiguos agentes. Involucrado casi más sentimentalmente que por otro motivo en las averiguaciones subsiguientes, vislumbra la posibilidad de llegar hasta el mayor enemigo de su país, de Occidente, y se pone en marcha. Pausado, astuto, calculándolo todo milimétricamente, obviando la violencia aunque acercándose con sus métodos cada vez más a los usados por su viejo enemigo, que tanto aborrece, Smiley no se altera mientras avanza hacia el momento más esperado de toda su vida, se recrimina a sí mismo en silencio, duda de él y de quienes están con él, habla poco y espera. Y no deja de dar pasos en la única dirección que marcan los acontecimientos. Y así Le Carré expone ante el lector a un personaje complejo, creíble, único, inimitable, mediante un narrador en tercera que no teme cederle la palabra a medio párrafo, que transcribe fielmente sus pensamientos, que no es  sólo una voz de timbre único, sino varias voces que integran, explicitan, se acercan a la implosión controlada y nunca abandonan uno de los tonos más auténticamente pausados y nunca pesarosos que este lector ha enfrentado en su larga existencia ante los libros. Y así Le Carré eleva la novela de espías a arte de primera magnitud con su pulso de orfebre, a literatura de alta calidad, e inscribe La gente de Smiley en la nómina de las imprescindibles del género y de la época. Pues es una novela que está muy por encima de las escritas por casi todos los que están en el género negro y, como obra maestra que es, se codea sin ningún rubor con las mejores de los más destacados autores, más laureados autores vivos.

Defensa y seguridad

 


   Defensa y seguridad (defensayseguridad.blogspot.com.es) es un blog que he creado para hablar de temas referidos a la seguridad informática. Podéis visitarlo aquí.

Andrea Camilleri: Sostiene Pessoa


Es un relato que está incluido en el libro "La nochevieja de Montalbano" y que cuenta la historia de un viejo analfabeto que compone poemas y de su hijo Giacomo, integrante de la mafia. El padre nunca ha hecho caso de las habladurías y el hijo nunca le ha contado que es un asesino. Cuando asesinan al hijo y el padre desaparece, Montalbano intenta resolver el caso siguiendo algunos buenos consejos leídos en un libro. Lo más interesante es que en el relato se habla del honor, del amor de un padre por un hijo, de la muerte y de la justicia que está más allá de la justicia terrenal -aunque no en los cielos- en un tono melancólico, a la par que humorístico, con sabor a clásico del siglo XIX, con intención de divertir y formar a la vez, sin sermones pero sin soslayar el tono moral, que cuando está en manos de un buen escritor sirve para bien definir algunos comportamientos humanos. Es un relato corto pero muy valioso.

Dación en pago

La semana pasada se suicidó un hombre del barrio en el que vivo que no podía pagar la hipoteca. En Valencia, otro se arrojó al vacío. 
Las personas están antes que las cosas. Las personas no somos cosas. 
Es urgente que se cambien las leyes y que quien no pueda pagar simplemente entregue su piso y consiga el perdón de la deuda. Y estudiar el reajuste del importe de las hipotecas a la realidad del momento para sigan pagando los que aún tienen trabajo e ingresos. 
El futuro nos juzgará. 

Miguel Ángel Muñoz: La canción de Brenda Lee

Aparece este libro que deparará muy buenas críticas y altas valoraciones de nuevo a su autor, uno de los mejores escritores en activo de nuestro país, experto en la poética y la historia del relato y autor de un libro imprescindible: La familia del aire



Giorgio Scerbanenco: Traidores a todos




No pueden leerse las novelas de Giorgio Scerbanenco protagonizadas por Duca Lamberti sin sentir emoción, porque fueron concebidas por un moralista que no renunció a creer en los personajes ni en las personas. Detestaba el autor profundamente al delincuente zafio, vulgar, traidor a todo, pero era capaz de sentir compasión por el asesino que va de frente, que cumple un cometido atendiendo a los dictados de su razón, a una idea pura. De estas premisas nace Traidores a todos, una excelente novela negra que ningún  lector al que le interese el género puede ni debe saltarse ni orillar. Y es que, después de lo dicho por los maestros Chandler, Hammett y Macdonald, poco espacio quedaba para contar casos criminales con nuevas formas y con otras palabras. Sólo unos pocos -muy pocos, poquísimos- han logrado salirse de los caminos trillados y ofrecer algo nuevo, algo personal. Uno de los pocos fue Scerbanenco, mal entendido por el uso a veces tremendo de la violencia en algunas de sus páginas, por la apariencia sórdida de sus historias, por los pasajes desagradables y por  la dureza de su pensamiento -o el de Duca Lamberti-. Incluso se le ha tachado de conservador, y no veo yo en sus historias detalles completos que corroboren afirmaciones parciales. Hay elementos que han envejecido mal, hay riesgos que no se han solventado con todo el acierto esperable, pero no podemos olvidarnos de que estamos ante un autor que -como tan bien define el escritor José Abad, traductor además de uno de sus libros, Matar por amor -se entrega a la rabia y a la visceralidad porque es un escritor impulsivo, apasionado. Pero nunca injusto, arbitrario, nunca falto de explicación. Esto lo convierte en un autor esencial, imprescindible, con libros de lectura adictiva y potenciadora: un autor que anima a leer, a seguir leyendo, a seguir creyendo en el valor de la escritura literaria. No, nunca lo consideraremos a la altura de un Chandler, pero no lo necesita Scerbanenco: es uno de esos que estando en la segunda fila tienen más que decir que algunos -muchos- grandes maestros que no incentivan, no crean más lectores. Y no hablo sólo de los cultivadores de la novela negra. 
En Traidores a todos está lo mejor de Scerbanenco: el deseo de contar una historia mediante la elegía, la pura ambición de contarlo todo pero con pausa, aunque también con furia: el narrador, de tercera persona, utiliza a menudo el estilo indirecto libre y nos obliga a oír directamente a Duca, lo que piensa y le molesta, lo que lo reconcome y lo enfada, lo que lo corroe mientras trata con delincuentes que no dudan en matar cruelmente solo por dinero y poder. Duca maltrata a algún detenido, desea aplastar a otro, retorcerle el cuello a alguno más. Su ira nos llega intacta, plena, porque el narrador no censura, porque el narrador está muy cerca de él: en ocasiones ya no se sabe quién habla, y es posible que esto lleve a creer que Scerbanenco es Duca Lamberti, y se confunde al mensajero con el mensaje, argucia de viejo escritor en lo mejor de su carrera y en la mejor verdad de su carrera. Así lo prueba el primer final y, sobre todo, el segundo final de esta memorable novela, que encierra dos historias de poder y corrupción, de infamia y castigo, de muerte y traición y venganza impostergable. El lector de mirada limpia sentirá emoción, como decía al principio, y comprenderá y juzgará más tarde. Son los sucesos pero es la voz, nos dice Scerbanenco, son los sucesos pero es la emoción y la moral amplia y desgarrada, desgarradora: porque detrás de todas las palabras hay algo que nos iguala, nos arrastra hacia lo auténtico y lo esencial, lo que es de todos y a nadie ni nada traiciona. 

La jungla de asfalto, de John Huston




Hay un momento en esta intensa película en que Sterling Hayden, que realiza una soberbia interpretación, sostiene el revólver que siempre lleva encima de una manera que le hace ver al espectador que es un arma, un objeto pesado y mortal, solo sopesándolo, teniéndolo en su mano con cuidado y atención pero también con una familiaridad que evidencia su uso y su aprecio tan a las claras que uno sigue sus movimientos fijamente y comprende que está ante una cuidada puesta en escena y una dirección de actores absolutamente ejemplar, ante una obra irrepetible. 
Y elijo esa escena, ese detalle aparentemente menor -ya que Hayden ni siquiera está ocupando el primer plano- como entrada a una película que no tengo dudas de que es una de las grandes de la historia del cine: de las más grandes. Tanto por su realización excepcional como por su guión milimétrico, realista y a la vez muy simbólico, así como por la elección de los actores, que actúan con una vigorosa convicción, persuadidos de que se hallan dando vida a unos personajes memorables.  La jungla de asfalto, con tanto realismo del bueno, exhibe una concepción creativa que de forma abrumadora y satisfactoria apuesta por el sentido profundo de la narración de ficción y la creación razonada e historizada de personajes. Y si la recuperamos en una época como esta, saturada de mentiras en la verdad y en las pantallas, en lo vivido y en lo imaginado, en lo público y en lo privado, nos servirá doblemente pues la revisión de este clásico impagable y la degustación de todas sus escenas, una por una, nos entretendrá y nos fascinará tanto como si de un libro maravilloso se tratara y de paso nos acercará a meditaciones que nunca están de más, que nunca deben abandonarnos. 

Lawrence Block: Tiempo para crear, tiempo para matar




Las novelas de Lawrence Block que tienen como protagonista a Matt Scudder, ex policía y alcohólico no siempre contenido, son de las mejores que ha dado el género porque en ellas el gran autor estadounidense conjuga a la perfección la novela de detectives con la novela moral, algo que está en la base del género y que desde Hammett, Chandler y Macdonald no puede soslayarse. Pero no es jamás moralista Block ni se enreda con la moralina, como les ha ocurrido a tantos otros superficiales autores del género negro que confunden la literatura con el sermón y la prédica ortodoxa, ramplona y demagoga. Al contrario: la mirada de Scudder, narrador además de esta serie de novelas, tolera más de una moralidad. Quizá por eso no puede extrañar que esta historia comience con Scudder buscando al asesino de un chantajista amigo suyo, que extorsionaba a tres personas a las que les sacaba dinero a cambio de su silencio. A Scudder no le gusta el asesinato, no le gusta que se asesine a nadie. Aunque la víctima sea un tipo de baja estofa. Porque todo el mundo tiene pecados que purgar. 
Scudder entrega a las iglesias que encuentra a su paso el diez por ciento de sus ingresos profesionales, pero no es practicante de ninguna religión. Scudder vive en un hotel, carga con algunas culpas, pero las ahoga en alcohol. Scudder ama brevemente a algunas mujeres y no pierde la cabeza por ninguna de ellas, como ellas tampoco la pierden por él. Scudder está separado, quiere a sus hijos, pero no siempre tiene ganas de verlos. Es un solitario, pero no un resentido; es un bebedor, pero no un chalado; es un pobre, pero no un indigente; es un tipo leal y entiende el mal propio y el ajeno, sabe mirar con pausa y con calma donde cada cual guarda su porción de rabia y frustración; y, lo que es más importante, sabe perdonar. Todo, menos el asesinato. 
Tiempo para crear, tiempo para matar es una novela breve, acertadamente recuperada hace poco por RBA, en la que la investigación parte de un delito para ir pisando por encima de un montón de delitos que desembocan en más delitos. Quien oculta y calla es capaz a veces de defender sus secretos incluso matando. Y eso no le gusta a Scudder, que serena, desapasionadamente va exponiéndose como siguiente víctima para que se delate quien mató a su amigo. Conversa con los chantajeados, finge ser el continuador de la tarea una vez que su amigo ha muerto, y se las ve con una rica que fue actriz porno y lo oculta, con un futuro gobernador que sodomizaba a muchachos, con un padre que tapó el homicidio de su hija, quien atropelló con su coche a un niño y no paró para socorrerlo. Scudder no se acalora, no juzga ni piensa en hacerle pagar más que al que dañó a su amigo. Como digo, no se enreda en la moral facilona, arriesga perdonando a quien seguramente no lo merece, porque cree que todos nos equivocamos, y sigue adelante hasta separar al culpable e imponerle una particular condena que no es hija de la moral, de la asunción de ningún papel divino, sino un acto de responsabilidad inexcusable. 
Se habla mucho de James Cain, de Horace Mccoy, de Jim Thompson y de James Ellroy como poderosos escritores que desnudaron la moral sin miedo a mancharse en ríos procelosos, pero ninguno es tan buen escritor como Lawrence Block, ninguno ha tocado las arenas más fangosas con tanto estilo y tanta profundidad liberadora como Block, al que sin duda hay que considerar uno de los más grandes de la novela negra.