No a la reforma de las pensiones

No, porque equivale a más pobreza.
No, porque no se puede recortar a quien menos tiene.
No, porque solo se busca el hachazo, no nuevas medidas que ayuden a que los ingresos aumenten y se mantengan las actuales cuantías. 
No, porque la Seguridad Social no tiene por qué autofinanciarse. 
No, porque es un engaño en toda regla. 

Nicolas Freeling: ¿Por qué suenan las cornetas? (4). Policías y detenidos

   Cómo me espantan esos policías que acosan a los detenidos, que parecen saberlo todo, que piensan que el mundo es una mierda, todos sus habitantes unos infames, y que ellos, por pertenecer a un grupo cercano a la justicia, tienen derecho a mirar a todo el mundo de soslayo, como a presuntos. Ese nihilismo horrible, doloroso que ves en televisión -en cualquier serie de televisión, sobre todo las españolas: y jamás le piden luego perdón al presunto con el que se han equivocado- y que, exento de cualquier atisbo de humanidad, no es sino militarismo encubierto, exceso de celo, prepotencia, desconocimiento de verdades humanas profundas. No es de extrañar que a Freeling lo considerasen "el único autor del género que puede compararse a Simenon", claro que no: frente a los personajes de cartón piedra provenientes de la literatura negra estadounidense, con malos malísimos y buenos buenísimos (que, aunque cometan errores, como Harry el Sucio, lo hacen por el bien de todos: menuda monserga), debidos al empeño en la mímesis de muchos escritores que no quieren profundizar, que se limitan a contar siguiendo los dictados de la moda, las películas de acción y la sociología de salón, Nicolas Freeling no ofrece respuestas a todo, sino que inteligentemente plantea muchas preguntas y ofrece esbozos, caminos que pueden llevar a algunas respuestas que no existen sin la participación del lector (ay, aquello de lectores machos y hembras de Cortázar, y que no era una diferenciación de género): cuando el detenido porque ha asesinado a su esposa y a su hija y al amante de ambos se niega a colaborar durante el juicio, es Castang, el policía que lo detuvo, quien habla con él, quien le pide que se sincere, que le diga a qué se debe su actitud, quien le pide que sea coherente con su actitud de culpable declarado. Y la conversación es de las que emocionan, porque se percibe autenticidad, vemos a personajes llenos de vida, de vericuetos, de dudas, de insatisfacciones, hondamente humanos, tanto el policía como el asesino, y en esa grandeza narrativa Freeling señala un camino, se distancia de tantos otros y nos comunica una de sus verdades esenciales: el ser humano está solo, sus actos le definen, y en su búsqueda de la paz interior a veces comete gravísimos errores, como matar. Y se habla aquí de alienación, se habla aquí de seres humanos - y se podría hablar del mal visto y no del todo bien definido, de una crueldad que supongo que nace en el corazón humano y escapa a la comprensión humana, por lo que ciertos horrores sólo piden a veces que contestemos con más horror-, de heridos solitarios y de incomprendidos y de papeles sociales y de cómo, con tres crímenes a las espaldas, alguien es capaz de tener una conversación razonable y de hacerle caso a un policía que no acosa, que respeta, que sabe que la distancia entre el detenido y el policía no es tan abismal como parece, pues al fin y al cabo están en el mismo lugar, aunque,  por supuesto,  no en el mismo lado.

Eugenio Fuentes: Literatura del dolor, poética de la bondad

 


   Eugenio Fuentes y Lorenzo Silva son los dos mejores escritores de novela negra de nuestro país. El conjunto de la obra y la mejor prosa aventajan a Fuentes, que ahora además nos entrega un ensayo con un título muy sugerente y un contenido muy atractivo, en el que medita sobre la novela negra, la tragedia y algunos personajes esenciales del género. Como ya sabemos que en todo gran escritor hay también un atento lector, un apasionado lector, el libro estoy seguro de que no defraudará a ninguno de los habituales del autor y además le abrirá nuevas puertas al reconocimiento de público y crítica, que sin duda se merece y se ha ganado con su constante buen hacer. 

Fiódor M. Dostoievski: Los hermanos Karamázov




   Obra magna de Fiódor Mijáilovich Dostoievski, quizá la mejor obra de ficción jamás escrita, Los hermanos Karamázov es también una novela indispensable para el lector de novela negra, para el cultivador y el aprendiz, ya que una buena parte de ella está dedicada a un crimen y al juicio subsiguiente en que se valora la culpabilidad del presunto asesino. 
Son cuatro los hijos de Karamázov, cuatro que en muy poco se parecen pero que han nacido de un mismo hombre. Uno de ellos mata al padre y otro pensó matarlo, otro cree que lo mató, el último todo lo ve y todo lo comprende y todo lo perdona. El Dostoievski de más amplias miras aparece libre y completo en esta gran obra en la que hay espacio para las ideas más variadas y para el análisis más riguroso de una época y un país que pueda esperarse. Y, sin embargo, por encima de todo sobresale la lucidez del genio que apuesta por lo que no caducará nunca: el entendimiento entre los hombres, el deseo de ese entendimiento y del encuentro con quien seguramente nos creó. 
Pero diálogo, pluralidad no faltan en Los hermanos Karámazov, y  así encontramos la loa de Dios junto a la crítica más dura a la existencia del mismo -Si Dios no existe, todo está permitido-, la defensa del amor al prójimo junto al ensalzamiento de la individualidad cínica, el amor por el hogar junto a la podredumbre de las relaciones sociales. Dostoievski tenía ideas, pero no las impuso, y no vaciló en mostrar otras que estaban terriblemente alejadas de las que profesaba. Entendía muy bien qué es una novela, qué es una obra de ficción. 
Conmueve leer esta novela -o releerla, como es mi caso- en pleno siglo XXI. Si uno no se ha atrincherado en sus convicciones más profundas, si uno aún no ha renunciado a aprender de los demás, ni ha hundido en la nada su capacidad de sorpresa, no le resulta difícil reconocer que personajes como Aliosha e Iván Karamázov están tan bien hechos y presentados que pueden emocionar mientras se siguen sus historias. El puro y amante de todo lo vivo que es Aliosha, protagonista principal del libro, constituye una viva representación de la bondad natural del niño que ve y no juzga, que se deja encandilar y sabe perdonar con candor pero también con firmeza: emociona porque conecta con algo que todos llevamos dentro, algo que nunca muere en nosotros, en ninguno de nosotros. Iván es el descreído y provocador que no da el siguiente paso, que amaga y teme a la vez, que cuestiona y mantiene a raya sus más íntimas pasiones, que están pese a todo a punto de desbordarse para mal, casi siempre para mal, porque hasta el diablo lo visita y lo sacude y se ríe de él: emociona con su agudeza y su templanza y también con su carácter en algún momento ridículo y flojo, enteramente vulnerable, que a todos nos refleja también de alguna manera, a todos y cada uno de nosotros, los lectores. Dos personajes tan importantes como Don Quijote y Sancho, tan conmovedores e igual de inmortales. 
Y no me olvido del juicio al hermano acusado del asesinato, largo, de parlamentos fecundos en los que se siembran semillas de las que luego surgieron obras de Faulkner y Kafka, que sirven como base a cientos de relatos y a una gran multitud de historias protagonizadas por abogados y fiscales. Los trucos, las anécdotas, las interpelaciones, las refutaciones menudean para confundir y mostrar una verdad pulida como una piedra en un lecho de río, acaso dorada pero nunca verdadero oro, pues la verdad -nos dice Dostoievski- no es patrimonio de un solo ser pensante. Y tampoco de las páginas dedicadas al ermitaño, en las que religión y descreimiento no son más que las dos caras de la misma moneda, balbuceos a la orilla de un cielo que se va detrás del horizonte cuando cae el día, al anochecer. Y tampoco de los niños que insuflan ánimo con su leal presencia en el amigo moribundo. Y tampoco de las fiestas que empujan y alejan momentáneamente la angustia. Y tampoco de la visión valiente y justa del autor con los gestos y los movimientos y las acciones de algunas mujeres de la obra, que no están jamás en segundo plano, que no están en un banquillo esperando y copan con todo merecimiento el mejor lugar del escenario. 
Obra total, obra magistral, obra única, obra absolutamente recomendable para estos tiempos anegados de tantas falsas novelas maestras, de tantas creaciones metaliterarias e inanes, de tanto vano intento por vendernos como sublime lo que no ha sido concebido sino para el uso y disfrute únicamente momentáneo, Los hermanos Karámazov es sin duda la mejor novela que he leído, ese libro cuyo título esgrimo convencido cuando se habla de crisis de la novela y defiendo como ejemplo a seguir, como semilla de frutos inagotables, y aquí quería decíroslo, hoy y sin dejarlo para mañana, amigos. 

Mucha novela negra

Lo lamento - y no puedo dejar de decirlo-, pero veo cada vez menos novela negra que interese de verdad, que aporte algo. Cada vez hay más productos editoriales, cada vez vez hay menos literatura.

Rafael Chirbes: En la orilla







Un acontecimiento literario de primer orden: la aparición de la nueva novela de Rafael Chirbes, el autor de Crematorio, una de las dos mejores novelas españolas de lo que llevamos de siglo (la otra es Tu rostro mañana, de Javier Marías). En la orilla apunta a ser una nueva obra maestra, así que recomiendo su inmediata lectura, amigos.  

Cuestionario

En el blog de Miguel Sanfeliu, Cierta distancia, he contestado a un cuestionario ideado por este amigo y admirado escritor.

Aquí podéis verlo.

Sergio Álvarez: La vida como novela negra




Sergio Álvarez acaba de publicar su segunda novela, 35 muertos.
Aquí tenéis el enlace para leer un texto -publicado en su blog- muy interesante de este autor colombiano que tiene mucho que decir:  http://sergioalvarezguarin.blogspot.com.es/2012/02/la-vida-como-novela-negra.html

Nicolas Freeling: ¿Por qué suenan las cornetas? (3). Y llega la violencia

Siempre he pensado que el gran problema de la novelas de Raymond Chandler era que la violencia no molestaba, no sorprendía, no aparecía golpeando al lector. Una violencia asumida campea por esas novelas y no nos extraña que surjan cadáveres, que haya tiros, que alguno acabe en el suelo herido, muerto. Me ha parecido siempre un gran error. Estamos predispuestos, nos pertrechamos, por tanto, y sabemos que al empezar a leer una novela negra nos servirán las dosis de violencia seguras e insoslayables. Al maestro Chandler le faltaba sorprendernos en este aspecto. Lo logra, en cambio, Freeling porque la violencia no es un elemento común en sus obras, porque aparece como en la vida real: cuando menos te lo esperas y en un momento en que nada indica que pueda surgir. El policía Henri Castang sufre un ataque al bajarse de su coche: un tipo con una media en la cabeza y una cadena se abalanza sobre él. Freeling no narra nada que no podamos haber visto o leído antes, pero gracias a la absoluta credibilidad de sus tramas, a la sensación mantenida de que sus personajes son reales y no meras encarnaciones literarias, sólo papel, la violencia es un ingrediente necesario pero no excesivo, no es grandilocuente sino preciso, tan creíble como las comidas en casa del inspector, las conversaciones con su mujer, todo aquello que normalmente los autores que no tienen tanta categoría como Freeling desechan, centrados únicamente en la investigación, la emoción, las armas y las descripciones de cada cadáver y cada autopsia, elementos recurrentes y que acaban por saturar, aburrir, descabalgar al género de los logros mayores: el análisis de la sociedad, de ciertas conductas y hechos, de ciertas personas y de ciertos representantes de la ley. Con más autores como Freeling, la novela negra sería considerada un género mayor.

Nicolas Freeling: ¿Por qué suenan las cornetas? (2). Vidas privadas

No hay en Freeling los elementos repetitivos que invitan a tener la sensación de déjà vu. No insiste en los tópicos y no existe ese cansancio, propio de la fórmula repetida, que nace en el escritor y se transmite con facilidad al lector, que se siente lento y se aburre con la lectura. Freeling medita mucho y bien antes de contar, de narrar, y eso se nota porque conforme la novela avanza vemos que no estamos ante una historia que nos atrape por su intensidad, su acción, sino por su inteligencia, por el acierto con que Freeling acerca la lupa a determinados momentos de la investigación policial y, con una voz y una mirada propias e inconfundibles, nos acerca a donde verdaderamente está el interés de lo que cuenta, el meollo, que se decía antes. Hay muchos ingredientes psicológicos, políticos, sociales en esta novela -"Un pisito sobrio en un edificio ni limpio ni sucio. La pintura verde desconchada no indicaba ni riqueza ni pobreza"-, y nada es gratuito. Han matado a un pintor. Castang, el policía, visita a la viuda, y en seguida vemos que se nos dan más detalles para saber quién era ese personaje, qué le motivaba, qué le hacía singular. Hay una construcción de este personaje que después hemos visto en autores como Vázquez Montalbán -pienso en Los mares del Sur y en su protagonista ausente, muerto, en cuya vida ahonda Carvalho buscando un patrón, una lógica- y un interés por lo psicológico que estaba ya en Ross Macdonald, autor más preocupado por el ambiente, las pulsiones ocultas, las taras consecuencia de un pasado que es como una herida aún sin cerrar. Freeling posee voz propia, y me apena que no se le recupere, no se le lea más, no se le nombre más, porque su talento es innegable y muy, muy perdurable.

Francisco González Ledesma y Qué leer




   Un memorable artículo de Antonio G. Iturbe, en la revista Qué leer de este mes, centrado en la última novela de Francisco González Ledesma, que lleva por título Peores maneras de morir y protagoniza el entrañable inspector Méndez.

Miguel Mena: Todas las miradas del mundo




   Miguel Mena nos trae de nuevo al inspector Mainar, que protagonizó la excelente Días de tregua, una de las mejores novelas negras escritas en nuestro país, y de la que hablé aquí. Es una gran noticia.

José Abad: El vampiro en el espejo




    Muy pronto, el libro de este gran escritor granadino estará en las librerías. Será, seguro, una obra de referencia.

Nicolas Freeling: ¿Por qué suenan las cornetas? (1). Autorrespeto




   Supongo que a todos nos pasa: leemos a determinados escritores como si les oyéramos, nos resultan cercanos, tanto que parece que estamos con el libro y el autor al mismo tiempo, en el cuarto elegido para nuestros ratos de lectura, tan acompañados que parece absolutamente real. Con estos escritores el tiempo transcurre deprisa y sin agobio, sin desesperación, y nos sentimos como cuando se cumple un deseo: todo es memorable y ensancha los cauces por los que se mueve nuestra vida. Así, leer no es ya tan sólo un acto placentero y mágico -saber de otra gente, inventada, de otros lugares, inventados, de otras historias, inventadas, y todo resultándonos tan cierto como la existencia que vemos latir en nuestras manos y sentimos en nuestro pecho, en nuestra piel -, sino además un acto justo: nos merecemos haber encontrado a este autor, nos merecemos leerle, nos merecemos ser felices con esas páginas ante nuestros ojos: una recompensa. Freeling es, para mí, uno de esos autores que escriben con tanto acierto para lo que reclama mi sensibilidad lectora que, al cerrar la novela para salir con mi mujer a dar un paseo o para hacer la comida o para dormir, me siento satisfecho, compensado, hasta diría que -es una hipérbole, pero bueno- me siento justificado -porque a ratos parece que hasta el vivir ha de justificarlo uno: exceso de exigencia, de confirmación de lo vivido -, me siento también a gusto como lector, como ser pensante. En esta novela llego a ese punto pronto, en la página 33, y entonces me paro y escribo esto. Un inspector de finanzas, un hombre importante, telefonea a la comisaría y pide que la policía vaya de inmediato a su casa. Ha matado a su mujer y a su hija, también a un pintor, mientras estaban haciendo lo que sus desnudeces claramente indican. El encargado del caso, Henri Castang -personaje habitual en una serie de novelas de Freeling-, le interroga con tacto y prudencia y hábilmente se nos muestran sus pensamientos mientras escribe a máquina transcribiendo las declaraciones del autoinculpado. Hay una gran sensibilidad, una hondura admirable en la narración, y uno siente que Freeling no le da gato por liebre, no se apresura ni nos fascina con artes bajas, sino que medita conforme va contando la historia y deja lugar para que percibamos sus meditaciones y a la vez surjan y se expresen por sí mismas las nuestras. (Freeling trata al lector como a un ser adulto, ya que para lectores adultos escribe sus novelas.Y no es ésta una afirmación baladí: podéis recordar cuántas novelas habéis dejado de leer porque el autor os tomaba el pelo, se pasaba de listo o no había sido capaz de esconder las costuras). Así, en el momento en que van a meter al detenido en una celda, este gran novelista inglés escribe: La Touche miró con indiferencia los dibujos pintados en las paredes; ni siquiera arrugó la nariz por el olor a sopa de col rancia, desinfectante y suciedad impregnada, que contribuían poco al autorrespeto del detenido. Una caracterización, una percepción de las cosas, una manera de contar que me admira y me parece sumamente adecuada y plena. Como si el autor de verdad sintiera su novela, sintiera lo que escribe, lo que dice. Y me parece estar leyendo una página más del gran Dostoievski, llena de realidad y atino, y sigo leyendo con la plena atención que le dedico a quien me cuenta algo esencial y verdadero que él mismo ha vivido o presenciado.

Giorgio Scerbanenco: "Venus privada" (y 4)

 Venus privada me parece una novela muy superior a la mayor parte de las que se publican actualmente en España. Resiste el paso del tiempo porque hay en ella personajes -Duca Lamberti es uno de esos que se vuelven inolvidables, imprescindibles para el buen aficionado-, porque la acción nunca rebasa el límite lógico en una novela que lleva dentro muchas ideas además de ser policíaca, porque Giorgio Scerbanenco es sin duda unos de los mejores autores que han visitado el género negro. En Venus privada hay escenas que el cine repitió incansablemente mucho después: interrogatorios salvajes, una mujer como cebo, víctimas que aparentemente sólo al azar y a la desgracia personal deben su situación definitiva. El género tiene estas cosas: lo que hoy es innovador, mañana ha sido tan repetido que puede cansar y aburrir. No ocurre eso aquí, en estas páginas escritas por una mano cómplice y con un estilo lleno de aciertos creativos, porque nos importan los personajes, que nos hablan con cercanía, porque la intriga es policíaca pero también humana a la vez, porque no hay buenos corriendo detrás de los evidentes malos, sino hombres y mujeres involucrados en unas circunstancias que ponen a prueba su concepción del mundo. Duca Lamberti sale de la cárcel tras cumplir una condena impuesta y sellada con el epígrafe: Eutanasia. El muchacho al que cuida e intenta que deje de beber guarda un secreto que le invita a suicidarse: no fue bueno con una mujer. La profesora que se arriesga a morir intentado ayudar a esclarecer dos asesinatos lo hace porque se siente fría, pero también por fidelidad y por compasión. Son personajes que están en esta novela pero que podrían aparecer en otra que no fuera negra, que podría ser sentimental o psicológica: uno de los grandes méritos de Scerbanenco, padre del giallo, que luchó por ser reconocido como escritor y cuando al fin lo logró no tuvo demasiado tiempo para disfrutarlo porque la muerte no quiso esperar y concederle más años y más escritos y más novelas memorables. Una pena: nos privó de muchos momentos cargados de lecturas que no se agotan en sí mismas, que son puertas y fuentes y felices estancias en un lugar al que uno desea volver pronto.