Manuel Rivas: Todo es silencio

Se equivoca Manuel Rivas en esta novela en el tono y en el aliento cercano a lo mítico con que pretende contarnos una historia que, de haber salido más despojada y sin excesos literarios (algo caprichosos algunos, como ese intento chirriante y sucesivo de lenguaje lírico y aparición de frases hechas y propias de la lengua hablada, tan antagónico y tan poco compenetrado en este texto), y sin desconocimientos del pasado de un subgénero que le habrían evitado reducir algunas escenas a lo más superficial y rayano en la inocencia de un guión cinematográfico primerizo (como ocurre con el soborno al sargento Montes y los billetes que se caen) habría resultado más creíble, menos impostado. Quiere tallar Rivas, crear figuras que perduren, y el intento se nota demasiado, el aroma se vuelve demasiado personal y el autor dialoga hábilmente con sus criaturas, nos hace llegar sus voces y lo que les ocurre, pero los personajes quedan detrás de la voz del autor, que manda demasiado en ellos, que los lleva como en volandas. Manuel Rivas es sin duda un escritor que atesora méritos y logros, tiene una prosa en la que entra la poesía con fuerza y sabe tomar los caminos más certeros, pero esta historia requería un acercamiento de otro tipo, quizás hubiera sido mejor con algo más de ingenuidad y sin filigranas (cansa ese abuso del presente que marca acciones apareciendo en el territorio del pretérito, distrae innecesariamente), que distanciara y contrarrestara la voluntad del escritor de dejar en exceso su huella. Como indicaba un maestro de la narrativa cuyo nombre ahora no recuerdo, en la novela es preciso que haya una cierta ingenuidad por parte del autor, una calma que le recuerde que es preciso lo vulgar y lo anecdótico (pero funcional, de lo que ha dejado muchos ejemplos el gran novelista Juan Marsé en obras como "Un día volveré") en según qué trechos para que el conjunto resulte equilibrado. Se equivoca Manuel Rivas con este libro porque hay demasiado autor y falta novela, como a veces le ocurría a Francisco Umbral cuando se adentraba en el género novelesco. Falta arrastrar los pies y oír el ruido de la arena mientras el mar acerca su respiración pesada e infatigable.

Marta Sanz: Black, black, black

Fallida novela negra en la que se sustituye la rudeza de algunos clásicos por un exceso de literatura, de juego literario que deja sin armas a la trama policíaca y vuelve irreales a los personajes, faltos de esa encarnadura que los maestros de la novela negra conseguían mediante la caracterización objetiva y la observación atenta de realidades que acaso nada tenían que ver con las suyas pero a las que sabían revestir con el lenguaje adecuado para que resultaran creíbles y plausibles. "Black, black, black" es un noble intento por abrir otras vías, por sumar otra visión, pero resulta una narración exangüe, producto de una mente demasiado culturalizada, que no atina a descargar de posmodernismo a sus personajes y que no logra llevarlos a esa zona en que nos revelarían sus verdades, las que tan hábil y tan humanamente escritores como Ross Macdonald ponían ante nuestros ojos sin hacernos pensar que eran sólo personajes, una creación sobre un papel. Marta Sanz, una escritora a la que aprecio por otros libros, se ha equivocado al insistir en los recursos comparativos extraídos de anteriores novelas negras -cómo me agradaría no toparme con más alusiones y comparaciones con Marlowe, como en la música radiada no oír más la palabra corazón en las canciones de amor- y de guiños cinematográficos, pues aunque su labor sea la de limpiar y la de situar en otro espacio, en otro país y en otro lugar, no ha escapado a la corriente homenajeadora y forzosamente divertida por la que discurren muchas actuales novelas negras, que llegan a un callejón sin salida y no pueden saltárselo porque se han creado su propio lastre, que es consustancial e indisoluble de la concepción de la historia que nos narran. Son muchos los que han intentado, además, desviar a la novela negra hacia el camino de lo culto y lo evidentemente literario, pero este tipo de postura revela un distanciamiento equivocado, algo altivo y acomplejado, ya que "El largo adiós", de Chandler o "El hombre enterrado", de Ross Macdonald, por ejemplo, son novelas de una categoría fuera de toda duda, cuentan historias de absoluta vigencia, no desmerecen al lado de la más alta literatura y lo han logrado apostando por lo que este género mejor ofrece: la sinceridad como primera arma, la desnudez expositiva, la confrontación de espacios sociales y, sobre todo, el absoluto convencimiento en los materiales usados, que pueden provenir de zonas de derribo pero convenientemente tratados sirven para levantar obras de valía absoluta. No creo que esté todo dicho, que todo se haya contado desde todos los ángulos posibles, no creo que el mundo del siglo XXI, tan injusto y tan marcado por las desigualdades, con tantos problemas mentales y de sentimientos, no ofrezca historias en las que sumergirse con toda la perspicacia, con todo el convencimiento, con valor en sí mismas, alejadas del posmodernismo y de la estolidez. Falta quizá algo más de valor, de libertad, que se conseguirá probablemente apartándose de los circuitos más comerciales, de las plazas donde sancionan los que tienen una tribuna fija, y apostando por llegar de nuevo al corazón del dolor y del deseo de seguir viviendo pese a todos los contratiempos, pese a todas las trampas de la existencia que a cada uno le ha tocado en suerte.

Manuel Vázquez Montalbán: La rosa de Alejandría

Creo que "La rosa de Alejandría" es la novela más literaria, más cercana a la perfección del ciclo Carvalho. Vázquez Montalbán nunca estuvo más cerca de hacer lo que pretendía, esa novela-crónica que es hija de un tiempo y define ese tiempo con las armas y las palabras y las verdades y las realidades más inmediatas obtenidas de ese tiempo, en un ejercicio de creatividad casi instantánea y tocado por la gracia de la sugerencia y de la capacidad de síntesis más verdadera. La misma estructura, con esas dos historias que sólo coinciden al final, no aparece en ninguna otra obra del ciclo y demuestra que Vázquez Montalbán se tomaba muy en serio estas novelas de policías y ladrones, pues nunca antes ni después veremos tan claramente a Carvalho actuando de elemento catalizador, en un papel de mirada necesaria, de filtro para acercarnos a una historia de amores antiguos y fracasados con trasfondo de novela negra.
"La rosa de Alejandría" es más una novela de amor que una novela negra. La mitad del libro está dedicada al viaje de un marino, a su alejamiento de una Barcelona en la que ha vivido una historia de amor que se inició en su adolescencia y que sólo ha tomado cuerpo en la edad adulta. El marino huye y se busca, se reboza en los recuerdos morbosamente, medita y mira constantemente dentro, muy dentro de sí, para acabar de comprender qué ha sido de su vida, a qué obedecen los fracasos en las relaciones humanas, qué es el destino, qué el valor y qué ha sido de él, de sí mismo, en tantos años lejos de la mujer a la que quería. Vázquez Montalbán nos cuenta una educación sentimental en "La rosa de Alejandría", nos habla de los hombres y las mujeres que no podían amarse libremente, que se debían a una sociedad y una cultura que impedía el normal desarrollo de los sentimientos, del deseo, del amor. La mujer a la que siempre ha amado el marino se casó con un hombre de posibles, tiró hacia lo que le recomendaban, buscó el refugio del dinero y no se atrevió a buscar el reposo al lado de quien realmente la quería.
Pero los años no pasan en vano, y el autor de esta novela nos recuerda que no somos los mismos con dieciséis o diecisiete años que con cuarenta. La vida nos malea, nos arrastra hacia nuestras más íntimas verdades, la edad las saca a flote y las pone en manos de la oportunidad. La mujer amada de la adolescencia ya no es la mujer a la que amas en la edad adulta. Puede no serlo. No lo es en este caso, que se convierte en criminal porque aún hay quien se siente inocente dueño de su pasado, quien no comprende que el pasado y los sueños del pasado son pura ilusión cuando los enfrentas a la verdad cambiante del presente, a los ojos de quien quizá te amó pero ahora ya sólo te utiliza. Y de la frustración, del desengaño a la destrucción -propia o ajena- hay veces sólo un paso.
Con la narración de los días del marino que no sabe si volver a una Barcelona en la que le espera la realidad de la muerte, Vázquez Montalbán dejó una lección poco asumida por los continuadores de la novela negra española. Abrió ventanas y dejó que la casa del subgénero se ventilara. Nunca fue tan claramente novela con letras mayúsculas. Con la prosa trufada de imágenes poéticas y bien matizadas por un distanciamiento irónico y pudoroso -revelador del arma de artista del propio Vázquez Montalbán, a quien quisimos tanto-, con tantas y tan buenas páginas de literatura para la memoria y para el rescate de momentos que sólo la novela puede fijar y arrancar del olvido -las cortas apariciones del parado que no sirve para ayudar en casa y cuando hay una crisis se refugia en el cuarto de baño; el recorrido por un Águilas presente y un Águilas mítico que pervive en la memoria de Charo, la compañera de Carvalho, mediante las narraciones de su madre-, indicó caminos a los practicantes de la novela negra que no han de obviarse, que siguen abiertos, que a él le aseguraron un lugar en ese sitio al que no siempre van el crítico y el estudioso pero al que siempre regresa el que justifica todo el trabajo del que escribe: el lector.

(Con un saludo para mi amigo José Abad)

Ross Macdonald: Los maléficos

Pocas veces una novela negra ha llegado a una altura creativa tan alta y tan digna de celebración como "Los maléficos". Ross Macdonald inició el nuevo camino pensado para su detective Lew Archer alejándolo de los tiroteos, de las exhibiciones de músculo y fuerzas tan proclives al género. Lo llevó al territorio de Dostoievski, donde se habla de maldad humana, de deseos humanos, de pasiones humanas, de frustraciones del ser humano. En las páginas finales de "Los maléficos" hay un asesino al que entendemos, al que comprendemos gracias a la calidad literaria con que está escrito este libro; un asesino que se explica y nos explica cómo ha llegado a convertirse en asesino y al hablar lo hace de sí mismo, pero también, y eso es lo más importante, de todos nosotros, que no somos asesinos pero sí compartimos con él un fondo de tristeza, de pérdida, de nostalgia inherente al ser humano que en unos se nota más y en otros menos pero en ninguno falta. Nacemos así, nos dice Macdonald mediante el relato del asesino, y nuestra obligación es conocernos, informarnos, saber cómo se llega a donde cada uno finalmente llegamos, llevados por nuestras motivaciones, nuestros instintos, nuestros miedos. La benigna influencia dostoievskiana toma cuerpo de manera ejemplar y honesta y "Los maléficos" se convierte en una de las novelas imprescindibles del género. La corriente freudiana, la indagación en los motivos que generan la culpa y el egoísmo laten aquí con una fuerza imparable y se muestran bajo una luz que no ciega y sí sirve para ver más claro y mejor. Como muy bien señala Rodrigo Fresán en el prólogo de "El expediente Archer", a Ross Macdonald se le echa de menos en esta época de asesinos en serie monolíticos y asociales, de explicaciones simplistas sobre el arte de matar y el azar de morir. Recuperar un libro como "Los maléficos" dignificará a la editorial española que dé el paso al frente.
En "Los maléficos" hay un punto de partida que no es el habitual. Un hombre que se ha escapado de un hospital y está perturbado busca a Lew Archer para que lo ayude. Y cuando Archer se pone en acción nada puede pararlo. Las mentiras caen y con claridad se dibuja el retrato íntimo de una familia rica que tiene mucho que callar, que oculta demasiado. Pero no esperen una investigación al uso, nada escabroso ni morboso: Archer tiene interés en saber por qué las personas hacen lo que hacen, por qué se convierten en lo que nunca hubieran esperado convertirse. Y la novela avanza hacia los conflictos privados, hacia los desencuentros en las relaciones familiares, en esas en las que el elemento distorsionador y separador del dinero nunca brilla por su ausencia. Archer es un detective y un psicólogo y un doctor que escarba pero que siente, que se inmiscuye, que quiere saber porque intuye que detrás de cada nuevo descubrimiento hay algo útil y necesario también para él, otro ser humano a fin de cuentas. Y esa labor de Archer lo diferencia del resto de detectives de ficción, acercándolo a las historias griegas de tragedia y muerte. Ross Macdonald lo convierte en un símbolo y a la vez en el detective más creíble que ha dado la novela negra, sensación que aumenta cuando le vemos criticarse a sí mismo, mirar sus fallos y señalarlos, imponerse alguna penitencia. Hay mucho de Graham Greene también en "Los maléficos", hay una mención al existencialismo cristiano. Hay una conclusión tajante y expansiva que no puede pasarse por alto, pues a todos nos afecta: tras cerrar el caso, Archer, en lugar de estar satisfecho tras haber descubierto al culpable y haber conseguido que la justicia triunfe, llega a esta conclusión: "Todos éramos culpables. Teníamos que aprender a soportarlo". Y me parece claro que cuando todos los elementos encajan, cuando el narrador cuenta con tantas imágenes que son pura poesía, cuando un relato consigue implicar al lector de una manera tan efectiva no podemos menos que concluir que estamos ante un libro imperecedero.

Patricia Highsmith: Un juego para los vivos

Matan a un mujer que recibía visitas, caricias y amor de dos hombres que se conocen y se respetan y se consideran amigos. Uno es mejicano y el otro es alemán: Ramón Otero y Theodore Schiebelhut. El primero ama la religión católica. El segundo, aunque de familia rica, parece estar cerca de ciertos postulados existencialistas. Poco después de encontrar a la mujer asesinada, Ramón se confiesa el autor y la policía lo detiene. Pero lo sueltan, porque creen que, aunque se echa la culpa, no mató a la mujer. Desde ese momento, Ramón vive atormentado, empeñado en demostrar que él es el asesino. Y Theodore, que en principio lo señalaba como el más lógico culpable, por su temperamento en ocasiones fácilmente desbocable, decide acogerlo en su casa, ofrecerle de nuevo su amistad, ayudarlo a curarse del mal que le agobia: una culpa sin fundamento.
En manos de Patricia Highsmith, la historia no puede resultar sino fascinante. Con un desarrollo que le debe mucho a "Crimen y castigo", de Dostoievski, pues no en vano hay conversaciones sobre el sentido de la vida, la culpabilidad, la iglesia católica, la libertad que seguramente sin las sabias y resposadas lecturas que la autora hizo del gran maestro ruso no existirían.; con la misma facilidad, con la misma hondura que no cansa ni embota, con la misma sencillez para incluir debates sobre temas eternos (o casi) que Dostoievski, con la misma habilidad para que los personajes sean a la vez ideas personificadas y personajes de los pies a la cabeza, Highsmith enfrenta dos visiones de la vida, dos maneras de sentir, estar y de pensar y, con mucha inteligencia, no deja a ninguno fuera del podio, a ninguno por encima del otro. Resulta fascinante verlos en la intimidad, volviendo a ser amigos, comunicándose con los silencios. No creo que exista otro escritor capaz de contar la normalidad de las vidas de dos seres heridos con la solvencia y la sensación de verdad que muestra Patricia Highsmith a lo largo de este libro que no es una obra maestra pero que tampoco necesita serlo para quedarse en nuestra memoria, para fustigarnos a ratos y a ratos conmovernos, con ese sistema que llamaba con tanto tino Francisco Umbral "el de la rosa y el látigo". Si se reeditan sus obras, si sigue mostrándose inclasificable, incómoda en sus afirmaciones novelísticas, es porque hay Patricia Highsmith para rato. Algún día ya vendrá quien diga que es un clásico universal de las letras.

Entrevista (Carolina Molina)

Esta es la entrevista que apareció en El Heraldo del Henares:



"Creo en el relato, pero no lo enfrento a la novela"

Francisco Ortiz



Entrevista de Carolina Molina.



Francisco Ortiz (Ugíjar, Granada, 1967) es un escritor que con paso firme está construyéndose su propio camino en el mundo de la literatura. Sus relatos han aparecido en distintas antologías y edita su propio blog dedicado a la Novela negra y el Cine negro. Pero ahora, da un paso más allá y publica su primera novela, Última noche en Granada (Mira editores) con la que demuestra que es capaz de hacer mucho más y que está dispuesto a demostrárnoslo.



En esta entrevista concedida a El Heraldo del Henares, Ortiz habla de su novela y de sí mismo.

EHH- Francisco: Ultima noche en Granada ¿en qué género literario la encuadrarías?

FRANCISCO ORTIZ: No creo que pueda encuadrarse en el que parece más fácil: la novela negra. Porque hay al menos dos capítulos -los más largos y más literarios del libro- que responden a otros intereses: el diálogo teatral y la indagación psicológica. Además, tiene una parte importante de indagación existencial (me he formado como escritor leyendo a Sartre y a Camus, no puedo olvidarlo). Así que es difícil ponerle una sola etiqueta. Salio, eso sí, y se está vendiendo como una novela negra.

EHH: Hay una gran proyección del personaje protagonista. El estilo es intimista y contado en primera persona, son casi unas reflexiones sobre la vida y la muerte.

FRANCISCO ORTIZ: Claro. Si alguna influencia tiene la voz del libro es la de algunos narradores que he encontrado en novelas de Dostoievski, el autor al que más admiro y al que con más atención leo. Esos narradores que se interrogan sobre su vida, sus acciones, sus carencias, sus miedos, su situación en la sociedad en la que han nacido y crecido.

EHH-¿Quién es Luis Castillo, el protagonista?

FRANCISCO ORTIZ: Un personaje que le debe más a la vida real que a las novelas, a la ficción. No ha surgido de mis lecturas, sino de la calle, de las conversaciones íntimas y los secretos contados en lugares propicios. Creo que todo cuanto dice y vive es perfectamente creíble y cuenta una historia que podría haberle ocurrido al vecino de la puerta de al lado.

EHH.-Tu personaje busca la verdad sobre sí mismo, se analiza, se reprocha sus acciones, sin embargo es una persona aparentemente fría y distante. Es un hombre de sentimientos extremos. ¿Cómo juega esta disociación en la novela? ¿Te inspiraste en alguna persona real para enfrentarte al personaje de Castillo?

FRANCISCO ORTIZ: No creo que Luis Castillo sea frío. El que es frío no se cuestiona sus errores, no se reprocha nada. Actúa y no se para a ver las consecuencias de lo hecho, asume y olvida de inmediato. Lo que le ocurre a Luis Castillo es que está en un callejón sin salida, que ha sido un inocente y no ha percibido la trama que mueve al mundo, esa maraña de intereses en los que se empiece por desear el poder y se acaba por matar a quien se ponga en medio de lo que desea conseguirse.

Él ha sido un peón más o menos inconsciente en un ajuste de cuentas y sólo con el paso del tiempo y la distancia física necesaria va dándose cuenta de quién es en verdad, qué cree, en quién y en qué cree. Con mucha gracia, su compañera le dice “Mi Luis, el anarquista”.

Pero es hijo de un fascista que se enriqueció durante el franquismo, es un ex policía sin vocación, un pasivo que no ve que el tiempo pasa irremediablemente. Por fortuna, su compañera, más realista y vital, le va trayendo de vuelta y lo pone a este lado del espejo.

EHH-¿Cuál fue tu método de trabajo previo a la novela? ¿Te documentaste para recrear el mundo policial?

FRANCISCO ORTIZ: No me interesan las técnicas policiales, aunque las conozco bien, y no leo apenas novelas protagonizadas por policías. Me he documentado preguntándoles a dos policías, es verdad, pero solo para no cometer errores imperdonables. Tenía la historia en la cabeza, sabía a dónde quería llegar con ella, y apenas me moví del guión mental.

Apenas tomé notas y la escribí pausadamente, en Almería y en Granada, en cuartos y en balcones y en terrazas y donde se presentaba la ocasión. Lo más importante para mí de una novela es la labor de poda que hay que llevar a cabo con los borradores: quitas tantas tonterías y tantas equivocaciones que cuando mandas la novela por ahí, para que se lea, lo haces con una humildad sanísima.

EHH.-Los diálogos entre Luis y Beatriz, su novia, son muy reales, lo mismo ocurre con los que mantiene Luis con su amigo Pedro, el policía. Eres un gran observador del carácter humano, parece que fotografíes a los personajes. Sin duda es debido a tu vocación de fotógrafo. ¿Hasta qué punto se relacionan tus dos vocaciones, la literatura y la fotografía?

FRANCISCO ORTIZ: Procuro que no tengan relación ninguna. Si escribo, no hago fotos ni en los cumpleaños. Y si me dedico una temporada a fotografiar no leo libros de ficción. Puede parecer, por la manera de presentar la historia de manera parcelada y continuamente interrumpida por espacios en blanco entre los párrafos, que escribo con fotografías en la cabeza, uniendo imágenes mediante palabras, pero esto es anterior a mis trabajos fotográficos y obedece a un instinto por el que me dejo llevar y refleja mi visión de la realidad en el siglo XXI, tan fragmentada, creíble solo sumando detalles, uniendo fragmentos, dando saltos hacia delante y hacia atrás continuamente, observando ya no en conjunto, como Balzac, sino lo más cercano, lo que se domina, lo que está casi en nuestras narices.  

EHH. -Respecto al estilo utilizado juegas a intercalar largos diálogos con párrafos dominados por la reflexión. ¿Piensas que el estilo es más importante que la historia o la historia más importante que el estilo?

FRANCISCO ORTIZ: Yo me traigo a casa libros que me deslumbran por el estilo, que ante todo están bien escritos, sin profusión de frases hechas y cuidando con mimo el lenguaje. Me deslumbran autores actuales como Javier Marías y John Banville, pocas veces he repasado tanto las páginas de un libro como las de “Luna de lobos” de Julio Llamazares.

Pero me gusta que el estilo esté aplicado a la historia que se cuenta, que se vuelva indisociable, que no se convierta en fuegos de artificio, en vehículo de lucimiento. Leyendo a Mario Benedetti, a Ernesto Sábato, uno se cura de todo deseo de exceso y rimbombancia y puede observar cómo se ha de ajustar lo que se cuenta con cómo se cuenta.

EHH-Háblanos de tu faceta como cuentista. Tus relatos han aparecido en antologías como Narrativa actual almeriense o Microrrelato en Andalucía. ¿Cómo surgió tu interés por el cuento y qué esperas de él?

FRANCISCO ORTIZ: Quizá nunca he pensado en serio más que en las novelas, pero aun así tengo un libro de cuentos breves que he acabado hace poco y espero que pueda publicarse dentro de no demasiado tiempo. Creo en el relato, pero no peleo por su valía, su vigor, ni lo enfrento a la novela ni a nada de nada, como hacen ahora muchos practicantes que quieren alzarse tirando obstáculos que sólo ellos ven.

Los grandes escritores se han valido siempre de la forma y han plasmado en más o menos palabras sus historias según tuvieran que decir y contar más o menos. Eso es todo. Cuando escribo un cuento es sabiendo que hay una imagen, dos o tres, una par de ideas, y a veces algo perentorio, algo que solo puede decirse de golpe, como cuando recibes una noticia que te afecta mucho y tienes que contársela a un ser querido rápidamente. Ese es mi método.

EHH-¿Cómo ves el panorama literario del relato corto? ¿Qué crees que se podría hacer para mejorarlo?

FRANCISCO ORTIZ: Leer más a autores como Raúl Ariza y Miguel Sanfeliú y olvidarse un rato de mucho consagrado por los medios que no aporta nada nuevo y no conmueve más que a un grupo de incondicionales del relato que además, como puede verse en ciertas actividades blogueras, solo quieren llevar adelante proyectos personales buscando amparo en famosos y en detentadores del poder. Y digo bien: detentadores.  

EHH.-Has editado tu propio blog de novela negra Novela negra y Cine negro. En él incluyes un lema de Dostoievski: “Y no venderá su alma ni trocará su libertad moral por la comodidad.” ¿Es éste tu objetivo en la literatura?

FRANCISCO ORTIZ: También lo tengo en el pórtico del otro blog en el que escribo, “En la Aurora”, que prefiero al de novela negra aunque sea menos conocido. No me importa no publicar nunca en grandes editoriales, no me importa si no venden nunca muchísimos ejemplares de mis libros (si hay más), no me importa no ser nunca muy conocido. Escribo para unos pocos, a los que les hablo ofreciéndoles algunas preguntas que intento que sean más afiladas y más útiles cada vez. No me importan los premios, no me importa no tener una imagen pública, no salir nunca en televisión. Si tengo que decir alguna cosa, la digo y procuro que sea con pasión y con plena convicción. Lo demás no me conmueve ni me apremia.

EHH-¿Estás satisfecho de la acogida de este blog? Cuéntanos cómo surgió la idea de elaborarlo.

FRANCISCO ORTIZ: Surgió para apoyar el blog de un amigo que tenía uno de antes, para mandarle lectores que yo pudiera ganar con el mío. Pero como siempre he sido lector de novela negra, no me quedé ahí y he hablado en él de los autores más representativos y de las novelas que considero fundamentales dentro del género. Pero me he cuidado también de no encerrarme en una habitación sin ventanas y de cuando en cuando hablo de libros como "Las ciegas hormigas" de Ramiro Pinilla, para oxigenar y no volver fanáticos a mis lectores. En el otro blog hablo de todo y dejo caer escritos más personales también.  

EHH.-¿Y respecto a la fotografía? ¿Es un pasatiempo o te dedicas a ella profesionalmente?

FRANCISCO ORTIZ: Nunca me dedicaría profesionalmente a la fotografía ni a la literatura. No me gustaría convertir en mi oficio algo a lo que sólo me acerco cuando tengo algo que decir o sobre lo que meditar.
 
EHH-¿Qué tienes ahora mismo entre manos?

FRANCISCO ORTIZ: Lo que más me importa: una lectura apasionante, un libro con el que llevo un mes: una novela de Dostoievski de la que he ido juntando cuatro ediciones y cuatro traducciones y que confronto y leo sin ninguna prisa, dedicándole mucho tiempo, para ir acercándome todo lo posible a las meditaciones que el gran autor ruso (lástima de mis limitaciones con los idiomas) quería acercarnos con su obra.

Y escribo, claro. Y paso todo el tiempo que puedo leyendo a algunos creadores que tienen blogs interesantísimos y de los que aprendo muchísimo, como Francisco Machuca o Herminia Luque.

Entrevista en El heraldo del Henares

La escritora Carolina Molina me planteó unas preguntas muy interesantes en una charla en la que tuve la ocasión de hablar de asuntos que me interesan y que quizá puedan interesaros.

Aquí tenéis la entrevista.

Alicia Giménez Bartlett: Nido vacío

Consolida Alicia Giménez Bartlett a sus personajes Petra Delicado y Fermín Garzón en esta novela que es quizá la mejor de la serie. La adecuación, el equilibrio de las historias profesionales y las personales halla aquí un punto que no he visto en anteriores obras y que deja como resultado no un producto mejor, sino una historia creíble, guiada mediante unos adecuados tintes humanistas y con una mirada sobre un caso con delitos sexuales y menores de por medio que no se puede contar con más acierto emocional. En las novelas de esta autora suelo encontrar casi siempre un exceso de páginas y de peso de las cuitas extraprofesionales de Petra Delicado, pero no ocurre así en "Nido vacío" porque Giménez Bartlett ha encontrado una sabia medida con la que descansamos del caso policial sabiendo más de la vida privada de la inspectora pero sin que en esta ocasión sea sólo un escape, sino un complemento. Es más floja siempre en las tramas de la escritora la parte dedicada a la vida íntima de los personajes, quizá por un humor que lo envuelve todo en una liviandad que a veces es excesiva y emborrona un poco la caracterización firme de los personajes. Siempre prefiero la parte policial porque en ella no hay excesos, encontramos una meditada crítica a nuestra sociedad actual y son muy convincentes los pasos de los investigadores: es un realismo nunca crudo, siempre exigente -nacido al pie de la calle- al que poco puede discutírsele. Respeto que Giménez Bartlett tenga una visión feminista del mundo -siempre he considerado a una mujer un ser más completo y mejor que un hombre-, y los diálogos que se derivan de la dureza y el afán de soledad de Petra Delicado no me cansan, pero sí le reprocho a la autora que quizá no tamice, no recorte algunos pasajes que desembocan en el costumbrismo. Asimismo, el epílogo me parece absolutamente prescindible e incluso chocante con la estética y los valores que defienden Petra y Giménez Bartlett.
"Nido vacío" empieza con un robo: a la inspectora Petra Delicado le quitan su pistola. Quien se la lleva es una niña que no ha cumplido aún diez años. A partir de ahí, hay algún que otro asesinato y una historia de mafias de pornografía infantil, de niñas desvalidas y madres que no lo son tanto, con el paisaje de la explotación sexual y la inmigración de fondo, que, como en buena parte de las novelas negras actuales, atisbamos según se desarrolla la investigación de los policías. Esto, que es a priori una rémora de este tipo de novela, pues no hay profundización en los temas ni personajes vistos desde dentro sino desde la mirada de los investigadores, queda aquí compensado porque vemos cómo todo eso les afecta a Garzón y a Petra, como influye en sus vidas, y la empatía con el lector fluye con naturalidad. Quizá haberse metido dentro de las mafias, haber contado los horrores desde más cerca y con mayor detalle sólo nos habría llevado al tremendismo, a la exhibición impúdica del dolor y el sufrimiento de los seres humillados y ofendidos. Ya digo: creo que Giménez Bartlett ha acertado esta vez de lleno. No faltan en la novela meditaciones muy interesantes, diálogos que tratan los problemas abordados con inteligencia, y esa manera de ir deslizando en el transcurso de la trama algo más, mucho más que la simple narración desnuda de los hechos es un acierto sin duda de esta escritora que escribe novela negra pero no renuncia a su talento y a su buen hacer, demostrado en otras novelas que no son de género. "Nido vacío" es una buena novela, de esas que aprecian y acogen con alegría los aficionados al género.

Raúl Ariza: Elefantiasis


No se dejen engañar: quizá no les resulte conocida esta editorial, tampoco el nombre del autor, pero se encuentran ante unos de los mejores libros del año. Raúl Ariza ha ido dejando buenas muestras de su talento en un blog al que ha ido subiendo sus relatos con una asiduidad perfectamente establecida para que sus lectores siempre esperemos más y nunca nos sintamos del todo satisfechos. Tampoco nunca decepcionados. El talento de Ariza es grande, su estilo es versátil y su atención por los detalles y por la caracterización afortunada y eficaz de los personajes y los lugares que aparecen en sus historias demuestran a las claras que este autor empieza a publicar tarde -con algo más de cuarenta años- pero tiene un bagaje detrás que le sostiene y le hace a uno preguntarse cómo no ha aparecido antes en el mundo del libro. La mayor parte de los relatos de este volumen son notables, algunos realmente sobresalientes, y si la desidia y la ceguera de algunos degustadores de cuentos no se repite una vez más, veremos cómo se celebra esta aparición, este sensacional debut literario. "Sus días y sus noches", "La habitación desnuda", "Fuego", "Al sol de marzo": son ejemplos de lo que el relato corto debe ser, no un caminito de agudeza y sonrisas, sino pura literatura, gran literatura.
En pocas líneas, Ariza cuenta historias, crea personajes, apunta detalles que extrae en caliente de la vida real y en caliente nos los hace llegar, como si trasplantara emociones. Con su capacidad sintética, elusiva, con su vocabulario ajustado -mediante el que que consigue que sus historias vibren como las notas en un piano, despaciosamente, hasta que se pierden en una cercanía envolvente-, con su sinceridad -esa cualidad tan necesaria para mí en una época plagada de autores mentirosos, enfermos de posmodernismo, citas y recitas, homenajes y autohomenajes-, con su sencillez -el relato corto que cuenta, que no divaga, que condensa de verdad en pocas líneas algo que interesa saber-, con su bonhomía -Ariza ama escribir, se desnuda escribiendo y no se viste de ropajes de feria ni con trajes encopetados para buscar méritos ni reconocimientos- se presenta en el ruedo literario y gana, se impone, deja un libro que no se olvidará, que cuenta además con un prólogo que, como los relatos de Ariza, puede leerse varias veces, porque está muy bien escrito y cargado de razonamientos que suelen escasear en los que ponen con sus letras un prefacio a un libro.

Pilar Quirosa-Cheyrouze: Reseña de Última noche en Granada


En el número de este mes de la revista Foco Sur, la escritora y crítica Pilar Quirosa - Cheyrouze reseña mi novela.


Henning Mankell y una frase

Es una frase sencilla, muy del gusto de los narradores que han leído a Kafka, pues a primera vista no se aprecia gran cosa, pero cuando nos paramos a verla con más detenimiento encontramos ecos interesantes.

La ventana estaba abierta, la cortina que Mona había colgado se mecía al suave vaivén de la brisa y él se tumbó en la cama, relajado.

Es poca cosa, como digo. Pero ambienta al lector a la perfección con pocos detalles: esa ventana abierta, esa cortina, la mujer a la que ama, el cansancio y la relajación, una fatiga que intuimos que es algo más que física. Quizá faltan las frases que van antes o después para percibir cuanto digo. Wallander ( en el primer relato de "La pirámide") es joven, anda reñido consigo mismo porque no quiere volver a participar en ninguna manifestación contra las personas que protestan. ¿Por qué estaba abierta la ventana?, nos preguntamos. Sola no se ha abierto, claro está. Si Wallander la halla de repente así es porque él la ha abierto o la ha dejado antes abierta y no le ha prestado atención hasta que la brisa ha empezado a mecer la cortina. Pero si no llega a estar abierta, no habría visto cómo se mecía y quizá no habría sentido ganas de tumbarse y de relajarse. Algo se mueve sin que Wallander lo perciba por completo y él también se deja llevar por esa brisa y reposa y sus pensamientos se asientan.
A la par que este libro estoy leyendo uno de Almudena Grandes: "Atlas de geografía humana". Es una novela de gran categoría, escrita sabiamente, con aciertos psicológicos de primera magnitud. La prosa de Grandes es radicalmente contraria a la de Mankell y superior en casi todo, excepto en la concisión. Grandes suma y suma, Mankell cuenta sustrayendo. Con Grandes a veces uno siente la fatiga que producen las montañas de palabras, los largos parlamentos o las extendidas indagaciones que los personajes hacen dentro de sí mismos. La vida, nos dice Grandes, es un chorro de palabras, un cúmulo de detalles, está llena de escenas a las que podemos extraerles el sentido analizándolas detalle tras detalle: es preciso un esfuerzo. La vida, según Mankell, está llena de ideas que van y vuelven y se muestran fugaces aunque percusivas, en forma de breves imágenes que se mezclan con las imágenes que planta delante de nosotros el presente y no nos hacen ir siempre hacia delante, pues nos pellizcan y nos paran un rato y nos recuerdan que algo está sin resolver: es preciso recordar y juntar. Y hay una fuerza subterránea, precisa, que en la frase de Mankell además despierta la empatía del lector, le trasplanta al cuerpo de Wallander y logra que olvidemos que ha sido mediante letras y palabras como ha se ha producido ese milagro. No es poca cosa: se trata del milagro de los libros, del milagro que ayuda a que siga escribiéndose y sigan leyéndose libros en el siglo XXI, el de las pantallas y las conexiones a la red y el deslumbramiento de la ficción en tres dimensiones.
Por supuesto, lo ideal sería tener ambos estilos en un solo libro. Pero es difícil que un autor que escribe con frases largas y disfruta contando una escena en 20 páginas resuelva mostrarla en 4 ó 6. Y es muy difícil que un autor que basa la fuerza de sus estilo en la narración, en la sucesión de imágenes y de escenas apueste por detenerse de repente 20 páginas para acercar la lupa a un momento de la historia que quedaría en suspenso y detendría el avance de lo que se está contando. Quizá sólo unos pocos autores geniales o particularmente osados se lanzan a arriesgar, a combinar, a dar textos mestizos. Quizá si los hallamos encontremos a los escritores que mejor están contando en qué se ha convertido la vida aquí y ahora, cómo es nuestro tiempo.


Imagen: Adolphe Bouguerau

.38, nº 8


Ricardo Bosque, escritor y editor de .38, una revista imprescindible, me invitó a colaborar y acepté de inmediato. Es para mí una alegría ir dentro de ese barco que navega tan firme y con tanta elegancia. La revista puede leerse y descargarse. Encontraréis firmas tan interesantes como las de José Ramón Gómez Cabezas, Javier Abasolo, Raúl Argemí, Rosa Ribas y Domingo Villar. Yo me he subido con dos relatos bajo el brazo.
Que lo disfrutéis.

Miguel Sanfeliu: Reseña de Última noche en Granada



“Última noche en Granada” es una historia narrada con una prosa depurada y cargada, por otra parte, de dureza y cierto desencanto. Lo primero que uno advierte al adentrarse en las páginas de esta novela es que apenas unas pinceladas le bastan a su autor, Francisco Ortiz, para definir a un personaje. Se cruzan voces cuyos ecos nos dan pistas sobre la historia que se va formando ante nuestros ojos, primero de un modo casi imperceptible, luego con una fuerza que nos agarra del cuello y no nos suelta.

Luis Castillo es un policía retirado, trabaja como vigilante de obra y arrastra un drama. Es un personaje que encontramos solo e indefenso ante una amenaza que se va delimitando paulatinamente. Su vida se encuentra, tras haber pasado sus dificultades, en un momento en que parece haberse estabilizado, los días transcurren monótonos y tranquilos hasta que un acontecimiento del pasado irrumpe resquebrajando el conjunto. Hay elementos de novela negra, pero sobre todo se trata del dibujo de un personaje que toma las riendas de su vida y opta por seguir adelante, fiel a sí mismo. La relación con su pareja, Beatriz, ocupa buena parte de la narración, describiendo una historia de amor que abre una segunda línea argumental, quizá de mayor peso que la intriga inicial.

Luis Castillo es un personaje complejo, de una pieza, que teme que el pasado le arrebate lo poco que le ha dado la vida. Toda la historia está contada desde su punto de vista, con un estilo sobrio, que fluye con precisión. Estilísticamente, todo está medido, perfectamente ensamblado. La estructura incluye algunos saltos al pasado, episodios contados por medio de un diálogo o de un monólogo, episodios descriptivos en los que se insertan las voces de los personajes de un modo muy eficaz, también los pensamientos del protagonista se cruzan con la acción, manifestando sus dudas, lamentando sus errores, definiendo en definitiva las aristas de todo ser humano.
El tono desencantado de Luis Castillo, aferrado a sus principios, a su amor inquebrantable por Beatriz, enfrentado a sus dudas y a sus remordimientos, nos sumerge en la historia de un hombre dispuesto a defenderse de las consecuencias de sus errores, sin victimismo, con entereza y determinación. Encontramos también escenas de tensión, como esa en la que se enfrenta a un asesino a sueldo agazapado en las sombras, moviéndose ambos sigilosamente entre los edificios en construcción, y que bastaría, por sí sola, para recomendar este libro.

“Última noche en Granada” es una obra madura, pese a ser la primera que publica Francisco Ortiz. Una de esas novelas que uno demora intencionadamente para evitar que termine. Una obra que todos los que seguimos la trayectoria de Ortiz, los que leemos su recomendable blog “Novela negra y cine negro”, estábamos deseosos de leer. Y la espera ha valido la pena.

Un breve fragmento:

Yo había matado a un hombre utilizando mis razonamientos de policía y mis armas de delincuente. Para Pedro, de ideas directas y frases cortas, fue tomarnos la justicia por nuestra mano, porque nos salió de los cojones. Un policía no está obligado a aguantar ciertas amenazas. Un policía vive agobiado por la inmediatez del peligro y su respuesta es obligatoria. Un policía es vulnerable y humano, una caja de resonancia y un cubo de basura al que se arroja la mierda que nos sacudimos de encima. Pero maté a un hombre para defenderme, para defendernos. No me liberé de nada, no hallé satisfacción ni piedad, porque se trataba de una ejecución.


Última noche en Granada
Francisco Ortiz
Mira Editores

Lorenzo Silva: La estrategia del agua

Cuando algunos le dan vueltas a la idea de que la novela está herida, se halla moribunda o en paradero desconocido, vuelvo a pensar en Camus, en Sartre, en Faulkner, en Sábato, en Vázquez Montalbán. Y rearmo mis ideas. Porque en esta sociedad en que todo va tan deprisa, en que todo ha de caducar rápido, parece que no hay temas a los que hincarles el diente con razón y argumentos, pero es una impresión falsa. Lorenzo Silva viene a demostrarlo con una novela que no es política, que no es social, que no es hija del realismo crítico, pero que a la vez tiene dentro todo el deseo y todo el poder que esas intenciones novelescas nos dejaron como legado para que las usen y las reutilicen los autores que tienen la mirada puesta en el mundo, se implican ante lo que ven y no pierden el tiempo levantando teorías exculpatorias y vanas con que justificar su absoluto amor por los libros y su total indiferencia por los problemas de quienes están a su alrededor, que son visibles y perceptibles para cualquiera que no viaje dentro de una urna las veinticuatro horas del día. "La estrategia del agua" es la respuesta a algunos asuntos que a todos nos incumben (todos somos hijos, muchos son padres) y es una visión políticamente incorrecta de un autor que piensa, expone y arriesga, que sabe plantear y resolver mediante una clara técnica literaria un tema que levantará encontradas opiniones entre quienes lean esta valiosa novela.
Decir que Lorenzo Silva es el mejor escritor de novela negra español de la actualidad me parece algo casi superfluo. Ningún otro ha encarado nuestra realidad con tal independencia, con tanta literatura de por medio y tanta buena fortuna, de lo que dan muestra libros sobresalientes como "El alquimista impaciente" y "Nadie vale más que otro". En esta novela se reafirma en su apuesta por dar libros serios, rigurosamente documentados, notablemente escritos, expurgados de excesos de mixtificación y de chanza (no en vano, mucho de lo que se publica hoy en día dentro del género no es más que guiones novelados y cómics aderezados con palabras), que apelan al lector adulto y no se dejan lastrar por violencias gratuitas ni tramposas escenas de acción suscitadas forzando la trama. Bevilacqua es el personaje más creíble de nuestra novela negra, aquí y ahora y antes y ahora, y las narraciones de los casos que le tocan en suerte van construyendo una perfecta radiografía de la sociedad de nuestro tiempo desde la óptica de alguien que no es maniqueo, conformista, no se siente héroe ni antihéroe (qué cansancio de antihéroes que se vanaglorian de serlo porque suena bien y luego incurren en gestas que ni los más clásicos héroes podrían emprender) y que no miente, no enreda, sólo da testimonio. En "La estrategia del agua" nos cuenta el caso de un hombre al que matan por la espalda y que deja un hijo cuya custodia tiene su ex mujer. El asesinado tiene la suerte de que el caso se lo asignen a Bevilacqua, que no cree en los apriorismos y no se contenta con ver el historial del muerto y no lo encasilla de inmediato y va a buscar la verdad sin dejarse cegar por las lágrimas ajenas ni los mapas de las emociones de los que saben cómo fingir. Y las capas de mentiras caen una a una y vemos la verdad final que se ha construido ante nuestros ojos sin sorprendernos demasiado, porque Lorenzo Silva no quiere emponzoñar nuestra mirada con golpes de efecto vanos y va abriendo ventanas, apartando cortinas con delicadeza hasta que llegamos a las estancias y ante los personajes que saben y dicen la verdad de lo ocurrido.
No es, sin embargo, "La estrategia del agua" la mejor novela de Lorenzo Silva, que en "El alquimista impaciente" sigue teniendo su obra maestra, pues adolece de un exceso de humor algo ligero y repetitivo que sirve para que adelantemos en la lectura del libro pero a la vez llega a ser fuente de digresión excesiva en algunos momentos poco afortunados y porque en la nítida exposición de los temas tratados y del punto del vista del narrador/autor priva al lector de la libertad para llegar a algunas conclusiones, a sus propias conclusiones, podríamos decir, y se le conduce en exceso en una sola dirección. Se percibe aquí una influencia sana del Marlowe de Chandler, al que le profesa gran afecto Lorenzo Silva, pero falta algo de sus descreimiento cínico, de su distanciamiento moral, el de quien sabe la verdad y la dice pero al final acaba por pensar que nada es del todo acertado si quien lo cuenta es él mismo. Es una matización que estimo necesaria y que no le resta mucho valor a una digna y necesaria novela dentro del mejor ciclo de novelas negras escritas por un autor español vivo.