Ross Macdonald: La mueca de marfil ( y 5). Crítica

En La mueca de marfil, Archer trabaja por el dinero pero sobre todo para ayudar a dos inocentes. Hay varios asesinatos, él entra en el caso engañado y poco a poco va descubriendo los motivos: las pasiones humanas que nos hacen débiles ante el dinero, el poder, y también ante nuestras propias, inconfesadas debilidades. Porque de eso se trata también en las novelas de Macdonald: de saber más sobre hombres duros pero también sobre hombres aparentemente blandos, autocompasivos, que no salen de sí mismos sino para causar mal. El asesino es a veces un tipo bueno que se defiende, puede ser un tipo que nunca planeó asesinar, incluso puede ser un hombre piadoso que no acepta que se pongan en duda públicamente sus íntimas debilidades, sus zozobras secretas, sus amores fracasados.
Archer investiga con el tiempo a su favor, sabiendo que maneja las horas y que inexorablemente los errores de los asesinos le llevarán hasta la verdad. Por eso hace muchas preguntas, por eso habla con todos los implicados, por eso remueve y espera y luego salta, corre. Macdonald llena la narración en primera persona del detective Lew Archer de un lirismo genuino, que aproxima la historia al teatro griego y a su concepto de la tragedia. Con muchas comparaciones iluminadoras, con descripciones que alumbran y personajes que se mueven como en un decorado móvil lleno de luces de las que nunca pueden escapar, esta novela no se apunta al jeroglífico policíaco sino al camino de la indagación freudiana, recorre sendas llenas de pulsiones y deseos y miedos y actos que justifican, tapan o determinan para siempre. Porque el pasado es fundamental en las obras protagonizadas por Archer: está acechando, como un animal dañino, al borde de la vía por la que se mueven en el presente los personajes, acechando porque está lleno de maldad y de hechos que cuando se descubran obligarán a crear más maldad, más muerte, más dolor.
La mueca de marfil es una de las grandes obras de la literatura negra, un clásico que tiene todos los ingredientes de lo que llamamos la época clásica: un detective, asesinatos, asesinos por descubrir, bellas mujeres malas, almas inocentes encarnadas en muchachas que padecen siendo nobles y buenas. Y es un clásico porque, además de tener los ingredientes necesarios, Macdonald aporta una mirada única, una intensidad inigualable y una creatividad digna de un estilista mayor, que se traduce en un texto plagado de aciertos y de imágenes inolvidables. Y una sensación persistente de que estamos leyendo una novela, de que es ficción, pero nos toca, nos cosquillea, nos hace ver cosas de nosotros mismos de cuya existencia no siempre nos sentimos orgullosos.

Ross Macdonald: La mueca de marfil (4). Enfermedades psicosomáticas

Si la importancia de Chandler estriba en su mirada crítica y romántica hacia una sociedad en la que el capitalismo negaba la posibilidad del romanticismo y la fraternidad, la de Ross Macdonald es innegable en su análisis profundo del ser humano, en su mirada en la que no falta el análisis dimanado de las teorías y preocupaciones freudianas, de tal manera que lo que se nos muestra es una inmersión en las causas y motivos que llevan a las personas a huir, ocultarse, morir. Lew Archer es un personaje creado para indagar, para hacer que las ideas se confronten. Si Chandler es importante en la literatura del siglo XX, no menos necesario es Macdonald, que en posteriores novelas abordó temas como el dinero negro, la quema de bosques, los vertidos de petróleo en el mar. La diferencia en la valoración general de uno y otro -Macdonald escribe mejor que Chandler, tiene un instinto social y de denuncia más pronunciado que el de Chandler- acaso sea debida a que muchos escritores han seguido la línea romántica de Chandler, se han quedado en la superficie de sus logros y los han imitado -idolatrando, creando ídolos, figuras - porque son aparentemente más literarios, son más aceptados y mejor vistos gracias al romanticismo que destilan. En cambio, Macdonald es más difícilmente clasificable y etiquetable, sus novelas apuntan más hacia adentro y requieren imitadores más dotados para el buceo psicológico y el inconformismo social. Macdonald no es un romántico, Lew Archer no es un romántico, porque en un mundo lleno de abusos, de trampas económicas, de engaños interesados, de falsedades cómplices y desengaños que desembocan en el cinismo o la autodestrucción no se puede ser romántico. Chandler está etiquetado, puesto en un anaquel. Macdonald, aún por descubrirse en sus mayores logros, sigue suelto, incordiando, regalando meditaciones como ésta, escrita en los Estados Unidos en 1952:


-Yo no diría nervios- Benning cobraba nuevas dimensiones a la luz de sus conocimientos superiores-. La personalidad total es la causa de los males psicosomáticos. En nuestra sociedad, un negro, en especial una negra con buena preparación, como la señorita Champion, está sujeto frecuentemente a frustraciones que pueden conducir a la neurosis. Una personalidad fuerte convertirá a veces la neurosis incipiente en síntomas físicos. Lo planteo crudamente, pero es el caso de la señorita Champion. Se sentía oprimida por su vida, por así decirlo, y su frustración se expresaba en una opresión abdominal.


Los negros y su frustraciones, en esa época, defendidos por un blanco del sur. Valiente, comprometido, un autor digno de los mayores elogios.

Sánchez Gordillo (Los pobres)

(Normalmente las conversaciones entre Luis Castillo y yo aparecen en el blog En la Aurora, pero esta vez me ha insistido para que también por aquí suba a la red este texto. Como somos amigos, así lo hago. ) 


Sánchez Gordillo (Los pobres)




Me dice Luis Castillo que está con Sánchez Gordillo, que quizá hasta acuda al encuentro de la marcha por Granada y se sume a ella. Estoy con los pobres, estoy con los engañados, estoy con la gente a la que le quitan para seguir dándoles a los ricos, añade. Y creo que hay que salir a la calle y dar la cara. ¿Te imaginas -me pregunta - lo que sería ver en las calles, juntos y unidos, todos a una, a los parados de España? Así no habría dudas de cuántos son, no habría dudas de que pasan faltas y necesitan, piden activamente ayuda. Obligarían a cambiar muchas cosas, estoy convencido, concluye. Y yo me quedo pensando en autores como Aldecoa, Fernández Santos, García Hortelano, que acaso saldrían a las calles y se sumarían a los grupos de protesta pacífica. Menciono esos nombres y Luis Castillo medita en voz alta: Qué lástima que haya tanta pasividad, tanto intelectual falso y vendido, tanto tipo empeñado en mirarse el ombligo. Siempre lo ha dicho mi padre: Este es el país de Sálvase quien pueda. ¿Sabes, Paco? Hemos pasado del capitalismo hedonista a otra cosa en la que ya la gente solo se necesita como las piedras para hacer camino. Y por el camino avanzan los poderosos, y pisan, y aplastan, y cada piedra es un trozo inútil de nada. Lo de Sánchez Gordillo abrirá ojos, creo, y por eso lo están criminalizando tanto: se ha salido de la senda marcada, se ha vuelto incómodo, suelta verdades como puños, irrebatibles. Ya no hay excusas, Paco: y el que llore después, que recuerde si antes ha salido a luchar antes de perderlo todo.  


Foto: Willy Ronis

Grupo 7, de Alberto Rodríguez




Deudora de una manera de hacer muy hollywoodiense, tiene esta película, sin embargo, algunos valores y aciertos que sirven para destacarla y recomendarla, pues su acercamiento a la violencia mediante unos personajes que no son ángeles caídos ni matones justicieros, sino simplemente policías muy humanos vistos frontalmente, sin tapujos, sin mentiras ni mixtificaciones, no resulta falso, sino muy creíble y muy sincero, merced a un alejamiento absoluto del maniqueísmo y de una gratuita, forzada e imposible voluntad de identificación. Resulta incómodo seguir las peripecias de los sujetos protagonistas -como ocurría en la serie The Shield, de la que ha tomado también algunos elementos imprescindibles para la estructura y la exposición de las escenas más crudas- y más aún verlos en sus momentos de intimidad, con parejas que están a su lado pero en realidad muy, muy alejadas de unos hombres que nunca sabrán vivir sin placa y sin delincuentes a los que interrogar y amedrentar. Pero, como digo, rezuma sinceridad la historia, y eso -además de la excelente interpretación de Antonio de la Torre, una vez más, y de la notable participación de los secundarios- la eleva por encima de No habrá paz para los malvados, el otro logro reciente del cine negro español, que en realidad es mucho más hueca de lo que a primera vista parece y no cuenta con un argumento tan sólido ni con un deseo de verdad tan intenso y no orilla ni quiere los tópicos más arraigados y vanos de la serie negra. No, no es una obra maestra, pero está impecablemente realizada -algo nada fácil en nuestro país cuando hablamos de cine de género- y seguro que irá ganando con el tiempo hasta situarse en un lugar del que no caerá ya nunca. 

Ross Macdonald: La mueca de marfil (3). Sábado a la noche

Fui a la barra que ocupaba por entero la pared izquierda del bar. Las mesas a lo largo de la pared opuesta estaban ocupadas y la barra llena de bebedores de sábado a la noche: soldados y chillonas chicas negras que parecían demasiado jóvenes para estar allí, mujeres maduras de expresiones duras con permanentes, viejos recobrando la juventud por milésima vez, prostitutas de ojos de asfalto trabajando para ganarse la vida con trabajadores borrachos, algunos fugitivos de la parte alta de la ciudad ahogando un yo para que naciera otro. Un griego grandote dispensaba, al otro lado del mostrador, combustible, afrodisíacos, narcóticos, con una melancólica sonrisa permanente.

John Le Carré: Nuestro juego (y 5)

Algunas veces he escrito que la novela negra necesita grandes autores, prosa más elaborada, temas que busquen un mayor alcance. Nuestro juego es una de esas novelas que cumplen con todos los requisitos. Es una novela negra porque dentro del género cabe la novela de espías y porque Le Carré inserta en la trama los elementos necesarios para así poder considerarla. Pero a veces las clasificaciones son lo de menos, aunque estemos en un espacio dedicado a la vindicación de la novela negra, y lo que importa va más allá del género -sobre todo cuando lo supera, lo amplía, lo dignifica, lo lleva a un lugar que lo acendra, incluso- y de la denominación incluso de novela. Los problemas de nuestro tiempo piden un acercamiento crítico, riguroso, desde dentro, alejado del turismo literario, del turismo de las ideas. Le Carré ha sorteado muchos obstáculos para entregarnos esta novela y creo que es preciso celebrar su valentía, su coraje y su voluntad de ir más allá, de viajar por la historia y por los errores humanos hasta desembocar en una apuesta por los débiles, los oprimidos, los que están a punto de quedarse sin nada. Existe la izquierda literaria -anda renqueante la política-, no lo duden, y uno de sus representates es este escritor inglés con pasado de espía que sabe escribir libros como pocos, crear personajes como pocos, que ha asimilado varios siglos de tradición escrita como pocos. La historia de un formador de espías que ha perdido a su compañera, mucho más joven que él, porque ella ha decidido cambiarle por una de sus creaciones, un agente doble que daba información a los ingleses y a los rusos, es el punto de partida de una novela escrita con un estilo altamente literario, evocador, lleno de una inteligencia constructiva y discursiva que no está para deslumbrar y aumentar la categoría del autor sino para ennoblecer la trama, para tratar con respeto y cercanía al lector, con eso que llamamos complicidad. He leído Nuestro juego despacio, paladeando frases y palabras e imágenes creadas tan sólo con un nombre y un adjetivo. El tiempo no me acuciaba, ni dentro ni fuera del texto. Y las desventuras del narrador y protagonista Timothy Cranmer las he seguido sin distanciarme nunca, comprendiéndole y reprochándole, quejándome alguna vez por ciertas demoras, esperando lo que siempre he encontrado algunas páginas más adelante: interés y verosimilitud.
 La novela tiene tres partes claras: una primera de caída a tierra de Cranmer, que ha de asumir que su alumno, Larry, y su compañera, Emma, lo han dejado solo. Una segunda de reacción: sabemos incluso que intentó matar a a Larry una noche y lo abandonó creyéndolo muerto. Y una tercera en que se inicia un viaje, físico y emocional, hacia los lugares donde se deciden historias que afectan a millones de personas y hacia el fondo de sí mismo, hacia ese lugar donde Cranmer descubre que, en lugar de estar habitado por su alma, estaba habitado por la nada más espantosa que pudiera imaginarse. Y la novela, claro, es una toma de conciencia, un quitar velos, un sacudirse la complacencia y la sumisión y la sensación de derrota y el sentimiento de ser el centro del mundo. Porque con sólo mirar intensamente a los ojos a los derrotados vemos que hay otros mundos. Y John Le Carré nos lo cuenta apelando al espíritu de Joseph Conrad, de algunos clásicos de la novela negra, de algunos clásicos de la novela sentimental y de la novela viajera -sin olvidar nunca, pero sin hacerlo pesar hasta ahogarse, que él es también ya un clásico- para crear algo nuevo, compacto, útil, con una voz inolvidable y un desarrollo casi magistral, y deja dos personajes en pie, incólumes, el del forjador de espías con espíritu lleno de huecos y de falsedades que al cabo se da cuenta de que forjaba según él mismo es y el del forjado agente doble que conoce el bien y el mal y no se decanta por ninguno y busca las palabras pequeñas, los lugares pequeños, a las personas pequeñas y vencidas por la historia que, en definitiva, somos casi todos, lo sepamos o no, lo queramos ver o no. Es Nuestro juego, por supuesto, una obra de referencia en la novela negra -apartado espías-, y además es mucho más que eso: la novela que piden unos lectores que apagan el televisor, desearían leer las noticias al revés, sentarse cabeza abajo para repensar el mundo, su papel en él. Nuestro juego es empezar cuando la partida primera ha acabado y hemos perdido. Es empezar de nuevo.

John Le Carré: Nuestro juego (4). Voces, perspectivas

Con qué inteligencia nos hace llegar Le Carré las distintas voces que conforman la historia. Narrada en primera persona, sabemos sólo lo que nos cuenta Timothy Cranmer. Pero Le Carré compone la obra de tal manera que vemos -creo percibir aquí ecos de Graham Greene -, sentimos y oímos a los otros dos personaje fundamentales. Emma le ha dejado y se ha ido con el ex agente y ex pupilo Larry Pettifer. Han vendido joyas que él le regaló a Emma. La policía acecha a Cranmer pensando que oculta -y es responsable de- una estafa o una fuga de capital. Y Cranmer investiga por su cuenta, llega hasta la casa donde Emma y Pettifer vivieron bajo nombres supuestos y rescata papeles del fuego, se apropia de otros y entonces entramos en una nueva sinfonía: si hasta este momento sólo escuchábamos la voz solista de Cranmer, llena de reverberaciones que llenaban la historia y sonaban como un concierto para lamentación de hombre solo, ahora -en los escritos de un cuaderno, en las notas que se dejaban Emma y Pettifer, en las cartas que recibían - comienza otra composición diferente, la música nos habla de lo bobalicón que es Cranmer, lo manipulador, lo insensible que se muestra siempre; nos habla del amor de Emma y Pettifer -notas de él sobre todo, henchidas de entusiasmo enamorado-, de los secretos que acaso nunca debió de conocer Cranmer. Y con una narración en primera persona y estos textos podemos ver a los tres personajes, sus relaciones, sus miedos, sus encuentros y desencuentros, su amor y desamor. Le Carré utiliza la perspectiva de manera brillante, sin que chirríe nada, con una naturalidad exquisita. Y es a la mitad de la novela cuando el cuadro empieza a completarse, cuando conocemos en profundidad a todos los actores, tanto por lo que dicen y piensan como por lo que dicen y piensan los demás, esos tres, triángulo imposible, imprevisible y de alguna forma indisoluble. Porque ésta es una historia de espías, pero también de amor, de conflictos íntimos, de deseos que laten fuertes y de compromiso con la vida y con lo que hacemos con nuestras vidas.

César Girón: Caso cerrado




Novela que cuenta una historia interesante y que se desarrolla en la ciudad en la que vivo, ganadora del VI Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona, y escrita por alguien que parece dominar muy bien lo que cuenta, es una novedad que recomiendo. Además, aplaudo que en la colección Tapa Negra de Almuzara haya cada vez más escritores españoles, de aquí y de ahora mismo, con obras que también tienen un público esperando, sin duda. 

José Luis Campos Duaso: Estelas de un funambulista imaginario




Mañana se presenta, en Almería, el primer libro de José Luis Campos Duaso, poeta, cofundador de la Tertulia de la Calle Suipacha y responsable de un blog distinto y lúcido. Al acto se espera que asistan, entre otros, los escritores Juan Herrezuelo y Miguel Naveros (presentadores), Miguel Ángel Muñoz, Ana María Romero Yebra, Jacinto Castillo y Antonia Moreno Cañete; el admirado profesor Pedro Vázquez Cabrera; el músico Juan Manuel Cidrón. Será en el Salón de Actos del Instituto de Estudios Almerienses, a las 8 de la tarde. El que suscribe no estará, y bien que lo lamenta, pues seguro que será el lugar propicio para emotivos reencuentros y para recordar momentos compartidos que nacieron en torno a la mesa de una cafetería en tertulias inolvidables y ante un micrófono en programas de radio que, de alguna manera, nunca han tenido fin (ya hablaremos de esto más adelante). El libro está muy bien editado y alberga un puñado de poemas de gran altura y rigor creativo, de esos que el lector relee constantemente hasta sentirlos como algo propio.

Miguel Sanfeliu: Los pequeños placeres




Hay algo terso en estos relatos de Miguel Sanfeliu, algo que es a la vez vibrante, profundo y sincero. Porque el autor de estas historias ha paseado su mirada, profundamente humana y serena, a su alrededor y nos ha contado con mucha y buena literatura qué ha visto y qué ha sentido en este interesante trayecto. Sanfeliu no pretende ganarnos narrándonos horrores desde dentro del horror y con palabras moteadas de horrores: la vida cotidiana no los muestra así, no los horrores que queman a fuego lento, no los horrores que destruyen desde dentro. Se nos habla en estos relatos de la eutanasia, de la muerte temprana, de los silencios que abruman a las parejas, del miedo de los padres ante una hija agresiva, de la lejanía con que vemos a los que viven en el mismo edificio que nosotros, de un asesino múltilple que dispara contra los clientes de un restaurante. Y se nos cuenta que son personas que tienen a seres que los quieren o se han cansado de ellos, o los odian habiéndolos amado antes, o los recuerdan con un dolor más intenso que cualquier otro dolor. Y se nos cuenta sin alzar la voz, sin proferir gritos vacuos y de alcance únicamente pasajero, sin montar un espectáculo vano que se olvida conforme se disipan el ruido y el humo. 
Sanfeliu quiere y consigue que seamos no testigos, algo a lo que ya nos han acostumbrado en demasía el cine y la televisión, sino partícipes. Para eso elige muy bien el punto de vista de cada narración, se decanta por mostrarnos a los vivos, a los que quedan, a los que sufren cerca de los causantes y de los protagonistas del mal, o cerca de las víctimas. Costaría poco achacarle que no se moja lo suficiente, que no quiere pringarse Sanfeliu en lo que cuenta, y sería un error, porque Sanfeliu huye del morbo, escapa con atino siempre del escenario vacío y de cartón piedra para dar un paso atrás y mirar con mejor perspectiva. No engaña, pues, no cae en el vicio de la mirada profanadora o utilitaria, la de tantos escritores de relatos cruentos y estúpidamente morbosos. A Sanfeliu le interesa el hombre de la calle, el que somos todos, en el que todos podemos vernos -algo pacato y descorazonado, elusivo y sin grandes pasiones movilizadoras-, y a una cierta ingenuidad en la plasmación de ese personaje tan reconocible opone una limpieza de sentimientos y una nobleza expositiva que desarma y te deja con las puertas de la percepción generosamente abiertas. Así entiendo relatos como Dolor, magnífico, subyugante, realista y emotivo con emociones sinceras, una pieza de autor de raza, de narrador puro (algo que echo en falta cada vez más, pues encuentro a demasiados autores repetitivos, atentos al mercado y sus cuitas, a la sanción editorial y no a la expresión pura de su talento), claro y directo, con mucha preparación lectora detrás, con muchas sabias conquistas lectoras detrás. La muerta, tan sencillo,  tan nimio al primer vistazo, es otro relato de un destilado notable, sin retórica y sin mentira, ejemplar. Y La cara de Marte, La niña, Los pequeños placeres, Urgencia, Remordimiento o La morgue son otros tantos ejemplos de lo que este buen autor sabe decir en esa voz baja, susurrante, sin alteraciones, compasiva y tierna que tanto abunda en la producción literaria de Sanfeliu -visible en su excelente blog- y corrobora que estamos ante un creador fiel a sus ideas, a sus obsesiones, a su amplio compromiso con la sociedad de su tiempo, en definitiva, con sus verdades, con sus celebrables obsesiones que nos ayudan a abrir un poquito más los ojos ante lo que vemos y a percibir un poco mejor lo que en manos de otros solo es gacetilla, relato despachado al gusto de la moda, meditación retrillada, alimento para mentes quietas. No quiere mentes quietas Sanfeliu y Los pequeños placeres ha supuesto para mí ratos de reconocimiento, sí, y también de pausa al borde del camino, replanteamiento y renovación. ¿A qué más puede aspirar un escritor que ama la literatura y los libros que publica? ¿ O debería decir a qué menos debe aspirar? 

Toni Hill: Los buenos suicidas

Aparece la segunda novela de Toni Hill, autor nacido en Barcelona en 1966 y que el año pasado debutó con El verano de los juguetes muertos. Las dos obras están protagonizadas por el inspector Héctor Salgado y la agente Leire Castro. La primera tuvo un buen recibimiento y algunas traducciones a idiomas como el alemán, el francés y el italiano. Le deseo buena suerte al autor en esta su segunda andadura por los difíciles caminos de la novela negra y sólo apuntaría que creo necesario que orille el uso de la frase hecha en sus textos y que profundice en sus aciertos separándose todo lo que pueda de los lugares comunes, que siempre acechan en las historias policíacas actuales, donde el peso de las imágenes televisivas y cinematográficas ahoga a menudo la creatividad más genuina. 

John Le Carré: Nuestro juego (3). Ella y él

 Si leemos esta novela sin prejucio alguno, con la mirada limpia, veremos que hasta la página 157 estamos leyendo a un gran escritor y una interesantísima historia en la que, con un trasfondo negro, se nos está contando la historia de un ex funcionario (ex espía también) que descubre que la mujer con la que vivía y su mejor amigo -ex espía al que captó y formó- le han estado engañando, y a partir de ahí recontruye los momentos vividos con ellos. La maestría de Le Carré estriba en contar una historia sentimental con tal grado de intensidad y sabiduría en la distribución de los elementos, tal seducción en la voz narradora, tal imbricación de presente y pasado (que se alternan con el uso del presente de indicativo o del pretérito imperfecto y seguidos, en párrafos sucesivos en ocasiones, aunque representando el presente lo más alejado en el tiempo y el pretérito lo más cercano, el momento en que se está haciendo, creando la novela) que el lector no pide más acción, no exige tiros ni cuchillos ni más pistolas (Hay una escena violenta y absolutamente necesaria en que el protagonista acaso mata a su amigo, pero no sabemos si es del todo cierto). Este Le Carré no es el de sus primeras novelas, no está atado al género y explora y modifica y amplía y saluda nuevos horizontes que gozosamente parten de la casa común y desembocan en el lugar que el reconocimiento pueda otorgarle más allá de todo tipo de etiquetas, libre y veraz, en cierto modo único y generador, tan necesario como lo fueron en su día Hammet o Chandler, pero también Faulkner o Hemingway.

John Le Carré: Nuestro juego (2). Taimado, rencoroso, tramposo.

Le Carré es un gran escritor, dotado de un aliento narrativo verdaderamente notable y de una profundidad psicológica mercedora de los mayores los elogios. No son pocos los que lo señalan como uno de los autores fundamentales de nuestro tiempo. Lastrado por su adscripción a un género, también hay quienes lo desdeñan a la ligera, prejuiciosamente. No es mi caso. Soy habitual lector de la obra de Juan Benet desde hace más de veinte años, de la de Juan Goytisolo, Heinrich Böll y Faulkner, y pienso que no hay que limitarse a leer sólo un tipo de literatura, que hay que abrir los ojos a las obras que a priori pueden parecernos menores, hechas para el entretenimiento, para un gran número de lectores. Como ejemplo del buen hacer de Le Carré, valga este párrafo:


No, Marjorie, cariño -pensé-. yo no he dicho nada parecido. Lo que digo es que Larry era un ladrón de afectos sobre un balancín y tan pronto como tuviese a CC en el bolsillo, correría a mí y cumpliría con su obligación porque, además de espía, era el hijo de un párroco y no poseía un sentido de la responsabilidad muy desarrollado, así que necesitaba la absolución de todo el mundo para traicionar a todo el mundo. Lo que digo es que, pese a su ostentación de mala conciencia, sus peroratas moralistas y su supuesta amplitud de miras intelectual, se entregaba al espionaje como un adicto. Lo que digo es que era un hijo de puta; que era taimado y rencoroso y te quitaba a la mujer a la primera ocasión; que tenía dotes innatas para este oficio y para la magia negra, y que mi delito fue fomentar en él al tramposo en perjucio del soñador, razón por la cual a veces me odiaba un poco más de lo que merecía.






Caracterización, relaciones humanas, lo dicho y lo callado, sentimientos y sensaciones, el tiempo, los trabajos secretos, la religión, la culpabilidad, el perdón, la entrega, la fidelidad y la infidelidad. Hay tantos temas en este párrafo que podríamos dedicarle una jornada entera a meditar sobre cuanto se nos dice. Y es que Le Carré es algo más, mucho más que un simple narrador de género.

John Le Carré: Nuestro juego (1). Espías jubilados




Un profesor de universidad -Larry Pettifer- y antiguo espía ha desaparecido. La policía anda tras su pista. Dos agentes van a hablar con uno de los amigos del profesor, Timothy Cranmer, que miente en cuanto les dice, ya que también fue espía. Es este personaje el que narra la historia. Y, con el talento habitual en la novelas de Le Carré, gran escritor más allá de cualquier tipo de clasificación, mientras le interrogan, recuerda Cranmer algunos momentos vividos con Pettifer, uno sobre todo de los que no abundan en las novelas de espías. Porque la imagen del espía es casi siempre -deuda televisiva- la del tipo rápido, sagaz y oscuro. Nunca nos lo imaginamos viejo. Como tampoco se lo imagina el propio servicio secreto. A Cranmer le comunicaron que debía informar a Pettifer de que lo retiraban y lo colocaban en una universidad. Y Cranmer tuvo que cumplir con su obligación. Pettifer quiso oponerse: "No quiero un refugio seguro. Nunca lo he querido. Al diablo con los refugios seguros. Lo mismo que con las estasis, los profesores, las pensiones indicadas y con salir a lavar el coche los domingos. Y también al diablo contigo." Pero las órdenes son las órdenes. Y Cranmer las transmite sin dejar lugar a más objeciones, aunque en verdad no demuestra lo que piensa: "Sin embargo, tengo un nudo en la garganta, no puedo negarlo. Apoyaría una mano en su hombro, tembloroso y caliente a causa del sudor, pero el contacto físico no es natural entre nosotros." Tantos años trabajando juntos, tanto fingimiento que marca la vida. La vida que te abandona y te jubila y te aleja de tu vida elegida y te deja a merced de una universidad, de unos alumnos, de un refugio seguro nunca pedido y que sólo puede ser semejante a una tumba. Así se siente este espía jubilado.

Jordi Sierra i Fabra: Cuatro días de enero (y 4). Crítica

Es una lástima. Se trata de una novela valiosa, bien escrita en su mayor parte, con un personaje principal bastante creíble, unos secundarios que vigorizan la historia y un trasfondo que no es sólo paisaje de fondo: la Barcelona de los días anteriores a la entrada de los franquistas victoriosos durante la guerra civil española. No es una novela histórica, no se usan las fechas para darle una pátina de interés que a la postre resulte banal o forzado o simplemente anecdótico u oportunista. Nada de eso: la historia tiene interés porque se desarrolla en una época difícil, en que imperan el hambre, el desconcierto, el dolor, el miedo, la repugnancia a lo que vendrá. Los derrotados tienen voz en esta novela y su voz interesa. Jordi Sierra i Fabra posee el talento, el pulso, el valor, la sinceridad necesarios para construir un libro que casi hasta el final triunfa y se percibe pleno, cuajado, y va dejando un sabor a gran novela, hasta que llegamos a la resolución de la trama, al lado de atrás, a lo oculto, a lo que no hemos visto pero ha dado origen a la novela, y entonces todo se viene incomprensiblemente abajo, como un castillo de naipes: una adolescente toma la palabra y filosofa, encadena frases cultas y de una profundidad que jamás un personaje como ese -a no ser que se nos explique cómo puede haber llegado en medio de la miseria a poseer una capacidad, una aptitud de narrador tan avezado y tan preparado- podría elaborar, decir en un diálogo en el que no debería salirle apenas la voz, pues acaba de escapar de una muerte segura y el miedo tendría que trabarle la lengua, no dotársela de una sapiencia absolutamente irreal. Todo se tuerce a partir de este instante: la resolución del caso es tópica y facilona, con unos malos malísimos y unos buenos honrados y nobles, estos muy de izquierdas y aquellos muy de derechas: campea a sus anchas una ingenuidad inesperada en el buen hacer de un veterano escritor como Sierra i Fabra, el ajuste de cuentas es torpe e intrascendente, está lleno de costurones y de una frontalidad fatal e inocua. Sierra i Fabra acaba de prisa su novela, tira por la borda los logros mencionados en las tres anteriores entradas aparecidas en este blog y le habla a un público que busca sentencias, que busca oír lo que ya sabe, que sólo quiere que le reafirmen en sus ideas. Ya digo: una torpeza grande, demasiado grande, que tira gran parte de los méritos del libro por la borda. Pues si bien el que esto suscribe piensa en muchos aspectos como Sierra i Fabra, si bien deplora la cara que sigue presentándose de nuestra guerra civil y la consiguiente posguerra, aún pacata, cuando no manipulada, recortada por la voz de los vencedores, también cree que una novela precisa de mucho más que de malos y buenos para hacer pensar, para hacer recapacitar, pues no basta con mostrar de manera simplista -es el mayor error de tantas novelas negras que acaban siendo fallidas-, con señalar y con gritar de dolor y de pena. Las novelas negras que nos hacen cuestionarnos el mundo no lo ven todo en puro blanco y en crudo negro. Ha pasado el tiempo de novelas de este tipo. Si los malos son señalados como malos pero no se les ve desde dentro; si no se ven sus almas, sus contradicciones, sus ruindades y también sus momentos de ternura, de amistad y de amor, de los que son muy capaces, -¿quién es enteramente un ser despreciable, abominable, quién sobrevive sin acariciar nunca, sin amar jamás?-, pues muchas veces una mano calla lo que la otra hace, nos quedaremos en los estereotipos, los disparos de sal, y no sabremos más del ser humano. Seremos como esos políticos que se señalan unos a otros y se dicen Y tú más, Y tú peor. Con eso ya no basta.

Jordi Sierra i Fabra: Cuatro días de enero (3). Asalto del almacén lleno de comida

Son las mejores páginas de este libro. El inspector camina por las calles de una desolada, famélica ciudad que ya no puede más y decide arriesgar la vida para escapar de la muerte por hambre. Presencia el inspector cómo una multitud de hambrientos decide asaltar un almacén donde se guardan alimentos que se le va dando en cuentagotas a la ciudadanía. Cómo el soldado que custodia el lugar se opone primero y cede después, cómo se lanza la muchedumbre al interior del almacén para coger cuanto pueda, cómo mueren en la avalancha varias personas, entre ellas un niño, cómo salen furiosas y locas y dispuestas a matar para defender lo conseguido las personas del almacén, cómo huyen ciegas: todo lo contempla estupefacto y también desfallecido de hambre el inspector.
Son las mejores páginas de esta novela que, como las más destacadas del género negro, albergan mucho más que un caso policial y unas pesquisas con un culpable al fondo en su interior. Sierra i Fabra narra con su estilo ágil, barojiano, dando muchos detalles interesantes y emocionándonos a la manera de un Blasco Ibáñez, sin omitir detalles dolorosos pero necesarios para comprender y ver claramente el tapiz plantado ante los ojos de unos lectores a los que les resulta lejana la guerra civil española pero nunca debe de resultarles lejanos el dolor, la desesperación humana, el crujido del hambre y de la injusticia. Son páginas valiosas, que confirman que el novelista fiel y riguroso siempre nos permite acercarnos mejor al pasado que el frío historiador que sólo emite datos y fechas y lugares. Son páginas valiosas que no se olvidan fácilmente.