Dación en pago

La semana pasada se suicidó un hombre del barrio en el que vivo que no podía pagar la hipoteca. En Valencia, otro se arrojó al vacío. 
Las personas están antes que las cosas. Las personas no somos cosas. 
Es urgente que se cambien las leyes y que quien no pueda pagar simplemente entregue su piso y consiga el perdón de la deuda. Y estudiar el reajuste del importe de las hipotecas a la realidad del momento para sigan pagando los que aún tienen trabajo e ingresos. 
El futuro nos juzgará. 

Miguel Ángel Muñoz: La canción de Brenda Lee

Aparece este libro que deparará muy buenas críticas y altas valoraciones de nuevo a su autor, uno de los mejores escritores en activo de nuestro país, experto en la poética y la historia del relato y autor de un libro imprescindible: La familia del aire



Giorgio Scerbanenco: Traidores a todos




No pueden leerse las novelas de Giorgio Scerbanenco protagonizadas por Duca Lamberti sin sentir emoción, porque fueron concebidas por un moralista que no renunció a creer en los personajes ni en las personas. Detestaba el autor profundamente al delincuente zafio, vulgar, traidor a todo, pero era capaz de sentir compasión por el asesino que va de frente, que cumple un cometido atendiendo a los dictados de su razón, a una idea pura. De estas premisas nace Traidores a todos, una excelente novela negra que ningún  lector al que le interese el género puede ni debe saltarse ni orillar. Y es que, después de lo dicho por los maestros Chandler, Hammett y Macdonald, poco espacio quedaba para contar casos criminales con nuevas formas y con otras palabras. Sólo unos pocos -muy pocos, poquísimos- han logrado salirse de los caminos trillados y ofrecer algo nuevo, algo personal. Uno de los pocos fue Scerbanenco, mal entendido por el uso a veces tremendo de la violencia en algunas de sus páginas, por la apariencia sórdida de sus historias, por los pasajes desagradables y por  la dureza de su pensamiento -o el de Duca Lamberti-. Incluso se le ha tachado de conservador, y no veo yo en sus historias detalles completos que corroboren afirmaciones parciales. Hay elementos que han envejecido mal, hay riesgos que no se han solventado con todo el acierto esperable, pero no podemos olvidarnos de que estamos ante un autor que -como tan bien define el escritor José Abad, traductor además de uno de sus libros, Matar por amor -se entrega a la rabia y a la visceralidad porque es un escritor impulsivo, apasionado. Pero nunca injusto, arbitrario, nunca falto de explicación. Esto lo convierte en un autor esencial, imprescindible, con libros de lectura adictiva y potenciadora: un autor que anima a leer, a seguir leyendo, a seguir creyendo en el valor de la escritura literaria. No, nunca lo consideraremos a la altura de un Chandler, pero no lo necesita Scerbanenco: es uno de esos que estando en la segunda fila tienen más que decir que algunos -muchos- grandes maestros que no incentivan, no crean más lectores. Y no hablo sólo de los cultivadores de la novela negra. 
En Traidores a todos está lo mejor de Scerbanenco: el deseo de contar una historia mediante la elegía, la pura ambición de contarlo todo pero con pausa, aunque también con furia: el narrador, de tercera persona, utiliza a menudo el estilo indirecto libre y nos obliga a oír directamente a Duca, lo que piensa y le molesta, lo que lo reconcome y lo enfada, lo que lo corroe mientras trata con delincuentes que no dudan en matar cruelmente solo por dinero y poder. Duca maltrata a algún detenido, desea aplastar a otro, retorcerle el cuello a alguno más. Su ira nos llega intacta, plena, porque el narrador no censura, porque el narrador está muy cerca de él: en ocasiones ya no se sabe quién habla, y es posible que esto lleve a creer que Scerbanenco es Duca Lamberti, y se confunde al mensajero con el mensaje, argucia de viejo escritor en lo mejor de su carrera y en la mejor verdad de su carrera. Así lo prueba el primer final y, sobre todo, el segundo final de esta memorable novela, que encierra dos historias de poder y corrupción, de infamia y castigo, de muerte y traición y venganza impostergable. El lector de mirada limpia sentirá emoción, como decía al principio, y comprenderá y juzgará más tarde. Son los sucesos pero es la voz, nos dice Scerbanenco, son los sucesos pero es la emoción y la moral amplia y desgarrada, desgarradora: porque detrás de todas las palabras hay algo que nos iguala, nos arrastra hacia lo auténtico y lo esencial, lo que es de todos y a nadie ni nada traiciona. 

La jungla de asfalto, de John Huston




Hay un momento en esta intensa película en que Sterling Hayden, que realiza una soberbia interpretación, sostiene el revólver que siempre lleva encima de una manera que le hace ver al espectador que es un arma, un objeto pesado y mortal, solo sopesándolo, teniéndolo en su mano con cuidado y atención pero también con una familiaridad que evidencia su uso y su aprecio tan a las claras que uno sigue sus movimientos fijamente y comprende que está ante una cuidada puesta en escena y una dirección de actores absolutamente ejemplar, ante una obra irrepetible. 
Y elijo esa escena, ese detalle aparentemente menor -ya que Hayden ni siquiera está ocupando el primer plano- como entrada a una película que no tengo dudas de que es una de las grandes de la historia del cine: de las más grandes. Tanto por su realización excepcional como por su guión milimétrico, realista y a la vez muy simbólico, así como por la elección de los actores, que actúan con una vigorosa convicción, persuadidos de que se hallan dando vida a unos personajes memorables.  La jungla de asfalto, con tanto realismo del bueno, exhibe una concepción creativa que de forma abrumadora y satisfactoria apuesta por el sentido profundo de la narración de ficción y la creación razonada e historizada de personajes. Y si la recuperamos en una época como esta, saturada de mentiras en la verdad y en las pantallas, en lo vivido y en lo imaginado, en lo público y en lo privado, nos servirá doblemente pues la revisión de este clásico impagable y la degustación de todas sus escenas, una por una, nos entretendrá y nos fascinará tanto como si de un libro maravilloso se tratara y de paso nos acercará a meditaciones que nunca están de más, que nunca deben abandonarnos. 

Lawrence Block: Tiempo para crear, tiempo para matar




Las novelas de Lawrence Block que tienen como protagonista a Matt Scudder, ex policía y alcohólico no siempre contenido, son de las mejores que ha dado el género porque en ellas el gran autor estadounidense conjuga a la perfección la novela de detectives con la novela moral, algo que está en la base del género y que desde Hammett, Chandler y Macdonald no puede soslayarse. Pero no es jamás moralista Block ni se enreda con la moralina, como les ha ocurrido a tantos otros superficiales autores del género negro que confunden la literatura con el sermón y la prédica ortodoxa, ramplona y demagoga. Al contrario: la mirada de Scudder, narrador además de esta serie de novelas, tolera más de una moralidad. Quizá por eso no puede extrañar que esta historia comience con Scudder buscando al asesino de un chantajista amigo suyo, que extorsionaba a tres personas a las que les sacaba dinero a cambio de su silencio. A Scudder no le gusta el asesinato, no le gusta que se asesine a nadie. Aunque la víctima sea un tipo de baja estofa. Porque todo el mundo tiene pecados que purgar. 
Scudder entrega a las iglesias que encuentra a su paso el diez por ciento de sus ingresos profesionales, pero no es practicante de ninguna religión. Scudder vive en un hotel, carga con algunas culpas, pero las ahoga en alcohol. Scudder ama brevemente a algunas mujeres y no pierde la cabeza por ninguna de ellas, como ellas tampoco la pierden por él. Scudder está separado, quiere a sus hijos, pero no siempre tiene ganas de verlos. Es un solitario, pero no un resentido; es un bebedor, pero no un chalado; es un pobre, pero no un indigente; es un tipo leal y entiende el mal propio y el ajeno, sabe mirar con pausa y con calma donde cada cual guarda su porción de rabia y frustración; y, lo que es más importante, sabe perdonar. Todo, menos el asesinato. 
Tiempo para crear, tiempo para matar es una novela breve, acertadamente recuperada hace poco por RBA, en la que la investigación parte de un delito para ir pisando por encima de un montón de delitos que desembocan en más delitos. Quien oculta y calla es capaz a veces de defender sus secretos incluso matando. Y eso no le gusta a Scudder, que serena, desapasionadamente va exponiéndose como siguiente víctima para que se delate quien mató a su amigo. Conversa con los chantajeados, finge ser el continuador de la tarea una vez que su amigo ha muerto, y se las ve con una rica que fue actriz porno y lo oculta, con un futuro gobernador que sodomizaba a muchachos, con un padre que tapó el homicidio de su hija, quien atropelló con su coche a un niño y no paró para socorrerlo. Scudder no se acalora, no juzga ni piensa en hacerle pagar más que al que dañó a su amigo. Como digo, no se enreda en la moral facilona, arriesga perdonando a quien seguramente no lo merece, porque cree que todos nos equivocamos, y sigue adelante hasta separar al culpable e imponerle una particular condena que no es hija de la moral, de la asunción de ningún papel divino, sino un acto de responsabilidad inexcusable. 
Se habla mucho de James Cain, de Horace Mccoy, de Jim Thompson y de James Ellroy como poderosos escritores que desnudaron la moral sin miedo a mancharse en ríos procelosos, pero ninguno es tan buen escritor como Lawrence Block, ninguno ha tocado las arenas más fangosas con tanto estilo y tanta profundidad liberadora como Block, al que sin duda hay que considerar uno de los más grandes de la novela negra.  

Ross Macdonald: La mueca de marfil ( y 5). Crítica

En La mueca de marfil, Archer trabaja por el dinero pero sobre todo para ayudar a dos inocentes. Hay varios asesinatos, él entra en el caso engañado y poco a poco va descubriendo los motivos: las pasiones humanas que nos hacen débiles ante el dinero, el poder, y también ante nuestras propias, inconfesadas debilidades. Porque de eso se trata también en las novelas de Macdonald: de saber más sobre hombres duros pero también sobre hombres aparentemente blandos, autocompasivos, que no salen de sí mismos sino para causar mal. El asesino es a veces un tipo bueno que se defiende, puede ser un tipo que nunca planeó asesinar, incluso puede ser un hombre piadoso que no acepta que se pongan en duda públicamente sus íntimas debilidades, sus zozobras secretas, sus amores fracasados.
Archer investiga con el tiempo a su favor, sabiendo que maneja las horas y que inexorablemente los errores de los asesinos le llevarán hasta la verdad. Por eso hace muchas preguntas, por eso habla con todos los implicados, por eso remueve y espera y luego salta, corre. Macdonald llena la narración en primera persona del detective Lew Archer de un lirismo genuino, que aproxima la historia al teatro griego y a su concepto de la tragedia. Con muchas comparaciones iluminadoras, con descripciones que alumbran y personajes que se mueven como en un decorado móvil lleno de luces de las que nunca pueden escapar, esta novela no se apunta al jeroglífico policíaco sino al camino de la indagación freudiana, recorre sendas llenas de pulsiones y deseos y miedos y actos que justifican, tapan o determinan para siempre. Porque el pasado es fundamental en las obras protagonizadas por Archer: está acechando, como un animal dañino, al borde de la vía por la que se mueven en el presente los personajes, acechando porque está lleno de maldad y de hechos que cuando se descubran obligarán a crear más maldad, más muerte, más dolor.
La mueca de marfil es una de las grandes obras de la literatura negra, un clásico que tiene todos los ingredientes de lo que llamamos la época clásica: un detective, asesinatos, asesinos por descubrir, bellas mujeres malas, almas inocentes encarnadas en muchachas que padecen siendo nobles y buenas. Y es un clásico porque, además de tener los ingredientes necesarios, Macdonald aporta una mirada única, una intensidad inigualable y una creatividad digna de un estilista mayor, que se traduce en un texto plagado de aciertos y de imágenes inolvidables. Y una sensación persistente de que estamos leyendo una novela, de que es ficción, pero nos toca, nos cosquillea, nos hace ver cosas de nosotros mismos de cuya existencia no siempre nos sentimos orgullosos.

Ross Macdonald: La mueca de marfil (4). Enfermedades psicosomáticas

Si la importancia de Chandler estriba en su mirada crítica y romántica hacia una sociedad en la que el capitalismo negaba la posibilidad del romanticismo y la fraternidad, la de Ross Macdonald es innegable en su análisis profundo del ser humano, en su mirada en la que no falta el análisis dimanado de las teorías y preocupaciones freudianas, de tal manera que lo que se nos muestra es una inmersión en las causas y motivos que llevan a las personas a huir, ocultarse, morir. Lew Archer es un personaje creado para indagar, para hacer que las ideas se confronten. Si Chandler es importante en la literatura del siglo XX, no menos necesario es Macdonald, que en posteriores novelas abordó temas como el dinero negro, la quema de bosques, los vertidos de petróleo en el mar. La diferencia en la valoración general de uno y otro -Macdonald escribe mejor que Chandler, tiene un instinto social y de denuncia más pronunciado que el de Chandler- acaso sea debida a que muchos escritores han seguido la línea romántica de Chandler, se han quedado en la superficie de sus logros y los han imitado -idolatrando, creando ídolos, figuras - porque son aparentemente más literarios, son más aceptados y mejor vistos gracias al romanticismo que destilan. En cambio, Macdonald es más difícilmente clasificable y etiquetable, sus novelas apuntan más hacia adentro y requieren imitadores más dotados para el buceo psicológico y el inconformismo social. Macdonald no es un romántico, Lew Archer no es un romántico, porque en un mundo lleno de abusos, de trampas económicas, de engaños interesados, de falsedades cómplices y desengaños que desembocan en el cinismo o la autodestrucción no se puede ser romántico. Chandler está etiquetado, puesto en un anaquel. Macdonald, aún por descubrirse en sus mayores logros, sigue suelto, incordiando, regalando meditaciones como ésta, escrita en los Estados Unidos en 1952:


-Yo no diría nervios- Benning cobraba nuevas dimensiones a la luz de sus conocimientos superiores-. La personalidad total es la causa de los males psicosomáticos. En nuestra sociedad, un negro, en especial una negra con buena preparación, como la señorita Champion, está sujeto frecuentemente a frustraciones que pueden conducir a la neurosis. Una personalidad fuerte convertirá a veces la neurosis incipiente en síntomas físicos. Lo planteo crudamente, pero es el caso de la señorita Champion. Se sentía oprimida por su vida, por así decirlo, y su frustración se expresaba en una opresión abdominal.


Los negros y su frustraciones, en esa época, defendidos por un blanco del sur. Valiente, comprometido, un autor digno de los mayores elogios.

Sánchez Gordillo (Los pobres)

(Normalmente las conversaciones entre Luis Castillo y yo aparecen en el blog En la Aurora, pero esta vez me ha insistido para que también por aquí suba a la red este texto. Como somos amigos, así lo hago. ) 


Sánchez Gordillo (Los pobres)




Me dice Luis Castillo que está con Sánchez Gordillo, que quizá hasta acuda al encuentro de la marcha por Granada y se sume a ella. Estoy con los pobres, estoy con los engañados, estoy con la gente a la que le quitan para seguir dándoles a los ricos, añade. Y creo que hay que salir a la calle y dar la cara. ¿Te imaginas -me pregunta - lo que sería ver en las calles, juntos y unidos, todos a una, a los parados de España? Así no habría dudas de cuántos son, no habría dudas de que pasan faltas y necesitan, piden activamente ayuda. Obligarían a cambiar muchas cosas, estoy convencido, concluye. Y yo me quedo pensando en autores como Aldecoa, Fernández Santos, García Hortelano, que acaso saldrían a las calles y se sumarían a los grupos de protesta pacífica. Menciono esos nombres y Luis Castillo medita en voz alta: Qué lástima que haya tanta pasividad, tanto intelectual falso y vendido, tanto tipo empeñado en mirarse el ombligo. Siempre lo ha dicho mi padre: Este es el país de Sálvase quien pueda. ¿Sabes, Paco? Hemos pasado del capitalismo hedonista a otra cosa en la que ya la gente solo se necesita como las piedras para hacer camino. Y por el camino avanzan los poderosos, y pisan, y aplastan, y cada piedra es un trozo inútil de nada. Lo de Sánchez Gordillo abrirá ojos, creo, y por eso lo están criminalizando tanto: se ha salido de la senda marcada, se ha vuelto incómodo, suelta verdades como puños, irrebatibles. Ya no hay excusas, Paco: y el que llore después, que recuerde si antes ha salido a luchar antes de perderlo todo.  


Foto: Willy Ronis

Grupo 7, de Alberto Rodríguez




Deudora de una manera de hacer muy hollywoodiense, tiene esta película, sin embargo, algunos valores y aciertos que sirven para destacarla y recomendarla, pues su acercamiento a la violencia mediante unos personajes que no son ángeles caídos ni matones justicieros, sino simplemente policías muy humanos vistos frontalmente, sin tapujos, sin mentiras ni mixtificaciones, no resulta falso, sino muy creíble y muy sincero, merced a un alejamiento absoluto del maniqueísmo y de una gratuita, forzada e imposible voluntad de identificación. Resulta incómodo seguir las peripecias de los sujetos protagonistas -como ocurría en la serie The Shield, de la que ha tomado también algunos elementos imprescindibles para la estructura y la exposición de las escenas más crudas- y más aún verlos en sus momentos de intimidad, con parejas que están a su lado pero en realidad muy, muy alejadas de unos hombres que nunca sabrán vivir sin placa y sin delincuentes a los que interrogar y amedrentar. Pero, como digo, rezuma sinceridad la historia, y eso -además de la excelente interpretación de Antonio de la Torre, una vez más, y de la notable participación de los secundarios- la eleva por encima de No habrá paz para los malvados, el otro logro reciente del cine negro español, que en realidad es mucho más hueca de lo que a primera vista parece y no cuenta con un argumento tan sólido ni con un deseo de verdad tan intenso y no orilla ni quiere los tópicos más arraigados y vanos de la serie negra. No, no es una obra maestra, pero está impecablemente realizada -algo nada fácil en nuestro país cuando hablamos de cine de género- y seguro que irá ganando con el tiempo hasta situarse en un lugar del que no caerá ya nunca. 

Ross Macdonald: La mueca de marfil (3). Sábado a la noche

Fui a la barra que ocupaba por entero la pared izquierda del bar. Las mesas a lo largo de la pared opuesta estaban ocupadas y la barra llena de bebedores de sábado a la noche: soldados y chillonas chicas negras que parecían demasiado jóvenes para estar allí, mujeres maduras de expresiones duras con permanentes, viejos recobrando la juventud por milésima vez, prostitutas de ojos de asfalto trabajando para ganarse la vida con trabajadores borrachos, algunos fugitivos de la parte alta de la ciudad ahogando un yo para que naciera otro. Un griego grandote dispensaba, al otro lado del mostrador, combustible, afrodisíacos, narcóticos, con una melancólica sonrisa permanente.

John Le Carré: Nuestro juego (y 5)

Algunas veces he escrito que la novela negra necesita grandes autores, prosa más elaborada, temas que busquen un mayor alcance. Nuestro juego es una de esas novelas que cumplen con todos los requisitos. Es una novela negra porque dentro del género cabe la novela de espías y porque Le Carré inserta en la trama los elementos necesarios para así poder considerarla. Pero a veces las clasificaciones son lo de menos, aunque estemos en un espacio dedicado a la vindicación de la novela negra, y lo que importa va más allá del género -sobre todo cuando lo supera, lo amplía, lo dignifica, lo lleva a un lugar que lo acendra, incluso- y de la denominación incluso de novela. Los problemas de nuestro tiempo piden un acercamiento crítico, riguroso, desde dentro, alejado del turismo literario, del turismo de las ideas. Le Carré ha sorteado muchos obstáculos para entregarnos esta novela y creo que es preciso celebrar su valentía, su coraje y su voluntad de ir más allá, de viajar por la historia y por los errores humanos hasta desembocar en una apuesta por los débiles, los oprimidos, los que están a punto de quedarse sin nada. Existe la izquierda literaria -anda renqueante la política-, no lo duden, y uno de sus representates es este escritor inglés con pasado de espía que sabe escribir libros como pocos, crear personajes como pocos, que ha asimilado varios siglos de tradición escrita como pocos. La historia de un formador de espías que ha perdido a su compañera, mucho más joven que él, porque ella ha decidido cambiarle por una de sus creaciones, un agente doble que daba información a los ingleses y a los rusos, es el punto de partida de una novela escrita con un estilo altamente literario, evocador, lleno de una inteligencia constructiva y discursiva que no está para deslumbrar y aumentar la categoría del autor sino para ennoblecer la trama, para tratar con respeto y cercanía al lector, con eso que llamamos complicidad. He leído Nuestro juego despacio, paladeando frases y palabras e imágenes creadas tan sólo con un nombre y un adjetivo. El tiempo no me acuciaba, ni dentro ni fuera del texto. Y las desventuras del narrador y protagonista Timothy Cranmer las he seguido sin distanciarme nunca, comprendiéndole y reprochándole, quejándome alguna vez por ciertas demoras, esperando lo que siempre he encontrado algunas páginas más adelante: interés y verosimilitud.
 La novela tiene tres partes claras: una primera de caída a tierra de Cranmer, que ha de asumir que su alumno, Larry, y su compañera, Emma, lo han dejado solo. Una segunda de reacción: sabemos incluso que intentó matar a a Larry una noche y lo abandonó creyéndolo muerto. Y una tercera en que se inicia un viaje, físico y emocional, hacia los lugares donde se deciden historias que afectan a millones de personas y hacia el fondo de sí mismo, hacia ese lugar donde Cranmer descubre que, en lugar de estar habitado por su alma, estaba habitado por la nada más espantosa que pudiera imaginarse. Y la novela, claro, es una toma de conciencia, un quitar velos, un sacudirse la complacencia y la sumisión y la sensación de derrota y el sentimiento de ser el centro del mundo. Porque con sólo mirar intensamente a los ojos a los derrotados vemos que hay otros mundos. Y John Le Carré nos lo cuenta apelando al espíritu de Joseph Conrad, de algunos clásicos de la novela negra, de algunos clásicos de la novela sentimental y de la novela viajera -sin olvidar nunca, pero sin hacerlo pesar hasta ahogarse, que él es también ya un clásico- para crear algo nuevo, compacto, útil, con una voz inolvidable y un desarrollo casi magistral, y deja dos personajes en pie, incólumes, el del forjador de espías con espíritu lleno de huecos y de falsedades que al cabo se da cuenta de que forjaba según él mismo es y el del forjado agente doble que conoce el bien y el mal y no se decanta por ninguno y busca las palabras pequeñas, los lugares pequeños, a las personas pequeñas y vencidas por la historia que, en definitiva, somos casi todos, lo sepamos o no, lo queramos ver o no. Es Nuestro juego, por supuesto, una obra de referencia en la novela negra -apartado espías-, y además es mucho más que eso: la novela que piden unos lectores que apagan el televisor, desearían leer las noticias al revés, sentarse cabeza abajo para repensar el mundo, su papel en él. Nuestro juego es empezar cuando la partida primera ha acabado y hemos perdido. Es empezar de nuevo.

John Le Carré: Nuestro juego (4). Voces, perspectivas

Con qué inteligencia nos hace llegar Le Carré las distintas voces que conforman la historia. Narrada en primera persona, sabemos sólo lo que nos cuenta Timothy Cranmer. Pero Le Carré compone la obra de tal manera que vemos -creo percibir aquí ecos de Graham Greene -, sentimos y oímos a los otros dos personaje fundamentales. Emma le ha dejado y se ha ido con el ex agente y ex pupilo Larry Pettifer. Han vendido joyas que él le regaló a Emma. La policía acecha a Cranmer pensando que oculta -y es responsable de- una estafa o una fuga de capital. Y Cranmer investiga por su cuenta, llega hasta la casa donde Emma y Pettifer vivieron bajo nombres supuestos y rescata papeles del fuego, se apropia de otros y entonces entramos en una nueva sinfonía: si hasta este momento sólo escuchábamos la voz solista de Cranmer, llena de reverberaciones que llenaban la historia y sonaban como un concierto para lamentación de hombre solo, ahora -en los escritos de un cuaderno, en las notas que se dejaban Emma y Pettifer, en las cartas que recibían - comienza otra composición diferente, la música nos habla de lo bobalicón que es Cranmer, lo manipulador, lo insensible que se muestra siempre; nos habla del amor de Emma y Pettifer -notas de él sobre todo, henchidas de entusiasmo enamorado-, de los secretos que acaso nunca debió de conocer Cranmer. Y con una narración en primera persona y estos textos podemos ver a los tres personajes, sus relaciones, sus miedos, sus encuentros y desencuentros, su amor y desamor. Le Carré utiliza la perspectiva de manera brillante, sin que chirríe nada, con una naturalidad exquisita. Y es a la mitad de la novela cuando el cuadro empieza a completarse, cuando conocemos en profundidad a todos los actores, tanto por lo que dicen y piensan como por lo que dicen y piensan los demás, esos tres, triángulo imposible, imprevisible y de alguna forma indisoluble. Porque ésta es una historia de espías, pero también de amor, de conflictos íntimos, de deseos que laten fuertes y de compromiso con la vida y con lo que hacemos con nuestras vidas.

César Girón: Caso cerrado




Novela que cuenta una historia interesante y que se desarrolla en la ciudad en la que vivo, ganadora del VI Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona, y escrita por alguien que parece dominar muy bien lo que cuenta, es una novedad que recomiendo. Además, aplaudo que en la colección Tapa Negra de Almuzara haya cada vez más escritores españoles, de aquí y de ahora mismo, con obras que también tienen un público esperando, sin duda. 

José Luis Campos Duaso: Estelas de un funambulista imaginario




Mañana se presenta, en Almería, el primer libro de José Luis Campos Duaso, poeta, cofundador de la Tertulia de la Calle Suipacha y responsable de un blog distinto y lúcido. Al acto se espera que asistan, entre otros, los escritores Juan Herrezuelo y Miguel Naveros (presentadores), Miguel Ángel Muñoz, Ana María Romero Yebra, Jacinto Castillo y Antonia Moreno Cañete; el admirado profesor Pedro Vázquez Cabrera; el músico Juan Manuel Cidrón. Será en el Salón de Actos del Instituto de Estudios Almerienses, a las 8 de la tarde. El que suscribe no estará, y bien que lo lamenta, pues seguro que será el lugar propicio para emotivos reencuentros y para recordar momentos compartidos que nacieron en torno a la mesa de una cafetería en tertulias inolvidables y ante un micrófono en programas de radio que, de alguna manera, nunca han tenido fin (ya hablaremos de esto más adelante). El libro está muy bien editado y alberga un puñado de poemas de gran altura y rigor creativo, de esos que el lector relee constantemente hasta sentirlos como algo propio.

Miguel Sanfeliu: Los pequeños placeres




Hay algo terso en estos relatos de Miguel Sanfeliu, algo que es a la vez vibrante, profundo y sincero. Porque el autor de estas historias ha paseado su mirada, profundamente humana y serena, a su alrededor y nos ha contado con mucha y buena literatura qué ha visto y qué ha sentido en este interesante trayecto. Sanfeliu no pretende ganarnos narrándonos horrores desde dentro del horror y con palabras moteadas de horrores: la vida cotidiana no los muestra así, no los horrores que queman a fuego lento, no los horrores que destruyen desde dentro. Se nos habla en estos relatos de la eutanasia, de la muerte temprana, de los silencios que abruman a las parejas, del miedo de los padres ante una hija agresiva, de la lejanía con que vemos a los que viven en el mismo edificio que nosotros, de un asesino múltilple que dispara contra los clientes de un restaurante. Y se nos cuenta que son personas que tienen a seres que los quieren o se han cansado de ellos, o los odian habiéndolos amado antes, o los recuerdan con un dolor más intenso que cualquier otro dolor. Y se nos cuenta sin alzar la voz, sin proferir gritos vacuos y de alcance únicamente pasajero, sin montar un espectáculo vano que se olvida conforme se disipan el ruido y el humo. 
Sanfeliu quiere y consigue que seamos no testigos, algo a lo que ya nos han acostumbrado en demasía el cine y la televisión, sino partícipes. Para eso elige muy bien el punto de vista de cada narración, se decanta por mostrarnos a los vivos, a los que quedan, a los que sufren cerca de los causantes y de los protagonistas del mal, o cerca de las víctimas. Costaría poco achacarle que no se moja lo suficiente, que no quiere pringarse Sanfeliu en lo que cuenta, y sería un error, porque Sanfeliu huye del morbo, escapa con atino siempre del escenario vacío y de cartón piedra para dar un paso atrás y mirar con mejor perspectiva. No engaña, pues, no cae en el vicio de la mirada profanadora o utilitaria, la de tantos escritores de relatos cruentos y estúpidamente morbosos. A Sanfeliu le interesa el hombre de la calle, el que somos todos, en el que todos podemos vernos -algo pacato y descorazonado, elusivo y sin grandes pasiones movilizadoras-, y a una cierta ingenuidad en la plasmación de ese personaje tan reconocible opone una limpieza de sentimientos y una nobleza expositiva que desarma y te deja con las puertas de la percepción generosamente abiertas. Así entiendo relatos como Dolor, magnífico, subyugante, realista y emotivo con emociones sinceras, una pieza de autor de raza, de narrador puro (algo que echo en falta cada vez más, pues encuentro a demasiados autores repetitivos, atentos al mercado y sus cuitas, a la sanción editorial y no a la expresión pura de su talento), claro y directo, con mucha preparación lectora detrás, con muchas sabias conquistas lectoras detrás. La muerta, tan sencillo,  tan nimio al primer vistazo, es otro relato de un destilado notable, sin retórica y sin mentira, ejemplar. Y La cara de Marte, La niña, Los pequeños placeres, Urgencia, Remordimiento o La morgue son otros tantos ejemplos de lo que este buen autor sabe decir en esa voz baja, susurrante, sin alteraciones, compasiva y tierna que tanto abunda en la producción literaria de Sanfeliu -visible en su excelente blog- y corrobora que estamos ante un creador fiel a sus ideas, a sus obsesiones, a su amplio compromiso con la sociedad de su tiempo, en definitiva, con sus verdades, con sus celebrables obsesiones que nos ayudan a abrir un poquito más los ojos ante lo que vemos y a percibir un poco mejor lo que en manos de otros solo es gacetilla, relato despachado al gusto de la moda, meditación retrillada, alimento para mentes quietas. No quiere mentes quietas Sanfeliu y Los pequeños placeres ha supuesto para mí ratos de reconocimiento, sí, y también de pausa al borde del camino, replanteamiento y renovación. ¿A qué más puede aspirar un escritor que ama la literatura y los libros que publica? ¿ O debería decir a qué menos debe aspirar? 

Toni Hill: Los buenos suicidas

Aparece la segunda novela de Toni Hill, autor nacido en Barcelona en 1966 y que el año pasado debutó con El verano de los juguetes muertos. Las dos obras están protagonizadas por el inspector Héctor Salgado y la agente Leire Castro. La primera tuvo un buen recibimiento y algunas traducciones a idiomas como el alemán, el francés y el italiano. Le deseo buena suerte al autor en esta su segunda andadura por los difíciles caminos de la novela negra y sólo apuntaría que creo necesario que orille el uso de la frase hecha en sus textos y que profundice en sus aciertos separándose todo lo que pueda de los lugares comunes, que siempre acechan en las historias policíacas actuales, donde el peso de las imágenes televisivas y cinematográficas ahoga a menudo la creatividad más genuina.