Lorenzo Silva: La marca del meridiano




Se conforma Lorenzo Silva. No es extraño que el autor de una serie detectivesca protagonizada por unos personajes fijos tienda al conformismo y a la repetición, pues el escritor, como cualquier hombre, se siente cómodo en los espacios conocidos y con la gente con la que mantiene un trato habitual. Pero no puedo dejar de reprochárselo pues, a diferencia de otros autores que cultivan el género, Lorenzo Silva es un gran escritor. La marca del meridiano empieza bien, pero promete más de lo que finalmente acaba por dar. Es la historia de un guardia civil que cruzó el límite y que paga por haberlo traspasado muriendo cruelmente a manos de unos asesinos despiadados. La aparición del cadáver y la resolución del caso son impactantes y exagerados, se contradicen con el tono realista y a ratos inteligentemente costumbrista que es el sello de la casa. La investigación tiene su interés, pero se desinfla progresivamente, y más cuando aparece un elemento resolutivo que no está desde el principio y aboca la narración a una rememoración superficial de un pasado y una relación amorosa que ni conmueve ni es mostrada con acierto para que se vea su verdadera importancia, su trascendencia en la vida del brigada Bevilacqua, un personaje muy bien creado, ya mítico, amante de lo militar y defensor de lo mismo con un énfasis contradictorio pero muy agudo y volcado quizá en exceso en sus propias emociones y en su mirada al mundo, lo que acaso nos priva de saber más de otros personajes, como Chamorro. Esto se advierte también en los diálogos, dotados de buen humor e inventiva pero que suenan en ocasiones a dichos por el mismo personaje. Creo que Silva carga esta novela de demasiados guiños culturales -canciones, series de televisión, películas- y acerca la historia, sorprendentemente, a un producto prefabricado, endeble puesto al lado de otros logros del mismo autor. 

Giorgio Scerbanenco: Venus privada (3). Amar a la muerta, matar al culpable

Duca Lamberti se da cuenta de que la amargura que ha llevado al muchacho a convertirse en un alcohólico tiene una causa noble detrás: el amor. Como no ayudó a la chica, que le propuso pasar con él una temporada fuera de Milán, pese a que acababan de conocerse, la imagen de ella quedó enterrada en su interior y poco a poco ha ido creciendo hasta que él ha acabado por idealizarla, idolatrarla, y ahora vive con el arrepentimiento en cada uno de sus gestos y de sus pensamientos. La quiere, la ama. Ha acabado por querer y por amar a una muerta, que no está, a la que no tuvo oportunidad de conocer y apenas trató unas horas. No importa: la ama y la amargura le impide vivir, seguir viviendo con normalidad, porque si amas a una muerta puede decirse que, de alguna manera, también tú estás muerto. Duca se da cuenta y entonces, para hacerle reaccionar, le propone que siga vivo, que logre dejar la bebida y, cuando encuentren al culpable, le dejará que lo mate con sus propias manos. Sabe que tiene que hacerlo reaccionar y que sólo  una propuesta brutal servirá para que el muchacho reaccione, recupere algún interés por seguir viviendo. El muchacho, dos metros de ser humano dolido y encerrado en su dolor, tiene una primera reacción, nueva: se echa a llorar.

Giorgio Scerbanenco: Venus privada (2). La culpa y el experimento de prostitución

El hombre bueno, noble, que sufre es porque se siente culpable. Eso le ocurre al muchacho alcoholizado. Duca Lamberti descubre por qué, y a partir de ese momento, como hay una muerte de por medio, la de una chica a la que el muchacho trató brevemente algún tiempo atrás, interviene la policía. Pero Duca colabora y hasta consigue ser parte importante en la indagación. Y mientras el muchacho intenta dejar de beber, intenta superar el peso del remordimiento, de la culpabilidad que lo agobia gravemente porque se reprocha no haber ayudado a la muerta cuando tuvo la oportunidad, Duca investiga, junto a un policía, y conoce a una mujer que le cuenta una historia curiosa, que revela y define la hondura psicológica y creativa de Scerbanenco: un experimento de prostitución. Leer estas páginas es asistir a algo nuevo, es andar por lo que podríamos llamar El territorio Scerbanenco, en el que los lados más oscuros y singulares de la personalidad humana se muestran sin ambages y de la manera más natural y creíble que podamos imaginar. Una joven que es frígida, lectora apasionada de Pareto, decide a los dieciséis años tener una experiencia en el mundo de la prostitución. Pero tarda siete años en decidirse, en dar un paso adelante, en aceptar que un desconocido le proponga un lugar, un acto o postura y un pago. Son tres o cuatro páginas memorables, de las que engrandecen a un autor. Y concluyen con estas palabras de la mujer: "Lo que más me impresionó fue la brevedad de la cosa - se había puesto seria-. Incluso después, siempre que he repetido estas experiencias, no he llegado nunca a comprender esa brevedad. Creo que requiere más tiempo pesarse con cierta precisión en la báscula de la farmacia. Y en un hecho tan breve, casi fulminante, se basan los cuatro quintos de nuestra existencia. Escribí muchos apuntes sobre aquella primera experiencia..."

Giorgio Scerbanenco: Venus privada (1). Intensidad




   Las novelas no tienen por qué obedecer a un guión prefijado, pueden nacer libres y seguir haciéndose libres, con un argumento medio pensado que luego sufre cambios, toma derroteros inesperados. Las novelas negras no han de obedecer al patrón marcado a fuego que tantos autores llevan en la mente y les impide aportar algo nuevo. Detesto el empecinamiento en basar la novela negra en un muerto y una investigación. Es demasiado cómodo, demasiado repetitivo. Venus privada es una novela insustituible, absolutamente necesaria en la biblioteca del que ama a este querido género tan poco respetado y visto siempre como si acabara de inventarse, motivo por el cual nos encontramos demasiado a menudo con que autores que triunfan en la actualidad son considerados grandes maestros y se olvida a los que verdaderamente lo son, como Giorgio Scerbanenco, que además habló de temas aún vigentes, aún inquietantes, aún sin respuesta definitiva (y para los que acaso nunca la haya, porque los problemas humanos difícilmente hallarán una solución que contente a todo el mundo). 
   Venus privada es la historia de un médico que sale de la cárcel tras haber estado encerrado por acceder a ponerle una última inyección a una enferma terminal que padecía grandes dolores. Eutanasia. Contratado por un padre desesperado que no consigue apartar a su hijo de la bebida, Duca Lamberti, el ex médico, hace a partir de entonces de guardaespaldas, niñera, padre, profesor, educador del joven, que tiene 22 años y un secreto que lo empuja a suicidarse, cortándose las venas con unas tijeras, la primera noche que Duca pasa a su lado. Bueno, éste es el territorio de la trama. En el del estilo, Scerbanenco narra en tercera persona con una intensidad alta y medida con la que consigue que en las primeras 44 páginas sólo haya tres personajes -qué bien definidos, qué fácil es verlos- sin que nos cansemos, sin que echemos de menos algunos tiros, la investigación sobre un asesinato. Scerbanenco trabaja con historias humanas y con una narración en la que nada es forzado, en la que nada sobra, y en la que parecen latir verdades que afectan a todos los lectores, temas que a todos pueden preocuparnos alguna vez. Se trata de una literatura comprometida en varios sentidos, respetuosa con el lector adulto, indagadora de nuevos caminos dentro de la novela negra. Scerbanenco es de los que se atrevió a dar un paso adelante.

John Le Carré: La gente de Smiley

 


   Un hombre busca a su enemigo más antiguo, a quien le destrozó la vida y, pese a eso, ha dado sentido a su labor al frente del servicio secreto británico durante muchos años. Smiley busca a Karla, el que manda en los espías soviéticos, desde que un día lo conoció, lo tuvo a su alcance y lo dejó escapar. Cada uno alza mentiras, dirige a hombres, da órdenes a un lado y al otro del telón de acero para defender una manera de entender la libertad y el poder, una idea de civilización. Son dos hombres que no se parecen, que no se valen de los mismos métodos, que se combaten ciegamente, obsesivamente. Hasta que uno de los dos caiga. 
   John Le Carré y Ross Macdonald son los dos grandes estilistas de la novela criminal. En La gente de Smiley encontramos a Le Carré en uno de sus mejores momentos creativos. La novela está escrita en estado de gracia, y en ella podemos encontrar párrafos y frases para releer una y mil veces. El escritor maduro halla su materia, la domina y crea con confianza y sabiduría. Y, ante todo, con algo parecido al amor, a un sentimiento limpio que está en todas las líneas de todo el libro, resplandeciente, vibrante, como una sonrisa sincera y afectuosa: el milagro ocasional de quien hace justo lo que tenía que hacer y lo siente, lo sabe, lo disfruta. Porque La gente de Smiley es un placer para el lector, para cualquier tipo de lector que lee despacio y asimilando sin prisas, que vuelve una páginas atrás para paladear de nuevo el hallazgo de un adjetivo inusual junto a un sustantivo conocido o una meditación de un narrador de tercera persona cálido y humano, tan humano como todos sus personajes. 
   La economía de medios en el despliegue de la trama resulta admirable en esta admirable novela. Le Carré no desperdicia el tiempo del lector planteándole trampas innecesarias, no lo lleva por vericuetos imposibles y antinaturales. Centra su acción en mostrarnos a un viejo espía gordo, que actúa con prudencia y es viejo y está ya fuera del servicio activo pero vuelve a trabajar cuando se produce el asesinato de uno de sus antiguos agentes. Involucrado casi más sentimentalmente que por otro motivo en las averiguaciones subsiguientes, vislumbra la posibilidad de llegar hasta el mayor enemigo de su país, de Occidente, y se pone en marcha. Pausado, astuto, calculándolo todo milimétricamente, obviando la violencia aunque acercándose con sus métodos cada vez más a los usados por su viejo enemigo, que tanto aborrece, Smiley no se altera mientras avanza hacia el momento más esperado de toda su vida, se recrimina a sí mismo en silencio, duda de él y de quienes están con él, habla poco y espera. Y no deja de dar pasos en la única dirección que marcan los acontecimientos. Y así Le Carré expone ante el lector a un personaje complejo, creíble, único, inimitable, mediante un narrador en tercera que no teme cederle la palabra a medio párrafo, que transcribe fielmente sus pensamientos, que no es  sólo una voz de timbre único, sino varias voces que integran, explicitan, se acercan a la implosión controlada y nunca abandonan uno de los tonos más auténticamente pausados y nunca pesarosos que este lector ha enfrentado en su larga existencia ante los libros. Y así Le Carré eleva la novela de espías a arte de primera magnitud con su pulso de orfebre, a literatura de alta calidad, e inscribe La gente de Smiley en la nómina de las imprescindibles del género y de la época. Pues es una novela que está muy por encima de las escritas por casi todos los que están en el género negro y, como obra maestra que es, se codea sin ningún rubor con las mejores de los más destacados autores, más laureados autores vivos.

Defensa y seguridad

 


   Defensa y seguridad (defensayseguridad.blogspot.com.es) es un blog que he creado para hablar de temas referidos a la seguridad informática. Podéis visitarlo aquí.

Andrea Camilleri: Sostiene Pessoa


Es un relato que está incluido en el libro "La nochevieja de Montalbano" y que cuenta la historia de un viejo analfabeto que compone poemas y de su hijo Giacomo, integrante de la mafia. El padre nunca ha hecho caso de las habladurías y el hijo nunca le ha contado que es un asesino. Cuando asesinan al hijo y el padre desaparece, Montalbano intenta resolver el caso siguiendo algunos buenos consejos leídos en un libro. Lo más interesante es que en el relato se habla del honor, del amor de un padre por un hijo, de la muerte y de la justicia que está más allá de la justicia terrenal -aunque no en los cielos- en un tono melancólico, a la par que humorístico, con sabor a clásico del siglo XIX, con intención de divertir y formar a la vez, sin sermones pero sin soslayar el tono moral, que cuando está en manos de un buen escritor sirve para bien definir algunos comportamientos humanos. Es un relato corto pero muy valioso.

Dación en pago

La semana pasada se suicidó un hombre del barrio en el que vivo que no podía pagar la hipoteca. En Valencia, otro se arrojó al vacío. 
Las personas están antes que las cosas. Las personas no somos cosas. 
Es urgente que se cambien las leyes y que quien no pueda pagar simplemente entregue su piso y consiga el perdón de la deuda. Y estudiar el reajuste del importe de las hipotecas a la realidad del momento para sigan pagando los que aún tienen trabajo e ingresos. 
El futuro nos juzgará. 

Miguel Ángel Muñoz: La canción de Brenda Lee

Aparece este libro que deparará muy buenas críticas y altas valoraciones de nuevo a su autor, uno de los mejores escritores en activo de nuestro país, experto en la poética y la historia del relato y autor de un libro imprescindible: La familia del aire



Giorgio Scerbanenco: Traidores a todos




No pueden leerse las novelas de Giorgio Scerbanenco protagonizadas por Duca Lamberti sin sentir emoción, porque fueron concebidas por un moralista que no renunció a creer en los personajes ni en las personas. Detestaba el autor profundamente al delincuente zafio, vulgar, traidor a todo, pero era capaz de sentir compasión por el asesino que va de frente, que cumple un cometido atendiendo a los dictados de su razón, a una idea pura. De estas premisas nace Traidores a todos, una excelente novela negra que ningún  lector al que le interese el género puede ni debe saltarse ni orillar. Y es que, después de lo dicho por los maestros Chandler, Hammett y Macdonald, poco espacio quedaba para contar casos criminales con nuevas formas y con otras palabras. Sólo unos pocos -muy pocos, poquísimos- han logrado salirse de los caminos trillados y ofrecer algo nuevo, algo personal. Uno de los pocos fue Scerbanenco, mal entendido por el uso a veces tremendo de la violencia en algunas de sus páginas, por la apariencia sórdida de sus historias, por los pasajes desagradables y por  la dureza de su pensamiento -o el de Duca Lamberti-. Incluso se le ha tachado de conservador, y no veo yo en sus historias detalles completos que corroboren afirmaciones parciales. Hay elementos que han envejecido mal, hay riesgos que no se han solventado con todo el acierto esperable, pero no podemos olvidarnos de que estamos ante un autor que -como tan bien define el escritor José Abad, traductor además de uno de sus libros, Matar por amor -se entrega a la rabia y a la visceralidad porque es un escritor impulsivo, apasionado. Pero nunca injusto, arbitrario, nunca falto de explicación. Esto lo convierte en un autor esencial, imprescindible, con libros de lectura adictiva y potenciadora: un autor que anima a leer, a seguir leyendo, a seguir creyendo en el valor de la escritura literaria. No, nunca lo consideraremos a la altura de un Chandler, pero no lo necesita Scerbanenco: es uno de esos que estando en la segunda fila tienen más que decir que algunos -muchos- grandes maestros que no incentivan, no crean más lectores. Y no hablo sólo de los cultivadores de la novela negra. 
En Traidores a todos está lo mejor de Scerbanenco: el deseo de contar una historia mediante la elegía, la pura ambición de contarlo todo pero con pausa, aunque también con furia: el narrador, de tercera persona, utiliza a menudo el estilo indirecto libre y nos obliga a oír directamente a Duca, lo que piensa y le molesta, lo que lo reconcome y lo enfada, lo que lo corroe mientras trata con delincuentes que no dudan en matar cruelmente solo por dinero y poder. Duca maltrata a algún detenido, desea aplastar a otro, retorcerle el cuello a alguno más. Su ira nos llega intacta, plena, porque el narrador no censura, porque el narrador está muy cerca de él: en ocasiones ya no se sabe quién habla, y es posible que esto lleve a creer que Scerbanenco es Duca Lamberti, y se confunde al mensajero con el mensaje, argucia de viejo escritor en lo mejor de su carrera y en la mejor verdad de su carrera. Así lo prueba el primer final y, sobre todo, el segundo final de esta memorable novela, que encierra dos historias de poder y corrupción, de infamia y castigo, de muerte y traición y venganza impostergable. El lector de mirada limpia sentirá emoción, como decía al principio, y comprenderá y juzgará más tarde. Son los sucesos pero es la voz, nos dice Scerbanenco, son los sucesos pero es la emoción y la moral amplia y desgarrada, desgarradora: porque detrás de todas las palabras hay algo que nos iguala, nos arrastra hacia lo auténtico y lo esencial, lo que es de todos y a nadie ni nada traiciona. 

La jungla de asfalto, de John Huston




Hay un momento en esta intensa película en que Sterling Hayden, que realiza una soberbia interpretación, sostiene el revólver que siempre lleva encima de una manera que le hace ver al espectador que es un arma, un objeto pesado y mortal, solo sopesándolo, teniéndolo en su mano con cuidado y atención pero también con una familiaridad que evidencia su uso y su aprecio tan a las claras que uno sigue sus movimientos fijamente y comprende que está ante una cuidada puesta en escena y una dirección de actores absolutamente ejemplar, ante una obra irrepetible. 
Y elijo esa escena, ese detalle aparentemente menor -ya que Hayden ni siquiera está ocupando el primer plano- como entrada a una película que no tengo dudas de que es una de las grandes de la historia del cine: de las más grandes. Tanto por su realización excepcional como por su guión milimétrico, realista y a la vez muy simbólico, así como por la elección de los actores, que actúan con una vigorosa convicción, persuadidos de que se hallan dando vida a unos personajes memorables.  La jungla de asfalto, con tanto realismo del bueno, exhibe una concepción creativa que de forma abrumadora y satisfactoria apuesta por el sentido profundo de la narración de ficción y la creación razonada e historizada de personajes. Y si la recuperamos en una época como esta, saturada de mentiras en la verdad y en las pantallas, en lo vivido y en lo imaginado, en lo público y en lo privado, nos servirá doblemente pues la revisión de este clásico impagable y la degustación de todas sus escenas, una por una, nos entretendrá y nos fascinará tanto como si de un libro maravilloso se tratara y de paso nos acercará a meditaciones que nunca están de más, que nunca deben abandonarnos. 

Lawrence Block: Tiempo para crear, tiempo para matar




Las novelas de Lawrence Block que tienen como protagonista a Matt Scudder, ex policía y alcohólico no siempre contenido, son de las mejores que ha dado el género porque en ellas el gran autor estadounidense conjuga a la perfección la novela de detectives con la novela moral, algo que está en la base del género y que desde Hammett, Chandler y Macdonald no puede soslayarse. Pero no es jamás moralista Block ni se enreda con la moralina, como les ha ocurrido a tantos otros superficiales autores del género negro que confunden la literatura con el sermón y la prédica ortodoxa, ramplona y demagoga. Al contrario: la mirada de Scudder, narrador además de esta serie de novelas, tolera más de una moralidad. Quizá por eso no puede extrañar que esta historia comience con Scudder buscando al asesino de un chantajista amigo suyo, que extorsionaba a tres personas a las que les sacaba dinero a cambio de su silencio. A Scudder no le gusta el asesinato, no le gusta que se asesine a nadie. Aunque la víctima sea un tipo de baja estofa. Porque todo el mundo tiene pecados que purgar. 
Scudder entrega a las iglesias que encuentra a su paso el diez por ciento de sus ingresos profesionales, pero no es practicante de ninguna religión. Scudder vive en un hotel, carga con algunas culpas, pero las ahoga en alcohol. Scudder ama brevemente a algunas mujeres y no pierde la cabeza por ninguna de ellas, como ellas tampoco la pierden por él. Scudder está separado, quiere a sus hijos, pero no siempre tiene ganas de verlos. Es un solitario, pero no un resentido; es un bebedor, pero no un chalado; es un pobre, pero no un indigente; es un tipo leal y entiende el mal propio y el ajeno, sabe mirar con pausa y con calma donde cada cual guarda su porción de rabia y frustración; y, lo que es más importante, sabe perdonar. Todo, menos el asesinato. 
Tiempo para crear, tiempo para matar es una novela breve, acertadamente recuperada hace poco por RBA, en la que la investigación parte de un delito para ir pisando por encima de un montón de delitos que desembocan en más delitos. Quien oculta y calla es capaz a veces de defender sus secretos incluso matando. Y eso no le gusta a Scudder, que serena, desapasionadamente va exponiéndose como siguiente víctima para que se delate quien mató a su amigo. Conversa con los chantajeados, finge ser el continuador de la tarea una vez que su amigo ha muerto, y se las ve con una rica que fue actriz porno y lo oculta, con un futuro gobernador que sodomizaba a muchachos, con un padre que tapó el homicidio de su hija, quien atropelló con su coche a un niño y no paró para socorrerlo. Scudder no se acalora, no juzga ni piensa en hacerle pagar más que al que dañó a su amigo. Como digo, no se enreda en la moral facilona, arriesga perdonando a quien seguramente no lo merece, porque cree que todos nos equivocamos, y sigue adelante hasta separar al culpable e imponerle una particular condena que no es hija de la moral, de la asunción de ningún papel divino, sino un acto de responsabilidad inexcusable. 
Se habla mucho de James Cain, de Horace Mccoy, de Jim Thompson y de James Ellroy como poderosos escritores que desnudaron la moral sin miedo a mancharse en ríos procelosos, pero ninguno es tan buen escritor como Lawrence Block, ninguno ha tocado las arenas más fangosas con tanto estilo y tanta profundidad liberadora como Block, al que sin duda hay que considerar uno de los más grandes de la novela negra.  

Ross Macdonald: La mueca de marfil ( y 5). Crítica

En La mueca de marfil, Archer trabaja por el dinero pero sobre todo para ayudar a dos inocentes. Hay varios asesinatos, él entra en el caso engañado y poco a poco va descubriendo los motivos: las pasiones humanas que nos hacen débiles ante el dinero, el poder, y también ante nuestras propias, inconfesadas debilidades. Porque de eso se trata también en las novelas de Macdonald: de saber más sobre hombres duros pero también sobre hombres aparentemente blandos, autocompasivos, que no salen de sí mismos sino para causar mal. El asesino es a veces un tipo bueno que se defiende, puede ser un tipo que nunca planeó asesinar, incluso puede ser un hombre piadoso que no acepta que se pongan en duda públicamente sus íntimas debilidades, sus zozobras secretas, sus amores fracasados.
Archer investiga con el tiempo a su favor, sabiendo que maneja las horas y que inexorablemente los errores de los asesinos le llevarán hasta la verdad. Por eso hace muchas preguntas, por eso habla con todos los implicados, por eso remueve y espera y luego salta, corre. Macdonald llena la narración en primera persona del detective Lew Archer de un lirismo genuino, que aproxima la historia al teatro griego y a su concepto de la tragedia. Con muchas comparaciones iluminadoras, con descripciones que alumbran y personajes que se mueven como en un decorado móvil lleno de luces de las que nunca pueden escapar, esta novela no se apunta al jeroglífico policíaco sino al camino de la indagación freudiana, recorre sendas llenas de pulsiones y deseos y miedos y actos que justifican, tapan o determinan para siempre. Porque el pasado es fundamental en las obras protagonizadas por Archer: está acechando, como un animal dañino, al borde de la vía por la que se mueven en el presente los personajes, acechando porque está lleno de maldad y de hechos que cuando se descubran obligarán a crear más maldad, más muerte, más dolor.
La mueca de marfil es una de las grandes obras de la literatura negra, un clásico que tiene todos los ingredientes de lo que llamamos la época clásica: un detective, asesinatos, asesinos por descubrir, bellas mujeres malas, almas inocentes encarnadas en muchachas que padecen siendo nobles y buenas. Y es un clásico porque, además de tener los ingredientes necesarios, Macdonald aporta una mirada única, una intensidad inigualable y una creatividad digna de un estilista mayor, que se traduce en un texto plagado de aciertos y de imágenes inolvidables. Y una sensación persistente de que estamos leyendo una novela, de que es ficción, pero nos toca, nos cosquillea, nos hace ver cosas de nosotros mismos de cuya existencia no siempre nos sentimos orgullosos.

Ross Macdonald: La mueca de marfil (4). Enfermedades psicosomáticas

Si la importancia de Chandler estriba en su mirada crítica y romántica hacia una sociedad en la que el capitalismo negaba la posibilidad del romanticismo y la fraternidad, la de Ross Macdonald es innegable en su análisis profundo del ser humano, en su mirada en la que no falta el análisis dimanado de las teorías y preocupaciones freudianas, de tal manera que lo que se nos muestra es una inmersión en las causas y motivos que llevan a las personas a huir, ocultarse, morir. Lew Archer es un personaje creado para indagar, para hacer que las ideas se confronten. Si Chandler es importante en la literatura del siglo XX, no menos necesario es Macdonald, que en posteriores novelas abordó temas como el dinero negro, la quema de bosques, los vertidos de petróleo en el mar. La diferencia en la valoración general de uno y otro -Macdonald escribe mejor que Chandler, tiene un instinto social y de denuncia más pronunciado que el de Chandler- acaso sea debida a que muchos escritores han seguido la línea romántica de Chandler, se han quedado en la superficie de sus logros y los han imitado -idolatrando, creando ídolos, figuras - porque son aparentemente más literarios, son más aceptados y mejor vistos gracias al romanticismo que destilan. En cambio, Macdonald es más difícilmente clasificable y etiquetable, sus novelas apuntan más hacia adentro y requieren imitadores más dotados para el buceo psicológico y el inconformismo social. Macdonald no es un romántico, Lew Archer no es un romántico, porque en un mundo lleno de abusos, de trampas económicas, de engaños interesados, de falsedades cómplices y desengaños que desembocan en el cinismo o la autodestrucción no se puede ser romántico. Chandler está etiquetado, puesto en un anaquel. Macdonald, aún por descubrirse en sus mayores logros, sigue suelto, incordiando, regalando meditaciones como ésta, escrita en los Estados Unidos en 1952:


-Yo no diría nervios- Benning cobraba nuevas dimensiones a la luz de sus conocimientos superiores-. La personalidad total es la causa de los males psicosomáticos. En nuestra sociedad, un negro, en especial una negra con buena preparación, como la señorita Champion, está sujeto frecuentemente a frustraciones que pueden conducir a la neurosis. Una personalidad fuerte convertirá a veces la neurosis incipiente en síntomas físicos. Lo planteo crudamente, pero es el caso de la señorita Champion. Se sentía oprimida por su vida, por así decirlo, y su frustración se expresaba en una opresión abdominal.


Los negros y su frustraciones, en esa época, defendidos por un blanco del sur. Valiente, comprometido, un autor digno de los mayores elogios.

Sánchez Gordillo (Los pobres)

(Normalmente las conversaciones entre Luis Castillo y yo aparecen en el blog En la Aurora, pero esta vez me ha insistido para que también por aquí suba a la red este texto. Como somos amigos, así lo hago. ) 


Sánchez Gordillo (Los pobres)




Me dice Luis Castillo que está con Sánchez Gordillo, que quizá hasta acuda al encuentro de la marcha por Granada y se sume a ella. Estoy con los pobres, estoy con los engañados, estoy con la gente a la que le quitan para seguir dándoles a los ricos, añade. Y creo que hay que salir a la calle y dar la cara. ¿Te imaginas -me pregunta - lo que sería ver en las calles, juntos y unidos, todos a una, a los parados de España? Así no habría dudas de cuántos son, no habría dudas de que pasan faltas y necesitan, piden activamente ayuda. Obligarían a cambiar muchas cosas, estoy convencido, concluye. Y yo me quedo pensando en autores como Aldecoa, Fernández Santos, García Hortelano, que acaso saldrían a las calles y se sumarían a los grupos de protesta pacífica. Menciono esos nombres y Luis Castillo medita en voz alta: Qué lástima que haya tanta pasividad, tanto intelectual falso y vendido, tanto tipo empeñado en mirarse el ombligo. Siempre lo ha dicho mi padre: Este es el país de Sálvase quien pueda. ¿Sabes, Paco? Hemos pasado del capitalismo hedonista a otra cosa en la que ya la gente solo se necesita como las piedras para hacer camino. Y por el camino avanzan los poderosos, y pisan, y aplastan, y cada piedra es un trozo inútil de nada. Lo de Sánchez Gordillo abrirá ojos, creo, y por eso lo están criminalizando tanto: se ha salido de la senda marcada, se ha vuelto incómodo, suelta verdades como puños, irrebatibles. Ya no hay excusas, Paco: y el que llore después, que recuerde si antes ha salido a luchar antes de perderlo todo.  


Foto: Willy Ronis

Grupo 7, de Alberto Rodríguez




Deudora de una manera de hacer muy hollywoodiense, tiene esta película, sin embargo, algunos valores y aciertos que sirven para destacarla y recomendarla, pues su acercamiento a la violencia mediante unos personajes que no son ángeles caídos ni matones justicieros, sino simplemente policías muy humanos vistos frontalmente, sin tapujos, sin mentiras ni mixtificaciones, no resulta falso, sino muy creíble y muy sincero, merced a un alejamiento absoluto del maniqueísmo y de una gratuita, forzada e imposible voluntad de identificación. Resulta incómodo seguir las peripecias de los sujetos protagonistas -como ocurría en la serie The Shield, de la que ha tomado también algunos elementos imprescindibles para la estructura y la exposición de las escenas más crudas- y más aún verlos en sus momentos de intimidad, con parejas que están a su lado pero en realidad muy, muy alejadas de unos hombres que nunca sabrán vivir sin placa y sin delincuentes a los que interrogar y amedrentar. Pero, como digo, rezuma sinceridad la historia, y eso -además de la excelente interpretación de Antonio de la Torre, una vez más, y de la notable participación de los secundarios- la eleva por encima de No habrá paz para los malvados, el otro logro reciente del cine negro español, que en realidad es mucho más hueca de lo que a primera vista parece y no cuenta con un argumento tan sólido ni con un deseo de verdad tan intenso y no orilla ni quiere los tópicos más arraigados y vanos de la serie negra. No, no es una obra maestra, pero está impecablemente realizada -algo nada fácil en nuestro país cuando hablamos de cine de género- y seguro que irá ganando con el tiempo hasta situarse en un lugar del que no caerá ya nunca.