M.O. Walsh: Sol robado



    En un barrio familiar de Baton Rouge, el verano de 1989 transcurre apacible a pesar del insoportable bochorno. Las clases han terminado y el narrador, un adolescente de catorce años, pasa las vacaciones pensando en Lindy Simpson, la joven vecina por la que se siente atraído desde niño; pensando en ella y... espiándola. Hasta el terrible atardecer en que Lindy es víctima de una brutal agresión. Nadie logra identificar a su violador, y la policía jamás encontrará al culpable. Veinte años después de ese suceso que cambió para siempre la vida de nuestros protagonistas, y también la del barrio, el narrador «revisita» aquellos cruciales días del pasado para tratar de entender lo sucedido.

   Edita: Tusquets

Annie Proulx: El bosque infinito




    A finales del siglo XVII, René Sel y Charles Duquet, peones contratados para cortar madera, desembarcan en Canadá, conocido entonces como Nueva Francia, con un magro contrato para trabajar en durísimas condiciones en las tierras de un déspota colono francés. Mientras Duquet, astuto y taimado, cae enfermo y escapa de esa «esclavitud» para acabar dedicándose al comercio de pieles y, finalmente, de madera, René, sensible a su entorno, se queda en la plantación y sobrevive a su «amo», unido a una india mayor que él. Pese a que los destinos de ambos se anuncian trágicos, sus sucesores, a lo largo de tres siglos, seguirán ligados a lo que ―cuando sus antepasados llegaron― eran unos bosques sin límites, aparentemente inagotables. El bosque infinito sigue a los intrépidos descendientes de René y Charles hasta la actualidad, en un viaje a través de Norteamérica, Europa, China y Nueva Zelanda: una aventura llena de peligros, venganzas, aniquilación cultural y amor por las tradiciones indias, en una novela que explora no sólo las relaciones entre los pueblos (indios y colonos; franceses, ingleses y norteamericanos; Oriente y Occidente), sino también la implacable destrucción de la naturaleza por el hombre.


   Edita: Tusquets

Jorge Zepeda Patterson: Los usurpadores


   


   
   

   A punto de concluir el mandato del presidente Prida, se desencadena una feroz lucha entre los tres candidatos al puesto. Los aspirantes mueven fi cha, pero si bien las estrategias políticas y sociales deberían ser el límite, uno de ellos, un militar fanático arropado por algunos compañeros, traspasa todas las líneas rojas orquestando una masacre en la Feria del Libro de Guadalajara con el objetivo de desestabilizar el país.

   De nuevo Los Azules, el grupo de amigos de la infancia que ocupan cargos de poder, serán parte involucrada en la trama tratando de averiguar quién está detrás del atentado y qué relación guarda éste con el tenista de élite Sergio Franco, a quien un sicario ha tratado de asesinar.

Edita: Destino

Martín Kohan: Fuera de lugar




Fuera de lugar transcurre en geografías diversas: la precordillera, el litoral, el conurbano, los remotos países del Este, una frontera. Y también en Internet, el espacio de todos los espacios. Claro que los personajes que se mueven de un lugar a otro, los que parten y se aventuran, no van a quedar por eso más cerca de la verdad que aquellos que se quedan siempre fijos en un mismo punto. Y eso porque la lógica que se impone en Fuera de lugar no es otra que la del desvío. El desvío: ya sea en las perversiones de las fotos con niños que se narran en el comienzo, ya sea en el viaje en extravío que se narra en el final.
¿Qué es lo fuera de lugar en Fuera de lugar? En parte lo es la aberración: eso que no debería suceder y, sin embargo, sucede. En parte lo es la descolocación: el modo fatal en que se desorientan y se pierden aquellos que más seguros se sienten de estar siguiendo las pistas correctas. Y en parte lo es la forma en que Martín Kohan dispone la trama policial de esta novela: hay actos y hay huellas, hay hechos y hay consecuencias; pero las huellas y las consecuencias aparecen siempre en un sitio diferente del sitio donde se supondría, donde se esperaría, donde se las va a buscar.
«Don para hilar diálogos absolutamente naturales. Kohan escribe con una elegante ligereza, con gran atención al ritmo. Lo suyo es la palabra medida, certera. Impecable escritura» (Ernesto Calabuig, El Mundo).
«Prosa hipnótica. Un escritor dueño de un universo literario y de un estilo propio; un escritor de incuestionable firmeza» (Ricardo Baixeras, El Periódico).
«Un escritor llegado al puerto seguro del talento» (Ricardo Menéndez Salmón).
«Rendido a sus pies, señor Kohan» (Carlos Zanón,Avui).


Edita:  ANAGRAMA

Andreu Martín: La violencia justa

   


   No acierta Andreu Martín con esta novela pues la alarga en exceso, la llena de demasiada acción al final entorpeciendo el buen trabajo psicológico previo y convirtiéndola en algo cercano a lo inverosímil y lo peliculero, con lo que tira por tierra todo cuanto de matizado, bien meditado y noblemente realista había en el punto de partida: la historia de una mujer maltratada que busca venganza y la de un expolicía ante un caso importante de tráfico de niños. Resolverlo todo por la fuerza ciega la conseguida apuesta por las dos voces narrativas -lo mejor del libro-, el buen uso de las diferenciaciones de carácter y de lenguaje, así como el bien calcualdo ritmo con que se acercan el hombre y la mujer y establecen sus primeros vínculos. No es una mala novela negra, sino una novela que se empeñó en culminar a lo estruendoso en lo negro y olvidó lo demás como atraída por un brillo cegador. 

La playa de los ahogados, de Gerardo Herrero




Insulsa película, parecida a un flojo telefilme, de la que dan ganas de alejarse ya a los veinte minutos de metraje, porque todo resulta manido, previsible e insustancial, con una mala interpretación de Carmelo Gómez -gestos desconectados incluso en algunos diálogos- que parece adormilado y distanciado de lo que vive tanto como un mar frío y lejano, una realización plana y sin brío y una trama sin alicientes, sin sorpresas y muy rutinaria. Lástima que el cine español, tan acertado en el cine negro últimamente, pierda el tiempo con el policíaco de esta lamentable manera. 

Andreu Martín y los personajes creíbles

Cuando uno lee habitualmente novelas, no deja de hacerse preguntas, más aún si se es tan crítico como yo con lo propio y con lo ajeno. Muchas, muchas novelas se me han caído de las manos por las malas elecciones de los autores, por las imposiciones de los autores que obligan a los personajes a hacer cosas increíbles, injustificables e injustificadas. Con las películas me ocurre aún más a menudo: me distancio, me salgo de la historia, me alejo kilómetros de lo que estoy viendo. Si algo le exijo a un autor es que justifique lo que cuenta, que no me largue discursos, no siembre tonterías manejando a los personajes como si fueran marionetas. Al fin y al cabo, la novela es para mí una indagación en las particularidades del ser humano, sus conductas, sus problemas, sus contradicciones, sus crueldades y sus amores. Por eso, ahora que estoy leyendo una novela de Andreu Martín quiero ponerlo de ejemplo en lo bueno de esto que digo. Sus libros son una mezcla muy adecuada de acción y de psicologismo auténtico, algo perfecto en la novela negra y en cualquier tipo de novela, y llego a la última página siempre porque no me importan otros fallos, otras concesiones si lo fundamental es de buena calidad, que lo es: decir sin mentir, contar sin mentir, describir sin mentir y ayudar a saber un poquito más del bípedo implume. 



Los atrevidos: el narrador

  


   Hace algún tiempo escribí esta novela que, al no estar publicada en papel ni aparecer recomendada en medios, pasó completamente desapercibida. Sin embargo, creo que merece la pena su lectura y por eso voy a dedicarle varias entradas en este blog. 
   El narrador es Luis Castillo, el mismo personaje de Última noche en Granada. Intenté varias veces desprenderme de esta voz y de este tipo, pero no lo conseguí. Me costó acabar de escribir la novela porque no tenía ninguna intención de hacer una serie, algo muy común en la novela negra. Como podéis suponer, el nombre es un claro homenaje al personaje de Ross Macdonald, el lírico y agudo observador Lew Archer, la mejor creación -estimo- del género. Pese a esto, dedicarme a seguir los pasos de alguien que tiene una vida muy marcada, unas costumbres muy establecidas y unos vicios infaltables no me atraía, porque no me gustan las repeticiones en la vida ni en las novelas y porque no quería encadenarme a un personaje, a una sola manera de mirar, de decir, de sentir. Sin embargo, supongo que debido a mis limitaciones, mi mundo algo reducido -eso que llaman obsesiones- y mi conocimiento exacto tan solo de unas pocas cosas me hizo volver sobre mis propios pasos -o los de Luis- y continuar su historia, que al parecer no terminó en la primera novela, toda vez que se me impuso la necesidad de escribir una segunda. 
    En Los atrevidos, Luis es el mismo y es otro. Algo bueno, para no cansarme ni cansar al que ha tenido la voluntad de leer la novela. La historia se lo exigió. En Ultima noche era el sujeto paciente, el sufridor, mientras que en Los atrevidos es un observador, muy en la línea de Archer, que se ve involucrado y participa sin ser nunca el protagonista de la trama, sin tener nunca el foco de lo contado puesto sobre él. Así, es su voz la que nos hace llegar la historia triste de una mujer triste que fue violada por su tío cuando tenía diez años. Es su voz la que se esfuerza por recordar y decir cambiando el tono lo que esa mujer sufrió y aún sigue sufriendo. Es su voz la que procura contar y no exagerar, no mentir, a la manera en que Archer narraba pero también a la manera en que narraba Baroja: por el camino de lo esencial y lo verdadero. Luis Castillo es un personaje que cuenta una historia porque está obligado a contarla, porque aún no la ha asumido del todo -una gran diferencia con la novela decimonónica- y porque no comprende en plenitud qué ha vivido, qué supone para su vida y para la de quienes han vivido esa historia con él. Este narrador no es un sabio, no es un viejo que recuerda, sino alguien que cuenta aún poco distanciado de lo vivido, aún perplejo, aún en proceso de asimilación y envío voluntario y consciente de unos hechos a la cueva del recuerdo. Narra porque está obligado a narrar para que otros sepan, quizá para que le ayuden a saber qué sabe. Si yo asumí que él tenía que contar en primera persona es porque su voz era ya un filtro, un primer tamiz, y haber optado por la tercera persona habría sido una mentira, un acto frío que me habría alejado como lector de esta historia. Somos personas, no dioses, y los narradores de tercera casi siempre me parecen imposibles dioses. Un amigo me dijo hace mucho que un narrador de primera no es creíble, porque nadie puede recordar un diálogo completo, el monólogo de otra persona, tantos detalles. Siempre me pesó esa afirmación. Pero la elección del narrador de tercera me habría parecido en esta novela un truco, un artificio, un teleobjetivo. Contar desde el yo es lo que creo más real y más creíble porque todos somos un yo y todos contamos desde nuestro yo. No hay objetividad y no hay lugar para los demiurgos a estas alturas, con todo lo que ha sido ya visto, estudiado y escrito. Quien cuenta desde la tercera ha de ser prodigiosamente jamesiano para no mentir desde la primera palabra. O al menos eso pienso ahora, esta tarde de junio, mientras medito con el calor atemperado en mi ventana y la tarde apoyada remisa en las fachadas de los edificios más cercanos. 

Eugenio Fuentes y Cinco esquinas

Magnífica reseña de Eugenio Fuentes al último libro de Vargas Llosa: ¿quién puede dudar de la valía de la crítica con un escrito como este? 

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Cayetano

 Hoy, después de cinco años de una enfermedad abrupta y que no ha dado apenas tregua, ha muerto mi hermano Cayetano. Gracias a él aprendí un día a manejar un ordenador y gracias a él ha existido, por lo tanto, este blog. 
   Descansa en paz, hermano. No te quepa duda de que, estés donde estés, de alguna manera siempre estaremos juntos.
   Como decíamos de pequeños: Jau.

Antonio Jesús García: Danzad, danzad, malditos

   




   Exposición de fotografía de uno de los grandes valores de nuestro país, un artista de poderosa mirada y útil imaginación para ver y plasmar, en MECA

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