E. L. Doctorow: Billy Bathgate (y 2). Crítica

Las grandes novelas que se acercan al tema criminal, que lo recorren y lo viven, que no pasan por su lado y no lo utilizan para propósitos estrictamente estilísticos o para insertar el nombre de un gran autor en la historia del subgénero siempre me han atraído. Me interesa saber qué hace un gran escritor con el mismo material que ocupa las horas de otros autores a los que por entretenerse en hechos negros nunca se les otorga el valor ni la importancia que en verdad tienen si se les mira sin anteojeras. En el caso de Doctorow podemos afirmar que se trata de un acercamiento honesto, creíble, profundo, sincero. "Billy Bathgate" es una obra maestra, una novela inolvidable, un clásico de la literatura mundial. Y, como además cuenta una historia de gánsteres, podemos traerla aquí sin ningún problema. En el cine -con películas de cine negro que son magistrales y nadie discute - no se arriesga demasiado al decir que "El sueño eterno" es un clásico, por ejemplo. En la literatura los prejuicios aún calan hondo en las mentes de los críticos y los estudiosos. Pues bien: digamos desde el principio que "Billy Bathgate" es una novela negra magistral.
Doctorow es uno de los autores mayores de nuestro tiempo. Es también -dicen algunos- uno de los pocos escritores verdaderamente de izquierdas que nos quedan. Analiza, profundiza, crea personajes y levanta escenarios con la mano del artista y la mente crítica de quien no se contenta o no se conforma con lo que ve. En esta novela describe a la perfección el mundo de los gánsteres y la época de su apogeo, en los años 30 del pasado siglo, y lo hace con la mejor mirada, que es la de alguien que empieza en las bandas, que es apenas un chaval, un joven que se inicia, con lo que el lector se identifica desde la primera página con sus deslumbrantes descubrimientos, con su hechizada fascinación pero también con su sensación de ser siempre un extraño, de estar dentro y fuera a la vez. Y el lector lee y siente su miedo, lo nota y lo comparte.
La prosa de esta novela es excepcional, el ritmo de las largas frases unidas repetidamente por una y que nunca alarga en exceso, que nunca cansa, que nunca une sino lo que puede unirse es una herramienta que yo nunca he visto mejor usada hasta ahora en ninguna novela. Si en otros autores los períodos largos son voluntad de estilo y en algunos trechos cansan, aburren, se vuelven excesivos, lastrantes, en Doctorow el uso de la conjunción dinamiza, vuelve los largos párrafos amenos, tanto que se beben a sorbos: leyendo la novela tiene uno la impresión de que no puede abandonarla, de que sería un desaire cerrar el libro, no seguir oyendo la narración de Billy Bathgate. Hay tantos aciertos en esa prosa, tantas profundizaciones en los caracteres de los personajes, en la descripción de un mundo que cada vez parece más lejano, tantas meditaciones útiles y novedosas que el lector siente agradecimiento y se cree la historia, jamás se siente abrumado por las palabras, incluso diría que olvida que está ante unas hojas impresas. Esto se lo debe Doctorow a su admiración y su buen entendimiento de novelas de Melville, de Twain. Sin ellas, no existirían "Billy Bathgate", seguramente resultaría imposible lograr su perfección.
Ocurren muchas cosas en esta novela. Lo más importante, desde luego, son los personajes y ese análisis que se hace de una sociedad podrida hasta la médula, en la que el dinero lo es todo, lo crea y lo destruye todo, pero Doctorow no cae en el solipsismo, no se regodea en los hallazgos, no abusa de su inteligencia analítica y todo lo deja en manos del hombre que recuerda la época que vivió cerca de un gánster poderoso y temible. Lleva a sus personajes fuera de la ciudad, nos regala escenas en el campo inolvidables, escenas de amor pocas veces contadas con tanta intensidad, escenas de sexo que arden con un fuego pocas veces tan bien expresado con palabras, escenas con muchos personajes y escenas de soledad absoluta, escenas en que todo se ve y escenas en que todo se intuye y ha de completarse en la mente del lector mediante los sobreentendidos, escenas que conmueven hondamente y escenas que encadenan sensibilidad y dureza como solo los mejores escritores son capaces de afrontar y escribir.
Dice Javier Tomeo que "Billy Bathgate" merece figurar entre las obras maestras de la literatura estadounidense del siglo XX. Añadiría yo que merece figurar para siempre en un rincón vivo de nuestra memoria.

(Edición de la lectura: Puzzle. Roca Editorial. Mayo 2006)

Texto recomendado: "La última oportunidad, Richard Ford", en el blog de Blanca Vázquez

Frozen River, de Courtney Hunt


El hielo está en "Frozen River" no sólo en el paisaje, sino en la mirada de la sociedad que deja de lado a los más débiles y desamparados, en las leyes que persiguen a quienes se están cayendo y no a quienes les mandan correr y huir, en el dolor y en el vacío de los personajes que la protagonizan, pues en su dolor frío y en su vacío helado hay una humanidad que clama y solloza en la nada. El remedio llega de los propios humillados y ofendidos, nace de ellos, de ellos brotan la amistad, la solidaridad, el deseo de estar juntos y luchar contra todo, aunque ese todo sea inmenso y les queden pocas fuerzas. "En Frozen River", como hace algún tiempo en "Adiós, pequeña, adiós", he encontrado el gran cine que atrapa, conmueve, hace sentir y pensar, que no te permite ser sólo espectador. El cine que uno tanto echa de menos.
"Frozen river" es la historia de dos mujeres que están solas, que desconfían una de otra pero tienen que unirse para conseguir dinero llevando en el maletero de un coche a inmigrantes ilegales de un punto acordado a otro, por lo que cobran la mitad al partir y la mitad al entregar la mercancía humana. Ninguna es feliz, ninguna hace ese triste trabajo sino porque no le queda más remedio. Una les sirve de cena a sus hijos palomitas de maíz y una bebida amarilla. La otra malvive en una caravana, apenada por el recuerdo de un hijo que le quitaron cuando dio a luz y al que ve muy difícil recuperar. No hay tópicos en esta historia, y está construida con una sabiduría que pocos muestran ya en la escritura cinematográfica: las escenas se encadenan, los diálogos son los precisos, la carencia de medios deviene ejemplar puesta en escena, los personajes tienen vida propia y no están a merced de los devaneos de la historia. Hay detrás, por supuesto, alguien que ha escrito un guión despojado y eminentemente literario, hijo del mal llamado realismo sucio, deudor de la mirada cargada de piedad de un Richard Ford. Y estamos ante una trama que cuenta sustrayendo, que no se abisma jamás en la redundancia ni en el sentimentalismo -y eso que hay oportunidades, muchas, con los niños que crecen solos, con la deudas de la madre, con la historia del niño robado-, porque entonces entraría en los terrenos de la mentira, de las concesiones, de las emociones pactadas y manufacturadas que tan abundantemente nos sirven en las películas de grandes presupuestos. Quien ha escrito "Frozen River" -la propia directora -ha ido a la médula de los asuntos, no ha movido la cámara por los desolados paisajes exteriores e interiores más que cuando era necesario y en la limpieza de las escenas -de las páginas- vemos que la verdad vence, descarnada y pura, como pocas veces en el cine actual.
Pero además está el final de la película, con las decisiones últimas de los personajes -decisivas, como las de la pareja de detectives de "Adiós, pequeña, adiós"-, que mandan todo un mensaje para quien quiera ver y quiera saber y sacudirse las legañas o las telarañas o la mugre económicosocial que tapa la mugre moral que nos envuelve. Con ese final, de película excelente pasa a imprescindible, a inolvidable.

E. L. Doctorow: Billy Bathgate (1). Primer capítulo

El primer capítulo de esta novela es un magnífico ejemplo para quienes empiezan en el mundo de la literatura, es ideal para las escuelas de jóvenes escritores. Doctorow narra con gran limpieza y gran precisión y una cantidad adecuadísima de detalles una escena en un barco vista a través de los ojos de un adulto que recuerda y que entonces era un muchacho, un aprendiz de gánster. Al colaborador más estrecho del jefe de los gánsteres lo han atado a una silla y le han metido los pies en un balde con cemento que va endureciéndose. Van a arrojarlo al mar. El hombre suplica que le maten, que lo hagan sufrir, insulta al jefe pero no consigue su propósito. Se desespera aún más cuando al camarote traen a la chica con la que estaba cuando por la fuerza lo arrastraron hasta el barco. Ella se asusta, vomita sobre su vestido. Después el jefe se la lleva y deja solo al que va a morir. Arriba, un ayudante del jefe habla con el piloto sobre los trabajos que hacían en el pasado, en barcos y lanchas, cada uno a un lado de la ley, pues el piloto fue teniente en un guardacostas y hacía la vista gorda ante ciertas embarcaciones que transportaban cajas con contenido nada legal. El hombre que sufre ruega que le maten, pero nadie quiere oírle.
Son 23 páginas magistrales, escritas con frases largas que nunca cansan, pues no se estiran porque sí, sino que poseen un ritmo mantenido y subyugante y lleno de información útil y necesaria. Bathgate dota al narrador de una mirada minuciosa pero también ágil, e inserta muchas emociones sin lastrar la narración, ya que no recurre a ningún tópico. La escena se alza perfectamente real ante la mirada del lector, cada persona se mueve y nos atrae, cada gesto anotado por el narrador nos cautiva también a nosotros. Es admirable verlo y saberlo y meditar después de haber disfrutado con el texto y concluir que sin ningún tipo de virtuosismo vacuo puede contarse tan bien una escena.


J. Ernesto Ayala-Dip y la novela negra

En un valioso artículo, "El placer del abismo", aparecido en El País, este crítico de merecido prestigio nos deja frases tan interesantes como éstas:

"Todos los caminos de la novela policíaca conducen al mal. Palabra tabú durante siglos, deviene ahora un concepto con el que se coquetea".

"Auden, a quien molestaba la palabra evasión cuando se refería a la novela policíaca, consideraba a Raymond Chandler un artista absoluto".

"No hay en la literatura policíaca detective privado, policía o periodista implicado en una causa criminal (además de conmoverse más o menos por sus consecuencias) que no sea consciente de que su operación de develación es ante todo una operación moral".

"Las sutiles inducciones del freudiano investigador Lew Archer de Ross Macdonald".

Frases muy certeras que aumentan mi estima por este buen crítico, que en el mencionado artículo defiende con pasión y razón las novelas de Fred Vargas y Stieg Larsson.



Texto recomendado: "Mis amores", en el blog de Graciela Barrera


Margaret Millar: Más allá hay monstruos


Es difícil entender por qué se olvida a un buen escritor. Hay modas, por supuesto. Hay opiniones, por supuesto. Pero también debe haber memoria. Creo que es muy justo recordar que Margaret Millar formaría parte del mejor grupo de escritores de novela negra que pudiéramos imaginar y juntar. Es un clásico, y me temo que la ha perjudicado no tener un investigador fijo en su libros que actuara como reclamo y como bandera. También, cómo no, ser una mujer. Y también que sus libros no discurran por caminos trillados, conformistas, los repetitivos mundos de asesinados y buscadores de asesinos.
Margaret Millar es una escritora muy completa. Creó personajes con vida propia, muy distintos y muy bien diferenciados en sus maneras de hablar y comportarse, ya fueran un abogado, un chico de catorce años, un policía, el dueño de un rancho o una madre medio loca. Sus argumentos no son retorcidos, sumamente complejos, no están trufados de violencia desatada ni disparos a mansalva. Millar escribe como lo haría quien no está anclado en un género, quien no se siente preso de un género y, sin menospreciarlo nunca, no se olvida de que las novelas están hechas de la carne y la piel de los personajes, así como de su alma y sus deseos frustrados. Millar elige situaciones criminales y escribe libros en los que se palpa lo que se dice, se siente porque es sólido, material e inconfundible. Millar era una escritora realista que entendió que la mejor manera de hablar de su época y de sus contemporáneos era a través de la tragedia, de la novela trágica y negra, que mucho tiene que ver con las obras de teatro del pasado en que al escenario subían personajes, trama, cuestiones por dilucidar y llanto, amargura, dolor, vileza, pero también desesperanza tenue, amor desenfocado, ternura quebrada, soledad provisional. No hay en Millar cinismo ni crueldad, no hay gratuitas páginas entregadas a la loa del nihilismo, no hay ningún derroche de frialdad ni de cerebralidad. Y, creedme, tampoco ingenuidad ninguna.
"Más allá hay monstruos" se desarrolla casi por completo en un juzgado y en un rancho. Hay un juicio para dar por legalmente muerto a un hombre que desapareció un año antes. La madre no quiere que el juez dictamine para siempre y la viuda espera que lo haga para poder seguir su vida. El capataz del rancho será un testigo indispensable. El policía que buscó al hombre desaparecido también. Millar se mueve entre los personajes con una agradable soltura, dejando detalles de lo que son y creen ser, de lo que les mueve y quizá también de lo que ocultan. Con una poderosa imaginería visual -muy deudora de los grandes escritores del sur de los Estados Unidos, empezando por William Faulkner-, Millar adereza, sin demasiadas comparaciones del tipo "como, como si, semejante a", el texto con elementos que nos hacen entender mejor lo que está pasando, que ayudan a careacterizar a lo personajes y a situarlos en su ambiente. No hay desperdicio en este texto. Millar escribe bien - qué pocos narradores negros actuales son capaces de hacerlo como ella, que nunca olvidaba que una novela es historia y palabras-, a ratos incluso muy bien, y jamás malgasta fuerzas en nada que no ayude a la trama a avanzar. En la economía de medios halla un cauce muy apropiado al sentido de sus narraciones, que son mesuradas, claras y profundas, aunque nunca pesadas, nunca cargantes -me vienen a la memoria Mankell y otros, que no aprendieron a pulir, que creen vencer sumando y sumando y sumando-: acercamientos perspicaces a asuntos que tocan el tema criminal y develan aspectos del alma humana con pericia y un tenue pudor que ennoblece sus historias y el sentido último de las mismas.
"Más allá hay monstruos" es lo que se escribía en algunos mapas medievales para señalar zonas de nuestro planeta a las que no se había llegado o era mejor no llegar. Millar titula así su libro porque detrás de todo lo que vemos y leemos se alzan algunas dudas: ¿habrá muerto realmente el hombre desaparecido, lo mataron ? ¿Qué ocurrió? ¿Damos el paso? ¿Vemos si hay monstruos? Que no tema ningún lector. En esta novela pequeña sólo en apariencia no habrá nada que lo asuste y sí mucho que le satisfaga. Es una obra pequeña sólo en apariencia de una autora mayor.


(Edición de la lectura: Bruguera. 1981.)

E. L. Doctorow y Miscelánea, una editorial a tener en cuenta

Hay autores con una obra fundamental detrás que, por mala suerte o por desidia editorial, no llegan a lectores que, aunque no lo saben, los esperan. Los periódicos y sus suplementos culturales, cada vez más dedicados a loar la cultura popularecha, que no popular -lo primero es sinónimo de muy conocido pero no de calidad; lo segundo es sinónimo de conocido y no excluye la buena calidad-, dejan pasar ocasiones magníficas y andan casi siempre a remolque de los acontecimientos. ¿Alguien recuerda que se le haya dedicado a E. L. Doctorow un espacio como el que merecen sus libros?
Miscelánea, que edita libros con buen gusto y selecciona con un criterio encomiable, se presenta de repente con tres novelas, tres, de E. L. Doctorow. Y no son cosa pequeña. Estamos hablando de "El libro de Daniel", "Ragtime" y "Ciudad de Dios", tres novelas de una altura inmensa, de una calidad incuestionable, que esperan a los lectores que auparán aún más a su autor al lugar que le corresponde, pues es un clásico vivo, un grande entre los más grandes narradores estadounidenses de todos los tiempos, digno de estar junto a Faulkner, Steinbeck y todos los demás que se os ocurran.
"El libro de Daniel" fue ensalzado por Joyce Carol Oates, que afirmó: "El arte a este nivel sólo puede ser causa de regocijo". Obtuvo una crítica en el San Francisco Chronicle digna de mención: "La novela versa sobre un tema muy comprometido: ¿qué sucedería si los niños que han visto cómo el FBI se llevaba a sus padres fueran de hogares de acogida a refugios, los visitaran en el corredor de la muerte, crecieran en un período histórico delirante?... Esta es una novela contemporánea extraordinaria, una obra sensacional." Doctorow es un autor de izquierdas, de los pocos que quedan. De los que se mojan. De los que no andan por los temas que elige como otros por la orilla de la playa. Se zambulle, se mancha, y consigue que el lector tambien se zambulla, también sienta deseos de mancharse con las historias ajenas, con los dolores ajenos, con los padecimientos ajenos. Doctorow analiza pero todo lo cuenta, lo cuenta: sus libros son eminentemente literarios, son creaciones poderosas con narradores inolvidables.
"Ciudad de Dios" es otra muestra de la capacidad de reinventarse de Doctorow, que asume un estilo modernista en "El lago", otro de larga frase y períodos largos pero dotados de un ritmo excepcional y ligero como nunca antes en "Billy Bathgate" y aquí inserta poemas, cartas, alza una sinfonía impresionista con la que se transforma y nos acerca al inacabado debate sobre Dios, sus creyentes, la religión, del que podemos esperar la misma hondura de siempre, la misma creatividad inigualable, la misma prodigiosa sensibilidad que acerca al lector al narrador y a los temas tratados, a cada escena de la novela sin esfuerzo, como si la historia estuvieran susurrándosela al oído.
"Ragtime" es esa clase de novela con que contados autores se chocan una vez a lo largo de sus vidas. Es más conocida que su autor, recurrente en conversaciones literarias y cinéfilas, raramente discutida y que ha llegado a todas las capas lectoras a que puede llegar un libro. Existen ediciones de quiosco, de tapa dura y de tapa blanda, está en colecciones dedicadas a las obras maestras: es una novela inmortal. Doctorow bucea como pocos en el pasado, jamás cae en las indolencias y las complacencias de la novela histórica, elige el pasado no para largar discursos encubiertos sobre el presente sino para decir más y mejores cosas que los historiadores, arranca pedazos de momentos muertos o enterrados y los combina con otros grandes, fastuosos, comúnmente conocidos, y con esa materia hace un todo indivisible, nada exhibicionista, siempre al servicio de la verdad, por cruda que esta pueda resultar. En "Ragtime" se habla de la situación de los inmigrantes, de las primeras huelgas obreras, de la discriminación racial. Pero se cuenta desde el punto de vista de los miembros de una clase media, con la que es fácil identificarse. Probablemente, dentro de doscientos años libros como "Ragtime" dirán más y mejor de quiénes somos y quiénes fuimos que los extensos tratados y estudios de fríos hombres de biblioteca que siempre se olvidan de los de abajo, de los que arrimaron el hombro, de los que son como tú y como yo.
Miscelánea, una editorial que no podía empezar mejor, se merece un aplauso por traernos de una tacada -en sólo seis meses- estas tres novelas imprescindibles de un autor al que seguramente le darán el Nobel un año de estos, cuando a los Estados Unidos les corresponda un premiado. Sin Updike, con el viejo Roth incordiando y libre aún por ahí, con Joyce Carol Oates y Anne Tyler cerca, los méritos de Doctorow no son menores ni quedan atrás. Una prueba más la aportaré próximamente en este blog, cuando os hable de "Billy Bathgate", la inmersión de Doctorow en los años treinta y los gánsteres de entonces, tan sobresaliente que por sí sola ya valdría para hacer de nuestro querido autor un clásico de la literatura del siglo XX.

Enemigos públicos, de Michael Mann

Las miradas son fundamentales en esta película, así como el sonido de los disparos, rotundamente reales, nada cinematográficos, que son como choques y como golpes secos contra algo duro, excepto cuando el impacto es contra un cuerpo. Johnny Depp mira y habla con su mirada, Marion Cotillard se expresa mejor con los ojos que con la voz, que con los gestos, y podemos decir que su relación -la del ladrón y su amada- transcurre en los espacios que abren los gestos que se dedican, en los huecos sin palabras en que con la intensidad de la mirada se lo dicen todo. Esto es lo mejor de una película decepcionante, rodada como si fuera un documental -así lo indican su progresión, el ritmo de las escenas y la elección del digital, un error a mi parecer, pues en los momentos en que se mueven mucho los personajes todo se emborrona, se emborracha la mirada y se repliega inevitablemente la atención del espectador-, fría, que no atrapa más que al final, que confía en exceso su validez a la interpretación de los actores y a la enjundia de los hechos pero que no nos involucra, no nos hace sentir simpatía apenas por ningún personaje. Michael Mann ha querido tirar por un lado terriblemente realista y evidente, claro hasta la saciedad, y se ha dejado en el camino la emoción, eso que uno también busca cuando acude a una sala de cine dispuesto a entrar en las vidas de los demás.

Isaac Asimov: El sol desnudo

Cómo nos divierte, cómo nos entretiene el viejo Asimov. Nunca fuerza la prosa, nunca retuerce los argumentos, siempre nos lleva de la mano sin alzar la voz, sin impostarla, como si fuera un sociólogo aficionado a la ciencia ficción que nos informa y nos narra a la vez. Su formación es vastísima, sus conocimientos amplísimos, pero sus novelas nunca caen en el error de ser eruditas, pesadas, plomizas. Al contrario. "El sol desnudo" tiene lo que las mejores novelas pueden ofrecer: un buen argumento, varias ideas originales y algunas imágenes inolvidables. Sólo la tira por tierra, de partida y según el prejuicio de muchos, saber que es una novela de ciencia ficción, ese género para chavales (claro, ellos le dedican más tiempo, cómo no, pues tienen más vida por delante y más deseos de saber qué habrá en su vida futura), para jóvenes que no enfocan bien su mundo y se evaden. Qué tontería. La mejor ciencia ficción arde de ideas, tiene dos pies en la más pura realidad, pero su mayor valor consiste en ponerlo todo en danza, en cuestionarlo todo, en reinventarlo todo. Salir de la realidad sin miedo es el mejor ejercicio que puede permitirse el lector. Y volver a la realidad con una mirada llena de crítica y de deseos de cambio es lo mejor que puede sucederles al lector y a la sociedad.
"El sol desnudo" es una novela negra del futuro, además de una novela de ciencia ficción. El universo de los robots inteligentes de Asimov brilla con su mayor fuerza en esta historia protagonizada por un policía de la Tierra y un robot del planeta Aurora que investigan varios asesinatos en Solaria, el mundo de los más avanzados humanos. Asimov nos habla de la soledad, del miedo al otro, de la independencia, del amor frustrado, del desengaño, de los espacios abiertos y los espacios contaminados, de las cualidades humanas y las aptitudes robóticas trenzando un argumento entretenidísimo, cabal y sin exceso de ningún tipo, algo que lamentablemente ya es difícil ver en la novela negra actual, tan dada a argumentos retorcidos, a idas y venidas de los investigadores y a golpes de efecto para colegiales. Salimos de la novela sabiendo más de un posible futuro de la humanidad y, sobre todo, mucho más de la humanidad en su conjunto y sin acotación de espacio temporal alguno. Y es que el viejo Asimov pertenecía a la raza de los humanistas, de los que querían saber más del ser humano y de sus complejidades, tanto íntimas como sociales, en las que fue un absoluto maestro, como demuestra su ciclo de la Saga Fundación, que tanto nos ayuda a entender la historia del pasado de nuestra humanidad.

Malas temporadas, de Manuel Martín Cuenca


Buena película, cuidada hasta el más mínimo detalle, que no por caer en algún error en su tendencia a dejar bien cerradas todas las historias de los diferentes personajes que la habitan y por deslizarse en algún momento hacia lo explicativo y lo abstracto abandona en ningún momento su planteamiento de filme abierto, sin discursos, sin explicaciones sobrantes. Pocas películas españolas pueden presumir de haber contado una historia de personajes con tan buen pulso como ésta, en pocas hay unas interpretaciones tan mesuradas y luminosas.En el cine actual sobran los discursos, el hábito de coger al espectador de la mano como a un chiquillo y llevarlo de escena en escena dándoselo casi todo masticado. "Malas temporadas" plantea algunas inteligentes preguntas que no tiene el mal gusto de respondernos a la ligera y con argumentaciones que demostrarían que se trataba de preguntas-trampa. Los guionistas han optado por mirar dentro de los vidas de varios personajes muy actuales y nos han contado algunos fragmentos destacados de sus vidas cuyo significado se completa sólo gracias a nuestra mirada. La inmigración, el desarraigo, la soledad interior y exterior, las ilusiones rotas, la mentiras que nos decimos para seguir viviendo son algunos de los temas abordados en esta película que es de las pocas en la actualidad que dejan algo palpitando dentro del espectador cuando cae el telón.

Javier Puche en "Microrrelato en Andalucía"


Es un bloguero y es un autor de relatos que ha sido incluido en el volumen "Microrrelato en Andalucía". Se llama Javier Puche. Participa con cuatro buenas pruebas de que es un escritor con talento. Un bebé que halla el secreto del universo, la mitad inocente y la mitad culpable del cristiano, el error de un hombre invulnerable, Alá y Yaveh jugando al billar y, por último, un mosquito que tiene memoria. Son cinco piezas muy bien escritas y muy bien resueltas, sin ingenios vanos de por medio y con ideas detrás. Siempre es una alegría encontrar a un nuevo escritor. Para quien no tiene el volumen de Batarro, visitar el blog de Javier Puche puede ser un primer paso, una manera de empezar a conocerlo.

RBA SERIE NEGRA


Una colección que me ha soprendido muy gratamente, porque apuesta por autores de gran calidad y por recuperaciones primordiales. Valgan tres ejemplos: el primero, el más destacado para mí, es la recuperación de Ross Macdonald. El mejor autor de novela negra no se merecía el silencio y la desaparición de las librerías de nuestro país. Lo rescatan con "La mirada del adiós", una de las más características novelas protagonizadas por Lew Archer. Psicología, compromiso social, escritura de primer nivel hallaréis en este libro. El segundo es James Lee Burke, que tenía dos o tres novelas publicadas y ya descatalogadas, y vuelve con "El huracán", ambientada en Nueva Orleans y con el detective Dave Robicheaux al frente. Burke tiene un prestigio como pocos en el mundo de la novela negra y fuera de él, pues sus ambiciones literarias parten de una admiración incondicional por el gran William Faulkner. El tercer y último ejemplo es Dennis Lehane, autor de una de las mejores novelas negras de los últimos años, un clásico reciente, "Desapareció una noche". "Un trago antes de la guerra" trae de nuevo a la pareja de detectives privados Patrick Kenzie y Angela Genaro. Lehane es quien mejor plantea dilemas morales en la actualidad, quien más invita a participar al lector en la toma de decisiones de los personajes, pues sus historias no acaban cuando el libro termina.
Son tres ejemplos de una colección de una importancia creciente y que considero absolutamente de referencia para los aficionados al género y a las novelas que son más, mucho más que historias de tiros y persecuciones, de buenos y malos, y que sirven para saber más de nuestra época y de la gente con la que convivimos.

Ricardo Bosque: Suicidio a crédito


No es un recién llegado. Ya publicó su primera novela, "El último avión a Lisboa", el año 2000. La segunda la conocéis muchos de vosotros: "Manda flores a mi entierro" (Mira Editores, 2007). También está incluido en "La lista negra. Nuevos culpables del policial español", de reciente aparición. Edita además Ricardo Bosque un blog de obligada visita diaria: La Balacera , pues se trata ni más ni menos que de una agencia de noticias en la que se nos informa cumplida y apasionadamente de todo cuanto acontece en torno a la novela negra y el cine negro. Por si fuera poco, ha creado una revista digital, de título .38, en la que pueden encontrarse artículos y creaciones de buen nivel.
Ricardo Bosque es una de esas personas a las que uno admira por su buen hacer y por su buen desempeño en todos los frentes. "Suicidio a crédito" es una novela en la que no faltan las sonrisas y los cabeceos de afirmación y reconocimiento mientras el lector se pasea por sus páginas. Paparazis, exclusivas, un galán del cine español de los años sesenta, el mundo del corazón y de los reality shows: nuestro mundo mediático actual está en las páginas de esta novela que recomiendo hoy para que disfrutéis leyendo y os acerquéis a una mejor comprensión de una parcela casi insoslayable de nuestra vida diaria.

Lorenzo Silva: Nadie vale más que otro


Primer relato: "Un asunto rutinario".
Entre los méritos de Silva hay dos que se ven en el primer relato de este libro, "Un asunto rutinario", que son su crítica medida y eficaz a una sociedad que ha perdido sus mejores valores y el tratamiento de temas casi cotidianos, que podrían aparecer mañana en cualquier periódico, y que afectan a gente normal. En esta historia, un hombre de El Ejido, pueblo de Almería, es asesinado en Madrid cuando compraba droga. A qué se dedicaba el muerto -al negocio de los coches de segunda mano-, cómo lo engañaron, quiénes lo mataron no forma parte de una estrategia para entretener únicamente al lector, sino que Silva se vale de elementos de nuestra más cercana realidad para poner a ese lector ante un espejo que, mediante la literatura, le hará meditar y acaso recapacitar sobre ciertos asuntos muy útiles y muy próximos apenas situemos un pie en la calle: el dinero fácil, las drogas, los negocios fracasados, la delincuencia que viene de fuera. Es Lorenzo Silva un escritor realista, con todo lo que eso conlleva, y sus méritos son muchos y sobrados para decir que es un gran escritor, uno de esos que son hijos de su época y la miran con los ojos abiertos.

Segundo relato: "Un asunto familiar".

Los lectores habituales de Lorenzo Silva sabemos que el sargento Bevilacqua es un personaje especial, mimado por su autor y creado a conciencia, tanto que parece existir de verdad, como nos pasaba leyendo las aventuras de Plinio, el guardia surgido de la imaginación de Francisco García Pavón, tan absolutamente creíble. En el relato "Un asunto familiar" veo a Bevilacqua muy cercano a Plinio, a una filosofía vital que les emparenta y los convierte en inolvidables, ya que no hay en ellos la insulsez ni la violencia de otros que se han dedicado al mismo oficio investigador -aquí y en cualquier otro país- llevando su ego siempre por delante. Son observadores y también comprensivos, son humanos. "Por eso tenemos que cazar a este cabrón. Siempre habrá otros, y ya sabes lo que nos encontraremos cuando lo tengamos en la jaula, a un pobre tipo que nos dará todavía más lástima que asco." Porque de eso se trata también en la profesión de investigador: ver lo horrible sin cegarse, ver lo abominable sin perder el raciocinio. Con el trabajo que realiza, Bevilacqua se siente confiado y más o menos seguro, porque tiene que descubrir a los culpables y ponerlos a buen recaudo y sabe que efectúa una labor de limpieza interesante, inevitable, que no nos deja del todo sin esperanzas. Y en este caso, con una niña violada y tres familiares como sospechosos, la pesadumbre con que se mueve es superior, la tristeza más honda e intuye que la resolución del caso será abrumadora. El mal está hecho y hay que hurgar, hay que encontrar a quien dejó que su caballo interior se desbocara. Mira la foto de la niña muerta y piensa que ésa es "la cara que tenía antes de que la muerte se la vaciara de luz." Y ahora ha de encontrar al asesino, que se ha quedado también sin luz interior, tanto si es consciente de ello como si no. "Un asunto familiar" está escrito para ser leído y releído y gana cada vez que nos paramos a leerlo y a pensar.

Tercer relato: "Un asunto conyugal"
.
No malgasta palabras ni fuerzas en tonterías Lorenzo Silva. Esto, que parece de poca importancia, en el reino de la novela negra tiene más de lo que parece. Porque mientras otros malgastan el ingenio y la fuerza en novelas con mucho ruido y pocas nueces, Lorenzo Silva afina y deja relatos tras de sí con plausible sencillez y ajustada inteligencia -la que pocos poseen en su justa medida, pues el escritor no ha de ser ni demasiado listo ni demasiado tonto, y hallar el punto justo es realmente difícil-, sin tiros al aire ni en cuerpos que no se lo merecen. Este relato es buena prueba de lo que afirmo, y además un paso más en la labor encomiable de un escritor progresista a todas luces que no se conforma con lo ya sabido y visto, que introduce en sus textos elementos para pensar y que los lanza a la sociedad para que todos los interesados piensen y escapen de la rutina a que nos abocan las noticias de los telediarios y periódicos de grupos de comunicación a que estamos tan acostumbrados pero a las que no escapamos porque tampoco nunca nos lo hemos propuesto. El tema del relato, los malos tratos, la muerte de un mujer seguramente a manos de su marido, no es un ejercicio de estilo ni de vanidad literaria en manos de Lorenzo Silva, sino un perfecto caso para mostrar otras cosas, otra mirada, otras intenciones, otro camino a lo trillado y dado por sabido con gesto de desdén casi siempre. Es un relato sencillo, transparente. Y además una de esas historias que dentro de cien años hablarán más y mejor de nuestra época que ningún documento, ninguna película y ningún ensayo. Para esto queremos la literatura, ¿verdad?

Cuarto relato: "Un asunto vecinal".
Aborda de nuevo Silva con inteligencia y riesgo en este relato un asunto que a todos nos incumbe: la inmigración. Aparece muerto un inmigrante ecuatoriano en un pueblo de Murcia y en la búsqueda del asesino nos presenta nuestro autor a una comunidad en la que un importante tanto por ciento de sus habitantes son personas venidas de otros países. Las relaciones entre ellos están muy bien esbozadas en tan pocas páginas, así como las de los inmigrantes con los autóctonos. Silva apuesta una vez más, crea desde su visión de hombre comprometido con nuestra realidad social, desde un punto de vista genuinamente progresista, con tacto y con riesgo, como decía más arriba, pues no se conforma con los lugares comunes e incluso en la última página del relato da un paso más y nos deja servida una honda, porosa meditación a la que nos convoca a todos los lectores que buscamos algo más que pasatiempos en los libros.

De alguna manera, este libro podríamos decir que son unos episodios nacionales, unas novelas ejemplares de un autor de nuestro tiempo, merecedor de figurar cerca de los antiguos maestros de nuestra narrativa que crearon episodios ejemplares.

Antes que el diablo sepa que has muerto, de Sidney Lumet

Una de las mejores películas que he tenido ocasión de ver es, sin duda, esta. Cine negro y tragedia shakesperiana a la vez, con unas interpretaciones perfectas, un ritmo que dota de gran realismo a la historia, con una trama que jamás olvidará quien esté ante la pantalla. Los personajes están creados con inteligencia y sensibilidad, con los detalles precisos para que trasciendan la simple exposición cinematográfica que caracteriza a la mayor parte de los guiones actuales. Las interpretaciones están muy ajustadas y sacan lo mejor de cada actor, desde el que tiene que hacer de torpe hasta el que desempeña su papel de sobrado. Los movimientos de cámara son precisos, nunca vanamente enjundiosos ni prepotentes, y revelan la maestría del gran Sidney Lumet, un cineasta mayúsculo, el verdadero gran director estadounidense vivo.
Conmueve la historia de estos dos hermanos sin dinero que roban en la joyería de sus padres. Conmueve verlos perdiendo, equivocándose, sufriendo. Y encoge el ánimo no verles solo moviéndose hacia delante, sino también hacia atrás, pues el magnífico guión se ocupa de darnos detalles, fragmentos de la historia abarcando el presente del robo pero también el pasado de cómo lo planean, con información fundamental para saber por qué recurren a un acto tan desesperado.
Robo, asesinatos, drogas, el cerebro de la operación, el idiota afortunado, la infidelidad, la apatía matrimonial, la desintegración familiar por la falta de comunicación, el miedo a morir: todo está dentro de esta obra maestra, pero nada es mostrado en exceso ni gratuitamente. Todo aparece perfectamente engarzado, como en una piedra preciosa.
El cine necesita a autores como Sidney Lumet. El cine que resiste, que lucha por huir de lo epidérmico, que aún puede aportar nuevas visiones y dar que pensar. "Antes que el diablo sepa que has muerto" es una de esas películas que serán recordadas dentro de cien años. Cine puro y con mayúsculas. La última escena, la iluminación de los últimos momentos forman ya parte de lo mejor que ha dado este arte que en ocasiones como esta es absolutamente mayor.

Asesinato justo, de Jon Avnet


El interés de la película se centra en las interpretaciones y en los papeles asignados a los dos grandes actores que la protagonizan. Lo primero que nos decepciona es ver que están demasiado viejos, resulta increíble encontrarlos a estas alturas en la piel de dos inspectores de policía cuando ya las arrugas amenazadoras y los pliegues colgantes bajo los mentones revelan una edad en la que difícilmente puede seguirse al pie del cañón, menos aún en unos violentos Estados Unidos en los que tantos crímenes se producen y tan necesarios son los buenos reflejos y la buena condición física. En Al Pacino es más evidente que en Robert De Niro, quizá porque éste tiene algunos kilos de más y ofrece un aspecto más saludable. Brian Dennehy, que interpreta a un teniente, el superior jerárquico de ambos, presenta una imagen aún más desgastada y su corpachón se mueve por el celuloide casi como si lo hubieran preparado con cuerdas y atrezzo invisible para que no se muestre inclinado, vencido. La sensación viéndole le acerca a uno a la grima, la verdad. Pero en una industria que pretende hacernos creer que Stallone, con sesenta años, puede ser aún un púgil fuerte y arrebatador, que Harrison Ford está apto para la aventura con un corsé bajo la ropa que le mantiene las carnes en su sitio, que Clint Eastwood puede aún darles lecciones a unos delincuentes adolescentes bien armados, nada es de extrañar.
El guión falla, porque desde el principio el aficionado al cine negro sabe quién es el asesino y miramos con desdén la trama, dejamos pasar el tiempo con más imágenes de películas antiguas de Pacino y De Niro en la cabeza que con las de la película que estamos viendo. Algún crítico ha apuntado que la historia tiene ese toque fascista, justiciero, tan proclive a un cierto tipo de cine estadounidense de policías y malos a los que no se les puede echar el guante. No le quitaré yo la razón. Pero lo que más me molesta es la rutina, la prisa, el acomodo, la convicción del director y los dueños del dinero por largarnos un producto, algo digerible y que dé suculentos beneficios. La película es olvidable, menor, transcurre acotadísima y previsible, pero fastidia que esté tan medida para ser sólo lo que pretende ser -y recaudar-, nada más.
Queda por apuntar que juegan De Niro y Pacino a ser algo de lo que en otras películas fueron: oscuro, seductor y seguro de sí mismo De Niro; irónico, inescrupuloso, cambiante Pacino. Es revelador que en este esperado duelo interpretativo el ganador finalmente -en todos los sentidos- sea De Niro. Es como si nos dijeran, remarcándolo: ¿veis, son el número uno y el número dos de su promoción, lo captáis, lo entendéis? Y así los creadores del filme nos largan otra explicación que, como todas las de esta película, son innecesarias por su insistencia y su incapacidad para creer que el espectador ha evolucionado, es un adulto.

Margaret Millar: Semejante a un ángel (y 5). Crítica


Que a Margaret Millar no se la lea más hoy en día sorprende, así como que no puedan encontrarse sus obras sino en librerías de viejo o en la red (menos mal que no quedan la red y las librerías virtuales, amigos). Si comparamos "Semejante a un ángel" con lo que en la actualidad la novela negra que triunfa nos ofrece, o sea, cachivaches tecnológicos y emponzañadas tramas con las rodillas hundidas en el pasado remoto o la insensatez más vendible, según siempre el último dictado de la moda (ahora, la escandinava, con más de lo visto y leído, con menos literatura y más acción y misterio y simplezas surgidas de la imaginación televisiva), Margaret Millar es una escritora de otro tiempo y de otro lugar casi irremediablemente desaparecidos.
"Semejante a un ángel" es una novela con todos los ingredientes para ser un best seller y estar en los escaparates de todas las librerías. Hay una secta, hay un asesinato misterioso, hay una desaparición inconclusa, un hombre que lo ha perdido todo en el juego y se redime por amor a una mujer y acaso gracias a un alma noble, hay una chica que quiere escapar de los tentáculos de la secta... Pero no hay nada en esta novela que se preste al fácil juego del libro con un preguión que alguien comprará y mandará adaptar a la pantalla. "Semejante a un ángel" es una novela y su autora la concibió como novela y la llenó de todo lo que las artes de la novela piden para que un texto sea bueno, inmiscuya al lector, se quede en la mente de éste una vez acabada la lectura. Es una novela con personajes firmemente creados y levantados, vivos, creíbles. Que hace gala de un magnífico uso de la tercera persona, esa que escasea en la novela negra, pues exige quizá mayor pericia, mayor atención a lo periférico, a un mejor escritor detrás de las letras cuando se quiere contar, como es el caso, una historia que, sin ser coral, no desestima la importancia de ninguno de sus protagonistas, no orilla las complicaciones caracterizadoras y no se contenta con ser un producto de laboratorio más.
Estamos ante una gran novela. En nuestro querido género hay una gran tendencia a largar historias contadas en una primera persona que nos arrumaca con lugares comunes y sonsonetes que nos evitan plantearnos otras cosas, que nos gustan porque no nos exigen esfuerzo, que se visten y desvisten con la gracia necesaria para no parecer siempre las mismas historias y siempre la misma música. "Semejante a un ángel" es un paso más en la historia de las obras destacadas de este género porque el planteamiento de Margaret Millar no es encorsetarse, reducirse, travestirse. Uno se cansa de leer a Marlowe en cientos de novelas escritas por Chandler y sus imitadores. Uno agradece que otras voces le seduzcan, le cuenten otras historias. Uno agradece que el autor de una novela negra no se agache, no se encoja, no trate al género como un pasatiempos, no lo considere antes de empezar a escribir ya como algo menor.
"Semejante a un ángel" es el fruto de una autora mayor, de recursos variados, que sabe indagar en el alma humana, que crea personajes femeninos como pocos lo han hecho antes y después. Que ejemplarmente se acerca a un tema y profundiza en él no mediante la mirada ocasionalmente interesada del investigador de turno sino desde el interior de los personajes que tienen su alma hundida en el tema, que son el tema. Pocas veces encontraremos esto en la novela negra, tan dada al viaje superficial, de turista, tan experta en rozar los temas y apenas nunca hincarles el diente. Margaret Millar habla aquí de una secta y lo hace desde dentro, con personajes que están dentro de esa secta, que la abandonan, que superan su paso por ella o no la superan nunca. Y en ningún momento deja de lado la trama policial, no cansa, no predica, no hace revelaciones idiotas. Quizá lo más flojo de este libro sea la figura del detective privado. O no. Quizá se trata de un detective privado menos novelesco, más cercano a lo real. Quizá esa sea la cuestión: "Semejante a un ángel" es una novela negra muy realista, psicológica y humana. Una de las mejores obras del género, una de esas que le habría gustado leer y recomendar, quizá, a Jean-Paul Sartre.


Texto recomendado: Sagarra rellegit, en el magnífico blog de Júlia Costa