Richard Ford: Un trozo de mi corazón

Un hombre se mueve llamado por las obsesiones de su prima, que le alcanzan y le obsesionan también a él, quizá porque siempre ha tenido esas mismas obsesiones: estar juntos, disfrutar juntos, ser juntos algo que no pueden ser estando con otras personas. Viaja y deja a una mujer atrás para reunirse con su prima y sus obsesiones, para abrazarla furtivamente, para amarla sin que se entere el marido de ella. Y en el viaje se encuentra con otro hombre, un hombre que se ha perdido, que no sabe encontrarse, que se ha tirado al agua de un río a medias buscando suicidarse y a medias buscando que lo rescaten quienes presencian su intento de hallar un sentido a su vida y a una posible muerte calculada. Son dos seres que en nada se parecen. Uno desea y actúa. El otro no desea, no quiere desear. Uno elige una dirección y corre. El otro quisiera volver atrás siempre y que no hubiera direcciones. En el sur de unos Estados Unidos donde no ha desaparecido el racismo, en el que ancianos aún vigorosos se expresan mediante improperios y palabras gruesas e insultos constantes que no siempre humillan y pueden ser a veces casi una muestra de cariño, en unas tierras perdidas, los dos hombres va a saber quiénes son y a dónde les llevan sus certezas y sus miedos.
Richard Ford es uno de los más grandes escritores de nuestro tiempo. Libros como "Rock Springs" y "El día de la Independencia" lo atestiguan. "Un trozo de mi corazón" es su primera novela, pero no es en absoluto una novela de principiante, una novela menor, sino una gran obra de un magnífico autor. Empieza con una escena en la que un chico dispara contra un hombre y lo mata. Ese hombre es el que ha recorrido muchos kilómetros para reunirse con su prima. El chico no lo conoce, no ha entrado en su vida más que en el momento en que lo mata. Con eso, Richard Ford nos avisa de lo imprevisibles que son nuestras vidas, de lo vulnerables que somos, de qué breve puede ser todo cuando corremos por un hilo que está a punto de romperse. Quizá nos dice que la propia existencia es ese hilo quebradizo. Y esta novela, magnífica crónica de un tiempo de ilusiones en fuga, de opacas y furiosas experiencias que huyen como caballos desbocados sin darnos tiempo a entenderlas y a saber si en verdad nos pertenecen, sirve para que sepamos un poco más, para que nos paremos a ver las vidas ajenas y a entender algo de lo que se escurre en la fugacidad y en la idiotez de lo que vuela ante nuestros ojos.
Richard Ford es un narrador excepcional, de los más grandes que ha dado la literatura en cualquier país y en cualquier época. Llega a la médula de las historias con una facilidad, con una sencillez, con una transparencia que me trae a la memoria a autores como Steinbeck y Fitzgerald, tocados por una especie de gracia que les evita alejarse del camino exacto, de las palabras exactas, de los hechos imprescindibles para que el lector tenga en todo momento la sensación de que no está ante una novela sino ante una historia absolutamente real, necesariamente real. En este libro, en que se alternan las partes vistas desde la perspectiva del personaje que busca a su prima con las del que se busca a sí mismo, hay unos capítulos breves, en cursiva, que traen recuerdos del pasado del segundo personaje de una categoría superlativa, de una concisión y una fuerza expresiva casi sin igual. Son como epifanías en la vida y formación de ese personaje, un muchacho que acompaña a su padre, viajante, y recorre con él ciudades y lugares que dejan una marca indeleble en su memoria y en su alma. Pocas veces he leído páginas con tanta calidad literaria y tanta verdad dentro. Son un ramillete de textos perfectos para la relectura, que pueden abordarse en cualquier momento, como si se tratara de pequeños poemas en prosa, y cada uno cuenta algo diferente, algo esencial, cada uno contiene una poderosa certidumbre que podemos casi palpar.
"Un trozo de mi corazón", novela que no le reportó a su autor muchos lectores al principio, cuando se publicó en los Estados Unidos, vuelve para abrazarse ahora con los que no supieron que este libro había sido publicado. Era una cita marcada en un calendario con paciencia y con sabiduría.


Texto recomendado: "En 140 caracteres más o menos", en el blog de Papelucho

Crónica negra (Un flic), de Jean-Pierre Melville

Esta película está llena de silencios. Y a mí, que siento devoción por las palabras -bien dichas-, pero también por los silencios -inteligentes, de efectiva elocuencia-, me resulta fascinante. Los diálogos se han reducido al mínimo, a la más pura esencia, y sólo aparecen cuando son absolutamente indispensables. Las miradas, como en pocas películas que yo haya visto, expresan a la perfección los sentimientos de los personajes, el odio y la violencia, el amor y el deseo, la inquietud y la arrogancia, y la cámara se para ante los ojos de los actores, los escruta, les concede un espacio cinematográfico casi inaudito desde que el cine dejó de ser mudo.
Es la historia de cuatro atracadores y un policía -el "flic" del título original -que trabajan, cada uno en lo suyo, con pasión y entrega, con profesionalidad y atención máximas. Unos roban bancos y también droga a traficantes para luego vendérsela a los propios traficantes y el otro cumple con su cometido sin dejar que una sola sonrisa aflore a sus labios. Inevitablemente se cruzarán los caminos y la historia se complica moralmente, queda abierta pese al duro final, deja planteadas cuestiones que el espectador ha de resolver por su cuenta y según su visión de las cosas, como ocurre con el mejor cine y el mejor arte, que puede suscitar y provocar, pero no incluye en sus páginas ni en su pleno espacio todas las preguntas y todas las respuestas. Melville legó a la posteridad una obra maestra de la elipsis y el silencio pujante, grávido, contrito, áspero y relumbrante. Una escena final de pura antología, tanto por la elección de los encuadres como por la velocidad a la que se desarrolla. Una entrada en el fundido en negro con que se acaba toda película cuajada de ritmo y de tensión dramática. Una película, en definitiva, que está tocada por la gracia del genio y que se situó en lo más alto del cine negro de todos los tiempos y ahí permanece, incontestable y ejemplar cuando se habla de lo mejor que el género ha dado, de qué caminos se han abierto con las cintas negras y aún no se han explorado del todo. Una película que seguro que resistirá el paso del tiempo sin merma alguna.

Sergi Bellver y Matar en Barcelona (Alpha Decay)


En la Bitácora de Sergi Bellver, un profesor y editor que sabe como pocos del relato y su técnica, hay un texto dedicado a un libro de reciente publicación que no puede dejar de tener un espacio en este rincón dedicado a la novela negra. Como el texto de Sergi Bellver es sencillamente excelente, dejo aquí la recomendación para su visita y la lectura de sus palabras entonadas y plenas de sentido.

Santiago Negro: una fiesta para los escritores y sus lectores


El Festival Internacional de Novela Negra Santiago Negro será una oportunidad única para conocer y dialogar con los principales exponentes de la novela negra de Chile y España.

El Centro Cultural de España, la Biblioteca de Santiago, la Cineteca Nacional, el Centro Cultural Estación Mapocho, la Universidad Diego Portales, la Universidad Central, la Universidad Católica de Chile, la Fundación Pablo Neruda y la Municipalidad de Pudahuel, se unen para realizar un evento inédito en las letras chilenas, el Primer Festival Internacional de Novela Negra Santiago Negro, actividad que se suma a otros encuentros de similares características, como la Semana Negra de Barcelona, la Semana Negra de Gijón y Getafe Negro.

El Festival Internacional de Novela Negra Santiago Negro será una oportunidad única para conocer y dialogar con los principales exponentes de la novela negra de Chile y España, quienes animarán un atractivo y singular programa de mesas redondas, talleres y lecturas que se realizarán entre los días 14 y 18 de octubre de 2009, en las sedes de las entidades organizadoras.

Los más de cuarenta autores nacionales e internacionales invitados a este inédito evento, participarán en el desarrollo de mesas redondas, lecturas, conversaciones con el público y talleres. Junto a lo anterior se exhibirán películas y series de televisión relacionadas con el género negro. Se contará con números musicales, presentaciones de libros y actuaciones de cuenta cuentos, más otras actividades dirigidas a los lectores de todas las edades.

Las mesas redondas estarán dedicadas a conversar sobre el estado de la novela negra en Chile y en España; los secretos y las motivaciones de los autores de novela negra; la literatura policial y los jóvenes lectores; la presencia de las mujeres en la creación de novelas policíacas; las huellas de los principales autores del género; y las claves para la creación de un detective de ficción, entre otros atractivos temas.

También se ha programado una serie de talleres dirigidos a estudiantes y público en general que tratarán sobre “los secretos para escribir una novela negra” y “las claves para ser un buen lector de narrativa policial”. Además, la Universidad Diego Portales dedicará su “Cátedra Bolaño” a uno de los autores españoles invitados, quien expondrá sobre su obra.

El Festival Santiago Negro tendrá una feria del libro dedicada exclusivamente a la exposición y venta de narrativa policíaca, tanto de autores chilenos, como extranjeros. Y la entrada a todas las actividades del Festival Santiago Negro será gratuita en todos sus escenarios.

James Lee Burke: El Huracán

En otros textos de este blog habréis podido leer sobre mis deseos de hallarme ante una novela negra tan importante como una novela de William Faulkner, con enjundia narrativa y creativa, que se acerque al género negro desde una perspectiva estrictamente literaria. No diré que "El huracán", de James Lee Burke, es esa novela, que cumple todo lo pedido, pero está en el camino.
La novela negra actual se halla empantanada en homenajes vacíos, investigaciones de técnicos y aficionados increíbles, sobrevive ahogada entre tantos volúmenes creados para las buenas ventas y para reportar beneficios cuantiosos y camina muy lejos de la verdad. Dashiell Hammett sigue siendo el faro porque bajó a la calle y desde allí contó lo que se cocía en su tiempo. Raymond Chandler sigue siendo un referente indispensable porque le puso literatura al invento y una dignidad creativa -en "El largo adiós" sobre todo- inigualable. Ross Macdonald nunca dejará de ser un maestro, porque dotó a los personajes de una profundidad psicológica sin parangón. Giorgio Scerbanenco añadió piedad y elegía a sus historias. Dennis Lehane trata temas con cuestiones morales al fondo que implican a la fuerza al lector. Lorenzo Silva, en nuestro país, nos ha acercado al mundo del policía realista y anónimo y sin grandilocuencia, cierto y fácilmente entendible. Y James Lee Burke, ese admirador de Faulkner que no desentona apenas, ha conseguido hacer historia con el Katrina de fondo y con un ritmo y unos personajes absolutamente creíbles y de una altura literaria magnífica.
"El huracán" es una gran novela. Quizá es un drama con ingredientes policiales, si queremos afinar en la catalogación. Todos los personajes tienen vida, se alzan ante nuestros ojos con atributos, con luces y sombras, y revelan que Burke es un escritor de gran talento, que nada tiene que envidiarle a ningún gran escritor de fuera del género. Nos habla de la pena y la redención, de la culpa y del remordimiento, de los pobres y los ricos, de los actos que condenan y los actos que ayudan a limpiar, de la familia y de los solitarios, de la venganza y del miedo, de la policía y de los delincuentes sin separarlos de manera brutal, como acostumbran en la mayor parte de las historias policiales y negras. La voz del narrador es cercana, confesional y arrebatadoramente sincera, incluso cuando habla del oficio de su dueño, un policía ex alcohólico y vulnerable que es, ante todo, persona y sabe mirar a su alrededor y sabe distanciarse y sabe criticar y criticarse. El poso de violencia de la historia no corre hacia un pozo aún más negro -o rojo, como prefiráis- y las historias que se cuentan no acaban todas en medio de escupitajos de armas de fuego. Son cuatrocientas páginas sin desperdicio, sin excesos, sin prisas pero sin pausas, que levantan una trama en la que hay lugar para lo muy destacable y también para lo reseñable a pie de página, para lo que destella y para lo que se muestra con una pequeña luz en medio de la tiniebla. Dave Robicheaux es un personaje muy faulkneriano, la novela y su ambientación son claramente faulknerianas, el acercamiento a los temas religiosos y trascendentes es faulkneriano. Y no como homenaje, sino como resultado del caminar por una senda. Burke tiene su propio mundo, pero también tiene un maestro y no oculta sus cartas. Se ha arrimado a un buen árbol.
Me gustan estas novelas en las que no hay prisas -sólo me disgusta el final, algo peliculero y ligero, algo fuera de lugar entre tantas buenas escenas-, en que los personajes se construyen ante nuestra mirada, en que se relacionan entre sí con asco, con vehemencia, con aburrimiento, con alegría o con dolor, como en la vida misma, en que vemos cómo las familias actuales sobrellevan el peso de la historia con fuerzas mermadas e ilusiones reverdecidas, en que un narrador que pertenece a las fuerzas del orden tiene los ojos abiertos y ve el mal fuera y dentro de su espacio de trabajo, en que los hombres y las mujeres luchan para mirarse en los espejos sin que haya vanidad de por medio. Me gusta que en "El huracán" no se abuse de la fuerza de un hecho histórico, que se haya integrado en la novela y en la historia no como un efecto ni como un relleno, sino como algo natural y de lo que había que hablar porque se ha vivido. Y es que, en definitiva, las mejores novelas son aquellas que nos hablan de vivencias y de recuerdos, nuestros o ajenos, posibles siempre, y nos dejan a personajes que nos hacen creer que están vivos y son tan reales como nosotros mismos.


Texto recomendado: "Revista Batarro", en el blog de Miguel Sanfeliú

E. L. Doctorow: Billy Bathgate (y 2). Crítica

Las grandes novelas que se acercan al tema criminal, que lo recorren y lo viven, que no pasan por su lado y no lo utilizan para propósitos estrictamente estilísticos o para insertar el nombre de un gran autor en la historia del subgénero siempre me han atraído. Me interesa saber qué hace un gran escritor con el mismo material que ocupa las horas de otros autores a los que por entretenerse en hechos negros nunca se les otorga el valor ni la importancia que en verdad tienen si se les mira sin anteojeras. En el caso de Doctorow podemos afirmar que se trata de un acercamiento honesto, creíble, profundo, sincero. "Billy Bathgate" es una obra maestra, una novela inolvidable, un clásico de la literatura mundial. Y, como además cuenta una historia de gánsteres, podemos traerla aquí sin ningún problema. En el cine -con películas de cine negro que son magistrales y nadie discute - no se arriesga demasiado al decir que "El sueño eterno" es un clásico, por ejemplo. En la literatura los prejuicios aún calan hondo en las mentes de los críticos y los estudiosos. Pues bien: digamos desde el principio que "Billy Bathgate" es una novela negra magistral.
Doctorow es uno de los autores mayores de nuestro tiempo. Es también -dicen algunos- uno de los pocos escritores verdaderamente de izquierdas que nos quedan. Analiza, profundiza, crea personajes y levanta escenarios con la mano del artista y la mente crítica de quien no se contenta o no se conforma con lo que ve. En esta novela describe a la perfección el mundo de los gánsteres y la época de su apogeo, en los años 30 del pasado siglo, y lo hace con la mejor mirada, que es la de alguien que empieza en las bandas, que es apenas un chaval, un joven que se inicia, con lo que el lector se identifica desde la primera página con sus deslumbrantes descubrimientos, con su hechizada fascinación pero también con su sensación de ser siempre un extraño, de estar dentro y fuera a la vez. Y el lector lee y siente su miedo, lo nota y lo comparte.
La prosa de esta novela es excepcional, el ritmo de las largas frases unidas repetidamente por una y que nunca alarga en exceso, que nunca cansa, que nunca une sino lo que puede unirse es una herramienta que yo nunca he visto mejor usada hasta ahora en ninguna novela. Si en otros autores los períodos largos son voluntad de estilo y en algunos trechos cansan, aburren, se vuelven excesivos, lastrantes, en Doctorow el uso de la conjunción dinamiza, vuelve los largos párrafos amenos, tanto que se beben a sorbos: leyendo la novela tiene uno la impresión de que no puede abandonarla, de que sería un desaire cerrar el libro, no seguir oyendo la narración de Billy Bathgate. Hay tantos aciertos en esa prosa, tantas profundizaciones en los caracteres de los personajes, en la descripción de un mundo que cada vez parece más lejano, tantas meditaciones útiles y novedosas que el lector siente agradecimiento y se cree la historia, jamás se siente abrumado por las palabras, incluso diría que olvida que está ante unas hojas impresas. Esto se lo debe Doctorow a su admiración y su buen entendimiento de novelas de Melville, de Twain. Sin ellas, no existirían "Billy Bathgate", seguramente resultaría imposible lograr su perfección.
Ocurren muchas cosas en esta novela. Lo más importante, desde luego, son los personajes y ese análisis que se hace de una sociedad podrida hasta la médula, en la que el dinero lo es todo, lo crea y lo destruye todo, pero Doctorow no cae en el solipsismo, no se regodea en los hallazgos, no abusa de su inteligencia analítica y todo lo deja en manos del hombre que recuerda la época que vivió cerca de un gánster poderoso y temible. Lleva a sus personajes fuera de la ciudad, nos regala escenas en el campo inolvidables, escenas de amor pocas veces contadas con tanta intensidad, escenas de sexo que arden con un fuego pocas veces tan bien expresado con palabras, escenas con muchos personajes y escenas de soledad absoluta, escenas en que todo se ve y escenas en que todo se intuye y ha de completarse en la mente del lector mediante los sobreentendidos, escenas que conmueven hondamente y escenas que encadenan sensibilidad y dureza como solo los mejores escritores son capaces de afrontar y escribir.
Dice Javier Tomeo que "Billy Bathgate" merece figurar entre las obras maestras de la literatura estadounidense del siglo XX. Añadiría yo que merece figurar para siempre en un rincón vivo de nuestra memoria.

(Edición de la lectura: Puzzle. Roca Editorial. Mayo 2006)

Texto recomendado: "La última oportunidad, Richard Ford", en el blog de Blanca Vázquez

Frozen River, de Courtney Hunt


El hielo está en "Frozen River" no sólo en el paisaje, sino en la mirada de la sociedad que deja de lado a los más débiles y desamparados, en las leyes que persiguen a quienes se están cayendo y no a quienes les mandan correr y huir, en el dolor y en el vacío de los personajes que la protagonizan, pues en su dolor frío y en su vacío helado hay una humanidad que clama y solloza en la nada. El remedio llega de los propios humillados y ofendidos, nace de ellos, de ellos brotan la amistad, la solidaridad, el deseo de estar juntos y luchar contra todo, aunque ese todo sea inmenso y les queden pocas fuerzas. "En Frozen River", como hace algún tiempo en "Adiós, pequeña, adiós", he encontrado el gran cine que atrapa, conmueve, hace sentir y pensar, que no te permite ser sólo espectador. El cine que uno tanto echa de menos.
"Frozen river" es la historia de dos mujeres que están solas, que desconfían una de otra pero tienen que unirse para conseguir dinero llevando en el maletero de un coche a inmigrantes ilegales de un punto acordado a otro, por lo que cobran la mitad al partir y la mitad al entregar la mercancía humana. Ninguna es feliz, ninguna hace ese triste trabajo sino porque no le queda más remedio. Una les sirve de cena a sus hijos palomitas de maíz y una bebida amarilla. La otra malvive en una caravana, apenada por el recuerdo de un hijo que le quitaron cuando dio a luz y al que ve muy difícil recuperar. No hay tópicos en esta historia, y está construida con una sabiduría que pocos muestran ya en la escritura cinematográfica: las escenas se encadenan, los diálogos son los precisos, la carencia de medios deviene ejemplar puesta en escena, los personajes tienen vida propia y no están a merced de los devaneos de la historia. Hay detrás, por supuesto, alguien que ha escrito un guión despojado y eminentemente literario, hijo del mal llamado realismo sucio, deudor de la mirada cargada de piedad de un Richard Ford. Y estamos ante una trama que cuenta sustrayendo, que no se abisma jamás en la redundancia ni en el sentimentalismo -y eso que hay oportunidades, muchas, con los niños que crecen solos, con la deudas de la madre, con la historia del niño robado-, porque entonces entraría en los terrenos de la mentira, de las concesiones, de las emociones pactadas y manufacturadas que tan abundantemente nos sirven en las películas de grandes presupuestos. Quien ha escrito "Frozen River" -la propia directora -ha ido a la médula de los asuntos, no ha movido la cámara por los desolados paisajes exteriores e interiores más que cuando era necesario y en la limpieza de las escenas -de las páginas- vemos que la verdad vence, descarnada y pura, como pocas veces en el cine actual.
Pero además está el final de la película, con las decisiones últimas de los personajes -decisivas, como las de la pareja de detectives de "Adiós, pequeña, adiós"-, que mandan todo un mensaje para quien quiera ver y quiera saber y sacudirse las legañas o las telarañas o la mugre económicosocial que tapa la mugre moral que nos envuelve. Con ese final, de película excelente pasa a imprescindible, a inolvidable.

E. L. Doctorow: Billy Bathgate (1). Primer capítulo

El primer capítulo de esta novela es un magnífico ejemplo para quienes empiezan en el mundo de la literatura, es ideal para las escuelas de jóvenes escritores. Doctorow narra con gran limpieza y gran precisión y una cantidad adecuadísima de detalles una escena en un barco vista a través de los ojos de un adulto que recuerda y que entonces era un muchacho, un aprendiz de gánster. Al colaborador más estrecho del jefe de los gánsteres lo han atado a una silla y le han metido los pies en un balde con cemento que va endureciéndose. Van a arrojarlo al mar. El hombre suplica que le maten, que lo hagan sufrir, insulta al jefe pero no consigue su propósito. Se desespera aún más cuando al camarote traen a la chica con la que estaba cuando por la fuerza lo arrastraron hasta el barco. Ella se asusta, vomita sobre su vestido. Después el jefe se la lleva y deja solo al que va a morir. Arriba, un ayudante del jefe habla con el piloto sobre los trabajos que hacían en el pasado, en barcos y lanchas, cada uno a un lado de la ley, pues el piloto fue teniente en un guardacostas y hacía la vista gorda ante ciertas embarcaciones que transportaban cajas con contenido nada legal. El hombre que sufre ruega que le maten, pero nadie quiere oírle.
Son 23 páginas magistrales, escritas con frases largas que nunca cansan, pues no se estiran porque sí, sino que poseen un ritmo mantenido y subyugante y lleno de información útil y necesaria. Bathgate dota al narrador de una mirada minuciosa pero también ágil, e inserta muchas emociones sin lastrar la narración, ya que no recurre a ningún tópico. La escena se alza perfectamente real ante la mirada del lector, cada persona se mueve y nos atrae, cada gesto anotado por el narrador nos cautiva también a nosotros. Es admirable verlo y saberlo y meditar después de haber disfrutado con el texto y concluir que sin ningún tipo de virtuosismo vacuo puede contarse tan bien una escena.


J. Ernesto Ayala-Dip y la novela negra

En un valioso artículo, "El placer del abismo", aparecido en El País, este crítico de merecido prestigio nos deja frases tan interesantes como éstas:

"Todos los caminos de la novela policíaca conducen al mal. Palabra tabú durante siglos, deviene ahora un concepto con el que se coquetea".

"Auden, a quien molestaba la palabra evasión cuando se refería a la novela policíaca, consideraba a Raymond Chandler un artista absoluto".

"No hay en la literatura policíaca detective privado, policía o periodista implicado en una causa criminal (además de conmoverse más o menos por sus consecuencias) que no sea consciente de que su operación de develación es ante todo una operación moral".

"Las sutiles inducciones del freudiano investigador Lew Archer de Ross Macdonald".

Frases muy certeras que aumentan mi estima por este buen crítico, que en el mencionado artículo defiende con pasión y razón las novelas de Fred Vargas y Stieg Larsson.



Texto recomendado: "Mis amores", en el blog de Graciela Barrera


Margaret Millar: Más allá hay monstruos


Es difícil entender por qué se olvida a un buen escritor. Hay modas, por supuesto. Hay opiniones, por supuesto. Pero también debe haber memoria. Creo que es muy justo recordar que Margaret Millar formaría parte del mejor grupo de escritores de novela negra que pudiéramos imaginar y juntar. Es un clásico, y me temo que la ha perjudicado no tener un investigador fijo en su libros que actuara como reclamo y como bandera. También, cómo no, ser una mujer. Y también que sus libros no discurran por caminos trillados, conformistas, los repetitivos mundos de asesinados y buscadores de asesinos.
Margaret Millar es una escritora muy completa. Creó personajes con vida propia, muy distintos y muy bien diferenciados en sus maneras de hablar y comportarse, ya fueran un abogado, un chico de catorce años, un policía, el dueño de un rancho o una madre medio loca. Sus argumentos no son retorcidos, sumamente complejos, no están trufados de violencia desatada ni disparos a mansalva. Millar escribe como lo haría quien no está anclado en un género, quien no se siente preso de un género y, sin menospreciarlo nunca, no se olvida de que las novelas están hechas de la carne y la piel de los personajes, así como de su alma y sus deseos frustrados. Millar elige situaciones criminales y escribe libros en los que se palpa lo que se dice, se siente porque es sólido, material e inconfundible. Millar era una escritora realista que entendió que la mejor manera de hablar de su época y de sus contemporáneos era a través de la tragedia, de la novela trágica y negra, que mucho tiene que ver con las obras de teatro del pasado en que al escenario subían personajes, trama, cuestiones por dilucidar y llanto, amargura, dolor, vileza, pero también desesperanza tenue, amor desenfocado, ternura quebrada, soledad provisional. No hay en Millar cinismo ni crueldad, no hay gratuitas páginas entregadas a la loa del nihilismo, no hay ningún derroche de frialdad ni de cerebralidad. Y, creedme, tampoco ingenuidad ninguna.
"Más allá hay monstruos" se desarrolla casi por completo en un juzgado y en un rancho. Hay un juicio para dar por legalmente muerto a un hombre que desapareció un año antes. La madre no quiere que el juez dictamine para siempre y la viuda espera que lo haga para poder seguir su vida. El capataz del rancho será un testigo indispensable. El policía que buscó al hombre desaparecido también. Millar se mueve entre los personajes con una agradable soltura, dejando detalles de lo que son y creen ser, de lo que les mueve y quizá también de lo que ocultan. Con una poderosa imaginería visual -muy deudora de los grandes escritores del sur de los Estados Unidos, empezando por William Faulkner-, Millar adereza, sin demasiadas comparaciones del tipo "como, como si, semejante a", el texto con elementos que nos hacen entender mejor lo que está pasando, que ayudan a careacterizar a lo personajes y a situarlos en su ambiente. No hay desperdicio en este texto. Millar escribe bien - qué pocos narradores negros actuales son capaces de hacerlo como ella, que nunca olvidaba que una novela es historia y palabras-, a ratos incluso muy bien, y jamás malgasta fuerzas en nada que no ayude a la trama a avanzar. En la economía de medios halla un cauce muy apropiado al sentido de sus narraciones, que son mesuradas, claras y profundas, aunque nunca pesadas, nunca cargantes -me vienen a la memoria Mankell y otros, que no aprendieron a pulir, que creen vencer sumando y sumando y sumando-: acercamientos perspicaces a asuntos que tocan el tema criminal y develan aspectos del alma humana con pericia y un tenue pudor que ennoblece sus historias y el sentido último de las mismas.
"Más allá hay monstruos" es lo que se escribía en algunos mapas medievales para señalar zonas de nuestro planeta a las que no se había llegado o era mejor no llegar. Millar titula así su libro porque detrás de todo lo que vemos y leemos se alzan algunas dudas: ¿habrá muerto realmente el hombre desaparecido, lo mataron ? ¿Qué ocurrió? ¿Damos el paso? ¿Vemos si hay monstruos? Que no tema ningún lector. En esta novela pequeña sólo en apariencia no habrá nada que lo asuste y sí mucho que le satisfaga. Es una obra pequeña sólo en apariencia de una autora mayor.


(Edición de la lectura: Bruguera. 1981.)

E. L. Doctorow y Miscelánea, una editorial a tener en cuenta

Hay autores con una obra fundamental detrás que, por mala suerte o por desidia editorial, no llegan a lectores que, aunque no lo saben, los esperan. Los periódicos y sus suplementos culturales, cada vez más dedicados a loar la cultura popularecha, que no popular -lo primero es sinónimo de muy conocido pero no de calidad; lo segundo es sinónimo de conocido y no excluye la buena calidad-, dejan pasar ocasiones magníficas y andan casi siempre a remolque de los acontecimientos. ¿Alguien recuerda que se le haya dedicado a E. L. Doctorow un espacio como el que merecen sus libros?
Miscelánea, que edita libros con buen gusto y selecciona con un criterio encomiable, se presenta de repente con tres novelas, tres, de E. L. Doctorow. Y no son cosa pequeña. Estamos hablando de "El libro de Daniel", "Ragtime" y "Ciudad de Dios", tres novelas de una altura inmensa, de una calidad incuestionable, que esperan a los lectores que auparán aún más a su autor al lugar que le corresponde, pues es un clásico vivo, un grande entre los más grandes narradores estadounidenses de todos los tiempos, digno de estar junto a Faulkner, Steinbeck y todos los demás que se os ocurran.
"El libro de Daniel" fue ensalzado por Joyce Carol Oates, que afirmó: "El arte a este nivel sólo puede ser causa de regocijo". Obtuvo una crítica en el San Francisco Chronicle digna de mención: "La novela versa sobre un tema muy comprometido: ¿qué sucedería si los niños que han visto cómo el FBI se llevaba a sus padres fueran de hogares de acogida a refugios, los visitaran en el corredor de la muerte, crecieran en un período histórico delirante?... Esta es una novela contemporánea extraordinaria, una obra sensacional." Doctorow es un autor de izquierdas, de los pocos que quedan. De los que se mojan. De los que no andan por los temas que elige como otros por la orilla de la playa. Se zambulle, se mancha, y consigue que el lector tambien se zambulla, también sienta deseos de mancharse con las historias ajenas, con los dolores ajenos, con los padecimientos ajenos. Doctorow analiza pero todo lo cuenta, lo cuenta: sus libros son eminentemente literarios, son creaciones poderosas con narradores inolvidables.
"Ciudad de Dios" es otra muestra de la capacidad de reinventarse de Doctorow, que asume un estilo modernista en "El lago", otro de larga frase y períodos largos pero dotados de un ritmo excepcional y ligero como nunca antes en "Billy Bathgate" y aquí inserta poemas, cartas, alza una sinfonía impresionista con la que se transforma y nos acerca al inacabado debate sobre Dios, sus creyentes, la religión, del que podemos esperar la misma hondura de siempre, la misma creatividad inigualable, la misma prodigiosa sensibilidad que acerca al lector al narrador y a los temas tratados, a cada escena de la novela sin esfuerzo, como si la historia estuvieran susurrándosela al oído.
"Ragtime" es esa clase de novela con que contados autores se chocan una vez a lo largo de sus vidas. Es más conocida que su autor, recurrente en conversaciones literarias y cinéfilas, raramente discutida y que ha llegado a todas las capas lectoras a que puede llegar un libro. Existen ediciones de quiosco, de tapa dura y de tapa blanda, está en colecciones dedicadas a las obras maestras: es una novela inmortal. Doctorow bucea como pocos en el pasado, jamás cae en las indolencias y las complacencias de la novela histórica, elige el pasado no para largar discursos encubiertos sobre el presente sino para decir más y mejores cosas que los historiadores, arranca pedazos de momentos muertos o enterrados y los combina con otros grandes, fastuosos, comúnmente conocidos, y con esa materia hace un todo indivisible, nada exhibicionista, siempre al servicio de la verdad, por cruda que esta pueda resultar. En "Ragtime" se habla de la situación de los inmigrantes, de las primeras huelgas obreras, de la discriminación racial. Pero se cuenta desde el punto de vista de los miembros de una clase media, con la que es fácil identificarse. Probablemente, dentro de doscientos años libros como "Ragtime" dirán más y mejor de quiénes somos y quiénes fuimos que los extensos tratados y estudios de fríos hombres de biblioteca que siempre se olvidan de los de abajo, de los que arrimaron el hombro, de los que son como tú y como yo.
Miscelánea, una editorial que no podía empezar mejor, se merece un aplauso por traernos de una tacada -en sólo seis meses- estas tres novelas imprescindibles de un autor al que seguramente le darán el Nobel un año de estos, cuando a los Estados Unidos les corresponda un premiado. Sin Updike, con el viejo Roth incordiando y libre aún por ahí, con Joyce Carol Oates y Anne Tyler cerca, los méritos de Doctorow no son menores ni quedan atrás. Una prueba más la aportaré próximamente en este blog, cuando os hable de "Billy Bathgate", la inmersión de Doctorow en los años treinta y los gánsteres de entonces, tan sobresaliente que por sí sola ya valdría para hacer de nuestro querido autor un clásico de la literatura del siglo XX.

Enemigos públicos, de Michael Mann

Las miradas son fundamentales en esta película, así como el sonido de los disparos, rotundamente reales, nada cinematográficos, que son como choques y como golpes secos contra algo duro, excepto cuando el impacto es contra un cuerpo. Johnny Depp mira y habla con su mirada, Marion Cotillard se expresa mejor con los ojos que con la voz, que con los gestos, y podemos decir que su relación -la del ladrón y su amada- transcurre en los espacios que abren los gestos que se dedican, en los huecos sin palabras en que con la intensidad de la mirada se lo dicen todo. Esto es lo mejor de una película decepcionante, rodada como si fuera un documental -así lo indican su progresión, el ritmo de las escenas y la elección del digital, un error a mi parecer, pues en los momentos en que se mueven mucho los personajes todo se emborrona, se emborracha la mirada y se repliega inevitablemente la atención del espectador-, fría, que no atrapa más que al final, que confía en exceso su validez a la interpretación de los actores y a la enjundia de los hechos pero que no nos involucra, no nos hace sentir simpatía apenas por ningún personaje. Michael Mann ha querido tirar por un lado terriblemente realista y evidente, claro hasta la saciedad, y se ha dejado en el camino la emoción, eso que uno también busca cuando acude a una sala de cine dispuesto a entrar en las vidas de los demás.

Isaac Asimov: El sol desnudo

Cómo nos divierte, cómo nos entretiene el viejo Asimov. Nunca fuerza la prosa, nunca retuerce los argumentos, siempre nos lleva de la mano sin alzar la voz, sin impostarla, como si fuera un sociólogo aficionado a la ciencia ficción que nos informa y nos narra a la vez. Su formación es vastísima, sus conocimientos amplísimos, pero sus novelas nunca caen en el error de ser eruditas, pesadas, plomizas. Al contrario. "El sol desnudo" tiene lo que las mejores novelas pueden ofrecer: un buen argumento, varias ideas originales y algunas imágenes inolvidables. Sólo la tira por tierra, de partida y según el prejuicio de muchos, saber que es una novela de ciencia ficción, ese género para chavales (claro, ellos le dedican más tiempo, cómo no, pues tienen más vida por delante y más deseos de saber qué habrá en su vida futura), para jóvenes que no enfocan bien su mundo y se evaden. Qué tontería. La mejor ciencia ficción arde de ideas, tiene dos pies en la más pura realidad, pero su mayor valor consiste en ponerlo todo en danza, en cuestionarlo todo, en reinventarlo todo. Salir de la realidad sin miedo es el mejor ejercicio que puede permitirse el lector. Y volver a la realidad con una mirada llena de crítica y de deseos de cambio es lo mejor que puede sucederles al lector y a la sociedad.
"El sol desnudo" es una novela negra del futuro, además de una novela de ciencia ficción. El universo de los robots inteligentes de Asimov brilla con su mayor fuerza en esta historia protagonizada por un policía de la Tierra y un robot del planeta Aurora que investigan varios asesinatos en Solaria, el mundo de los más avanzados humanos. Asimov nos habla de la soledad, del miedo al otro, de la independencia, del amor frustrado, del desengaño, de los espacios abiertos y los espacios contaminados, de las cualidades humanas y las aptitudes robóticas trenzando un argumento entretenidísimo, cabal y sin exceso de ningún tipo, algo que lamentablemente ya es difícil ver en la novela negra actual, tan dada a argumentos retorcidos, a idas y venidas de los investigadores y a golpes de efecto para colegiales. Salimos de la novela sabiendo más de un posible futuro de la humanidad y, sobre todo, mucho más de la humanidad en su conjunto y sin acotación de espacio temporal alguno. Y es que el viejo Asimov pertenecía a la raza de los humanistas, de los que querían saber más del ser humano y de sus complejidades, tanto íntimas como sociales, en las que fue un absoluto maestro, como demuestra su ciclo de la Saga Fundación, que tanto nos ayuda a entender la historia del pasado de nuestra humanidad.

Malas temporadas, de Manuel Martín Cuenca


Buena película, cuidada hasta el más mínimo detalle, que no por caer en algún error en su tendencia a dejar bien cerradas todas las historias de los diferentes personajes que la habitan y por deslizarse en algún momento hacia lo explicativo y lo abstracto abandona en ningún momento su planteamiento de filme abierto, sin discursos, sin explicaciones sobrantes. Pocas películas españolas pueden presumir de haber contado una historia de personajes con tan buen pulso como ésta, en pocas hay unas interpretaciones tan mesuradas y luminosas.En el cine actual sobran los discursos, el hábito de coger al espectador de la mano como a un chiquillo y llevarlo de escena en escena dándoselo casi todo masticado. "Malas temporadas" plantea algunas inteligentes preguntas que no tiene el mal gusto de respondernos a la ligera y con argumentaciones que demostrarían que se trataba de preguntas-trampa. Los guionistas han optado por mirar dentro de los vidas de varios personajes muy actuales y nos han contado algunos fragmentos destacados de sus vidas cuyo significado se completa sólo gracias a nuestra mirada. La inmigración, el desarraigo, la soledad interior y exterior, las ilusiones rotas, la mentiras que nos decimos para seguir viviendo son algunos de los temas abordados en esta película que es de las pocas en la actualidad que dejan algo palpitando dentro del espectador cuando cae el telón.

Javier Puche en "Microrrelato en Andalucía"


Es un bloguero y es un autor de relatos que ha sido incluido en el volumen "Microrrelato en Andalucía". Se llama Javier Puche. Participa con cuatro buenas pruebas de que es un escritor con talento. Un bebé que halla el secreto del universo, la mitad inocente y la mitad culpable del cristiano, el error de un hombre invulnerable, Alá y Yaveh jugando al billar y, por último, un mosquito que tiene memoria. Son cinco piezas muy bien escritas y muy bien resueltas, sin ingenios vanos de por medio y con ideas detrás. Siempre es una alegría encontrar a un nuevo escritor. Para quien no tiene el volumen de Batarro, visitar el blog de Javier Puche puede ser un primer paso, una manera de empezar a conocerlo.