Rafael Conte


Inevitablemente, se va una época. Y con ella algunos escritores, algunos creadores, algún crítico que ya no estará mañana y sin el que nos quedamos huérfanos, faltos de su voz que nos guiaba certeramente, con enorme oficio pero también con enorme pasión. Rafael Conte era el crítico de literatura al que siempre preferí, del que más he aprendido, al que más le debo. Y le debo como escribidor de comentarios en este blog y como escribidor de relatos, de novelas, porque con Conte aprendí parte de lo que mejor sé, de lo poco que sé sobre la novela. Aprendí con él a hablar con entusiasmo de los buenos ratos al lado de una ventana y con buena luz, el volumen entre las manos con devoción en algunos casos, con alegría siempre. Aprendí a acercarme a la novela teniendo en cuenta una estructura, una manera de mirar el mundo, de plasmar lo pensado, lo organizado mentalmente. Me gustaba su estilo enjundioso, admiraba la maestría para el colofón final de sus críticas, me asombraba siempre con su capacidad para ver en conjunto la obra de un autor y situar su última creación en el lugar exacto. Nunca era cruel, nunca buscaba enemigos ni se crecía señalando lo peor de un libro. Amaba la literatura e invitaba a amarla con sus textos. Por eso lo considero uno de mis maestros.


Foto de Rafael Conte: Pedro Carrero

Delitos y faltas, de Woody Allen


Cuántas cosas quedan sin resolver en esta grandísima película, cuántas quedan abiertas, pese al final en que parece que todo ha acabado. Qué gran diferencia entre este tipo de cine y el actual, mayormente orientado a no alterar, no inquietar, no hacer dudar. Creo que es una de esas obras que sólo una vez en la vida le salen tan redondas a un creador, tan completas, tan perfectas. Woody Allen aúna comedia y drama, crimen y ansias de vivir en esta película en la que hay algunos de los mejores flashbacks que yo he visto, que no alteran la trama, que no son redundantes ni obedecen a ningún efecto estético ni egótico. Los personajes están vistos de una manera profunda, se mueven y viven en el guión y ante nuestros ojos atónitos, nos obligan a tomar partido, a reírnos con las gracias y a deplorar una muerte (in)evitable. No sé si en la actualidad podría hacerse un cine en el que se hable de moral, de Dios, de la existencia sin temor y sin prejuicios, sin complejos y sin pontificar. No sé en verdad quién podría hacerlo. Esta película magistral, afortunadamente, nos dejó la posibilidad de verla de nuevo y apreciar nuevos detalles, de interrogarnos otra vez a nosotros mismos, unos cuantos años más tarde, y llegar a interesantes conclusiones si no hemos perdido la capacidad salvadora de la autocrítica. La película es la misma, pero nosotros ya no lo somos. Qué gran arte éste que es un espejo móvil en el camino del espectador.

Domingo Villar: Ojos de agua


Resulta curioso que en un país como el nuestro, con pocos escritores de novela negra, de repente empiece a surgir un buen número de ellos y a tener buenas ventas algunas de sus obras. Curioso, positivo y negativo. En la novela que nos ocupa creo que podemos basar algunos de los argumentos que podríamos aplicar a otros autores que cada vez son más conocidos y respetados por las editoriales. "Ojos de agua" es un libro en el que uno encuentra paisajes cercanos, nombres conocidos y personajes imbricados en nuestra realidad. Es la parte positiva. Locales, calles, ciudades, policías con nombres que oímos a menudo, que conocemos bien. El problema radica en que en lugar de aprovechar esa cercanía y contarnos una historia que podría ocurrir aquí, Domingo Villar -es el caso que nos ocupa- se deja llevar por la vertiente menos atractiva de la novela negra, la que acaso ya está superada, la que proviene de Agatha Christie y hace primar la investigación, la sorpresa, el descubrimiento del nombre del asesino por encima de todo, el simple entretenimiento casi atemporal. Y es una pena. Villar escribe con una claridad y una concisión que tienen mucho mérito, pues su prosa es muy adecuada para el tipo de narración que tiene entre manos -con breves y atinadísimos detalles de inusual profundidad y descripciones de paisajes que no sobran y que juzgo talentosos- y su mirada es limpia, hábil para situar a los personajes en los ambientes y las escenas sin trampa ni cartón, como si lo viéramos en una pantalla. Pero aquí empieza el problema: Villar no cree demasiado en la novela, no se despega de los recursos cinematográficos, se atiene en exceso al guión y a la trama previamente elaborada y al final uno tiene la sensación de que no se ha atrevido a ir más allá y nos ha servido un plato de gusto antiguo, con algo de recocido y demasiado elaborado, falto de la libertad que a un buen intérprete de jazz nunca le falta (en esta novela se habla a menudo de comidas, también de jazz, no en vano el asesinado es músico). Y late detrás acaso esa presión -y contra ella va este texto, no contra el trabajo de Domingo Villar, que es digno observado desde cualquier punto de vista, y además un primer paso en el que se percibe una promesa de mejores melodías y mejores interpretaciones en el piano del teclado de su ordenador - editorial que le corta las alas al que quiere escribir y publicar, al que no quiere quedarse con sus novelas en un cajón olvidado de su casa y tiene que adaptarse a lo que pide el gusto general en la actualidad, ese que queda sancionado siempre por el juicio final de un editor y no por la recepción de los lectores, que no siempre se ve ni puede definirse en un plazo de término inmediato. Ah, amigos, el resultado pronto, a cortísimo plazo es lo que impera. "Ojos de agua" es un buen producto, es una novela correcta, que suma en el panorama de la novela negra española, pero que se queda a medio camino porque no ha superado precisamente el nivel de corrección, el estadio de ser considerada apta para la publicación, para la reedición, para el éxito fugaz. Y estoy convencido de que Domingo Villar tiene talento para dar un paso adelante, para eludir el territorio de la corrección y darnos obras más personales, más auténticas, con un pie en el género y otro fuera de él si es preciso. Acaso ya en su segunda novela, que acaba de ser publicada, lo haya dado. Ojalá que así sea. Seré el primero en celebrarlo.

Miguel Sanfeliu: Anónimos


"Solo" : Es un relato en el que se percibe de inmediato que estamos dentro de una obsesión propia del mundo de nuestro autor, al que conocemos por historias anteriores leídas en su interesantísimo blog. Los planos de la realidad y de la fantasía, de la vigilia y del sueño se confunden, se anudan y se vuelven inextricables pese al asombro del protagonista, que no sabe bien dónde está ni quién es. A Sanfeliu siempre le ha preocupado saber qué es la realidad, cuánto hay en ella de verdad y de ficción. Este relato tiene mucho que ver con "La orilla oscura", de José María Merino, una de las mejores novelas españolas de los últimos años. Y la realización de Sanfeliu -que seguramente no está influenciado por la lectura del mencionado libro pero comparte la inquietud -no es ligera, mimética ni simple. No se trata de un juego. Como en "Niebla", de Unamuno, hay desesperación en el personaje creado, hay dolor y hay también furia. El personaje de "Solo" clama, y eso lo distingue de muchos otros -hundidos en las pequeñas miserias de los géneros, en que asistimos en ocasiones a la aceptación de lo anormal como si tal cosa, como la cosa más común- y lo diferencia y lo hace más creíble. En la última frase late un miedo unamuniano, un deseo y un quiero creer -no creo, sino quiero creer -valioso y que redondea muy bien el relato.

"Anónimos": Lo considero un relato de humor, negro, cruel, con un fondo crítico muy claro que evidencia la necedad de una sociedad en la que primen la emoción, el misterio, el éxito al precio que sea. Un hombre normal recibe unos anónimos en los que se le advierte de que pronto le van a matar. Como en algunas películas de Hitchcock -más exacto sería decir en los guiones de algunas de sus películas, pero quede así la cosa-, la primera parte de esta historia discurre por el camino de la locura de un hombre solo, acosado por enemigos invisibles pero absolutamente reales. Está muy bien narradas su extrañeza y su indefensión. Como es de esperar, todo cambia cuando los acosadores anónimos dejan de ser fantasmas y se vuelven muy, muy reales. Late en todo el relato, vibrante y puro, un eco que nos remite a Kafka y ciertas situaciones absurdas que acaban por hacerse dolorosamente ciertas. Sanfeliu añade un elemento de humor que alivia al relato de recorrer un camino realista por el que sin duda habría llegado a despeñarse.

"El campeón de Arequipa": Un homenaje al ajedrez y a los ajedrecistas maravillosamente contado en una primera persona que a ratos se funde con la multitud de observadores de un club de ajedrez sin que haya efectos secundarios, disolviéndose brillantemente en un plural anónimo y admirativo, y logra en la alternancia un juego que acrecienta el interés y dota de un halo de grandeza a lo narrado absolutamente admirable. Es hiperbólico cuanto se dice aquí, y se eleva a categoría de arte, de gran desafío final, el estar parado y pensando ante un tablero lleno de cuadrados blancos y negros que a veces es la representación de la vida misma. He visto detrás de la historia del gran jugador aficionado a Vargas Llosa, al gran Vargas Llosa de los mejores momentos, el que fascina con palabras y es capaz de deleitarnos metiéndonos un rato en un mundo que acaso nunca había despertado antes ninguna pasión en nosotros. Era difícil encajar los datos de los grandes jugadores y de las grandes partidas, pero merced a esa primera persona narradora y mudable el reto se solventa con eficacia y sin tener que recurrir a nada que quede ante nuestros ojos con apariencia de artificio. "El campeón de Arequipa" es quizá el mejor relato del libro, el más redondo y maduro, el mejor ejemplo del buen hacer de este escritor que no es primerizo más que en la aparición de su este libro.

"Renacer": Me gusta este relato breve que no da engañifa, que no es un chascarrillo -algo que otros escritores reconocidos o supuestamente talentudos no ven o no quieren ver y sacan a la luz en sus libros sin ejercer antes una sana autocrítica, sin escuchar acaso consejos cercanos que evitan el error tozudo y ensimismado-, que tiene el tamaño justo porque es una idea, una imagen, una viñeta, entendido esto de la mejor manera. Cuando se ha hablado mucho y escrito mucho sobre un tema, me parece muy honrado aportar un granito de arena de manera modesta, sencilla, con una contribución lozana y feliz como en este "Renacer" con el que Sanfeliu cierra su breve y exquisito libro de relatos.

Estos cuatro relatos y unas ilustraciones inteligentes y directas, cargadas de sentido, del propio autor conforman este volumen absolutamente recomendable inserto en la colección Vagamundos de la editorial granadina Traspiés. Hay detrás un autor plenamente cuajado, vigoroso, dueño de un mundo propio -rareza que en este universo de los libros y del arte se ha convertido, o casi, en especie protegida-, que narra con gran solvencia sustentándose en un estilo claro, armónico y preciso, muy literario; un autor llamado a convertirse en uno de los referentes de nuestra literatura a poco que le acompañe la suerte y tenga el tiempo de cara para darnos más libros como éste y aun mejores que éste. Que nadie se deje engañar porque el libro haya aparecido en una editorial que no está en Madrid y no tiene en su nómina a algunos de los supuestos mejores autores de relatos del momento. Y que nadie se olvide de que algunos de los escritores más celebrados de la actualidad empezaron publicando en editoriales sin grandes presupuestos publicitarios. Miguel Sanfeliu y "Anónimos" nada tienen que envidiarle a nadie. Y han llegado para quedarse.

Margaret Millar: Semejante a un ángel (1). Una hermana sin zapatillas


Quinn, un detective privado que lo ha perdido todo jugando en Reno, va a parar a un lugar algo perdido en el que hay una secta. Allí le acogen con cariño, como a toda alma descarriada, y tiene una interesante conversación con la Hermana Bendición, que al morir su marido quizá se trastornó, abandonó su mundo y buscó otro camino. La mujer tiene guardados 120 dólares y quiere que el detective busque a un hombre. No puede gastarse ese dinero en otra cosa, pues las reglas de la comunidad en que vive se lo impiden. Aunque añora tener unas zapatillas:

También yo estoy haciéndome vieja -dijo-. Hay días que son difíciles de afrontar. Mi alma está en paz, pero mi cuerpo se rebela. Desea ardientemente un poco de suavidad, de calor, de dulzura. Por las mañanas, cuando me levanto de la cama, mi espíritu siente un toque celestial, pero mis pies están tan fríos; y los picores de las piernas...Una vez vi en un catálogo de Sears la foto de un par de zapatillas. Me acuerdo a menudo de esas zapatillas, aunque no debería. Eran rosa y de pelo, suaves y cálidas. Eran las zapatillas más bonitas que he visto nunca. Pero, por supuesto, eran una debilidad de la carne... Con esas cosas hay que tener cuidado. Crecen y crecen como la mala hierba. Consigues unas cálidas zapatillas y pronto deseas otras cosas... Un baño caliente en una bañera de verdad, con dos toallas. ¿Lo ve?... Ya está. Pedí dos toallas, cuando con una es suficiente. Después de darme un baño caliente, desearía otro, y después uno a la semana, o incluso uno diario. Y si todos en la Torre hiciéramos lo mismo, estaríamos repantingados en el baño mientras el ganado se moriría de hambre y el jardín iría llenándose de maleza. No, señor Quinn, si me ofrecieran un baño caliente en este momento, tendría que rechazarlo.


Texto recomendado: ¿Somos el resultado de lo que aprendemos?, de Francisco Machuca