24 noviembre 2009

Cierra el blog "El síndrome Chéjov"


El abajo firmante lamenta el cierre de "El síndrome Chéjov", blog creado por el escritor Miguel Ángel Muñoz. Y, sobre todo, que desaparezcan los textos del mismo, donde podían encontrarse muchas páginas dedicadas al mundo del relato y entrevistas con autores de relatos españoles de alta calidad. Formaban un gran libro de incuestionable valor al que se podía acceder gratuitamente para aprender y degustar a partes iguales.
En una época pasada fui amigo personal de Miguel Ángel Muñoz y aunque el tiempo no siempre juega a nuestro favor y hoy no puedo decir lo mismo, tampoco puedo callarme ante la pérdida de la buena literatura y las buenas lecturas y comentarios de libros que en su blog podían encontrarse. Quedan muchos blogs buenos e interesantes en la red, pero esta pérdida es triste y honda, sobre todo para los que aman el relato y para los que empiezan a amarlo, a aprender cómo se escribe un relato, pues se han quedado huérfanos con este cierre inesperado de un veterano y reconocido bloguero que además es un buen escritor.
Desconozco por completo las causas; tampoco me interesan, en verdad, si van más allá de lo puramente literario. Creo que los que alguna vez hemos leído con pasión entradas memorables de ese blog -pienso en mi amigo Miguel Sanfeliu, por ejemplo- y hemos celebrado que alguien atinase a definir tan bien cómo era el camino para los que vamos por esta senda de libros y lecturas compartidas sólo podemos sentir pena. Los escritores se deben a las palabras, a los lectores, a quienes les siguen. Por eso este adiós inesperado creo que deja a más de un lector de blogs cariacontecido, estupefacto, herido. Espero que la buena obra de Muñoz quede y el acceso a sus textos no desaparezca definitivamente. Después de todo, un escritor es y será, ante todo, lo que escribe, lo que ha dejado escrito.

19 noviembre 2009

Giorgio Scerbanenco: Los milaneses matan en sábado

Esta novela es una elegía. Es el canto de un padre que se queda sin su hija, lo único que tiene. Y no se trata de una hija cualquiera: alta, hermosísima, bien proporcionada, cariñosa, casi perfecta. No es perfecta porque es retrasada mental y tiene una debilidad por los hombres que obliga al padre a una atención permanente porque ella puede irse detrás de cualquier hombre que simplemente le sonría y esté dispuesto a acariciarla. No todos los hombres se paran a pensar que en realidad cometen un abuso, que si no hay una voluntad adulta y consciente detrás en verdad es un acto semejante a una violación. Pero no todos los hombres son hombres. Muchos no han dejado de ser bestias.
Scerbanenco logra una novela de gran sinceridad y categoría sin abandonar nunca el tono elegíaco, sin impostar la voz, sin recurrir a trucos que deslumbren al espectador vanamente. Construye la historia con un padre que es un milanés sincero y valiente, leal y firme, al que vemos transformarse ante nuestros ojos mediante un juego de escenas en que nunca se baraja mal y jamás se abandona el acierto caracterizador. Con un policía que sabe de la piedad y de la dureza, que en su pasado tiene un hecho que le ha marcado y le ha vuelto más humano y a la vez más inhumano, pues no se mata impunemente, no se olvida impunemente (fue acusado de practicar la eutanasia cuando, antes de ser policía, ejercía la medicina). Con unos malvados que salen directamente del peor catálogo de depravados y estúpidos, de insensibles y de egoístas, hijos de la literatura del gran Dostoievski, el padre de algunos de los mejores personajes y el mentor de algunos de los mejores escritores de la novela criminal.
Son unos malvados que se llevan a la muchacha para prostituirla, para pasearla por las casas en que se abusa y se calla porque se recibe a cambio dinero, que usan a una persona como no usarían a una bestia, que la exprimen hasta que queda hueca e inservible, que nunca se arrepienten, nunca sufren por ninguno de sus actos, ni siquiera cuando deciden deshacerse de una muchacha retrasada mental golpeándola con una piedra en la cabeza y tirándola luego a una hoguera, en el campo, aunque aún no está muerta, para que se descomponga, se vuelva humo y nada.
El canto es triste y cada vez se vuelve más triste. Ante la tristeza no puede permanecerse impávido, inmutable. El narrador salpica con un humor negro algunas escenas, combate con objetividad el cataclismo de sentimientos rotos y maldades invencibles que es esta novela negra y psicológica, en la que importa muchísimo por qué pasan las cosas, qué lleva a que pase, qué empuja a que pasen. Reconozco que "Los milaneses matan en sábado", en la primera lectura y en la relectura del verano de 2009, me gana y me abruma, no en vano es una de las novelas que prefiero, una de esas pocas que me llevaría en una maleta si tuviera que salir de mi casa para no volver. Se debe al tono elegíaco, claro, a la voz narradora, tan ajustada y precisa, tan inmiscuida y tan inteligentemente alejada a un tiempo. Y, sobre todo, a que me creo esa historia que se cuenta, me creo a los personajes, me creo el canto. Y porque la tristeza humana sólo en ocasiones excepcionales puede conmovernos y darnos fuerzas para seguir viviendo. Como me ocurre oyendo este canto, leyendo este libro inolvidable.

17 noviembre 2009

Edward Wright: La luna de Clea

Clásica novela que tiene un planteamiento muy interesante y que decae conforme avanza la historia, "La luna de Clea" posee algunas virtudes destacables: la creación de un personaje muy bien perfilado y una ambientación muy cuidada y lograda. El ex actor John Ray Horn ha visto cómo su carrera se iba al garete después de golpear al hijo del dueño de unos estudios de cine, lo que le ha llevado a la cárcel y al ostracismo dentro de la profesión. Se gana la vida cobrando deudas de juego para un indio que era su compañero en las películas del Oeste con las que antes fue conocido, aunque nunca considerado un buen intérprete. Envuelto en una trama de violencia y de niñas que han sido víctimas de abusos, Horn se da cuenta de que una cosa es el cine y ser un cowboy en la gran pantalla y otra la pura y dura realidad. Wright consigue hacer creíble a su personaje, pero no logra que nos resulte simpático, quizá porque hay frialdad en la narración y, a medida que se suceden las escenas, se presentan giros hacia lo más conocido del género -disparos en la oscuridad, peleas y palizas, ricos y mafiosos vistos sólo desde fuera -, que le restan valor a la novela y casi anulan el valor del arranque, en el que no hay tipismo ni sensación de ya visto y ya leído con anterioridad. "La luna de Clea" es una novela con grandes posibilidades que muestra a la perfección a qué problemas se enfrentan los actuales autores de novela negra, qué difícil es decir nada nuevo dentro del género y, aun así, que por fortuna queda mucho y bueno por contar.

09 noviembre 2009

Benjamin Black: El secreto de Christine


La novela negra necesita a autores como Benjamin Black, o sea, John Banville, pues es sabido que tras el seudónimo está el gran autor irlandés, uno de los mejores escritores de nuestro tiempo. Y necesita a autores como este porque Black /Banville es, ante todo, un gran escritor, algo de lo que adolece la novela negra. Cuando escribe estas historias que firma con seudónimo, Banville no se deja llevar por lo fácil ni busca el halago que reporta el best seller culto. Sólo cambia de nombre para cambiar de método, para dejar entrar en su cabeza otras ideas, otras tramas, pero cuando decide abordar la plasmación de lo pensado y lo ideado no rebaja el nivel, no se entretiene tan sólo, sino que se vuelca con toda la pasión y todo el bagaje que muchos años de oficio le proporcionan. Banville no se refugia en Black para escribir obras menores.
"El secreto de Christine" -"Christine Falls" en el original: qué poco me gusta que se rebauticen las novelas cuando se traducen, la verdad sea dicha- es una novela fascinante. Atrapa por sus palabras, por las imágenes que logran alzar y hacen sentir esas palabras y por la sabiduría de quien maneja esas palabras, que se convierten en un festín para los sentidos. Sabido es que hay lectores que sólo quieren usar uno o dos de sus sentidos cuando leen. Pero también sabemos que existen lectores que ponen en funcionamiento sus cinco sentidos cuando hallan un texto magnífico, incitador. Para estos últimos, este libro será siempre sólo un camino feliz de entrada, un camino sin salida, porque no es que vayan a perderse entre los párrafos y las líneas, sino que nunca querrán abandonar del todo esta historia y a los personajes que le dan sentido y la fortalecen de una manera elegantísima y casi genial. No teman por acabar el libro: hay una segunda novela con los mismos personajes, con otra trama y más fascinación dentro.
Muchas veces he reclamado en este blog la presencia de un autor de categoría innegable, un autor de la categoría de Faulkner que escribiera una novela negra tan importante como una novela de Faulkner. No sé si este libro es la respuesta a mi demanda, pero no me cabe ninguna duda de que el autor sí es éste: sólo alguien como John Banville puede dignificar, ennoblecer, elevar a la máxima altura a un género. En "El secreto de Christine" hay personajes, para empezar, caracterizados como es conveniente, no a vuelapluma; hay una trama que no tiene hilos sueltos ni excesos por los costados más sangrantes; hay un sentido detrás de cuanto se narra y una ilación fraguada para lectores adultos, a los que no se miente ni se manipula con técnicas fáciles, algo a lo que tan acostumbrados estamos a encontrar los que leemos y amamos la novela negra, sobre todo en estos tiempos de productos y subproductos que encima nos quieren hacer creer que son de lectura obligada.
Banville/Black nos lleva por las calles del Dublín de los años cincuenta con serenidad y nos hace abrir los ojos ante todo cuanto pone ante ellos con su estilo sabio y exacto, sin adornos ni florituras, atento al detalle y siempre al servicio del avance riguroso de la historia. Por supuesto, puedes paladear las frases, puedes releerlas y releer muchos párrafos, pero nada te obliga, porque detrás de tanto buen hacer creativo con las palabras hay muchísimo buen hacer creativo con la historia que se nos está contando. Y hay en ella un bebé que una enfermera se lleva a otro país, donde lo cuidarán unas monjas y lo entregarán a una familia humilde para que lo cuide durante un tiempo. Hay un patólogo viudo que amaba más a la hermana de su esposa que a su esposa misma. Hay un viejo juez que juzga con la mirada y con sus silencios. Hay un médico especializado en traer hijos al mundo que siempre parece estar de perfil, no se sabe si viniendo o yéndose. Hay un grupo de personas poderosas que hacen con algunos niños lo que les da la gana, al margen de la ley, creando con ellas una ley propia, unas leyes secretas de obligado cumplimiento. Hay un viaje al Boston del otro lado del Atlántico en el que esperan respuestas, dolor y miedo.
Por supuesto, esta novela no es perfecta. Hay muchos secretos que salen a la luz, alguno no de fácil aceptación inmediata, y un movimiento de la mirada del narrador pegado a algunos de los personajes que en algún momento parece innecesario o excesivamente preparado, como ocurre con el final del chófer de Josh Crawford. Quizá Black /Banville ha querido redondear demasiado su obra y unir demasiados detalles y eso la perjudica, por cuanto que la novela negra no tiene que responder siempre al esquema del "todo puesto para que tenga un sentido antes o después". Eso le resta frescura, libertad. Y también podemos acusar a Banville de acudir a retardos de los momentos decisivos algo folletinescos, de algún golpe de efecto que hereda de dramas del pasado que nacieron para ser lacrimógenos. De eso es culpable nuestro buen irlandés. Ahora bien, amigos, son pequeños defectos en una gran obra, en una construcción sólida y bien armada, creíble y que sin duda es un paso adelante en la historia de la novela negra, pues ya nunca nadie podrá olvidar a Black/Banville ni "El secreto de Christine", que quedará para recordarnos que la prosa más literaria, más matizada, surtidora de bellas imágenes y utilizadora de los mejores elementos de la poesía puede ser útil, memorable también cuando se habla de crímenes, de palizas, de secretos oscuros, de violencia y de investigaciones en el filo. El gran autor de novela negra, el gran estilista reclamado ha aparecido. Yo hoy me siento más feliz y, como lector, más completo.


Lectura recomendada: "Como el humo", un relato corto -o microrrelato - absolutamente ejemplar, de gran calidad literaria, en el blog de Raúl Ariza.