José Antonio Nieto Solís: Los crímenes de la secta




Una investigación policial sobre la casta internacional. Dos jóvenes políticos mueren asesinados. Pertenecían a Solidarios, el nuevo partido que ha irrumpido con gran fuerza en el panorama político español. Lideraban propuestas que no eran del agrado de los poderes establecidos… La inspectora Marian Labordeta y sus hombres siguen el rastro de una secta española y buscan a los responsables de una trama delictiva en Italia, Bélgica, Holanda y España. Una delegación de la Troika visita Madrid, de incógnito, pero alguien filtra la noticia y sucede lo inesperado… en esta instructiva y divertida historia.
Ni todos los crímenes son asesinatos ni todos los que están en el poder forman parte de una casta. El mayor crimen de los miembros de la “casta internacional” es defender sus intereses perjudicando a la mayoría de los seres humanos. Por ello, es más fácil identificarlos por su comportamiento y por el daño que causan, que por su adscripción a un grupo u otro. Aunque su poder, sus influencias y su afán por acumular sigan aumentando, sus actos —voluntarios o no, legales e ilegales— no pueden quedar impunes…


   Edita: Editorial Verbum

Andreu Martín: Por el amor de Dios



   Andreu Martín es uno de los escritores fundamentales de nuestra literatura actual. Si no contáramos con él, habría historias que nadie narraría, faltarían acercamientos a temas que nadie más aborda, perspectivas sobre asuntos de nuestra sociedad que pedirían la existencia de una voz libre, atrevida, inteligente y profunda. Escribir novela negra no es sinónimo de ligereza ni de superficialidad, y este escritor barcelonés lo atestigua con sus mejores obras, entre las que se cuenta la que ahora comento. 
   Aúna la crítica necesaria y acerada a la banca y sus prácticas especulatorias y la crítica al poder oculto e insidioso de una secta religiosa que no exhibe podridas todas sus ideas pero que está creada desde la idea de la explotación y desde la práctica del amor desenfrenado al poder y al dinero. Banqueros y sectarios: una combinación eficaz. Con una trama policíaca en la que no falta un perdedor que se hace perdonar y un policía descreído, cansado de ser funcionario en la estela de otros funcionarios pasivos y solo pendientes ya del ascenso y de la nómina a final de mes. 
   Andreu Martín, libre e inteligente, junta las dos caras de la moneda y las enfrenta cuando la novela lo estaba pidiendo y con destreza de narrador de primera juega con el tiempo pasado y el presente de la historia mostrando una vez más que el que tiene oficio no olvida que acaso está casi todo dicho pero aún pueden buscarse nuevos enfoques, nuevas palabras, nuevos sentimientos. Sí, sentimientos: de derrota, sobre todo, de culpa y de decepción. ¿Es la decepción un sentimiento? Sí, para quien sufre y hasta es capaz de morir y matar para no volver a ser decepcionado, para no decepcionar. 
   Qué bien se mueve Andreu Martín en los territorios que habitan los que son engañados pero luchan hasta morir en nombre de otro, los que aún tienen pulsiones fuertes que nacieron en la infancia o en la primera juventud para marcar un carácter y acaso un destino, los que son ambiguos porque ascienden siendo quienes son y quienes las ocasiones les exigen ser. Qué gran escritor. Qué fácil es simpatizar con alguno de sus personajes, empatizar con el protagonista o con un destacado secundario (eso que hará que la novela perviva, eso que hace que la ficción tenga un valor imborrable), gracias a que no se les carga con demasiada psicología pero sí con toda la que se precisa para que no sean letra muerta ni creación rutinaria. 
   Qué bien se maneja Andreu Martín en la descripción del mundo criminal, qué creíble resulta. No en vano es uno de los dos o tres esenciales de la novela negra actual. Qué grato leerle, seguir disfrutando y seguir aprendiendo de un maestro al que hace tanto años descubrí con Prótesis y Aprende y calla, y que sigue batallador, incorruptible, lúcido e insustituible. Recuperad esta novela si no la habéis leído, releedla con otros ojos y en otro momento de vuestras vidas. Ha ganado poso y es de las imprescindibles del autor de excelentes novelas y magníficos libros de relatos como Sucesos

Antonina Rodrigo: Federica Montseny Primera ministra electa en Europa

   


   Antonina Rodrigo nos deleita con otra de sus excelentes biografías en Federica Montseny. Primera ministra electa en Europa.Entrevistada por la autora en los años setenta, y objeto de estudio durante largos años, el libro ofrece la visión más completa de la vida de una de las figuras más emblemáticas del movimiento libertario del siglo xx.
   Conocida como «la leona» por la fuerza de su oratoria, sus mítines reunían a millares de personas. Líder del sindicato, durante la Guerra Civil fue ministra de Sanidad y Asistencia Social (1936-1937), convirtiéndose en la primera mujer que ejercía como ministra en España y también en Europa.
   Como tantos otros miles de españoles, Montseny se exilió en Francia en 1939. Un año después, durante la Segunda Guerra Mundial, su nombre aparecía en las temidas listas negras que Franco envió al gobierno alemán y al de Vichy para su extradición. Fue detenida y encarcelada, pero no llegó a atravesar los Pirineos. Rodrigo nos describe su actividad política en la oposición antifranquista durante el exilio, su fugaz vuelta a España en 1977, y su final en Francia, donde murió en 1994.


   Edita: Editorial Base

Pascual Ulpiano: Palop juega sucio




   Los bastardos tratan de financiar su propio grupo terrorista y, para conseguirlo, nada mejor que raptar a Pilarín, la hija oronda de una ministra por la que pedir un rescate o, a malas, alojar una bala en su rubio y repeinado cráneo.
   Buenas noticias para Palop, en todo caso.
   La Agencia, donde trabajó y de donde salió a su manera hace unos años, vuelve a confiar en él para hacer el trabajo sucio. El que nadie quiere hacer. El que apesta. Ese que no sale en los periódicos, ni en el BOE, ni en las lápidas de los que caen haciéndolo. Bien remunerado, muy arriesgado y descarnadamente implacable: este juego se rige por sus propias normas y Palop sabe qué cartas jugar para que a Pilarín no le pase nada y que los hijos de perra de sus raptores acaben bajo tierra, pasto de los gusanos.


   Edita: Editorial Base

Adrián Tarín (Coord.): Miradas libertarias

   


   Se están esbozando numerosas alternativas al decadente sistema capitalista que parten de una ciudadanía activa, que participa y se implica en la solución de los problemas comunes. Sin duda, la influencia que están teniendo en la sociedad resulta innovadora y parte de su éxito se debe a que estas prácticas hunden sus raíces en una larga tradición. Reconocer el pensamiento de Malatesta en el "No nos representan" o las prácticas zapatistas en la reivindicación de la autogestión de espacios comunes supone no partir de cero en los habituales debates en torno a temas como el liderazgo, las relaciones afectivo-sexuales, las leyes... sino aprovechar el legado anarquista para continuar defendiendo una sociedad basada en la autoorganización, la democracia directa y el apoyo mutuo. Las reflexiones desde la práctica que se recogen en este libro sin duda enriquecerán las iniciativas actuales y también la investigación en ciencias sociales, mostrando que el pensamiento libertario no solo sigue vigente, sino que es la "estimulante ideología del futuro" que reivindica Carlos Taibo en el prólogo de este libro. 



   Edita: Los libros de la Catarata











Agustín Martínez: Monteperdido

   


   La intensa y cuidadosa labor de un guionista está detrás de este libro que es el primero que publica su autor, que ha colaborado y creado historias para la televisión con éxito y buenos resultados dramáticos. Los personajes han sido ideados uno a uno, con detalles caracterizadores que los distinguen y los hacen recordables. El lugar elegido para el desarrollo de la trama cuenta con muchas y bien dosificadas descripciones que dibujan con nitidez en la mente del lector un paisaje atractivo y dinámico. Toda la labor previa del escritor Agustín Martínez brilla con sello propio, con un peso innegable, aunque esto no es más que el primer paso para montar una buena novela. 
   Y Monteperdido es una buena novela. Diría más: una notable novela. Policíaca y no negra, volcada hacia el lado de la investigación y el descubrimiento de un culpable, con pocos tintes de denuncia social, ya que se opta más bien por la indagación en un mundo cerrado, una población pequeña con visitantes turísticos y una población fija a la que observar, de la que desconfiar, a la que escrutar para saber qué la motiva, qué secretos esconde. El primero es evidente: un secuestrador. Dos niñas desaparecen y cabe pensar que el responsable es un vecino del pueblo. Pasan cinco años y una reaparece, tras un accidente mortal que le cuesta la vida al hombre que la acompañaba y que la ha rescatado de su prolongado encierro en un sitio maloliente, oculto, de tamaño inhumano. 
   Martínez podría haberse lanzado desde este punto a la búsqueda indiscriminada de lectores, podría haber corrido hacia los prados del best seller, pero declina la tácita llamada y nos ofrece una inmersión en un pueblo en el que hay buenos y malos, habitantes de buenos y malos sentimientos, investigadores de la ley buenos y malos también. Como avezado contador de historias, reparte inteligentemente los elementos sorprendentes, los giros que la investigación precisa para no ser plana ni aburrida, adereza con pinceladas psicológicas a los personajes principales y los mueve en este juego que a ratos resulta, en verdad, apasionante, pues no hay exageraciones, trampas que después parecerían engañifa, sobresaltos de telefilme ni de serie para adolescentes o adultos desvelados. Martínez se acoge a lo mejor del realismo, orilla la oquedad del costumbrismo y no ahoga en el decurso del procedural la vida de los personajes, los cambios a que han de verse sometidos cuando los acontecimientos se precipitan. Pretendiéndolo o no, crea a una policía con una personalidad sólida y creíble, una de esas subinspectoras llamadas a protagonizar más novelas porque encierran mucha vida y no resultan pedantes, refinadas ni programadas ni de una sola pieza, porque parecen humanas y con algo que despierta al lector a la compasión y a la identificación, prendas imprescidibles para que un personaje de ficción pida más páginas y más libros. Además, sumando logros, la escritura de Martínez no es funcionarial, no es impostada ni seca a la fuerza: en las comparaciones tiene uno de sus mayores logros, pues no son nada destellantes ni pretenciosas ni vanas, ni material de relleno, sino que se sustentan en un tono muy real, en una elección de sustantivos muy comunes y cercanos, como corresponde a toda la materia del propio libro, que tiene los pies muy bien situados junto a los árboles, las casas, los caminos de un lugar que cualquiera puede sentir que ha conocido mientras pasea por sus páginas. También contribuyen a sumar las breves y reveladoras interrogaciones a que se someten a sí mismos algunos personajes, dudando, interpelando de manera indirecta a quien presencia la historia. 
En conjunto, Monteperdido es la admirable novela de un narrador de raza, que ha asumido muy bien las enseñanzas de su oficio de guionista y las lecturas de escritores que cuentan muy cerca de lo palpable; de un autor muy cualificado para el manejo del personaje múltiple protagónico; y que tan solo debe cuidar para futuros empeños creativos la corrección de un abundante, incómodo leísmo que en algunos tramos -junto a las deficiencias muy habituales en nuestros contemporáneos en el uso acertado de lo que antes llamábamos el objeto indirecto- afea el buen acabado de una novela que se aúpa sin ninguna duda a ese preciado sitio en el que brillan las mejores novelas españolas policíacas de ayer, de ahora  y de siempre.   

David Peace: 1974

   


   Esta es una novela dura, negra, muy negra, con mucha violencia al final y unos crímenes horrendos, con palizas de policías innombrables, asesinatos de niñas, sangre y mucha muerte: una novela que no cuenta para entretener tan solo, que involucra, que aplasta en el sofá, que mancha los ojos. Forma parte de una tetralogía y está escrita por un autor que sintió inspiración y necesidad tras leer a James Ellroy y contagiarse de su estilo cortante, afilado, abrupto, poético con vidrios rotos dentro, alucinado con rojos y amarillos que ciegan, un estilo despojado y tan preciso como el canto de una piedra rodada. Y cuenta la historia de un periodista que va a ver cómo se hunde en una investigación mutilada, manipulada, conducida y reconducida, pesadillesca en torno a los asesinatos de unas niñas y tras la pista de un asesino huidizo, mutante. La novela se mantiene gracias a este estilo, al nervio y a la rabia, al impulso frenético del narrador, ese periodista que se lo juega todo por llegar no a saber la verdad, sino a estar ante ella, a tocarla. Y cuando se rompe el dique y la violencia se desata, nadie queda a salvo, nadie escapa a un puñetazo, a un disparo, a una patada: la tragedia griega, la tragedia shakesperiana vienen a plantarse en el centro de la historia y no hay más que aguardar a que caigan fichas y personajes, a que el dolor inunde las miradas, destroce dedos y vidas, cercene, inutilice, destruya. Esta novela es un estallido y una catarsis, eso que los amantes de la novela negra de verdad comprenden y esperan sabiendo que la literatura es en ocasiones un pozo oscuro al que no puedes hurtarle la mirada.

Santiago Roncagliolo: Abril rojo

   


   Hay en esta novela, ante todo, un personaje memorable, creado para perdurar: el fiscal distrital adjunto Félix Chacaltana Saldívar. Tímido, casi ridículo en ocasiones al principio por culpa de su casi enfermizo apego a lo que dictan las leyes y sus procedimientos, Chacaltana evoluciona y va convirtiéndose en otro, menos inocente y nada monocorde, hasta ser un personaje de los que dejan huella. Y esto se debe no solo a que pasa a sentirse involucrado, a su asimilación de las cosas que ve, a dar el paso de ser un hombre de acción, sino a la gran pericia articulada sobre un fondo de verdad irrebatible que le ha procurado Roncagliolo: un país en el que hasta hace poco ha habido muchas muertes por los enfrentamientos de los subversivos y los militares. Ahí Chacaltana es creíble, es absolutamente creíble. Y, como digo, un personaje memorable, de los que aparecen muy de vez en cuando.
   Crímenes, dudas, víctimas quemadas y con algunos miembros brutalmente arrancados de sus cuerpos: el impacto está servido. Así como el paisaje moral, de luces y sombras que en lo exterior tiene como referente primero a una Semana Santa en la que se muere y hay sangre en las imágenes religiosas que avanzan imparables y sin recelo por las calles. Roncagliolo, como en algunos libros ideados para ser best sellers o para obtener adaptaciones televisivas o cinematográficas, ha trabajado con un material altamente visual, reconocible, muy apropiado, lo que puede hacer sentir cierto rechazo, debido a un exceso de premeditación. Pero eso sería quedarse solo en la superficie: porque el libro habla de la muerte, de los que trabajan con y para la muerte, sobre todo para la muerte. Los que ejecutan, los que dejan a padres sin hijos, a hijos sin padres, los que torturan, los que ponen bombas, los que han hecho del oficio de matar sus razón de ser y de existir: eso es lo que denuncia Roncagliolo, lo que pone sobre la mesa de debate, lo que desnuda y muestra en toda su crudeza. Matar para seguir matando, concluye, matar y descansar hasta que se planee y se ejecute la próxima muerte. Es el tema del libro: la muerte del otro, la muerte del enemigo. Y se entiende entonces plenamente el contexto, la ambientación, el exceso si se quiere, el envoltorio de thriller (más que de novela negra), pues Roncagliolo ha escrito una novela que no reniega de lo fácil pero no se conforma con lo fácil, no pretende acomodarse en lo fácil. 
   Abril rojo está muy bien escrita. Alterna la narración con ritmo con las meditaciones sobre la marcha sin titubear ni demorarse vanamente. Con un criterio muy inteligente, no carga en las descripciones un exceso de literatura que resultaría solo pompa. Se vale de símbolos sin mancillarlos ni usarlos con manos sucias. Y no es en ningún momento la novela de un autor que se ha acercado a un tema como un turista a una iglesia desconocida en un ciudad extraña. Santiago Roncagliolo, como Baroja, como Hemingway, como Juan Madrid, como Dostoievski, entiende que el acercamiento a la verdad de lo que se está contando ha de tomar un camino estrecho, difícil y exigente que desemboca en el logro de lo dicho antes que en el logro de lo contado, de lo narrado, porque una novela es, más allá de los personajes y de la historia que se cuenta, el decir de alguien que está solo y hablándoles a desconocidos que acaso escucharán reposados y se sentirán más acompañados y menos aturdidos ante la casi imposible tarea de vivir y entender. 


                                                                                        (Para mi padre, que falleció el 8-7-2015) 

Dennis Lehane: Nos quedamos sin perros

   


    Este relato tiene algo en común con una breve novela de John Steinbeck titulada De ratones y hombres: la amistad de un hombre muy cuerdo, experimentado  y dotado de buenos sentimientos con otro hombre menos cuerdo, menos experimentado y con sentimientos nobles pero herido por circunstancias ajenas a él.  Hay también una triste sensación recorriéndolo de principio a fin, bien retenida para que nunca se desborde e inunde la historia de sentimentalismo fácil y ramplón. También el final es parecido, pero Lehane añade algunos elementos propios y valiosos que hacen que cuaje una atmósfera malsana, decadente y de callada desesperación que convierten el cuento en una obra propia, personal y muy estimable, superando así lo que podría parecer a primera vista solo una sencilla variación sobre un tema ajeno. Los recuerdos de la guerra de Vietnam, las limitaciones de cierta vida pueblerina, las relaciones ocultas están presentes y muy elaboradas, dotan a los personajes de vida propia y efectiva. Y las insinuaciones, los velos medio caídos, lo mostrado como al trasluz convierten a Nos quedamos sin perros en un metafórico relato de gran solvencia y de gran categoría, la suficiente como para hablar de un gran escritor y un notable trabajo. 

   (Un apunte en cuanto a la traducción: Creo que podría haber buscado sin demasiado esfuerzo Damián Alou giros que evitaran la repetición de verbos en la misma frase sin alterar la frescura y coloquialismo de la prosa de Lehane) 

Ross Macdonald: El otro lado del dólar




   Gran novela, ya de la época más madura y más consistente de la serie dedicada al personaje Lew Archer, en la que sin duda la tragedia griega y el psicoanálisis son las piedras angulares de la historia, El otro lado del dólar es también una obra maestra del género, una de las más grandes novelas negras que se han escrito. El último diálogo podría servir de ejemplo de lo anotado más arriba. La emoción, la cultura bien asimilada, la crítica a un mundo y una sociedad desviada en sus valores y cimentada en las clases dominantes, las que poseen más dólares brillan con toda su fuerza y su máximo esplendor. Pero es que, además, a lo largo de todo el texto pueden encontrarse vibrantes ejemplos que justifican mi antigua afirmación y mi actual afirmación: Ross Macdonald es el estilista de la novela negra. Veamos algunos ejemplos: 

La llovizna flotaba en el aire como una forma visible de la depresión.
Su voz se había humanizado, como si hubiera llegado a un nivel más profundo en el conocimiento de sí mismo.
La cara de su mujer estaba inclinada sobre el vaso como una luna muerta. 
En la hojas muertas, bajo los robles, el agua susurraba y crujía, liberando olores y recuerdos. 
Seguí a lo largo de la calle, mirando las ventanas de las casas de empeño, con su botín de vidas arruinadas. 
Un sinsonte ensayó algunas notas vibrantes, como un corazoncito hecho de sonidos tratando de latir, y luego se calló.
en la carretera, en ese mundo anónimo de luces rápidas y oscuridad. 

Son ejemplos escogidos y no aislados que ilustran la perfección de este texto sugerente, sabio y sensitivo que Macdonald pone al servicio de la narración de un investigador que no es uno más, sino el más convinvente, el más creíble, el más real que ha dado la literatura negra. 
El otro lado del dólar no es quizá tan perfecta y completa como El largo adiós, de Raymond Chandler, la gran referencia de la novela negra, pero tiene muchas cualidades que la hacen estar en lo más alto del olimpo negro: la trama es compleja, pero con mucho sentido, cada personaje tiene un papel y un espacio perfectamente medido, tanto en sus intervenciones en el pasado como en el presente de la historia que se nos cuenta; el humanismo del narrador, Lew Archer, no es forzado nunca, así como tampoco su deseo de verdad, de saber para quedarse tranquilo, pues por algo no se siente prisionero del dinero y sí deudor de lo auténtico y lo sincero; las queridas historias familiares a las que tanta atención prestó Macdonald sirven aquí para hablarnos de la identidad, del miedo a estar solo y del ansia de estar solo, de la jerarquía y de la imposición que el dinero efectúa entre los que que viven juntos; la crítica a una sociedad pocas veces ha encontrado tan buen equilibrio y tanto tino, por boca de uno de abajo que trabaja para los de arriba, y pocas veces tanta ecuanimidad.
    La novela negra parte de materiales casi de derribo, del melodrama, de la serie b, pero solo en manos de grandes autores levantó el vuelo y entró en las universidades y forjó nuevos mitos y nuevos hitos. Ross Macdonald, como antes Hammett y Chandler, elevó a lo más alto de la literatura -sin etiquetas- los sueños y las frustraciones de una parte de la sociedad en que vivieron, y aunque nadie osaría jamás ponerlos a la altura de Scott Fitzgerald, Hemingway, Steinbeck o Dos Passos, no os quepa duda de que no les andan muy a la zaga. Son siete autores sin los que no se entendería el siglo XX en literatura, con su violencia y su afán por la posesión y sus profundos conflictos familiares y su cambios vertiginosos y no tan fáciles de asimilar. Hicieron la crónica mediante el uso de la palabra escrita y la imaginación honrada. Serán siempre, para cualquiera, una valiosísma fuente de información para saber qué latía dentro de los pechos y las mentes de los que vivieron en aquel siglo, y un ejemplo a seguir para los escritores que están y que vendrán.

Víctor del Árbol: Un millón de gotas

   


   Si este libro, de más de seiscientas páginas, se lee fácilmente y con un mantenido disfrute es debido no solo a su buena trama, a la acertada creación de personajes y a los lugares inteligentemente elegidos como escenarios de la historia, sino ante todo a que su autor ha insertado en muchas páginas, en todos los capítulos, los detalles que hacen de una narración algo vivo, atractivo y nunca plano, nunca rutinario ni vanamente acumulativo. Víctor del Árbol es, ante todo, un buen escritor, un buen narrador, un narrador versátil y muy comprometido con lo que cuenta, un narrador que nutre al material que tiene entre manos de mucho color, que articula con bases firmes y que demuestra saber de qué está hablando: no da en ningún momento la sensación de que se ha acercado a un tema como un visitante a una ciudad alejada que pisará durante un tiempo y abandonará luego incólume, distante, como un limpio profesional que realiza una tarea y luego se entrega a un complacido descanso muy similar al olvido. Este escritor narra creyendo, manchándose, acaso equivocándose pero siendo siempre sincero. Y todo esto viene a cuento de que quizá la primera definición que se le adjudique a esta novela sea la de best seller. Bueno, pues ojalá sean así todos los best sellers, ojalá tengan esta profundidad, tengan detrás a un escritor de raza, que vierte mucho y sensato a lo largo de muchas y gratas páginas. 
   Sin duda es una buena novela, aunque quizá nada más que eso. Y sin duda es una novela negra, aunque tenga dos tramas principales y una de ellas se desarrolle en una época alejada, de guerra, castigo y revolución falsa: la que se vivió en la URSS. Los ajustes de cuentas, la cascada de muertes violentas es propia del género negro, así como muchas escenas en que se retiene a una persona contra su voluntad, se ocultan detalles decisivos, se agrede y se mata llevado por instintos de odio y de venganza. Y no es más que una buena novela porque Del Árbol abusa de algunos lugares comunes, recurre a coincidencias propias del folletín, carga las tintas en una concepción del mal archisabida, caracteriza a algunos personajes sin otorgarles más que una fachada y un paisaje únicos, demasiado reducidos al tamaño del portarretrato. El autor quiere hacerse entender, quiere llegar al fondo de lo que considera importante moviendo hilos y acciones de los personajes para cuadrarlo todo y se equivoca. Atina con reducir el número de personajes, pero -al igual que en las series de televisión con demasiadas temporadas- fuerza la verosimilitud enganchándolos en demasía, enlazándolos en exceso, estirando el flujo de sus emociones y sus pretensiones hasta que muy por encima de ellos se ve demasiado al demiurgo que mueve con excesiva rigidez los hilos. 
   Víctor del Árbol tiene muy en cuenta el legado de la tragedia clásica, se advierte que es un advertido degustador de la obra de autores como Shakespeare, quiere enfrentarse a temas que son el núcleo y la base de la mejor literatura del pasado, y brilla en ocasiones a lo largo de esta valiente y ambiciosa novela, pero lograr el equilibrio no es fácil, conjuntar la vida prosaica con la vida de los altos diálogos y las explicaciones supremas es tarea de titanes.  No sale el autor barcelonés derrotado de esta empresa, porque la novela se lee con placer y casi con ansia, lo que es un triunfo destacable, pero sin duda hará bien en eliminar cuanto no es de su mundo, cuanto no está bajo sus dominios en próximos envites para que el lector le aplauda y le reconozca como a uno de los más firmes valores de nuestra narrativa actual. 

David Castillo: El cielo del infierno

   



   No son tantos los novelistas que buscan la verdad en sus textos y con sus textos. David Castillo forma parte de ese grupo nunca suficientemente destacado y ensalzado en el que también están otros escritores entregados a la sinceridad, como Baroja, Mailer, Böll, Dostoievski o Joyce Carol Oates, autores valientes que han invertido mucho tiempo contando historias con una material narrativo que para otros solo es base para el entretenimiento para la captación de lectores. Cada día que pasa los admiro más, y sé que en su búsqueda hay dolor y hay una lucha continua, un despojamiento duro y enérgico y valiosísimo que a casi nadie importa ya. 
   El cielo del infierno es la historia de un anarquista que aún cree en el cambio y la transformación, que cree que combatiendo, partiéndose la cara, estando en la primera fila de lucha contra los que oprimen a los de abajo aún pueden encontrarse razones para seguir y no entregarse, no bajar los brazos, no rendirse al dios del dinero, al capitalismo homicida que nos cobija. Su historia, ambientada en los años setenta y ochenta del pasado siglo, es un canto amargo que llega a nuestra actual época derrotista y desustancializada muy débil, casi agotado, y suena tan lejano, pese a su evidente cercanía, que simplemente asusta: tanto se ha perdido, tanto nos hemos alejado de un tiempo y un lugar en el que aún se intuían modificaciones importantes, se soñaba con practicar una libertad completa, se planteaban abiertamente reformas que habrían beneficiado a los más necesitados y no a los de siempre. Dani lucha y siente que la sangre corre por su cuerpo, es encerrado en la cárcel y siente que las rejas se comen sus deseos y a su propio cuerpo resquebrajado, se confunde pero no para, se equivoca pero lo hace en marcha, siempre creyendo que no es por sí mismo por quien se arriesga, sino por los demás. Sí, el anarquismo nunca ha vencido, el anarquismo de lucha solo ha movido a unos cuantos, ya entonces era solo la batalla de unos pocos, pero no parece que esté muerto ni se le espera en ningún entierro, nos dice David Castillo, que con El cielo del infierno perpetra una novela con tintes negros, sentimentales y hasta guerreros que no solo ha de interesar a los anarquistas vencidos y a los anarquistas de salón y a los anarquistas de foros y a los anarquistas que no saben qué es su anarquismo y a los anarquistas de ojos despiertos y a los anarquistas todavía ilusionados, sino también a todos aquellos no anarquistas que notan que no todo está acabado, que la novela no es solo un reducto para los poetas fracasados y los contadores de historias sumisas al mercado y al lector bonachón o aburrido, que igual pasa las hojas de un libro que bucea en internet un momento más tarde para ver a una rubia en biquini en la web de un diario deportivo. El cielo del infierno no fue escrita para ser ejemplo de nada, y ahí radica toda su fuerza. El que lo entienda no tardará en buscarla y leerla. 

Dashiell Hammett: Ciudad de pesadilla

 


   Hammett escribe negro, sí, pero además escribe para denunciar, para señalar los males del sistema capitalista, y no es pacato ni temeroso: como su prosa, sus historias son directas y duras, van a la raíz de los problemas y, entre disparos y puñetazos, claman por un mundo más justo y más cierto. Buen ejemplo de lo dicho es este largo relato, que empieza con dos personajes desamparados y desubicados y que acaba con esos mismos personajes plenos de respuestas y ahítos de imágenes saturadas de violencia que han visto y protagonizado. Pero nada es gratuito en el relato, porque cada escena de violencia tiene un sentido claro, cada disparo es un grito que rompe contra un espacio delimitado por una barrera de mentira, manipulación y odio. Si Chandler paseaba a su detective inmortal por lugares que necesitaban una urgente regeneración, los personajes de Hammett se hunden en auténticos infiernos, en lugares que ya no pueden ser limpiados si no es tras una destrucción exhaustiva. El pecado moral bulle pletórico, la corrupción es el nombre sobre el que sostienen su mentira las instituciones, los hombres son fieras que no ocultan su afán depredador. Quizá por eso es tan necesario volver ahora a Hammett, en estos tiempos de grandes mentiras y de estafas llamadas crisis, para entender que no hay salida para la gran farsa del capitalismo y de quienes lo defienden, lo alientan, lo muestran como la única verdad, el fin último de todo. Hammett, hace mucho, pronosticó y dio su veredicto. Y sus libros son ahora tan útiles para vivir como una mente despierta y unas ideas imborrables con que seguir adelante.

Salvador Giner: Sociología del mal




   Este libro indaga en la faz dañina de la sociedad humana: evalúa y sopesa el universo social en el que surge el daño intencional, la del mal infligido y padecido, y algunas de las fuerzas que lo producen, también aquellas que lo aminoran y subyugan. Explora, ante todo, cómo se concibe y vive en la sociedad contemporánea. El mal ha sufrido un total descrédito en nuestro tiempo. Es su mayor y perversa victoria. Solemos atribuir nuestros males hoy a causas impersonales: la pobreza como resultado del capitalismo; las guerras como consecuencia del imperialismo; la extinción de la naturaleza a causa de desequilibrios ambientales; el terrorismo como producto de la fe ciega en un dogma religioso. Y así sucesivamente. La responsabilidad de los malignos se diluye y evapora. La ciencia misma, la genética, la psicología, la economía, la sociología contribuyen a escamotear la malignidad, la intención consciente de dañar. Sociología del mal acaba con tal tergiversación y demuestra que es posible y deseable entender nuestro mundo mediante una inteligencia sociológica de nuestra condición sin abandonar una concepción rigurosa, laica y racional de la frecuente malignidad de los humanos. 

Alicia Giménez Bartlett: Crímenes que no olvidaré




A lo largo de nueve episodios, Petra Delicado protagoniza la investigación de otros tantos crímenes que rompen el habitual devenir de hitos anuales como la Navidad, los carnavales o las vacaciones estivales. Ni siquiera en esos momentos la inspectora puede desentenderse de lo que el azar le tiene deparado. La vida familiar con sus momentos insoslayables se ve continuamente desbaratada por la recurrente presencia de la criminalidad, y nos descubre los episodios más escondidos de la más sugestiva de nuestras polis.

   Edita: Destino