
Jodidos tiempos estos, en los que hay que luchar para defender lo evidente.
Es una frase que leí hace tiempo y que me acompaña desde entonces, me persigue, me identifica también."Ucrania" -narración que no es negra aunque tiene un asesino dentro - me parece una novela muy destacable, de esas que brillan con luz propia, sólida y vigorosa, una novela de novelista de raza, de gran prosista, de un autor al que habría que celebrar que tengamos por aquí, tan cerca, ya ves, en Málaga.
Pablo Aranda es un escritor importante, un tipo con muchas lecturas en el cuerpo que sabe de qué va la cosa, de qué va esto de la literatura. Por eso, en su novela hay ecos de grandes novelas y grandes novelistas, por eso ha partido de la lectura de los grandes novelistas y las grandes novelas y ha escrito este libro meritorio, que está por encima de esas tonterías de los nocillas dreams y allegados que escriben libros en un mes, que se confiesan poco o nada lectores -tipos que creen que el talento es innato, seguramente, que la inspiración es espontánea: una hornada de nuevos escritores aupados por la revista Quimera - y lo siento: soy lector fiel- y otros medios que apuestan por creaciones de vigencia únicamente temporal, a la moda, como ya ocurrió con la Generación Kronen, tan poco recordada, tan poco recordable ahora y nunca-, que gastan la pólvora en salvas, como dice mi padre, y que quieren reinventar sin saber dónde ni qué pisan.
Es indignante - y me indigna- que esta novela no tenga la repercusión merecida, que no se ensalce la creatividad de un autor capaz de adoptar tantos y tan diversos estilos, de abordar temas absolutamente palpitantes con profundidad y sin perder nunca la perspectiva estrictamente literaria, sin caer jamás en las descripciones cinematográficas ni en el estilo periodístico.
Algo falla, estoy convencido. Los suplementos culturales, las revistas dedicadas a la literatura, los críticos están desorientados, se han vuelto descreídos y asumen su papel desde una perspectiva fría, funcionarial, simplemente cumplidora, como si esta crisis que atraviesa la literatura -¿cuándo no?, ¿desde cuándo no?, ¿cuántas van ya?- fuera ya la definitiva, como si viniera acechando el fin de todo. Vale. Aunque así fuera, aunque estuviera programada alguna extinción masiva, hombre, vamos a seguir con nuestras tareas, a no dar gato por liebre, a no desanimarnos del todo, a no mezclar, a no firmar y mirar el ingreso en el banco.
La literatura cambiará, acaso se edite y se lea más y mejor ante una pantalla, pero entretanto señalemos las novelas esenciales, no seamos tímidos, no tengamos miedo de decir que las últimas novelas de Eduardo Mendoza son muy flojas, que Seix Barral anda perdida, que los premios son casi todos mentira, que Tusquets publica novela negra y cree que por publicarla en su sello es buena literatura negra, que el best seller siempre será sólo best seller, que cuesta cada vez más encontrar libros buenos y sorprendentes, que Anagrama hace escorzos imposibles, que Siruela no es la misma, que de Planeta no nos interesa prácticamente nada, que la novela negra está empantanada, que Muñoz Molina y los de su generación no han cumplido con las expectativas, que seguimos sin prestarle la debida atención a la poesía, todo eso y más, que las editoriales editan productos casi siempre y apenas obras de verdadera entidad literaria, lo que desanima a muchos escritores que ya nunca llegarán a serlo, a menos que un pequeño editor crea en sus novelas poco vendibles y en sus nombre desconocidos.
En fin, todo eso y más, pero no nos olvidemos de apoyar a quien se lo merece, de ver lo evidente, y no dejemos de decir que esta novela de Aranda es literatura de la buena y merece realmente la pena. Merece la pena para aquellos que no estamos atados a nada y que queremos seguir disfrutando con la literatura de calidad, valiente, creativa, con la literatura en letras mayúsculas, con buenos personajes, atenta a lo que pasa aquí y ahora, con frases memorables y fragmentos inolvidables, que nos hablan de nosotros con fortuna y sinceridad, sin engañifa, sin escuadra y cartabón, sin medir riesgo y recompensa monetaria. Los lectores queremos entretenimiento, diversión, pero también arte. Y no nos importan la economía, las ganancias y tantas justificaciones engañosas. Lo dicen muchos: el verdadero escritor escribe aunque no le publiquen. Bueno. Yo apuesto por escritores como Aranda, al que no conozco sino por la lectura de sus libros, y me siento obligado y feliz de poder deciros estas cosas, amigos.