La novela se atiene a los patrones clásicos y avanza inexorablemente, sin vericuetos ni desperdicio de ningún tipo. El presunto culpable no lo es y el culpable, después de haber sido descubierto, muere. Al detective Selb lo contrata la amiga y amante del muerto, ya que cree que fue asesinado, aunque en principio las evidencias lo niegan. Selb es amigo de policías y nos ofrece este fresco cuando visita una comisaría: " Hesseler estaba sentado ante una máquina de escribir y tecleaba con dificultad. Jamás entenderé por qué no se enseña a los policías a escribir a máquina con corrección. A no ser que se quiera torturar a sospechosos y testigos con el espectáculo del policía tecleando. Es una tortura; el policía maneja la máquina de escribir desvalida y violentamente, y el aspecto que presenta cuando lo hace es de infelicidad y obstinación, al mismo tiempo impotente y decidido a arriesgarlo todo, una mezcla explosiva y alarmante. Y aun cuando eso no le incite forzosamente a uno a hacer una confesión, en cualquier caso le hace desistir de cambiar la que el policía ha confeccionado por cuenta propia, por muchas cosas extrañas que haya introducido." Una imagen que hemos podido ver en cualquier comisaría del mundo cuando nos hemos acercado a poner una denuncia por robo o por cualquier otro motivo. La voz de Selb está teñida de ironía y de ese desdén con que todo detective contempla a la policía y nos gana así como cómplices de sus aventuras solitarias, peligrosas, atrevidas.
Bernhard Schlink y Walter Popp: "La justicia de Selb"
Otro autor nuevo, otro descubrimiento interesante. Con un detective privado atípico - tiene 68 años - y una narración en primera persona muy precisa y con observaciones muy agudas. Le contratan para investigar un caso en el que parte con desventaja, ya que no entiende gran cosa de informática: en una empresa de casi cien mil empleados hay uno que se dedica a moverse por el sistema inadvertidamente y hace de las suyas: les asigna más dinero a algunos compañeros, les alarga las vacaciones a otros, envía informaciones confidenciales al departamento de prensa . Han recurrido a él porque el director general, Korten, es su cuñado y un viejo amigo, lo que es de imaginar dará lugar a que el pasado tome peso en algún punto de la novela. Lo primero que hace es visitar al jefe de seguridad de la empresa y hablar con él y su ayudante sobre una lista de cien posibles sospechosos. Los empleados de seguridad apuestan ya por uno en concreto: un tal Franz Schneider, químico. La conversación no tiene desperdicio:
- ¿Cómo han llegado hasta él?- pregunté.
-Es el procedimiento habitual. En cuanto alguien pide un adelanto por tercera vez, lo examinamos más de cerca.
- ¿Y qué significa eso exactamente?
- La cosa puede llegar, como en este caso, hasta el seguimiento. Si quiere, puede hablar con el señor Schmalz, que fue quien lo hizo.
Conciso, directo, para volver a leerlo diez o doce veces, frotarse los ojos. Me he acordado de una inteligentísima película, " El método", protagonizada por Eduardo Noriega y Eduard Fernández, dirigida por Marcelo Piñeyro. La cruda -por no escribir otra palabra más contundente - realidad.
Novela negra, música actual
Una vez le preguntaron a mi amigo Raimundo, en una tertulia a la que yo también asistía, qué grupo de música actual representaría mejor a la novela negra, y él no dudó en apuntar: Ska-P. Estuve a punto de protestar, de empezar una discusión con una sonrisa de suficiencia en la cara, pero la boca se me quedó medio abierta y sólo pude volver a cerrarla.
Hollywoodland, de Allen Coulter

Es difícil inventar, es difícil innovar, qué duda cabe. Una película con un asesinato y un detective privado dentro se presta al malgasto de todos los tópicos posibles. Algunos son insoslayables, alguna repetición es imposible esquivarla. Salvando algunos pequeños detalles, creo que esta es una gran película, y junto a "Match Point", de Woody Allen, y "La noche de los girasoles", de Jorge Sánchez-Cabezudo, una muestra de que el cine negro de cinco estrellas sigue absolutamente vivo y coleando, como diría el inefable Philip Marlowe. Incluso podríamos considerar "Hollywoodland" la otra cara de "Match Point", su complementaria: en ambas se habla del éxito, pero en la segunda alguien triunfa a toda costa y en la primera el éxito le es negado al que lo desea, hasta el punto de que ha de llegar la muerte para alejarlo definitivamente de cualquier posibilidad de logro. "Hollywoodland" es una obra hecha con placer, con mimo, cuidando cada detalle y cada fragmento de la historia, y el amor por los personajes se nota, traspasa la pantalla, porque el director no se ha empeñado en lucirse y ha buscado el aroma de lo clásico, la certeza de las obras clásicas, la verdad de tantas películas clásicas. No hay tiros, no hay puñetazos de más, no hay una acción descerebrada e idiota que estropee la función: hay una trama en la que es fácil involucrarse, seguir, de la que es fácil dejarse llevar. Han matado a Supermán. Los niños están tristes. Después odian al actor, por suicidarse (versión de la policía). Cuando el detective privado Louis Simo empieza a investigar todo está dicho, todo está está escrito, porque lo más importante no es cómo murió el actor que encarnaba en una serie de televisión a Supermán, sino que antes de eso habían muerto sus sueños, sus deseos, habían asesinado sus pasiones y lo habían dejado solo, solo ante sí y ante su triste vida. La madre no quiere saber si le mataron o se mató, porque le basta con que alcen una estatua en su honor, la amante llora porque no le tiene, la novia con la que no se casará le detesta, y las tres le recuerdan, pero Allen Coulter se encarga de mostrarnos que no es suficiente, que el amor a veces no basta, ni la admiración, ni las palabras, ni una presencia cálida cuando todo se ha muerto por dentro y no queda ningún fragmento de piel que pueda recibir las emociones provenientes del exterior. Ha muerto el Superman de la televisión: ha dejado tras de sí esta soberbia película -que recordaremos dentro de muchos años-, dos horas de cine que nos hablan del fracaso, la vida, las frustraciones, los amores que dejan huella y los amores que sólo son una marca en la piel, apenas más persistente que un maquillaje. Y seguramente muchos espectadores saldrán del cine tristes pero aliviados porque han visto una de esas películas que saben a verdad, a vida en una pantalla, como en los viejos tiempos.
Lew Archer y Ross Macdonald, Ninoska Mermoud-Santiago, Miguel Ángel Muñoz, Lorenzo Silva y todos los amigos
Hay que despedir el año. Es el primero -espero que no sea el último - de este blog. Vinieron por aquí nuevos amigos, sin los cuales nada tendría sentido, y dedicamos horas a leer libros y ver películas, a comentarlas y a darnos puntos de vista enriquecedores y sustantivos en este espacio y también en el de Comentarios. Cualquiera de los que aparecen aquí al lado en ese lugar de enlaces vale tanto como cualquier otro y es tan importante para el que esto suscribe como cualquier otro. Dice Lorenzo Silva -un abrazo, por cierto - que Nadie Vale Más Que Otro, y me parece muy cierto. Pero contradiciéndome brevemente, sólo por un instante, quiero dar particularmente las gracias a Ninoska Mermoud-Santiago y a Miguel Ángel Muñoz, destinatarios de muchos de estos textos y sin cuya presencia no habrían surgido igual. Y, como colofón, quiero destacar que esta semana la revista Así son las cosas dedica el coleccionable Detectives de Ficción al que podría ser el principal inspirador de este blog, una creación de Ross Macdonald: Lew Archer.
Marcia Muller: " Juegos para ahuyentar la oscuridad " ( y 7 )
Nos gustan las novelas en las que hay una investigación porque intuimos la presencia de verdades ocultas. Sharon McCone llega hasta el final en cada caso porque anhela pisar el punto en que están enterradas esas verdades. Puede haber una situación difícil de creer, de aceptar. Que obligue a tomar partido o a dudar. En este caso, tras la maraña, hay una persona que mata a enfermos terminales. No de manera altruista, sino cobrando. Eutanasia. El lector se para, piensa, recuerda, imagina. Como Sharon, el lector está en una encrucijada. ¿En qué creo, a quién creo? Ve moverse a esa persona y tiene que decidirse: verdugo, asesino, cobarde, necesario, cruel, moral, inmoral. Sharon resuelve el caso. Sabemos entonces si la persona que practicaba la eutanasia es definitivamente buena o mala, aceptada o rechazada. Desembocamos en la verdad última, que no revelaré. Y al llegar el libro a su final comienza el proceso más apasionante: el lector lleva dentro el espíritu de la novela, el espíritu de las opiniones del autor. Asiente o niega en silencio, se vuelve cómplice o detractor en una charla, un comentario, un pensamiento acaso aislado. Cada lector es un mundo. Y yo, con mi propio mundo a cuestas, con mis propias opiniones, tras disfrutar de la lectura de esta novela tan bien escrita y tan interesante, concluyo que tras la verdad también hay sombras.
Marcia Muller: "Juegos para ahuyentar la oscuridad" ( 6 )
Presuponemos debilidad en las mujeres. Pero son prejuicios. Sharon McCone no abandona el caso cuando se queda sin cliente y no se da por vencida, sino que insiste - como otros colegas - en seguir hasta el final, baja la corriente sin importarle los bamboleos porque no puede quedarse cruzada de brazos tan cerca del lugar donde se hallan las respuestas. Sola, con un mínimo apoyo verbal de la policía, Sharon se enfrenta a dos asesinatos y una noche decide abrazar y hacer el amor con un hombre al que acaba de conocer y acaso sea un asesino, pese a su atractivo y sus buenas maneras. ¿Es un síntoma de debilidad, le pasa porque es una mujer? Nada obliga a pensar en otros miedos más profundos que la acechen, aparte de los propios de los momentos oscuros y solitarios, así que Sharon va a seguir haciendo preguntas - que le contestan, ya que no tiene cara de usarlas luego en contra del que ha sido sincero y confidencial - y va a lograr que los juegos para ahuyentar la oscuridad no le resulten mortales.
Raúl Tristán: El crimen de Nochebuena
Hay algunas colecciones de novela negra en editoriales que no son de las grandes y que van publicando a autores interesantes y libros que merecen la pena. Cada vez creo más en las pequeñas y menos en las grandes, porque veo que es en aquéllas donde les están dando la oportunidad a muchos nuevos y talentosos escritores. UnaLuna Ediciones, de Zaragoza, en su Colección Serie Negra, presenta este libro en el que hay un detective privado, un muerto hallado en una plaza pública, una investigación que no resulta fácil y unos amigos dispuestos a echar una mano. Felicito a Raúl Tristán por su novela, a UnaLUna por fijarse en nuestro querido género, y les deseo lo mejor a ambos. Espero en breve comentar el libro aquí, pero no quería esperar para recomendar su lectura.
Marcia Muller: "Juegos para ahuyentar la oscuridad" (5). La adjetivación.
Admiro la prosa que no se ahoga en frases largas, estiradas, que denotan demasiada voluntad y estilo esforzado. Hay quienes escriben con frases largas porque sus pensamientos son complejos, las acciones que ven sólo saben describirlas como hablarían de la bajada de las aguas de un río. Si son así, si les sale natural, aplaudo esa manera de escribir. Pero me pasman cada vez más aquellos que con tres palabras sugieren tanto o más que otros en un párrafo completo. Hay algo aquí de devoción por ese estilo que tan bien interpretó Hemingway (lo digo como si fuera música porque algunos estilos lo son: las palabras entran por el oído, por la vista con un ritmo que sólo ciertas composiciones clásicas o jazzísticas pueden igualar), que encumbró a Llamazares, autor de una gran novela, "Luna de lobos", que pasmó al viejo y generoso Onetti. En la novela negra no escasea este estilo del que hablo, pero ni tiene la musicalidad deseada ni escapa al uso y abuso de la frase hecha, que en música sería como si el intérprete sólo nos diera estribillos. Marcia Muller esquiva la tentación y presenta una prosa limpia, un fraseado medido y con un swing que también tiene -algo superior, eso sí- Walter Mosley. Me gusta cómo adjetiva, además, y qué bien elige algunos adjetivos para darle mayor vigor al sustantivo y crear de paso sensibles imágenes: "su preciada soledad", "un descarnado sarcasmo", "constante y agotador conflicto","severo estilo moderno". Y eso sin divagar, sin empedrar la narración, sin entorpecerla ni llenarla de babas puramente literarias que nos abocarían a cerrar la novela al sentirnos pesados e indigestos, sino de esa sabia forma en que los buenos autores utilizan los adjetivos con la conseguida intención no de adornar, sino de alumbrar con ellos.
El color del crimen (Freedomland), de Joe Roth
Nefasto título para una buena película que me parece que no ha sido vista con buenos ojos. Antes, hace años, el cine de denuncia, el cine crítico, el cine político era visto con buenos ojos. Ahora cualquier tipo de cine que escape a lo obvio es mirado con lupa, con desconfianza, con desinterés. A esa conclusión llego después de ver la valoración crítica que obtuvo esta película. Pero el problema es que a veces los árboles no dejan ver el bosque, y me temo que aquí pasa algo parecido: se quedan los críticos con los excesos interpretativos y con lo puramente fílmico y se olvidan de la historia, interesantísima, y del ritmo, y de que el director ha optado por el drama y no por lo policíaco cargado de acción, disparos y muertos por doquier. A mí me parece muy estimable esta película que habla de las relaciones familiares - el padre policía con el hijo en la cárcel, la mujer despreciada por la familia que al tener un hijo ve restañarse su dignidad - y de cómo la muerte de un niño es algo verdaderamente irreparable y también destructivo para cuantos afecta su desaparición. Vivimos en una época confusa, con las relaciones amistosas y familiares en plena transición, con el crimen acechando tras cada esquina para mostrarnos que estamos hechos de dolor y que del dolor venimos y en el dolor nos consumimos. Y esta película nos ayuda a verlo, a meditarlo, a objetivarlo. Se merece una oportunidad.
Marcia Muller: "Juegos para ahuyentar la oscuridad" ( 4 )
¿A qué responde ese título? Leemos en la novela: " Pese a ser temporada baja, no faltaban los turistas. Paseaban cogidos de la mano o juntos, y a un tiempo separados. Me figuré que para algunas parejas las vacaciones habían sido motivo de acercamiento; para otras, sólo habían servido como recuerdo de su soledad.... A veces dudaba de si volvería a ser en alguna ocasión una de esas personas que iban cogidas de la mano y mantenían a raya, por un tiempo, la soledad... si entraría en el juego para ahuyentar mi propia oscuridad".
Marcia Muller: "Juegos para ahuyentar la oscuridad" ( 3 )
Y otros temas: "En Salmon Bay son muy pueblerinos. El medio de vida principal es la pesca, pero cuando la industria pesquera se automatizó la mayoría de pesquerías familiares se fueron a la ruina. La gente aún sigue allí, pero malviviendo. Se pasan la vida sentados en su punta de tierra, remendando sus redes y soñando con los viejos tiempos de bonanza. Naturalmente, todo aquel que se aventure a salir al mundo real está mal visto ". Que hablan de un pasado reciente que no nos es desconocido, que nos llena de recuerdos y a algunos de añoranza.
Marcia Muller: "Juegos para ahuyentar la oscuridad" (2)
Lo bueno de la novela negra es que aporta datos, informaciones, sugiere temas. Como éste:
-Un sanatorio donde se atiende a enfermos terminales...
- ¿Dónde está La Pozas? -
-En Salmon Bay, pero alejado del pueblo. Es un edificio de varias alas con tejado de tablillas, situado junto al acantilado que domina una playa rodeada de arrecifes y hoyos que se llenan con la marea. Está en un paraje francamente hermoso, con bosquecillos de cipreses y eucaliptos. Nadie se imaginaría, viéndolo, que la gente va allí a morir.
- ¿Y usted y Jane trabajaron juntas allí?
- Durante más de cinco años.
- Tuvo que ser deprimente.
- Oh, no -negó con aire de sorpresa Liz-, en absoluto. La idea fundamental que inspira el sanatorio es morir sin miedo, con dignidad. En Las Pozas, los pacientes viven en plenitud, con dicha incluso, el tiempo que les queda de vida. A veces puede ser hasta un estímulo.
No puede ningún lector quedarse indiferente leyendo esto, cada uno sentirá removerse algo en su interior.
Francisco González Ledesma: Méndez.
Apuesta la editorial Almuzara por un escritor que se merece mayor reconocimiento crítico, pero ya se sabe que en España los críticos están muy ocupados en leer lo que hay que leer. Almuzara tiene una colección de novela negra, "Tapa negra", que ha publicado a pocos autores por el momento y que evidencia un gran error: la falta de apuesta por jóvenes escritores de novela negra. Que publiquen este libro de González Ledesma es una buena noticia, ya que las novelas en catálogo no son realmente muy destacables y hay caídas graves como "Muerte de una heroína roja", de Qiu Xiaolong, en lo que parece una decisión escapista y poco comprometida con el aquí y ahora de los narradores españoles y su presente, con una visión crítica de nuestra realidad que esta editorial obvia claramente. Que aparezca, pues, este libro de Ledesma es una gran noticia, porque el creador del inspector Méndez es de los que, con ironía y sagacidad, cuenta historias de una manera absolutamente personal y con un humor que le arranca sonoras y curativas carcajadas al lector. La vida de los viejos barrios, los viejos delincuentes barceloneses está aquí expuesta con una mirada nostálgica y sabia, apta como pocas para la anécdota y el pequeño cuento, ese que luego puede repetirse en voz alta a un oyente que con toda seguridad sonreirá mientras presta atención. Pero no hay aquí escapismo, fácil burla, sino un humor maduro, compartible, rebosante de vitalidad y necesaria crítica: "La callecita, o mejor el paisaje urbano, aún estaba allí, con sus árboles melancólicos y sus casitas llenas de olvido, sin que ningún alcalde vestido de gala las señalase para derruirlas." Con una prosa creativa, verdaderemante literaria y creadora de ecos: "Méndez tuvo que desviar la mirada. Era como si el tiempo estuviera allí, hecho luz antigua, cristal empañado, tirador de una puerta rota, mano de muerto todavía pegada a la mesa." El veterano Ledesma - al que algunos consideran el abuelo de la novela negra española, definición que pondrá una risa en su cara de hombre noble e íntegro - es uno de esos escritores que repasan la historia de su tiempo - y del nuestro - y perdurará. No lo dejéis para más tarde. Leedlo ahora, en el momento.
Marcia Muller: " Juegos para ahuyentar la oscuridad"
Me alegra que cada vez haya más mujeres escritoras de novela negra. Gracias a ellas es más fácil que se integren en el género perspectivas e historias que los escritores duros orillaron para no parecer blandos. Si el cine nos ha dado inolvidables historias que eran mitad negras y mitad de amor, la novela aún no ha incidido demasiado en eso: amor y muerte, ya se sabe, van cogidos de la mano muy a menudo. Fijémonos si no en la cruda realidad, en la violencia de género, con hombres que han amado a mujeres y que más tarde las matan. Marcia Muller publicó esta novela en 1984 y la protagoniza su detective Sharon McCone, que investiga el caso de una mujer desaparecida. La facilidad narrativa, plástica, y la limpieza con que narra y nos mueve por la historia es el primer punto a su favor. Y las descripciones el segundo: "El pelo negro, severamente peinado hacia atrás, acentuaba su prominente nariz y el marcado avance de la barbilla. No era una cara bonita, sino autoritaria." Y sus opiniones el tercero: " Aquél era el último de los establecimientos chic que estaban invadiendo la zona y amenazaban con transformar el ambiente sencillo y afable de clase trabajadora del barrio. Ellen T era toda una institución que habría lamentado que se perdiera. No obstante, estaba casi segura de que mientras continuaran al frente Ellen y Stanley Tortelli seguiría siendo la misma taberna acogedora en la que se dispensaba buena comida, buena bebida y, de tanto en tanto, buenos consejos."
Lillian Hellman y Dashiel Hammett
Releo con el ánimo encogido el prólogo que escribió Lillian Hellman para el libro "The big knockover" de Hammett, en España transformado por Bruguera en dos volúmenes. Ella, compañera del gran escritor durante treinta particulares e intensos años, le recuerda y vierte algunos momentos de la vida en común y otros que le refirió Dash, como solía llamarle, en unas páginas singularmente emotivas. Hay, por encima de las demás, una anécdota que define a Hammett a la perfección y que desde que la leí pasó a formar parte de mi vida: "... en cierta ocasión, Hammett se compró una cara ballesta en un momento en que ese gasto significaba dejar a un lado otras cosas necesarias. El mismo día en que la tuvo entre sus manos, probándola y tensándola, gozando del objeto, llegaron unos amigos con su hijo de diez años. Dash y el niño se pasaron la tarde jugando con la ballesta y la cara del muchachito se oscureció cuando tuvo que abandonar el juguete para irse. Hammett abrió la puerta trasera del auto, acomodó la ballesta dentro y se volvió de prisa hacia la casa, sin hacer caso de las expresiones de negativa y protesta de los padres del niño. Cuando nuestros amigos partieron le pregunté: ¿Era imprescindible?Hammett me respondió: El niño la quería más que yo. Los objetos pertenecen a quien más los desea." Palabras del autor de "El halcón maltés". Como digo, convivieron durante treinta años, pero no estaban juntos siempre, no tenían una casa en común, y Hammett nunca se vanaglorió de nada. El día que ella le dijo que habían pasado años hermosos juntos, él le contestó: "Hermoso es una palabra demasiado importante para mí. Digamos sólo que lo hemos pasado mejor que mucha gente." El sentido de la justicia, de lo justo de Hammett, que en los peores momentos de su vida, ya al final, sí le pidió ayuda claramente a Lillian. "Un libro vuelto al revés tendría que haberme servido para darme cuenta de que el final estaba cercano, pero no quise aceptar esta idea y volé a Cambridge pensando encontrar un internado para Dash. Esa misma noche cogí un vuelo de regreso para anunciarle a Dash qué pensaba hacer. Me preguntó: Pero ¿cómo llegaremos a Boston? Le dije que en una ambulancia, y creo que por primera vez en su vida su reparo fue: ´Eso costará demasiado dinero.´Entonces le respondí: ´En ese caso, alquilaremos un camión.´Sonrió al comentar: ´Tal vez tendríamos que haber viajado siempre de ese modo.´Aquella noche me sentí aliviada, segura de que aún teníamos tiempo por delante; pero me equivocaba. Antes de las seis de la mañana siguiente recibí una llamada del hospital: Hammett había entrado en coma. Mientras me precipitaba por el cuarto hacia su cama hubo un último signo de vida: sus ojos se abrieron con una expresión de sorpresa e intentó levantar la cabeza. Pero ya no volvió a recuperar la lucidez, y dos días después sobrevino su muerte." La muerte del padre de la novela negra.
Os recomiendo este artículo de Javier Ortiz: http://www.javierortiz.net/jor/elmundo/vendra-piso-de-pisar
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