Malas temporadas, de Manuel Martín Cuenca


Buena película, cuidada hasta el más mínimo detalle, que no por caer en algún error en su tendencia a dejar bien cerradas todas las historias de los diferentes personajes que la habitan y por deslizarse en algún momento hacia lo explicativo y lo abstracto abandona en ningún momento su planteamiento de filme abierto, sin discursos, sin explicaciones sobrantes. Pocas películas españolas pueden presumir de haber contado una historia de personajes con tan buen pulso como ésta, en pocas hay unas interpretaciones tan mesuradas y luminosas.En el cine actual sobran los discursos, el hábito de coger al espectador de la mano como a un chiquillo y llevarlo de escena en escena dándoselo casi todo masticado. "Malas temporadas" plantea algunas inteligentes preguntas que no tiene el mal gusto de respondernos a la ligera y con argumentaciones que demostrarían que se trataba de preguntas-trampa. Los guionistas han optado por mirar dentro de los vidas de varios personajes muy actuales y nos han contado algunos fragmentos destacados de sus vidas cuyo significado se completa sólo gracias a nuestra mirada. La inmigración, el desarraigo, la soledad interior y exterior, las ilusiones rotas, la mentiras que nos decimos para seguir viviendo son algunos de los temas abordados en esta película que es de las pocas en la actualidad que dejan algo palpitando dentro del espectador cuando cae el telón.

Javier Puche en "Microrrelato en Andalucía"


Es un bloguero y es un autor de relatos que ha sido incluido en el volumen "Microrrelato en Andalucía". Se llama Javier Puche. Participa con cuatro buenas pruebas de que es un escritor con talento. Un bebé que halla el secreto del universo, la mitad inocente y la mitad culpable del cristiano, el error de un hombre invulnerable, Alá y Yaveh jugando al billar y, por último, un mosquito que tiene memoria. Son cinco piezas muy bien escritas y muy bien resueltas, sin ingenios vanos de por medio y con ideas detrás. Siempre es una alegría encontrar a un nuevo escritor. Para quien no tiene el volumen de Batarro, visitar el blog de Javier Puche puede ser un primer paso, una manera de empezar a conocerlo.

RBA SERIE NEGRA


Una colección que me ha soprendido muy gratamente, porque apuesta por autores de gran calidad y por recuperaciones primordiales. Valgan tres ejemplos: el primero, el más destacado para mí, es la recuperación de Ross Macdonald. El mejor autor de novela negra no se merecía el silencio y la desaparición de las librerías de nuestro país. Lo rescatan con "La mirada del adiós", una de las más características novelas protagonizadas por Lew Archer. Psicología, compromiso social, escritura de primer nivel hallaréis en este libro. El segundo es James Lee Burke, que tenía dos o tres novelas publicadas y ya descatalogadas, y vuelve con "El huracán", ambientada en Nueva Orleans y con el detective Dave Robicheaux al frente. Burke tiene un prestigio como pocos en el mundo de la novela negra y fuera de él, pues sus ambiciones literarias parten de una admiración incondicional por el gran William Faulkner. El tercer y último ejemplo es Dennis Lehane, autor de una de las mejores novelas negras de los últimos años, un clásico reciente, "Desapareció una noche". "Un trago antes de la guerra" trae de nuevo a la pareja de detectives privados Patrick Kenzie y Angela Genaro. Lehane es quien mejor plantea dilemas morales en la actualidad, quien más invita a participar al lector en la toma de decisiones de los personajes, pues sus historias no acaban cuando el libro termina.
Son tres ejemplos de una colección de una importancia creciente y que considero absolutamente de referencia para los aficionados al género y a las novelas que son más, mucho más que historias de tiros y persecuciones, de buenos y malos, y que sirven para saber más de nuestra época y de la gente con la que convivimos.

Ricardo Bosque: Suicidio a crédito


No es un recién llegado. Ya publicó su primera novela, "El último avión a Lisboa", el año 2000. La segunda la conocéis muchos de vosotros: "Manda flores a mi entierro" (Mira Editores, 2007). También está incluido en "La lista negra. Nuevos culpables del policial español", de reciente aparición. Edita además Ricardo Bosque un blog de obligada visita diaria: La Balacera , pues se trata ni más ni menos que de una agencia de noticias en la que se nos informa cumplida y apasionadamente de todo cuanto acontece en torno a la novela negra y el cine negro. Por si fuera poco, ha creado una revista digital, de título .38, en la que pueden encontrarse artículos y creaciones de buen nivel.
Ricardo Bosque es una de esas personas a las que uno admira por su buen hacer y por su buen desempeño en todos los frentes. "Suicidio a crédito" es una novela en la que no faltan las sonrisas y los cabeceos de afirmación y reconocimiento mientras el lector se pasea por sus páginas. Paparazis, exclusivas, un galán del cine español de los años sesenta, el mundo del corazón y de los reality shows: nuestro mundo mediático actual está en las páginas de esta novela que recomiendo hoy para que disfrutéis leyendo y os acerquéis a una mejor comprensión de una parcela casi insoslayable de nuestra vida diaria.

Lorenzo Silva: Nadie vale más que otro


Primer relato: "Un asunto rutinario".
Entre los méritos de Silva hay dos que se ven en el primer relato de este libro, "Un asunto rutinario", que son su crítica medida y eficaz a una sociedad que ha perdido sus mejores valores y el tratamiento de temas casi cotidianos, que podrían aparecer mañana en cualquier periódico, y que afectan a gente normal. En esta historia, un hombre de El Ejido, pueblo de Almería, es asesinado en Madrid cuando compraba droga. A qué se dedicaba el muerto -al negocio de los coches de segunda mano-, cómo lo engañaron, quiénes lo mataron no forma parte de una estrategia para entretener únicamente al lector, sino que Silva se vale de elementos de nuestra más cercana realidad para poner a ese lector ante un espejo que, mediante la literatura, le hará meditar y acaso recapacitar sobre ciertos asuntos muy útiles y muy próximos apenas situemos un pie en la calle: el dinero fácil, las drogas, los negocios fracasados, la delincuencia que viene de fuera. Es Lorenzo Silva un escritor realista, con todo lo que eso conlleva, y sus méritos son muchos y sobrados para decir que es un gran escritor, uno de esos que son hijos de su época y la miran con los ojos abiertos.

Segundo relato: "Un asunto familiar".

Los lectores habituales de Lorenzo Silva sabemos que el sargento Bevilacqua es un personaje especial, mimado por su autor y creado a conciencia, tanto que parece existir de verdad, como nos pasaba leyendo las aventuras de Plinio, el guardia surgido de la imaginación de Francisco García Pavón, tan absolutamente creíble. En el relato "Un asunto familiar" veo a Bevilacqua muy cercano a Plinio, a una filosofía vital que les emparenta y los convierte en inolvidables, ya que no hay en ellos la insulsez ni la violencia de otros que se han dedicado al mismo oficio investigador -aquí y en cualquier otro país- llevando su ego siempre por delante. Son observadores y también comprensivos, son humanos. "Por eso tenemos que cazar a este cabrón. Siempre habrá otros, y ya sabes lo que nos encontraremos cuando lo tengamos en la jaula, a un pobre tipo que nos dará todavía más lástima que asco." Porque de eso se trata también en la profesión de investigador: ver lo horrible sin cegarse, ver lo abominable sin perder el raciocinio. Con el trabajo que realiza, Bevilacqua se siente confiado y más o menos seguro, porque tiene que descubrir a los culpables y ponerlos a buen recaudo y sabe que efectúa una labor de limpieza interesante, inevitable, que no nos deja del todo sin esperanzas. Y en este caso, con una niña violada y tres familiares como sospechosos, la pesadumbre con que se mueve es superior, la tristeza más honda e intuye que la resolución del caso será abrumadora. El mal está hecho y hay que hurgar, hay que encontrar a quien dejó que su caballo interior se desbocara. Mira la foto de la niña muerta y piensa que ésa es "la cara que tenía antes de que la muerte se la vaciara de luz." Y ahora ha de encontrar al asesino, que se ha quedado también sin luz interior, tanto si es consciente de ello como si no. "Un asunto familiar" está escrito para ser leído y releído y gana cada vez que nos paramos a leerlo y a pensar.

Tercer relato: "Un asunto conyugal"
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No malgasta palabras ni fuerzas en tonterías Lorenzo Silva. Esto, que parece de poca importancia, en el reino de la novela negra tiene más de lo que parece. Porque mientras otros malgastan el ingenio y la fuerza en novelas con mucho ruido y pocas nueces, Lorenzo Silva afina y deja relatos tras de sí con plausible sencillez y ajustada inteligencia -la que pocos poseen en su justa medida, pues el escritor no ha de ser ni demasiado listo ni demasiado tonto, y hallar el punto justo es realmente difícil-, sin tiros al aire ni en cuerpos que no se lo merecen. Este relato es buena prueba de lo que afirmo, y además un paso más en la labor encomiable de un escritor progresista a todas luces que no se conforma con lo ya sabido y visto, que introduce en sus textos elementos para pensar y que los lanza a la sociedad para que todos los interesados piensen y escapen de la rutina a que nos abocan las noticias de los telediarios y periódicos de grupos de comunicación a que estamos tan acostumbrados pero a las que no escapamos porque tampoco nunca nos lo hemos propuesto. El tema del relato, los malos tratos, la muerte de un mujer seguramente a manos de su marido, no es un ejercicio de estilo ni de vanidad literaria en manos de Lorenzo Silva, sino un perfecto caso para mostrar otras cosas, otra mirada, otras intenciones, otro camino a lo trillado y dado por sabido con gesto de desdén casi siempre. Es un relato sencillo, transparente. Y además una de esas historias que dentro de cien años hablarán más y mejor de nuestra época que ningún documento, ninguna película y ningún ensayo. Para esto queremos la literatura, ¿verdad?

Cuarto relato: "Un asunto vecinal".
Aborda de nuevo Silva con inteligencia y riesgo en este relato un asunto que a todos nos incumbe: la inmigración. Aparece muerto un inmigrante ecuatoriano en un pueblo de Murcia y en la búsqueda del asesino nos presenta nuestro autor a una comunidad en la que un importante tanto por ciento de sus habitantes son personas venidas de otros países. Las relaciones entre ellos están muy bien esbozadas en tan pocas páginas, así como las de los inmigrantes con los autóctonos. Silva apuesta una vez más, crea desde su visión de hombre comprometido con nuestra realidad social, desde un punto de vista genuinamente progresista, con tacto y con riesgo, como decía más arriba, pues no se conforma con los lugares comunes e incluso en la última página del relato da un paso más y nos deja servida una honda, porosa meditación a la que nos convoca a todos los lectores que buscamos algo más que pasatiempos en los libros.

De alguna manera, este libro podríamos decir que son unos episodios nacionales, unas novelas ejemplares de un autor de nuestro tiempo, merecedor de figurar cerca de los antiguos maestros de nuestra narrativa que crearon episodios ejemplares.

Antes que el diablo sepa que has muerto, de Sidney Lumet

Una de las mejores películas que he tenido ocasión de ver es, sin duda, esta. Cine negro y tragedia shakesperiana a la vez, con unas interpretaciones perfectas, un ritmo que dota de gran realismo a la historia, con una trama que jamás olvidará quien esté ante la pantalla. Los personajes están creados con inteligencia y sensibilidad, con los detalles precisos para que trasciendan la simple exposición cinematográfica que caracteriza a la mayor parte de los guiones actuales. Las interpretaciones están muy ajustadas y sacan lo mejor de cada actor, desde el que tiene que hacer de torpe hasta el que desempeña su papel de sobrado. Los movimientos de cámara son precisos, nunca vanamente enjundiosos ni prepotentes, y revelan la maestría del gran Sidney Lumet, un cineasta mayúsculo, el verdadero gran director estadounidense vivo.
Conmueve la historia de estos dos hermanos sin dinero que roban en la joyería de sus padres. Conmueve verlos perdiendo, equivocándose, sufriendo. Y encoge el ánimo no verles solo moviéndose hacia delante, sino también hacia atrás, pues el magnífico guión se ocupa de darnos detalles, fragmentos de la historia abarcando el presente del robo pero también el pasado de cómo lo planean, con información fundamental para saber por qué recurren a un acto tan desesperado.
Robo, asesinatos, drogas, el cerebro de la operación, el idiota afortunado, la infidelidad, la apatía matrimonial, la desintegración familiar por la falta de comunicación, el miedo a morir: todo está dentro de esta obra maestra, pero nada es mostrado en exceso ni gratuitamente. Todo aparece perfectamente engarzado, como en una piedra preciosa.
El cine necesita a autores como Sidney Lumet. El cine que resiste, que lucha por huir de lo epidérmico, que aún puede aportar nuevas visiones y dar que pensar. "Antes que el diablo sepa que has muerto" es una de esas películas que serán recordadas dentro de cien años. Cine puro y con mayúsculas. La última escena, la iluminación de los últimos momentos forman ya parte de lo mejor que ha dado este arte que en ocasiones como esta es absolutamente mayor.

Asesinato justo, de Jon Avnet


El interés de la película se centra en las interpretaciones y en los papeles asignados a los dos grandes actores que la protagonizan. Lo primero que nos decepciona es ver que están demasiado viejos, resulta increíble encontrarlos a estas alturas en la piel de dos inspectores de policía cuando ya las arrugas amenazadoras y los pliegues colgantes bajo los mentones revelan una edad en la que difícilmente puede seguirse al pie del cañón, menos aún en unos violentos Estados Unidos en los que tantos crímenes se producen y tan necesarios son los buenos reflejos y la buena condición física. En Al Pacino es más evidente que en Robert De Niro, quizá porque éste tiene algunos kilos de más y ofrece un aspecto más saludable. Brian Dennehy, que interpreta a un teniente, el superior jerárquico de ambos, presenta una imagen aún más desgastada y su corpachón se mueve por el celuloide casi como si lo hubieran preparado con cuerdas y atrezzo invisible para que no se muestre inclinado, vencido. La sensación viéndole le acerca a uno a la grima, la verdad. Pero en una industria que pretende hacernos creer que Stallone, con sesenta años, puede ser aún un púgil fuerte y arrebatador, que Harrison Ford está apto para la aventura con un corsé bajo la ropa que le mantiene las carnes en su sitio, que Clint Eastwood puede aún darles lecciones a unos delincuentes adolescentes bien armados, nada es de extrañar.
El guión falla, porque desde el principio el aficionado al cine negro sabe quién es el asesino y miramos con desdén la trama, dejamos pasar el tiempo con más imágenes de películas antiguas de Pacino y De Niro en la cabeza que con las de la película que estamos viendo. Algún crítico ha apuntado que la historia tiene ese toque fascista, justiciero, tan proclive a un cierto tipo de cine estadounidense de policías y malos a los que no se les puede echar el guante. No le quitaré yo la razón. Pero lo que más me molesta es la rutina, la prisa, el acomodo, la convicción del director y los dueños del dinero por largarnos un producto, algo digerible y que dé suculentos beneficios. La película es olvidable, menor, transcurre acotadísima y previsible, pero fastidia que esté tan medida para ser sólo lo que pretende ser -y recaudar-, nada más.
Queda por apuntar que juegan De Niro y Pacino a ser algo de lo que en otras películas fueron: oscuro, seductor y seguro de sí mismo De Niro; irónico, inescrupuloso, cambiante Pacino. Es revelador que en este esperado duelo interpretativo el ganador finalmente -en todos los sentidos- sea De Niro. Es como si nos dijeran, remarcándolo: ¿veis, son el número uno y el número dos de su promoción, lo captáis, lo entendéis? Y así los creadores del filme nos largan otra explicación que, como todas las de esta película, son innecesarias por su insistencia y su incapacidad para creer que el espectador ha evolucionado, es un adulto.

Margaret Millar: Semejante a un ángel (y 5). Crítica


Que a Margaret Millar no se la lea más hoy en día sorprende, así como que no puedan encontrarse sus obras sino en librerías de viejo o en la red (menos mal que no quedan la red y las librerías virtuales, amigos). Si comparamos "Semejante a un ángel" con lo que en la actualidad la novela negra que triunfa nos ofrece, o sea, cachivaches tecnológicos y emponzañadas tramas con las rodillas hundidas en el pasado remoto o la insensatez más vendible, según siempre el último dictado de la moda (ahora, la escandinava, con más de lo visto y leído, con menos literatura y más acción y misterio y simplezas surgidas de la imaginación televisiva), Margaret Millar es una escritora de otro tiempo y de otro lugar casi irremediablemente desaparecidos.
"Semejante a un ángel" es una novela con todos los ingredientes para ser un best seller y estar en los escaparates de todas las librerías. Hay una secta, hay un asesinato misterioso, hay una desaparición inconclusa, un hombre que lo ha perdido todo en el juego y se redime por amor a una mujer y acaso gracias a un alma noble, hay una chica que quiere escapar de los tentáculos de la secta... Pero no hay nada en esta novela que se preste al fácil juego del libro con un preguión que alguien comprará y mandará adaptar a la pantalla. "Semejante a un ángel" es una novela y su autora la concibió como novela y la llenó de todo lo que las artes de la novela piden para que un texto sea bueno, inmiscuya al lector, se quede en la mente de éste una vez acabada la lectura. Es una novela con personajes firmemente creados y levantados, vivos, creíbles. Que hace gala de un magnífico uso de la tercera persona, esa que escasea en la novela negra, pues exige quizá mayor pericia, mayor atención a lo periférico, a un mejor escritor detrás de las letras cuando se quiere contar, como es el caso, una historia que, sin ser coral, no desestima la importancia de ninguno de sus protagonistas, no orilla las complicaciones caracterizadoras y no se contenta con ser un producto de laboratorio más.
Estamos ante una gran novela. En nuestro querido género hay una gran tendencia a largar historias contadas en una primera persona que nos arrumaca con lugares comunes y sonsonetes que nos evitan plantearnos otras cosas, que nos gustan porque no nos exigen esfuerzo, que se visten y desvisten con la gracia necesaria para no parecer siempre las mismas historias y siempre la misma música. "Semejante a un ángel" es un paso más en la historia de las obras destacadas de este género porque el planteamiento de Margaret Millar no es encorsetarse, reducirse, travestirse. Uno se cansa de leer a Marlowe en cientos de novelas escritas por Chandler y sus imitadores. Uno agradece que otras voces le seduzcan, le cuenten otras historias. Uno agradece que el autor de una novela negra no se agache, no se encoja, no trate al género como un pasatiempos, no lo considere antes de empezar a escribir ya como algo menor.
"Semejante a un ángel" es el fruto de una autora mayor, de recursos variados, que sabe indagar en el alma humana, que crea personajes femeninos como pocos lo han hecho antes y después. Que ejemplarmente se acerca a un tema y profundiza en él no mediante la mirada ocasionalmente interesada del investigador de turno sino desde el interior de los personajes que tienen su alma hundida en el tema, que son el tema. Pocas veces encontraremos esto en la novela negra, tan dada al viaje superficial, de turista, tan experta en rozar los temas y apenas nunca hincarles el diente. Margaret Millar habla aquí de una secta y lo hace desde dentro, con personajes que están dentro de esa secta, que la abandonan, que superan su paso por ella o no la superan nunca. Y en ningún momento deja de lado la trama policial, no cansa, no predica, no hace revelaciones idiotas. Quizá lo más flojo de este libro sea la figura del detective privado. O no. Quizá se trata de un detective privado menos novelesco, más cercano a lo real. Quizá esa sea la cuestión: "Semejante a un ángel" es una novela negra muy realista, psicológica y humana. Una de las mejores obras del género, una de esas que le habría gustado leer y recomendar, quizá, a Jean-Paul Sartre.


Texto recomendado: Sagarra rellegit, en el magnífico blog de Júlia Costa

Margaret Millar: Semejante a un ángel (4). Esperando en la cárcel

Margaret Millar observa y describe, con rápidos y certeros brochazos, los detalles más importantes de una escena, lo característico, lo decisivo. Me gusta su estilo austero, que siempre funciona siguiendo a la trama, que nunca la lastra ni la enlentece vanamente. Como muestra de esta concepción de la literatura en la que prima ante todo el ritmo, detengámonos a ver cómo describe a los visitantes de una cárcel, a los que aguardan para entrevistarse con los presos:

Había otras personas esperando: una pareja mayor que estaba de pie, junta, al lado del pasillo, intercambiando susurros inquietos; una mujer joven cuya identidad se ocultaba o se perdía bajo las capas de maquillaje; un hombre de la edad de Quinn, de ojos apagados y ropa llamativa; tres mujeres con uniforme azul con la artificialidad y la vigorosa alegría de grupo de las asistentas sociales voluntarias; un hombre y su hijo adolescente, que parecían haber tenido una pelea, ni la primera ni la última, sobre si venir o no; una mujer de pelo cano que llevaba una bolsa de papel rota. Por la desgarradura Quinn veía el brillo rojizo de una manzana.

Con un par de adjetivos, con una imagen, con un contraste, pone ante nuestros ojos a cada personaje y lo caracteriza, lo levanta en la ficción para que nos parezca vivo en la realidad con una sencillez y una sobriedad que despiertan toda mi admiración.


Texto recomendado: Mi nombre es Sheb Wooley, en el blog de Alma

Margaret Millar: Semejante a un ángel (3). ¿Dónde están todos los muertos?


El maestro de la secta se ha casado con una anciana que era la dueña de la finca y de la torre en la que ahora moran él y sus seguidores. Quinn habla con el maestro y, mientras, la anciana los espía. Entra de repente en el cuarto y empieza a hablar de los que ya se fueron, de los que murieron antes que ella, de una manera que la describe a la perfección en una escena que empieza siendo patética y acaba por enternecer, casi por acongojar al lector.

-... Ya te dije que estaba sola, triste, desamparada...
-No te han abandonado, Pureza.
-Entonces, ¿dónde están todos? ¿Dónde están mamá y Dolores, que me traía el desayuno? ¿Y Pedro, que sacaba brillo a mis botas de montar? ¿Y Capirote? ¿Dónde están todos? ¿Dónde han ido, Harry? ¿Por qué no me llevaron con ellos? Oh, Harry, ¿por qué no me esperaron?
-Calla, Pureza. Debes tener paciencia -atravesó la habitación, la abrazó y acarició su diezmado cabello y sus hombros demacrados.- No debes perder el valor, Pureza. Pronto volverás a verlos a todos.
-¿Me traerá Dolores el desayuno a la cama?
-Sí.

-Y a Pedro ¿podré golpearle con la fusta si no me hace caso?
-Sí -la voz del Maestro era un susurro exhausto-. Todo lo que quieras.
-Podré pegarte también a ti, Harry.

-Está bien.
-Aunque no muy fuerte. Sólo un golpecito en la chola, que pique un poco, para que sepas que estoy viva. Oh, qué lío. ¿Cómo podré darte un golpecito en la chola para que sepas que estoy viva si no estaré viva?
-No lo sé. Por favor, basta ya. Por favor, tranquilízate y vete a tu habitación.

El talento para el diálogo de Margaret Millar, su concisión y su acercamiento a un tema como el de las sectas no es meramente anecdótico en la novela, no es algo que aparezca sólo de pasada, como ruido de fondo. Y eso aleja a esta novela de tantas otras novelas negras que tocan los temas superficialmente, sin abordarlos en profundidad, como ocurre con la mayor parte de las que ahora se publican y se leen.


Lectura recomendada: relato "Estampa napolitana", en el blog de Mayte Llera

Lorenzo Silva: El alquimista impaciente (introducción y guía de lectura de Germán Gullón)

Que un crítico y escritor de la talla de Germán Gullón escriba la introducción y se encargue de la guía de lectura de una novela negra escrita por un autor español en la colección Austral Narrativa es, sencillamente, para celebrarlo. Tenemos así la novela negra en el salón, en la mesa de estudio, entre los que más saben de literatura, entre quienes la estudian con detenimiento. Es para celebrarlo.
Gullón, además, escribe lo siguiente sobre ésta y otras novelas de Lorenzo Silva:

Entramos en sus textos y la desazón experimentada a diario por las noticias de la prensa, rebozadas de sensacionalismo, que llevan a experimentar un perpetuo estado de precariedad e impotencia, se desvanece.

Y eso es para celebrarlo doblemente, pues vemos que la buena novela negra no es ya para todos los críticos una hermana pequeña, un sueño eterno de quiosco, una bella durmiente e inútil, sino literatura a secas, literatura importante y con valores muy destacables, utilísimos en nuestra sociedad protestona e infantilizada, como muy bien señala el propio Gullón en su magnífico texto para el libro. Dice también Gullón, con muchísimo acierto:

La novela de crimen adopta con frecuencia la denominación de novela negra por una razón: estos textos exploran la zona en sombra donde florecen las motivaciones inconfesables de la conducta humana, sus orillas oscuras.

En el estudio analiza la obra y deja abundantes y novedosas meditaciones sobre la novela negra y una contextualización del género interesantísima, así como una acotación a la afirmación de Mari Paz Balibrea en un artículo considerando a autores como Lorenzo Silva y Alicia Giménez Bartlett más conservadores y conformistas que Vázquez Montalbán que me parece fundamental para saber por dónde va la actual novela negra española. Un libro imprescindible.

Gran Torino, de Clint Eastwood


No lo entiendo. La crítica, una vez más, va por un lado y yo por otro. "Gran Torino" es una película con una historia floja, muy floja (un "Karate Kid" con un trasfondo clarísimo de western contemporáneo), que parte de un planteamiento falso y que en nada se sostiene: el cambio repentino, milagroso de un ex soldado ultraconservador y racista que acepta meterse en una fiesta vecina llevado de la mano de una chica a la que hasta ese momento ha despreciado, como a todos los de su raza, sólo porque no son blancos. El milagro, en este infausto guión, se debe a que el personaje interpretado por Clint Eastwood se queda sin cerveza. Y entonces se mete en un mundo ajeno, se mueve como pez en el agua en una reunión de adolescentes y tiene el buen tino de ver, en cuestión de segundos, que una muchacha está loca por un muchacho que no se ha apercibido de ello. La escena a mí me daba grima verla. También me dan grima la escena en que un anciano Eastwood golpea con el puño a un chaval que lo derribaría al menor esfuerzo y otra escena en la que amedrenta a unos pandilleros y los deja pensativos, tocados, meditabundos ante su despliegue varonil y de sensata violencia. En fin. "Gran Torino" me parece una película de relleno para la doble sesión, una comedia -uno se ríe alguna que otra vez, eso sí- para adolescentes y para gente que quiere pasar el rato pensando que ha pensado mientras está cómodo en su sillón de espectador. A mí, sencillamente, me resulta insustancial, tramposa (el personaje del cura y la confesión no se aguanta ni siquiera en un guión de telefilme), trasnochada y vana, absolutamente vana. Como buena parte de la filmografía de ese supuesto gran cineasta llamado Clint Eastwood.

Cleaner, de Renny Harlin

Previsible, intensa y proclive a dejarlo todo atado y bien atado, sin un elemento sobrante, esta película tiene a su favor el haber contado con dos actores de categoría (Samuel L. Jackson y Ed Harris, éste último uno de los pocos que pueden presumir de no tener altibajos en su carrera y hacerlo siempre, como mínimo, bien), una puesta en escena cuidada y algunas ralentizaciones que no aportan poesía pero sí dejan espacio para meditar un poco y ver en perspectiva la historia. No es una gran película, pero está muy por encima de casi todas las que hoy en día llegan a los cines provenientes de los Estados Unidos y logra acercarse en algunas escenas (con Jackson y Harris recordando que eran compañeros, que pueden seguir siéndolo) al mejor cine negro clásico. Abusa de los tópicos de la ausente a la que se echa mucho de menos, de la bondad de las relaciones familiares, y también insiste en el tema de la corrupción policial sin llegar a descubrirnos nada nuevo, pero orilla con tacto los aspectos más trillados de tantas otras tramas que desembocan en clase B directamente. Y que haya palabra, diálogos, personajes y no tiros por doquier y una banda sonora matizada, variada, sin chanchán y ritmos frenéticos resulta todo un acierto. No es una obra maestra esta película, está más cerca del puro entretenimiento, pero sin excesos de cartón piedra, sin trampas idiotas y con un cierto swing en su desarrollo, no es rechazable y deja al espectador con más ganas de ver cine negro. Lo que no es poco.

Margaret Millar: Semejante a un ángel (2). Desfalcos


El caso se cruza con otro, en que una mujer ha desfalcado, aprovechándose de su puesto en el banco de una pequeña ciudad, una buena cantidad de dólares. Quinn ha hallado la pista la pista del hombre al que buscaba, pero ha llegado tarde: sólo queda un rastro de muerte tras él, pues se mató en un accidente de coche. El caso está cerrado y los detalles los conoce gracias al editor del periódico local. Éste le cuenta la historia de la desfalcadora. Aquí, la pericia de Margaret Millar es grande, pues utiliza a un personaje neutro para hacerle llegar al lector -también a Quinn- la información mediante unos entretenidos diálogos. Eso le evita tener que recurrir al flashback, que salir de la historia rompiéndola, alterando su ritmo. Ya sabemos que Millar era esposa de Ross Macdonald, y la coincidencia en el planteamiento de esta novela con las de Macdonald de la serie Archer es innegable, pero eso no resta valor al trabajo de ninguno de los dos, pues difieren en la mirada -Millar es más punzante, no permanece tan atenta al detalle lírico ni a la psicología de los personajes - y en el hilado de la trama. Resulta sorpendente, eso sí, que sea en esta novela donde hallemos más dureza, no en las de Macdonald, y podríamos decir que "Semejante a un ángel" es más negra, más seca, más cruda. Volvamos al inicio. A las palabras del editor sobre la desfalcadora:

Me interesó otro punto. Alberta Haywood parecía una persona incapaz de cometer un delito semejante. Averigüé que esa apariencia es lo que tenía en común con los demás. El desfalcador medio no tiene antecendentes de deshonestidad, no actúa como un criminal, no se considera uno de ellos. Muy a menudo la comunidad tampoco les considera como tales, normalmente porque devuelven parte del dinero a la gente a la que han defraudado. La ciudad de Chicote respaldó seriamente a Alberta Haywood. Les robó más de cien mil dólares, pero los Boy Scouts tienen nuevo mobiliario en el club y la sociedad de niños inválidos tiene una furgoneta nueva. Es una forma de pensar absurda, por supuesto, como recibir una puñalada por la espalda y contentarte después con un pirulí para aliviar el dolor.

He aquí un ejemplo más de la validez de la novela negra, de la validez de la novela en general. Gracias a ficciones como ésta podemos entender mejor al que comete un delito, al que lo ampara, al que lo perdona. Gracias a novelas como "Semejante a un ángel" conocemos mejor al ser humano, sus contradicciones y sus prejuicios, sus miedos: lo que lo define, en lo más profundo, como ser humano.


Lectura (muy) recomendada: El relato "Dulce María", en el blog de Raúl Ariza.

Antonio Pomet: Devoradores


Este libro se abre con el relato titulado "El apartamento", en el que hay un hombre y una mujer que tienen un secreto y un acto pendiente de resolverse. Pomet es un autor nacido en 1973. En Granada. Este es su segundo libro de relatos, que ganó un premio -es lo de menos- y viene avalado por Luis Mateo Díez, que le ha dedicado palabras elogiosas. No son vanas: Pomet tiene un estilo, historias que contar y una mirada propia, sagaz e inconformista. Este relato está mantenido por un pulso firme y una narración limpia, muy bien llevada, con apuntes muy notables -la historia ocurre dentro y fuera del apartamento, pero éste es la clave, y Pomet lo ve como a un ser vivo, nos acerca a ese espacio con inteligencia y con una dosis bien administrada de extrañamiento y mitificación-, y es una magnífica entrada a un libro que promete y que parece ser el de un autor cuajado y con mucho que decir.
El segundo relato, "La duración", confirma lo apuntado más arriba. También hay un hecho criminal: alguien comete un asesinato. Pomet narra develando, como si apartara capas de cebolla, entregando pedazo a pedazo la historia y su significado. Hay una evidente intención de sorprender al lector, pero no lo hace recurriendo a trucos ni a elementos sorpresa que a la postre resultarán ingenuos, sino acompañando al personaje principal de una manera tan cercana que es como si el narrador fuera una cámara pegada a su costado. No es ajeno Pomet a la influencia cinematográfica, pero el ritmo de la narración, los símbolos y los pensamientos insertos en ella alejan radicalmente al relato de la superficialidad y la contemplación a flor de piel: Pomet es un escritor que opera mediante asociaciones, que crea a sus personajes con una acertada profundidad que se ve reflejada en el mundo exterior y lo que eligen los personajes para contemplar, para que sus obsesiones y sus miedos y sus ideas tomen cuerpo. En suma, este relato es superior al primero y confirma la capacidad para las atmósferas del autor granadino y su destreza para contar con palabras precisa y envolventes.
Fallido me parece el tercer relato, "Alguien mucho más libre", en el que un hombre tiene un accidente y casi a la vez es abandonado por su esposa, que ha encontrado una prueba de su infidelidad. Pomet intenta equilibrar la narración exterior con la interior y no equilibra un relato que no cumple las promesas mostradas en la primera escena y ronda la irrealidad hasta caer al otro lado del espejo pero alejando al lector, que no se inmiscuye y se distancia con el exceso de narración sobre la intimidad del personaje y con una escena en casa de unos vecinos que resulta abrupta e innecesaria. Aquí el juego de Pomet con el misterio se acerca a la frontera de lo soñado y se despeña porque se juzga demasiado, se ven los hilos que llevan al personaje de aquí para allá, como una marioneta, sin dejarle vida propia.
El cuarto relato, " Ladies & gentlemen", nos traslada a los Estados Unidos y a la caída de las torres gemelas de Nueva York. Pomet maneja con exactitud y gran habilidad los hechos y la ficción mediante las experiencias de varios personajes que lo vivieron en primera fila. Aquí, la huella de Raymond Carver es evidente: incluso en la propia narración hay un cierto cambio de tono que lleva a cabo Pomet con acierto y con sutileza. Todo el relato está compuesto de acciones, lo que mejor se le da a Pomet, relevantes, significativas, que definen a los personajes y los dotan de vida e interés. No hay, como en el anterior relato, un manejo de los personajes que los hace parecer marionetas al servicio de una idea. Y no hay extrañamiento ninguno tampoco, ni importa si Pomet ha estado alguna vez en los Estados Unidos ni si se acercó a las Torres Gemelas. Su relato es genuino gracias a los personajes creíbles, a las escenas sin tremendismo ni vacua esperanza o desesperanza sentidas de manera vicaria. Es un ejemplo de que la buena literatura sólo necesita que haya detrás un escritor que sepa escribir y que sea honesto con lo que cuenta. Pomet firma un relato de gran calidad, uno de los mejores del libro, paradigmático, hondo y flexible, con cuatro o cinco momentos de una altura sorprendente y meritoria que le empujan a un lugar al que pocos escritores de relatos con sólo dos libros publicados -quizá ni con tres ni con diez- han podido ni siquiera acercarse, pues su realismo vigorizante y su radicalidad imaginativa son facetas que se encuentran en los escritores de raza, en los escritores con talento y -lo que a veces es más importante- con cosas nuevas que decir.
El sexto relato, "Una fecha exacta de verano", nos sumerge en el mundo de una residencia de ancianos narrándonos los días que pasa un hombre que ha ido a parar allí pero que considera que su vida sigue aún abierta. No es un relato conseguido porque Pomet ha confundido la ambición con la acumulación y ha tratado de encajar demasiados elementos en una historia que habría funcionado mejor con una línea más clara, centrándose más en lo que apunta en las líneas finales. Es también un relato en el que se explica demasiado, en el que el narrador insiste en explicarnos demasiadas cosas y en movernos excesivamente en la dirección que quiere marcarnos, algo que deja sin vida a los personajes, como ya he comentado más arriba que ocurre también en "Alguien mucho más libre". Así, puede llegar a cansar su lectura y aparta al lector del interés que las peripecias e ideas del personaje principal sin duda tienen.
El quinto relato (deliberadamente lo traigo aquí, al final), "Devoradores de Saturno", es uno de los que más me han emocionado de cuantos he leído en los últimos años, desde la primera a la última línea. Es uno de esos relatos dignos de aparecer en antologías, de los que definen la trayectoria y el impulso de un autor nuevo que crece de manera imparable. Pocas veces lee uno con el ánimo tan concentrado, tan pendiente de cada detalle, cada voz, cada gesto. Es un relato que se acerca a la perfección, ni más ni menos. Cuenta el viaje de un hombre, su mujer y sus dos hijos al entierro del padre de él, que abandonó a la madre y que se ha suicidado. Cómo nos muestra Pomet a la madre, a la hermana del hombre (que es el narrador también: un gran acierto que sea él quien vaya diciendo la historia, quien la desgrane con una voz en la que laten una honda verdad y una inconfundible sensación de estupefacción y pérdida, y un avance en el buen hacer de Pomet, que integra sin que se choquen los mundos interior y exterior con soltura y pericia técnica mediante un tono intimista y cercano que no por conocido resulta fácil ni creíble ni compartible, escollos que solventa con alta nota nuestro autor), a la propia mujer y a los hijos en pinceladas definitorias y vitalizantes me parece magistral, tanto por la sensibilidad como por los momentos de extrañamiento, de cercanía dolorosa, callada e interrogatoria, como por los huecos, los silencios, lo que no se dice y se va percibiendo igual que el rumor de un río que avanza hacia nosotros inexorable. En este relato realista, lleno de sabias ausencias y dolor que se disfraza con otros nombres, Antonio Pomet ha dejado lo mejor de sí mismo como escritor en este libro y una pieza ineludible (qué gran escena es aquélla en que le pide a la mujer, en la casa paterna, que le muestre los pechos: qué concisión, qué escrupulosidad narrativa, qué bien muestra las sensaciones encontradas) para todo aquel que quiera saber de qué habla, cómo habla y en qué terrenos se mueve uno de los más pujantes autores de relatos de nuestro país.



Texto recomendado: La esposa del gálata, en el blog de Isabel Barceló

Texto recomendado: Reseña de Care Santos del libro "Anónimos", de Miguel Sanfeliu

Microrrelato en Andalucía, edición de Pedro M. Domene






Acaba de editarse un volumen especial de la revista del Grupo Batarro dedicado al microrrelato en Andalucía en el que se incluye a autores como Manuel Talens, Fernando de Villena, Felipe Benítez Reyes, Hipólito G. Navarro, Fernando Iwasaki, Vicente Luis Mora, Javier Puche, Cristina García Morales, Ángel Olgoso, Guillermo Busutil, Antonia Moreno Cañete, Miguel Ángel Muñoz. El editor, Pedro M. Domene, crítico de literatura y novelista, ha tenido a bien incluir cinco relatos del que suscribe, cuyos títulos son: "Amarte aunque no te tenga", "El Pepu", "El niño", "Tres amigos" y "Yo te perdono".



Nota: Para conseguir un ejemplar: Librería Prometeo y Proteo (Málaga) o el Grupo Batarro [ Apartado de correos, 172. 04600 Huércal Overa (Almería) y correo electrónico: pmd@cajamar.es ].