Ninoska: Comentario a "Última noche en Granada", de Francisco Ortiz ( Novela inédita). Capítulo I

Mi amiga virtual Ninoska, autora de uno de los blogs más interesantes que conozco, y en el que mejor se ejercita el análisis del mundo real, le dedica un texto a esa novela inédita que presenté aquí. Gracias, siempre gracias por tu generosidad.

Glenn Ford

Tenía una mirada, una cara de pilluelo. Esos ojos pequeños miraban pícaros. Tenía cara de niño y era difícil calcular su edad y su estatura. Su altura cinematográfica no arroja dudas: era un grande. Nunca olvidaremos cómo abofeteó a Gilda, por supuesto, en ese clásico en que estuvo acompañado de Rita Hayworth. Pero tampoco lo olvidaremos a lomos de un caballo, riendo con los ojos encendidos y burlón en escenas que demostraban su gran capacidad y su versatilidad. A mi padre siempre le pareció uno de los mejores, tan buen actor como John Wayne o James Stewart, pero parece ser que la crítica no lo consideraba tanto. Me da igual. A veces los críticos no aciertan y los simples aficionados sí. Decía mi padre: "Hoy echan una de Glenn Ford", y yo acudía, me sentaba ante el televisor a su lado. No me cabe duda: ha muerto un actor mítico.

Juan Marsé: " Canciones de amor en Lolita´s Club" (2 ). El hermano disminuido.

Las novelas están compuestas de pequeños fragmentos, como cuentos, que a veces nos paran y nos llenan como si en ellos hubiera una historia completa. El hermano disminuido - los llamábamos antes tontos, sin desprecio, sin sarcasmo - está en el cuarto de baño, se mira en el espejo y mira las cosas que tiene allí, en el club, que son suyas. Varios objetos que lo dicen todo, que enternecen sólo con ser nombrados: " Ordena en la repisa algunos objetos de su pertenencia: maquinilla de afeitar y hojas, cepillo de dientes en un vaso con un Superman pintado, un frasco de masaje, un programa del ogro Shrek encajado en un ángulo del espejo, la gorra de ciclista colgada en la percha..." Tiene que afeitarse, imaginamos, tiene que echarse loción para cerrar las pequeñas heridas de la piel de la cara, porque es un hombre pese a lo que dicen sus actos y sus gestos, pero es también un niño, indefinidamente un niño que tiene un Superman o un Shrek al lado. Sólo las novelas pueden darnos estos fragmentos de vidas, sugerir tanto como para que cerremos el libro e imaginemos durante un buen rato, sólo la literatura puede mover, activar partes dormidas de nuestro ser.

Naguib Mahfuz

Se nos muere un escritor imprescindible. De una cultura que no es como la nuestra, de una literatura que nada tiene que ver con el género policial, pero sin duda un escritor que nos dio obras en las que entras con un ánimo y sales con otro, entras con unos conocimientos y sales con otros muy superiores. Mis lecturas de algunas de sus novelas están asociadas a una estancia de seis meses en Jerez de la Frontera y pienso ahora que nunca podré mencionar el nombre de Mahfuz sin recordar aquellos días en que, junto a una ventana, leyendo a este grandísimo escritor entraba en las casas árabes y en los patios árabes y veía a mujeres y hombres árabes y comprendía mejor a gente a la que nunca había visto, se me hacían cercanos sus problemas y sus formas de resolverlos, no me extrañaban sus costumbres y al final casi me sentía como uno más de la familia. Te echaré de menos, maestro.



En El País, una semblanza necesaria y muy certera.

Juan Mársé: "Canciones de amor en Lolita´s club"

La maldad acechante, inmisericorde. Es la historia de dos hermanos mellizos: uno deficiente mental; el otro se cree demasiado listo. El primero trabaja, por amor, en un club de alterne. El segundo es un policía brutal al que seguramente van a expulsar del cuerpo. Vuelven a verse y el segundo, excesivamente protector, le reprocha al padre de ambos que deje al inocente trabajar en un sitio tan desagradable. Como el padre acepta las decisiones del hermano retrasado, se niega a obligarlo. Y el policía va al club, se encara con la encargada, con la prostituta a la que ama su hermano castamente, le hincha la cara al proxeneta de la chica y trata de convencer al inocente de que sólo él tiene la razón, sólo él puede tenerla. Y cuando no lo consigue, recurre a la vileza, al daño que sólo el que no alberga maldad puede encajar y olvidar en el acto: le dice que, como es una prostituta, se va a acostar con ella, porque seguro que sabe hacerlo muy bien, porque seguro que "la mama como los ángeles"- expresión soez y comparación sin desperdicio, pues la pureza define a los ángeles - ya que ella está para eso, para acostarse con todo el que se presente. Esta actitud, de hermano contra hermano, me ha recordado otras y me ha detenido en seco mientras leía. Cainismo, sí, John Steinbeck, "Al este del edén", pero también un eco de otro libro de este autor, necesario, conmovedor y con uno de los finales más inolvidables de la literatura universal: "De ratones y hombres". O sea, Marsé acercándose a la novela negra pero también al cine clásico, a la literatura clásica estadounidense de principios del siglo XX. Porque hay ciertas historias que sólo pueden abordarse desde un punto de vista emparentado con el mito.

Ofèlia Dracs: "Negra y consentida". "El miedo del cajero frente a la pistola"

Es un conjunto de narraciones escrito por un colectivo de autores que presentó este libro en la década de los ochenta. El relato a que me refiero mezcla humor, realidad y ficción contando la historia de un ex director de banco / escritor que revive un atraco y a la vez planea escribir un cuento sobre su actuación en el atraco. Está escrito con una prosa rica y proclive a la ironía: "´En el Ebro gané otra estrella, pero me di cuenta de que habíamos perdido la guerra... Mis hombres y yo nos liquidamos a una compañía entera de facciosos´. Siempre he recordado que él fue la primera persona a la que escuché expresar satisfacción por haberle dado el pasaporte a gente del otro bando. Y eso que todo el mundo se vanagloriaba de no haber disparado un solo tiro o, si no había tenido otro remedio, de no haber apuntado nunca a un enemigo concreto, ¡dos ejemplos bien patentes del porqué se había perdido la guerra!" Además, tiene lugar para una indagación sobre qué sienten algunos al empuñar un arma: " la manera de humanizar el tacto entre la mano y la herramienta, eso que da seguridad a quien se sirve de ellas, la compenetración entre el frío del metal y la tibieza de la piel, la camaradería, la confianza que puede nacer de esta identificación." Un relato corto y muy interesante, creativo y con un humor muy logrado.

La Gangsterera

Revista de internet dedicada a la literatura policial en todas sus variantes, con un prestigio que ha llegado a los libros, en los que aparece citada como referencia, y dirigida por alguien que conoce a la perfección el género y con colaboradores que escriben artículos imprescindibles. Pasad a visitar La Gangsterera, a la que considero algo así como mi casa madre.

"La noche de los girasoles", de Jorge Sánchez-Cabezudo

Sé que no se debe escribir emocionado, pero lo hago. Se lo decía a Inma, mi compañera, cuando aparecían los títulos de crédito: Tenemos la suerte de estar presenciando algo histórico. La entrada hay que guardarla. Porque esta película es una obra maestra. El cine español tiene pocas obras maestras y nosotros hemos asistido esta tarde a la proyección de una de ellas. Hemos tenido que levantarnos e irnos porque no quedaba nadie en la sala, pero yo me sentía pegado a la butaca y volando con la música de Krishna Levy a la vez. Fuera hemos esperado un poco, porque nos costaba separarnos de la sala en que habíamos presenciado una película tan memorable. Hay una escena en que se ve desde lejos a un personaje junto a un fuego y un vehículo a su espalda, él tan pequeño en ese encuadre y el vehículo situado con tanto acierto en una esquina, que me ha dejado absolutamente admirado y pensando que sólo en el cine se puede ver esto, que en el televisor perderá toda su fuerza. Contar el argumento es destrozar la estructura, hablar de un personaje es quitarle importancia a otro y ninguno carece de fuerza, definición, valor dentro de la trama. Sólo añadiré que está todo planteado y mostrado de una manera tan inteligente y magistral que poco lugar habrá para las críticas negativas, ya lo veréis. Los temas: el mundo rural, la desaparición de los pueblos y sus habitantes, el odio, la infidelidad, la frustración laboral, la mentira, el pecado del dinero, el asesinato, el valor de matar y de morir, el amor, la verdad y las apariencias y el significado de lo que es la media verdad y las medias apariencias, las decisiones morales. Escribo estas líneas de noche, con la cabeza llena de imágenes - las escenas de violencia, pocas veces rodadas en nuestro país de forma tan veraz; las miradas de Carmelo Gómez y Judith Diakhate; el caminar roto de Cesáreo Estébanez; la radio del pastor; la voz del guardia civil hastiado - y convencido de que es una película inolvidable.

" La pasión del inspector Estébanez"

Relato escrito por Ángeles Valdés-Bango, que aparece hoy en El País Semanal, que narra la investigación de un crimen y un acercamiento amoroso.

"Un paso en falso", de Carl Franklin

Magnífica película. Muy bien estructurada, por un lado nos presenta la historia de dos delincuentes y la compañera negra de uno de ellos; por otro, la de los policías que los buscan. Uno de estos, un policía de pueblo que es menospreciado por los policías de ciudad. Es una historia, ante todo, de personajes, muy bien trazados, vistos de manera profunda. Las implicaciones finales - el policía de pueblo fue amante de la chica que acompaña a los dos delincuentes y que mata a un patrullero por el camino -, sentimentales, además del agudo tratamiento del problema racial y de la violencia dejan en la retina imágenes que no se olvidan fácilmente. Escrita en colaboración por Billy Bob Thorton, se trata de una película de género negro en la que prima la atmósfera sobre la historia sin que decaiga en ningún momento el interés, como ocurre también con "Camino a la perdición", que es una obra maestra. No llega a tanto "Un paso en falso " pero sí es una película hecha con mucho talento y que les vendría bien ver a los tarantinistas para comparar y saber que hay películas con acción dentro y con inteligencia y profundidad y con deseo de verdad.

En carne viva ( In the Cut )

Decepcionante película. Mucho esteticismo, mucho movimiento de cámara, mucho primer plano de las caras de los actores pero la trama no sirve para saber nada de ninguno de ellos, para ahondar en los misterios de la profesora, el policía, el asesino. Se confunden al creer que es más profundo un personaje porque duda, parece atormentado, llora, sufre, muestra contradicciones: para conocer a un personaje hay que partir del conocimiento de su alma, de su estado emocional actual y llevar al espectador más allá, ponerlo delante del personaje y contemplar qué siente ante lo que ve o le ocurre. Lástima de películas que confunden la lentitud, la confusión con la profundidad. Lástima de tanto movimiento de cámara que sólo marea, crea confusión y nos hace añorar los planos amplios, con varios personajes en escena, con algo situado cerca de la cámara, algo medio separado de la cámara y algo alejado de la cámara. Perspectiva, amigos, eso que falta en tanta película actual, en tanta novela actual.

"Así son las cosas"

Os recomiendo que le echéis un vistazo a esta revista, que está sacando todas las semanas unos coleccionables sobre detectives de ficción muy interesantes. Empezaron el pasado 24 de julio y nos han dado ya 5 entregas. Empezaron con Robert Langdon y "El código Da Vinci", siguieron con Miss Marple, Mike Hammer y Pepe Carvalho, hasta llegar al último por ahora, Sherlock Holmes. Están muy bien ilustrados y abordan en profundidad a los personajes. Son cuatro páginas escritas por entendidos y es curiosa y destacable las semblanzas que les dedican a esos héroes y antihéroes tan admirados y que cuentan con tantos lectores. También mencionan las apariciones cinematográficas y televisivas de cada uno y, por ejemplo, en el de Hammer hay una foto de su creador, Mickey Spillane, con una Walther P-38, muy apropiada para coleccionistas.

"Última noche en Granada", de Francisco Ortiz ( Novela inédita). Capítulo I


Pasaba las noches sentado en una hamaca de playa. Me hormigueaban los dedos cuando permanecía en la misma postura, forzada e incómoda, demasiado tiempo. Reposaba la cabeza en un cojín que separaba mi mejilla de la pared y procuraba dormir una hora. Me levantaba, con las piernas doloridas y los ojos hinchados, me desperezaba, caminaba ante los portales de los edificios en construcción despacio, realizando las rondas y vigilando los materiales de la obra tan sigiloso como un intruso para anticiparme a los movimientos de quienes saltaban la valla metálica. A solas en el cuarto donde guardaba la hamaca, me reía algunas noches mientras recordaba frases aisladas, comentarios que durante el día sonaban cerca de mí. Los ruidos me acechaban y yo los necesitaba, porque sólo con ellos acudían el sueño, la alerta, la posterior monotonía. Escuchaba alguna vez un grito, cercano o alejándose con el rumor de los coches y las motos, y me quedaba quieto, entregados mis sentidos al siguiente ruido que avanzaría hacia donde me encontraba.

Encendía la linterna y seguía el rastro de los ruidos que me inquietaban con pasos lentos y pisando los restos de la obra, algunas piedras, latas vacías, plásticos que habían envuelto bocadillos, bolsas de patatas fritas o pipas. Nunca miraba detrás de mí, reducía la inquietud fijándome en los rincones conocidos primero y apagaba la linterna al entrar en los edificios sin puertas, construcciones casi al aire que permitían la presencia de un merodeador, de gatos, un perro abandonado. Levantaba la cabeza, observaba el edificio y procuraba asentar cada paso y medir las distancias que me separaban de los huecos abiertos al vacío. No sentía miedo. Temía encontrarme con delincuentes que acabaran de cometer un robo o un atraco en un sitio cercano y se ocultasen allí de la policía o de sus víctimas. Contra ellos me enfrentaría en desventaja, ya que estarían armados y esperándome. La cercanía del barrio más conflictivo, de mayor delincuencia y venta de drogas, auguraba muchos problemas: mi jefe me lo había advertido y sabía que aquel trabajo sólo podía desempeñarlo un antiguo policía, habituado al trato con los rateros y los drogadictos, que no se pasaría toda la noche farfullando con un arma en la mano. El tono de voz, una orden sin mirar a la cara al intruso valen tanto como levantar una pistola y encañonar a un desconocido que ocupa unos minutos en recobrar la tranquilidad, en buscar y contar billetes, romper los bolsillos interiores de un bolso de mujer, rumiar su suerte o su mala suerte.

A las tres se aquietaba el rumor de la ciudad. Me sentaba en la hamaca, cerraba los ojos, descansaba la cabeza de lado, sin taparme el oído. Forzaba la aparición de imágenes que me distanciaran de la urbanización inacabada, pero mi inquietud por otros asuntos que necesitaba resolver durante la mañana y el nerviosismo inesperado que se presenta en cualquier vigilancia entorpecían la bondad de esos minutos. Tenía que mover arriba y abajo una pierna y la otra después, quizá levantarme, andar, hinchar el pecho tragando mucho aire. Que estaba solo, en medio de la noche, dentro de un recinto vallado y lleno de olores entremezclados, se me hacía más evidente e insufrible.

Mi tío Eduardo venía a sentarse y a hablarme, traía frutos secos, alguna naranja que pelaba a oscuras. Vivía cerca, en un viejo edificio de cuatro plantas, sin ascensor, y salía sin advertírselo a su mujer, que dormitaba ante el televisor encendido y cuando él regresaba, echada de costado en el sofá, las piernas sobre un taburete, aseguraba que apenas se había dormido, cinco minutos, en los anuncios. Mi tío, operario de párking en el Palacio de Congresos, acababa de trabajar a las diez de la noche, tras cumplir un turno de siete horas diarias, y disponía de los fines de semana para seguir con su trabajo particular e incesante. Le recuerdo atareado en cualquier faena desde que le conozco, reparando enchufes, cortando y puliendo maderas, ajustando piezas desencajadas de un mueble, pintando, manejando algún cable y cortándolo con su navaja de bolsillo. Sus manos eran más grandes y más fuertes que las mías, no acusaban como el resto de su cuerpo el desgaste de la edad: sesenta años. Su cara era ancha, antigua como esas caras de campesinos y pastores que están desapareciendo en nuestra sociedad mayoritariamente urbana. Repetía las palabras, algunas expresiones – se lo dije, se lo dije; es que es bueno, es que es bueno-, y hablaba sin apresurarse, aunque no se molestaba si le interrumpía e incluso si yo cambiaba el curso de la conversación de repente, pues asumía el nuevo tema y me escuchaba con atención y paciencia. Me traía su presencia grata y tranquilizadora y me ayudaba a alejarme de la tristeza, de las divagaciones.

Un drogadicto me entretuvo más que los ocasionales ladrones que se adentraban inadvertidamente en aquel recinto. Me obligaban a gritar Fuera, esto es una propiedad privada, y a expulsar a quien no obedeciera de inmediato, asustado o desdeñoso, y dudara de mi autoridad. Los drogadictos no demostraban sentirse atemorizados, no se apresuraban. Compraban sus dosis en el barrio cercano, donde más se vende en Granada, y una obra, un lugar a oscuras, les parecía el mejor para desaparecer. También, habituados a soportar los hachazos del mono, buscaban rincones en los que lamentarse o acechar, como animales con trampa propia, la llegada de una víctima indefensa. Uno me amenazó blandiendo una jeringuilla medio rota, metido en las sombras del único callejón de aquellos edificios, valiéndose de una voz que casi no abandonaba su cuerpo. Le golpeé la mano con el dorso de la mía, de lado, y oí su grito lastimero, le vi doblarse y dejar caer el cuerpo enteco y sin defensas. Agredí sólo aquella extremidad, pero se derrumbó como si lo hubiera abatido. Seguramente esperé y me agaché junto a él sin pensar en la jeringuilla, que no había soltado y volvió a acercarse a mí veloz, como una pequeña serpiente de un solo colmillo. Las fuerzas reunidas en torno a su arma, que asía desesperada y firmemente. Me obligó a sentarme. La aguja resbaló por mi cara, con la punta hacia fuera, remedando una extraña caricia que no esperaba, pero me mantuve firme, no le pedí que se calmase, le obedecí. Siempre llevaba unos billetes que se veían de inmediato al abrir la cartera de piel que Beatriz me había regalado el día que cumplí treinta y dos años. El drogadicto los cogió, los dobló efectuando un movimiento rápido de sus dedos, se los guardó en el bolsillo de la camisa y después tosió. Tardó en levantarse, resoplaba, y yo no veía más que sus piernas. Adoptó una postura extraña, inclinado hacia la izquierda, sin separar la jeringuilla de mi cuello. Sus zapatos, suelas y punteras, golpearon mi cara, mi cabeza, mi pecho.

Vivimos matando, dejándonos matar y muriendo. Vivimos en un mundo de desastres, pillaje y actos violentos que asordinan la sinfonía vibrante que clama en nuestro pecho, se mueve con nuestra sangre y se expande con nuestra respiración. Le temo más al sufrimiento que a la muerte inesperada. Fui policía, me enfrenté a delincuentes que no valoraban su existencia y la tasaban en monedas o la exponían y la compensaban con la satisfacción posterior a la huida. Acudí a llamadas que me depararon mudos diálogos con hombres y mujeres muertos a los que no había podido salvar su fe ni sus fuerzas ni su confianza ni sus medidas de precaución. Mi música interior disminuía, las trompetas eran atravesadas por un aire débil y emitían un sonido apagado. Y mi obligación y mi preparación me arrancaban palabras de la boca pero ninguna expresión de los ojos. Una calle, una hora, unos nombres, una comunicación, una espera, un adiós, haremos cuanto podamos. Pensaba que hasta el día de la violencia en mí, recorriéndome sin caminos marcados ni rutas de vuelta, hasta el infinito y la nada. Y viendo alejarse al drogadicto no quise moverme, levantarme, porque tenía que sentir que seguía siendo yo mismo. Con paciencia, las trompetas iniciarían una nueva marcha: primero sonaría una, sola, lamentándose, como perdida, y luego la arroparían las demás, la orquesta, y seguramente desaparecerían mi perplejidad y mi dolor.

Entumecido, con la visión borrosa, los brazos estirados para evitar que se me durmieran los dedos, inmóvil ante la primera luz del día. Me estiraba, bostezaba, me frotaba los ojos, y una alegría reconocible me animaba a iniciar otra ronda. Tenía hambre, sentía la necesidad de orinar apenas caminaba. Bajaba escaleras a las que les faltaban todos los remates, empujaba alguna puerta, me paraba a oír los rumores de la mañana. Si sonaba el teléfono móvil lo mantenía apretado en la mano y escuchaba el sonido agudo de la llamada: tres, cuatro avisos. El jefe me preguntaba qué novedades se habían presentado, me citaba en la oficina, quería confirmar el cumplimiento exacto de nuestros horarios porque desconfiaba del muchacho que me relevaba a las ocho. También tenía un turno de doce horas, a veces catorce, y su sueldo no superaba las cien mil pesetas. No era un vigilante titulado, sino un auxiliar o controlador que apenas había superado el bachillerato y quizá había sido reclutado en la oficina de empleo con la intención de obtener a cambio subvenciones o ayudas. Cruzábamos algunas palabras, esbozábamos diálogos y me contaba qué aburrido le resultaba pasar tantas horas sin más compañía que su radio portátil. Se traía bocadillos y bebidas, revistas, pero no sentía apetito y casi nunca leía. Se quitaba el reloj y se lo guardaba en el bolsillo del pantalón porque no quería mirarlo, que el día se le hiciera inacabable, como una condena, ¿sabes? Yo le veía andar con el pantalón y la camisa azules y me fijaba en su nuca: entonces asomaba la amargura, me dominaba la pesadumbre y apartaba la mirada, tragaba saliva y huía hacia mi coche. Conectaba la radio, subía el volumen, tarareaba las canciones más conocidas del verano. Como no acostumbro a beber, llegaba a mi piso y me duchaba, elegía un canal en la televisión que emitiera un programa de debate o de comentario de las noticias recientes para oír otras voces, rompía algunos papeles y suplementos dominicales que no siempre había terminado de leer, me arrellanaba en el sofá, apretaba las teclas del mando a distancia, cambiaba de postura, descansaba la cabeza en un cojín y, ya calmado, me dormía.

Relato: "Porque me quería", de Isabel Barceló

Decía que me quería y que por eso lo hacía. Por celos, aunque yo nunca le di motivos. Y otras veces porque pensaba que me equivocaba y que la única manera de que yo aprendiera a hacer las cosas como Dios manda era molerme a palos. La letra con sangre entra, me decía. Sólo con que llegara cinco minutos más tarde que él a casa ya la tenía armada. Con quién andabas, hija de perra, mala puta, que te voy a hostiar hasta que se me rompa la mano. Y yo diciéndole que me había entretenido dándole la cena a mi madre, Manolo, por Dios, que es una pobre vieja que ya no puede valerse. Yo tapándome la cabeza con los brazos y él dale que te pego a puñetazos y a patadas, gritándome que a ti lo que te gusta es que los tíos te vean menear el culo, so guarra, pero ándate con ojo que aquí el más macho soy yo y como se te arrime alguno es que te parto el alma. Me quería como la primera vez. Y la prueba es que enseguida quería cama, sin poderse aguantar, tan urgente que con la última manotada ya me estaba arrancando la ropa y tirándose encima de mí de cualquier manera en cualquier sitio. Por eso le daba tanta rabia pensar que podía gustarle yo a otros hombres. Por eso y porque el pobre tenía muy mal beber y enseguida se imaginaba cosas que no eran. Quién iba a mirarme a mí, un saco de huesos, con la cara hinchada y llena de moretones por todas partes. Hecha un adefesio con la ropa vieja que me daban las vecinas. Y aún las trataba de furcias y metomentodo y ellas salían corriendo si pillaba a alguna en casa. Te he dicho mil veces que no quiero que te juntes con esas gorrindongas, pero tu eres peor que ellas, mala pécora, y yo refugiándome en la cocina y diciéndole que fulanita había venido a devolverme un cazo que le había prestado a mediodía, pero no me servía de nada.
Y ahora aquí estoy, sola. Ni siquiera para tener hijos he servido, así que no tengo que darle cuenta a nadie. Mejor. Me miro y me remiro en el espejo y me toco el cuerpo, la cara. Es rara esta sensación de que no me duela nada, de verme los dos ojos iguales, y los labios iguales y las mejillas iguales a los dos lados de la nariz. No parece mi cara, aunque ya no me acuerdo de cómo era antes. Mi madre también me mira y me toca sin hablar, levantando la mano cuando le llevo la cuchara a la boca. Un día se echó a llorar y yo también me eché a llorar, sin saber por qué. Pobre vieja, tan arrugada y encogida en la esquina de una cama que se le queda grande, tan menuda que ya ni treinta kilos pesará. A lo mejor ella sí que se acuerda de mi cara, pero no puede hablar.
No sé que hacer. Mis antiguas amigas, mis vecinas, me dicen que me tengo que poner a trabajar y yo digo que sí, pero que no sirvo para nada, que no sé nada, que quién me querría contratar para hacer qué. Si tu sabes llevar muy bien una casa, no hay otra más limpia que tu ni más dispuesta, me dicen. Cuidar viejos, eso se te da muy bien, o cuidar niños, que para aprender a manejarlos no hace falta haber parido. Y quién va a enseñarme con lo burra que soy, les contesto, si ni siquiera mi Manolo pudo sacar partido de mí. Mira que yo me esforzaba, pero nunca conseguí que le gustara la comida, ni cómo le planchaba la ropa, ni el arreglo de la casa ni nada de nada. Y si a él no le gustaba lo que yo hacía, y era mi propio marido, a quién le va a gustar. Se enfadan y me dicen que soy tonta, que mi marido era un animal y un gilipollas y que lo único que sabía hacer era darme mala vida. Pues putero no era, les contesto, ni jugador, siempre de la faena al bar y del bar a casa. Y si el dinero no le llegaba era porque tenía muchos gastos y poca cabeza para administrarse. De vez en cuando me pegaba, eso es verdad, él mismo lo reconocía cuando estaba manso, pero que era siempre por mi bien, porque me quería. Entonces se echan las manos a la cabeza y me dicen que si con las palizas que me daba aún me creo yo que me quería, una de dos, o es que estoy sonada de tanta zurra o es que soy mas simple que un cubo boca abajo. Y que si no se hubiera muerto de una borrachera, la que estaría ahora criando malvas sería yo. Eso me dicen.
Muchas veces, cuando se acerca la hora de cenar, aun me entran prisas y tembleques, como si fuera a volver de un momento a otro. Pero no. Del otro barrio no se vuelve, ni siquiera para asustar a los vivos, como sale en algunas películas que el muerto se aparece por la noche para vengarse del que lo ha matado. A mí eso no me da miedo, porque yo no tenía mala intención. Las cosas se presentaron así, de repente, y tuve que hacerlo no por mí, que yo estaba conforme con todo lo que me pasaba, por mi madre que no tenía ninguna culpa. Qué culpa iba a tener, si ya no sé el tiempo que hace que ni puede levantarse de la cama. Aún la veo encogida, aterrorizada, agarrándose con las manos a las sábanas cuando entró el Manolo tambaleándose en su cuarto, chillando como un bestia y yo corriendo detrás de él por todo el pasillo. Vieja asquerosa, le gritaba, pingo, zorra, a ver si te mueres de una puta vez, y agarró una silla y le rompió las patas contra el suelo de pura rabia, y venga gritar barbaridades y yo cogiéndolo a él del brazo y diciéndole que ella no tiene nada que ver, que ya no volveré a llegar tarde a casa, que date cuenta que es víspera de nochebuena y hay que tener paz. Y él ronco de gritar y de dar golpes a todos los muebles, como loco, coge la ropa de la cama y la quita de golpe. Pobre madre, se quedó con todo el cuerpo al aire, asustada como un pajarico al que le van a retorcer el cuello. Y ahí sí que ya no pude más, se me puso un algo en la cabeza, no sé qué, pero dije este tío a mi madre no la toca. Así que con una de las patas rotas le di un estacazo en la cabeza con todas mis fuerzas y lo empujé para que no se cayera encima de la cama.
Le di a mi madre agua del carmen y yo también me bebí media botella. La arropé y me tumbé a su lado abrazándola para que dejara de temblar, pero a ninguna de las dos se nos pasaba el susto, viendo tirado en el suelo a mi marido. Y yo cada vez tenía mas miedo al imaginarme qué pasaría cuando abriera los ojos, en cómo nos miraría y en lo que haría. Me volvía loca sólo de pensarlo. Lo único que quería era que tardara lo más posible en despertarse, a ver si mientras se me ocurría algo. Así que cogí la botella de alcohol que tenía mi madre en la mesilla para las inyecciones, con mucho cuidado se la metí en la boca al Manolo y le fui soltando chorros hasta que se acabó. Entonces, como roncaba muy fuerte, aproveché para llevármelo arrastrando hasta el otro cuarto, más que nada para que mi madre no tuviera que verlo ahí todo el tiempo. Y malamente, como pude, lo puse encima de la cama y lo tapé con una manta por encima. Luego, en una carrera me acerqué a mi casa y me traje dos botellas de coñac. Toda la noche me la pasé asomándome al cuarto y metiéndole el coñac por la boca, las dos botellas enteras, tapándole la nariz para que tragara y pensando que no se despierte, que no se despierte.
Mira por donde yo, que siempre he sido tan torpe, tan poca cosa, tan cobarde para todo, supe sacar fuerzas esa noche y la mañana siguiente. Ya amanecido, la última vez que fui a verlo no respiraba. Volví a donde mi madre y le dije madre, que el Manolo se ha muerto, descanse usted un poco que dentro de un rato iré a avisar a los vecinos. Y ella lloró y cerró los ojos y al poco rato se durmió, pobrecilla, después de haber pasado toda la noche en vela.
A veces pienso que a lo mejor tenía razón él y es verdad que soy una mierda y una destalentada y que por eso hice la tontería de matarlo, con lo que me quería. Aunque a saber. Mis amigas dicen que nones y yo, a medida que pasan los días y voy cavilando, ya no sé decir si me quería o no. Mi madre nunca me pegaba ni yo le pego a ella cuando hace ascos para tomarse las medicinas, o cuando ensucia la cama, o cuando se deja más de la mitad de la comida, y hay que ver lo que nos queremos. Como que todo esto no hubiera pasado de no ser porque el burro de mi marido le quiso hacer daño. Hice bien en no consentirlo, que una madre es una madre y él no tenía por qué meterse con ella. De lo que sí estoy segura es de que, por lo que fuera, yo ya no lo quería, porque qué clase de querer puede haber si lo mato y me quedo tan fresca. Lloré mucho, claro, porque tenía mucha pena y mucho miedo en el cuerpo y mucha tranquilidad de que ya no pudiera hacernos nada, se me juntó todo, pero no me entró arrepentimiento.
Aunque a estas alturas de qué me sirve darle vueltas y vueltas que si sí, que si no. Lo hecho, hecho está. Y si es verdad que me quería pues bueno, y si no, pues bueno también. Que no soy la primera que se queda sin marido y a lo mejor es verdad lo que dicen mis amigas, que a limpia no me gana nadie y que con el tiempo puedo encontrar una buena casa y ganarme la vida como las demás. Y si no tengo a nadie que se acueste conmigo, más tranquila duermo. Al final va a resultar que no soy tan tonta como él se creía ni me hacen falta amores de los que te corren por la casa a trompazos y bofetones. Mejor están las cosas como están. Ya lo dijo con intención el cura en el entierro: la paz que dejas te lleves. Y todos contestaron: descanse en paz. Así que, amén.
Con este relato, Isabel Barceló ganó el Primer Premio del I Certamen de Relatos Breves sobre Mujeres del Ayuntamiento de Catarroja (Valencia) en 2001.

Jean-Claude Izzo: " Total Khéops" ( y 8 ). Contra los ricos.

Es Montale policía y a la vez un descreído y un crítico cruel consigo mismo, con la indolencia de los demás. " Sacó la cartera, la abrió y me tendió una foto de familia... Vi a sus niños. Todos sus rasgos eran blandos. En sus ojos, huidizos, ni una chispa de rebeldía. Amargados de nacimiento. Sólo sentirán odio por los más pobres que ellos. Y por todos esos que les comerán el pan. Árabes, negros, amarillos. Nunca estarían contra los ricos. Se veía ya lo que iban a ser. Poca cosa. En el mejor de los casos, los chicos, taxistas como su papá. Y la chica, peluquera. O dependienta del Carrefour. Franceses medios. Ciudadanos del miedo." Las palabras también de un vencido, de alguien que al menos íntimamente deplora el fracaso de sus ideales y aún siente los rescoldos de la pérdida y del dolor.

Jean- Claude Izzo: " Total Khéops" ( 7 ). El taxista.

Las descripciones incisivas, profundas. Las caracterizaciones en las que vierte su opinión el narrador y no se limita a presentar formulariamente. La subjetividad. "Sánchez no me gustaba, pero no acababa de cogerle manía. Debía de ser un buen padre de familia. Trabajaba duro todas las noches. Se acostaba cuando sus hijos se iban al colegio. Cogía el taxi otra vez cuando volvían. No debía de verlos nunca. Excepto los escasos sábados y domingos que se cogía día libre. Seguramente una vez al mes. Al principio tomaba a su mujer al llegar a casa. La despertaba, a ella no le gustaba nada. Había tenido que renunciar y, desde entonces, se conformaba con una puta algunas veces por semana. Antes de ir a trabajar o después. Con su mujer no debía de hacerlo más que una vez al mes, cuando su día libre caía en sábado". Está todo dicho - para empezar - sobre el personaje.