Hay que despedir el año. Es el primero -espero que no sea el último - de este blog. Vinieron por aquí nuevos amigos, sin los cuales nada tendría sentido, y dedicamos horas a leer libros y ver películas, a comentarlas y a darnos puntos de vista enriquecedores y sustantivos en este espacio y también en el de Comentarios. Cualquiera de los que aparecen aquí al lado en ese lugar de enlaces vale tanto como cualquier otro y es tan importante para el que esto suscribe como cualquier otro. Dice Lorenzo Silva -un abrazo, por cierto - que Nadie Vale Más Que Otro, y me parece muy cierto. Pero contradiciéndome brevemente, sólo por un instante, quiero dar particularmente las gracias a Ninoska Mermoud-Santiago y a Miguel Ángel Muñoz, destinatarios de muchos de estos textos y sin cuya presencia no habrían surgido igual. Y, como colofón, quiero destacar que esta semana la revista Así son las cosas dedica el coleccionable Detectives de Ficción al que podría ser el principal inspirador de este blog, una creación de Ross Macdonald: Lew Archer.
Marcia Muller: " Juegos para ahuyentar la oscuridad " ( y 7 )
Nos gustan las novelas en las que hay una investigación porque intuimos la presencia de verdades ocultas. Sharon McCone llega hasta el final en cada caso porque anhela pisar el punto en que están enterradas esas verdades. Puede haber una situación difícil de creer, de aceptar. Que obligue a tomar partido o a dudar. En este caso, tras la maraña, hay una persona que mata a enfermos terminales. No de manera altruista, sino cobrando. Eutanasia. El lector se para, piensa, recuerda, imagina. Como Sharon, el lector está en una encrucijada. ¿En qué creo, a quién creo? Ve moverse a esa persona y tiene que decidirse: verdugo, asesino, cobarde, necesario, cruel, moral, inmoral. Sharon resuelve el caso. Sabemos entonces si la persona que practicaba la eutanasia es definitivamente buena o mala, aceptada o rechazada. Desembocamos en la verdad última, que no revelaré. Y al llegar el libro a su final comienza el proceso más apasionante: el lector lleva dentro el espíritu de la novela, el espíritu de las opiniones del autor. Asiente o niega en silencio, se vuelve cómplice o detractor en una charla, un comentario, un pensamiento acaso aislado. Cada lector es un mundo. Y yo, con mi propio mundo a cuestas, con mis propias opiniones, tras disfrutar de la lectura de esta novela tan bien escrita y tan interesante, concluyo que tras la verdad también hay sombras.
Marcia Muller: "Juegos para ahuyentar la oscuridad" ( 6 )
Presuponemos debilidad en las mujeres. Pero son prejuicios. Sharon McCone no abandona el caso cuando se queda sin cliente y no se da por vencida, sino que insiste - como otros colegas - en seguir hasta el final, baja la corriente sin importarle los bamboleos porque no puede quedarse cruzada de brazos tan cerca del lugar donde se hallan las respuestas. Sola, con un mínimo apoyo verbal de la policía, Sharon se enfrenta a dos asesinatos y una noche decide abrazar y hacer el amor con un hombre al que acaba de conocer y acaso sea un asesino, pese a su atractivo y sus buenas maneras. ¿Es un síntoma de debilidad, le pasa porque es una mujer? Nada obliga a pensar en otros miedos más profundos que la acechen, aparte de los propios de los momentos oscuros y solitarios, así que Sharon va a seguir haciendo preguntas - que le contestan, ya que no tiene cara de usarlas luego en contra del que ha sido sincero y confidencial - y va a lograr que los juegos para ahuyentar la oscuridad no le resulten mortales.
Raúl Tristán: El crimen de Nochebuena
Hay algunas colecciones de novela negra en editoriales que no son de las grandes y que van publicando a autores interesantes y libros que merecen la pena. Cada vez creo más en las pequeñas y menos en las grandes, porque veo que es en aquéllas donde les están dando la oportunidad a muchos nuevos y talentosos escritores. UnaLuna Ediciones, de Zaragoza, en su Colección Serie Negra, presenta este libro en el que hay un detective privado, un muerto hallado en una plaza pública, una investigación que no resulta fácil y unos amigos dispuestos a echar una mano. Felicito a Raúl Tristán por su novela, a UnaLUna por fijarse en nuestro querido género, y les deseo lo mejor a ambos. Espero en breve comentar el libro aquí, pero no quería esperar para recomendar su lectura.
Marcia Muller: "Juegos para ahuyentar la oscuridad" (5). La adjetivación.
Admiro la prosa que no se ahoga en frases largas, estiradas, que denotan demasiada voluntad y estilo esforzado. Hay quienes escriben con frases largas porque sus pensamientos son complejos, las acciones que ven sólo saben describirlas como hablarían de la bajada de las aguas de un río. Si son así, si les sale natural, aplaudo esa manera de escribir. Pero me pasman cada vez más aquellos que con tres palabras sugieren tanto o más que otros en un párrafo completo. Hay algo aquí de devoción por ese estilo que tan bien interpretó Hemingway (lo digo como si fuera música porque algunos estilos lo son: las palabras entran por el oído, por la vista con un ritmo que sólo ciertas composiciones clásicas o jazzísticas pueden igualar), que encumbró a Llamazares, autor de una gran novela, "Luna de lobos", que pasmó al viejo y generoso Onetti. En la novela negra no escasea este estilo del que hablo, pero ni tiene la musicalidad deseada ni escapa al uso y abuso de la frase hecha, que en música sería como si el intérprete sólo nos diera estribillos. Marcia Muller esquiva la tentación y presenta una prosa limpia, un fraseado medido y con un swing que también tiene -algo superior, eso sí- Walter Mosley. Me gusta cómo adjetiva, además, y qué bien elige algunos adjetivos para darle mayor vigor al sustantivo y crear de paso sensibles imágenes: "su preciada soledad", "un descarnado sarcasmo", "constante y agotador conflicto","severo estilo moderno". Y eso sin divagar, sin empedrar la narración, sin entorpecerla ni llenarla de babas puramente literarias que nos abocarían a cerrar la novela al sentirnos pesados e indigestos, sino de esa sabia forma en que los buenos autores utilizan los adjetivos con la conseguida intención no de adornar, sino de alumbrar con ellos.
El color del crimen (Freedomland), de Joe Roth
Nefasto título para una buena película que me parece que no ha sido vista con buenos ojos. Antes, hace años, el cine de denuncia, el cine crítico, el cine político era visto con buenos ojos. Ahora cualquier tipo de cine que escape a lo obvio es mirado con lupa, con desconfianza, con desinterés. A esa conclusión llego después de ver la valoración crítica que obtuvo esta película. Pero el problema es que a veces los árboles no dejan ver el bosque, y me temo que aquí pasa algo parecido: se quedan los críticos con los excesos interpretativos y con lo puramente fílmico y se olvidan de la historia, interesantísima, y del ritmo, y de que el director ha optado por el drama y no por lo policíaco cargado de acción, disparos y muertos por doquier. A mí me parece muy estimable esta película que habla de las relaciones familiares - el padre policía con el hijo en la cárcel, la mujer despreciada por la familia que al tener un hijo ve restañarse su dignidad - y de cómo la muerte de un niño es algo verdaderamente irreparable y también destructivo para cuantos afecta su desaparición. Vivimos en una época confusa, con las relaciones amistosas y familiares en plena transición, con el crimen acechando tras cada esquina para mostrarnos que estamos hechos de dolor y que del dolor venimos y en el dolor nos consumimos. Y esta película nos ayuda a verlo, a meditarlo, a objetivarlo. Se merece una oportunidad.
Marcia Muller: "Juegos para ahuyentar la oscuridad" ( 4 )
¿A qué responde ese título? Leemos en la novela: " Pese a ser temporada baja, no faltaban los turistas. Paseaban cogidos de la mano o juntos, y a un tiempo separados. Me figuré que para algunas parejas las vacaciones habían sido motivo de acercamiento; para otras, sólo habían servido como recuerdo de su soledad.... A veces dudaba de si volvería a ser en alguna ocasión una de esas personas que iban cogidas de la mano y mantenían a raya, por un tiempo, la soledad... si entraría en el juego para ahuyentar mi propia oscuridad".
Marcia Muller: "Juegos para ahuyentar la oscuridad" ( 3 )
Y otros temas: "En Salmon Bay son muy pueblerinos. El medio de vida principal es la pesca, pero cuando la industria pesquera se automatizó la mayoría de pesquerías familiares se fueron a la ruina. La gente aún sigue allí, pero malviviendo. Se pasan la vida sentados en su punta de tierra, remendando sus redes y soñando con los viejos tiempos de bonanza. Naturalmente, todo aquel que se aventure a salir al mundo real está mal visto ". Que hablan de un pasado reciente que no nos es desconocido, que nos llena de recuerdos y a algunos de añoranza.
Marcia Muller: "Juegos para ahuyentar la oscuridad" (2)
Lo bueno de la novela negra es que aporta datos, informaciones, sugiere temas. Como éste:
-Un sanatorio donde se atiende a enfermos terminales...
- ¿Dónde está La Pozas? -
-En Salmon Bay, pero alejado del pueblo. Es un edificio de varias alas con tejado de tablillas, situado junto al acantilado que domina una playa rodeada de arrecifes y hoyos que se llenan con la marea. Está en un paraje francamente hermoso, con bosquecillos de cipreses y eucaliptos. Nadie se imaginaría, viéndolo, que la gente va allí a morir.
- ¿Y usted y Jane trabajaron juntas allí?
- Durante más de cinco años.
- Tuvo que ser deprimente.
- Oh, no -negó con aire de sorpresa Liz-, en absoluto. La idea fundamental que inspira el sanatorio es morir sin miedo, con dignidad. En Las Pozas, los pacientes viven en plenitud, con dicha incluso, el tiempo que les queda de vida. A veces puede ser hasta un estímulo.
No puede ningún lector quedarse indiferente leyendo esto, cada uno sentirá removerse algo en su interior.
Francisco González Ledesma: Méndez.
Apuesta la editorial Almuzara por un escritor que se merece mayor reconocimiento crítico, pero ya se sabe que en España los críticos están muy ocupados en leer lo que hay que leer. Almuzara tiene una colección de novela negra, "Tapa negra", que ha publicado a pocos autores por el momento y que evidencia un gran error: la falta de apuesta por jóvenes escritores de novela negra. Que publiquen este libro de González Ledesma es una buena noticia, ya que las novelas en catálogo no son realmente muy destacables y hay caídas graves como "Muerte de una heroína roja", de Qiu Xiaolong, en lo que parece una decisión escapista y poco comprometida con el aquí y ahora de los narradores españoles y su presente, con una visión crítica de nuestra realidad que esta editorial obvia claramente. Que aparezca, pues, este libro de Ledesma es una gran noticia, porque el creador del inspector Méndez es de los que, con ironía y sagacidad, cuenta historias de una manera absolutamente personal y con un humor que le arranca sonoras y curativas carcajadas al lector. La vida de los viejos barrios, los viejos delincuentes barceloneses está aquí expuesta con una mirada nostálgica y sabia, apta como pocas para la anécdota y el pequeño cuento, ese que luego puede repetirse en voz alta a un oyente que con toda seguridad sonreirá mientras presta atención. Pero no hay aquí escapismo, fácil burla, sino un humor maduro, compartible, rebosante de vitalidad y necesaria crítica: "La callecita, o mejor el paisaje urbano, aún estaba allí, con sus árboles melancólicos y sus casitas llenas de olvido, sin que ningún alcalde vestido de gala las señalase para derruirlas." Con una prosa creativa, verdaderemante literaria y creadora de ecos: "Méndez tuvo que desviar la mirada. Era como si el tiempo estuviera allí, hecho luz antigua, cristal empañado, tirador de una puerta rota, mano de muerto todavía pegada a la mesa." El veterano Ledesma - al que algunos consideran el abuelo de la novela negra española, definición que pondrá una risa en su cara de hombre noble e íntegro - es uno de esos escritores que repasan la historia de su tiempo - y del nuestro - y perdurará. No lo dejéis para más tarde. Leedlo ahora, en el momento.
Marcia Muller: " Juegos para ahuyentar la oscuridad"
Me alegra que cada vez haya más mujeres escritoras de novela negra. Gracias a ellas es más fácil que se integren en el género perspectivas e historias que los escritores duros orillaron para no parecer blandos. Si el cine nos ha dado inolvidables historias que eran mitad negras y mitad de amor, la novela aún no ha incidido demasiado en eso: amor y muerte, ya se sabe, van cogidos de la mano muy a menudo. Fijémonos si no en la cruda realidad, en la violencia de género, con hombres que han amado a mujeres y que más tarde las matan. Marcia Muller publicó esta novela en 1984 y la protagoniza su detective Sharon McCone, que investiga el caso de una mujer desaparecida. La facilidad narrativa, plástica, y la limpieza con que narra y nos mueve por la historia es el primer punto a su favor. Y las descripciones el segundo: "El pelo negro, severamente peinado hacia atrás, acentuaba su prominente nariz y el marcado avance de la barbilla. No era una cara bonita, sino autoritaria." Y sus opiniones el tercero: " Aquél era el último de los establecimientos chic que estaban invadiendo la zona y amenazaban con transformar el ambiente sencillo y afable de clase trabajadora del barrio. Ellen T era toda una institución que habría lamentado que se perdiera. No obstante, estaba casi segura de que mientras continuaran al frente Ellen y Stanley Tortelli seguiría siendo la misma taberna acogedora en la que se dispensaba buena comida, buena bebida y, de tanto en tanto, buenos consejos."
Lillian Hellman y Dashiel Hammett
Releo con el ánimo encogido el prólogo que escribió Lillian Hellman para el libro "The big knockover" de Hammett, en España transformado por Bruguera en dos volúmenes. Ella, compañera del gran escritor durante treinta particulares e intensos años, le recuerda y vierte algunos momentos de la vida en común y otros que le refirió Dash, como solía llamarle, en unas páginas singularmente emotivas. Hay, por encima de las demás, una anécdota que define a Hammett a la perfección y que desde que la leí pasó a formar parte de mi vida: "... en cierta ocasión, Hammett se compró una cara ballesta en un momento en que ese gasto significaba dejar a un lado otras cosas necesarias. El mismo día en que la tuvo entre sus manos, probándola y tensándola, gozando del objeto, llegaron unos amigos con su hijo de diez años. Dash y el niño se pasaron la tarde jugando con la ballesta y la cara del muchachito se oscureció cuando tuvo que abandonar el juguete para irse. Hammett abrió la puerta trasera del auto, acomodó la ballesta dentro y se volvió de prisa hacia la casa, sin hacer caso de las expresiones de negativa y protesta de los padres del niño. Cuando nuestros amigos partieron le pregunté: ¿Era imprescindible?Hammett me respondió: El niño la quería más que yo. Los objetos pertenecen a quien más los desea." Palabras del autor de "El halcón maltés". Como digo, convivieron durante treinta años, pero no estaban juntos siempre, no tenían una casa en común, y Hammett nunca se vanaglorió de nada. El día que ella le dijo que habían pasado años hermosos juntos, él le contestó: "Hermoso es una palabra demasiado importante para mí. Digamos sólo que lo hemos pasado mejor que mucha gente." El sentido de la justicia, de lo justo de Hammett, que en los peores momentos de su vida, ya al final, sí le pidió ayuda claramente a Lillian. "Un libro vuelto al revés tendría que haberme servido para darme cuenta de que el final estaba cercano, pero no quise aceptar esta idea y volé a Cambridge pensando encontrar un internado para Dash. Esa misma noche cogí un vuelo de regreso para anunciarle a Dash qué pensaba hacer. Me preguntó: Pero ¿cómo llegaremos a Boston? Le dije que en una ambulancia, y creo que por primera vez en su vida su reparo fue: ´Eso costará demasiado dinero.´Entonces le respondí: ´En ese caso, alquilaremos un camión.´Sonrió al comentar: ´Tal vez tendríamos que haber viajado siempre de ese modo.´Aquella noche me sentí aliviada, segura de que aún teníamos tiempo por delante; pero me equivocaba. Antes de las seis de la mañana siguiente recibí una llamada del hospital: Hammett había entrado en coma. Mientras me precipitaba por el cuarto hacia su cama hubo un último signo de vida: sus ojos se abrieron con una expresión de sorpresa e intentó levantar la cabeza. Pero ya no volvió a recuperar la lucidez, y dos días después sobrevino su muerte." La muerte del padre de la novela negra.
Os recomiendo este artículo de Javier Ortiz: http://www.javierortiz.net/jor/elmundo/vendra-piso-de-pisar
Andreu Martín: "Amores que matan. ¿Y qué? ( 5 )
Utiliza un interesante recurso Martín en su narración. Repite a veces una palabra varias veces en el mismo párrafo como en una canción, como una letanía, como una llamada. Recurso éste poético y muy efectivo en sus manos. Veamos dos ejemplos: "Aquella tarde, Enrique lloró. Lloró como no lo había hecho desde la infancia. Con esas lágrimas que brotan desde el fondo del pecho, esas lágrimas que desbordan y ciegan, lágrimas inevitables, imposibles de disimular, lágrimas en solitario que sacuden todo el cuerpo y lo convierten en un mudo grito viviente" (154-155, Edición Alfa). "Alicia no podía saberlo porque ya estaba en la calle corriendo despavorida y tomando conciencia a cada paso de que Eva había sido asesinada, de que Eva estaba muerta, de que habían matado a Eva, y un instante después ya caía en brazos de Enrique tartamudeando el nombre de Eva, Eva, Eva..." Ambos prueban que se puede utilizar una prosa sencilla, con préstamos del lenguaje hablado, y con habilidad y sapiencia dotarla también de gran viveza, gran profundidad, incluso lirismo.
Enlace: Ed Mcbain y la novela negra
Relato a veinte manos: Unos cuantos años (9)
El inspector Lage me saludó levantando una ceja. Intentaba parecer un policía típico o quizás se burlaba de sí mismo. Tuve que pedirle una hora libre a mi jefe, que también levantó una ceja, pero él eligió la del lado derecho de su cara. Bajamos a la cafetería de Anselmo. (Francisco Ortiz)
Nos instalamos en una mesa al fondo y pedimos café, que era por mucho mejor que el de la oficina.Era sin embargo, un lugar poco usual para reunirnos. El inspector Lage no perdió el tiempo en rodeos, una vez que sirvieron el café, me dijo que necesitaban de mis servicios para un trabajo muy peculiar y peligroso. (José Romero)
Le expliqué que ya no era el mismo, que estaba cansado. Le dije que la cara del tipo del último encargo todavía se me aparecía por las noches. Pero a él mis problemas nunca le importaron lo más mínimo. Aún así, me esforcé por explicarle que no podía actuar siempre por libre, que mi jefe empezaba a estar descontento conmigo. El café empezó a hervir en mi estómago mientras sentía que estaba a punto de escupirle a la cara todas las cosas de él que me desagradaban. Lage mantuvo en todo momento su estúpida sonrisa. (Miguel Sanfeliu)
Y pensar que una vez esa sonrisa no me resultó estúpida, que una vez, cuatro años antes, aquella primera llamada del inspector fue como una bocanada de aire fresco que me hizo pensar que mi vida al fin se movía, que, de alguna manera, más allá de los engaños y las palizas, de todos los hombres que acabarían llorando frente a mí, y de todas las mujeres a las que mi comportamiento hacia ellos haría llorar, lamentarse, enviudar, alguien confiaba por fin en mí, tal y como yo merecía. Cuatro años después, cómo pasa el tiempo, Lage tenía muchos menos problemas, todos los que yo le había ahorrado, pero mi vida seguía en el mismo sitio, parada, a la espera. (Miguel Ángel Muñoz)
Y no es que no lo hubiera disfrutado un tiempo, le confesé a Lage. Antes al contrario. Yo creo que todos podemos ser artistas en nuestro curro si le echamos un poco de alma. Hasta putas he conocido que saben gemir como primadonnas cuando su cliente se les derrumba sobre las tetas como niñito tembloroso. Lage sabía que yo era un artista en lo mío, que nadie había como yo para descerrajar cráneos o astillar huesos. Pero un artista también necesita su reconocimiento, qué coño, y cuatro años de ver pasar los bonitos trenes es demasiado tiempo. Se lo expliqué a Lage más o menos con estas palabras. Él asintió al final, comprensivo, dándoselas de hombre de mundo o de filósofo. A continuación, antes de responder, encendió un cigarrillo mientras borraba la sonrisilla de la jeta y me miraba con los ojos un poco vidriosos, como de pariente pedigüeño. (Ricardo Vigueras)
Son demasiados años como para no saber que cada segundo de esa dilación llevaba implícito el grado de dificultad del trabajo. Pegó una calada profunda, la cosa iba a ser complicada. La segunda me dejó claro que sería dura. La tercera me encogió el estómago. La cuarta no la habría resistido, pero empezó a hablar antes.
- Alguien de la fiscalía está fisgoneando en asuntos que no le incumben.
Hice un gesto con la cabeza para que siguiera hablando, pero se limitó a escrutarme como si albergara alguna duda sobre si yo era la persona adecuada. Eso me hizo preguntarle:
- ¿Alguien a quien conozco?
Asintió mientras daba una última calada al cigarrillo y lo aplastaba medio consumido contra el cenicero. La forma en que me miró despertó en mí una terrible sospecha:
- ¿Una mujer? (Rosa Ribas)
Debí haberle dicho que estaba loco y negarme, pero Lage me tenía atrapado, nunca iba a poder sacármelo de encima, tuve que aceptar. Terminé el café de un sorbo y me despedí no sin antes decirle que estaríamos en contacto. Al salir de la cafetería miré el reloj, todavía me quedaban 20 minutos de la hora que le había solicitado al jefe, así que encendí un Marlboro, cerré el abrigo y me eché a caminar sin rumbo. ¿Por qué Lage me lo estaba pidiendo a mí?, ¿qué era lo que pretendía con semejante propuesta? Claudia F. había sido mi amante y ahora, Lage, que muy bien lo sabía, me estaba pidiendo que la eliminase. ¿Qué era lo que el inspector escondía tras todo esto? Los recuerdos se agolparon en la memoria, se mezclaron con las preguntas, perdí la noción del tiempo. (José Antonio Galloso)
No, no podía matarla. La amé demasiado y la envenené con mi amor. No era necesario que le apuñalara su piel, cuando su corazón se desangraba cada día. Cómo matarla cuando yo lo hice con mis ojos, con mi boca, con mis palabras, con mis silencios. Ella es una muerta viva.Me quedé parado en una esquina, deseando que el semáforo estuviera siempre en verde para permanecer ahí, estático en mis pensamientos. Los recuerdos empezaron a acecharme y busqué en la bolsa de mi pantalón la moneda que ella me regaló. Por años la he cargado, como una prueba de que sigue viva y cuando la vuelva a ver, le enseñaré la moneda. Ahora esa moneda me pesaba. Tenía que aventarla al vacío. Quizá dejarla en una calle parisina o en un rincón mexicano, o simplemente regresarla al Puente de los Suspiros.Me sentía como aquellos prisioneros que contemplan el mar y el cielo por última vez.No. No podía matarla. (Clarice Baricco)
Y tan no “podía” hacerlo que mis labios comenzaron a dibujar una curva que en el mejor de los casos se había convertido en una sonrisa. Recordé una frase escuchada en cierta mala película de detectives, cuando el subordinado recibía una orden similar a la mía: “Ella traicionó a la corporación y ahora sabes qué hacer, lo de rutina en estos casos”. Y esa rutina, válgame tanta claridad, era degollar a la señalada. Pero una cosa era rebanar el cuello de alguien en tiempos donde era tan lícito que policías y ladrones jugaran a los balazos y otra en días como estos, cuando del telenoticiero a la telecomedia hay sólo un paso. Pero se entiende que ya no eran momentos como para ponerme sentimental o dramático; si evaluaba los hechos sólo era un peón de rey y en el ajedrez, las enanas y tristes figurillas de avanzada no tiene otra opción… ¿Matarla como si fuera una desconocida? Evidentemente mi embrollo era ese: la conocía y de qué forma. (Omar Piña)
Avanzamos. Ahora es el turno de Ninoska Mermoud-Santiago.
Nos instalamos en una mesa al fondo y pedimos café, que era por mucho mejor que el de la oficina.Era sin embargo, un lugar poco usual para reunirnos. El inspector Lage no perdió el tiempo en rodeos, una vez que sirvieron el café, me dijo que necesitaban de mis servicios para un trabajo muy peculiar y peligroso. (José Romero)
Le expliqué que ya no era el mismo, que estaba cansado. Le dije que la cara del tipo del último encargo todavía se me aparecía por las noches. Pero a él mis problemas nunca le importaron lo más mínimo. Aún así, me esforcé por explicarle que no podía actuar siempre por libre, que mi jefe empezaba a estar descontento conmigo. El café empezó a hervir en mi estómago mientras sentía que estaba a punto de escupirle a la cara todas las cosas de él que me desagradaban. Lage mantuvo en todo momento su estúpida sonrisa. (Miguel Sanfeliu)
Y pensar que una vez esa sonrisa no me resultó estúpida, que una vez, cuatro años antes, aquella primera llamada del inspector fue como una bocanada de aire fresco que me hizo pensar que mi vida al fin se movía, que, de alguna manera, más allá de los engaños y las palizas, de todos los hombres que acabarían llorando frente a mí, y de todas las mujeres a las que mi comportamiento hacia ellos haría llorar, lamentarse, enviudar, alguien confiaba por fin en mí, tal y como yo merecía. Cuatro años después, cómo pasa el tiempo, Lage tenía muchos menos problemas, todos los que yo le había ahorrado, pero mi vida seguía en el mismo sitio, parada, a la espera. (Miguel Ángel Muñoz)
Y no es que no lo hubiera disfrutado un tiempo, le confesé a Lage. Antes al contrario. Yo creo que todos podemos ser artistas en nuestro curro si le echamos un poco de alma. Hasta putas he conocido que saben gemir como primadonnas cuando su cliente se les derrumba sobre las tetas como niñito tembloroso. Lage sabía que yo era un artista en lo mío, que nadie había como yo para descerrajar cráneos o astillar huesos. Pero un artista también necesita su reconocimiento, qué coño, y cuatro años de ver pasar los bonitos trenes es demasiado tiempo. Se lo expliqué a Lage más o menos con estas palabras. Él asintió al final, comprensivo, dándoselas de hombre de mundo o de filósofo. A continuación, antes de responder, encendió un cigarrillo mientras borraba la sonrisilla de la jeta y me miraba con los ojos un poco vidriosos, como de pariente pedigüeño. (Ricardo Vigueras)
Son demasiados años como para no saber que cada segundo de esa dilación llevaba implícito el grado de dificultad del trabajo. Pegó una calada profunda, la cosa iba a ser complicada. La segunda me dejó claro que sería dura. La tercera me encogió el estómago. La cuarta no la habría resistido, pero empezó a hablar antes.
- Alguien de la fiscalía está fisgoneando en asuntos que no le incumben.
Hice un gesto con la cabeza para que siguiera hablando, pero se limitó a escrutarme como si albergara alguna duda sobre si yo era la persona adecuada. Eso me hizo preguntarle:
- ¿Alguien a quien conozco?
Asintió mientras daba una última calada al cigarrillo y lo aplastaba medio consumido contra el cenicero. La forma en que me miró despertó en mí una terrible sospecha:
- ¿Una mujer? (Rosa Ribas)
Debí haberle dicho que estaba loco y negarme, pero Lage me tenía atrapado, nunca iba a poder sacármelo de encima, tuve que aceptar. Terminé el café de un sorbo y me despedí no sin antes decirle que estaríamos en contacto. Al salir de la cafetería miré el reloj, todavía me quedaban 20 minutos de la hora que le había solicitado al jefe, así que encendí un Marlboro, cerré el abrigo y me eché a caminar sin rumbo. ¿Por qué Lage me lo estaba pidiendo a mí?, ¿qué era lo que pretendía con semejante propuesta? Claudia F. había sido mi amante y ahora, Lage, que muy bien lo sabía, me estaba pidiendo que la eliminase. ¿Qué era lo que el inspector escondía tras todo esto? Los recuerdos se agolparon en la memoria, se mezclaron con las preguntas, perdí la noción del tiempo. (José Antonio Galloso)
No, no podía matarla. La amé demasiado y la envenené con mi amor. No era necesario que le apuñalara su piel, cuando su corazón se desangraba cada día. Cómo matarla cuando yo lo hice con mis ojos, con mi boca, con mis palabras, con mis silencios. Ella es una muerta viva.Me quedé parado en una esquina, deseando que el semáforo estuviera siempre en verde para permanecer ahí, estático en mis pensamientos. Los recuerdos empezaron a acecharme y busqué en la bolsa de mi pantalón la moneda que ella me regaló. Por años la he cargado, como una prueba de que sigue viva y cuando la vuelva a ver, le enseñaré la moneda. Ahora esa moneda me pesaba. Tenía que aventarla al vacío. Quizá dejarla en una calle parisina o en un rincón mexicano, o simplemente regresarla al Puente de los Suspiros.Me sentía como aquellos prisioneros que contemplan el mar y el cielo por última vez.No. No podía matarla. (Clarice Baricco)
Y tan no “podía” hacerlo que mis labios comenzaron a dibujar una curva que en el mejor de los casos se había convertido en una sonrisa. Recordé una frase escuchada en cierta mala película de detectives, cuando el subordinado recibía una orden similar a la mía: “Ella traicionó a la corporación y ahora sabes qué hacer, lo de rutina en estos casos”. Y esa rutina, válgame tanta claridad, era degollar a la señalada. Pero una cosa era rebanar el cuello de alguien en tiempos donde era tan lícito que policías y ladrones jugaran a los balazos y otra en días como estos, cuando del telenoticiero a la telecomedia hay sólo un paso. Pero se entiende que ya no eran momentos como para ponerme sentimental o dramático; si evaluaba los hechos sólo era un peón de rey y en el ajedrez, las enanas y tristes figurillas de avanzada no tiene otra opción… ¿Matarla como si fuera una desconocida? Evidentemente mi embrollo era ese: la conocía y de qué forma. (Omar Piña)
Andreu Martín: "Amores que matan. ¿Y qué? " ( 4 ). Violencia en aumento.
Hay escenas de violencia en las novelas de Andreu Martín, pero son escenas necesarias, es una violencia real y casi diría que palpable: la que sacude nuestra mirada en la portada del periódico, la que recitan impávidos los locutores de los noticiarios, la que comentan los tertulianos después del primer café de la mañana. Pero Andreu Martín se ha documentado, ha llevado su nariz al lugar donde quedan restos de lo ocurrido, se plantea qué hay detrás y a quién beneficia - por algo es un autor con el corazón a la izquierda -, quién engaña mostrando sólo lo evidente y quién mueve en verdad los hilos. La violencia - los disparos, los muertos, los heridos - no está servida como un plato truculento y rebosante de sangre, sino como un plato necesario que se mira, se rechaza porque da asco pero no se puede negar que existe y sí les apetece a otras bocas. Nuestra sociedad está fundada, basada en una violencia latente, sorda, reprimida, a veces institucionalizada, y creo innegable que además es una violencia en aumento, que refleja los rencores, las frustraciones, los desarreglos amorosos, los desencuentros, pero también la insatisfacción, la desrrealidad creciente, la agonía de ciertas maneras de control y sometimiento a través de la manipulación y el miedo: a perder el trabajo, el estatus, la integración en lo que llamamos sociedad. La obra de Andreu Martín, tan necesaria, nos habla de todo eso, ayuda a ver y descubrir y destapar lo que se oculta en las cloacas del poder y en las alacenas de los poderosos.
James Bond
Vuelve ese agente con licencia para matar, un hombre al que le encomiendan casos que resuelve a su manera, ya que sólo le piden resultados, como ocurre en los actuales partidos de fútbol, ejemplo claro de lo que el capitalismo puro y duro hace con las sociedades que crea, en que no importa el pueblo, sino tan sólo los números. Siempre he detestado al personaje, siempre he detestado lo que representa y las películas que le tienen como protagonista me parecen un rancio ejemplo de machismo y salvajismo con coartada política y cultural, como mi admirado Vázquez Montalbán diría. El maniqueísmo de las tramas es tan claro - casi infantil - y los perpetradores actúan con tantos deseos de atontar al espectador, de dar gato por liebre, que me indigna y me produce una grave repulsa cada nueva película de este personaje literario y cinematográfico. Viene a nuestro país ahora una nueva película del agente que mata y come sin perder la sonrisa y creo oportuno recuperar las palabras que Luis Izquierdo le dedicaba en la introducción a la novela "La maldición de los Dain", de Dashiell Hammett (Biblioteca Básica Salvat, 1982), autor éste en las antípodas ideológicas de la creación de Ian Fleming: "Es bien sabido que, en el caso de James Bond, el individuo es sólo un vehículo de la organización que lo dirige y máscara que se pretende atractiva de la voracidad occidental encarnada en sus espías. Instrumento eficiente, su individualidad jamás podrá interferir la trayectoria ciega de su victoria, que, por cierto, jamás será personal. James Bond es un número en movimiento, jamás un ciudadano ni, mucho menos, un rebelde que consuma sus ansias de aventura apoyándose en la famosa ´licencia para matar´. Bajo su aparente desgarro, actúa la monstruosa agresividad del orden establecido. "
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