Graham Greene: "Una pistola en venta"


Los grandes escritores lo son desde la primera palabra, desde la primera frase; es una afirmación que gusta a muchos. Graham Greene es uno de los escritores a los que más admiro y lo considero un autor esencial. Él mismo distinguió en su obra las obras más serias de las que no prentendían serlo, profundizó en temas y conceptos fundamentales de su tiempo (y del nuestro, de cualquier tiempo). "Una pistola en venta" es una de sus primeras novelas y de las que merecen nuestro tiempo y atención. No escribió Greene novelas ligeras, nada superfluo, y esta novela creo que debería ser un pilar en el que se sustentaran los thrillers. El maestro inglés nos presenta a un asesino con el labio deforme que va a matar a un hombre importante y al encontrarse primero con su secretaria piensa que sólo la matará también a ella si se fija en su labio. Decisiones. El hombre al que va a matar es un político que está desarmado y que le recibe engañado. ¿Cuándo, en qué momento exacto apretará el asesino el gatillo? Decisiones. La habilidad innegable de Greene nos instala en la escena y en los impulsos que mueven al asesino a cada instante, en el centro de su conciencia. Pero no vayamos más allá. Volvamos al principio. Al primer párrafo de la novela. "El asesinato no le preocupaba gran cosa a Raven. Tan sólo era una nueva ocupación en la que había de tener cuidado y usar el cerebro. No era una cuestión de odio. Sólo había visto al ministro en una ocasión: cuando pasaba por entre unos árboles de navidad colocados en la entrada de una casa. Era un anciano sin amigos, pero de quien se decía que amaba a la humanidad." Cada palabra está puesta para que cumpla una función, para que aporte una información precisa y necesaria. No se puede escribir con mayor acierto.


Texto recomendado: Pasión por Sherlock Holmes, en el blog de Francisco Machuca

Didier Daeninckx: El gigante inacabado (y 3). Crítica


Supongo que es inevitable, a estas alturas, creer que nada puede hacerse para cambiar las cosas. En nuestras sociedades está todo asentado sin remedio, podríamos decir, lo importante es inamovible, lo que tiene peso no puede alzarse para mirar debajo, la corrupción forma parte del sistema y nadie le puede tocar un pelo a quien está en las alturas. La novela negra nos habla de eso, nos llena de súbitas alegrías que desaparecen como el arco iris, que tienen su belleza momentánea, su grandeza, y que se desvanecen como si nunca hubieran existido.
"El gigante inacabado" es una gran novela negra, una de las que hay que buscar y leer para saber por qué este género es tan necesario, por qué nos habla tan certeramente del ser humano, por qué tiene tanto que ver con la tragedia y con Shakespeare cuando llega a las cotas más altas de calidad y sinceridad.
Didier Daeninckx, un escritor con oficio, recomendable para cualquier lector, cuenta en esta novela la historia de un inspector de provincias que se mete donde no le llaman, que investiga por su cuenta atraído por las personas implicadas en un caso cerrado. En su cabeza ha quedado la imagen de una mujer muerta, de un enamorado que se vuelve catátonico ante el cuerpo sin vida de su amada, que se suicida y se echa la culpa de todo porque quizá así se sienta más cerca de la persona que se fue y a la que siempre quiso volver: ahora, en la eternidad, quién nos asegura que no será así, pienso al terminar de leer este libro lleno de poderosas imágenes. Y es que el amor es la base de esta historia, es su detonante, es el hilo invisible que lo guía todo, aunque parezca raro en una novela negra. El propio inspector añora los días pasados con una mujer con la que no llegó a entenderse bien, a la que recuerda en breves instantes atenazados, que parecen ahogarle. "El gigante inacabado" es una novela que nos acerca a vidas en fuga, con recuerdos en fuga, con deseos en fuga.
Por supuesto, el lector de género hallará aquí la emoción deseada, estará dentro de escenas de acción, oirá disparos y confesiones. Pero Daeninckx nunca traiciona la verosimilitud, nunca defrauda a la autenticidad, jamás desdeña el realismo y lo que se ve y se vive cuando se es un escritor despierto. La intensidad de lo narrado, la sinceridad, la habilidad para no incurrir en lo ya visto ni en lo monótono sitúan a este autor entre los más destacados de la novela negra. Y estoy seguro de que no le fallará a ninguna sensibilidad lectora que busque algo más que tiros y detectives. El inspector Cadin, mucho más interesante que los Wallander, Brunetti y compañía, es una creación profunda y viva, creíble, tan bien perfilada y expuesta como cualquier personaje de la mejor tradición literaria, con colores y sin colores. La prosa no tiene nada que envidiarle a ninguna otra. La concreción es ejemplar. Y el libro es, en definitiva, de esos que crecen en el recuerdo y dan ganas de poner en la estantería reservada a los libros que queremos releer dentro de algún tiempo.

Juan Goytisolo, Premio Nacional de las Letras


Le vi en Almería, hace veinte años, en unas jornadas a él dedicadas detrás de cuya creación estaba un profesor al que siempre admiraré : Gabriel Núñez. Leí "Coto vedado" y nunca he olvidado algunas de sus páginas. Me parece que es uno de los mejores, más valientes y más necesarios escritores. Esta entrevista en el diario Público refleja muy bien quién es, cómo ha luchado siempre, cómo nunca se ha dejado poner el cabestro. Mi vasallaje hacia usted proclamo también, maestro.


Foto: Antonio Moreno




Lectura recomendada: el blog "El mundo del seguro"

Juan Marsé, Premio Cervantes 2008


Felicidades, maestro.

Los premios no son nada, pero con tu nombre este premio se ennoblece y hace justicia reconociendo la labor literaria del mejor escritor vivo y en activo de este país.




Foto: Marcel.lí Sàenz

Didier Daeninckx: El gigante inacabado (2). Autenticidad


En una época en que triunfan los C.S.I. en televisión, en que estamos saturados de series policíacas y los periódicos y los telediarios nadan envueltos en aguas moteadas de la sangre de tanta violencia mediática -y real-, de tanta noticia con primer plano del lugar con restos humanos y sanguinolentos -no exagero: tras un atentado, tras una muerte en la calle, no se privan de mostrarnos el detalle en primer plano-, parece innecesario leer novela negra. Y quizá sea así si sólo buscamos más sangre y más violencia.
Pero hay autores, como Daeninckx, a los que podemos volver porque pocos como él han conseguido llenar sus obras de autenticidad. En las series de televisión no faltan las exageraciones, los despropósitos argumentales -ni en el cine, en algunos aspectos aún más echado a perder-, las continuas repeticiones de la fórmula. El público parece tomar una ración, no estar jamás satisfecho. El público -cierto público-no se empacha jamás. Pero quien se harta busca otra cosa, quien detesta la novela negra busca otra cosa. Y puede encontrar a este gran autor francés y disfrutar y pensar con sus libros, ya que en ellos se elimina lo obvio, se apuesta por un riguroso control de la trama y de los personajes para que no sintamos el regusto de lo conocido y recalentado.
En "El gigante inacabado", escrita en tercera persona, sabemos que un hombre cansado de su esposa que busca a una mujer de la que se enamoró cuando era muy joven, y que la encuentra, no es el asesino pese a que deja una grabación inculpándose y después se suicida. Lo sabemos porque le hemos visto llegar a la casa y toparse con la mujer ya muerta. La novela no nos arrebata por la investigación que nos llevará ante el verdadero culpable, sino porque nos fascina esa confesión falsa, la culpabilidad que azotó al hombre antes de darse muerte a sí mismo. El inspector Cadin -el mismo de "Asesinatos archivados", otra novela imprescindible- sigue una pista que sólo a él le interesa, que sólo a él le inquieta, y Daeninckx se apunta un nuevo tanto porque nos trae a nuestra realidad -francesa o española, da igual, las diferencias en lo que a policías y asesinos y víctimas respecta es inapreciable- una historia con los personajes más creíbles y nos aleja de las mixtificaciones estadounidenses otorgándole el protagonismo al único hombre que, por su profesión, puede llevar adelante una investigación en nuestras sociedades: un policía. Pero no un policía cualquiera, sino un policía inconformista, algo ahogado por el ambiente provinciano y los casos menores y archisabidos, un policía que podría haber existido y que habría obrado de igual manera, movido por un resto de idealismo y de afán de verdad.
Se acaban los grandes casos, amigos. Las grandes investigaciones se vuelven opacas, los asesinos importantes nunca son conocidos, los grandes crímenes se cometen lejos de los callejones y los espacios sórdidos. Antes que Mankell, antes que Donna Leon, antes que Vázquez Montalbán, detrás de Sciascia y Dürrenmatt, estaba ya Didier Daeninckx, con novelas como ésta, pulsando en los restos y sacando a la luz momentos de nuestra historia reciente que si caen en el completo olvido nos veremos obligados a repetir. Con un inspector físicamente pequeño y muy grande por su valor ciudadano, con ganas de llamar a las cosas por su nombre, con valentía y rigor, con un talento y una mesura que pocas veces la novela negra ha buscado y encontrado, Daeninckx tiene varias obras clásicas, a la altura de cualquier comparación, y leerlas ayuda a resituarse, a ver con ojos más abiertos y mejor, a ser más consciente de nuestro papel en este mundo que, si lo dejamos, convertirá a los seres humanos en una pasión inútil.

Didier Daeninckx: El gigante inacabado (1). El paro sólo golpea a los inocentes

Hay escritores sociales, políticos, que desembarcaron en la novela negra para mejorarla, hacerla más profunda, más real, más viva, más auténtica, más útil. Siempre he sido un defensor de la literatura útil. En una época no muy lejana, al escritor Miguel Ángel Muñoz y a mí nos tachaban de desfasados porque defendíamos la literatura comprometida. Ha pasado mucho tiempo. Atrás quedó aquella asociación de jóvenes escritores -a cuya cabeza estaba la escritora y crítica Care Santos-, la respuesta de Soledad Puértolas -Escribid ese tipo de libros vosotros-, y tengo la sensación de que al menos a mí sí me ha pillado el tren. No he cejado en defender ese tipo de libros, he intentado escribir y publicar alguno, pero ni el mercado ni las musas me han acompañado convenientemente. Y he visto cómo se ha desacreditado a muchos autores comprometidos, cómo tantos dicen que la literatura sólo es literatura, que su compromiso es consigo mismos y con sus letras que podrían haberme convencido, conseguido sumarme a su causa cada vez más inocua e intrascendente, pero no lo han logrado. Sigo pensando que los viejos autores comprometidos -y los nuevos, que los hay- son viejos humanistas que no abdican de su fe en el hombre, en su evolución, en el perfeccionamiento social; viejos humanistas que no renuncian a creer en la libertad pero tampoco en la igualdad y la fraternidad, dos metas estas últimas aún no conseguidas en ningún lugar de nuestro querido mundo.
Pienso en todo esto -para que sigan diciendo que la literatura no sirve para nada- tras leer unas páginas de "El gigante inacabado", novela negra, social y política de un gran autor al que ya no se traduce en España, al que no se publica hace ya demasiado: unos obreros en paro van a hablar con el inspector Cadin y le piden que los meta en la cárcel, porque allí dentro "tendremos asegurada la comida e incluso el trabajo y cobraremos un salario en los talleres penitenciarios..." No es una broma, amigos. Hay muchos temas por resolver, muchas cosas aún en las que pensar.

Mariano Sánchez Soler: Carne fresca


He leído algunas páginas de esta novela con el alma encogida, con rabia y con dolor. La carne fresca es la de niñas a las que se prostituye y están obligadas a entregarse a adultos que disfrutan con sus cuerpos débiles e indefensos como aves de rapiña. Pero no se trata de hombres públicamente rechazados, de comportamientos deleznables, sino todo lo contrario: gente que ocupa altos cargos, que vive en la altas esferas y cobra sueldos y recibe parabienes frente a las pantallas. Sabido es que la alta corrupción toca a las clases intocables, a las que velan por la salud física y mental de la población, la que da consejos y marca caminos, porque en cualquier lado puede surgir una oveja negra.
Sánchez Soler cuenta la historia de un atracador que se fuga de la cárcel para buscar a su hermana de catorce años, a la que los proxenetas de turno la utilizan como carne de reclamo para quienes pueden pagarse gustos muy caros y retorcidos y tienen el poder para esconder sus actos abominables. Es una obra de denuncia, en la que no hay pelos en la lengua. Y no es oportunista ni falsa -ni cuando se publicó ni ahora- porque su autor es un reconocido periodista que conoce bien los asuntos de los que habla, de primera mano, y que en su labor de escritor sólo ha añadido a la ficción nombres inventados para narrar casos que si no han ocurrido tal cual muy bien podrían haber sucedido. Este tipo de novela negra, aliada con la verdad y dispuesta a ahondar en problemas que pueden afectarle en un momento dado a cualquiera, no abunda en la actualidad, más centrada en llenar páginas forenses, en describir los procedimientos policiales y en entretener mediante un morbo algo malsano que no queda disimulado pese a tanta jerga, tanto distanciamiento parcial y tanta buena voluntad y presunta buena moral que en verdad sólo oculta un deseo de servirse de los temas actuales para ganar dinero con novelas repetitivas y sin hondura psicológica que parecen hechas en serie. Por eso traigo aquí "Carne fresca", porque es sincera, valiente y diferente y, partiendo de los mismos materiales que otros desaprovechan ofrece un resultado muy positivo.

(Esta novela se ha reeditado, junto a otra protagonizada por los mismos personajes, en el título que ilustra este texto)

Rosa íntima, de Rosa Silverio


Hay un camino en este libro, un dolor palpitante y una entrada en un espacio, íntimo y delicado, en el que la voz que hace poesía también deja escapar un lamento en el que hay aguijones y alas rotas, sexos cerrados y piernas que se pierden y no saben regresar, que no se reconocen a sí mismas aunque vuelvan a ocupar el lugar de antaño, porque de eso trata este libro de poesía y de esperanzas partidas, este canto que resuena en un interior pero que nos llega también mediante las páginas de un libro que es necesario abrir, en el que hay que dejarse caer como lo hacemos en el suelo después de habernos roto un hueso. Rosa Silverio es una mujer que sabe de qué están hechas las despedidas, así como los encuentros; sabe de qué se compone el desamor, así como el amor; sabe cómo crece la rosa del poema y sabe cómo hacerla caer con un soplido de versos que traen, ante todo, humanidad al que se acerca a su puerta y a su canto. 

Este libro no está plagado de tópicos ni de versos para recitarle a una amada sonriente y boba. Se nos cuenta en él -Rosa Silverio es también narradora, posee un agudo instinto para el trayecto de una historia y de sus vericuetos emocionales - el despojamiento de un alma adolorida, el recuento de un ave que se posa en una rama y rememora un viaje costoso y duro. Rosa Silverio sacude al lector con palabras que son como aguijones, con imágenes que se nos clavan en la memoria como tachuelas que no salen con más tachuelas sino con gritos que nos expresen y nos revelen en el mundo real e inevitable. Porque de eso se trata también: de decirle al mundo que todos sufrimos, que todos somos incompletos en el amor y en la vigilia, en el sueño y en el escenario, entre bambalinas y tras realizar un mutis o recibir un sonoro aplauso. Rosa Silverio nos iguala con su voz que se confiesa solitaria y enteramente humana. 

Hay algunas poemas que quizá flojean en el conjunto -"Ofrenda para un amor", "De par en par"-, pero que no rompen la armonía del conjunto. Brillan con luz propia otros -"La mujer dormida", excelente, "Nada es más triste", "El parque", exacto y diría que, en alguna medida, temible y de una consistencia casi insuperable- y además hay varios, como "Olvidarme" y "La lluvia", que están muy cerca de la altura que sólo los más grandes logran conseguir de cuando en cuando. No voy a poner aquí versos aislados porque pueden tan sólo mostrar mi gusto personal y no quiero alterar el orden ni la línea que llevan al poema conclusivo con que se cierra brillantemente el libro. Un libro que me recuerda que la literatura precisa cada vez más de concisión y de aciertos bien dosificados en un mundo lleno de prisas y de sobreabundancia. "Rosa íntima" tiene mucha poesía dentro, mucha y buena, y también algo de discurso, de filosofía, de narrativa. Y de invitación al lector a que participe, a que discuta con la voz que cuenta, que se queja, que propone un camino de desengaño, dolor, reconciliación con la vida y con los actos incomprendidos e incomprensibles. 

El que esto suscribe conoce a Rosa Silverio, la aprecia como persona de una excelente calidad humana, pero nunca había leído hasta ahora ninguno de sus libros. El que esto suscribe habla de "Rosa íntima" en un blog de novela y cine negro sin haber metido un pie en la locura y recomienda la lectura de este libro a quienes pasan buenos ratos con Marlowe, Archer y Carvalho. Ninguno se sentirá defraudado, al contrario, porque Rosa Silverio tiene una voz adulta y que sabe modular cantos en los que laten dolores y angustias existenciales que a los amantes de la novela negra no les sonarán lejanos. Y el que suscribe esto le recomienda también a cualquiera el libro de Rosa Silverio porque está convencido de que encontrará más de una brizna de locura y de esperanza, de amor y silencio que esperan turno para ser expresados en lo más íntimo de su estupor y de sus deseos. 

Paul Newman, nuestro Lew Archer


Era un actor que decía que tenía suerte. Los más grandes nunca presumen, nunca caen en las  arenas movedizas de la autocomplacencia y el narcisimo vacuo. Son seres que miran a su alrededor, que son agradecidos, que tienen memoria y no traicionan jamás a las personas que les quisieron y que en ellas confiaron. Por eso todos respetaban y querían a Paul Newman. 

Fue el actor que encarnó al personaje más querido por mí de entre todos los que la literatura ha dado: Lew Archer, el detective privado que sabe mirar y escuchar, que sabe ser paciente y que sabe medir sus palabras como ninguno. En las dos películas que protagonizó, más inclinadas hacia la acción que hacia la contemplación en los guiones y en las novelas elegidas, lo de menos era el atractivo de Newman y lo de más su calidez, su inteligencia chispeante y comunicativa, su buen humor. También el aire de tipo vulnerable, de ser víctima de pequeñas derrotas, de una tolerada soledad involuntaria. Paul Newman, aunque con el apellido Harper en lugar de Archer, fue el detective de Ross Macdonald en la pantalla grande y con su voz profunda y honesta, con su interpretación sabia y libre dejó planos que nunca olvidaré, muecas que me hacen reír siempre, miradas que lo dicen todo sólo con un brillo y un leve movimiento.

Gran actor, gran persona, el mejor Archer posible, en paz descanse. Yo lo echaré mucho de menos. Desde que se murió Steve Mcqueen, él era mi preferido en el ámbito estadounidense. Adiós al hombre; que se abran las puertas del teatro de la leyenda.  

Visita: Un blog al que volverás: Ironías de la vida, de María Jesús Lamora

Más textos, más voces

Pese al cainismo, pese a la censura, pese a la deslealtad, pese a todo, por indicación de alguien a quien quiero y respeto enormemente, este blog no se cierra. Ha bastado una sola palabra para que me desdiga, para que rectifique, porque uno no es un ente aislado y tiene muy claro que no está en posesión de ninguna verdad absoluta. El dolor desaparecerá, me dice esta voz -la de una mujer a la que venero-, y quedará tu trabajo, lo que honradamente hagas y digas. El pasado es un demonio sólo si crees en demonios, me ha dicho. Los que no te quieren no importan, piensa sólo en los que te quieren. 

Gracias. Por ti y por los amigos que vienen por aquí, por los que han acudido alguna vez a leer algún texto, retomo la actividad. Mi intención de cerrarlo estaba clara y era definitiva. Pero yo me borro y sigo el consejo sabio de una sabia mujer. Este blog ha sido un espacio positivo y no puede cerrarse por una acción negativa. 

Gracias y perdón. Rectifico. Me pongo manos a la obra. 

Giorgio Scerbanenco: Muerte en la escuela (y 3). Crítica


Necesitamos más novelas como ésta.
No hay maniqueísmo, hay personajes, hay historia y hay una mirada personal sobre el mundo.
"Muerte en la escuela" es quizá la mejor de las cuatro novelas que Scerbanenco escribió con Duca Lamberti como personaje protagonista. Con una mirada netamente dostoievskiana, Scerbanenco toma un caso que podríamos quizá encontrarnos en las primeras páginas de un periódico hoy mismo y nos ofrece literatura de la mejor, honda y veraz, esquiva todo lo trillado y sabido. Unos chicos que asisten a una escuela nocturna violan y matan salvajamente a su profesora. Ése podría ser el titular. A partir de ahí, lo más fácil es dejarse llevar por lo superficial, lo impactante, lo que ayuda a ganar lectores y dinero. Pero Scerbanenco, un autor nada conformista, no siembra de detalles truculentos su novela, no la empapa de sangre fácil y no nos entretiene con una historieta de policías buenos que luchan contra malos ciudadanos y se ganan nuestra admiración de inmediato. La vida no es tan simple como la pintan tantas novelas de este género amado. La vida está llena de recovecos, de decisiones morales que pueden o no tomarse, la vida fracasa en demasiadas ocasiones porque el equilibrio social nunca ha existido.
Estamos en 1968. Duca Lamberti es un policía con un pasado irregular, con una compañera triste que le ama aunque los actos de Lamberti la han dejado marcada para siempre, con una hermana que le necesita y una sobrinita que muere en los primeros capítulos mientras él se entrega a su trabajo con fervor y quiere llegar al fondo de una escena del crimen que le atormenta. Scerbanenco sabe conmover, sabe hacernos sentir, sabe narrar. Y por eso nos quedamos paralizados ante el cuerpecito de la niña muerta, en el hospital, y ante la cara vacía y sufriente de la madre que ha perdido a un ser pequeño y especial sin esperárselo, a causa de una pulmonía que sólo mata a uno entre cien mil pacientes. Scerbanenco, en breves pinceladas, hablando de la ropita de la niña, eleva la categoría de novela negra a novela de calidad, de alta calidad.
Las investigaciones tienen su lógica. Lamberti presiona a los chicos, se mueve furioso y rápido, pero los chicos callan y se refugian en una hábil coartada: yo no lo hice, fueron los otros, no vi nada, me mareé y no me enteré. Pero son jóvenes, demasiado jóvenes, y Lamberti sospecha que alguien los ha azuzado, los ha empujado a cometer el crimen. Y la investigación rompe su lógica. El tiempo es un enemigo y a la vez un aliado cuando se tiene paciencia. Y Duca apuesta por un chico, se lo lleva a su casa, alejándolo del reformatorio en que lo han internado al ser menor de edad, y espera. La novela nos presenta entonces a un nuevo personaje, nos informa de cómo es la vida de los humillados y ofendidos de los años sesenta del pasado siglo sin abandonar la línea narrativa, sin añadir palabras, meditaciones ni inútiles digresiones. Y, como ocurre en las mejores novelas, nos creemos a ese personaje, empezamos a tener ya no una imagen unidimensional de él sino otra más compleja, cambiante, que a veces nos mueve a la compasión y a veces al desdén: como en la vida misma, como ante muchas personas que conocemos en la vida real. Y la investigación, atípica, como atípico es su investigador -Lamberti, una de las mejores creaciones de la novela negra-, desemboca en el lugar en que aguarda el horror, en que puja fuerte la venganza, en que el ruido es ruido y miedo y desolación e imágenes que desnudan a algunas almas humanas que provocan asco y dolor.
"Muerte en la escuela" es una obra maestra del género y una gran novela a secas. No hay zigzagueos cansinos en su trama, como tantas veces nos encontramos en la novela negra estadounidense, exhibe una transparencia deudora de una concepción dostoievskiana de este arte que está perfectamente equilibrada con la profundización psicológica, sutil y experimentada. Se puede ver toda la historia, abarcarse con una sola mirada, contarse en cinco minutos. En su prosa -que se arquea a ratos, que se encoge y se expande en otros sin romper jamás su ritmo interior, que es expresiva, susurrante y clamorosa según lo requiera la ocasión,- hay una voz que nada le debe sino a sí misma, que es el fruto de una vida dedicada a un oficio en el que se progresa constantemente, que dialoga con el lector y le pone delante palabras y expresiones que justifican el medio, la creación sobre papel. Y, además, nos plantea una serie de preguntas que no resultarán jamás baladíes: ¿se puede creer en la pena de muerte en la vida privada y defender en público su abolición?, ¿se puede confiar en una sociedad que crea víctimas y las apaliza hasta que no les queda más remedio que reaccionar y adoptar el papel de verdugos?, ¿caben las segundas oportunidades en el corazón de los humillados?, ¿y en el corazón de los que sólo piensan en sí mismos? Acabo recordando una escena: la abuela de uno de los chicos le cuenta a Lamberti que el juez determinó que su nieto dejara la casa paterna y quedara a su cuidado, pero es un muchacho díscolo y no le hace caso y desaparece y no vuelve sino cuando le da la gana. ¿Qué puede hacer una anciana en tal situación, que la rebasa? Cuando el chico lleva varios días sin asistir a la escuela nocturna y se halla desaparecido, la anciana duda y, como está legalmente obligada a informar a la policía, oye los consejos de la asistenta social, que le indica que espere, que no le complique más la vida al muchacho, y también las reflexiones de la maestra, que la invitan a informar sin tardanza, porque cuantos más días pasen más grave puede ser lo que ocurra. ¿A quién hacer caso? ¿Quién tendrá la razón? No os quepa duda, amigos, de que, como sucedería en vuestra vida o en la mía o en la de cualquiera, la decisión de la mujer se presenta difícil y con un hondo componente moral. "Muerte en la escuela" es, en definitiva, una novela negra y también un tratado sobre la pasión y la venganza que encierra un agudo análisis social y político que nos acerca a temas que a todos nos preocupan.

Giorgio Scerbanenco: Muerte en la escuela (2). Duca Lamberti

Duca Lamberti es uno de los mejores personajes de la novela negra, uno de los más creíbles y singulares, de los que han sido creados con mayor acierto y sensibilidad. Es un médico que estuvo en la cárcel acusado de practicar eutanasia. Se hace policía ayudado por un amigo de su padre, que se convierte en su superior. Conoce a la perfección las calles de su ciudad, Milán, e interroga a los sospechosos dejando espacio a la duda y mirando más allá de sus intereses inmediatos y sus convicciones, fiel al instinto pero también a una norma que podría acercarle a la definición de policía humanista.
Es creíble Duca Lamberti porque come, porque le vemos pensar y tener dudas, porque le vemos equivocarse, empecinarse con y sin razón, porque es un ángel caído, ya que nunca podrá remontar del todo la pendiente tras haber estado en la cárcel. Uno de sus errores le sale muy caro: la mujer a la que ama recibe multitud de heridas en la cara que la desfiguran para siempre. Pero ella no le abandona y él no deja que lo consuma el remordimiento. Hay que aceptar las cosas como vienen, por duras que sean: es una de las lecciones que se aprenden leyendo las cuatro novelas que Duca Lamberti protagoniza.
Por supuesto, es un policía singular. ¿Cómo podría quedarse, si no, tan arraigado en nuestra memoria? Saca del reformatorio a un chico y se lo lleva a su casa, le compra ropa y lo pasea y lo cuida aunque ha participado en un asesinato -el de la maestra -, y no lo presiona, esperando que le cuente lo que sabe, lo que vio, que le dé detalles para atrapar al secreto instigador que movió los hilos y se sirvió de unos muchachos para un crimen horrible. Es singular porque se vale de su propia ética para investigar -no deja de ser nunca un policía, pero no puede aplicársele la plantilla del funcionario rudo y cabezón que sólo tiene una idea entre ceja y ceja-, porque se juega el puesto para llegar hasta el fondo de los casos, porque sabe que siempre tendrá un pie dentro y otro fuera ocupe el lugar que ocupe, consciente de que todo es provisional.
Duca Lamberti es un personaje de su tiempo, perdurable, porque asume la culpa y sigue, no se hunde en hondas y vanas meditaciones, porque sabe que el sistema es más fuerte que él y se aplica en su trabajo a fondo como respuesta a la dejadez, la indolencia y el conformismo general. Y también porque padece, porque sufre conteniendo sus emociones, porque no rehúye la mirada en el espejo pero jamás se deleita en exceso ante lo bueno ni ante lo malo que pueda causar.
Supongo que, de haber nacido en los Estados Unidos, de haber sido valorado con atención por críticos y devoradores de novela negra que luego se han convertido en escritores, hoy Giorgio Scerbanenco sería considerado un clásico imprescindible. Lo es. Las cuatro novelas protagonizadas por Duca Lamberti pueden ser leídas por cualquiera, exija lo que le exija a una novela, y la mirada y la sensibilidad del autor nunca defraudan, y tampoco la originalidad de sus historias, la profundidad de las mismas y el equilibrio entre lo que se dice y lo que se sugiere, cualidad que define al gran escritor y le otorga el premio de la permanencia y el reconocimiento de los lectores avezados, los lectores exigentes, que se enfrentan a los textos con ojos limpios.

Giorgio Scerbanenco: Muerte en la escuela


Una pandilla de chicos que estudia en una escuela nocturna viola y mata salvajemente a su profesora. Son unos actos inhumanos, cobardes, impropios de muchachos, aunque se trate de jóvenes inadaptados, delincuentes. Sólo con ver la fotografía de la muerta los propios policías sienten náuseas y rabia. Hay cosas a las que uno no puede acostumbrarse, hay crímenes horribles que no pueden dejar indiferente ni al más curtido profesional. Duca Lamberti, médico y policía, se siente impelido a resolver el caso como sea, aun a costa de no ir a su casa, donde le espera su hermana con su sobrina enferma. La pequeña tiene cuarenta grados. Lamberti recurre a su novia y a un pediatra amigo para que ayuden y acompañen a la hermana y a su hija. Mientras interroga a los chicos, la niña empeora, luego se recupera, y él decide seguir adelante, descubrir al culpable, al verdadero culpable, pues los muchachos dicen que no participaron en la violación y el asesinato, cada uno declara individualmente que le obligaron a permanecer en el aula y que tuvo que beber y no se enteró de nada. Estamos en 1968. No había C.S.I. Cuando el jefe le dice que se vaya a su casa a descansar, Lamberti le pide que le deje continuar con el caso, que haga lo posible para que el juez aún no se lleve a los chicos de la comisaría. Y se marcha con la cabeza llena de fotos, de declaraciones falsas, de rabia y de dolor. Y en su casa no le espera nadie. La niña -víctima de una pulmonía fulminante, un caso entre cien mil- ha muerto.
Giorgio Scerbanenco, uno de los grandes de la novela negra, deja solo al lector ante la tragedia durante unos instantes, aunque la novela sigue, pues no hay páginas en blanco, claro, y nos pone en el lugar de Lamberti, empecinado en resolver el caso, imbuido de un deseo de justicia que le ha impedido estar con su sobrina y con su hermana durante las últimas horas de vida de aquélla. El planteamiento moral está servido, tácita y brillantemente, y el lector tiene la última palabra. El lector que seguramente cerrará el libro un instante y meditará, tragará saliva, tendrá una de esas fuertes sensaciones profundas que la literatura de cuando en cuando nos procura y que la hacen tan necesaria e insustituible.

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Ross Macdonald: En busca de una víctima (y 2)

Hay una pasión amorosa muy fuerte y muy sentida, inevitablemente destructiva, dentro de esta novela. Una pasión a la que no puede negarse un hombre que ama a una mujer. Un hombre íntegro, pero casado. Una mujer que es su cuñada, a la que ha intentado no acercarse demasiado, a la que ha intentado no amar. Pero nadie puede resistirse cuando la persona amada da también los primeros pasos. El sueño se cumple y es más fuerte que quien lo soñaba.
Estamos ante una novela negra, por supuesto, pero también ante una novela de amor. Con personajes creíbles, muy bien trazados mediante una caracterización que empieza por sus motivaciones íntimas. Es una obra emparentada con la tragedia griega -algo habitual en Macdonald-, sin más violencia que la precisa y sin más muertes que las que el argumento reclama. No hay embrollo, no hay sorpresas que dejan más tarde un regusto a recurso facilón.
El lector ve y siente las ideas, puede emocionarse, se llevará alguna sorpresa y tendrá que tomar decisiones ante los conflictos morales que presencia. El título ya lo indica claramente: el detective privado Lew Archer no busca sólo culpables esta vez: también busca una víctima. Y Macdonald pone ante él a un culpable que también es víctima: así pensaba este gran escritor, así rehuía los tópicos.
La novela está mejor escrita que nunca, con el estilo lírico del narrador aún más certero, pulido y lleno de imágenes físicas y paisajes morales que tocan cada vez más en lo hondo del lector, dejando de lado el puro acierto verbal y la comparación inteligente pero excesivamente literaria para legar páginas, párrafos y frases que están ligados a los sentimientos, las dudas y los vaivenes que padecen los personajes. El estilo es sincero y poderosamente visual, de absoluto maestro. No sé si ésta es la obra cumbre del ciclo dedicado a Lew Archer, pero sí estoy seguro de que es una novela de una categoría superior, de uno de los grandes escritores del siglo pasado, mucho más importante que otros muchos que nunca escribieron novela negra y que pasarán lentamente al olvido pese a que ahora los tenemos por indiscutibles y creadores de literatura más seria, más académica. Dentro de muchos años Ross Macdonald será tan necesario para saber del siglo XX como Kafka, Musil, Proust, Benet, Cortázar, Mailer. Cada uno en su sitio, pero todos igual de necesarios. Macdonald y otros escritores de este subgénero, como Patricia Highsmith, no caminan con la cabeza gacha. No al menos para quienes valoran de la literatura algo más que las letras. En Macdonald está lo mejor de la tragedia griega, el psicoanálisis, el estudio de los conflictos familiares, la violencia ciudadana, la preocupación ecológica, el misterio de la libertad, de la vida y de la muerte. Es mucho, creedme, es mucho.

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Ross Macdonald: En busca de una víctima


Hay veces en que uno lee a Ross Macdonald y tiene la sensación de estar ante una obra de Tennessee Williams, tan bien perfilados están los personajes, tan latentes están los dramas familiares sólo medio ocultos, tan vivos parecen los caracteres y los personajes. Macdonald dominaba las historias familiares y los encuentros y desencuentros de sus integrantes como pocos y, partiendo del mito, de la tragedia griega, los llevaba al territorio de la novela negra, con un detective que actúa de detonante para que las bombas estallen: la muerte, los odios profundos e inconfesos, las envidias, los deseos y los disimulos que esconden lo más grave y más enterrado en el pasado. Lew Archer, ese detective, aparece y actúa y ve cómo se rompen en pedazos esas familias, cómo los secretos salen a la luz para herir o matar y toma nota y nos cuenta las historias porque sabe que asiste al desmoronamiento de un mundo que se finge perfecto, evolucionado, controlado y capaz pero en verdad está corroído por las pasiones humanas más comunes, que jamás faltan a la cita, jamás se desvanecen ni se desvanecerán por mucho que el ser humano logre avances científicos. Ross Macdonald escribe para llegar al fondo de las tragedias, de las confusiones, de los recuerdos reprimidos y de los dolores que nunca desaparecen del todo. Y Lew Archer, con su mirada lírica, creativa y profundamente humana, hace la crónica de un tiempo y un lugar con la justa emoción y la exacta verdad exigibles. Sigo pensando que las novelas de Ross Macdonald forman parte de la mejor literatura del siglo XX.

Miguel Ángel Muñoz: El síndrome Chéjov


Pasa el tiempo, huye, se hace enemigo. Por eso traigo aquí de nuevo dos textos dedicados a un libro fundamental de nuestras letras recientes, del que he leído menciones hasta en una revista de cine que colecciono desde hace veinte años (Dirigido Por). Esperemos que pronto su autor nos premie con una nueva entrega -se está demorando ya un poco, pero es una prueba más de que el relato es un género difícil, exigente- y pronto volvamos a hablar de él en presente. Mientras, recordemos y releamos (o descubrid, según el caso: los libros no mueren porque haga dos años que se publicaron, amigos). El título de las entradas era: Género sin género, 1 y 2.

En el libro de este escritor, de reciente publicación, titulado "El síndrome Chéjov", hay un relato que da pie a este comentario sobre los géneros. "Si la hubieras conocido" sólo tiene cuatro páginas, una voz de un juez que narra y una muerta. Podemos imaginarnos que a la muerta la mataron. Que el juez sabe más de lo que demuestra saber. Y hay una casa por la que el juez camina, husmea, descubre y acaso reconoce. Yo prefiero - cada vez más - a los que saben sugerir que a los que lo muestran todo: vale que haya una Scarpetta, cientos ya cansan; vale que haya un asesino caníbal, cientos cansan. La novela policíaca es repetitiva, y por eso mismo a veces cansa. Las mayores alegrías últimamente me las dan autores que visitan espontánea y fugazmente el género. Como la literatura en general, el género necesita al que escribe porque tiene que decir algo, porque algo le escuece - mientras duerme o en la vigilia - y sólo puede traducirlo en palabras: quien lo traduce en golpes, silencios o disparos ya ha elegido otras vías poco complementarias. El relato que me ocupa podría ser de género. Pero aquí hay además un buen escritor, hay párrafos largos y bien medidos y hay sugerencia, amigos, muchas cosas se sugieren en apenas seis párrafos. Brillante contención: detesto los best sellers porque suelen ser huecos, hinchados falsamente, estereotipados, como pagados a tanto la palabra. Reivindico a autores como Miguel Ángel Muñoz: su primer libro y ya da una lección. En este mundo literario en que hay mucho sobrante, llega este hombre y marca un tanto en un terreno que en principio no es el suyo. Abramos los ojos: si en Francia o en Alemania la novela negra está mejor considerada que aquí debe de ser porque son mejores sus escritores que los nuestros. No todo puede ser sota, caballo y rey.

El ejemplo de Muñoz Molina es válido: ha entrado en el terreno de la novela negra para hacerlo suyo, lo ha conquistado y lo ha transitado para contarnos historias que necesitaban un determinado tono, un determinado estilo. Pero sin olvidar la creación de personajes, la buena prosa, los ambientes, las atmósferas, el lenguaje creativo. Si bajamos mucho el listón no estaremos haciendo mala novela negra, sino mala novela, nada menos. Miguel Ángel Muñoz ha imaginado una historia, ha elegido un contexto y una voz narradora que acerque esa historia al lector. Y no ha rebajado la intención creadora para ponerla al alcance del lector de género - cuánto se nota eso en la ciencia-ficción, género que también conozco -, no se ha rebajado. Creen algunos que porque hay ya autores de best sellers en español la literatura tiene más sentido o está salvada: más ventas, más posibilidad de que aparezcan nuevos escritores por los que apostar. Nada más falso: ya hubo un boom de la novela negra en los ochenta y no pasó de ahí. ¿Por qué, amigos? Se publicó mucho, se leyó, pero ¿qué obras maestras nos dieron esos años? ¿Qué obras maestras nos ha dado la novela negra española? ¿Qué autor de gran categoría nos ha dado el género en España? Veamos. Vázquez Montalbán, Juan Madrid, Andreu Martín, Eugenio Fuentes, Lorenzo Silva podrían ser los candidatos. Pero ¿hay una novela que pueda ponerse a la altura de la que suele señalarse como la mejor, "Los mares del sur"? ¿De cuándo es ésta? 1979. Ya ha llovido. Hay que ampliar metas, ser más exigentes, amar el género pero no considerar que vale cualquier cosa. Hoy Miguel Ángel Muñoz, que seguramente nunca escribirá una novela negra, me ha alegrado el día.