Hay escenas de violencia en las novelas de Andreu Martín, pero son escenas necesarias, es una violencia real y casi diría que palpable: la que sacude nuestra mirada en la portada del periódico, la que recitan impávidos los locutores de los noticiarios, la que comentan los tertulianos después del primer café de la mañana. Pero Andreu Martín se ha documentado, ha llevado su nariz al lugar donde quedan restos de lo ocurrido, se plantea qué hay detrás y a quién beneficia - por algo es un autor con el corazón a la izquierda -, quién engaña mostrando sólo lo evidente y quién mueve en verdad los hilos. La violencia - los disparos, los muertos, los heridos - no está servida como un plato truculento y rebosante de sangre, sino como un plato necesario que se mira, se rechaza porque da asco pero no se puede negar que existe y sí les apetece a otras bocas. Nuestra sociedad está fundada, basada en una violencia latente, sorda, reprimida, a veces institucionalizada, y creo innegable que además es una violencia en aumento, que refleja los rencores, las frustraciones, los desarreglos amorosos, los desencuentros, pero también la insatisfacción, la desrrealidad creciente, la agonía de ciertas maneras de control y sometimiento a través de la manipulación y el miedo: a perder el trabajo, el estatus, la integración en lo que llamamos sociedad. La obra de Andreu Martín, tan necesaria, nos habla de todo eso, ayuda a ver y descubrir y destapar lo que se oculta en las cloacas del poder y en las alacenas de los poderosos.
James Bond
Vuelve ese agente con licencia para matar, un hombre al que le encomiendan casos que resuelve a su manera, ya que sólo le piden resultados, como ocurre en los actuales partidos de fútbol, ejemplo claro de lo que el capitalismo puro y duro hace con las sociedades que crea, en que no importa el pueblo, sino tan sólo los números. Siempre he detestado al personaje, siempre he detestado lo que representa y las películas que le tienen como protagonista me parecen un rancio ejemplo de machismo y salvajismo con coartada política y cultural, como mi admirado Vázquez Montalbán diría. El maniqueísmo de las tramas es tan claro - casi infantil - y los perpetradores actúan con tantos deseos de atontar al espectador, de dar gato por liebre, que me indigna y me produce una grave repulsa cada nueva película de este personaje literario y cinematográfico. Viene a nuestro país ahora una nueva película del agente que mata y come sin perder la sonrisa y creo oportuno recuperar las palabras que Luis Izquierdo le dedicaba en la introducción a la novela "La maldición de los Dain", de Dashiell Hammett (Biblioteca Básica Salvat, 1982), autor éste en las antípodas ideológicas de la creación de Ian Fleming: "Es bien sabido que, en el caso de James Bond, el individuo es sólo un vehículo de la organización que lo dirige y máscara que se pretende atractiva de la voracidad occidental encarnada en sus espías. Instrumento eficiente, su individualidad jamás podrá interferir la trayectoria ciega de su victoria, que, por cierto, jamás será personal. James Bond es un número en movimiento, jamás un ciudadano ni, mucho menos, un rebelde que consuma sus ansias de aventura apoyándose en la famosa ´licencia para matar´. Bajo su aparente desgarro, actúa la monstruosa agresividad del orden establecido. "
Andreu Martín: "Amores que matan. ¿Y qué?" ( 3 )
Para Andreu Martín la realidad no es transparente, sino opaca. Cada personaje tiene dos caras, oculta algo, sustrae información, se enfrenta al que aparentemente es amigo con una sorpresa en la manga, fingiendo, callando. Se utilizan los personajes buscando su exclusivo beneficio. Alguno puede condescender, soltar algo gratuito y sincero, pero sólo es la excepción. Hay rivalidad entre el comisario y el detective, entre el cliente y el detective, hay desconfianza, unos juegan con otros, como el gato con el ratón. No me parece nada exagerado: Martín cuenta la vida real sin censuras, sin falsos adornos, sin medias verdades. No hay nada oculto en esta novela, al contrario, hay un desvelamiento de actos y deseos, de movimientos ocultos, de ideas reprimidas. A veces pienso que dentro de cien años se leerá a autores como Andreu Martín para saber cómo era nuestro actual presente. Quedarán en el olvido libros de alta prosa y de intención puramente literaria, como siempre ha ocurrido, porque la novela es un ejercicio ideal para la memoria, la preservación de huellas y designios que de otra manera no llegarían íntegros, sino contaminados por la mirada de los historiadores del futuro.
Andreu Martín: " Amores que matan. ¿Y qué ? ( 2 )
Pero un buen inicio requiere una posterior buena continuación. La niña violada ha crecido y Andreu Martín tiene que dibujarla, presentárnosla creíble con un trauma como el que sufre marcándola en su vida diaria. Y narra que conoció a un médico en prácticas un día que acudió a urgencias con las marcas de unos golpes que le había propinado su padre. El joven médico vuelve a verla y la anima a irse de casa, la invita a vivir a su lado. Ella acepta. Y el chico la ve así: " una chica de personalidad conflictiva y frágil, tan conflictiva y frágil que sólo sabía defenderla con súbitas reacciones animales". "Era solitaria y rebelde, callada y hosca, analítica, exigente y brusca. No tenía ningún interés por hacerse querer. Y esta postura que adoptaba era como una cárcel para ella. Porque, en el fondo, se moría de ganas de salir de su encierro, de liberarse, de amar. De vez en cuando, su mirada se dulcificaba y buscaba en derredor un apoyo, una mano amiga. Era demasiado joven para haber sufrido tanto. " Y es que Andreu Martín sabe hablarnos como pocos de lo que anda suelto en el fondo de nuestra mente.
Recomendación: Pequeños asesinatos, en Mar de letras.
El arma perdida, de Chuan Lu ( The Missing Gun)
Una película china en la que hay un asesinato, un homicidio y un robo. Sin el gran presupuesto de que disponen las películas estadounidenses pero utilizando los recursos de manera creativa y muy válida, el director narra una historia interesante, sin héroes (el único, supuesto héroe muere y, una vez muerto, le vemos salir del cuerpo y reírse de su estupidez como humano, de su obsesión por recuperar el arma perdida, en una escena onírica y llena de sentido), en un pueblo chino donde todos se conocen y no hay motivos para pensar que entre los habitantes se oculta un asesino. La razón de que le roben la pistola al policía - una gran meditación sobre de quién es un arma, para qué sirve, quién puede hacer uso de ella - y la explicación de los actos de violencia es social y nos devuelve curiosamente a la época de la ley seca imperante en los Estados Unidos allá por los veinte del pasado siglo, como si se tratara además de un guiño, ya que la película también es un pequeño homenaje a los clásicos de la serie negra, pensado de una forma libre y con mucho sentido del humor. Una película china, amigos, que también existen y pueden verse por aquí.
Excepción cine 3: "Remake", de Roger Gual
Juntar a unos antiguos hippies, muchos años después, en la casa de uno que ha seguido siéndolo y dejarlos a su libre albedrío, para que hablen y se definan. La idea, de partida, ofrece muchas posiblidades. Por las que se opta en esta buena película acaban por llevarnos a pensar que no hay remedio, que los seres humanos no nos entendemos, que a ratos parece que nos oímos y nos aceptamos y hasta puede parecer que estamos unidos, pero en definitiva somos islas. Estamos cargados de rencor y de falsos recuerdos, adaptados a nuestros intereses. Somos crueles, egoístas, y si nos juntamos y demostramos de verdad lo que somos y lo que llevamos dentro acabamos por crear una situación de pesadilla. Y es que en "Remake" hay momentos, como en alguna película del Dogma, en que parece que se inventa un nuevo género: el realismo terrorífico. No hay sangre, no hay peleas, pero los sustos nos encogen el ánimo, el alma. Los sustos porque vemos que nadie está preparado para hablarle al otro sin menospreciarlo, porque vemos que cuando se crean diferencias entre dos o más personas nada puede remediarlo y revertir verdaderamente la situación, porque los actos imprevisibles suelen ser de desvergüenza sexual incompetente y de violencia inútil, arbitraria y que en realidad oculta las frustraciones, los padecimientos, los miedos y las impotencias. Los sustos porque vemos que el ser humano puede ser terrible, destructivo, autodestructivo, y aun así estar lleno de ingenuidad, como el personaje que recuerda haber comido mierda de perro cuando tenía cinco años porque su hermano y otro niño le habían dicho que tenía el mismo color que el chocolate y sabía igual, y ahora, de adulto, al contárselo a la novia de uno de esos dos que le mintieron y le indujeron a comer mierda, le dice que no lo haga, que no coma mierda, ya que es desagradable tener un trozo de mierda en la boca: una experiencia que parece incompleta mientras no se le transmite a otro que acaso la acoja con igual ingenuidad. "Remake " es una película adulta y para mentes adultas. Las interpretaciones son excelentes: Juan Diego borda su papel, y todo el reparto. Buscadla.
Andreu Martín: "Amores que matan. ¿Y qué ? "
Andreu Martín es, junto a Juan Madrid, el más conocido, respetado y celebrado autor de novela negra español. Esta novela, del año 1984 (Editorial Alfa), empieza con una escena en que una niña de trece años es violada por su padre, rico empresario (" la garra que desgarra"). El mismo que, pasados los años, le paga dinero a su hija para que no desvele tal acto. Pero la chica desaparece y el empresario contrata a un detective privado para que la encuentre. No es un inicio convencional, se han puesto algunas cartas bocarriba y no se juega con el ilusionismo de la intriga y la promesa de ir topándose con constantes sorpresas, giros que enganchen al lector por el procedimiento de hurtarle datos. No: Andreu Martín nos enfrenta desde las primeras líneas a un hecho cruel, un personaje abyecto que se las da de no serlo y que le dice al detective que desea que encuentre a su hija porque "la quiero más que a nada en el mundo", no más que a nadie, sino más que a nada, porque para él su hija es algo, no alguien, un objeto, una cosa, importante, muy importante, pero una cosa al fin y al cabo. Novela negra, sí, pero dotada de unas finas trazas psicológicas. Fijaos qué detalle en la descripción del detective: "boca cuya elocuencia se veía acrecentada por profundas arrugas cultivadas con sonrisas durante más de cincuenta años". ¿No véis perfectamente a esos tipos en la pantalla blanca de vuestra imaginación?
Ángel Zapata entrevistado
Pues este escritor no es uno de la nómina de autores negros, pero sin duda se merece estar en este rincón porque sus meditaciones valen para la mitad de las intenciones de lo que este espacio pretende: la meditación, la crítica al poder, el análisis certero de la realidad actual. Sólo con la respuesta a la primera pregunta que le formula Miguel Ángel Muñoz me gana como futuro- más bien inmediato - lector. Para saberlo todo, entrad en El Síndrome Chéjov.
James C. Mitchell: "Lovers Crossing" (y 4). Crítica.
Hay novelas en las que la influencia de la televisión se deja sentir de manera casi palpable. La Factoría de ideas creo que está apostando por las novelas negras más aceptables en los gustos del público y más cercanas a las inquietudes televisivas. “Lovers Crossing” es una buena muestra de lo que afirmo. No se trata de una mala novela, pero no es sin duda una gran novela. Es un entretenimiento. Está bien escrita, mejor documentada, el pulso narrativo es correcto y el enfoque de los temas incluso diferente, personal, pero se percibe una dejadez que atañe a la ambición, al deseo de afrontar los materiales con vigor y con la enjundia en el horizonte.
Brinker es un detective privado que trabajó en la frontera y conoce a la perfección los anhelos de los mexicanos que quieren cruzarla y poner sus pies en el falso paraíso de los Estados Unidos, sabe que las balas vuelan sueltas a veces y que ni siquiera puede uno fiarse siempre de los agentes que patrullan contigo: una vez estuvo a punto de morir y aún no se ha aclarado si el disparo provenía de una pistola fronteriza o de la pistola de un agente, Sánchez, que le acompañaba y tenía gran habilidad para escabullirse en las sombras. Ahora, Brinker se encarga de un caso de asesinato, pero en todo momento el lector sabe que el epílogo le llevará al prólogo de la novela, que lo improbable no será imposible: una muerta rica en una ciudad devolverá a Brinker a la frontera. He aquí el problema: sabemos lo que pasará, imaginamos el final y no acabamos de creernos nada, pese a que la voz narrativa en primera persona de Brinker está bien construida y nos resulta simpática.
Creo que es un error atarlo todo, ofrecerle al lector siete cosas y luego moverse en torno a ellas, hilvanarlas y deshilvanarlas, como si se tratara de una pieza musical y la redujéramos a unas variaciones. En un guión cinematográfico sería aceptable, porque se cuenta con poco espacio temporal y cada detalle ha de responder a una lógica. Pero una película está más cerca de ser como un cuento que de parecerse a una novela. Si un autor escribe doscientas páginas no debe de quedarle la sensación al lector de que ha salido airoso de la prueba, de que los personajes y la trama están bien mostrados, porque sólo eso nos deja papel muerto en las manos. Que las explicaciones vengan de la boca del asesino justo cuando va a matar al detective es ya un tópico insoportable. Que no lo mate cuando lo tiene todo a favor, simplemente una treta. Valoro en su justa medida que James C. Mitchell se enfrente a temas interesantes y no nos dé una visión manida y absolutamente correcta. Que una hija del mejor amigo de Brinker sea adoptada – ilegal o irregularmente -, que la mujer a la que quiere le deje, que no se ofrezca sólo la cara conocida y se profundice un poco no es suficiente y no me convence y no me aparta del convencimiento de que para que una novela nos sacuda, nos emocione, el autor no necesita sólo sinceridad ni talento, sino deseos de dar un paso más, de pisar las fronteras de sus ideas y sus razonamientos, de sus convicciones y sus miedos.
Brinker es un detective privado que trabajó en la frontera y conoce a la perfección los anhelos de los mexicanos que quieren cruzarla y poner sus pies en el falso paraíso de los Estados Unidos, sabe que las balas vuelan sueltas a veces y que ni siquiera puede uno fiarse siempre de los agentes que patrullan contigo: una vez estuvo a punto de morir y aún no se ha aclarado si el disparo provenía de una pistola fronteriza o de la pistola de un agente, Sánchez, que le acompañaba y tenía gran habilidad para escabullirse en las sombras. Ahora, Brinker se encarga de un caso de asesinato, pero en todo momento el lector sabe que el epílogo le llevará al prólogo de la novela, que lo improbable no será imposible: una muerta rica en una ciudad devolverá a Brinker a la frontera. He aquí el problema: sabemos lo que pasará, imaginamos el final y no acabamos de creernos nada, pese a que la voz narrativa en primera persona de Brinker está bien construida y nos resulta simpática.
Creo que es un error atarlo todo, ofrecerle al lector siete cosas y luego moverse en torno a ellas, hilvanarlas y deshilvanarlas, como si se tratara de una pieza musical y la redujéramos a unas variaciones. En un guión cinematográfico sería aceptable, porque se cuenta con poco espacio temporal y cada detalle ha de responder a una lógica. Pero una película está más cerca de ser como un cuento que de parecerse a una novela. Si un autor escribe doscientas páginas no debe de quedarle la sensación al lector de que ha salido airoso de la prueba, de que los personajes y la trama están bien mostrados, porque sólo eso nos deja papel muerto en las manos. Que las explicaciones vengan de la boca del asesino justo cuando va a matar al detective es ya un tópico insoportable. Que no lo mate cuando lo tiene todo a favor, simplemente una treta. Valoro en su justa medida que James C. Mitchell se enfrente a temas interesantes y no nos dé una visión manida y absolutamente correcta. Que una hija del mejor amigo de Brinker sea adoptada – ilegal o irregularmente -, que la mujer a la que quiere le deje, que no se ofrezca sólo la cara conocida y se profundice un poco no es suficiente y no me convence y no me aparta del convencimiento de que para que una novela nos sacuda, nos emocione, el autor no necesita sólo sinceridad ni talento, sino deseos de dar un paso más, de pisar las fronteras de sus ideas y sus razonamientos, de sus convicciones y sus miedos.
Meditación: Mañana, primera huelga de 24 horas en la Atención Primaria. Reclaman más tiempo, entre otras cosas, para atender a los pacientes: http://www.elmedicointeractivo.com/noticias_ext.php?idreg=13050)
Un relato con calidad y acertadísima concisión: "Una discusión", de Miguel Sanfeliu
James C. Mitchell: "Lovers Crossing" (3). Tus compañeros.
Estas páginas me parecen las más importantes de la novela. Una meditación sobre el corporativismo, la maldad, la indefensión. Recuerda Brinker sus años de patrullero en la frontera y su novia le pregunta: " Si se producían tantos abusos, ¿como es que nunca los denunciaste? ¿Por qué no deshacerse de las manzanas podridas?" Él le habla de viejos soldados, los que se reúnen cuarenta o cincuenta años después de que acabe una guerra. "Lloran por los camaradas caídos... Puede sonar a tontería, Dolores, pero en la patrulla fronteriza teníamos ese mismo tipo de camaradería. Los polis también. Por muy mal que se pongan las cosas, haces piña. Incluso cuando sabes que tus amigos, tus camaradas, están haciendo algo malo, haces piña. Es la única manera de sobrevivir bajo el fuego... Así es como nos sentíamos todos en la patrulla. Bajo el fuego. Algunos caían heridos, otros muertos. No era sólo yo. Las únicas veces que salíamos en las noticias era cuando un agente se metía en problemas. Cuando lo acusaban de abusar de una inmigrante ilegal, de aceptar sobornos o de traficar con drogas. Algunos de los cargos solían ser ciertos, pero otros eran pura mentira. Pero nunca se oía hablar del descargo. Así que pensábamos que éramos los únicos que estábamos de nuestro propio lado." Esta meditación moral es lo mejor de la novela.
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