Mario Lacruz: El inocente ( y 4). Crítica


Después de haber leído muchas novelas negras, de haberles dedicado mucho tiempo, me resulta muy grato hablar de "El inocente". Es, seguramente, la mejor novela negra escrita por un autor español.
Es la más literaria -cuántas veces nos topamos con novelas negras que son sólo hueso-, la mejor pensada y la que más hace uso de cuanto la tradición de la novela ha puesto al alcance de un escritor, la que más imágenes inolvidables sirve y la más afortunada de cuantas, con un hondo calado psicológico, he tenido entre las manos. Una novela que es un caso único - no continuó con esta línea Lacruz-, que el autor concluyó cuando apenas había cumplido veinte años. El fruto primero pero inmortal de un escritor inolvidable.
Mario Lacruz tuvo que vadear las aguas de la censura inventándose nombres algo raros, no sitúa claramente la novela en España, pero mucho más tarde aclaró que la trama se desarrolla en Barcelona. Delise, el protagonista, tiene que ver con el personaje al que ajustician en "El extranjero", de Camus, y también tiene mucha relación con algunos personajes de Graham Greene. La culpa le persigue, una culpa debida a la insatisfacción vital, al vacío que la pérdida de los seres queridos clava en su mente y sus actos, al dolor de no tener a quien amó y nunca pudo corresponderle. Delise es tan creíble como Madame Bovary, como Raskólnikov, porque en él hay verdades punzantes que Lacruz sintió dentro de sí y transmitió con acierto pleno.
"El inocente" es una novela negra y también una novela existencial, hija de su tiempo -el cine, su técnica, admirablemente adaptada a la novela, también están presentes en algunas páginas espléndidas-, que no elude temas como el compromiso político, el oficio de policía en una época oscura, la justicia, la injusticia, el amor, el desamor, la muerte, la familia. Aborda esos temas siempre desde el más profundo espíritu creativo -una de las grandes lecciones de este magistral libro-, siempre encarnados en los personajes y sus actos, no mediante fáciles y socorridos discursos.
Cada personaje tiene vida propia. Vemos el interior de cada uno -en pinceladas firmes, reveladoras, nunca extensas sino perfectamente calibradas y en las dosis justa, pues la novela jamás deja de ser una novela negra-, sabemos qué piensan y qué les motiva gracias a breves acotaciones que Lacruz deja caer junto a sus movimientos. Es como si estuviéramos delante de un tablero de ajedrez y, a la vez que contemplamos los avances y retrocesos de las fichas, pudiésemos oírlas explicando por qué hacen esto y no lo otro. Creo que pocos autores del género han asumido tan bien la herencia dostoievskiana, pocos han incorporado e integrado tan bien los elementos y los logros psicológicos de la literatura del siglo XX, desde Joyce a Woolf pasando por Faulkner.
Pero la capacidad, la cultura que se hace libro y no emociona no sirve para nada en el reino de la ficción. Y eso no lo desconocía el joven Lacruz. En los últimos momentos de vida de un personaje que muere solo, en la huida del acusado de un crimen que seguramente no ha cometido, en el momento de dispararle a un fugitivo hallamos auténtica emoción, una creatividad apabullante e inconformista que no recurre a los tópicos ni a las imágenes archisabidas. Lacruz, con un talento excepcional, consigue que se vea lo exterior y lo interior en una ajustadísima correspondencia que hace grande el arte de la novela, y además necesario, porque nos muestra uno de los motivos por los que siempre será indipensable la ficción para el que quiera saber no sólo cómo viste una persona sino qué late en su corazón y en su cerebro.
Por último -y os aseguro que contengo las ganas de seguir escribiendo y contando más cosas que me gustan de esta grandísima novela- quiero dedicarle unas líneas a la prosa de Mario Lacruz. Ya sobre ella han hablado otros -Muñoz Molina, en el prólogo al libro de relatos " Un verano memorable y otras historias", único en esta faceta de Lacruz-, y me gustaría añadir que se siente la música que fluye por debajo de cada frase, el ritmo personalísimo y determinantemente conciso, de piano que susurra en una habitación vacía o de orquesta que jamás enmascara con el ruido ni la melodía furibunda el vacío de fondo, que no existe, pues todas las páginas que integran esta obra maestra son un prodigio de contención, sutileza, alborozo meditado y tan compartible que no puede uno resistir las ganas de pregonar a los cuatro vientos que ha encontrado otro libro que le acompañará siempre.



Texto recomendado: El método Maigret, en el blog de Francisco Machuca

Texto recomendado: El horizonte, en el blog Viendo la Aurora, de Cayetano Ortiz

Mario Lacruz: El inocente (3). Morir es ver cosas y luego una sola cosa


Nunca desaparecerán los relatos, nunca desaparecerán los escritores, nunca desaparecerán las novelas porque los mejores relatos, los mejores escritores, las mejores novelas hablan de los misterios de la existencia humana: la vida, la muerte. Y proponen nuevas miradas, nuevas imágenes, nuevos hallazgos que, como la lente de un teleobjetivo, aciertan a acercarnos un poco más a esos misterios y, por un instante, nos explican y nos revelan detalles que nos ayudan a saber más y a afrontar más despiertos el tránsito llamado vida. Al grupo de escritores que han dado un paso más, que nos han dejado un destello, una imagen, unas palabras imborrables e impagables sumad uno más: este Mario Lacruz de "El inocente" que, en doce páginas afortunadísimas, hondas y palpitantes, narra la muerte de un personaje que no se lo espera, que tiene primero ganas de seguir viendo y creyendo en las cosas y después va sintiendo que llega su hora, que se hace definitivamente viejo y empieza a alojar la muerte en su cuerpo vencido hasta que la acepta, eternamente en un segundo la acepta y se convierte en muerte, en un muerto que veía muchas cosas y comprende al morir que las cosas se reducen de golpe a una sola cosa.
Son páginas sin terror, sin ningún deseo de atribulación ni vana efervescencia. Son páginas de honda recreación, de profundas verdades que no pueden dejarle a uno indiferente. Son páginas que están escritas con un estilo claro, conciso, recorrido por imágenes que conmueven y promueven a la vez, que nos hacen identificarnos sin esfuerzo con el que va a morir y meditar después, al cerrar el libro, como nos ocurre con los mejores y más grandes escritores. Porque se trata de algunas de las mejores páginas que nos ha dado la literatura española. Y que pertenezcan a una novela que además puede considerarse del género negro lleva a auparla al lugar más alto del pequeño olimpo libresco de este blog. Imprescindible para el lector y para el viviente.

Graham Greene: Campo de batalla (2). Comunista, pero menos

Es apabullante el talento de Graham Greene. Era un novelista completo, dotado para la acción y la descripción, la profundización incisiva y demoledora del alma de sus personajes. Siempre ha sido uno de mis escritores preferidos. "El americano impasible" es una de las mejores novelas que he tenido oportunidad de leer. Este párrafo que sigue está escrito en la década de los treinta del pasado siglo y Jules es un hombre con una café y padre francés fracasado que ya no está junto a él y su madre, que tiene como clientas en su establecimiento a algunas prostitutas francesas. Acude a una reunión de comunistas y el primero al que ve es al policía que está en la esquina de la calle.

Jules pensó en el silencio de los policías y en la palabrería que le esperaba. Pronunciarían discursos hasta muy tarde, reconstruyendo teóricamente a Inglaterra, aboliendo imaginariamente la pobreza. Cuando volvió la esquina y su mirada se cruzó con la mirada de burla del policía se sintió malhumorado e insatisfecho. Deseaba algo que pudiera defender con pasión, pero el comunismo era mera palabrería, nunca acción, y el patriotismo le desconcertaba; no era inglés y Francia tampoco significaba nada para él: sólo estatuas y Napoleón III, putas y cigarrillos robados. Deseaba que alguien le dijera: "Haz esto. Haz aquello. Ve ahí. Ve allá". Quería que le salvaran del mostrador y del depósito de té, de los Weights y de la cruel frivolidad del café.

Mario Lacruz: El inocente (2). Realismo y psicologismo


La novela no defrauda, sino todo lo contrario, cuando seguimos leyendo.
Lacruz crea personajes completos, nos hace llegar sus pensamientos -pero siempre en relación a la trama, al momento en que se hallan, o sea, sin divagaciones y sin engordar vanamente la novela- en breves líneas o párrafos que los hacen más creíbles y engrandecen el libro, que nunca deja de ser una novela negra pero tampoco deja de ser una gran novela a secas. Percibo el influjo del mejor Graham Greene -también está Julien Green, un autor al que es necesario recuperar, leer- en ciertos pasajes y en el ambiente general, donde la culpa, el egoísmo puro, el deseo de prevalecer y de imponerse definen a algunos personajes. Pero todo está tamizado por la voz tan personal de Lacruz, por su prosa medida, deslumbrante con sus imágenes y su captación de estados de ánimo mediante lo exterior: no exagero al afirmar que estamos ante uno de los mejores prosistas de su generación, de la literatura española, pues -como Muñoz Molina también defiende- en lo que no se dice, en la naturalidad con que todo se narra y fluye late la creación de un maestro, de un autor sabio y humilde que habla y deja hablar a sus personajes, que los define y los deja definirse, que no miente y que no malgasta el talento.
La literatura es así: Mario Lacruz no es un escritor al que conozca el gran público, sobre el que se escriban arduas o gozosas tesis, y sin embargo esta novela es absolutamente esencial. Pienso en amigos, como Miguel Sanfeliú, que si no lo conocen se llevarán una gratísima sorpresa cuando lo lean y constaten que lo que digo es cierto. La novela negra española no tiene apenas obras maestras que ofrecer. Ésta es una de las primeras y no tengo temor al decir que es también una de las mejores del siglo XX. Y está escrita con veinte años, producto de una mente destacadísima. Sus reediciones, su valoración crítica en alza y la defensa que hacen de ella escritores y lectores la llevarán al alto lugar que se merece.

Recomendado: Un poema, una voz y unas imágenes, en el blog de Paula.

Mario Lacruz: El inocente


Pocos primeros capítulos me han parecido tan buenos.
Un detenido va en un coche con dos policías. Mario Lacruz utiliza una técnica diáfana y manejada con soltura para llevarnos adelante y atrás y contarnos lo que piensa el detenido -un hombre rico, poderoso- en el coche y lo que pensó cuando lo detuvieron. Con gran precisión le vemos dentro del coche y en el hotel al que fueron los policías a detenerle, vemos su intento de morir abriendo una puerta y arrojándose fuera del vehículo. Como en un cuadro impresionista, fluyen las ideas, los recuerdos por la cabeza del hombre, sentimos su angustia y su desazón, su miedo a morir, su miedo a perder su buen nombre. Lacruz hilvana y deshilvana, como en una composición musical maneja motivos que van y vienen -igual que en el inicio de muchas composiciones, sobre todo cinematográficas, que exponen de partida todos los temas que luego se desarrollarán en profundidad a lo largo de la obra-, que rozan o que se clavan un instante, que dejan estela, que apenas crean el eco apuntan su desaparición y luego regresan, con más fuerza, como una imagen que sale de la cubeta del fotógrafo y deja de ser algo latente para convertirse en absolutamente cierto.
Pocos primeros capítulos de una novela negra podréis leer que sean tan especiales como éste, amigos. Está escrito por alguien que entra en el género con todas las armas del gran autor, con todo lo que la historia de la literatura ofrece, sin desdeñar el monólogo interior, el movimiento pendular del narrador que recoge los pensamientos de varios personajes, la descripción puramente visual y la psicológica. Un prodigio, ya os digo. Y con una prosa limpia, ajustada, muy expresiva, muy bien llevada con aclaraciones y matizaciones entre guiones que no alteran el ritmo de la frase ni su contenido. Un capítulo, en todos los sentidos, verdaderamente ejemplar y fruto de una mano maestra.

Georges Simenon: Maigret y el vagabundo



Quien no ha leído a Simenon, quien no conoce a Maigret no ha podido disfrutar de parte de la más destacada novela negra europea, quizá no sabe que este personaje es fundamental en el género, que sus historias crean adeptos confesos que no dudan en calificar al autor de maestro, de grande de la narrativa moderna. Simenon escribió mucho, pero creo que esta novela puede ser una de las mejores opciones para entrar en su mundo, pues es una buena muestra de su talento y originalidad.
Maigret es un comisario que fuma en pipa, que pasea con las manos enlazadas a la espalda, que interroga largamente a los detenidos, que se vale de una gran penetración psicológica para entrar en el mundo de las víctimas y de los culpables, que está casado y que ama París, ama a sus habitantes y lucha contra el delito sabiendo que no siempre puede dominarlo, vencerlo.
En "Maigret y el extraño vagabundo" -desacertado título de la edición española que yo tengo y que existe también en otra versión sin el adjetivo, demasiado clarificador, creo que publicado en Argentina y que traduce con exactitud el original- encontramos a un vagabundo al que golpean y tiran al Sena pero no muere. Maigret no tarda en saber quién es el culpable, se aplica en conseguir una confesión y fracasa. El vagabundo recobra el conocimiento, el habla, pero no quiere señalar al culpable, porque no cree en la justicia, porque no quiere juzgar. Es un vagabundo que ha dejado atrás una familia, una profesión -era médico-, y que no traiciona sus ideas ni siquiera cuando intentan matarle. Maigret, tras hablar con su mujer y su hija, se entera de los motivos que le llevaron a dejarlo todo y decide no juzgarle, no presionarle, no insistir, aunque eso conlleve que un criminal quede en libertad. La figura del vagabundo llena esta pequeña novela, se alza vívida e imborrable, hasta diría que de alguna manera contagia, pues con sus actos este vagabundo cuestiona ciertas cosas y reduce la importancia de muchas superficiales a la nada. Simenon es un autor de novela policíaca, ante todo, un escritor moral también y, si no estuviera feo apuntarlo, podríamos decir que en libros como éste es también un escritor político. Son poco más de cien páginas de prosa ajustada y realista, atenta al detalle costumbrista y económica en todo momento, centrada siempre en los matices precisos para hacer redonda la narración y la situación de cada pieza, como en un mecanismo perfecto, que agarra de la mano al lector y difícilmente lo suelta antes de que acabe la lectura.
Creo que se trata de una pequeña obra maestra y de un autor al que celebrar siempre, que además apostó por un tipo de novela breve, con muchos diálogos y momentos narrativos intensos y muy bien escritos y muy plásticos, que es muy válida hoy en día, cuando las prisas y los largos horarios laborales impiden concentrarse en obras más largas. Simenon ahorra palabras pero nunca verdad, intensidad ni análisis. Y personajes como el vagabundo cobran en sus manos nueva vida, son vistos con una profundidad admirable, la del escritor de raza y observador infatigable. Tiene uno la sensación de que la novela nunca morirá mientras existan escritores como éste, mientras se les lea o relea. Y nunca es tarde para empezar si aún no se ha entrado en el Mundo Maigret.

Dennis Lehane: Desapareció una noche (y 4). Crítica


Empezar la lectura de una novela después de haber visto la película que han realizado partiendo de su historia y sus personajes no es nada recomendable. Las continuas comparaciones pueden distraer en exceso, ahogar la lectura. Pero "Adiós, pequeña, adiós" es una de esa obras maestras del reciente cine que a uno no le dejan indiferente, que suscitan temas de conversación y meditaciones que suelen ser encontrados y apasionantes. Hablar de niños, de familias y de los abusos que dentro y fuera de ellas se producen, con los niños presentes, nos toca muy hondo a todos, seamos o no padres, porque todos somos hijos.
He leído "Desapareció una noche", de Dennis Lehane, con una atención, una fruición sorprendentes. He interrumpido la lectura de otras novelas -de Javier Marías y Le Carré- para beberme las quinientas páginas de esta obra maestra de la novela negra. Es una novela diferente, arriesgada, profunda. Nada tiene que ver con esas muchas novelas del género que quieren colarnos, que se empeñan en hacernos creer que son valiosas y decisivas. En algunos momentos me ha parecido que Lehane era el heredero directo del gran Raymond Chandler, un escritor que aborda los temas actuales de una manera -y con un lenguaje- actual y unas técnicas contemporáneas. No se pierde en lo clásico, no es mimético, no se encalla en los tópicos este Lehane que no por casualidad es el autor de Mystic River: a la investigación propia de toda novela con detectives privados dentro suma emoción genuina, auténtica y bien fundamentada crítica a las instituciones, denuncia basada en hechos reales y dolorosos que no se conocen, no se combaten o no se enfrentan jamás con un empeño purificador.
Las desapariciones de niños, sus raptos, están a la orden de día: basta ver la prensa semanal. Lehane entra en el tema y a su alrededor construye un complejo entramado emocional que sacude y nos pone ante un problema pocas veces estudiado con la sinceridad y la fuerza necesarias. Con dos detectives privados y muchos policías, con algunos delincuentes y con algunas mujeres y hombres que contemplan y padecen, con un montón de personajes que nunca son enteramente buenos ni enteramente malos, Lehane plantea y subraya, pero deja puertas abiertas para que quepan opiniones enfrentadas, para que pueda producirse el debate. Estamos en un momento de decadencia, nuestras sociedades consiguen avances físicos incuestionables y a la vez pierden valores humanos de manera catastrófica. Somos seres hechos para el dolor y la confrontación, para el amor y la entrega, somos seres hechos para sentir. En esta novela lo vemos claramente, lo percibimos, y llegamos a la conclusión de que la diversidad que nos separa es buena e inevitable, pero también en algunos aspectos es destructiva, porque cada vez somos más cerrados, más exclusivistas, más pagados de nosotros mismos. Decidimos sin dar lugar a la réplica, por las bravas, con las ideas brillando a fuego en nuestra mente -somos fanáticos, los seres humanos somos seres pensantes con una clara tendencia al fanatismo-, y podemos hacer daño para lograr que el orden, la paz y la calma que precisamos encajen en el esquema de lo que vemos, realizamos y compartimos. Estamos llenos de fanatismo y de secretos, concluye Lehane. Y de decisiones por tomar. Esta novela es una obra maestra, amigos, un libro que no dejará indiferente a ningún lector, lleno de inteligencia y de compromiso, de valores y de pasajes en que se cuestiona todo. Con ecos de las tragedias griegas, con algún eco del gran Shakespeare -la muerte del policía contemplando los edificios de la ciudad-, "Desapareció una noche" encierra una historia atrevida, singular, inolvidable.

Dennis Lehane: Desapareció una noche (3). Los males de nuestro tiempo


Pocas novelas he leído de las que pueda decir que su lectura me parece realmente adictiva. Ésta es una de ellas. No se cansa uno de pasar páginas, de acompañar a los personajes por casas, espacios abiertos y lugares imborrables. Lehane aborda algunos de los problemas más graves que pueden acechar a los niños de nuestro mundo, expuestos a la maldad de pederastas y de gente que cree quererlos mejor que nadie. Por supuesto, para el lector exquisito y culto este libro sólo pertenece a un género, es literatura menor, pero siempre que a mí mismo me empuja mi formación lectora a pensar de esa manera me digo que basta de tonterías, de autores que describen hasta agobiar y que cuentan sandeces lindas y perfumadas con tantas palabras malgastadas y fatuas que sólo sirven para alimentar egos y sensaciones extremadamente artificiales. Lehane nunca será un prosista mayor, pero tampoco le hace falta. Narra con una destreza soberbia, matiza con un dominio verdaderamente deslumbrante y sabe que una historia es, ante todo, una historia y que hay que saber contarla. No engaña Lehane, y además se atreve con temas reales, que tantos otros evitan, y no hace demagogia barata, no se pierde en fáciles concesiones, no maneja nuestros sentimientos para lograr reconocimiento y dinero. "Desapareció una noche" es una novela que está en la cima del género negro, valiente, original y profunda. Una novela para estos tiempos y que habla de estos tiempos, que no es mimética ni está pensada para un público devorador y nada pensante. Una novela muy recomendable.

Acabó el año

Y nos deja lecturas que no pueden postergarse, pero que se postergan.
Nos deja las pérdidas inevitables, que nos hacen cada vez más humanos, vulnerables y, si sabemos ver y entender, nos acercan a la humildad y a la fraternidad.

Y no quiero hacer un balance personal de nada, sino hablar de los compañeros y los amigos gracias a los cuales uno sigue por aquí, dudando siempre, aprendiendo siempre, defendiendo siempre las ideas que me mantienen en pie.

He leído, en catalán y traducida, a Júlia. En su blog hay tanta sabiduría y tanta sensibilidad que uno se siente en casa y escucha y aprende y no siente que nada sea forzado, que nada requiera esfuerzo. La red nos da sitios y palabras impagables. El de Júlia es uno de ellos.


En las páginas del blog de Gabriel Báñez hay un escritor completo, un referente, un tipo que nunca escribe porque sí, que nunca elude las verdades, que nunca escribe mal.

Noemí Pastor podría ser mi alter ego, o yo el suyo, y visitarla es entrar alegre y salir además con una sonrisa y más lecturas pendientes y realizables. Sabe mucho de novela negra, muchísimo. Y sabe invitar a leer un libro como pocos.

El Hippie Viejo es un amigo, un hombre de otro tiempo y de este de ahora mismo, es pura memoria y testimonio, es un ciudadano insustituible.

Clarice Baricco es una foto con unas manos que lo dicen todo, unas manos que escriben y acarician con sus palabras. La perdí de vista una temporada y lo lamento. Desde aquí te pido perdón y prometo enmendarme, Graciela.

Elena escribe poco, pero todos sus textos son pequeñas, amables, sinceras lecciones de literatura. Uno los lee y ya está pensando en dónde ir a comprar el libro del que habla.

Ricardo Flores es un narrador consumado, que te mete en sus personalísimas historias y te sientes más dentro de ellas que de tu propia realidad. Escribe tan bien que le envidio.

Blanca Vázquez es el cine, sobre todo, porque me gusta mucho su blog sobre libros, pero el que tiene dedicado al cine es para mí, sencillamente, una referencia.

Francisco Machuca es otra de las sorpresas, otro descubrimiento que engrandece la red, que hace más importante la labor de los blogs literarios. Sabio y profundo, versátil, un escritor con todas las letras.

Gonzalo B. está al otro lado, que decía Cortázar, y nos cuenta lo que pasa allí y publica regularmente escritos de una gran calidad que abordan la obra de escritores y la de intérpretes de jazz, por ejemplo, con igual solvencia y valía.

Rosa Silverio es poeta, honesta, amiga, y en las tres cosas brilla a un nivel altísimo. Su blog y sus actividades se merecen un gran reconocimiento. Sus poemas son palabras para el alma.


Y no me olvido de Enrique Ortiz, que tiene un blog mayor de edad; ni de Paula, que conmueve con luces y nubes llenas de lluvia vivificante; ni de Javier Torres, que nos informa de cuanto ocurre en el mundo de la telefonía; ni de José Romero, a quien admiro de verdad; ni de Nani, que es un ejemplo de por qué escribimos y para qué; ni de Rosa Ribas, escritora con dos libros y una comisaria que dará mucho que hablar; ni del viejo amigo Alvy Singer, de deslumbrante cultura y dotado de una sagaz curiosidad; ni de Leyla, la de las fascinantes imágenes y las muy concretas palabras que llegan siempre cálidas; ni de Luis, que hace críticas literarias con pasión y mucha razón; ni de M, un gran tipo y escritor muy leído y celebrado en un futuro muy cercano; ni de Paz, que nos regala historias y sentimientos a manos llenas con la exacta medida de pudor y verdad; ni de Natasha, que alza un telón mágico y vívido y nos pone ante las realidades de la existencia que es preciso ver, notar, compartir; ni de Mart, generoso viajero de ejemplares intenciones, cuyas palabras son a veces como manos que estrechan con la medida exacta nuestras manos; ni de Loredana, dueña de un blog que llena de luz los ojos y el cerebro; ni de Heriberto, ganador del Premio de Novela Editorial Costa Rica 2007; aunque seguro que me olvidaré de otros blogueros a los que también he leído con interés y atención y de los que espero un tirón de orejas que no será mal recibido.

Que pase el 2008.

Dennis Lehane: Desapareció una noche (2). Pausas


Prefiero las novelas negras en que el autor inserta pausas y habla de asuntos ajenos a la investigación que da lugar a la historia narrada. Desde "El largo adiós" la novela negra tiene otros caminos, con este libro se mostró una vía para no hablar sólo de detectives, muertos y pistas. No me refiero sólo a la vida privada de los personajes protagonistas -en Alicia Giménez Bartlett se convierte en costumbrismo algo pesado, algo desenfocado, por ejemplo, la atención chirriante que les presta la autora a los avatares de la vida íntima de Petra y Garzón-, sino a lo que les define más allá de sus acciones: su miedos, sus pasiones no carnales, sus relaciones familiares. El detective sin esposa ni hijos, sin nadie a quien cuidar ni de quien preocuparse es algo superado, un arquetipo vencido y hueco. Lo han entendido muy bien Vázquez Montalbán, Nicolas Freeling, Michael Collins, Ruth Rendell. También me agradan esas paradas, esas pausas, en esta novela. Lehane detiene el ritmo y, como si cogiera una lupa de gran aumento, pone ante nosotros una prosa más sosegada, más adjetivada, e inserta meditaciones sobre los niños, los desaparecidos, los cambios de humor matinales, los atardeceres de otoño y la muerte, lo que se siente tras hacer el amor. Sin duda, estos remansos consiguen elevar el interés y el valor de la novela, ofrecen otro ritmo, ya digo, que Lehane domina a la perfección también y que invitan a la relectura y a la confrontación de opiniones, a la apertura al recuerdo, a imaginarnos otros. También esto puede lograrse leyendo novelas negras, amigos.


Lectura: Juan García Hortelano

revista Narrativas


En el número 8 de esta interesante revista, que cuenta con colaboradores muy destacados, podéis leer mi relato "Yo te perdono". Espero que os guste.

http://www.revistanarrativas.com/






Un documento necesario: en El Debate, de Roberto del Campo Valdés.

Nicolas Freeling: El rey del país lluvioso (y 4). Crítica

Leyendo a Nicolas Freeling se obtiene una intensa sensación de realidad, algo que escasea en la novela negra, demasiado dada a crear figuras míticas y poco creíbles. No importan demasiado las tramas -conseguir esto ya lo sitúa a una gran altura, más acá y más allá de cualquier valoración acotada por el género-, importan los personajes y sus actos y la mirada del narrador y de los personajes sobre la historia que se nos narra. Porque los personajes hacen la obra, participan de lleno en su creación con sus meditaciones -¿leería Freeling al Unamuno de "Niebla"?, ¿le gustaría esa obra?: preguntas que quedan tristemente sin respuesta-, la hacen avanzar y la hacen real de una manera espléndida y muy digna de estudio. Freeling no malgasta la pólvora en salvas -no hay tiroteos idiotas, violencia novelesca, embrollos estúpidos, enigmas imbéciles -, no engaña al lector jamás: así, sus creaciones alcanzan un grado de intensidad y cercanía sorprendente y mu difícil de igualar, lo que espero sirva para que se rescate a tan gran autor, para que se reediten sus libros, para que se le lea sin complejos ni pétreos alejamientos.
"El rey del país lluvioso" le debe su título a un poema de Baudelaire. Y en sus versos se halla la explicación de una vida, el tormento de una vida rota e ineficaz, la de un millonario que escapa de su vida y de sí mismo sin dirección, sin control, sin ideas seguramente y sin saber que corre hacia su propia destrucción. Le sigue Van der Valk, un inspector de policía holandés que se considera ante todo -seguro y sincero, sabedor de sus limitaciones- un profesional, un hombre sin demasiada imaginación, un funcionario. Pero sólo imaginando puede llegar hasta el fugitivo, que en su huida ha conseguido un apoyo muy necesario: una joven y hermosa muchacha que se ha enamorado de él. Freeling no nos abastece de acción, no nos deslumbra con persecuciones de coches, sino que indaga en el alma humana, se concentra en mostrarnos cómo son el fugitivo, la esposa de éste y el policía que está metido en la historia sólo porque ha de cumplir con su trabajo. Y la indagación es brillante, profunda, enriquecedora. Cuando se acaba el libro, el lector puede estar seguro de que no ha perdido el tiempo, de que no lo ha matado leyendo otra novelita más del género negro, y por contra podrá decir que es un poco más sabio, mejor conocedor del ser humano, sus miedos, sus anhelos y sus frustraciones. Si algunos afirman que la novela negra es la literatura social de nuestro tiempo, que en la novela negra hay un acercamiento a la realidad como no lo hay en ningún otro tipo de novela, quizá sea porque han leído a Freeling.

Dennis Lehane: Desapareció una noche (Gone, Baby, gone)


Una gran ventaja de los escritores estadounidenses sobre el resto es que plasman lo que quieren decir, lo vuelven enteramente narrativo: imágenes, personaje, paisaje que habla y comunica. En el viejo mundo adoramos la palabra, los juegos de palabras, y amamos los estilos elaborados, exhibicionistas, muy personales y hasta a veces ególatras, diferenciadores siempre. Quizá por la profesionalidad, quizá por Scott Fitzgerald y Hemingway y Dos Passos y Chandler, los escritores estadounidenses tienden a ejemplificar, a llenar su obras de lugares y seres reconocibles, de realidades podríamos decir que más palpables.
Esta novela narra la historia de una niña de cuatro años que ha desaparecido y los trabajos de la policía y de dos detectives privados para hallarla. En primera persona- la voz de un detective que está cerca del Marlowe de Chandler pero que también sabe expresarse por sí mismo y hablar de su tiempo, el actual, con los giros y las expresiones del momento y que, además, describe muy bien y es certero en las caracterizaciones psicológicas, creo que gracias al Hemingway de los mejores relatos-, con la furia necesaria y la tranquilidad precisa, se nos presentan las escenas que no sólo siguen el recorrido de la investigación sino, como ocurre con los escritores que saben utilizar los mejores elementos del género, también el recorrido vital y social de la niña desaparecida, de sus familiares y de sus vecinos. Lehane no escribe únicamente para el devoto de la novela negra, o quizá no lo trata como a un simple lector de obras de entretenimiento.
Hay una escena que me llama la atención, que justifica esta entrada y lo que apunto en el primer párrafo. Los dos detectives privados -hombre y mujer, además pareja- hablan con la entrenadora de béisbol de Amanda, la niña desaparecida, mientras presencian un partido. La entrenadora les señala a una niña que es como Amanda, introvertida y triste, que se queda sola en una interrupción del partido escarbando en el campo con una piedra en tanto el grueso de los participantes se arremolina en una algarabía propia de los enfrentamientos deportivos. Y a la pregunta de "¿Tan tímida es?", hecha por el detective, la entrenadora deja caer una respuesta que preocupa y golpea: "Sí, y eso no es todo... Hay mucho más. Ni siquiera le interesa lo que suele interesarles a los niños de su edad. No es que esté triste del todo, pero nunca está contenta tampoco, ¿comprenden?" Y así nos pone Lehane ante uno de los problemas verdaderamente fundamentales de nuestro tiempo.

Michel del Castillo: La noche del decreto (y 3). Crítica


El tiempo puede remar a favor, llevarnos en una barca por un río que nos vigoriza. Pienso en esto al acabar de leer "La noche del decreto", novela que compré hace muchos años, que vendí y volví a comprar el pasado año. Pasó el tiempo y por fin la he leído, acaso en el momento en que mejor puedo entenderla y disfrutarla. Porque se trata de una de esa novelas que señalan una ruta, que te hacen crecer, vivir con los ojos más abiertos. Del Castillo es un lector apasionado de Unamuno y de Dostoievski. Qué casualidad. Dos autores a los que he leído con muchísima atención, con muchísimo interés. La novela la narra un policía. Qué casualidad, ahora que dedico mucho tiempo a la novela negra y escribo en este blog. Casualidades favorecedoras.
Sé que hay pocas grandes novelas en nuestro tiempo. Pocos autores auténticos, de peso, a los que se lee sabiendo que cada página es importante. Con Michel del Castillo, con esta gran novela, he sentido que debía leer despacio, anotar mucho, meditar y dejarme impregnar. Ha valido la pena. Se trata de una novela con sabor a clásico, de una novela de autor esencial, digno discípulo de sus maestros. Publicada en 1982 en España (un año antes en Francia), lleva dentro a un personaje magistralmente creado, trae el recuerdo de la guerra civil española, de la posguerra, de la dictadura, de los vencedores y los vencidos. Pero también retrata al mal, ofrece agudas meditaciones sobre la religión, la venganza, el odio, el perdón. Como en "El corazón de las tinieblas", de Conrad, en esta novela hay un ser mitológico hacia el que viaja un hombre cargado de pena y culpa, que se siente imantado, hechizado incluso cuando está al fin junto al imaginado y temido ídolo oscuro, cuyo pensamiento y obra se basa en la creencia absoluta e indiscutible en el orden, un orden proveniente de la lógica ejecutora de un inquisidor, de alguien que se hizo policía para implantar ese orden, para venerarlo en cada acción, cada silencio, cada palabra. Alguien que se atreve a decir que el futuro será del orden, que la policía contribuirá a establecerlo sin fisuras hasta conseguir que los ciudadanos ya no soporten la carga de su libertad, que ni siquiera desearán.
La habilidad de Del Castillo, la veracidad, la firmeza y el manejo de la trama, de los personajes es de los que invocan el superlativo, las palabras desatadas, la admiración frontal. "La noche del decreto" es una novela que expone ideas, que las rebate, que hace recuento de medio siglo de la sociedad española (por dentro y por fuera) y además es absolutamente literaria, maravillosamente literaria. El tiempo, ya digo, juega a favor a veces. Cómo le agradezco que ahora me haya brindado la posibilidad de adentrarme en estas páginas que crecen en mi memoria y la pueblan y la llenan de razones y serena compasión: somos los hombres una experiencia rota, una resistencia evocadora, un contorno de dudas y miedos que es mejor contemplar sin odio ni rencor. Somos una larga noche que a veces ve la luz.


Texto recomendado: Metáforas, en el blog Diarios de Rayuela

Michel del Castillo: La noche del decreto (2). El niño que destroza al maestro


El policía recuerda una historia que protagonizó cuando tenía trece años. Vino un nuevo maestro al pueblo donde vivía. Era rubio, agradable física y personalmente. El niño que era ese policía, como todos los niños, quedó prendado de él por su carácter abierto, más de compañero que de maestro. Y también por algo más. Pero se dio cuenta de que no lo habían elegido, que el preferido era otro muchacho. Y espió hasta descubrir que el maestro y el alumno se encontraban en una cabaña. De inmediato, para destruir esa unión, escribe un anónimo y se lo deja al maestro en el buzón, una noche. La reacción no se hace esperar: el maestro corta la relación con el alumno, se le ve muy afectado. Y entonces es él quien lo busca, quien trata de atraerlo, hasta que lo consigue y pasa a ser el objeto de la devoción del maestro. Pero el niño se cansa y le manda un segundo anónimo, porque le fastidia que el ánimo del maestro vuelva a ser bueno y abierto y cordial tras tenerle a él, porque lo quiere sumiso. Y entonces el maestro se derrumba y un día que va a verle, sin sospechar nada, el niño le echa en cara lo que es -alguien que abusa de los niños-, le demuestra que sólo ha querido tenerle bajo su dominio. El padre, amigo del maestro, decide mandar al hijo a Córdoba, una vez enterado de lo que éste ha hecho con el maestro, acusándole de haber actuado en pleno dominio de sí mismo, como un adulto, con el deseo de dañar y destruir a una persona.
Impresiona leer estas páginas. No es fácil leerlas cuando además se trata de una narración en primera persona. Michel del Castillo bucea en el alma humana sin piedad, con una valentía que le deja a uno sorprendido y de alguna manera también magullado. En este blog he defendido siempre que el abuso de la infancia es uno de los mayores problemas a los que nos enfrentamos. Que la perversión de los adultos que no se detienen ante nada -edad, indefensión, secuelas- es realmente un crimen abominable, ya que sus actos engendran un dolor inextinguible. Pero no podemos cerrar los ojos a la maldad de los niños tampoco, a cierta maldad que lleva a algunos a matar a otros niños de su misma edad, o menores, o a abusar también de ellos, a pegarles, humillarlos. El ser humano es complejo y no creo que haya que pensar que somos lobos unos para otros, pero sí es necesario conocer, porque el conocimiento ayuda a saber corregir, a saber a qué nos enfrentamos en cada caso, y sin abdicar jamas de la idea de que el ser humano es la más alta creación, capaz de la dulzura, el desprendimiento y el amor, tampoco debemos olvidarnos de ciertos casos que sirven para completar las perspectivas, las valoraciones: cuanto más sepamos sobre nosotros más capacitados estaremos para resolver los problemas que se nos presenten a lo largo de la vida, más capacitados estaremos para ayudar a los demás.


Foto de Michel del Castillo: John Foley


Texto recomendado: Vidas paralelas... En el blog de Mart.

Michel del Castillo: La noche del decreto


Un joven inspector es trasladado a Huesca, donde va a conocer al jefe de policía de la ciudad, un hombre misterioso y del que se hablan cosas muy contradictorias, un mito y un demonizado, un ser fascinante. El policía empieza a indagar antes de viajar a Huesca y, sin conocer a su futuro jefe, ya queda hechizado por cuanto descubre y le cuentan. Se trata de un adepto al régimen franquista, pero díscolo, reacio a aceptar honores y la jefatura de plazas más importantes, alguien que ha hecho de la rectitud su santo y seña.
Michel del Castillo es un autor español que escribe en francés, con una biografía novelesca y novelada por él mismo en diversas obras, que tiene como referentes literarios a Miguel de Unamuno y a Fiodor Dostoievski. Las primeras setenta páginas de esta novela son apabullantemente buenas: alternando la profundidad con las caracterizaciones sumarias, Del Castillo recrea una época y a algunos de sus moradores, los policías, con tanto vigor y serenidad que es difícil separarse del libro, en el que no hay misterio ni intriga pero sí verdades como puños y personajes vivos y creíbles. Además, la escritura es rica, en la mejor tradición del realismo bien adjetivado, que no desdeña la meditación ni el párrafo elegantemente solemnes, hechos para la lectura atenta y sin prisas. Para la lectura que atrapa y deja poso.