Marina Mayoral: Contra muerte y amor


Es una gran alegría, un gozo para los lectores poder acercarse a una librería en la actualidad y encontrar libros como éste, reeditado en bolsillo recientemente (Punto de lectura). "Contra muerte y amor" es una de la grandes novelas de nuestra literatura, está escrita por una autora viva y que sigue en activo, dándonos más frutos de su portentosa sensibilidad, de su inigualable aliento narrativo. Yo aconsejaría la lectura de esta novela para un largo verano o para las tardes de un imperturbable invierno. Porque es necesario concederle tiempo, no devorar alocadamente sus páginas. Poca novelas en lengua española han acertado de manera tan segura en la creación de personajes, pocas dejan una huella tan firme en nuestra memoria como ésta. Fernández, Esmeralda, Daniel son tres personajes que me recuerdan a los logros mayores del gran Miguel Delibes, de una pieza, creíbles, levantados con palabras y con hechos que siempre nos parecen verdad, que nos conmueven y nos tocan muy adentro, que levantan una existencia paralela que uno frecuenta y asume como algo necesario, importante, tan real o más que la propia vida que uno vive o ve desde las ventanas del alma.
La utilización de recursos muy elaborados y de cierta complejidad técnica en esta novela no es jamás gratuita, jamás exhibicionista, sino absolutamente necesaria para ir entendiendo mejor la historia, lo que une a varios personajes muy dispares, lo que los acerca y los aleja para siempre. Son recursos que parecen olvidados en nuestra actual novela y que fueron utilizados por autores que apostaban por el arte novelesco como conocimiento profundo del mundo y del ser humano, por inconformistas que buscaban la pluralidad en el discurso, la autenticidad y el riesgo. Marina Mayoral cuenta historias desde varias voces -sin abandonar nunca la tercera persona narrativa -, repite frases que marcan a los personajes como el leit motiv una composición musical, hace que el tiempo sea circular y avance y se detenga y se muerda la cola, inteligentemente nos muestra al hombre y al niño que fue a la vez cuando algún personaje se encuentra en una situación definitiva, utiliza el diálogo como arma y no sólo como contrapunto, inicia caminos y los deja a la mitad por un tiempo y los retoma y los hace crecer hasta donde ningún lector podía esperar.
Hay una trama que justifica la aparición de "Contra muerte y amor" en un blog dedicado a la novela negra, por supuesto. De la que no hablaré en esta ocasión, porque sería hacerle un flaco favor a este libro lleno de meandros, de confluencias y de apuntes al natural que crecen hasta ser cuadros perfectos y autónomos. Pero hay, por encima de todos los demás logros, una agudísima percepción psicológica para entrar en los personajes y mostrarlos y vivificarlos y alejarlos del cliché, de la estampa, del dibujo al carbón que sitúa a su autora entre los escritores verdaderamente grandes de nuestro tiempo y le permite a uno afirmar que estamos ante uno de los libros más importantes de los últimos tiempos, ante una obra maestra absoluta de nuestra letras, un festín literario al que todos estamos convocados y del que nadie saldrá con menor valía, sino gozoso y más sabio y más comprensivo y más humano.


Lectura recomendada: Un blog que invita a la lectura: Libros y comentarios

Raúl Guerra Garrido: Lectura insólita de "El Capital"


No es un autor indiscutido -no los hay, seguramente-, no tiene ninguna novela que destaque en su producción, o sea, ninguna obra maestra o de referencia, y sin embargo pertenece a esa estirpe de escritores absolutamente necesarios que han acertado en sus libros a hablar de la realidad, lo que acaso le haga ganarse un puesto en la disputada carrera hacia la eternidad literaria. Ganó un premio muy importante hace dos años, pero su fama y su valoración no han aumentado demasiado. He leído varios libros de Guerra Garrido, he disfrutado con ellos, y valoro altamente su capacidad para contar una historia y crear una estructura, un andamiaje con el que sostener su gran inventiva, su destacadísimo oído para lo coloquial.
"Lectura insólita de ´El Capital´" ganó el premio Nadal en 1976. El ejemplar que conservo me lo regaló un amigo almeriense y socialista, director hoy de una revista de interés general, en el verano de 1987, conocedor de mi afición a la novela política y social. Me dijo que lo leyese "Ya". He tardado muchos años en hacerle caso. Pero sin duda ha merecido la pena. En una época en que la ficción domina nuestras vidas y las apelmaza, entrar en este libro supone recibir un soplo de aire fresco. La historia nos es servida con profusión de voces, con una escritura libre y que cree en el uso de la coma para señalar las pausas (no es ninguna tontería esto que señalo: hay muchos equivocados cultivadores del gran estilo que sólo ahogan al lector con largos párrafos). Por un lado, tenemos la narración clásica, en tercera persona -muy hábilmente surtida de monólogos interiores-, y por otro las voces recogidas por un agente anónimo que usa un magnetófono que fielmente registra cuanto se dice: qué bien expresadas están las inquietudes del enlace sindical, del alcalde, del amigo y del enemigo. Todo gira alrededor del secuestro de un industrial vasco -entonces no eran empresarios- que en cautividad va a leer "El capital". Guerra Garrido utiliza la novela para aportar pluralidad -qué bien les vendría a tantos medios escritos, a tantas emisoras de radio y cadenas de televisión, que sólo obedecen a la voz de su amo, aprender de esta lección-, para sondear en el pasado, para contarnos mucho y bien de los conflictos vascos. Y a la ficción le añade realismo, y con la ficción crea realismo, y dignifica la novela y la realidad y sigue vigente en este 2008 en que hay que apostar por recuperaciones como ésta, ejemplos que permiten creer en la fuerza y la sinceridad imbatidas de la novela, de la mejor ficción.


Texto recomendado: "Rifirrafes en la provincia del presente", de Ricardo Vigueras (El Profesor Gafapasta)

Los neoyorkinos, como conejos (Las ciudades)


En el libro "Ocho millones de maneras de morir", de Lawrence Block, encontré estas líneas que invitan a un interesante reflexión:

Trato de no pensar en su muerte, en la forma en que lo hicieron. ¿Ha leído Watership Down?...Trata de una colonia de conejos, de conejos semidoméstico . La reserva de comida es abundante, ya que los humanos les facilitan todo lo que les hace falta. Es una especie de paraíso de los conejos, salvo porque los hombres encargados de darles la comida aprovechan para poner trampas y pegarse una buena cena de vez en cuando. Los conejos que sobreviven nunca hablan de las trampas, nunca mencionan a su compañeros desaparecidos.Tienen una especie de acuerdo tácito porque actúan como si las trampas no existieran y sus compañeros muertos no hubieran existido jamás... ¿Sabe? Creo que los neoyorkinos somos como esos conejos. Vivimos aquí porque nos beneficiamos de lo que la ciudad nos ofrece: cultura, trabajo... lo que sea. Y bajamos la mirada cuando la ciudad asesina a uno de nuestros vecinos o a un amigo. Oh, por supuesto, lo leemos en los periódicos, hablamos de ellos durante dos o tres días, pero luego nos apresuramos a olvidarlo. Porque, de otro modo, estaríamos obligados a encontrar una solución; solución que no existe. Lo único que podemos hacer es mudarnos y somos demasiado perezosos para ello. Somos como esos conejos, ¿no cree usted?

Lawrence Block: Ocho millones de maneras de morir


Es una de las mejores novelas negras que se han publicado, ganó el reconocido premio Edgar hace más de veinte años y no es por casualidad. Narrada por un ex policía que trata de vencer su alcoholismo - tema del que se ha abusado luego - y que es a la vez un héroe y un antihéroe, como pedimos los lectores habituales del género, se trata de una novela singular, que no rehúye los momentos muertos ni las repeticiones, que son como un estribillo que va calando cada vez más hondo en el ánimo del lector, que refleja a la perfección a ciertos neoyorkinos y cierta época en que la violencia y la desolación van cubriendo con capas cada vez más opacas a la más conocida ciudad del mundo.
Pero vayamos por partes. Digo que el narrador es un héroe y un antihéroe a la vez. Nadie puede creerse a un protagonista de novela negra, con revólver y metiéndose en lugares y situaciones difíciles, si no es alguien valiente, terco, noble pese a todo lo que haga o le ocurra. O sea, un héroe. Pero Block completa a su personaje caracterizándolo como a un ser vencido por la bebida, la soledad, la desesperanza, la violencia que le acosa y que puede ver a diario en los periódicos y en las calles y que no evita mirar, porque se siente concernido. Una violencia que genera más violencia y que le lleva a apalizar a un chico negro cuando éste intenta atracarle pero que le paraliza en otro momento, cuando un coche aparece en la calle y se dirige amenazador a su encuentro, hasta el punto de impedirle disparar con el revólver que ya tiene en la mano -Podrían haberme matado, y yo me habría quedado mirando cómo lo hacían, piensa con estupor y con un cierto alivio, pues pese a todo no ha apretado el gatillo del arma-. Block nos da al personaje completo, vivo, creíble, con cara y cruz, débil y cruel, unas veces temeroso y otras atrevido: como somos en realidad casi todas las personas, llenas de contradicciones. Pocas veces la novela negra ha llegado tan lejos mostrando a un personaje protagonista de una serie de novelas. Pocas veces hemos podido seguirlo con tanto interés y pocas veces se ha conseguido que movamos la cabeza, asintiendo, comprendiendo, asumiendo sus actos.
Block no corre, no mete escenas de violencia para gusto del lector enamorado de los tiros (incluso nos hurta la más importante, en la que hay cuatro disparos, en este libro, lo que es toda una declaración de intenciones), no nos priva de la cotidianidad del personaje. Su estrategia es la del escritor asumidamente realista, que suma elementos visibles y reconocibles, que lleva a su personaje a muchas reuniones de alcohólicos anónimos, a muchos bares, a muchos lugares donde se dialoga profusamente. Va así paulatinamente creando en el lector algo de lo que pueden presumir pocos autores: un estado de ánimo. Aunque te levantes y te vayas a comer, aunque dejes la lectura de la novela para el siguiente día, Block vuelve a captarte pronto, instala de nuevo en ti el estado de ánimo que ha planeado para que identifique a este libro, a este narrador y esta historia. No me parece un logro pequeño. En ocasiones abandonamos algunos libros porque los dejamos por un tiempo y luego no conseguimos entrar de nuevo en ellos. Block te coge de la mano rápidamente, te pone al día, te sitúa donde él quiere y sigues siendo su cómplice sin ningún esfuerzo. Es una capacidad, un instinto, una suerte de sinceridad o de magia al alcance de muy pocos, insisto, de escritores de raza, de maestros de este arte de la palabra.
Las repeticiones que son como un estribillo, decía más arriba, establecen el clima moral de la obra: las noticias llenas de muertos y de seres rebosantes de furia y descontrol que aparecen a diario en los periódicos o en historias que le cuentan otras personas al narrador, las letanías de arrepentimiento y dolor de los alcohólicos en rehabilitación de las reuniones a las que asiste el protagonista no son sólo paisaje de fondo, aciertos de caracterización vanos, sino elementos esenciales que retratan una época, a una parte de los habitantes de un lugar, la ciudad, que acoge todo lo que se presenta pero que lo trata de la manera que más oportuna le parece, sin piedad y sin conciencia, como si se tratase de un ser independiente y con demasiada energía dentro como para no estallar de cuando en cuando, cual un volcán. Al lector le queda la tarea de sacar la conclusión de si ese ser que es la ciudad es un ser autónomo y monstruoso o algo más abstracto, producto de la convivencia del hombre con el hombre.
Por supuesto, la novela es entretenida, original y con una trama que engancha. Pero creedme: tan válido es lo que se ve como lo que no se ve en ella, tan útil lo que se dice como lo que se calla, e inolvidables tanto las partes como el todo. "Ocho millones de morir" es una gran novela, que parece escrita por un poeta que mira hacia el lado oscuro con unos ojos heridos y vulnerables, que encierra tanta sensibilidad y tanta sinceridad que cuesta salir de ella y decirle adiós a su narrador, un nuevo amigo, un amigo para siempre.

Nota: Mi reconocimiento a la labor de RBA, que ha empezado a editar unos "Clásicos Novela Negra" en bolsillo que suponen un grandísimo acierto y que espero que sean sólo los primeros de una larga e inolvidable lista. Entre ellos se halla el reseñado y también "La mirada del observador", de Marc Behm, con prólogo del entrañable Paco Camarasa.

Patricia Highsmith: El juego de Ripley (El amigo americano)


La literatura de Patricia Highsmith es tan fascinante que no le perjudica que uno antes haya visto una película basada en una de sus novelas para abordar la lectura y sentirse deslumbrado, atrapado en un diálogo autor/lector que pocas veces encontramos en las letras universales de cualquier época, y que a mí me remite a Dostoievski y a los autores existencialistas.
Rastrear las pistas de Dostoievski no supone un gran trabajo: la misma autora reconocía su admiración por el genial ruso y, además, no parece posible pensar que Ripley pudiera existir si antes no hubiera existido Raskolnikov. Tom Ripley es el Raskolnikov del siglo XX, el personaje que se asoma al abismo del asesinato cuando no le queda más remedio para seguir manteniendo su estatus social y la tranquilidad de su vida cotidiana, tan vulgar y aburrida como la de cualquier burgués de su época. Ripley es de izquierdas -a su mujer quiere hacerla de izquierdas en esta novela-, pero ejerce poco, como es fácil de entender. Es un tipo que mira lo que le rodea y llega a la conclusión de que él también se merece vivir bien, cueste lo que cueste: moral que en nada se distingue de la que ostentan los ricos de nuestro mundo, que acaso no matan con sus manos directamente pero sí lo hacen por medios interpuestos o por omisión, sencillamente. Ninguna gran fortuna resistiría una revisión a fondo de su gestión ni de las fechas de su fundación. Así piensa Ripley. Y actúa para no ser una víctima, sino otro privilegiado que vive cómoda, muellemente. Si tiene que matar, mata. Pero no tiene remordimientos, porque sólo mata a quienes él cree que se lo merecen.
Parece más arriesgado situar a Patricia Highsmith cerca de los escritores existencialistas, pero quien se acerque a esta singular novela encontrará muchas expresiones y páginas y preocupaciones sobre la vida y la moral que le harán pensar lo mismo que a mí. Highsmith nos traslada meditaciones de sus personajes sobre la temporalidad de todas las cosas, la corrupción del alma en un mundo descaradamente materialista, la volubilidad de carácter y la facilidad con que se puede manejar a las personas débiles, el sentido de la vida cuando todo está predestinado a la absoluta desaparición. Lo que ocurre es que Highsmith narra una historia criminal y quizá a veces nos quedamos en lo más evidente, lo más cercano, lo más obvio, y creo que si dejamos la primera lectura a un lado hay una segunda existencialista, valiente, honda y trágica, que define a la perfección qué intenta contar con esta novela la gran escritora estadounidense, libre, alejada de tópicos, de convencionalismos vacuos, arriesgada y lúcida como pocos. No en vano, las últimas líneas de la novela están dedicadas a una meditación sobre el uso que hace de su conciencia una persona que nunca ha matado, pero que se beneficia de las muertes de otros, del dinero ganado de manera nada legal por otros.
Es "El juego de Ripley (El amigo Americano)" una novela negra, pero también deudora de la narrativa de Henry James (qué bien estructuraba Highsmith sus historias, lo que le valió ser la reina del suspense, pero más allá de la emoción hay mucho más, hay una inteligencia eficiente que dosificaba, situaba a la perfección cada elemento y lo acercaba a lo real, pues sus personajes siempre están haciendo cosas palpables, como comer, llevar ropa de un cuarto a otro, cerrar el marco de un cuadro, cuidar un jardín), de Dostoievski, de los existencialistas franceses. Es una lección honda sobre las pasiones humanas. Es un libro lleno de amargas verdades que no pueden obviarse. Una obra maestra de la literatura, un libro que jamás dejará de tener sentido y valor, que le ha ganado un respeto y un reconocimiento incontestable a su autora, que pisó los lados oscuros y supo volver para narrarlo. Una obra de un ser humano al que hay que agradecerle mucho por su valentía y su honestidad, su compromiso con la verdad, una verdad difícil y dura, pero en cualquier caso verdad.


Texto recomendado: "Raymond Chandler: El largo adiós", en el blog de Elena, una de las mejores, más cualificadas lectoras de la red.

Novedades: Roca Editorial



Aparecen libros que uno quizá no leerá de inmediato pero que está seguro de que ocuparán un espacio interesante en próximas jornadas de lectura. Dos de ellos los publica Roca, que es quizá la editorial que más acierta eligiendo novelistas del género negro. Se trata de "Ferry de medianoche", de Michael Robotham -del que aquí se ha hablado antes y muy bien, por cierto- y de "Chicago way", de Michael Harvey, debutante con detective privado que narra en primera persona y parece duro, persistente y sentimental, un tipo al que merece la pena conocer. Dos aciertos de una tacada no es poco, amigos.


Texto recomendado: "La voz de Harrison Ford", en el blog de la entrañable Clarice Baricco /Graciela Barrera.

Ruth Rendell: Basta ya de muertes


Se descategoriza a la novela negra porque pertenece a un género, porque abundan los escritores que nada aportan a lo anteriormente hecho. Y es verdad. Pero son los mismos argumentos que valdrían para descategorizar a la novela en general. Y no seré yo quien lo haga. Autores como Ruth Rendell, acusada de irregular y prolífica -lo mismo que se ha dicho siempre de Simenon-, ofrecen en algunas de sus obras literatura alta, gran literatura, que nada tiene que envidiar a los creadores de la novela o Novela.
"Basta ya de muertes", que narra la desaparición de un niño de cinco años y la búsqueda que hace la policía, pronto nos pone ante los ojos elementos que superan la rigidez y la planeidad de muchos otros escritores que no se toman la novela negra sino como un espacio para el divertimento menor. El inspector encargado del caso se ha quedado viudo no hace demasiado tiempo. La madre del chico desaparecido es una divorciada que no encaja a primera vista en las costumbres del lugar, un condado inglés. Y sin cansarnos con detalles farragosos de la investigación, sin meter demasiadas "entrevistas" con los personajes implicados, Rendell nos lleva pronto al terreno de los sentimientos, de la soledad del viudo que no ha conocido más mujer que a su esposa fallecida, de la madre que está sola y se siente sola y aislada cuando pierde a su único bien: su hijo. Rendell nos adentra en los sentimientos del inspector Burden, nos muestra su rechazo apenas ve a la madre divorciada y nos cuenta que después, en la segunda visita a su casa, empieza a mirarla con mayor detenimiento y se da cuenta de que es hermosa, sensual. Y nos revela que el mayor pesar de Burden tras la muerte de su esposa es la presión que le supone no hacer el amor no con una mujer cualquiera que alivie su ardor sino con alguien a quien quiera, a quien necesite, con quien se pueda comunicar de una manera profunda y sincera. Amor y sexo. Y Rendell sabe hablar de esos temas, sabe exponerlos y envolvernos en sus meditaciones convertidas en palabras y personajes con un talento que no reclama el reconocimiento a gritos, que se conforma con decir verdades y con explorar el fondo del ser humano y con mostrarlo después en páginas de novela de género porque a veces lo importante viene en cajitas pequeñas, dicho en voz tenue, comprensiva, muy cercana: "Y todas sus noches eran iguales. Primero el yacer despierto... como si todo su cuerpo no fuese más que un gran grito contenido, sin ningún orificio por el que escapar". ¿Cómo no sentir admiración por escritores como Ruth Rendell?

Philippe Claudel: Almas grises (y 2).


Es difícil escribir con entusiasmo cuando uno acaba de leer esta novela, porque el ánimo se tiñe de gris. Los hechos narrados en ella son en su mayor parte terribles. Los acompaña una voz en la que el lirismo se mueve libre y sincero como un pájaro débil en una mano fuerte y cerrada. Es el recuerdo, el repaso que hace de su vida y de un caso criminal un policía veinte años más tarde, cuando todo lo ha perdido y cuando nada es aún lo suficientemente claro como para poder cerrar los ojos y descansar en paz, como para cerrar los expedientes de la investigación. Y he aquí la primera y sabia lección de esta novela medio gris y medio negra: nadie es bueno siempre, nadie es malo siempre.
"Almas grises" tuvo un recibimiento excepcional, una acogida magnífica en Francia. No es para menos. Seguramente ya no se escriben novelas como ésta. Pocas pueden apostar tan claramente por la narración de hechos inolvidables, de tragedias en toda la amplitud de la palabra, sin que la ficción sepa a homenaje, nos parezca caricatura, copia o cóctel fino, en el que se han mezclado talentos de varios autores hasta conseguir una pasta rara y que al final se torna insípida.
"Almas grises" es una de esas novelas que sirven para asentar el prestigio de la novela, su vigencia, que indican caminos para que el género no muera. La convicción, la profesionalidad del autor -eso que podríamos entender, en el arte cinematográfico, que es la preparación, el amor a un oficio, el deseo de sinceridad, la pasión por una historia que nos ha tocado contar- y, sin duda, un talento fuera de lo común, dejan frutos que se ganan la admiración de los lectores y seguramente de muchos otros escritores, al menos de esos que no son demasiado egocéntricos.
La novela está llena de personajes y de pequeñas historias que se comunican unas con otras. Las mujeres son las que mejor paradas salen, pues son ellas las que tienen el tesoro de la sensibilidad en una época de guerra y miseria que encanalla a los hombres, los reduce a su esencia animal. El narrador amó a una y respeta a todas las que aparecen a lo largo de estas páginas siempre conmovedoras, en las que nada sobra y que nos invitan a una continua relectura.
Una niña es encontrada muerta, asesinada. Hay un sospechoso que nunca será juzgado, dos sospechosos que sí lo serán. Cerca del escenario de la tragedia, una pequeña ciudad francesa, está clamando y destruyendo la guerra, emborronando logros y avances. Pronto intuimos que Philippe Claudel nos va a narrar otra guerra, la que se libra en el corazón del ser humano, aún desconocedor de los misterios realmente importantes, siempre aquejado por las dudas y los misterios. Y lo hace con una ironía que aligera el peso de los momentos que cuesta digerir, con frases y meditaciones, a veces rotundas, que invitan a mirar mucho hacia afuera y mucho también hacia adentro, pues el humanismo del autor no es de los que se quedan en las buenas y blancas intenciones y las frases bonitas y las escenas que acaban en manos cogidas de manos y ojos que lloran felices porque la felicidad y la bondad los colma. A pesar de ser un admirador de la obra de Frank Capra, Claudel está más cerca del Steinbeck que escribió "De ratones y hombres", del Simenon -a quien admira vivamente- de "Los fantasmas del sombrerero". El mundo es un lugar inseguro, en el que no abunda la solidaridad ni los buenos sentimientos, en el que nadie es lo que parece y el dolor manda, destruye. Ésas son las conclusiones a las que llega el narrador de "Almas grises". Claudel apuesta por un humanismo sin retórica, valiente, un humanismo que es una ficha en un tablero de ajedrez y que avanza pisando a veces suelo negro y a veces suelo blanco. Nadie es sólo un asesino, nadie es sólo un ángel. Y, lo que es más, el que ahora es un tipo oscuro y malvado pudo ser antes un hombre fiel y desprendido, que arriesgó su vida para defender la de otro. ¿Qué hace el mundo de nosotros, qué hacen nuestras circunstancias de nosotros? Almas grises, dice Philippe Claudel.
Acercáos a esta novela. Es una obra maestra, está llamada a perdurar, a quedarse en la mente del lector y a movilizarlo. Es una obra profunda, seria, una obra mayor del arte de la novela de nuestro tiempo.

Lectura recomendada: "Recordando la obra de Chester Himes (Un ciego con una pistola)", en el magnífico blog de Francisco Machuca

El extranjero, de Albert Camus


Cuando tu alma esté triste, cuando tu alma esté muy alegre, déjate caer en las páginas que conforman el primer capítulo de "El extranjero", de Albert Camus. Podrás ver colores muy claros y sentir colores muy oscuros. Estarás absolutamente solo y terriblemente acompañado. Serás un hombre al que no le falta nada, y al que le sobra todo. Con la muerte rondando, podrás ver el desfile de los vivos como algo cómico, agradablemente breve, satisfactoriamente inane. Si eres un escritor podrás aprender cómo todo tiene sentido cuando ya nada tiene sentido. Si nunca has leído, si nunca volverás a leer, acaso comprendas por qué el dolor anida en el corazón de los más débiles y aprendas a compadecer y callar.
Volver a leer "El extranjero", ese primer capítulo en que muere la madre del narrador, en que la voz en primera persona es la tuya y la mía, transida de dolor profundo e inexpresable, anonadado, que en apariencia es miedo y vacío y ojos que parpadean cegados, te lleva a un lugar del que sólo los más grandes regresaron: Sábato, Rulfo, Faulkner, el propio Camus. Y te arranca algunos jirones del alma, te despelleja y te acomoda junto a lo trascendente, que es también lo volátil, lo leve, lo fugaz.
Más adelante están el revólver de Mersault, su disparo injustificado, su muerte sin nombre, un camino que igual le interesa al lector de novela negra que al lector de novela existencialista. Acaso "El extranjero" pueda ser una novela negra y existencialista. Y un aldabonazo en las conciencias que parecían dormidas e idiotas para siempre.

Philippe Claudel: Almas grises



Sin duda, los libros que prefiero son aquellos que nos regalan personajes bien trazados y frases que se quedan resonando en mi cabeza, ya sea por las ideas que encierran o porque alumbran imágenes que me emocionan. Nunca he sido un ardiente defensor de la trama perfecta, de la trama por encima del estilo, aunque escriba en este blog de novela negra. Defiendo a los autores que escriben bien, que matizan, que llenan de detalles sus narraciones, que crean personajes a los que me creo. Perdono los fallos de las tramas, perdono que en las historias haya excesos o caídas en lo superficial o lo vano. En la novela negra ocurre a menudo: el escritor, para ir de un punto a otro, tiene que recurrir a un motivo trillado, a una escena mil veces vista. Pero eso también ocurre en cualquier otro tipo de novela, en todas las novelas.
"Almas grises" deja un poso a verdad y a mundo vivido intensamente durante la lectura de la novela, arranca sonrisas, mueve a la complicidad y a salir de las ciudades hoscamente urbanas en que estamos presos, al menos de lunes a viernes. Philippe Claudel nos trasporta a otra época, la de la primera guerra mundial, a una pequeña ciudad y a sus pequeñas historias, que quedan interrumpidas, pues en toda ciudad pequeña un suceso grave hace que sus habitantes contengan el aliento y midan sus pasos y sus frases, como si todos estuvieran siendo de repente examinados, espiados. Una niña aparece muerta. El policía que narra, veinte años después, nos sitúa a la perfección y nos presenta a los personajes de la función sin apresurarse y sin entretenerse, con un estilo que no elude la inteligente adjetivación pero que nunca se aleja del camino oral, que no coloquial -y plenamente literario - , y nos gana con su sinceridad y su buen humor. Intercala frases que suponen un alto en el camino para el que quiera paladearlas, con algo de grisura en el fondo y un lirismo muy efectivo, hecho mediante la observación directa de las cosas, no después de la contemplación arrobada de las mismas, sino en el poso de la memoria.


Texto recomendado: Taxi Driver, en el blog de Miguel Sanfeliu

Eugenio Fuentes: Venas de nieve


Qué decepcionante es esta novela, qué paso atrás en una carrera. Eugenio Fuentes se equivoca con este melodrama en el que da rienda suelta a todo lo que un escritor de su talento ha de evitar. La narración ya es equivocadamente transparente, leve, con una descripción de las cosas y de los personajes que nunca es creíble ni supera un listón que el propio autor ha de tener muy claro que rebasó hace muchísimo tiempo. Da la sensación de ser la novela de un principiante, no digo más. Con un primer párrafo efectista y que crea unas expectativas falsas, una historia de hijo enfermo y de un padre -que no sabe que es el padre-en paradero desconocido que ha estado cerca de asuntos de actualidad, como la inmigración, y una manera de enfrentar los hechos con unas frases que no son propias de este gran escritor y quieren resolverlo todo mendiante la galanura de una prosa y unos párrafos para recortar que parecen propios del cine de sobremesa, de los telefilmes de media tarde, Fuentes tira por la borda la confianza que algunos habíamos puesto en él y se borra de la nómina de autores imprescindibles al confundir sentimiento con sentimentalismo, realidad con deseo, al abandonar el rigor e instalarse en la autocomplacencia y en el oportunismo nada oportuno, pues si bien temas como el maltrato están pidiendo a gritos escritores que los traten en sus novelas también debo decir que el acercamiento superficial y algo demagógico a un tema no hace sino enfriar más al receptor y nunca cambia las cosas, se convierte en letra muerta, en papel mojado. Un pena por partida doble. La de este escritor al equivocarse tan estrepitosamente y la de quienes podrían haberle aconsejado tirar por otro lado, ir más al fondo, no conformarse con plantear y no resolver las cuestiones apelando sólo al sentimiento. "Venas de nieve" es una novela que se olvida fácilmente, que no incomoda, que no da que pensar. Y eso es lo peor que puede ocurrirle a una obra que se pretendía valiente, decidida, honda y comprometida.

Walter Mosley: " El demonio vestido de azul" (y 8)


Ante todo, me gustaría que quedara patente que Walter Mosley es un autor de una gran categoría, que cuenta unas historias creíbles que se encuadran en el género negro pero son grandes obras literarias. Estamos ante uno de los escritores más interesantes del panorama actual, más allá de cualquier tipo de encasillamiento. Si en un autor como Juan Marsé detectamos de inmediato la gran aptitud pero sus detractores señalan como punto flaco su capacidad para emocionarnos y meternos de lleno en su mundo creativo, al ser tan personal, quizá a algunos pueda ocurrirles algo semejante con Mosley y su detective negro e inconformista, y cada cual ha de revisar la vigencia de sus prejuicios: pocos autores como estos dos son tan absolutamente novelistas en un tiempo en que la novela es casi siempre un pastiche. "El demonio vestido de azul" engancha al lector de ojos limpios desde el primer párrafo y no lo suelta hasta el final, dándole entremedias tantas oportunidades de gozar del acto de leer y de sentir y de pensar que creerá asistir a un banquete que le parecerá cosa del pasado. Pero no nos alteremos: todo está en su sitio, no hay grandes frases cada dos páginas para impresionar, no hay una narración de frase larga y cadenciosa que es como una ola en un mar de olas dulces - y que anestesian a la postre los sentidos -, sino una presencia constante, una voz que no desfallece y no embauca, que, tan próxima y certera, parece absolutamente real. El detective Easy Rawlins investiga por primera vez y por primera vez se siente detective. No tiene un arma, ni licencia, sólo es un negro pobre que quiere mantener su casita, su pequeña propiedad. Estamos en 1948. Tiene que encontrar a una bella dama con acento francés a la que busca un hombre que viste casi enteramente de blanco y tras el que está un poderoso, uno de esos tipos que pueden conseguir que un candidato a alcalde se suicide después de descubrir sus más oscuros secretos. La chica ha abandonado al poderoso llevándose 30.000 dólares, que el rico no tiene especial interés en recuperar: quiere a la chica. Easy investiga a la fuerza, para pagar su hipoteca primero y para que no lo maten después. La policía lo lleva a un minúsculo cuarto y lo maltrata, le apuntan con una pistola en otro capítulo, le ponen una navaja en el cuello. Ha de recurrir a la ayuda de un amigo de Houston que mata con la misma facilidad con que se queda, de golpe, dormido en cualquier sitio. Pero llega al final, encuentra a la chica y conoce su historia, la de una mujer que es un demonio vestido de azul, poderosamente atractiva y camaleónica, adaptable a cada hombre según sus características y sus defectos. No es su andadura típica ni tópica, no hay indagación al temido y actual estilo de pregunta-respuesta, no hay embrollos artificiosos ni interrogatorios repetitivos y cansinos como tanto se estila en la actualidad, sino un viaje a un mundo en que los negros eran seres inferiores; las mujeres guapas, diosas; y los ricos, seres casi divinos. Como ahora, vamos. Cuánta falta nos haría un Easy Rawlins español, que viviera en 2008 y acertase a describirnos nuestra confusa realidad, tan falsamente transparente.

Walter Mosley: El demonio vestido de azul (7). El niño judío


No es una novela exclusivamente policíaca (o negra) ésta. Cuando Easy va con un tipo en el coche, siguiendo una pista que le lleve hasta el hombre que puede saber dónde está Daphne, el otro le cuenta la historia de dos judíos, dueños de una licorería, que sobrevivieron al horror nazi. Y recuerda Easy lo que él mismo vio en los campos de concentración. Y recuerda la historia de un niño judío que se agarró al pantalón de un sargento. Tenía doce años, estaba calvo y pesaba veintitrés kilos. El sargento lo llevó un día a cuestas y lo dejó por la noche con las enfermeras. Pero el niño se escapó, buscó al sargento y el militar decidió permitirle que se quedara a su lado. Eran los días de la evacuación. El sargento le dio una barra de chocolate y otros soldados más golosinas. "Aquella noche nos despertaron los gemidos de Arbolito [Así lo llamaba Easy, por ir subido a la espalda del sargento]. Su pequeño estómago se había distendido aún más y no podía oír siquiera nuestros intentos de calmarlo... El médico del campamento dijo que murió por la riqueza nutritiva de lo que había comido..." El sargento llora su muerte. " Se echaba la culpa, y supongo que en parte la tenía. Pero jamás olvidaré lo que aquellos alemanes le habían hecho a aquel pobre niño, que ya ni siquiera podía comer nada bueno. "

Walter Mosley: " El demonio vestido de azul" (6). Besos de un padre


No es nada fácil entender al ser humano. Menos aún entenderlo y saber cómo contar, hablar de su lado oscuro. Y ya es tarea de escritores de altísima calidad - humana y literaria- expresarlo sin apelar a lo oscuro, lo evidente, lo fácil. Walter Mosley cuenta la historia de una chica a la que su padre lleva al zoológico. Tiene catorce años. Allí ella se fija - es su personalidad la que mira por sus ojos - en los animales que se buscan para el apareamiento. El padre hace como que no lo ve, desvía su atención, pero ella se da cuenta de todo, incluso una vez ve a dos cebras y su descripción del acto es muy gráfica y hasta desagradable. Pero una vez que salen de ver el zoo, el padre la besa en los labios, dentro del coche. LA chica se deja hacer y acaricia la cabeza de su padre cuando para, la deja caer en el regazo de ella y llora. Ella consuela al padre, arrepentido. Y cada vez que vuelve a llevarla al zoo, la niña y el padre se besan como amantes y hacen lo que hacen los amantes. Hasta que un día el padre se va, abandona a la hija y a la madre, que jamás se ha enterado de lo que hacen a escondidas. Easy le pregunta - es el oyente de la mujer que cuenta su historia - por qué se fue su padre, y ella le responde que porque la conocía y no se puede estar con alguien a quien se conoce bien. La sabiduría narrativa de Mosley es tan grande que concluye ahí la historia, para que el lector saque sus propias conclusiones. La mujer, adulta, es muy hermosa y una devoradora de hombres. Cualquiera desearía estar con ella. Pero parece que puede haber una aceptación de unos hechos tan claramente censurables y no una repulsa de los mismos. La hay: mientras la mujer está recordando y hablando, aprieta en algunos momentos la mano de Easy y es esa mano la que muestra el rechazo, la que se escandaliza, la que abomina de lo que está oyendo. La mano de Easy, el narrador de la novela, que hace unas horas ha acariciado el cuerpo desnudo de la bella mujer.

Walter Mosley: "El demonio vestido de azul" (5). El nacimiento de un detective


Easy empieza a investigar y busca al último hombre con quien estuvo la chica desaparecida, a la que él brevemente vio una noche pero ha vuelto a desaparecer. Y entonces nace el detective Easy Rawlins, un negro detective privado sin licencia por el momento. "Fueron aquellos dos días, más que cualquier otro lapso, los que me hiceron detective... Sentía un secreto regocijo cuando entré en el bar y pedí una cerveza con dinero que me había pagado otro. Le pregunté el nombre al mozo que atendía la barra y no le hablé de nada, pero en realidad, tra mi charla amistosa, se escondía mi trabajo para encontrar algo. Nadie sabía tras qué andaba yo y eso me hacía sentir como invisible; la gente pensaba que me veía pero lo que realmente veía era una ilusión de mí mismo, algo que no era real." Un momento inolvidable. Pocas veces vemos el momento exacto, el día en que un detective empieza a serlo o decide serlo. Con esta satisfación, con esta ingenuidad, Easy decide ser otro hombre.

Walter Mosley: "El demonio vestido de azul" (4). Crónica de un tiempo y de un país


Hay una suerte de sinceridad, de proximidad en cómo narra Walter Mosley que le engrandece y que es como si nos situara al lado de una ventana por la que vemos una calle y cuanto ocurre. Claro que esto sería insuficiente. Veríamos sólo lo exterior, sólo paisaje, y no tendríamos acceso al interior de los personajes. No es así: la voz de Easy está en continua lucha, en una permanente transición que le lleva de un deseo de estar tranquilo y sentirse seguro a meterse en problemas necesarios para poder pagar su casa y todos los demás gastos. Mosley lo refleja muy bien, así como las diferencias de las clases sociales y de raza. Hablando hace poco con un escritor amigo sobre estilos literarios, y él me decía que el de Hemingway y sus epígonos estaba de alguna manera superado, había que buscar otros derroteros. Acaso tuviera razón, en parte. Discutimos a veces porque yo defiendo casi en exclusividad la primera persona narrativa y él la tercera. En la novela negra es preponderante la primera. Mosley no abusa ni se deja llevar por los tópicos. Easy habla no sólo contando, sino dialogando con el lector, porque su voz es templada y de medio tono. Incluso asegura que él mismo oye una voz interior que le dice cómo ha de hacer esto o lo otro: "Es una voz sin lujuria. Nunca me ha ordenado violar o robar. Simplemente me dice cómo son las cosas si quiero sobrevivir. Sobrevivir como un hombre." Y yo percibo así su voz narradora: no cuenta hechos tremebundos ni sangrientos gratuitamente ni para destacarse o escandalizar porque sí, sino que nos habla de una lucha por la supervivencia en lo físico, en lo económico y en lo moral. Así, Mosley hace crónica de un tiempo y de un país.