Giorgio Scerbanenco: Muerte en la escuela (y 3). Crítica


Necesitamos más novelas como ésta.
No hay maniqueísmo, hay personajes, hay historia y hay una mirada personal sobre el mundo.
"Muerte en la escuela" es quizá la mejor de las cuatro novelas que Scerbanenco escribió con Duca Lamberti como personaje protagonista. Con una mirada netamente dostoievskiana, Scerbanenco toma un caso que podríamos quizá encontrarnos en las primeras páginas de un periódico hoy mismo y nos ofrece literatura de la mejor, honda y veraz, esquiva todo lo trillado y sabido. Unos chicos que asisten a una escuela nocturna violan y matan salvajamente a su profesora. Ése podría ser el titular. A partir de ahí, lo más fácil es dejarse llevar por lo superficial, lo impactante, lo que ayuda a ganar lectores y dinero. Pero Scerbanenco, un autor nada conformista, no siembra de detalles truculentos su novela, no la empapa de sangre fácil y no nos entretiene con una historieta de policías buenos que luchan contra malos ciudadanos y se ganan nuestra admiración de inmediato. La vida no es tan simple como la pintan tantas novelas de este género amado. La vida está llena de recovecos, de decisiones morales que pueden o no tomarse, la vida fracasa en demasiadas ocasiones porque el equilibrio social nunca ha existido.
Estamos en 1968. Duca Lamberti es un policía con un pasado irregular, con una compañera triste que le ama aunque los actos de Lamberti la han dejado marcada para siempre, con una hermana que le necesita y una sobrinita que muere en los primeros capítulos mientras él se entrega a su trabajo con fervor y quiere llegar al fondo de una escena del crimen que le atormenta. Scerbanenco sabe conmover, sabe hacernos sentir, sabe narrar. Y por eso nos quedamos paralizados ante el cuerpecito de la niña muerta, en el hospital, y ante la cara vacía y sufriente de la madre que ha perdido a un ser pequeño y especial sin esperárselo, a causa de una pulmonía que sólo mata a uno entre cien mil pacientes. Scerbanenco, en breves pinceladas, hablando de la ropita de la niña, eleva la categoría de novela negra a novela de calidad, de alta calidad.
Las investigaciones tienen su lógica. Lamberti presiona a los chicos, se mueve furioso y rápido, pero los chicos callan y se refugian en una hábil coartada: yo no lo hice, fueron los otros, no vi nada, me mareé y no me enteré. Pero son jóvenes, demasiado jóvenes, y Lamberti sospecha que alguien los ha azuzado, los ha empujado a cometer el crimen. Y la investigación rompe su lógica. El tiempo es un enemigo y a la vez un aliado cuando se tiene paciencia. Y Duca apuesta por un chico, se lo lleva a su casa, alejándolo del reformatorio en que lo han internado al ser menor de edad, y espera. La novela nos presenta entonces a un nuevo personaje, nos informa de cómo es la vida de los humillados y ofendidos de los años sesenta del pasado siglo sin abandonar la línea narrativa, sin añadir palabras, meditaciones ni inútiles digresiones. Y, como ocurre en las mejores novelas, nos creemos a ese personaje, empezamos a tener ya no una imagen unidimensional de él sino otra más compleja, cambiante, que a veces nos mueve a la compasión y a veces al desdén: como en la vida misma, como ante muchas personas que conocemos en la vida real. Y la investigación, atípica, como atípico es su investigador -Lamberti, una de las mejores creaciones de la novela negra-, desemboca en el lugar en que aguarda el horror, en que puja fuerte la venganza, en que el ruido es ruido y miedo y desolación e imágenes que desnudan a algunas almas humanas que provocan asco y dolor.
"Muerte en la escuela" es una obra maestra del género y una gran novela a secas. No hay zigzagueos cansinos en su trama, como tantas veces nos encontramos en la novela negra estadounidense, exhibe una transparencia deudora de una concepción dostoievskiana de este arte que está perfectamente equilibrada con la profundización psicológica, sutil y experimentada. Se puede ver toda la historia, abarcarse con una sola mirada, contarse en cinco minutos. En su prosa -que se arquea a ratos, que se encoge y se expande en otros sin romper jamás su ritmo interior, que es expresiva, susurrante y clamorosa según lo requiera la ocasión,- hay una voz que nada le debe sino a sí misma, que es el fruto de una vida dedicada a un oficio en el que se progresa constantemente, que dialoga con el lector y le pone delante palabras y expresiones que justifican el medio, la creación sobre papel. Y, además, nos plantea una serie de preguntas que no resultarán jamás baladíes: ¿se puede creer en la pena de muerte en la vida privada y defender en público su abolición?, ¿se puede confiar en una sociedad que crea víctimas y las apaliza hasta que no les queda más remedio que reaccionar y adoptar el papel de verdugos?, ¿caben las segundas oportunidades en el corazón de los humillados?, ¿y en el corazón de los que sólo piensan en sí mismos? Acabo recordando una escena: la abuela de uno de los chicos le cuenta a Lamberti que el juez determinó que su nieto dejara la casa paterna y quedara a su cuidado, pero es un muchacho díscolo y no le hace caso y desaparece y no vuelve sino cuando le da la gana. ¿Qué puede hacer una anciana en tal situación, que la rebasa? Cuando el chico lleva varios días sin asistir a la escuela nocturna y se halla desaparecido, la anciana duda y, como está legalmente obligada a informar a la policía, oye los consejos de la asistenta social, que le indica que espere, que no le complique más la vida al muchacho, y también las reflexiones de la maestra, que la invitan a informar sin tardanza, porque cuantos más días pasen más grave puede ser lo que ocurra. ¿A quién hacer caso? ¿Quién tendrá la razón? No os quepa duda, amigos, de que, como sucedería en vuestra vida o en la mía o en la de cualquiera, la decisión de la mujer se presenta difícil y con un hondo componente moral. "Muerte en la escuela" es, en definitiva, una novela negra y también un tratado sobre la pasión y la venganza que encierra un agudo análisis social y político que nos acerca a temas que a todos nos preocupan.

Giorgio Scerbanenco: Muerte en la escuela (2). Duca Lamberti

Duca Lamberti es uno de los mejores personajes de la novela negra, uno de los más creíbles y singulares, de los que han sido creados con mayor acierto y sensibilidad. Es un médico que estuvo en la cárcel acusado de practicar eutanasia. Se hace policía ayudado por un amigo de su padre, que se convierte en su superior. Conoce a la perfección las calles de su ciudad, Milán, e interroga a los sospechosos dejando espacio a la duda y mirando más allá de sus intereses inmediatos y sus convicciones, fiel al instinto pero también a una norma que podría acercarle a la definición de policía humanista.
Es creíble Duca Lamberti porque come, porque le vemos pensar y tener dudas, porque le vemos equivocarse, empecinarse con y sin razón, porque es un ángel caído, ya que nunca podrá remontar del todo la pendiente tras haber estado en la cárcel. Uno de sus errores le sale muy caro: la mujer a la que ama recibe multitud de heridas en la cara que la desfiguran para siempre. Pero ella no le abandona y él no deja que lo consuma el remordimiento. Hay que aceptar las cosas como vienen, por duras que sean: es una de las lecciones que se aprenden leyendo las cuatro novelas que Duca Lamberti protagoniza.
Por supuesto, es un policía singular. ¿Cómo podría quedarse, si no, tan arraigado en nuestra memoria? Saca del reformatorio a un chico y se lo lleva a su casa, le compra ropa y lo pasea y lo cuida aunque ha participado en un asesinato -el de la maestra -, y no lo presiona, esperando que le cuente lo que sabe, lo que vio, que le dé detalles para atrapar al secreto instigador que movió los hilos y se sirvió de unos muchachos para un crimen horrible. Es singular porque se vale de su propia ética para investigar -no deja de ser nunca un policía, pero no puede aplicársele la plantilla del funcionario rudo y cabezón que sólo tiene una idea entre ceja y ceja-, porque se juega el puesto para llegar hasta el fondo de los casos, porque sabe que siempre tendrá un pie dentro y otro fuera ocupe el lugar que ocupe, consciente de que todo es provisional.
Duca Lamberti es un personaje de su tiempo, perdurable, porque asume la culpa y sigue, no se hunde en hondas y vanas meditaciones, porque sabe que el sistema es más fuerte que él y se aplica en su trabajo a fondo como respuesta a la dejadez, la indolencia y el conformismo general. Y también porque padece, porque sufre conteniendo sus emociones, porque no rehúye la mirada en el espejo pero jamás se deleita en exceso ante lo bueno ni ante lo malo que pueda causar.
Supongo que, de haber nacido en los Estados Unidos, de haber sido valorado con atención por críticos y devoradores de novela negra que luego se han convertido en escritores, hoy Giorgio Scerbanenco sería considerado un clásico imprescindible. Lo es. Las cuatro novelas protagonizadas por Duca Lamberti pueden ser leídas por cualquiera, exija lo que le exija a una novela, y la mirada y la sensibilidad del autor nunca defraudan, y tampoco la originalidad de sus historias, la profundidad de las mismas y el equilibrio entre lo que se dice y lo que se sugiere, cualidad que define al gran escritor y le otorga el premio de la permanencia y el reconocimiento de los lectores avezados, los lectores exigentes, que se enfrentan a los textos con ojos limpios.

Giorgio Scerbanenco: Muerte en la escuela


Una pandilla de chicos que estudia en una escuela nocturna viola y mata salvajemente a su profesora. Son unos actos inhumanos, cobardes, impropios de muchachos, aunque se trate de jóvenes inadaptados, delincuentes. Sólo con ver la fotografía de la muerta los propios policías sienten náuseas y rabia. Hay cosas a las que uno no puede acostumbrarse, hay crímenes horribles que no pueden dejar indiferente ni al más curtido profesional. Duca Lamberti, médico y policía, se siente impelido a resolver el caso como sea, aun a costa de no ir a su casa, donde le espera su hermana con su sobrina enferma. La pequeña tiene cuarenta grados. Lamberti recurre a su novia y a un pediatra amigo para que ayuden y acompañen a la hermana y a su hija. Mientras interroga a los chicos, la niña empeora, luego se recupera, y él decide seguir adelante, descubrir al culpable, al verdadero culpable, pues los muchachos dicen que no participaron en la violación y el asesinato, cada uno declara individualmente que le obligaron a permanecer en el aula y que tuvo que beber y no se enteró de nada. Estamos en 1968. No había C.S.I. Cuando el jefe le dice que se vaya a su casa a descansar, Lamberti le pide que le deje continuar con el caso, que haga lo posible para que el juez aún no se lleve a los chicos de la comisaría. Y se marcha con la cabeza llena de fotos, de declaraciones falsas, de rabia y de dolor. Y en su casa no le espera nadie. La niña -víctima de una pulmonía fulminante, un caso entre cien mil- ha muerto.
Giorgio Scerbanenco, uno de los grandes de la novela negra, deja solo al lector ante la tragedia durante unos instantes, aunque la novela sigue, pues no hay páginas en blanco, claro, y nos pone en el lugar de Lamberti, empecinado en resolver el caso, imbuido de un deseo de justicia que le ha impedido estar con su sobrina y con su hermana durante las últimas horas de vida de aquélla. El planteamiento moral está servido, tácita y brillantemente, y el lector tiene la última palabra. El lector que seguramente cerrará el libro un instante y meditará, tragará saliva, tendrá una de esas fuertes sensaciones profundas que la literatura de cuando en cuando nos procura y que la hacen tan necesaria e insustituible.

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Ross Macdonald: En busca de una víctima (y 2)

Hay una pasión amorosa muy fuerte y muy sentida, inevitablemente destructiva, dentro de esta novela. Una pasión a la que no puede negarse un hombre que ama a una mujer. Un hombre íntegro, pero casado. Una mujer que es su cuñada, a la que ha intentado no acercarse demasiado, a la que ha intentado no amar. Pero nadie puede resistirse cuando la persona amada da también los primeros pasos. El sueño se cumple y es más fuerte que quien lo soñaba.
Estamos ante una novela negra, por supuesto, pero también ante una novela de amor. Con personajes creíbles, muy bien trazados mediante una caracterización que empieza por sus motivaciones íntimas. Es una obra emparentada con la tragedia griega -algo habitual en Macdonald-, sin más violencia que la precisa y sin más muertes que las que el argumento reclama. No hay embrollo, no hay sorpresas que dejan más tarde un regusto a recurso facilón.
El lector ve y siente las ideas, puede emocionarse, se llevará alguna sorpresa y tendrá que tomar decisiones ante los conflictos morales que presencia. El título ya lo indica claramente: el detective privado Lew Archer no busca sólo culpables esta vez: también busca una víctima. Y Macdonald pone ante él a un culpable que también es víctima: así pensaba este gran escritor, así rehuía los tópicos.
La novela está mejor escrita que nunca, con el estilo lírico del narrador aún más certero, pulido y lleno de imágenes físicas y paisajes morales que tocan cada vez más en lo hondo del lector, dejando de lado el puro acierto verbal y la comparación inteligente pero excesivamente literaria para legar páginas, párrafos y frases que están ligados a los sentimientos, las dudas y los vaivenes que padecen los personajes. El estilo es sincero y poderosamente visual, de absoluto maestro. No sé si ésta es la obra cumbre del ciclo dedicado a Lew Archer, pero sí estoy seguro de que es una novela de una categoría superior, de uno de los grandes escritores del siglo pasado, mucho más importante que otros muchos que nunca escribieron novela negra y que pasarán lentamente al olvido pese a que ahora los tenemos por indiscutibles y creadores de literatura más seria, más académica. Dentro de muchos años Ross Macdonald será tan necesario para saber del siglo XX como Kafka, Musil, Proust, Benet, Cortázar, Mailer. Cada uno en su sitio, pero todos igual de necesarios. Macdonald y otros escritores de este subgénero, como Patricia Highsmith, no caminan con la cabeza gacha. No al menos para quienes valoran de la literatura algo más que las letras. En Macdonald está lo mejor de la tragedia griega, el psicoanálisis, el estudio de los conflictos familiares, la violencia ciudadana, la preocupación ecológica, el misterio de la libertad, de la vida y de la muerte. Es mucho, creedme, es mucho.

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Ross Macdonald: En busca de una víctima


Hay veces en que uno lee a Ross Macdonald y tiene la sensación de estar ante una obra de Tennessee Williams, tan bien perfilados están los personajes, tan latentes están los dramas familiares sólo medio ocultos, tan vivos parecen los caracteres y los personajes. Macdonald dominaba las historias familiares y los encuentros y desencuentros de sus integrantes como pocos y, partiendo del mito, de la tragedia griega, los llevaba al territorio de la novela negra, con un detective que actúa de detonante para que las bombas estallen: la muerte, los odios profundos e inconfesos, las envidias, los deseos y los disimulos que esconden lo más grave y más enterrado en el pasado. Lew Archer, ese detective, aparece y actúa y ve cómo se rompen en pedazos esas familias, cómo los secretos salen a la luz para herir o matar y toma nota y nos cuenta las historias porque sabe que asiste al desmoronamiento de un mundo que se finge perfecto, evolucionado, controlado y capaz pero en verdad está corroído por las pasiones humanas más comunes, que jamás faltan a la cita, jamás se desvanecen ni se desvanecerán por mucho que el ser humano logre avances científicos. Ross Macdonald escribe para llegar al fondo de las tragedias, de las confusiones, de los recuerdos reprimidos y de los dolores que nunca desaparecen del todo. Y Lew Archer, con su mirada lírica, creativa y profundamente humana, hace la crónica de un tiempo y un lugar con la justa emoción y la exacta verdad exigibles. Sigo pensando que las novelas de Ross Macdonald forman parte de la mejor literatura del siglo XX.

Miguel Ángel Muñoz: El síndrome Chéjov


Pasa el tiempo, huye, se hace enemigo. Por eso traigo aquí de nuevo dos textos dedicados a un libro fundamental de nuestras letras recientes, del que he leído menciones hasta en una revista de cine que colecciono desde hace veinte años (Dirigido Por). Esperemos que pronto su autor nos premie con una nueva entrega -se está demorando ya un poco, pero es una prueba más de que el relato es un género difícil, exigente- y pronto volvamos a hablar de él en presente. Mientras, recordemos y releamos (o descubrid, según el caso: los libros no mueren porque haga dos años que se publicaron, amigos). El título de las entradas era: Género sin género, 1 y 2.

En el libro de este escritor, de reciente publicación, titulado "El síndrome Chéjov", hay un relato que da pie a este comentario sobre los géneros. "Si la hubieras conocido" sólo tiene cuatro páginas, una voz de un juez que narra y una muerta. Podemos imaginarnos que a la muerta la mataron. Que el juez sabe más de lo que demuestra saber. Y hay una casa por la que el juez camina, husmea, descubre y acaso reconoce. Yo prefiero - cada vez más - a los que saben sugerir que a los que lo muestran todo: vale que haya una Scarpetta, cientos ya cansan; vale que haya un asesino caníbal, cientos cansan. La novela policíaca es repetitiva, y por eso mismo a veces cansa. Las mayores alegrías últimamente me las dan autores que visitan espontánea y fugazmente el género. Como la literatura en general, el género necesita al que escribe porque tiene que decir algo, porque algo le escuece - mientras duerme o en la vigilia - y sólo puede traducirlo en palabras: quien lo traduce en golpes, silencios o disparos ya ha elegido otras vías poco complementarias. El relato que me ocupa podría ser de género. Pero aquí hay además un buen escritor, hay párrafos largos y bien medidos y hay sugerencia, amigos, muchas cosas se sugieren en apenas seis párrafos. Brillante contención: detesto los best sellers porque suelen ser huecos, hinchados falsamente, estereotipados, como pagados a tanto la palabra. Reivindico a autores como Miguel Ángel Muñoz: su primer libro y ya da una lección. En este mundo literario en que hay mucho sobrante, llega este hombre y marca un tanto en un terreno que en principio no es el suyo. Abramos los ojos: si en Francia o en Alemania la novela negra está mejor considerada que aquí debe de ser porque son mejores sus escritores que los nuestros. No todo puede ser sota, caballo y rey.

El ejemplo de Muñoz Molina es válido: ha entrado en el terreno de la novela negra para hacerlo suyo, lo ha conquistado y lo ha transitado para contarnos historias que necesitaban un determinado tono, un determinado estilo. Pero sin olvidar la creación de personajes, la buena prosa, los ambientes, las atmósferas, el lenguaje creativo. Si bajamos mucho el listón no estaremos haciendo mala novela negra, sino mala novela, nada menos. Miguel Ángel Muñoz ha imaginado una historia, ha elegido un contexto y una voz narradora que acerque esa historia al lector. Y no ha rebajado la intención creadora para ponerla al alcance del lector de género - cuánto se nota eso en la ciencia-ficción, género que también conozco -, no se ha rebajado. Creen algunos que porque hay ya autores de best sellers en español la literatura tiene más sentido o está salvada: más ventas, más posibilidad de que aparezcan nuevos escritores por los que apostar. Nada más falso: ya hubo un boom de la novela negra en los ochenta y no pasó de ahí. ¿Por qué, amigos? Se publicó mucho, se leyó, pero ¿qué obras maestras nos dieron esos años? ¿Qué obras maestras nos ha dado la novela negra española? ¿Qué autor de gran categoría nos ha dado el género en España? Veamos. Vázquez Montalbán, Juan Madrid, Andreu Martín, Eugenio Fuentes, Lorenzo Silva podrían ser los candidatos. Pero ¿hay una novela que pueda ponerse a la altura de la que suele señalarse como la mejor, "Los mares del sur"? ¿De cuándo es ésta? 1979. Ya ha llovido. Hay que ampliar metas, ser más exigentes, amar el género pero no considerar que vale cualquier cosa. Hoy Miguel Ángel Muñoz, que seguramente nunca escribirá una novela negra, me ha alegrado el día.

Fernando Savater: Caronte aguarda


He aquí una novela ejemplar, perfectamente negra y filosófica, humana y realista, alegórica y fundamental. Se trata de una de las mejores novelas que el género negro ha dado en nuestro país y la considero además una de las mejor escritas, de las mejor acabadas, lo cual no es poco cuando hablamos de novela y más aún cuando hablamos de novela negra.
Se publicó en 1981 y no ha dejado de reeditarse y de leerse desde entonces, pero creo que no se le ha hecho verdadera justicia a este texto lleno de aciertos literarios, con frases de una altura que pocas veces hallamos en nuestras letras, y de personajes absolutamente inolvidables. Su estructura clara y bien diferenciada me parece acertada y conveniente para recordar la historia en conjunto. La escasez de personajes sirve para profundizar en ellos, para centrarnos en unos cuantos ejemplares de fauna humana que dibujan muy bien un paisaje de mentiras, miedos y muertes que ofrecen otra cara de la transición española y de sus protagonistas, de sus recelos y de sus conexiones ocultas. Por supuesto, escrita por un joven Savater, ya podemos imaginarnos que se trata de un expediente contra el todo. Pero es un expediente que está muy bien documentado, argumentado y literaturizado, que quede esto bien claro en todo momento: estamos ante una vigorosa, cumplidora novela.
Dos hombres matan a martillazos a Laura, una mujer que es o ha sido comunista. Su hermano, profesor universitario, se encuentra con que la policía acepta la versión de un periodista que conoció bien a la asesinada. Pero él se pregunta "cómo se podía ser Laura y morir, qué había en Laura que reclamara la muerte, esa muerte". Y no es el afán de venganza lo que impulsa a Amador, sino el afán de conocimiento, el deseo de hallar la lógica que llevó a su hermana a ser asesinada. Partiendo de estos planteamientos, la novela nunca abandona el curso narrativo de lo prometido y nos muestra cómo los fascistas de la época -que nunca han dicho adiós definitivamente- defienden sus espacios, cómo están siempre presentes tras la maquinaria del poder. Pero no se conforma Savater con señalar y liquidar el asunto por las buenas y por las claras, sino que se adentra en los sombras y nos habla de alianzas impensables, de venganzas inaplazables, de pactos con el diablo político. Siempre de una manera impecable, razonada, hecha palabra y acción.
La novela, este recurso de la literatura tan vivo y tan preciso para el que no se conforma con ver imágenes, tendría que haber seguido por esta senda: hacia la cultura, la meditación y también el adulto entretenimiento. Quizá a muchos lectores perezosos ciertas palabras, ciertas adjetivaciones les molesten, ciertas referencias cultas les parezcan guiños innecesarios. Pero en este libro late una sinceridad rara, una voluntad de compromiso absolutamente puro, libre, sin miedo a la contradicción, sin miedo del autor a quedarse solo después de decir sus verdades, que pueden molestar a tirios y troyanos. Es una novela de un autor independiente, lleno de valentía y de ética, que no traga y no quiere hacerles tragar nada a sus lectores, pues nadie sale indemne, nadie aparece en estas páginas como un héroe o un ángel. Y esa apuesta por traer ante nuestro ojos un espejo que refleja en plenitud al ser humano es la tarea de unos pocos autores de la literatura universal, empeñados en destapar las mentiras de su tiempo, los horizontes borrosos, las falsedades comúnmente aceptadas. Las novelas que prefiero, las que me acompañan y nunca me abandonan desde que las leo son como ésta, parecidas a un picor en el cuerpo y en la mente, que nunca acaban del todo pese a haber llegado a la última página, que vuelven y sacuden y molestan y consuelan y desperezan. "Caronte aguarda" es una de las pocas novelas que yo llevaría siempre en mi maleta.

Lectura: El otoño de la novela policiaca (con una gran valoración de "Caronte aguarda"), de Iván Sánchez

Mariano Sánchez Soler: Para matar


Nos ofrece la colección "Tapa Negra" de Almuzara la mejor novela que ha publicado esta editorial, por encima de las firmadas por González Ledesma, Amir Valle, Lorenzo Lunar, Antonio Lozano e incluso superando la "Trilogía de Argel" de Yasmina Khadra: "Para matar", de Mariano Sánchez Soler. Es una de esas novelas que invitan a la reflexión y al recuerdo crítico de unos años decisivos en la vida de los españoles que tenían dieciocho, veinte o veintipocos años cuando se iniciaba la década de los ochenta del pasado siglo. Nos cuenta la muerte de una estudiante a manos de un grupo fascista y la venganza que emprende alguien que la conoció, desengañado y convencido de que para matar sólo hace falta saber morir.
Sánchez Soler no se enroca en el género ni se aprovecha del minimalismo del quehacer literario-cinematográfico para contarnos las andanzas del joven vengador, sino que nos da una novela muy bien urdida y muy cercana a la obra memorialística, absolutamente verosímil, destilada palabra a palabra, con un uso natural y poético de la segunda persona que me parece destacadísimo, más efectivo aún porque aparece cuando no se lo espera y es siempre breve, preciso, como el aparte de un personaje teatral que se dirige a quien está más allá del escenario y le dice y le cuenta y le revela que todo lo que hace, dice y piensa se lo debe al ausente; en este caso la ausente, la muchacha asesinada.
La historia la cuentan siempre los vencedores. Nos quedan las novelas para saber la verdad, para oír a los vencidos, para desentrañar las mentiras. No fue modélica nuestra transición, no se les hizo justicia a los estudiantes que en el año 80 -y tampoco en el 87, cuando hubo una huelga que yo viví y que dejó escenas parecidas a las que se narran en esta necesaria novela- lucharon para cambiar un sistema caduco, triste, mediocre y rutinario que ha llegado a nuestros días y nos ha legado a seres tristes, rutinarios, empeñados en el cobro y el olvido, en mirar hacia otro lado y nunca cuestionar nada que no sea la falaz independencia y la escrutada libertad de que gozamos. Ya se luchaba entonces, valga de ejemplo, por la desaparición de la selectividad, sistema injusto, ocultador de males mayores y de carencias llenas de vacío y arrogancia de nuestros sistemas educativos. Sánchez Soler, a la par que nos narra una bien llevada novela negra, hace crónica de aquellos años y aquellos inconformistas que fueron quizá los últimos en arriesgar, en exponerse, en pedir cambios radicales. En padecer la historia y sus mentiras impuestas a las bravas.
Digo que ésta es la mejor novela de la colección porque la prosa tiene hallazgos hondos y poéticos a ratos, porque la estructura es perfecta - se desgrana al inicio de cada capítulo una carta que el protagonista les ha enviado a sus padres y sólo entendemos cabalmente al llegar al final del libro-, porque no le sobra ni le falta nada,- y no miente, no se queda a este lado de las cosas, sino que nos lleva al interior del corazón del fascista, comparte con nosotros la visión del alma del fascista, desde la primera fila, no desde la distancia, como sólo hacen los escritores que van al fondo de la materia que les preocupa y les ocupa-, porque es una gran novela que emociona y encoge el corazón del lector, lo arranca del cómodo sillón, lo pone ante unas verdades palpables e ineludibles que son un regalo maravilloso en tiempos de solitarios, individualistas y amnésicos voluntarios que no quieren ni quieren querer. Es una novela que no se le caerá a ningún lector de las manos, por exigente que sea, por mucha aversión que tenga por la novela negra, de la que participa pero en la que no se entierra este "Para matar", valiente libro de imágenes vivas e imborrables, que no parece ser el fruto de alguien que va inventando ni contando, sino más bien testimoniando algo que innegablemente ha vivido, una obra que se merece mayor reconocimiento y ojos limpios que entiendan y valoren .

Texto para leer sin sobresaltos: El fascismo futurista

Una magnífica entrevista: Graciela Barrera y Rosa Silverio dialogan en torno al libro "Rosa íntima"

Rosa Ribas, Premio Brigada 21


Amiga y escritora con dos libros que podéis encontrar en vuestra más querida librería y también en grandes superficies, pues no sólo publica sino que la leen y la siguen sus fieles e inteligentes lectores, Rosa Ribas acaba de ganar el Premio Brigada 21, que otorga la Asociación del mismo nombre, creada en defensa del género negrocriminal. Lo ha obtenido en el apartado de Mejor Primera Novela, pues "Entre dos aguas" es la primera con policías y delincuentes dentro de esta escritora catalana y universal. Llegar y besar el santo, que decíamos antes. Por si le quedaban dudas, la próxima entrega de la comisaria Cornelia Weber-Tejedor es ya ineludible. Felicidades, Rosa. Y adelante esos lectores que no la conocéis, que no habéis leído aún esta novela que nada tiene que envidiarles a las de los mejores autores actuales del género.

Raúl Guerra Garrido: Lectura insólita de "El Capital" (y 5)


En tiempos en que la posmodernidad, lo ligero (light), lo tradicional predomina, es bueno volver la vista y recuperar obras que nos llevaron adelante, que ayudaron a formar lectores inconformistas y opiniones arriesgadas. El best seller manda en nuestro país, lo apoyan las grandes editoriales que antes luchaban por colocar en las listas de más vendidos a autores de verdadera importancia literaria, a escritores imprescindibles. Ahora la apuesta se centra en los que pueden vender mucho y, como vender y ganar está muy bien visto, se buscan coartadas culturales, se contrata a voceros para la loa y se enmaraña y se confunde y, de alguna manera, se manipula y se miente. Es el estado de las cosas. Como defensor de la novela negra - no toda, no cualquiera, claro está-, de la literatura pobre, estoy en el centro de la denuncia y de la fácil crítica, la socorrida descalificación. Pero uno es como es, escribe porque quiere y lee por el mismo motivo y, sin subvenciones ni más intereses que hablar de lo que creo que merece la pena, sigo con mis apuestas y reivindicaciones.
Algún crítico calificó equivocada, precipitadamente a Raúl Guerra Garrido de autor de best sellers de calidad. Qué tontería. El best seller nace con coordenadas prefijadas, con puntos y comas prepuestos, con una maquinita al lado que dicta y elabora y fija el número de páginas, el tema, el fondo y el trasfondo, la intención y la determinación. Guerra Garrido es un escritor independiente, atrevido, que se lanza sin paracaídas. Como trata temas de la actualidad, le caen gordas y de punta a veces. Pero traigo aquí una de sus novelas porque creo que tiene gran calidad y está llena de aciertos literarios y valentía personal. Otros seguirán hablando de vidas interiores y tardarán cuarenta páginas en hacer subir a un personaje una escalera, como decía mi admirado Vázquez Montalbán: allá ellos. Guerra Garrido habla de la realidad y la aborda con materiales adecuados para contarla -el monólogo interior, la prosa de larga tirada y con pausas mediante comas que plasman a la perfección otra manera de traer el aliento del que habla y del que piensa, la multiplicidad de voces-, materiales que no son los del autor de best sellers, ese tipo que maniobra con unos recursos limitados a propósito.
"Lectura insólita de ´El Capital´" ganó en el año 1976 el Premio Nadal. Poco aficionado soy a sacar a relucir los premios, pero en este caso data y además nos recuerda que éste era un premio eminentemente literario-qué tiempos aquellos-. Narra una historia que se puede resumir en pocas líneas: el secuestro de un industrial que se ha hecho a sí mismo y que tiene a sus obreros en huelga. A partir de ahí, Guerra Garrido monta un artefacto perfecto y diferenciado en dos partes igual de interesantes: una, con la narración en tercera persona y en la primera del monólogo interior del industrial secuestrado; la otra, con las múltiples voces que se atreven a hablar ante la grabadora de un desconocido que investiga por su cuenta. No se encalla en ningún momento la historia, no se dan datos de más ni se juega a la etnología gratuita, sino que, por el contrario, la gran capacidad creativa -y recreativa - de Guerra Garrido nos brinda la posibilidad de disfrutar de una trama perfectamente novelesca y, a la vez, de un ensayo, un juego de espejos, una inmersión en el espíritu empresarial español, en el del vasco, en el del explotado y en el del explotador, en el del atemorizado y en el del atemorizador, en el del vencido y en el del vencedor. Porque la gran lección de la novela es que, pese a que adivinamos que Guerra Garrido está del lado de los vencidos, la voz del industrial -su voz más íntima, sus pensamientos, sus miedos y deseos - es la que prevalece sobre el resto, la que se mueve entera y libre, evitando así la creación de un objeto y de un panfleto, algo que en la novela en general y sobre todo en la novela política y la novela negra no suele abundar, signo de que se hacen las cosas con prisas y opaco talante la mayor parte de las veces. Como Chandler, Guerra Garrido le cede la palabra a aquel con quien no comulga, a aquel a quien critica, y sin maniqueísmos idiotas vemos y comprendemos mejor.
Menuda novela, amigos. Con los titulares en que se habla de terroristas menudeando en cualquier periódico, con los conflictos aún sin resolverse, con muertos y dolor e incomprensión y violencia aún sin pararse, leer este libro es una pequeña obligación y un disfrute para todo aquel que quiere saber más, profundizar, escapar de la brevedad de la información periodística y del ruido insensato que ensordece y no ayuda a meditar y solucionar.


Lectura: "Desgracia", de J. M. Coetzee

Noticia: Premio a una película basada en la novela del escritor Gabriel Báñez: "Los chicos desaparecen"

Raúl Guerra Garrido: Lectura insólita de "El Capital" (4). Momento cumbre

Hay un momento de gran valor en la novela: cuando el secuestrado trata de huir y no lo consigue, el monólogo interior se desboca, es como un río que se desborda, y sentimos el dolor del secuestrado, al que le han roto un brazo, sentimos su impotencia, sentimos cómo su mente se rasga y los pensamientos huyen despavoridos ante la idea de la muerte, cómo buscan el consuelo en el recuerdo de la persona amada, que es la mujer del secuestrado, a quien él no ha conocido a fondo, que quizá le fue impuesta por su hermana pero ahora, en el momento decisivo, es su único asidero a la vida, o el mejor, el más válido, el más sólido, sorprendentemente el nombre y la persona a la que invocar para no quedarse solo y resistir, para sortear el camino hacia la oscuridad definitiva, el nombre que es la fuerza para asirse al saliente antes de hundirse del todo en el pozo, en la nada, en el lugar en que no podrá seguir siendo él mismo, orgulloso, altivo, convencido de que en el trabajo, en la actividad sin freno está la verdad de la vida. Cuando un escritor tiene que enfrentarse al momento cumbre de su narración y lo hace con la soltura, la profundidad, la emoción con que Guerra Garrido sale no sólo airoso sino de manera deslumbrante de estas páginas uno no puede por menos que reconocerlo, que celebrarlo. Y anotar que ésta no es una novela negra pero que puede servir de base y de estímulo para muchos novelistas negros que ahora tienen una idea en mente, un argumento, y han empezado a llenar páginas y no saben cómo salir del embrollo, cómo superar el sudor frío, el miedo a enfrentarse a la página, al capítulo en que ha de describir un hecho decisivo. Guerra Garrido da una lección ejemplar en las páginas que han generado este texto.

Raúl Guerra Garrido: Lectura insólita de "El Capital" (3). En la pista

En la pista de temas que podemos ampliar por nuestra cuenta, de asuntos que nos pueden interesar y demandan un pequeño esfuerzo consultando diccionarios y enciclopedias, que nos azuzan y despiertan algo dormido que no responde a intereses estrictamente literarios o pertenecientes a la ficción. Guerra Garrido profundiza en algunos temas y nos lanza la pista para que continuemos por senderos interesantes que nos llevan a completar informaciones o ampliarlas o a saber cosas nuevas. Este tipo de novela siempre me ha interesado y siempre me ha parecido absolutamente imprescindible. Requiere una gran labor de documentación, de recabar datos y confrontarlos pero el resultado no siempre es abrumador ni pedante: también la novela puede recoger, además de testimonios y meditaciones, disquisiciones científicas y apasionadas defensas del roble, como en las páginas 190 a 192 de la edición que manejo, coherentes, certeras, alumbradoras. Un etnólogo nos habla de la deforestación. No es prescindible, no es una equivocación. Si se habla de industrialización, si se habla de un industrial secuestrado, ¿por qué no ir a la raíz de ciertas preocupaciones? Novela porosa, plural, sabia ésta. Para leer a ratos degustando y a ratos reflexionando, aprendiendo. Ay, que a veces echa uno de menos a estos autores que te ponen las pilas, que no te dejan sentado y ausente en el sillón de tu casa y te mueven, te empujan, te recuerdan que nos queda mucho por saber y por reflexionar.

Raúl Guerra Garrido: Lectura insólita de "El Capital" (2)

Me paro después de leer algunos párrafos de la novela. Medito. Guerra Garrido es un gran escritor.Lo confirman las páginas en las que le da la voz al empresario secuestrado, retenido en un pequeño espacio en el que ha de defecar ante la mirada despectiva de los secuestradores encapuchados, altivo y dispuesto al enfrentamiento verbal, al principio aún, en los primeros días del secuestro. Los diálogos no tienen desperdicio: el patrono ante el obrero, el explotador ante el explotado, el de la plusvalía ante el que entrega su vida para sobrevivir. Pero Guerra Garrido no nos hace llegar la voz interior de los secuestradores, sino la del secuestrado, un hombre que se considera hecho a sí mismo, que no cede porque ha trabajado en todo lo que ha sido preciso en su propia empresa, que ama el trabajo por encima del dinero, del poder, que lo considera el máximo exponente de la libertad individual, con significación propia, pues es "mi mismidad". De esta manera, Guerra Garrido evita el panfleto, muestra el lado presuntamente rechazable desde el fondo, en la voz del empresario cautivo, y deja así que el lector vaya sacando sus conclusiones, compare y se sienta identificado con él o con los otros: o, mejor, a ratos con uno y a ratos con los otros. Grandeza de la literatura, grandeza de la novela, que en algunos casos es un paso más en la experiencia vital del lector, que encuentra su mayor fortaleza y realización en argumentos como éste, en historias como ésta, que de ninguna otra forma podrían llegarnos tan vivas, creíbles, con un sentido nada absolutista de la realidad que ya ni en radio, prensa ni televisión podemos ver, presenciar, escuchar.

Marina Mayoral: Contra muerte y amor


Es una gran alegría, un gozo para los lectores poder acercarse a una librería en la actualidad y encontrar libros como éste, reeditado en bolsillo recientemente (Punto de lectura). "Contra muerte y amor" es una de la grandes novelas de nuestra literatura, está escrita por una autora viva y que sigue en activo, dándonos más frutos de su portentosa sensibilidad, de su inigualable aliento narrativo. Yo aconsejaría la lectura de esta novela para un largo verano o para las tardes de un imperturbable invierno. Porque es necesario concederle tiempo, no devorar alocadamente sus páginas. Poca novelas en lengua española han acertado de manera tan segura en la creación de personajes, pocas dejan una huella tan firme en nuestra memoria como ésta. Fernández, Esmeralda, Daniel son tres personajes que me recuerdan a los logros mayores del gran Miguel Delibes, de una pieza, creíbles, levantados con palabras y con hechos que siempre nos parecen verdad, que nos conmueven y nos tocan muy adentro, que levantan una existencia paralela que uno frecuenta y asume como algo necesario, importante, tan real o más que la propia vida que uno vive o ve desde las ventanas del alma.
La utilización de recursos muy elaborados y de cierta complejidad técnica en esta novela no es jamás gratuita, jamás exhibicionista, sino absolutamente necesaria para ir entendiendo mejor la historia, lo que une a varios personajes muy dispares, lo que los acerca y los aleja para siempre. Son recursos que parecen olvidados en nuestra actual novela y que fueron utilizados por autores que apostaban por el arte novelesco como conocimiento profundo del mundo y del ser humano, por inconformistas que buscaban la pluralidad en el discurso, la autenticidad y el riesgo. Marina Mayoral cuenta historias desde varias voces -sin abandonar nunca la tercera persona narrativa -, repite frases que marcan a los personajes como el leit motiv una composición musical, hace que el tiempo sea circular y avance y se detenga y se muerda la cola, inteligentemente nos muestra al hombre y al niño que fue a la vez cuando algún personaje se encuentra en una situación definitiva, utiliza el diálogo como arma y no sólo como contrapunto, inicia caminos y los deja a la mitad por un tiempo y los retoma y los hace crecer hasta donde ningún lector podía esperar.
Hay una trama que justifica la aparición de "Contra muerte y amor" en un blog dedicado a la novela negra, por supuesto. De la que no hablaré en esta ocasión, porque sería hacerle un flaco favor a este libro lleno de meandros, de confluencias y de apuntes al natural que crecen hasta ser cuadros perfectos y autónomos. Pero hay, por encima de todos los demás logros, una agudísima percepción psicológica para entrar en los personajes y mostrarlos y vivificarlos y alejarlos del cliché, de la estampa, del dibujo al carbón que sitúa a su autora entre los escritores verdaderamente grandes de nuestro tiempo y le permite a uno afirmar que estamos ante uno de los libros más importantes de los últimos tiempos, ante una obra maestra absoluta de nuestra letras, un festín literario al que todos estamos convocados y del que nadie saldrá con menor valía, sino gozoso y más sabio y más comprensivo y más humano.


Lectura recomendada: Un blog que invita a la lectura: Libros y comentarios

Raúl Guerra Garrido: Lectura insólita de "El Capital"


No es un autor indiscutido -no los hay, seguramente-, no tiene ninguna novela que destaque en su producción, o sea, ninguna obra maestra o de referencia, y sin embargo pertenece a esa estirpe de escritores absolutamente necesarios que han acertado en sus libros a hablar de la realidad, lo que acaso le haga ganarse un puesto en la disputada carrera hacia la eternidad literaria. Ganó un premio muy importante hace dos años, pero su fama y su valoración no han aumentado demasiado. He leído varios libros de Guerra Garrido, he disfrutado con ellos, y valoro altamente su capacidad para contar una historia y crear una estructura, un andamiaje con el que sostener su gran inventiva, su destacadísimo oído para lo coloquial.
"Lectura insólita de ´El Capital´" ganó el premio Nadal en 1976. El ejemplar que conservo me lo regaló un amigo almeriense y socialista, director hoy de una revista de interés general, en el verano de 1987, conocedor de mi afición a la novela política y social. Me dijo que lo leyese "Ya". He tardado muchos años en hacerle caso. Pero sin duda ha merecido la pena. En una época en que la ficción domina nuestras vidas y las apelmaza, entrar en este libro supone recibir un soplo de aire fresco. La historia nos es servida con profusión de voces, con una escritura libre y que cree en el uso de la coma para señalar las pausas (no es ninguna tontería esto que señalo: hay muchos equivocados cultivadores del gran estilo que sólo ahogan al lector con largos párrafos). Por un lado, tenemos la narración clásica, en tercera persona -muy hábilmente surtida de monólogos interiores-, y por otro las voces recogidas por un agente anónimo que usa un magnetófono que fielmente registra cuanto se dice: qué bien expresadas están las inquietudes del enlace sindical, del alcalde, del amigo y del enemigo. Todo gira alrededor del secuestro de un industrial vasco -entonces no eran empresarios- que en cautividad va a leer "El capital". Guerra Garrido utiliza la novela para aportar pluralidad -qué bien les vendría a tantos medios escritos, a tantas emisoras de radio y cadenas de televisión, que sólo obedecen a la voz de su amo, aprender de esta lección-, para sondear en el pasado, para contarnos mucho y bien de los conflictos vascos. Y a la ficción le añade realismo, y con la ficción crea realismo, y dignifica la novela y la realidad y sigue vigente en este 2008 en que hay que apostar por recuperaciones como ésta, ejemplos que permiten creer en la fuerza y la sinceridad imbatidas de la novela, de la mejor ficción.


Texto recomendado: "Rifirrafes en la provincia del presente", de Ricardo Vigueras (El Profesor Gafapasta)

Los neoyorkinos, como conejos (Las ciudades)


En el libro "Ocho millones de maneras de morir", de Lawrence Block, encontré estas líneas que invitan a un interesante reflexión:

Trato de no pensar en su muerte, en la forma en que lo hicieron. ¿Ha leído Watership Down?...Trata de una colonia de conejos, de conejos semidoméstico . La reserva de comida es abundante, ya que los humanos les facilitan todo lo que les hace falta. Es una especie de paraíso de los conejos, salvo porque los hombres encargados de darles la comida aprovechan para poner trampas y pegarse una buena cena de vez en cuando. Los conejos que sobreviven nunca hablan de las trampas, nunca mencionan a su compañeros desaparecidos.Tienen una especie de acuerdo tácito porque actúan como si las trampas no existieran y sus compañeros muertos no hubieran existido jamás... ¿Sabe? Creo que los neoyorkinos somos como esos conejos. Vivimos aquí porque nos beneficiamos de lo que la ciudad nos ofrece: cultura, trabajo... lo que sea. Y bajamos la mirada cuando la ciudad asesina a uno de nuestros vecinos o a un amigo. Oh, por supuesto, lo leemos en los periódicos, hablamos de ellos durante dos o tres días, pero luego nos apresuramos a olvidarlo. Porque, de otro modo, estaríamos obligados a encontrar una solución; solución que no existe. Lo único que podemos hacer es mudarnos y somos demasiado perezosos para ello. Somos como esos conejos, ¿no cree usted?