Lew Archer está metido en un caso relacionado con la desaparición de un magnate del petróleo que de repente le escribe a su mujer para que reúna cien mil dólares. No quiere que sea en billetes mayores de cincuenta y de cien, no quiere que estén marcados ni que el banco anote la numeración. Lew está siguiendo una pista aún sin definir. Le aconseja a la esposa del rico que informe a la policía y presencia una discusión entre ella y su hijastra. El mundo de Archer incluye la introspección psicológica, los diálogos en que las personas se definen y hablan de sus interioridades. Así, cuando luego conversa con la hijastra, joven y bella muchacha de la que está enamorada el abogado del magnate, un hombre de cuarenta años, amigo de Archer, las palabras son reveladoras, es un instante de rara sinceridad que suele provocar con su actitud y sus propósitos nuestro detective. Él le dice que el abogado la ama y ella contesta: " Sé que me ama... Por eso no puedo abandonarme a él. Y por eso me molesta." Él se atreve a decirle, con tacto, lo que piensa: "Usted es romántica y egoísta. Algún día se precipitará a tierra, y con tanta fuerza que probablemente se rompa el cuello. O se le fracture, de todos modos, el ego, como espero." Ella no se achanta, sabe que le está recriminando algo muy visible: "Le advertí que era una inmunda arrogante - dijo demasiado ligera y fácilmente.- ¿Le parece un diagnóstico grave?" Archer no cae en la trampa: "No sea arrogante conmigo ahora."
Encadenados
Nada se le puede negar a Enrique Ortiz. Así que allá voy:
¿Eres hombre o mujer?: Big Jake ( Elmer Bernstein).
Descríbete: Ya quisiera yo (Ismael Serrano).
¿Qué sienten las personas cerca de ti?: Cuadros de una exposición (Mussorgsky. Intérprete al piano: Vladimir Askenazy).
¿Cómo te sientes?: Going home: Theme from Local Hero (Dire Straits).
¿Cómo describirías tu anterior relación sentimental?: Soleá (Miles Davis).
Describe tu actual relación con tu novio/a o pretendiente: Canon (Johann Pachelbel).
¿Dónde quisieras estar ahora?: Once upon a time in the west (Ennio Morricone).
¿Cómo eres respecto al amor?: Humility (Wim Mertens).
¿Cómo es tu vida?: Another brick in the wall ( Pink Floyd).
¿Qué pedirías si tuvieras sólo un deseo?: Rogativa de agua ( José Antonio Labordeta).
Escribe una cita o frase famosa: Round about midnight (Monk. Trompeta: Wynton Marsalis).
Ahora despídete: The end of affair ( Michael Nyman).
Como esto es una cadena, va para Clarice Baricco y Ninoska.
¿Eres hombre o mujer?: Big Jake ( Elmer Bernstein).
Descríbete: Ya quisiera yo (Ismael Serrano).
¿Qué sienten las personas cerca de ti?: Cuadros de una exposición (Mussorgsky. Intérprete al piano: Vladimir Askenazy).
¿Cómo te sientes?: Going home: Theme from Local Hero (Dire Straits).
¿Cómo describirías tu anterior relación sentimental?: Soleá (Miles Davis).
Describe tu actual relación con tu novio/a o pretendiente: Canon (Johann Pachelbel).
¿Dónde quisieras estar ahora?: Once upon a time in the west (Ennio Morricone).
¿Cómo eres respecto al amor?: Humility (Wim Mertens).
¿Cómo es tu vida?: Another brick in the wall ( Pink Floyd).
¿Qué pedirías si tuvieras sólo un deseo?: Rogativa de agua ( José Antonio Labordeta).
Escribe una cita o frase famosa: Round about midnight (Monk. Trompeta: Wynton Marsalis).
Ahora despídete: The end of affair ( Michael Nyman).
Como esto es una cadena, va para Clarice Baricco y Ninoska.
Ross Macdonald: "El blanco móvil" (2). Lew Archer.
Un detective privado puede ser también autocrítico. Lejos de los modelos que presentan a tipos intrépidos, atractivos, con vidas llenas de aventuras, el personaje de Ross Macdonald es de los que utilizan más la cabeza que los músculos. Y es consciente de dónde está, con quiénes se codea, de qué argucias se vale para obtener información y seguir adelante en los casos que le encargan. Por eso, cuando está fingiendo ser otro y anima a una vieja gloria del celuloide a beber para acabar llevándola al lugar que necesita, se ve en un espejo y su mirada se vuelve dura: " Intenté sonreír para alentarme. Yo era un buen tipo, después de todo. Compañero de la dureza, de lo mordaz, casos difíciles y marcas fáciles; ojo privado en el hueco de la cerradura de dormitorios ilícitos; informante de los celos, rata detrás de las paredes, revólver contratado por cualquiera a cincuenta dólares el día; pero un buen tipo, después de todo. Se formaron las arrugas en las comisuras de los ojos, junto a las aletas de mi nariz, los labios se despegaron de los dientes, pero no hubo sonrisa. Todo lo que conseguí fue una aviesa mirada famélica, como la burla de un coyote. La cara había visto demasiados bares, demasiados hoteluchos y baratos nidos de amor, demasiadas cortes de justicia y prisiones, postmortem y fichas policiales, demasiadas terminaciones nerviosas con el aspecto de torturados gusanos. Si hubiera encontrado esa cara en otro, no habría confiado en ella."
Ross Macdonald: "El blanco móvil". Fuera tópicos.
Sí, fuera tópicos. El detective privado que creó Ross Macdonald los elimina en el primer capítulo de la novela, publicada el año 1949 (qué bueno si hubieran tomado nota tantos que vinieron después). No se trata de un detective bruto, poco preparado, sino de alguien que tiene una cultura asentada y que narra de manera consciente y madura, utilizando un lenguaje muy literario, lleno de metáforas y de comparaciones, aunque no por ello sobrecarga el texto, no vuelve morosa la acción, no resulta cargante ni pesado. Lew Archer es un detective que narra y llena sus historias de sutiles destellos y acertadas imágenes. "Propiedad privada: color indeleble garantizado; no encoge los egos". "Después de llamar otra vez, abrió la puerta de acceso a una habitación alta y blanca, demasiado amplia y desnuda para ser femenina. Encima de la sólida cama había una lámina de un reloj, un mapa y un sombrero de mujer colocado sobre un tocador. Tiempo, espacio y sexo. Parecía un kuniyoshi." "Su voz era clara y fresca, pero había algo morboso en su risa, un ligero martilleo de amargura bajo la emoción." Son frases del primer capítulo, de las tres primeras páginas de la novela. Y no falta después la acción, la investigación, todo lo que esperamos de una novela negra de magna categoría. Fuera tópicos.
Ross Macdonald, Archer y Kerouac.
Existe un blog dedicado a Lew Archer, personaje creado por Ross Macdonald, el autor al que con más pasión he leído y seguido. Amílcar Romero es el artífice y quien además nos propone un encuentro entre Archer y el escritor Jack Kerouac, de la mano de William Pilgrim. La siguiente novela que comentaré en este blog es "El blanco móvil", de Ross Macdonald. Gracias, Amílcar.
José Carlos Somoza: La caja de marfil (y 8)
No es ésta una novela de un autor menor o de best sellers. Hay una creación, unas apuestas eminentemente literarias que no rebajan la categoría de la novela, sino que la elevan. Hay muchas frases llenas de poesía, de creatividad, evocadoras, magnas. La novela tiene su mayor defecto en la estructura, pues al final parece acelerarse, querer cumplir con lo previsto, dar muchas respuestas en poco espacio. Pero deja un personaje en pie muy creíble, el asesino, y nos abofetea en las últimas páginas con revelaciones que realmente le dejan a uno paralizado. Lo que en esta historia hay de novela negra mal entendida quizá le resta verismo a las conclusión, al deseo de dejarlo todo bien explicado, pero Somoza no ha fallado en la plasmación ni en el ritmo. Hay una intensa meditación sobre la realidad y su apariencia, sobre la literatura, sobre el bien y el mal, sobre el bien transparente y el mal que crece y se expande y se vuelve, cuanto más palpable, menos comprensible. En esta época nuestra en que parece que desde los medios de comunicación y desde los libros juzgados convenientes todo parece estar claro y explicado, novelas como "La caja de marfil" son un exabrupto, una queja, una llamada a mirar al dolor con otros ojos, a ver lo comprensible con los ojos cerrados, a saber de lo ignoto con el alma abierta y presta a recibir heridas. Probablemente haya que mirar al horror con ojos vacíos para entenderlo.
José Carlos Somoza: La caja de marfil (7). La mirada del asesino.
Quirós es un matón, un asesino a sueldo de los ricos, los poderosos. Acostumbra a matar con sus manos. Pero antes de matar algo cambia en él, brevemente. Cuando se dispone a matar a una mujer con la que ha pasado la noche su mirada cambia. "Sin duda, vio algo en la mirada de él que ni siquiera había visto en los momentos más intensos, con los ojos de ambos casi rozándose en medio de la noche. Quirós recuerda que estuvo a punto de preguntarle: ¿Qué ves en mi mirada? Le hubiese gustado saberlo para conocerse mejor a sí mismo. Puede que ella advirtiera la certidumbre, la solidez del guardián que, apostado junto a la puerta en arco de la torre, y únicamente tras un atento y despiadado escrutinio, deja pasar sólo a los elegidos sin importarle a quién rechaza o admite. O puede que vislumbrara su lealtad ante los grandes señores, su obediencia ciega. Fuera lo que fuese, se supo indefensa. A partir de entonces ya no le exigió: solo le rogó."
José Carlos Somoza: La caja de marfil (6)
La novela avanza y, sorprendentemente, apenas pasa nada. La chica desaparecida ha dejado tras de sí un colgante con una cadenilla rota, parece que estaba interesada en un escritor de pueblo que financiaba la publicación de su propia obras y, ante todo, el matón y la profesora pasan muchas horas juntos. Aquí se ve que la novela tiene calidad, que Somoza ha entrado en el género negro pero no para dejarse llevar por él sino para pisar un territorio conocido en el que se mueve a su entera libertad y a su entero capricho, sin dejarse comer el terreno. El viejo matón, junto a la delicada profesora, componen una figura original y digna de ser seguida: una cabeza, la de ella, bien amueblada, y un cuerpo, el de él, con muchas muertes en sus manos. Ella habla, deja que su mente vague, y él la escucha y se siente vagamente atraído, la protege, empieza a respetarla y a gozar hondamente de su compañía. Una sola figura, una pareja que centran la atención del lector, que contempla sus gestos y acercamientos, su improbable unión. Pero es en la provisionalidad cuando en ocasiones surge lo verdaderamente revelador, lo auténtico, lo definitivo.
José Carlos Somoza: "La caja de marfil" (5). Imágenes.
La escritura de Somoza está llena de aciertos visuales y líricos. Se trata de un autor que escribe consciente de que tiene un público amplio, seguramente fiel, y se muestra confiado, seguro, a ratos pletórico. La novela les debe mucho a sus personajes, a sus impresiones, y aunque no hay una trama original - la búsqueda de una chica, preguntas a posibles testigos, reconstrucción de sus últimos días antes de desaparecer - es la creatividad del autor la que nos guía y hace que en ningún momento decaiga el interés. Manejando a su antojo elementos propios de la novela policíaca y añadiendo un mundo propio, cuajado de originales imágenes, Somoza demuestra ser un escritor con una mirada amplia y una voz que transmite y comunica con claridad. En algunos fragmentos hay destellos de una calidad sin techo. "Sabía que no era verdad. Había muertos. Estaba acostumbrado a ellos y podía sentir su presencia. Lo que ocurría con los muertos era que no hacían ruido. Y tampoco tenían motivo alguno para quejarse, porque los vivos les habían construido bonitas y sosegadas casas con techo de flores. Quirós pensaba, incluso, que se sentían muy orgullosos de hallarse allí, cada uno con la piedra de su nombre a cuestas, como hormigas afanosas. Envidió sus vidas ocultas y quedas."
José Carlos somoza: "La caja de marfil" (4). Solidaridad.
Acaba la primera parte - o primer libro -de la novela, llevada de manera inteligente y con detalles originales, y empieza la segunda, en la que se nos cuentan momentos del pasado de Nieves, la profesora que investiga junto a Quirós porque le preocupa qué le ha pasado a la niña. Nieves, educada con las monjas, había pensado en la posibilidad de entregarse también a la tarea religiosa. Estaba concienciada de que lo más importante era el amor al prójimo. "Meses antes la televisión la había hecho temblar con las imágenes de un seísmo en Yemen del Norte, los muertos se contaban por millares, las organizaciones humanitarias reclutaban la compasión ajena. ´¿Por qué no ayudamos?´Lanzó aquella pregunta sobre la mesa mientras almorzaban frente al televisor. ´Ya hemos enviado un donativo´, repuso su madre. Pero ella no se refería a eso. ´¿Por qué no damos más? Eres joyero, papá. Puede vender parte del negocio y enviar ayuda. Al fin y al cabo, son joyas. ¿Por qué no lo hacemos? ¿Por qué nadie hace nada? ¿Por qué ningún cristiano hace nada?´ ´Las joyas no son de papá´, comenzó a decir su madre, pero su padre la interrumpió y sonrió. ´Por mí, de acuerdo, Nieves. Vamos a dar. Yo daré las joyas y mamá sus vestidos, y tú darás los tuyos, y tus libros de cuentos, incluyendo tu preferido, ´Las mil y una noches´, y tus salidas al cine, tus vacaciones...´" Realmente, aprecio en lo que vale que Somoza se acuerde de abordar temas que nos dan que pensar, actuales pero a la vez eternos.
José Carlos Somoza: "La caja de marfil" (3). La juventud actual.
Le ayuda en la búsqueda de la chica desaparecida la profesora. Ella habla y habla, él no le presta apenas atención, pero la utiliza para que lo acompañe a ver gente, a hacer preguntas. Visitan un albergue y Quirós le atiza a un muchacho engreído. Ella se lo reprocha y le habla de su experiencia con los jóvenes de ahora. " El mundo en que viven es terrible, los aísla, ellos buscan una identidad. Los grupos fanáticos se la ofrecen bajo cualquier tipo de bandera. Por ejemplo, esos cabezas rapadas del albergue. Adoptan un disfraz para creerse alguien. Necesitan reafirmarse, hacerse notar. Y lo hacen violentamente, porque quieren recibir una recompensa rápida. Pero el mundo, que antes los había abandonado, los castiga por esa violencia. Y ellos responden reafirmándose más y con mayor violencia: todo es un círculo." Dice que antes pensaba que la solución estaba en inculcarles valores religiosos, pero ahora duda de que eso sea efectivo. Quirós la escucha y no piensa en lo que ella le dice. Es un hombre de pocas palabras, escasos pensamientos, un hombre de acción.
Javier Ortiz
Un artículo de Javier Ortiz que merece la pena leer, que dice verdades que pueden resultar incómodas pero no dejan de ser verdades.
Una carta.
A veces, un descanso y dejar la literatura y tomar la vida. En el blog Periodista/Vendedora.
José Carlos Somoza: "La caja de marfil" (2). El amor.
Para un hombre como Quirós, matón a sueldo de los señores y los señoritos, el amor no es algo fácil. Se ve con una viuda cincuentona. Y sus esperanzas, sus deseos, son limitados. " Y Pilar seguía gustándole. Dentro de lo que cabía, que no era mucho a su edad. Es decir, sin pasión. Aunque sospechaba que ella sí se apasionaba. O quizá tampoco. El amor, le había dicho una vez un gran señor, vive en una habitación distinta conforme transcurren los años: comienza en el dormitorio, pasa al comedor y casi siempre acaba en el cuarto de baño. El de ellos se alojaba en la cocina. Pilar, sobre todo, guisaba bien. Y cosía como casi nadie sabe coser, exceptuando algunas viejas y ciertos hombres. Junto a ella Quirós sentía un reflejo de felicidad."
José Carlos Somoza: "La caja de marfil". Un pueblo para los turistas.
Una chica de quince años desaparece y Quirós es el encargado de buscarla. En su pasado hay al menos un asesinato y su trabajo es el de servir a los ricos en todo lo que le manden. El padre de la niña le envía aunque ésta no quiere volver a su lado. Quirós llega a un pueblo, el último lugar en el que se la ha visto. Le espera una profesora que ha conocido a la chica. Y ella le habla del pueblo, con palabras que definen muy bien: " Este pueblo es una pena... Tiene cosas muy bonitas, como ese espigón, o esa torre de allá, que es muy antigua, de tiempos árabes. Pero el resto está destinado al turista... Fíjese en esos edificios en obras...Cuánta especulación. Parece un animal al que quitáramos la piel para hacernos abrigos. Y esas barcas en la arena, sólo un decorado... Por lo visto, aquí no se pesca desde tiempos de san Pedro. Eso sí, quieren darle aires de gran ciudad y mantener, simultáneamente, el aspecto de aldea. Es lo que ha pasado con las bombillas: mucha iluminación, pero... Todo falso por dentro."
Policías de Nueva York (NYPD Blue). Enfermedades mentales.
En la segunda temporada de esta serie, que corresponde a los años 1994 y 1995, hay una historia que se desarrolla en segundo plano, mientras los detectives de la Comisaría del Distrito Quince llevan adelante sus investigaciones. Un antiguo policía le pide ayuda a Andy Sipowicz para encontrar a su hijo, que padece algún tipo de problema mental y se toma unas pastillas para combatirlo. Lo encuentran, lo llevan a casa y días después le pega al padre, que vive con él. Sipowicz le habla de la conveniencia de que se mude a otro piso y el padre le hace caso. Pero decide más adelante volver con su hijo, porque tiene más de setenta años ya y es lo que más quiere, quien más le importa. Sipowicz le hace prometer que le llamará cada cuatro horas, porque sabe que el estado que padece el hijo le convierte en un ser peligroso. Va a visitarles y se encuentra muerto al padre. Busca al hijo por las calles y lo detiene. Lo primero que le oye decir es que le ha hecho daño a su padre. Tiene sangre en la ropa y lleva puestos los auriculares: No me los quites, dice, mientras le esposa Sipowicz, porque no quiere oír ningún ruido exterior. Tienen que quitárselos cuando lo llevan a una celda de la comisaría pero momentáneamente se los devuelve Sipowicz cuando le trasladan a la cárcel. Vemos que no están conectados, que no hay un casete del que pueda conseguir música fuerte, atronadora, que tapone sus oídos y algunos conductos de la mente.
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