Walter Mosley: " El demonio vestido de azul" (y 8)


Ante todo, me gustaría que quedara patente que Walter Mosley es un autor de una gran categoría, que cuenta unas historias creíbles que se encuadran en el género negro pero son grandes obras literarias. Estamos ante uno de los escritores más interesantes del panorama actual, más allá de cualquier tipo de encasillamiento. Si en un autor como Juan Marsé detectamos de inmediato la gran aptitud pero sus detractores señalan como punto flaco su capacidad para emocionarnos y meternos de lleno en su mundo creativo, al ser tan personal, quizá a algunos pueda ocurrirles algo semejante con Mosley y su detective negro e inconformista, y cada cual ha de revisar la vigencia de sus prejuicios: pocos autores como estos dos son tan absolutamente novelistas en un tiempo en que la novela es casi siempre un pastiche. "El demonio vestido de azul" engancha al lector de ojos limpios desde el primer párrafo y no lo suelta hasta el final, dándole entremedias tantas oportunidades de gozar del acto de leer y de sentir y de pensar que creerá asistir a un banquete que le parecerá cosa del pasado. Pero no nos alteremos: todo está en su sitio, no hay grandes frases cada dos páginas para impresionar, no hay una narración de frase larga y cadenciosa que es como una ola en un mar de olas dulces - y que anestesian a la postre los sentidos -, sino una presencia constante, una voz que no desfallece y no embauca, que, tan próxima y certera, parece absolutamente real. El detective Easy Rawlins investiga por primera vez y por primera vez se siente detective. No tiene un arma, ni licencia, sólo es un negro pobre que quiere mantener su casita, su pequeña propiedad. Estamos en 1948. Tiene que encontrar a una bella dama con acento francés a la que busca un hombre que viste casi enteramente de blanco y tras el que está un poderoso, uno de esos tipos que pueden conseguir que un candidato a alcalde se suicide después de descubrir sus más oscuros secretos. La chica ha abandonado al poderoso llevándose 30.000 dólares, que el rico no tiene especial interés en recuperar: quiere a la chica. Easy investiga a la fuerza, para pagar su hipoteca primero y para que no lo maten después. La policía lo lleva a un minúsculo cuarto y lo maltrata, le apuntan con una pistola en otro capítulo, le ponen una navaja en el cuello. Ha de recurrir a la ayuda de un amigo de Houston que mata con la misma facilidad con que se queda, de golpe, dormido en cualquier sitio. Pero llega al final, encuentra a la chica y conoce su historia, la de una mujer que es un demonio vestido de azul, poderosamente atractiva y camaleónica, adaptable a cada hombre según sus características y sus defectos. No es su andadura típica ni tópica, no hay indagación al temido y actual estilo de pregunta-respuesta, no hay embrollos artificiosos ni interrogatorios repetitivos y cansinos como tanto se estila en la actualidad, sino un viaje a un mundo en que los negros eran seres inferiores; las mujeres guapas, diosas; y los ricos, seres casi divinos. Como ahora, vamos. Cuánta falta nos haría un Easy Rawlins español, que viviera en 2008 y acertase a describirnos nuestra confusa realidad, tan falsamente transparente.

Walter Mosley: El demonio vestido de azul (7). El niño judío


No es una novela exclusivamente policíaca (o negra) ésta. Cuando Easy va con un tipo en el coche, siguiendo una pista que le lleve hasta el hombre que puede saber dónde está Daphne, el otro le cuenta la historia de dos judíos, dueños de una licorería, que sobrevivieron al horror nazi. Y recuerda Easy lo que él mismo vio en los campos de concentración. Y recuerda la historia de un niño judío que se agarró al pantalón de un sargento. Tenía doce años, estaba calvo y pesaba veintitrés kilos. El sargento lo llevó un día a cuestas y lo dejó por la noche con las enfermeras. Pero el niño se escapó, buscó al sargento y el militar decidió permitirle que se quedara a su lado. Eran los días de la evacuación. El sargento le dio una barra de chocolate y otros soldados más golosinas. "Aquella noche nos despertaron los gemidos de Arbolito [Así lo llamaba Easy, por ir subido a la espalda del sargento]. Su pequeño estómago se había distendido aún más y no podía oír siquiera nuestros intentos de calmarlo... El médico del campamento dijo que murió por la riqueza nutritiva de lo que había comido..." El sargento llora su muerte. " Se echaba la culpa, y supongo que en parte la tenía. Pero jamás olvidaré lo que aquellos alemanes le habían hecho a aquel pobre niño, que ya ni siquiera podía comer nada bueno. "

Walter Mosley: " El demonio vestido de azul" (6). Besos de un padre


No es nada fácil entender al ser humano. Menos aún entenderlo y saber cómo contar, hablar de su lado oscuro. Y ya es tarea de escritores de altísima calidad - humana y literaria- expresarlo sin apelar a lo oscuro, lo evidente, lo fácil. Walter Mosley cuenta la historia de una chica a la que su padre lleva al zoológico. Tiene catorce años. Allí ella se fija - es su personalidad la que mira por sus ojos - en los animales que se buscan para el apareamiento. El padre hace como que no lo ve, desvía su atención, pero ella se da cuenta de todo, incluso una vez ve a dos cebras y su descripción del acto es muy gráfica y hasta desagradable. Pero una vez que salen de ver el zoo, el padre la besa en los labios, dentro del coche. LA chica se deja hacer y acaricia la cabeza de su padre cuando para, la deja caer en el regazo de ella y llora. Ella consuela al padre, arrepentido. Y cada vez que vuelve a llevarla al zoo, la niña y el padre se besan como amantes y hacen lo que hacen los amantes. Hasta que un día el padre se va, abandona a la hija y a la madre, que jamás se ha enterado de lo que hacen a escondidas. Easy le pregunta - es el oyente de la mujer que cuenta su historia - por qué se fue su padre, y ella le responde que porque la conocía y no se puede estar con alguien a quien se conoce bien. La sabiduría narrativa de Mosley es tan grande que concluye ahí la historia, para que el lector saque sus propias conclusiones. La mujer, adulta, es muy hermosa y una devoradora de hombres. Cualquiera desearía estar con ella. Pero parece que puede haber una aceptación de unos hechos tan claramente censurables y no una repulsa de los mismos. La hay: mientras la mujer está recordando y hablando, aprieta en algunos momentos la mano de Easy y es esa mano la que muestra el rechazo, la que se escandaliza, la que abomina de lo que está oyendo. La mano de Easy, el narrador de la novela, que hace unas horas ha acariciado el cuerpo desnudo de la bella mujer.

Walter Mosley: "El demonio vestido de azul" (5). El nacimiento de un detective


Easy empieza a investigar y busca al último hombre con quien estuvo la chica desaparecida, a la que él brevemente vio una noche pero ha vuelto a desaparecer. Y entonces nace el detective Easy Rawlins, un negro detective privado sin licencia por el momento. "Fueron aquellos dos días, más que cualquier otro lapso, los que me hiceron detective... Sentía un secreto regocijo cuando entré en el bar y pedí una cerveza con dinero que me había pagado otro. Le pregunté el nombre al mozo que atendía la barra y no le hablé de nada, pero en realidad, tra mi charla amistosa, se escondía mi trabajo para encontrar algo. Nadie sabía tras qué andaba yo y eso me hacía sentir como invisible; la gente pensaba que me veía pero lo que realmente veía era una ilusión de mí mismo, algo que no era real." Un momento inolvidable. Pocas veces vemos el momento exacto, el día en que un detective empieza a serlo o decide serlo. Con esta satisfación, con esta ingenuidad, Easy decide ser otro hombre.

Walter Mosley: "El demonio vestido de azul" (4). Crónica de un tiempo y de un país


Hay una suerte de sinceridad, de proximidad en cómo narra Walter Mosley que le engrandece y que es como si nos situara al lado de una ventana por la que vemos una calle y cuanto ocurre. Claro que esto sería insuficiente. Veríamos sólo lo exterior, sólo paisaje, y no tendríamos acceso al interior de los personajes. No es así: la voz de Easy está en continua lucha, en una permanente transición que le lleva de un deseo de estar tranquilo y sentirse seguro a meterse en problemas necesarios para poder pagar su casa y todos los demás gastos. Mosley lo refleja muy bien, así como las diferencias de las clases sociales y de raza. Hablando hace poco con un escritor amigo sobre estilos literarios, y él me decía que el de Hemingway y sus epígonos estaba de alguna manera superado, había que buscar otros derroteros. Acaso tuviera razón, en parte. Discutimos a veces porque yo defiendo casi en exclusividad la primera persona narrativa y él la tercera. En la novela negra es preponderante la primera. Mosley no abusa ni se deja llevar por los tópicos. Easy habla no sólo contando, sino dialogando con el lector, porque su voz es templada y de medio tono. Incluso asegura que él mismo oye una voz interior que le dice cómo ha de hacer esto o lo otro: "Es una voz sin lujuria. Nunca me ha ordenado violar o robar. Simplemente me dice cómo son las cosas si quiero sobrevivir. Sobrevivir como un hombre." Y yo percibo así su voz narradora: no cuenta hechos tremebundos ni sangrientos gratuitamente ni para destacarse o escandalizar porque sí, sino que nos habla de una lucha por la supervivencia en lo físico, en lo económico y en lo moral. Así, Mosley hace crónica de un tiempo y de un país.

Walter Mosley: "El demonio vestido de azul" (3). La peor clase de racismo


Atendiendo a los patrones clásicos, Mosley nos lleva por una trama que se complica y deja, como hitos en el camino, varios cadáveres. Easy Rawlins teme que le maten y no se va de Los Ángeles porque quiere mantener su casita. No se arredra y, atando cabos, se decide y va a ver al principal personaje de la función, el dueño de una empresa de inversiones que es quien ha dado la orden de encontrar a la chica con acento francés. Le recibe y Easy se sorprende al encontrar a un hombre pequeño, como un bebé grande, que le habla de la chica como un enamorado tonto. "Hablar con el señor Todd Carter fue una experiencia extraña. Es decir, ahí estaba yo, un negro, en la oficina de un blanco rico, conversando como si fuéramos los mejores amigos, o incluso más íntimos. Me di cuenta de que él no sentía el temor ni el desprecio que mostraban la mayoría de los blancos cuando me trataban... Fue una extraña experiencia pero ya la había vivido antes. El señor Todd Carter era tan rico que ni siquiera me consideraba en términos humanos... Yo podría haber sido un preciado perro ante el que se arrodillaba y al que abrazaba cuando se sentía abatido... Era la peor clase de racismo. El hecho de que ni siquiera reconociera nuestra diferencia mostraba que yo le importaba un bledo. " Así que toma una decisión: cobrarle también a él por encontrar a su amada. "En algún lugar del camino me acometió la sensación de que no iba a sobrevivir a aquella aventura. No había más salida que correr, y yo no podía correr, así que decidí exprimir a todos aquellos blancos y sacarles todo el dinero que soltaran... El dinero lo compraba todo. El dinero pagaba el alquiler y alimentaba al gatito. El dinero era la razón de que Coretta estuviera muerta y DeWitt quisiera matarme. De algún modo se me ocurrió que si conseguía bastante dinero a lo mejor podía recuperar mi vida."

Walter Mosley: "El demonio vestido de azul" (2). El trabajo, las humillaciones en el trabajo


Después de Ross Macdonald, es Walter Mosley el autor del género negro al que con más atención y placer leo. Como pocos, mete en la novela negra los temas que preocupan a cualquiera. Easy, después de encontrar a la chica blanca, va a su antiguo trabajo porque un compañero le ha dicho que le contratarán de nuevo. Se sienta ante el que fuera su jefe y "Traté de pensar qué quería Benny. Traté de pensar cómo besarle el culo sin perder la dignidad.", ya que ha de pagar su hipoteca, quiere casarse, tener hijos. Sabe que lo que le exigen a él no se lo exigirían a un blanco, que las horas extras destinadas a los "chicos" negros no pueden rechazarse. El jefe le pregunta qué quiere y espera que su boca se llene de disculpas, que sus manos se llenen de gestos sumisos, que sus ojos no le miren directamente a la cara. Pero, de repente, Easy ve en él al esclavista típico y, considerando que tiene dinero para ir tirando durante otro mes después de cobrar por el encargo de encontrar a la blanca, decide no humillarse, no tirarse a los pies del jefe, que como tantos de nuestra palpable actualidad - siglo XXI - exige sumisión absoluta. Y éste no tiene reparos en decirle que está ocupado. Pero lo llama por su nombre, y eso a Easy no le gusta. "¡Me llamo señor Rawlins!- le dije mientras me levantaba también-. No tiene por qué devolverme el empleo, pero sí tiene que tratarme con respeto... Yo le llamo señor Giacomo porque ése es su apellido. Usted no es amigo mío, y yo no tengo motivos para mostrarme irrespetuoso y llamarle por su nombre de pila.- Me señalé el pecho-. Me llamo señor Rawlins." El otro cierra los puños, pero se lo piensa mejor y acaba por decir: "Lo siento, señor Rawlins...Pero no tenemos vacantes en este momento."

Walter Mosley: "El demonio vestido de azul". Los hombres blancos


Primera novela protagonizada por Easy Rawlins, el negro investigador sin licencia al que conocimos en "Muerte escarlata" hace unos meses. Easy es más joven, estamos en 1948, la segunda guerra mundial ha terminado hace poco, muy poco cuando deja cicatrices en los cuerpos y en las mentes. El joven Easy es propietario de una casa por la que paga 64 dólares mensuales de hipoteca. Le han despedido porque no se ha mostrado muy dispuesto a hacer horas extras y a arrastarse ante sus jefes. Así que aunque se cuida de meterse en los asuntos de los blancos acepta trabajar para uno y buscar a una chica blanca. Conviven en la novela los asuntos cotidianos con los propios de la novela criminal, hay pinceladas que nos sitúan en la época a la perfección y resultan más efectivos que los sencillos detalles y algunas descripciones que nos ofrecen otros libros del género. El inicio es sencillamente magistral, porque nos hace entrar en la historia como si diéramos un salto desde nuestra realidad al mundo de Rawlins, sin transición: "Me sorprendió ver a un hombre blanco entrar en el bar de Joppy. No sólo porque fuera blanco, sino porque llevaba un traje blanco grisáceo de lino, camisa blanca, panamá y zapatos color hueso con relampagueantes calcetines de seda blancos... Se detuvo en el umbral de la puerta, llenándolo con su imponente estructura física... Cuando me miró sentí un estremecimineto de miedo, pero se me pasó enseguida porque en 1948 ya me había acostumbrado a los blancos...Yo había pasado cinco años con hombres y mujeres blancos, desde África hasta Italia pasando por París, y en mi propia patria. Comí con ellos y dormí con ellos, y maté a bastantes jóvenes de ojos azules como para saber que tenían tanto miedo de morir como yo."

La Balacera: 5 años


En los blogs nadie es viejo. Algunos sí son veteranos. Ricardo Flores dirige una agencia de noticias relacionadas con el cine negro y la novela negra. Hace cinco años que la abrió. Es un veterano al que le rindo honores por su trabajo y porque es una buena persona. Este blog se considera un pariente cercano y menor del que él tiene.

Juan Herrezuelo: Un homenaje a un gran escritor vivo



Es un viejo amigo -el más antiguo de los relacionados con el mundo literario-, al que más he admirado siempre, del que más he esperado. Su talento superior, su prosa envolvente y altamente creativa no ha seguido encontrándose con los lectores debido a una pausa que se alarga ya demasiado. Mientras esperamos que el autor de "El veneno de la fatiga" - bien ponderada por Antonio Muñoz Molina, que la presentó en Madrid- vuelva a relatarnos, como sólo él sabe, una nueva historia, quiero recuperar dos textos que en este blog aparecieron en 2006 y que se presentan ahora juntos.



Juan Herrezuelo: Vida más allá de este espejismo

Relato que pertenece a su primer libro, que se llama "Desde el lugar donde me oculto". En él hay otro relato encabezado por una cita de Chandler. En el que menciono en el título de esta entrada hay una variante de relato policíaco fantástica - en ambos sentidos: más allá de lo real y de una calidad más allá de lo normal -: un alguien, un algo que vive dentro de los espejos y que es el reflejo de un hombre, busca al asesino de éste. Sólo puede moverse de espejo en espejo, de reflejo en reflejo: pero siente lo que el hombre siente ante los espejos, siente al hombre y se identifica y es el hombre cuando éste se halla ante un espejo. Cuando se produce el asesinato, ese algo busca al asesino: camina por la ciudad sin piernas y sin cuerpo, saltando de espejo en espejo, hasta encontrarlo y descubrir que hay alguien detrás, otro que ordenó que se cometiera el asesinato, que pagó para que se produjera la violenta muerte. El lector asiste, deslumbrado y encogidas sus emociones, al monólogo de ese particular ser en una trama de relato policial a la que no le falta nada. La imaginación de Herrezuelo, portentosa, su prosa labrada como en piedra para permanecer, su capacidad para darle la vuelta a un género y, sin salirse de él en lo formal, innovar me lleva a considerar este relato como modélico: insisto una vez más: lo que nos viene dado como herencia, lo que hemos leído - me lo aplico a mí mismo, en cuanto escritor también - ha de servirnos como punto de partida, para espolearnos y crear algo personal y nuevo. Al acabar el relato no importa que el reflejo sea o no real, sino que su creación nos resulte creíble. Y fijáos, amigos, lectores, porque la conclusión nos lleva a descubrir de nuevo lo bajas que son algunas pasiones cuando el amor ciega. Puro género negro.

Juan Herrezuelo: Vida más allá de este espejismo ( 2)

El libro al que pertenece este relato es del año 1991, lo que me permite habla de las influencias de los escritores. "Desde el lugar donde me oculto" lo publicó La General, en una colección dirigida por Antonio Muñoz Molina. Leemos en la página 40 del libro de Herrezuelo: "enardecidamente juré vengarme sin pensar en cómo, juré buscar aquellos ojos desde todos los espejos de la ciudad". En Plenilunio, novela de Muñoz Molina, publicada en 1997, leemos: " De día y de noche iba por la ciudad buscando una mirada. Vivía nada más que para esa tarea... sólo miraba, espiaba los ojos de la gente... El inspector buscaba la mirada de alguien... Se lo había dicho el padre Orduña, ¨busca sus ojos¨..." Es la primera página de esta conocida novela que también está emparentada con la novela negra. Evidentemente, la literatura abre puertas a los lectores y los que son lectores/escritores a veces obtienen una imagen que espolea la imaginación, tiende puentes y lleva a nuevos mundos. El culpable del relato de Herrezuelo es un inspector de policía. El protagonista de la novela de Muñoz Molina es un inspector. Hasta ahí las casualidades. El relato de Herrezuelo es más intimista que la novela de Muñoz Molina. Sin la voz narrativa del primero, no habría relato. La voz narradora de Muñoz Molina ya la conocíamos de otras novelas, como "El invierno en Lisboa", con esa frase larga, rítmica, muy literaria. Hay quien detesta que le vengan las historias de la propia literatura, que le influyan tanto las lecturas. Pero hablando de género, amigos, ¿quién puede decir que sin leer a Chandler sabe cabalmente lo que es un detective privado? Las obsesiones del escritor son primero obsesiones de escritor y, luego, obsesiones de otro tipo: sociales, políticas, etc. Si suprimiéramos a Chandler, por ejemplo, ¿qué habría sido de mi admirado Ross Macdonald, de Sue Grafton, de Vázquez Montalbán? ¿Es malo que otro te influya? Yo creo que no: siempre se aconseja que, para empezar a saber cómo escribir, lo primero que hay que hacer es comprarse una libreta y copiar páginas de libros que nos despierten admiración. Y además, para las horas de aburrimiento o ensoñación literaria, planteaos este ejercicio: el reflejo del espejo, ese extraño ser del relato de Herrezuelo, toma cuerpo y se convierte en el asesino de Plenilunio. Buscaba unos ojos y ahora alguien le busca y le va a reconocer cuando encuentre su mirada. Qué juego tan fascinante. Como sólo la literatura puede proponer.

Georges Simenon: El caso Sant-Fiacre


Ahora, cuando se habla una vez más de la muerte de la novela, de renovaciones tendentes a presentarnos a autores con textos en los que prima la fragmentación, lo breve, lo inconexo incluso, ganas siente uno de decir que la novela no se muere, que los oráculos de lo nefasto deberían de volver a leer - o leerlo por primera vez - a Simenon.
No diré que esta novela sea una obra maestra, un libro para ponerlo en la mesilla de noche -¿alguien hace eso aún?-, para partirse la cara en una reyerta tertuliana defendiendo que es el mejor del mundo. Pero ¿por qué esos delirios de grandeza, esa necesidad de apelar siempre al todo, de querer siempre estar cerca de lo sublime?
"El caso Saint -Fiacre" cuenta la historia de una rica venida a menos, que refugia su miedo a la soledad y al envejecimiento en los brazos de jóvenes que no quieren sólo caricias, sino también su dinero. Maigret viaja a su infancia, al castillo en el que su padre era administrador, al pueblo de sus primeros años. La condesa de Saint-Fiacre muere y alí está nuestro admirado comisario. Que se encuentra con la decadencia, el engaño, la desilusión, el tormento. Que tiene que mirar de frente los daños producidos por el tiempo. Y que prefiere esconderse, refugiarse en su aspecto de hombre para no mostrar ante nadie al niño que fue, aún preso de ciertos momentos desvanecidos en el tiempo pero nunca en la memoria, que los acuna, los mima, los fortalece y los mantiene limpios y fuertes.
Con una prosa en la que nunca falta la caracterización certera y concluyente, la descripción de lugares de manera plástica y vivísima, atenta siempre a los detalles de luz y sombra -¿exagero si digo que esta novela está escrita por una mano que conocía a la perfección el expresionismo cinematográfico? ¿O lo anticipaba? ¿O convivían?-, Simenon narra una historia policiaca en la que lo más importante son los personajes -inolvidable el hijo de la condesa, ese crápula hijo de ricos, marcado por la muerte del padre, que es el verdadero protagonista de la novela-, y que nos atrapa porque los personajes, partiendo del tópico, se convierten en seres creíbles, traspasan las barreras del papel y de la creación literaria y se convierten en conocidos reales y prestos al diálogo, al descubrimiento, a la confesión.
Esto es la literatura, amigos. Esto es la novela, que siempre será superior al relato, al cuento, a las ficciones fragmentadas porque permite un mejor, más completo y más generoso desarrollo de los personajes, de esos seres que parecen no existir, que están dentro de los libros y que se ganan una existencia completa apenas acabamos de leer y de zambullirnos en las historias para las que fueron en primera instancia creados. Personajes como Maigret, como el conde de Sant-Fiacre. En una novela del Baroja de la literatura policiaca: Simenon. Que lo disfrutéis.

Lectura recomendada: Un memorable poema de Enrique Ortiz: "Vecina".

Rosa Silverio, unos versos y un homenaje


Uno viaja por otros blogs (menos de lo que quisiera) y halla literatura de la buena, de ésa que también está o estará en libros, y se queda ante la pantalla quieto, emocionado y concernido, hermanado a veces con el autor de unas meditaciones o de unos poemas. No se me va la cabeza cuando traigo a este blog (que tiene algunos textos esperando) unos versos (prestados) por primera vez. Con ellos les hago un homenaje a su autora, Rosa Silverio, a quien recomiendo vivamente, y también a los lectores del blog (que ya lleva dos años en marcha), sin los cuales nada tendría sentido.


Dicen que soy yo
pero es otra la que se ha vestido para el casamiento
y la han desposado,
es otra la que al escuchar la marcha nupcial
se ha metido la pistola en la boca
y ha sonreído.
Dicen que soy yo, pero no.
Es otra la que huele a pólvora y a sangre.
Yo permanezco en el salón de baile.
Es otra la que se ha ido.


(De "Versos menores V")
(
© Rosa Silverio 2007
Todos los derechos reservados)


Foto: William Klein

Personajes


Leyendo el prólogo que escribió André Malraux para la novela "Diario de un cura rural", de Georges Bernanos, absolutamente sobresaliente, me da por pensar que nuestra actual literatura está invadida de caracteres y huérfana de auténticos personajes, de personajes inolvidables, de personajes que calen hondo en nuestras mentes hasta el punto de hacernos olvidar que son creaciones literarias para pasar a ese estadio maravilloso de seres con vida propia, no importa de qué carne o papel provengan - ni de qué pantalla-. Señalaba ayer en una entrevista en el diario Público el escritor argentino Ricardo Piglia que la novela no desaparecerá mientras existan personajes, mientras se creen personajes bien trazados y bien desarrollados. Lo comparto. Abundan los caracteres -sujetos a una pasión, una obsesión, una idea conductora -pero escasean los personajes, esos seres ficticios y absolutamente necesarios que se sumergen en acciones inesperadas, que exploran en el fondo de sus almas, que se sorprenden y nos sorprenden con sus excursiones a lugares de su personalidad -de su alma- de los que no vuelven igual que cuando partieron. Estamos rodeados de caracteres -en la novela negra, la mala novela negra, surgen como setas- que se mueven férreamente manejados por las manos de sus conformistas creadores y que hacen viajes inútiles de los que regresan como si no hubieran salido de sus propias casas - de sus propias almas-. Si echamos de menos a Dostoievski, a Balzac, a Flaubert, al Raymond Chandler de "El largo adiós" no es porque seamos unos nostálgicos irredentos, porque nos hayamos quedado anclados en un pasado glorioso y muerto. Los echamos de menos porque crearon personajes -esos tipos imprevisibles, osados, indagadores de la cuestión humana- , porque no se contentaron con legarnos simples caracteres. Los echamos de menos, los necesitamos porque la literatura con ellos nos acercó a la esencia, a lo que nunca dejaremos de necesitar: al otro, al semejante. Somos seres sociales por naturaleza, somos fragmentos ambulantes que siempre andamos buscando complementos y luces de los que no pueden proveernos nuestra razón y nuestras creencias. Somos seres incompletos. Necesitamos personajes, necesitamos al otro. Necesitamos el diálogo con unas constantes -tan ciertas como las vitales -que nos definen como seres humanos y que se expresan en ocasiones mediante la ficción de forma más concreta y útil que en la engañosa realidad. Gracias a la novela -las grandes novelas que nos despiertan- continuará existiendo el diálogo con esas constantes, con la esencia, con lo que definimos como humano.



Foto: Willy Ronis

Élmer Mendoza: Balas de plata


Floja novela, llena de lugares comunes, que intercala diálogos en la narración -pero de manera demasiado abrupta, de tal forma que cuesta saber quién habla- como novedad y que poco aporta al género y poco destacable me parece. Ocurre, sin embargo, que ha ganado un premio  y que el autor es defendido a capa y espada por Arturo Pérez-Reverte, lo que me hace tenerla en cuenta y abordar su lectura.
Un policía que se niega a ser corrupto, unos ricos que ejercen de ricos y unos malos que ejercen de malos y la violencia de México no son elementos suficientes para convencernos de que estamos ante una novela que va más allá del género -como nos la vende la crítica especializada, la misma que desprecia a Ross Macdonald y que ensalza a Henning Mankell, autor sin una solas novela memorable-, ya que carece de los elementos de introspección y de ahondamiento en las causas que la mejor novela negra ofrece. Estamos en una época en que no somos capaces la mayor parte de las veces de negarnos, de nadar a la contra, pero en según qué ocasiones más vale decir lo que pensamos aunque nos quedemos solos. Porque uno ama este género y no puede dejarse llevar por la corriente.

La noche es nuestra, de James Gray


Gran película que, como "Camino a la perdición", recurre al aroma clásico para la ambientación y la profundización de caracteres y deja un fruto que no sale de un lugar original pero sí ocupa un espacio propio y definitivo en la reciente historia del cine, pues se trata de una obra maestra. James Gray toma el camino que otros han transitado y nos lleva al interior del dolor, de las decisiones morales, y se aparta de lo fácil, lo circense en que se han convertido casi todas las películas policiacas estadounidenses de la actualidad, empeñadas en llenar de olor a pólvora nuestras fosas nasales en vez de llenar de ideas y sentimientos nuestros ojos y nuestras mentes.
Con un guión del propio director muy bien planteado y muy bien resuelto - un final en el que hay unas escenas conclusivas que cierran en círculo la narración, en el que hay pérdidas y hay encuentros- y tan bien aderezado por la música del gran Wojciech Kilar, que ofrece un resultado altamente satisfactorio, con una interpretación de Joaquin Phoenix memorable y una puesta en escena soberbia, en la que la cámara es un elemento más de la historia pero sin notarse, como si fuera otro de los personajes que están actuando, "La noche es nuestra" es un filme policíaco y familiar, cercano al melodrama, que nos recuerda que en el arte es mejor hacer las cosas con pasión, con convicción, y sin dar gato por liebre. Este cine es el que queda en la retina y en el recuerdo, amigos, el que no importa si gana premios o tiene una venta en taquillas apabullante. Es cine que habla de los hombres sin tomar al espectador por tonto, sin darle todo lo obvio ya masticado, y que cuenta una historia para saber más sobre el poder, las relaciones familiares, el honor, la muerte y el dinero. Temas de siempre y que siempre interesarán y que, como tan acertadamente señala el crítico Carlos Boyero, pueden confundir a los que, progresistas de salón y cartilla, quieren que todo lo opuesto al reaccionarismo sea desmedido, incontrolado y respondón, de color eternamente rojo sangre.

Nicolas Freeling: El rey del país lluvioso (2). La pasión en la gente del norte


Como el desaparecido al que busca el inspector Van der Valk es visto en compañía de una muchacha, menor de edad, y su esposa lo sigue pero no parece demasiado afectada al saber que su marido no vaga por ahí solo, la meditación del policía sobre la pasión que se nos brinda a mitad de la novela no es baladí en modo alguno y, además, resulta interesante. En dos entradas tendremos la oportunidad de saber qué piensa un inspector de policía holandés sobre la pasión amorosa.

Van der Valk pensó en la pasión... Se dijo que había de dos clases. Está la propia del norte, que se juzga elevada en el tono emocional y que es alta solamente en cuanto a la dosis de imaginación. "Es la que conocemos nosotros. Yo, los alemanes, los escandinavos, los ingleses, los americanos. Muy dados todos a la confusa irrealidad y al sollozo y al ahogante melodrama. No tenemos pasiones, pero nos las imaginamos con tanta fuerza que nos sugestionamos y nos creemos listos para los grandes gestos dramáticos. Ése es nuestro romance, que no es tal cosa, en absoluto, sino romanticismo. Lloramos abundantemente motivados por la pasión, pero no la tenemos. Incurrimos siempre en el suicidio, y es por culpa de una pura autocompasión. Nuestros grandes gestos son impulsados por un rico y profuso sentido teatral".


Foto: Willy Ronis

Recomiendo: La entrevista con Rafael Azcona que trae a su blog Miguel Sanfeliu, emotiva y llena de tantas verdades humanas que asombra vivamente y engrandece aún más a este inigualable creador.