Mercedes Castro: Y punto. ( y 5) Crítica


La novela negra empezó a tener una seria presencia literaria con Dashiell Hammett. Después Raymond Chandler -"El largo adiós" es uno de los mejores libros de ficción del pasado siglo, más allá de cualquier encasillamiento y atendiendo sólo a sus logros- y Ross Macdonald -con quien este subgénero llegó a la universidad, gracias a obras como "El hombre enterrado"- ahondaron y ampliaron las fronteras de una manera de contar y enfrentar la realidad tan realista y crítica y hasta comprometida -esa palabra que quieren desgastar con usos derivados pero no lo consiguen los expertos en hacer tabula rasa con todo, posmodernismo agresivo de por medio- que los lectores se sumaron por millones y la novela supo arroparse con fuerza y talento para llegar a los que leen poco, a los que sólo leen obras de misterio y a los que nos formamos leyendo a autores como Juan Benet y Julio Cortázar.
Pero la herencia de estos grandes autores está presente en pocos escritores posteriores. Como era de esperar, como ocurre con los thrillers cinematográficos, la dispersión la causan los aspectos superficiales, el ensimismamiento y la insistencia en el modelo hasta volverlo plano, absurdo y finalmente sólo un producto metaliterario, espejo ante espejo, vacío ante el vacío.
Por eso, la aparición de novelas como Y punto. suponen una alegría para el lector que no quiere más pastiches, que quiere buena literatura con policías y ladrones dentro. Que la haya escrito una autora española, alguien cercano y accesible, aumenta la satisfacción. Mercedes Castro sabe de literatura, conoce la novela negra y sabe distinguir y sabe ver cuáles son los caminos, las sendas que continúan las iniciadas por los maestros de este tipo de novela. Sin complejos, sin cortapisas, narra en Y punto. varias historias familiares, las aventuras y desventuras de una joven subinspectora de policía de Madrid -aunque gallega- y nos pone ante la realidad más cercana, ante la corrupción más cercana, ante los miedos y las inseguridades más próximas y más reconocibles, observando a la gente de la clase media, a la gente de la clase alta, a la gente sin clase.
Mercedes Castro escribe en una tercera/primera persona continua con mucho acierto, lo que le lleva a uno a preguntarse cómo no hay más escritores que utilicen este recurso tan adecuado para narrar lo exterior y mostrar lo interior del personaje al unísono, en planos complementarios y que sirven para estar en la acción y en lo que se piensa, en lo que se dice y lo que se calla, en lo que se imagina y se finge no saber. Así, no sentimos jamás cansancio, no nos pesan en ningún momento las 623 páginas, e incluso abandonamos el mundo ficticio de Clara Deza con pena, como si nos expulsaran de un lugar en el que ya creíamos estar firmemente asentados.
Cuando aparece muerta una prostituta, cuando Clara está a punto de ser arrojada desde la terraza de un edificio, cuando ella recuerda a un confidente y amigo muerto, cuando una suegra habla de desaparecer, en cinco o seis escenas claves Mercedes Castro apuesta por la mejor creatividad y deja momentos destacadísimos, memorables.
En Y punto. hay un personaje que se alza vivo y creíble, una voz que marcará la trayectoria de Mercedes Castro y la jalonará de continuas comparaciones, me temo. Clara Deza, ese personaje, tiene una fuerza, una viveza, un uso del vocabulario y una sinceridad que resultan deslumbrantes y se ganan la complicidad y el reconocimiento de inmediato. La novela es ella.
La novela, por supuesto, tiene fallos. Pero son menores. Estimo que las comparaciones cinematográficas, el acogerse en ciertos momentos al guiño y la parodia de personajes del cine resta intensidad y verosimilitud a algunas escenas y personajes, como pasa con Malde, a quien Mercedes Castro dibuja de manera demasiado sintética. También algunas apariciones de personajes en escena, de sopetón, chirrían en manos de Castro, no están a la altura de su talento. Sin embargo, puedo decir que no empañan la enjundia, la apuesta ambiciosa y lograda que supone esta magnífica novela negra. Con libros como éste crece un género.

Mercedes Castro: Y punto. (4). Ante el cadáver


Pocas, pocas veces tiene uno la oportunidad de disfrutar de páginas tan expresivas, tan literarias, tan bien escritas, con tanta fuerza y tanto golpeo interno y externo como las que Mercedes Castro dedica a una prostituta que aparece colgada. La voz de Clara clama, solloza, delira, ennoblece, se arraiga en los que la escuchamos -leyendo y oyéndola de alguna manera dentro de nosotros- y nos arrebata.
Reclamo desde hace tiempo novelas que sean plenamente literarias, en las que aparezcan policías, delincuentes, y que sean fieles a las grandes enseñanzas de los maestros. Hace poco afirmé que la mejor novela negra escrita en español es "El inocente", de Mario Lacruz, y se debe a que en ella hay ante todo gran literatura.
Con "Y punto.", de Mercedes Castro, puedo afirmar que nos encontramos ante otra novela negra -es negra y no es negra tan sólo, como las mejores del género- de gran altura, de escritura que raya a un gran nivel, con una poderosa carga lírica y una vehemencia perfectamente articulada y llena de humanidad. En las páginas que le dedica Mercedes Castro a la prostituta encontrada muerta late un aliento vital y poético, una verdad inconformista, una potencia creativa que es sin duda el punto máximo de la novela, es un arroyo que fluye solo y veloz y pleno y que deja al lector sencillamente boquiabierto. Son 12 páginas, un pequeño relato, un cántico estremecedor y tan palpitante de verdad que pide la inmediata relectura, incluso el recitado en voz alta. Son unas páginas maravillosas, inolvidables, seguro que generadoras de muchas otras páginas de lectores que sentirán, como yo, que estamos ante un logro espléndido y digno de ser intensamente resaltado y recomendado.

Foto de Mercedes Castro: J. Leal (Faro de Vigo)

Muñoz Molina y Ross Macdonald

"Y otro que me gustaba mucho cuando escribí "Beatus Ille" es Ross Macdonald, que en sus novelas repite un esquema que es muy bonito, pero está repetido siempre: se produce el comienzo de una investigación, aparece un cadáver y resulta que no es de ahora, sino de hace treinta años. La idea del crimen escondido durante tanto tiempo es muy atractiva, e influyó mucho a la hora de planear "Beatus Ille".

Palabras de Muñoz Molina, en el libro "Novela policíaca y cine negro en la obra de Muñoz Molina", de Jaime Aguilera García.

Ross Macdonald es el padre de este blog, el principal inspirador de este blog.

Mercedes Castro: Y punto. (3) Emocional, sin cortapisas



Mercedes Castro deslumbra en algunos pasajes de su novela, su prosa y su creatividad desprenden aroma de gran escritor, pues sabe cómo acercarse a los escenarios que su mente ha ideado y cómo narrar desde ellos, cómo trasladar a la mente del lector emociones, ideas, sensaciones, conceptos. Y lo hace con riqueza verbal y con riqueza de procedimientos, abordando los instantes delicadamente dilatados con un manejo del idioma y de la frase que se alarga, como el hilo del pensamiento herido, de forma notable. En la página 108 hallamos unos párrafos en que la primera persona se convierte en segunda y tercera a la vez sin dejar nunca de ser primera: Clara se ve a sí misma desde fuera comparándose con un amigo muerto y se ve pequeña, se ve liviana frente a la verdad de la sencilla felicidad del otro, del desasimiento consciente de lo superfluo, del encuentro con lo esencial. El tono elegíaco atrapa y engrandece la novela, la mueve a una zona de seguro reconocimiento y de bondades narrativas que no abundan en la literatura actual, tan medida por culpa de los depauperadores consejos editoriales, encaminados a contentar al grueso de los lectores no habituales y a eliminar la poesía en la prosa, la creatividad honda, la efusión y el amor libres por el propio trabajo, como si ahora escribir novelas hubiera de ser el resultado de unas clases bien aprendidas en bonitas escuelas de escritores, que, como toda escuela, ya sabe el informado que sólo sirven, de partida, para la homogeneización y la correción a la baja, la corrección castradora. Mercedes Castro deja que Clara se alivie, en breves párrafos, con tiradas líricas y genuinamente emocionales ante la muerte de alguien al que conoció, ante el reencuentro con quien le hizo daño en el pasado, y esto se lo debemos a una escritora que apunta a la totalidad, que no censura, que no corta para contentar, que da mucho y que no escatima.

Foto Mercedes Castro: Efe

Texto recomendado: Júlia Costa escribe sobre Francisco González Ledesma

Texto recomendado: Sobre la película Forajidos, en el blog de Francisco Machuca

Mercedes Castro: Y punto (2). Lirismo en marcha


Son muy destacables las meditaciones en marcha de Clara, esa policía que no deja quieta su imaginación y profundiza en cuanto ve añadiéndole un lirismo muy creíble, el de la vida sentida, el de la persona que aun pertrechada detrás de su fachada de policía eficiente no puede dejar de sentir, lamentar y solidarizarse con quien sufre y muere ante sus ojos, aunque se trate de un drogadicto. Cuando está ante el cuerpo muerto de uno, al que además conocía bien, Clara no puede evitar que el flujo de su pensamiento pierda el control, se llene de sentimientos y de recuerdos y de palabras y frases hiladas por una poesía hecha sobre la marcha, surgida en el momento, que cautiva y desnuda aún más el alma de una Clara que gana en verismo y sinceridad, que va llenando la novela de literatura de la buena, de la que anima a la relectura y al recitado en voz alta, a buscar a un oyente al que leerle lo que acabamos de leer para no pasar página tan pronto, para demorarnos y estar un rato más cerca de los pensamientos de una mujer y un personaje que crecen y se asientan, que nos gana y nos tutea, nos propone y dispone ya para nosotros, lectores que empezamos a quererla y a desear que las aventuras que le esperan en este libro no la dañan y no nos la alejen.


Foto de Mercedes Castro: Siglo XXI



Mercedes Castro: Y punto.


Necesitamos novelas como ésta (como "Ucrania", de Pablo Aranda), que hacen uso del idioma y de las técnicas narrativas generosamente, que cuentan historias sin miedo y con un sostenido pulso en el que se alternan la primera, la segunda y la tercera personas sin lastrar el avance de la trama, con una naturalidad y una fluidez admirables. La novela negra - y la novela en general - reclama a gritos a autores que arriesguen, que inviertan nueve años en escribir un libro porque lo aman, porque lo perfeccionan aliados al tiempo, porque creen en la literatura con todo su peso, valga para lo que valga y para quien valga. Mercedes castro entra en el panorama literario español pisando fuerte, con atrevimiento, con humor y con mucha calidad.
Clara Deza es una subinspectora que está casada con un abogado, hijo de buena familia y apellido compuesto, y que ha de desenvolverse sola pero con coraje en un mundo hecho para hombres, el de las comisarías de policía y el de las calles por las que se mueven delincuentes de todos los niveles. Es un personaje muy creíble y muy actual, lleno de contradicciones -las propias de una época en que somos todo en un momento y nos sentimos nada en el siguiente instante-, con una vida interior rica que nos llega mediante su voz cargada de exclamaciones, de interjecciones y de sentidas frases en las que palpita una vida intensa y deseosa de compartir: y no es esto una tontería, porque me refiero a esa cualidad que tienen algunas pocas novelas de mostrar a personajes que hablan en primera persona y se confiesan y tienen en cuenta al lector, al receptor, de una manera en que uno tiene la sensación de que la novela se está haciendo sobre la marcha, los hechos que vemos ocurren a la par que los conocemos, como si estuviéramos no dentro de la historia, a la manera del espectador de cine, sino influyendo de alguna forma en ellos o al menos en el modo de Clara para relatarlos, para que los comprendamos y la comprendamos, para que la entendamos y la queramos, sí, la queramos, porque Clara Deza cuenta esta su historia para la queramos. También los personajes a veces no piden comprensión y amistad, incluso amor, amigos.


Texto recomendado: Gregorio el Botero, en el blog de Mart

Texto recomendado: Por, esperança i Muntañola. En el blog de Júlia

Ruth Rendell: Simisola (1). Gente en el paro


Una chica negra desaparece. La policía investiga, con el inspector jefe Wexford a la cabeza. Ruth Rendell no nos ahorra detalles en que se ve que el racismo inunda las actitudes de los policías, tanto voluntaria como involuntariamente. Algunos se lo confiesan calladamente a sí mismos, otros simplemente no reprimen lo que sus instintos les mandan. Es el mundo en que vivimos. La investigación se desarrolla siguiendo los cánones "ingleses": lentamente, con muchas entrevistas a los mismos personajes implicados, destilando datos que poco a poco dan sentido a un rompecabezas. Pero lo que hace diferente a Rendell de otros escritores, además de su aguda percepción psicológica, es su preocupación social, que la autora asume abiertamente y que define su concepción de la novela negra. Por eso, una oficina de empleo y un personaje que en ella trabajaba y que muere pronto es fundamental en la historia y la descripción de seres sin empleo, con pocos ingresos, que viven en condiciones nada halagüeñas menudean en las páginas de "Simisola" y acercan la novela a la vertiente realista, útil, que no sólo sitúa en una época muy concreta, sino que hace un análisis de ésta valiéndose de personajes representativos. Hay mucha gente en el paro en toda Europa, ésa es la verdad, pero que alguien incluya a esa gente de manera tan acertada en una novela negra no deja de sorprender y de ser muy plausible, ya que este género es el mejor representante de la novela crítica y social en los inicios del siglo XXI. Rendell pormenoriza, indaga, dibuja muy bien a sus personajes y no tiene prisa en hacer avanzar la historia ni introduce señuelos vacuos, acción deliberadamente prevista para el entretenimiento fácil. Aboga por la descripción de caracteres, por la tradición en el mejor sentido entendida y no deslumbra pero no exagera ni miente, lo que a mis ojos le hace ganar muchísimo.


Una lectura en el otro blog en que escribo: "El país Ashkenazy (Homenaje al pianista y director Vladimir Ashkenazy)"

Mario Lacruz: El inocente ( y 4). Crítica


Después de haber leído muchas novelas negras, de haberles dedicado mucho tiempo, me resulta muy grato hablar de "El inocente". Es, seguramente, la mejor novela negra escrita por un autor español.
Es la más literaria -cuántas veces nos topamos con novelas negras que son sólo hueso-, la mejor pensada y la que más hace uso de cuanto la tradición de la novela ha puesto al alcance de un escritor, la que más imágenes inolvidables sirve y la más afortunada de cuantas, con un hondo calado psicológico, he tenido entre las manos. Una novela que es un caso único - no continuó con esta línea Lacruz-, que el autor concluyó cuando apenas había cumplido veinte años. El fruto primero pero inmortal de un escritor inolvidable.
Mario Lacruz tuvo que vadear las aguas de la censura inventándose nombres algo raros, no sitúa claramente la novela en España, pero mucho más tarde aclaró que la trama se desarrolla en Barcelona. Delise, el protagonista, tiene que ver con el personaje al que ajustician en "El extranjero", de Camus, y también tiene mucha relación con algunos personajes de Graham Greene. La culpa le persigue, una culpa debida a la insatisfacción vital, al vacío que la pérdida de los seres queridos clava en su mente y sus actos, al dolor de no tener a quien amó y nunca pudo corresponderle. Delise es tan creíble como Madame Bovary, como Raskólnikov, porque en él hay verdades punzantes que Lacruz sintió dentro de sí y transmitió con acierto pleno.
"El inocente" es una novela negra y también una novela existencial, hija de su tiempo -el cine, su técnica, admirablemente adaptada a la novela, también están presentes en algunas páginas espléndidas-, que no elude temas como el compromiso político, el oficio de policía en una época oscura, la justicia, la injusticia, el amor, el desamor, la muerte, la familia. Aborda esos temas siempre desde el más profundo espíritu creativo -una de las grandes lecciones de este magistral libro-, siempre encarnados en los personajes y sus actos, no mediante fáciles y socorridos discursos.
Cada personaje tiene vida propia. Vemos el interior de cada uno -en pinceladas firmes, reveladoras, nunca extensas sino perfectamente calibradas y en las dosis justa, pues la novela jamás deja de ser una novela negra-, sabemos qué piensan y qué les motiva gracias a breves acotaciones que Lacruz deja caer junto a sus movimientos. Es como si estuviéramos delante de un tablero de ajedrez y, a la vez que contemplamos los avances y retrocesos de las fichas, pudiésemos oírlas explicando por qué hacen esto y no lo otro. Creo que pocos autores del género han asumido tan bien la herencia dostoievskiana, pocos han incorporado e integrado tan bien los elementos y los logros psicológicos de la literatura del siglo XX, desde Joyce a Woolf pasando por Faulkner.
Pero la capacidad, la cultura que se hace libro y no emociona no sirve para nada en el reino de la ficción. Y eso no lo desconocía el joven Lacruz. En los últimos momentos de vida de un personaje que muere solo, en la huida del acusado de un crimen que seguramente no ha cometido, en el momento de dispararle a un fugitivo hallamos auténtica emoción, una creatividad apabullante e inconformista que no recurre a los tópicos ni a las imágenes archisabidas. Lacruz, con un talento excepcional, consigue que se vea lo exterior y lo interior en una ajustadísima correspondencia que hace grande el arte de la novela, y además necesario, porque nos muestra uno de los motivos por los que siempre será indipensable la ficción para el que quiera saber no sólo cómo viste una persona sino qué late en su corazón y en su cerebro.
Por último -y os aseguro que contengo las ganas de seguir escribiendo y contando más cosas que me gustan de esta grandísima novela- quiero dedicarle unas líneas a la prosa de Mario Lacruz. Ya sobre ella han hablado otros -Muñoz Molina, en el prólogo al libro de relatos " Un verano memorable y otras historias", único en esta faceta de Lacruz-, y me gustaría añadir que se siente la música que fluye por debajo de cada frase, el ritmo personalísimo y determinantemente conciso, de piano que susurra en una habitación vacía o de orquesta que jamás enmascara con el ruido ni la melodía furibunda el vacío de fondo, que no existe, pues todas las páginas que integran esta obra maestra son un prodigio de contención, sutileza, alborozo meditado y tan compartible que no puede uno resistir las ganas de pregonar a los cuatro vientos que ha encontrado otro libro que le acompañará siempre.



Texto recomendado: El método Maigret, en el blog de Francisco Machuca

Texto recomendado: El horizonte, en el blog Viendo la Aurora, de Cayetano Ortiz

Mario Lacruz: El inocente (3). Morir es ver cosas y luego una sola cosa


Nunca desaparecerán los relatos, nunca desaparecerán los escritores, nunca desaparecerán las novelas porque los mejores relatos, los mejores escritores, las mejores novelas hablan de los misterios de la existencia humana: la vida, la muerte. Y proponen nuevas miradas, nuevas imágenes, nuevos hallazgos que, como la lente de un teleobjetivo, aciertan a acercarnos un poco más a esos misterios y, por un instante, nos explican y nos revelan detalles que nos ayudan a saber más y a afrontar más despiertos el tránsito llamado vida. Al grupo de escritores que han dado un paso más, que nos han dejado un destello, una imagen, unas palabras imborrables e impagables sumad uno más: este Mario Lacruz de "El inocente" que, en doce páginas afortunadísimas, hondas y palpitantes, narra la muerte de un personaje que no se lo espera, que tiene primero ganas de seguir viendo y creyendo en las cosas y después va sintiendo que llega su hora, que se hace definitivamente viejo y empieza a alojar la muerte en su cuerpo vencido hasta que la acepta, eternamente en un segundo la acepta y se convierte en muerte, en un muerto que veía muchas cosas y comprende al morir que las cosas se reducen de golpe a una sola cosa.
Son páginas sin terror, sin ningún deseo de atribulación ni vana efervescencia. Son páginas de honda recreación, de profundas verdades que no pueden dejarle a uno indiferente. Son páginas que están escritas con un estilo claro, conciso, recorrido por imágenes que conmueven y promueven a la vez, que nos hacen identificarnos sin esfuerzo con el que va a morir y meditar después, al cerrar el libro, como nos ocurre con los mejores y más grandes escritores. Porque se trata de algunas de las mejores páginas que nos ha dado la literatura española. Y que pertenezcan a una novela que además puede considerarse del género negro lleva a auparla al lugar más alto del pequeño olimpo libresco de este blog. Imprescindible para el lector y para el viviente.

Graham Greene: Campo de batalla (2). Comunista, pero menos

Es apabullante el talento de Graham Greene. Era un novelista completo, dotado para la acción y la descripción, la profundización incisiva y demoledora del alma de sus personajes. Siempre ha sido uno de mis escritores preferidos. "El americano impasible" es una de las mejores novelas que he tenido oportunidad de leer. Este párrafo que sigue está escrito en la década de los treinta del pasado siglo y Jules es un hombre con una café y padre francés fracasado que ya no está junto a él y su madre, que tiene como clientas en su establecimiento a algunas prostitutas francesas. Acude a una reunión de comunistas y el primero al que ve es al policía que está en la esquina de la calle.

Jules pensó en el silencio de los policías y en la palabrería que le esperaba. Pronunciarían discursos hasta muy tarde, reconstruyendo teóricamente a Inglaterra, aboliendo imaginariamente la pobreza. Cuando volvió la esquina y su mirada se cruzó con la mirada de burla del policía se sintió malhumorado e insatisfecho. Deseaba algo que pudiera defender con pasión, pero el comunismo era mera palabrería, nunca acción, y el patriotismo le desconcertaba; no era inglés y Francia tampoco significaba nada para él: sólo estatuas y Napoleón III, putas y cigarrillos robados. Deseaba que alguien le dijera: "Haz esto. Haz aquello. Ve ahí. Ve allá". Quería que le salvaran del mostrador y del depósito de té, de los Weights y de la cruel frivolidad del café.

Mario Lacruz: El inocente (2). Realismo y psicologismo


La novela no defrauda, sino todo lo contrario, cuando seguimos leyendo.
Lacruz crea personajes completos, nos hace llegar sus pensamientos -pero siempre en relación a la trama, al momento en que se hallan, o sea, sin divagaciones y sin engordar vanamente la novela- en breves líneas o párrafos que los hacen más creíbles y engrandecen el libro, que nunca deja de ser una novela negra pero tampoco deja de ser una gran novela a secas. Percibo el influjo del mejor Graham Greene -también está Julien Green, un autor al que es necesario recuperar, leer- en ciertos pasajes y en el ambiente general, donde la culpa, el egoísmo puro, el deseo de prevalecer y de imponerse definen a algunos personajes. Pero todo está tamizado por la voz tan personal de Lacruz, por su prosa medida, deslumbrante con sus imágenes y su captación de estados de ánimo mediante lo exterior: no exagero al afirmar que estamos ante uno de los mejores prosistas de su generación, de la literatura española, pues -como Muñoz Molina también defiende- en lo que no se dice, en la naturalidad con que todo se narra y fluye late la creación de un maestro, de un autor sabio y humilde que habla y deja hablar a sus personajes, que los define y los deja definirse, que no miente y que no malgasta el talento.
La literatura es así: Mario Lacruz no es un escritor al que conozca el gran público, sobre el que se escriban arduas o gozosas tesis, y sin embargo esta novela es absolutamente esencial. Pienso en amigos, como Miguel Sanfeliú, que si no lo conocen se llevarán una gratísima sorpresa cuando lo lean y constaten que lo que digo es cierto. La novela negra española no tiene apenas obras maestras que ofrecer. Ésta es una de las primeras y no tengo temor al decir que es también una de las mejores del siglo XX. Y está escrita con veinte años, producto de una mente destacadísima. Sus reediciones, su valoración crítica en alza y la defensa que hacen de ella escritores y lectores la llevarán al alto lugar que se merece.

Recomendado: Un poema, una voz y unas imágenes, en el blog de Paula.

Mario Lacruz: El inocente


Pocos primeros capítulos me han parecido tan buenos.
Un detenido va en un coche con dos policías. Mario Lacruz utiliza una técnica diáfana y manejada con soltura para llevarnos adelante y atrás y contarnos lo que piensa el detenido -un hombre rico, poderoso- en el coche y lo que pensó cuando lo detuvieron. Con gran precisión le vemos dentro del coche y en el hotel al que fueron los policías a detenerle, vemos su intento de morir abriendo una puerta y arrojándose fuera del vehículo. Como en un cuadro impresionista, fluyen las ideas, los recuerdos por la cabeza del hombre, sentimos su angustia y su desazón, su miedo a morir, su miedo a perder su buen nombre. Lacruz hilvana y deshilvana, como en una composición musical maneja motivos que van y vienen -igual que en el inicio de muchas composiciones, sobre todo cinematográficas, que exponen de partida todos los temas que luego se desarrollarán en profundidad a lo largo de la obra-, que rozan o que se clavan un instante, que dejan estela, que apenas crean el eco apuntan su desaparición y luego regresan, con más fuerza, como una imagen que sale de la cubeta del fotógrafo y deja de ser algo latente para convertirse en absolutamente cierto.
Pocos primeros capítulos de una novela negra podréis leer que sean tan especiales como éste, amigos. Está escrito por alguien que entra en el género con todas las armas del gran autor, con todo lo que la historia de la literatura ofrece, sin desdeñar el monólogo interior, el movimiento pendular del narrador que recoge los pensamientos de varios personajes, la descripción puramente visual y la psicológica. Un prodigio, ya os digo. Y con una prosa limpia, ajustada, muy expresiva, muy bien llevada con aclaraciones y matizaciones entre guiones que no alteran el ritmo de la frase ni su contenido. Un capítulo, en todos los sentidos, verdaderamente ejemplar y fruto de una mano maestra.

Georges Simenon: Maigret y el vagabundo



Quien no ha leído a Simenon, quien no conoce a Maigret no ha podido disfrutar de parte de la más destacada novela negra europea, quizá no sabe que este personaje es fundamental en el género, que sus historias crean adeptos confesos que no dudan en calificar al autor de maestro, de grande de la narrativa moderna. Simenon escribió mucho, pero creo que esta novela puede ser una de las mejores opciones para entrar en su mundo, pues es una buena muestra de su talento y originalidad.
Maigret es un comisario que fuma en pipa, que pasea con las manos enlazadas a la espalda, que interroga largamente a los detenidos, que se vale de una gran penetración psicológica para entrar en el mundo de las víctimas y de los culpables, que está casado y que ama París, ama a sus habitantes y lucha contra el delito sabiendo que no siempre puede dominarlo, vencerlo.
En "Maigret y el extraño vagabundo" -desacertado título de la edición española que yo tengo y que existe también en otra versión sin el adjetivo, demasiado clarificador, creo que publicado en Argentina y que traduce con exactitud el original- encontramos a un vagabundo al que golpean y tiran al Sena pero no muere. Maigret no tarda en saber quién es el culpable, se aplica en conseguir una confesión y fracasa. El vagabundo recobra el conocimiento, el habla, pero no quiere señalar al culpable, porque no cree en la justicia, porque no quiere juzgar. Es un vagabundo que ha dejado atrás una familia, una profesión -era médico-, y que no traiciona sus ideas ni siquiera cuando intentan matarle. Maigret, tras hablar con su mujer y su hija, se entera de los motivos que le llevaron a dejarlo todo y decide no juzgarle, no presionarle, no insistir, aunque eso conlleve que un criminal quede en libertad. La figura del vagabundo llena esta pequeña novela, se alza vívida e imborrable, hasta diría que de alguna manera contagia, pues con sus actos este vagabundo cuestiona ciertas cosas y reduce la importancia de muchas superficiales a la nada. Simenon es un autor de novela policíaca, ante todo, un escritor moral también y, si no estuviera feo apuntarlo, podríamos decir que en libros como éste es también un escritor político. Son poco más de cien páginas de prosa ajustada y realista, atenta al detalle costumbrista y económica en todo momento, centrada siempre en los matices precisos para hacer redonda la narración y la situación de cada pieza, como en un mecanismo perfecto, que agarra de la mano al lector y difícilmente lo suelta antes de que acabe la lectura.
Creo que se trata de una pequeña obra maestra y de un autor al que celebrar siempre, que además apostó por un tipo de novela breve, con muchos diálogos y momentos narrativos intensos y muy bien escritos y muy plásticos, que es muy válida hoy en día, cuando las prisas y los largos horarios laborales impiden concentrarse en obras más largas. Simenon ahorra palabras pero nunca verdad, intensidad ni análisis. Y personajes como el vagabundo cobran en sus manos nueva vida, son vistos con una profundidad admirable, la del escritor de raza y observador infatigable. Tiene uno la sensación de que la novela nunca morirá mientras existan escritores como éste, mientras se les lea o relea. Y nunca es tarde para empezar si aún no se ha entrado en el Mundo Maigret.

Dennis Lehane: Desapareció una noche (y 4). Crítica


Empezar la lectura de una novela después de haber visto la película que han realizado partiendo de su historia y sus personajes no es nada recomendable. Las continuas comparaciones pueden distraer en exceso, ahogar la lectura. Pero "Adiós, pequeña, adiós" es una de esa obras maestras del reciente cine que a uno no le dejan indiferente, que suscitan temas de conversación y meditaciones que suelen ser encontrados y apasionantes. Hablar de niños, de familias y de los abusos que dentro y fuera de ellas se producen, con los niños presentes, nos toca muy hondo a todos, seamos o no padres, porque todos somos hijos.
He leído "Desapareció una noche", de Dennis Lehane, con una atención, una fruición sorprendentes. He interrumpido la lectura de otras novelas -de Javier Marías y Le Carré- para beberme las quinientas páginas de esta obra maestra de la novela negra. Es una novela diferente, arriesgada, profunda. Nada tiene que ver con esas muchas novelas del género que quieren colarnos, que se empeñan en hacernos creer que son valiosas y decisivas. En algunos momentos me ha parecido que Lehane era el heredero directo del gran Raymond Chandler, un escritor que aborda los temas actuales de una manera -y con un lenguaje- actual y unas técnicas contemporáneas. No se pierde en lo clásico, no es mimético, no se encalla en los tópicos este Lehane que no por casualidad es el autor de Mystic River: a la investigación propia de toda novela con detectives privados dentro suma emoción genuina, auténtica y bien fundamentada crítica a las instituciones, denuncia basada en hechos reales y dolorosos que no se conocen, no se combaten o no se enfrentan jamás con un empeño purificador.
Las desapariciones de niños, sus raptos, están a la orden de día: basta ver la prensa semanal. Lehane entra en el tema y a su alrededor construye un complejo entramado emocional que sacude y nos pone ante un problema pocas veces estudiado con la sinceridad y la fuerza necesarias. Con dos detectives privados y muchos policías, con algunos delincuentes y con algunas mujeres y hombres que contemplan y padecen, con un montón de personajes que nunca son enteramente buenos ni enteramente malos, Lehane plantea y subraya, pero deja puertas abiertas para que quepan opiniones enfrentadas, para que pueda producirse el debate. Estamos en un momento de decadencia, nuestras sociedades consiguen avances físicos incuestionables y a la vez pierden valores humanos de manera catastrófica. Somos seres hechos para el dolor y la confrontación, para el amor y la entrega, somos seres hechos para sentir. En esta novela lo vemos claramente, lo percibimos, y llegamos a la conclusión de que la diversidad que nos separa es buena e inevitable, pero también en algunos aspectos es destructiva, porque cada vez somos más cerrados, más exclusivistas, más pagados de nosotros mismos. Decidimos sin dar lugar a la réplica, por las bravas, con las ideas brillando a fuego en nuestra mente -somos fanáticos, los seres humanos somos seres pensantes con una clara tendencia al fanatismo-, y podemos hacer daño para lograr que el orden, la paz y la calma que precisamos encajen en el esquema de lo que vemos, realizamos y compartimos. Estamos llenos de fanatismo y de secretos, concluye Lehane. Y de decisiones por tomar. Esta novela es una obra maestra, amigos, un libro que no dejará indiferente a ningún lector, lleno de inteligencia y de compromiso, de valores y de pasajes en que se cuestiona todo. Con ecos de las tragedias griegas, con algún eco del gran Shakespeare -la muerte del policía contemplando los edificios de la ciudad-, "Desapareció una noche" encierra una historia atrevida, singular, inolvidable.

Dennis Lehane: Desapareció una noche (3). Los males de nuestro tiempo


Pocas novelas he leído de las que pueda decir que su lectura me parece realmente adictiva. Ésta es una de ellas. No se cansa uno de pasar páginas, de acompañar a los personajes por casas, espacios abiertos y lugares imborrables. Lehane aborda algunos de los problemas más graves que pueden acechar a los niños de nuestro mundo, expuestos a la maldad de pederastas y de gente que cree quererlos mejor que nadie. Por supuesto, para el lector exquisito y culto este libro sólo pertenece a un género, es literatura menor, pero siempre que a mí mismo me empuja mi formación lectora a pensar de esa manera me digo que basta de tonterías, de autores que describen hasta agobiar y que cuentan sandeces lindas y perfumadas con tantas palabras malgastadas y fatuas que sólo sirven para alimentar egos y sensaciones extremadamente artificiales. Lehane nunca será un prosista mayor, pero tampoco le hace falta. Narra con una destreza soberbia, matiza con un dominio verdaderamente deslumbrante y sabe que una historia es, ante todo, una historia y que hay que saber contarla. No engaña Lehane, y además se atreve con temas reales, que tantos otros evitan, y no hace demagogia barata, no se pierde en fáciles concesiones, no maneja nuestros sentimientos para lograr reconocimiento y dinero. "Desapareció una noche" es una novela que está en la cima del género negro, valiente, original y profunda. Una novela para estos tiempos y que habla de estos tiempos, que no es mimética ni está pensada para un público devorador y nada pensante. Una novela muy recomendable.

Acabó el año

Y nos deja lecturas que no pueden postergarse, pero que se postergan.
Nos deja las pérdidas inevitables, que nos hacen cada vez más humanos, vulnerables y, si sabemos ver y entender, nos acercan a la humildad y a la fraternidad.

Y no quiero hacer un balance personal de nada, sino hablar de los compañeros y los amigos gracias a los cuales uno sigue por aquí, dudando siempre, aprendiendo siempre, defendiendo siempre las ideas que me mantienen en pie.

He leído, en catalán y traducida, a Júlia. En su blog hay tanta sabiduría y tanta sensibilidad que uno se siente en casa y escucha y aprende y no siente que nada sea forzado, que nada requiera esfuerzo. La red nos da sitios y palabras impagables. El de Júlia es uno de ellos.


En las páginas del blog de Gabriel Báñez hay un escritor completo, un referente, un tipo que nunca escribe porque sí, que nunca elude las verdades, que nunca escribe mal.

Noemí Pastor podría ser mi alter ego, o yo el suyo, y visitarla es entrar alegre y salir además con una sonrisa y más lecturas pendientes y realizables. Sabe mucho de novela negra, muchísimo. Y sabe invitar a leer un libro como pocos.

El Hippie Viejo es un amigo, un hombre de otro tiempo y de este de ahora mismo, es pura memoria y testimonio, es un ciudadano insustituible.

Clarice Baricco es una foto con unas manos que lo dicen todo, unas manos que escriben y acarician con sus palabras. La perdí de vista una temporada y lo lamento. Desde aquí te pido perdón y prometo enmendarme, Graciela.

Elena escribe poco, pero todos sus textos son pequeñas, amables, sinceras lecciones de literatura. Uno los lee y ya está pensando en dónde ir a comprar el libro del que habla.

Ricardo Flores es un narrador consumado, que te mete en sus personalísimas historias y te sientes más dentro de ellas que de tu propia realidad. Escribe tan bien que le envidio.

Blanca Vázquez es el cine, sobre todo, porque me gusta mucho su blog sobre libros, pero el que tiene dedicado al cine es para mí, sencillamente, una referencia.

Francisco Machuca es otra de las sorpresas, otro descubrimiento que engrandece la red, que hace más importante la labor de los blogs literarios. Sabio y profundo, versátil, un escritor con todas las letras.

Gonzalo B. está al otro lado, que decía Cortázar, y nos cuenta lo que pasa allí y publica regularmente escritos de una gran calidad que abordan la obra de escritores y la de intérpretes de jazz, por ejemplo, con igual solvencia y valía.

Rosa Silverio es poeta, honesta, amiga, y en las tres cosas brilla a un nivel altísimo. Su blog y sus actividades se merecen un gran reconocimiento. Sus poemas son palabras para el alma.


Y no me olvido de Enrique Ortiz, que tiene un blog mayor de edad; ni de Paula, que conmueve con luces y nubes llenas de lluvia vivificante; ni de Javier Torres, que nos informa de cuanto ocurre en el mundo de la telefonía; ni de José Romero, a quien admiro de verdad; ni de Nani, que es un ejemplo de por qué escribimos y para qué; ni de Rosa Ribas, escritora con dos libros y una comisaria que dará mucho que hablar; ni del viejo amigo Alvy Singer, de deslumbrante cultura y dotado de una sagaz curiosidad; ni de Leyla, la de las fascinantes imágenes y las muy concretas palabras que llegan siempre cálidas; ni de Luis, que hace críticas literarias con pasión y mucha razón; ni de M, un gran tipo y escritor muy leído y celebrado en un futuro muy cercano; ni de Paz, que nos regala historias y sentimientos a manos llenas con la exacta medida de pudor y verdad; ni de Natasha, que alza un telón mágico y vívido y nos pone ante las realidades de la existencia que es preciso ver, notar, compartir; ni de Mart, generoso viajero de ejemplares intenciones, cuyas palabras son a veces como manos que estrechan con la medida exacta nuestras manos; ni de Loredana, dueña de un blog que llena de luz los ojos y el cerebro; ni de Heriberto, ganador del Premio de Novela Editorial Costa Rica 2007; aunque seguro que me olvidaré de otros blogueros a los que también he leído con interés y atención y de los que espero un tirón de orejas que no será mal recibido.

Que pase el 2008.