José Carlos Somoza: La caja de marfil (y 8)

No es ésta una novela de un autor menor o de best sellers. Hay una creación, unas apuestas eminentemente literarias que no rebajan la categoría de la novela, sino que la elevan. Hay muchas frases llenas de poesía, de creatividad, evocadoras, magnas. La novela tiene su mayor defecto en la estructura, pues al final parece acelerarse, querer cumplir con lo previsto, dar muchas respuestas en poco espacio. Pero deja un personaje en pie muy creíble, el asesino, y nos abofetea en las últimas páginas con revelaciones que realmente le dejan a uno paralizado. Lo que en esta historia hay de novela negra mal entendida quizá le resta verismo a las conclusión, al deseo de dejarlo todo bien explicado, pero Somoza no ha fallado en la plasmación ni en el ritmo. Hay una intensa meditación sobre la realidad y su apariencia, sobre la literatura, sobre el bien y el mal, sobre el bien transparente y el mal que crece y se expande y se vuelve, cuanto más palpable, menos comprensible. En esta época nuestra en que parece que desde los medios de comunicación y desde los libros juzgados convenientes todo parece estar claro y explicado, novelas como "La caja de marfil" son un exabrupto, una queja, una llamada a mirar al dolor con otros ojos, a ver lo comprensible con los ojos cerrados, a saber de lo ignoto con el alma abierta y presta a recibir heridas. Probablemente haya que mirar al horror con ojos vacíos para entenderlo.

José Carlos Somoza: La caja de marfil (7). La mirada del asesino.

Quirós es un matón, un asesino a sueldo de los ricos, los poderosos. Acostumbra a matar con sus manos. Pero antes de matar algo cambia en él, brevemente. Cuando se dispone a matar a una mujer con la que ha pasado la noche su mirada cambia. "Sin duda, vio algo en la mirada de él que ni siquiera había visto en los momentos más intensos, con los ojos de ambos casi rozándose en medio de la noche. Quirós recuerda que estuvo a punto de preguntarle: ¿Qué ves en mi mirada? Le hubiese gustado saberlo para conocerse mejor a sí mismo. Puede que ella advirtiera la certidumbre, la solidez del guardián que, apostado junto a la puerta en arco de la torre, y únicamente tras un atento y despiadado escrutinio, deja pasar sólo a los elegidos sin importarle a quién rechaza o admite. O puede que vislumbrara su lealtad ante los grandes señores, su obediencia ciega. Fuera lo que fuese, se supo indefensa. A partir de entonces ya no le exigió: solo le rogó."

José Carlos Somoza: La caja de marfil (6)

La novela avanza y, sorprendentemente, apenas pasa nada. La chica desaparecida ha dejado tras de sí un colgante con una cadenilla rota, parece que estaba interesada en un escritor de pueblo que financiaba la publicación de su propia obras y, ante todo, el matón y la profesora pasan muchas horas juntos. Aquí se ve que la novela tiene calidad, que Somoza ha entrado en el género negro pero no para dejarse llevar por él sino para pisar un territorio conocido en el que se mueve a su entera libertad y a su entero capricho, sin dejarse comer el terreno. El viejo matón, junto a la delicada profesora, componen una figura original y digna de ser seguida: una cabeza, la de ella, bien amueblada, y un cuerpo, el de él, con muchas muertes en sus manos. Ella habla, deja que su mente vague, y él la escucha y se siente vagamente atraído, la protege, empieza a respetarla y a gozar hondamente de su compañía. Una sola figura, una pareja que centran la atención del lector, que contempla sus gestos y acercamientos, su improbable unión. Pero es en la provisionalidad cuando en ocasiones surge lo verdaderamente revelador, lo auténtico, lo definitivo.

José Carlos Somoza: "La caja de marfil" (5). Imágenes.

La escritura de Somoza está llena de aciertos visuales y líricos. Se trata de un autor que escribe consciente de que tiene un público amplio, seguramente fiel, y se muestra confiado, seguro, a ratos pletórico. La novela les debe mucho a sus personajes, a sus impresiones, y aunque no hay una trama original - la búsqueda de una chica, preguntas a posibles testigos, reconstrucción de sus últimos días antes de desaparecer - es la creatividad del autor la que nos guía y hace que en ningún momento decaiga el interés. Manejando a su antojo elementos propios de la novela policíaca y añadiendo un mundo propio, cuajado de originales imágenes, Somoza demuestra ser un escritor con una mirada amplia y una voz que transmite y comunica con claridad. En algunos fragmentos hay destellos de una calidad sin techo. "Sabía que no era verdad. Había muertos. Estaba acostumbrado a ellos y podía sentir su presencia. Lo que ocurría con los muertos era que no hacían ruido. Y tampoco tenían motivo alguno para quejarse, porque los vivos les habían construido bonitas y sosegadas casas con techo de flores. Quirós pensaba, incluso, que se sentían muy orgullosos de hallarse allí, cada uno con la piedra de su nombre a cuestas, como hormigas afanosas. Envidió sus vidas ocultas y quedas."

José Carlos somoza: "La caja de marfil" (4). Solidaridad.

Acaba la primera parte - o primer libro -de la novela, llevada de manera inteligente y con detalles originales, y empieza la segunda, en la que se nos cuentan momentos del pasado de Nieves, la profesora que investiga junto a Quirós porque le preocupa qué le ha pasado a la niña. Nieves, educada con las monjas, había pensado en la posibilidad de entregarse también a la tarea religiosa. Estaba concienciada de que lo más importante era el amor al prójimo. "Meses antes la televisión la había hecho temblar con las imágenes de un seísmo en Yemen del Norte, los muertos se contaban por millares, las organizaciones humanitarias reclutaban la compasión ajena. ´¿Por qué no ayudamos?´Lanzó aquella pregunta sobre la mesa mientras almorzaban frente al televisor. ´Ya hemos enviado un donativo´, repuso su madre. Pero ella no se refería a eso. ´¿Por qué no damos más? Eres joyero, papá. Puede vender parte del negocio y enviar ayuda. Al fin y al cabo, son joyas. ¿Por qué no lo hacemos? ¿Por qué nadie hace nada? ¿Por qué ningún cristiano hace nada?´ ´Las joyas no son de papá´, comenzó a decir su madre, pero su padre la interrumpió y sonrió. ´Por mí, de acuerdo, Nieves. Vamos a dar. Yo daré las joyas y mamá sus vestidos, y tú darás los tuyos, y tus libros de cuentos, incluyendo tu preferido, ´Las mil y una noches´, y tus salidas al cine, tus vacaciones...´" Realmente, aprecio en lo que vale que Somoza se acuerde de abordar temas que nos dan que pensar, actuales pero a la vez eternos.

José Carlos Somoza: "La caja de marfil" (3). La juventud actual.

Le ayuda en la búsqueda de la chica desaparecida la profesora. Ella habla y habla, él no le presta apenas atención, pero la utiliza para que lo acompañe a ver gente, a hacer preguntas. Visitan un albergue y Quirós le atiza a un muchacho engreído. Ella se lo reprocha y le habla de su experiencia con los jóvenes de ahora. " El mundo en que viven es terrible, los aísla, ellos buscan una identidad. Los grupos fanáticos se la ofrecen bajo cualquier tipo de bandera. Por ejemplo, esos cabezas rapadas del albergue. Adoptan un disfraz para creerse alguien. Necesitan reafirmarse, hacerse notar. Y lo hacen violentamente, porque quieren recibir una recompensa rápida. Pero el mundo, que antes los había abandonado, los castiga por esa violencia. Y ellos responden reafirmándose más y con mayor violencia: todo es un círculo." Dice que antes pensaba que la solución estaba en inculcarles valores religiosos, pero ahora duda de que eso sea efectivo. Quirós la escucha y no piensa en lo que ella le dice. Es un hombre de pocas palabras, escasos pensamientos, un hombre de acción.

Javier Ortiz

Un artículo de Javier Ortiz que merece la pena leer, que dice verdades que pueden resultar incómodas pero no dejan de ser verdades.

Una carta.

A veces, un descanso y dejar la literatura y tomar la vida. En el blog Periodista/Vendedora.

José Carlos Somoza: "La caja de marfil" (2). El amor.

Para un hombre como Quirós, matón a sueldo de los señores y los señoritos, el amor no es algo fácil. Se ve con una viuda cincuentona. Y sus esperanzas, sus deseos, son limitados. " Y Pilar seguía gustándole. Dentro de lo que cabía, que no era mucho a su edad. Es decir, sin pasión. Aunque sospechaba que ella sí se apasionaba. O quizá tampoco. El amor, le había dicho una vez un gran señor, vive en una habitación distinta conforme transcurren los años: comienza en el dormitorio, pasa al comedor y casi siempre acaba en el cuarto de baño. El de ellos se alojaba en la cocina. Pilar, sobre todo, guisaba bien. Y cosía como casi nadie sabe coser, exceptuando algunas viejas y ciertos hombres. Junto a ella Quirós sentía un reflejo de felicidad."

José Carlos Somoza: "La caja de marfil". Un pueblo para los turistas.

Una chica de quince años desaparece y Quirós es el encargado de buscarla. En su pasado hay al menos un asesinato y su trabajo es el de servir a los ricos en todo lo que le manden. El padre de la niña le envía aunque ésta no quiere volver a su lado. Quirós llega a un pueblo, el último lugar en el que se la ha visto. Le espera una profesora que ha conocido a la chica. Y ella le habla del pueblo, con palabras que definen muy bien: " Este pueblo es una pena... Tiene cosas muy bonitas, como ese espigón, o esa torre de allá, que es muy antigua, de tiempos árabes. Pero el resto está destinado al turista... Fíjese en esos edificios en obras...Cuánta especulación. Parece un animal al que quitáramos la piel para hacernos abrigos. Y esas barcas en la arena, sólo un decorado... Por lo visto, aquí no se pesca desde tiempos de san Pedro. Eso sí, quieren darle aires de gran ciudad y mantener, simultáneamente, el aspecto de aldea. Es lo que ha pasado con las bombillas: mucha iluminación, pero... Todo falso por dentro."

Policías de Nueva York (NYPD Blue). Enfermedades mentales.

En la segunda temporada de esta serie, que corresponde a los años 1994 y 1995, hay una historia que se desarrolla en segundo plano, mientras los detectives de la Comisaría del Distrito Quince llevan adelante sus investigaciones. Un antiguo policía le pide ayuda a Andy Sipowicz para encontrar a su hijo, que padece algún tipo de problema mental y se toma unas pastillas para combatirlo. Lo encuentran, lo llevan a casa y días después le pega al padre, que vive con él. Sipowicz le habla de la conveniencia de que se mude a otro piso y el padre le hace caso. Pero decide más adelante volver con su hijo, porque tiene más de setenta años ya y es lo que más quiere, quien más le importa. Sipowicz le hace prometer que le llamará cada cuatro horas, porque sabe que el estado que padece el hijo le convierte en un ser peligroso. Va a visitarles y se encuentra muerto al padre. Busca al hijo por las calles y lo detiene. Lo primero que le oye decir es que le ha hecho daño a su padre. Tiene sangre en la ropa y lleva puestos los auriculares: No me los quites, dice, mientras le esposa Sipowicz, porque no quiere oír ningún ruido exterior. Tienen que quitárselos cuando lo llevan a una celda de la comisaría pero momentáneamente se los devuelve Sipowicz cuando le trasladan a la cárcel. Vemos que no están conectados, que no hay un casete del que pueda conseguir música fuerte, atronadora, que tapone sus oídos y algunos conductos de la mente.

Jodi Compton: "37 horas" ( y 5 )

Impecable estructura la de esta novela. Cuando leemos ciertos capítulos tenemos la sensación de que la novela se alarga o toma un camino a la deriva que no le favorece. Nada de eso. Acostumbrados a los choques inmediatos, a los disparos rápidos de la novela negra menos buena, la historia de Compton parece avanzar lastrada, demasiado reconcentrada, pero el error no es de la autora, sino una mala apreciación del impaciente lector. Nada sobra en esta novela, su desarrollo tiene mucho que ver con el de otras historias que nada le deben al género negro, pero también el sentido del misterio, del desvelamiento progresivo de hechos fundamentales en la vida de los personajes remite a la clásica novela detectivesca. Compton se maneja con igual destreza dentro de la novela negra y dentro de la novela mayor, llena de ambición, tanto en estilo como en trama. Cuando llegas al final del libro, que gana conforme avanza en todos los sentidos, ves que la autora es muy valiente -no desvelaré los temas, la manera de tratarlos, pero sí os adelanto que detrás de estas páginas late una mente que ama a las personas y que escribe para entenderlas y seguir amándolas, aunque sus actos no sean siempre secundables -, muy buena creando una historia y presentándola, avanzando, llenándola de meandros que luego concurren en un río que da sentido a todo. Pero no hay aquí una sorpresa final que nos deslumbra un instante y nos deja indiferentes después: se trata de ver qué son las personas, qué las mueve a amar, matar, huir, qué huellas dejan en ellas sus actos y sus deseos. El marido de la detective Pribek es un personaje tan bien contruido y tan bien presentado que parece absolutamente real, con sus contradicciones, sus miedos, sus secretos. Sí, los secretos. Los secretos que ocultan pero no te insertan en la oscuridad. Los secretos que marcan y dejan vestigios. Los secretos que no impiden del todo que dos se amen. Los secretos que son armas que nos esperan agazapadas para herirnos, para matarnos. Los secretos que nos conforman y dan sentido a alguna parte indescifrable de nuestras vidas. Una gran novela, no lo dudéis, obra de una lectora aventajada de "El largo adiós", de "Crimen y castigo". Una novela con mayúsculas con varios personajes dentro que son auténticas creaciones, auténticas y perdurables. Y con un mensaje final muy claro: "Acaso había tenido razón desde el principio. Quizás el hecho de concluir las cosas se sobrestimaba". Para saberlo habrá que ir a buscar la segunda novela dedicada a la detective Pribek.

Blog de Ninoska

Visita obligada al blog de mi amiga Ninoska, generosa y acertadísima como siempre.

Jodi Compton: " 37 horas " (4). Nuestra pareja.

¿Cuánto conocemos de la persona a la que amamos, con la que compartimos nuestra vida? ¿Nos interesa de verdad saberlo todo de ella, conocer las partes menos visibles, sus zonas oscuras? La detective Pribek visita a los hermanos de su desaparecido marido y a la vez deja que las dudas, los miedos, las incertidumbres aneguen su mente. Recordando un caso en el que participó su marido y que él le narró, llega a una conclusión soprendente: " Aquella noche escuché en su voz el resuelto credo del bien y del mal de su infancia y me pregunté si, después de todo, existía mucha distancia ideológica entre el reverendo Shiloh y su hijo". Y es sorprendente porque su marido dejó la casa paterna por desobedecer los dictados del padre y no ha seguido la religión de su progenitor, alguien recto e intratable, insufrible. Y es soprendente porque no quiso saber nunca más de su padre. ¿Conocemos a los que están tan cerca de nosotros, nos conocemos a nosotros mismos? Jodi Compton, conforme avanza la novela, consigue lo más difícil: crear un personaje, con su luces y sombras, desde la ausencia.

Jodi compton: "37 horas" ( 3 ). Una historia de amor.

Hay que destacar también la capacidad que tienen muchas escritoras para los detalles: su visión parece ser más amplia y profunda que la de muchos escritores varones. Compton tiene esa capacidad y otra también muy destacable: la de intercalar pequeñas historias en la novela que la hacen más amena y más completa a la vez. Son casos que ha vivido o le han contado a la detective Pribek. Os transcribo: " Una vez me contaron que una mujer viuda, un mes después de que su marido muriera en accidente de coche, había empezado a consolarse con una fantasía. La fantasía era que su marido no había muerto, sino que la había dejado y se había mudado a otra región del país. Por aquel entonces no me había parecido que pensar en aquello antes de dormirse tuviera que suponerle un consuelo, pero ahora lo comprendía perfectamente. El amor de esa mujer había sido incondicional; sólo deseaba que su marido se encontrara sano y salvo, con o sin ella". Ahora que ella busca a su marido, que teme que su marido esté muerto, comprende ciertas cosas que antes sólo juzgaba desde fuera, como nos ocurre a todos. Amigos, en la novela negra y en el cine negro hay un lugar importante para historias como ésta. Para historias de amor.

Jodi Compton: "37 horas" ( 2 )

Insisto en que no creo que la novela negra tenga que obedecer forzosamente unas reglas. En "Días difíciles", de Miguel Mena, no hay ningún asesinato, ningún tiroteo, pero el ambiente y la trama tienen que ver con la novela negra. Tampoco en " 37 horas" se investiga un asesinato ni hay tiroteos. Se trata de una investigación de otra clase: la que realiza una policía para encontrar a un desaparecido. Compton no carga las tintas incluyendo cadáveres ni misterios secundarios que aporten emoción e irrealidad a la historia. El interés es humano: saber por qué su marido ha desaparecido sin dejar rastro en un momento en que aparentaba ser feliz, tener planeado su futuro, estar seguro de que amaba a su esposa. La investigación lleva a la detective Pribek donde menos se lo esperaba: al corazón de la familia de su marido, para ella totalmente desconocida. Y ese ir de un lado para el otro, buscando pistas, hallando fotos de la niñez y adolescencia de su marido, conversando con sus hermanos, que le dicen que se comportaba de tal manera cuando era un chaval, tenía tal carácter de joven, es tan emocionante como ir detrás de un asesino que deja pistas para que el detective las vea y le encuentre.