Juan Herrezuelo: Un homenaje a un gran escritor vivo



Es un viejo amigo -el más antiguo de los relacionados con el mundo literario-, al que más he admirado siempre, del que más he esperado. Su talento superior, su prosa envolvente y altamente creativa no ha seguido encontrándose con los lectores debido a una pausa que se alarga ya demasiado. Mientras esperamos que el autor de "El veneno de la fatiga" - bien ponderada por Antonio Muñoz Molina, que la presentó en Madrid- vuelva a relatarnos, como sólo él sabe, una nueva historia, quiero recuperar dos textos que en este blog aparecieron en 2006 y que se presentan ahora juntos.



Juan Herrezuelo: Vida más allá de este espejismo

Relato que pertenece a su primer libro, que se llama "Desde el lugar donde me oculto". En él hay otro relato encabezado por una cita de Chandler. En el que menciono en el título de esta entrada hay una variante de relato policíaco fantástica - en ambos sentidos: más allá de lo real y de una calidad más allá de lo normal -: un alguien, un algo que vive dentro de los espejos y que es el reflejo de un hombre, busca al asesino de éste. Sólo puede moverse de espejo en espejo, de reflejo en reflejo: pero siente lo que el hombre siente ante los espejos, siente al hombre y se identifica y es el hombre cuando éste se halla ante un espejo. Cuando se produce el asesinato, ese algo busca al asesino: camina por la ciudad sin piernas y sin cuerpo, saltando de espejo en espejo, hasta encontrarlo y descubrir que hay alguien detrás, otro que ordenó que se cometiera el asesinato, que pagó para que se produjera la violenta muerte. El lector asiste, deslumbrado y encogidas sus emociones, al monólogo de ese particular ser en una trama de relato policial a la que no le falta nada. La imaginación de Herrezuelo, portentosa, su prosa labrada como en piedra para permanecer, su capacidad para darle la vuelta a un género y, sin salirse de él en lo formal, innovar me lleva a considerar este relato como modélico: insisto una vez más: lo que nos viene dado como herencia, lo que hemos leído - me lo aplico a mí mismo, en cuanto escritor también - ha de servirnos como punto de partida, para espolearnos y crear algo personal y nuevo. Al acabar el relato no importa que el reflejo sea o no real, sino que su creación nos resulte creíble. Y fijáos, amigos, lectores, porque la conclusión nos lleva a descubrir de nuevo lo bajas que son algunas pasiones cuando el amor ciega. Puro género negro.

Juan Herrezuelo: Vida más allá de este espejismo ( 2)

El libro al que pertenece este relato es del año 1991, lo que me permite habla de las influencias de los escritores. "Desde el lugar donde me oculto" lo publicó La General, en una colección dirigida por Antonio Muñoz Molina. Leemos en la página 40 del libro de Herrezuelo: "enardecidamente juré vengarme sin pensar en cómo, juré buscar aquellos ojos desde todos los espejos de la ciudad". En Plenilunio, novela de Muñoz Molina, publicada en 1997, leemos: " De día y de noche iba por la ciudad buscando una mirada. Vivía nada más que para esa tarea... sólo miraba, espiaba los ojos de la gente... El inspector buscaba la mirada de alguien... Se lo había dicho el padre Orduña, ¨busca sus ojos¨..." Es la primera página de esta conocida novela que también está emparentada con la novela negra. Evidentemente, la literatura abre puertas a los lectores y los que son lectores/escritores a veces obtienen una imagen que espolea la imaginación, tiende puentes y lleva a nuevos mundos. El culpable del relato de Herrezuelo es un inspector de policía. El protagonista de la novela de Muñoz Molina es un inspector. Hasta ahí las casualidades. El relato de Herrezuelo es más intimista que la novela de Muñoz Molina. Sin la voz narrativa del primero, no habría relato. La voz narradora de Muñoz Molina ya la conocíamos de otras novelas, como "El invierno en Lisboa", con esa frase larga, rítmica, muy literaria. Hay quien detesta que le vengan las historias de la propia literatura, que le influyan tanto las lecturas. Pero hablando de género, amigos, ¿quién puede decir que sin leer a Chandler sabe cabalmente lo que es un detective privado? Las obsesiones del escritor son primero obsesiones de escritor y, luego, obsesiones de otro tipo: sociales, políticas, etc. Si suprimiéramos a Chandler, por ejemplo, ¿qué habría sido de mi admirado Ross Macdonald, de Sue Grafton, de Vázquez Montalbán? ¿Es malo que otro te influya? Yo creo que no: siempre se aconseja que, para empezar a saber cómo escribir, lo primero que hay que hacer es comprarse una libreta y copiar páginas de libros que nos despierten admiración. Y además, para las horas de aburrimiento o ensoñación literaria, planteaos este ejercicio: el reflejo del espejo, ese extraño ser del relato de Herrezuelo, toma cuerpo y se convierte en el asesino de Plenilunio. Buscaba unos ojos y ahora alguien le busca y le va a reconocer cuando encuentre su mirada. Qué juego tan fascinante. Como sólo la literatura puede proponer.

Georges Simenon: El caso Sant-Fiacre


Ahora, cuando se habla una vez más de la muerte de la novela, de renovaciones tendentes a presentarnos a autores con textos en los que prima la fragmentación, lo breve, lo inconexo incluso, ganas siente uno de decir que la novela no se muere, que los oráculos de lo nefasto deberían de volver a leer - o leerlo por primera vez - a Simenon.
No diré que esta novela sea una obra maestra, un libro para ponerlo en la mesilla de noche -¿alguien hace eso aún?-, para partirse la cara en una reyerta tertuliana defendiendo que es el mejor del mundo. Pero ¿por qué esos delirios de grandeza, esa necesidad de apelar siempre al todo, de querer siempre estar cerca de lo sublime?
"El caso Saint -Fiacre" cuenta la historia de una rica venida a menos, que refugia su miedo a la soledad y al envejecimiento en los brazos de jóvenes que no quieren sólo caricias, sino también su dinero. Maigret viaja a su infancia, al castillo en el que su padre era administrador, al pueblo de sus primeros años. La condesa de Saint-Fiacre muere y alí está nuestro admirado comisario. Que se encuentra con la decadencia, el engaño, la desilusión, el tormento. Que tiene que mirar de frente los daños producidos por el tiempo. Y que prefiere esconderse, refugiarse en su aspecto de hombre para no mostrar ante nadie al niño que fue, aún preso de ciertos momentos desvanecidos en el tiempo pero nunca en la memoria, que los acuna, los mima, los fortalece y los mantiene limpios y fuertes.
Con una prosa en la que nunca falta la caracterización certera y concluyente, la descripción de lugares de manera plástica y vivísima, atenta siempre a los detalles de luz y sombra -¿exagero si digo que esta novela está escrita por una mano que conocía a la perfección el expresionismo cinematográfico? ¿O lo anticipaba? ¿O convivían?-, Simenon narra una historia policiaca en la que lo más importante son los personajes -inolvidable el hijo de la condesa, ese crápula hijo de ricos, marcado por la muerte del padre, que es el verdadero protagonista de la novela-, y que nos atrapa porque los personajes, partiendo del tópico, se convierten en seres creíbles, traspasan las barreras del papel y de la creación literaria y se convierten en conocidos reales y prestos al diálogo, al descubrimiento, a la confesión.
Esto es la literatura, amigos. Esto es la novela, que siempre será superior al relato, al cuento, a las ficciones fragmentadas porque permite un mejor, más completo y más generoso desarrollo de los personajes, de esos seres que parecen no existir, que están dentro de los libros y que se ganan una existencia completa apenas acabamos de leer y de zambullirnos en las historias para las que fueron en primera instancia creados. Personajes como Maigret, como el conde de Sant-Fiacre. En una novela del Baroja de la literatura policiaca: Simenon. Que lo disfrutéis.

Lectura recomendada: Un memorable poema de Enrique Ortiz: "Vecina".

Rosa Silverio, unos versos y un homenaje


Uno viaja por otros blogs (menos de lo que quisiera) y halla literatura de la buena, de ésa que también está o estará en libros, y se queda ante la pantalla quieto, emocionado y concernido, hermanado a veces con el autor de unas meditaciones o de unos poemas. No se me va la cabeza cuando traigo a este blog (que tiene algunos textos esperando) unos versos (prestados) por primera vez. Con ellos les hago un homenaje a su autora, Rosa Silverio, a quien recomiendo vivamente, y también a los lectores del blog (que ya lleva dos años en marcha), sin los cuales nada tendría sentido.


Dicen que soy yo
pero es otra la que se ha vestido para el casamiento
y la han desposado,
es otra la que al escuchar la marcha nupcial
se ha metido la pistola en la boca
y ha sonreído.
Dicen que soy yo, pero no.
Es otra la que huele a pólvora y a sangre.
Yo permanezco en el salón de baile.
Es otra la que se ha ido.


(De "Versos menores V")
(
© Rosa Silverio 2007
Todos los derechos reservados)


Foto: William Klein

Personajes


Leyendo el prólogo que escribió André Malraux para la novela "Diario de un cura rural", de Georges Bernanos, absolutamente sobresaliente, me da por pensar que nuestra actual literatura está invadida de caracteres y huérfana de auténticos personajes, de personajes inolvidables, de personajes que calen hondo en nuestras mentes hasta el punto de hacernos olvidar que son creaciones literarias para pasar a ese estadio maravilloso de seres con vida propia, no importa de qué carne o papel provengan - ni de qué pantalla-. Señalaba ayer en una entrevista en el diario Público el escritor argentino Ricardo Piglia que la novela no desaparecerá mientras existan personajes, mientras se creen personajes bien trazados y bien desarrollados. Lo comparto. Abundan los caracteres -sujetos a una pasión, una obsesión, una idea conductora -pero escasean los personajes, esos seres ficticios y absolutamente necesarios que se sumergen en acciones inesperadas, que exploran en el fondo de sus almas, que se sorprenden y nos sorprenden con sus excursiones a lugares de su personalidad -de su alma- de los que no vuelven igual que cuando partieron. Estamos rodeados de caracteres -en la novela negra, la mala novela negra, surgen como setas- que se mueven férreamente manejados por las manos de sus conformistas creadores y que hacen viajes inútiles de los que regresan como si no hubieran salido de sus propias casas - de sus propias almas-. Si echamos de menos a Dostoievski, a Balzac, a Flaubert, al Raymond Chandler de "El largo adiós" no es porque seamos unos nostálgicos irredentos, porque nos hayamos quedado anclados en un pasado glorioso y muerto. Los echamos de menos porque crearon personajes -esos tipos imprevisibles, osados, indagadores de la cuestión humana- , porque no se contentaron con legarnos simples caracteres. Los echamos de menos, los necesitamos porque la literatura con ellos nos acercó a la esencia, a lo que nunca dejaremos de necesitar: al otro, al semejante. Somos seres sociales por naturaleza, somos fragmentos ambulantes que siempre andamos buscando complementos y luces de los que no pueden proveernos nuestra razón y nuestras creencias. Somos seres incompletos. Necesitamos personajes, necesitamos al otro. Necesitamos el diálogo con unas constantes -tan ciertas como las vitales -que nos definen como seres humanos y que se expresan en ocasiones mediante la ficción de forma más concreta y útil que en la engañosa realidad. Gracias a la novela -las grandes novelas que nos despiertan- continuará existiendo el diálogo con esas constantes, con la esencia, con lo que definimos como humano.



Foto: Willy Ronis

Élmer Mendoza: Balas de plata


Floja novela, llena de lugares comunes, que intercala diálogos en la narración -pero de manera demasiado abrupta, de tal forma que cuesta saber quién habla- como novedad y que poco aporta al género y poco destacable me parece. Ocurre, sin embargo, que ha ganado un premio  y que el autor es defendido a capa y espada por Arturo Pérez-Reverte, lo que me hace tenerla en cuenta y abordar su lectura.
Un policía que se niega a ser corrupto, unos ricos que ejercen de ricos y unos malos que ejercen de malos y la violencia de México no son elementos suficientes para convencernos de que estamos ante una novela que va más allá del género -como nos la vende la crítica especializada, la misma que desprecia a Ross Macdonald y que ensalza a Henning Mankell, autor sin una solas novela memorable-, ya que carece de los elementos de introspección y de ahondamiento en las causas que la mejor novela negra ofrece. Estamos en una época en que no somos capaces la mayor parte de las veces de negarnos, de nadar a la contra, pero en según qué ocasiones más vale decir lo que pensamos aunque nos quedemos solos. Porque uno ama este género y no puede dejarse llevar por la corriente.

La noche es nuestra, de James Gray


Gran película que, como "Camino a la perdición", recurre al aroma clásico para la ambientación y la profundización de caracteres y deja un fruto que no sale de un lugar original pero sí ocupa un espacio propio y definitivo en la reciente historia del cine, pues se trata de una obra maestra. James Gray toma el camino que otros han transitado y nos lleva al interior del dolor, de las decisiones morales, y se aparta de lo fácil, lo circense en que se han convertido casi todas las películas policiacas estadounidenses de la actualidad, empeñadas en llenar de olor a pólvora nuestras fosas nasales en vez de llenar de ideas y sentimientos nuestros ojos y nuestras mentes.
Con un guión del propio director muy bien planteado y muy bien resuelto - un final en el que hay unas escenas conclusivas que cierran en círculo la narración, en el que hay pérdidas y hay encuentros- y tan bien aderezado por la música del gran Wojciech Kilar, que ofrece un resultado altamente satisfactorio, con una interpretación de Joaquin Phoenix memorable y una puesta en escena soberbia, en la que la cámara es un elemento más de la historia pero sin notarse, como si fuera otro de los personajes que están actuando, "La noche es nuestra" es un filme policíaco y familiar, cercano al melodrama, que nos recuerda que en el arte es mejor hacer las cosas con pasión, con convicción, y sin dar gato por liebre. Este cine es el que queda en la retina y en el recuerdo, amigos, el que no importa si gana premios o tiene una venta en taquillas apabullante. Es cine que habla de los hombres sin tomar al espectador por tonto, sin darle todo lo obvio ya masticado, y que cuenta una historia para saber más sobre el poder, las relaciones familiares, el honor, la muerte y el dinero. Temas de siempre y que siempre interesarán y que, como tan acertadamente señala el crítico Carlos Boyero, pueden confundir a los que, progresistas de salón y cartilla, quieren que todo lo opuesto al reaccionarismo sea desmedido, incontrolado y respondón, de color eternamente rojo sangre.

Nicolas Freeling: El rey del país lluvioso (2). La pasión en la gente del norte


Como el desaparecido al que busca el inspector Van der Valk es visto en compañía de una muchacha, menor de edad, y su esposa lo sigue pero no parece demasiado afectada al saber que su marido no vaga por ahí solo, la meditación del policía sobre la pasión que se nos brinda a mitad de la novela no es baladí en modo alguno y, además, resulta interesante. En dos entradas tendremos la oportunidad de saber qué piensa un inspector de policía holandés sobre la pasión amorosa.

Van der Valk pensó en la pasión... Se dijo que había de dos clases. Está la propia del norte, que se juzga elevada en el tono emocional y que es alta solamente en cuanto a la dosis de imaginación. "Es la que conocemos nosotros. Yo, los alemanes, los escandinavos, los ingleses, los americanos. Muy dados todos a la confusa irrealidad y al sollozo y al ahogante melodrama. No tenemos pasiones, pero nos las imaginamos con tanta fuerza que nos sugestionamos y nos creemos listos para los grandes gestos dramáticos. Ése es nuestro romance, que no es tal cosa, en absoluto, sino romanticismo. Lloramos abundantemente motivados por la pasión, pero no la tenemos. Incurrimos siempre en el suicidio, y es por culpa de una pura autocompasión. Nuestros grandes gestos son impulsados por un rico y profuso sentido teatral".


Foto: Willy Ronis

Recomiendo: La entrevista con Rafael Azcona que trae a su blog Miguel Sanfeliu, emotiva y llena de tantas verdades humanas que asombra vivamente y engrandece aún más a este inigualable creador.

Nicolas Freeling: El rey del país lluvioso (1). Ámsterdam, Granada


Ya en 1965 se quejaba Nicolas Freeling del despropósito en que se hallan inmersas las ciudades modernas, su supeditación al entramado servido en bandeja al tránsito automovilístico, de la sinrazón de los gobernantes que andan un paso para adelante y dos para atrás (en mi ciudad, Granada, se eliminó el tranvía y ahora, agobiados por el tráfico, los atascos y ojalá que la mala conciencia, los que mandan lo recuperan llamándolo metro pero con un trazado más de superficie que subterráneo). Se quejaba de que todo se vuelve utilitario y se abandona la belleza, se la arrincona, se la hurta al disfrute del que pasea a una velocidad humana, con sus pies y sus ojos defraudados como única compañía (el boulevard que han instalado en mi ciudad -instalado y dejado caer, como prefiráis, porque es más bien un injerto- carece de árboles que den sombra, luce por el cemento y la mala planificación de principio a fin). "...y muchas personas dignas se alojan ahora en unas buhardillas o desvanes a los que prudentemente se da el nombre de pisos", escribe Freeling (¿los minipisos de ahora?). "Hay allí una gran abundancia de altisonantes don nadies, delegaciones, misiones y consulados, y también una gran cantidad de sucios picapleitos" (como ahora, como ahora). "Circulan camiones obstaculizantes, de rechinantes ruedas". Freeling veía lo que todos vemos. Y en sus novelas negras dejó constancia y se quejó. Motivos para admirarle aún más.

Ruth Rendell: Simisola ( y 2 ). Crítica


Emociona leer esta novela. La última página, en que se explica la razón del título, te deja sobrecogido. Ruth Rendell demuestra con esta obra que la novela negra es más, mucho más de lo que se ve a simple vista, de lo que se la valora a simple vista. Se trata de una novela social, política, psicológica, de un tipo de novela imprescindible y poco practicado, en el que cabe la denuncia y la concienciación, en el que hay espacio para revisar nuestras ideas y para echar un nuevo vistazo a nuestras sociedades hastiadas y desencantadas y a nuestra concepción del hombre actual, al que creemos más civilizado, más culto y preparado pero que esconde tras la fachada la misma brutalidad, la misma falta de sentimientos y de amor por sus congéneres de siempre. Sirviéndose del envoltorio de la novela policíaca, con un par de crímenes de por medio, unos policías, un ladrón, unos ricos sospechosos y muchos pobres que acuden a las oficinas de la seguridad social en busca de empleo -tema omnipresente en la novela, con una manifestación incluida de los parados reclamando su derecho al trabajo y a una vida más digna, algo nada baladí si tenemos en cuenta las grandes pérdidas de empleo que se observan en una comunidad europea planteada sólo para los vencedores-, Rendell nos invita a ver la debilidad de los marginados y los humillados, nos pasea por los salones altos y las bajas casas, dibuja a los personajes con una intensidad que nada tiene que envidiarle a la de ningún novelista que practique literatura de altos vuelos y deja en nosotros, sus lectores, la sensación de que el déjà vu social es un error, un empañamiento de nuestra mirada, porque aún se dan casos horribles de abusos que están marcados por la supuesta condición superior de los que se creen más y mejores, los que confunden dinero y poder con suprahumanidad. "Simisola" es la obra de una autora de izquierdas, comprometida, que abre caminos y señala senderos que otros pueden seguir, que no se enroca sino que ofrece aperturas. Y es una novela necesaria, valiente, de una autora que profundiza y no crea maniqueos personajes que se pueden desplomar ante la primera revisión, sino que se adentra en los conflictos humanos y nos recuerda que hay asuntos aún irresueltos, desde hace cientos de años, y que la cultura y la estabilidad social a veces esconden el crimen, el abuso, la destrucción de los débiles, aunque la apariencia sólo muestre sonrisas y concertación. Sí: uno acaba la lectura emocionado y piensa que no todo está hecho, queda muchísimo por cambiar, que creemos que el hombre llegó a la luna y le aguardan metas muy altas y nos olvidamos de que aún no ha ido como debe a la vuelta de la esquina.

Texto recomendado: Recordando la obra de William Irish, en el blog de Francisco Machuca

Entrevista: Mercedes Castro


1.- “Y punto.” es una novela negra con mucha literatura dentro, un bien que escasea en las letras de cualquier país. ¿Cómo surgió la idea de hacer una novela negra y a la vez plenamente literaria?

"Y punto." surgió como una necesidad: la de contar la historia de una mujer que, en una sociedad como la nuestra, tiene que compaginar la vida privada con la laboral y, también, el plano exterior, en el que uno intenta mostrarse fuerte, firme, seguro ante una vorágine que nos exige ser duros y “capaces”, con un universo más íntimo, más secreto, que fluye por dentro y es donde se refugian la sensibilidad, las flaquezas, los pensamientos que no nos atrevemos a mostrar. Si la novela es negra es porque este género, que me fascina, es el vehículo ideal para analizar nuestra sociedad y mostrarnos críticos con ella, pero que perteneciera a éste en concreto no era un requisito esencial.

2.- Alternas la primera con la tercera persona en la narración, algo poco habitual. ¿Te acogiste a algún modelo, te surgió sin más?

Es algo muy meditado, aunque no tomé ningún modelo concreto ni me fijé como referencia otra novela que usara esta confluencia de voces narrativas. Alternar la primera, la tercera persona y hasta la segunda era el único modo coherente que pude encontrar para hacer llegar al lector los dos planos contrapuestos en los que se mueve el personaje de Clara, el interno, narrado en primera persona, y el externo, lo que ve, lo que le dicen, lo que oye, en tercera.

3.- Clara Deza es atrevida, decidida y emocional. ¿Te basaste en alguien para crear este personaje tan creíble y singular?

En nadie y en mucha gente a la vez. Creo que es un compendio de muchos amigos, familiares y conocidos, hombres, y sobre todo mujeres actuales que luchan, que intentan salir triunfadoras cada día de su vida sin haber renunciado a ser ellas mismas, con sus defectos, sus debilidades, sus fortalezas y sentimientos y aciertos.

4.- Nueve años dedicada a una novela. Impresiona, en estos tiempos de prisa y productos que caducan de inmediato. ¿Fiel a una historia o una pequeña maldición quitártela de encima?

Fue muy duro escribir noche tras noche, tras cumplir con mi jornada laboral, en ratos libres, en horas robadas al sueño, a los amigos, a la vida, renunciando a otros placeres como la lectura, el cine o una buena conversación. Escribir es duro, también, si no te conformas, si tienes un alto nivel de exigencia. Pero yo sola, a las tantas de la madrugada, sólo con mi gata y mi ordenador y el resto de la casa dormida, he de confesarlo, me sentía plena, viva. Daba igual que creyera que podría publicar o no esta novela. Escribiendo me lo pasé de forma extraordinaria. Como nunca en mi vida.

5.- Las tiradas líricas, los desahogos emocionales de Clara revelan a la poeta que también eres. ¿O ya no lo eres?

Una nunca deja de serlo. No porque ahora escriba más o menos poesía, sino porque ésta te cambia el modo de ver la vida, las palabras y sus sonidos, el valor de una coma o un punto… La poesía se adueña de uno, y ya no te suelta. Jamás.

6.- Tu libro va contracorriente por su volumen y por su empeño de verdad, de ficción que remienda los agujeros de nuestra realidad. ¿Cuesta decir lo que se piensa, temes que te encasillen?

A mí no me costó porque desde el principio me planteé Y punto. como un reto con mucho de implicación personal. Es decir, como una novela honesta, fuera de modas, de corrientes literarias, de adscribirme a tendencias o generaciones. En suma: fuera del mercado. Para mí escribir es algo verdadero, un oficio que me planteo con humildad, pero sobre todo con honestidad, al margen de poses. Tal vez lo difícil, con estos planteamientos, hubiera sido conseguir publicar, y sin embargo no fue así y pronto la novela encontró varios editores entusiastas. En base a esto, que me encasillen como una escritora valiente y sincera sería un lujo y un honor.

7.- ¿Reincidirás, volverás a escribir alguna novela con Clara Deza dentro?

Ahora mismo estoy en otra novela que no tiene nada que ver con "Y punto." ni con ninguno de sus personajes ni con su género. Cuando la acabe, es posible que retome a alguno de ellos, pero no necesariamente a Clara. "Y punto." es muy rica en secundarios que merecen por sí mismos una historia o un papel estelar. Estoy a la expectativa de los resultados de la votación que se mantiene en varios blogs de novela negra para decidirme por alguno de ellos, de modo que en este sentido el lector podría tener la palabra.

8.- Trabajaste en el sector editorial. En tu novela ajustas algunas cuentas con ese mundo de manera tangencial pero firme. ¿Queda alguna editorial independiente y que prime el valor literario por encima del resultadista en este país? ¿Qué piensas de la edición de libros en internet?

Sí, quedan, y muchas. No sólo pequeñas editoriales valientes, osadas, libres a la hora de decidir qué publicar sin estar pendientes de la cuenta de resultados, sino también editores que, de modo individual, independientemente de que trabajen en grandes grupos o pequeños sellos, intentan seguir cumpliendo con el papel tradicional del editor: ser un apoyo al autor, apostar por títulos de calidad, mantener sus valores y su humanidad por encima de las reglas del mercado… Yo conozco a algunos cuantos.

Con respecto a la edición en Internet, creo que todavía tiene que desarrollarse, pulirse, perfeccionarse un tanto para ofrecer al lector un producto tan trabajado como lo es ahora mismo el libro impreso, aunque sin duda ahora mismo es lo más parecido al libre acceso a la creación que podemos concebir.

9.- Para mí serías perfecta si te convirtieras en una francotiradora, en uno de esos escritores que tienen conciencia de las cosas y de su lugar en el mundo pero no se callan ni se venden, como Juan Marsé. ¿Es muy alto tu precio?

En fin, tendríamos que relativizar los ejemplos y admitir que se puede intentar ser escritor sin ser suicida y llegar a fin de mes. Muchas veces las decisiones que toman los autores no son susceptibles de ser juzgadas sino al cabo de mucho tiempo. No debemos olvidar que Marsé despotricó del Premio Planeta, años más tarde lo obtuvo, después él mismo intentó domarse, haciéndose jurado de este certamen, y al final, como el escorpión que no puede resistirse a picar a su amigo pero a la vez presa, terminó nuevamente criticándolo. Mis pretensiones son y han sido siempre escribir lo que quiero, sin cortapisas, sin frenos, sin ceder a presiones ni del éxito ni del mercado ni de la propia imagen que se hayan formado de mí lectores, libreros o editores. Lo ideal para poder alcanzar una libertad absoluta sería que me tocara la Lotería Primitiva. Eso sí, lo que no me atrae en absoluto es erigirme en portavoz de nada ni de nadie o verme adscrita a generaciones o corrientes determinadas. Yo voy por libre y sólo soy portavoz de mí misma, que ya es bastante.

10.- ¿Por qué dejarías alguna vez de escribir? ¿Puede haber algún motivo?

No creo. Ni siquiera el desencanto que a veces me inunda. Yo escribo siempre, dentro de mi cabeza, todo el tiempo y mientras tenga uso de razón no creo que pueda parar nunca de inventar historias. Otra cosa muy diferente sería que un día dijera basta y dejase de publicar, o desapareciese de la vida pública durante años o incluso décadas, pero dejar de escribir, nunca, es imposible e impensable.

Moderación de comentarios

Desde hoy, lamentablemente, queda habilitada en este blog la moderación de comentarios. No aceptaré jamás que nadie insulte y descalifique amparándose en el anonimato, como ha intentado hacer un sujeto con interminables y descerebrados mensajes a lo largo de toda la jornada. Lo lamento por los amables amigos y visitantes ocasionales. Internet no puede servir para que los cobardes y los depredadores conviertan este espacio para la creatividad y la libertad en un estercolero. Quien quiera venir aquí a discutir, a intercambiar ideas, a exponer sus puntos de vista siempre será bien recibido. Pero jamás volveré a abrirle la puerta a nadie que, valiéndose de un seudónimo, sin dar la cara, quiera emporquerizarme a mí o a cualquiera de los autores y los libros de que hablo en el blog.
El sujeto al que me refiero dejó unos insultos a un autor y a un libro a los que respondí pese a firmar con un seudónimo tras el que cobardemente se esconde. Las descalificaciones fueron creciendo y haciéndose personales contra el autor y luego contra mí, conforme comprobó que no aprobaba su imparable carrera hacia la provocación, el escarnio y el odio. Incluso hace unos minutos ha reincidido, aún no satisfecho con su comportamiento perturbado, disparando contra todo lo que se mueve. Nunca antes tuve que vérmelas con un fanático, con un ser enfermo de odio. Es una pena. Y mi decisión será inquebrantable.

Mercedes Castro: Y punto. ( y 5) Crítica


La novela negra empezó a tener una seria presencia literaria con Dashiell Hammett. Después Raymond Chandler -"El largo adiós" es uno de los mejores libros de ficción del pasado siglo, más allá de cualquier encasillamiento y atendiendo sólo a sus logros- y Ross Macdonald -con quien este subgénero llegó a la universidad, gracias a obras como "El hombre enterrado"- ahondaron y ampliaron las fronteras de una manera de contar y enfrentar la realidad tan realista y crítica y hasta comprometida -esa palabra que quieren desgastar con usos derivados pero no lo consiguen los expertos en hacer tabula rasa con todo, posmodernismo agresivo de por medio- que los lectores se sumaron por millones y la novela supo arroparse con fuerza y talento para llegar a los que leen poco, a los que sólo leen obras de misterio y a los que nos formamos leyendo a autores como Juan Benet y Julio Cortázar.
Pero la herencia de estos grandes autores está presente en pocos escritores posteriores. Como era de esperar, como ocurre con los thrillers cinematográficos, la dispersión la causan los aspectos superficiales, el ensimismamiento y la insistencia en el modelo hasta volverlo plano, absurdo y finalmente sólo un producto metaliterario, espejo ante espejo, vacío ante el vacío.
Por eso, la aparición de novelas como Y punto. suponen una alegría para el lector que no quiere más pastiches, que quiere buena literatura con policías y ladrones dentro. Que la haya escrito una autora española, alguien cercano y accesible, aumenta la satisfacción. Mercedes Castro sabe de literatura, conoce la novela negra y sabe distinguir y sabe ver cuáles son los caminos, las sendas que continúan las iniciadas por los maestros de este tipo de novela. Sin complejos, sin cortapisas, narra en Y punto. varias historias familiares, las aventuras y desventuras de una joven subinspectora de policía de Madrid -aunque gallega- y nos pone ante la realidad más cercana, ante la corrupción más cercana, ante los miedos y las inseguridades más próximas y más reconocibles, observando a la gente de la clase media, a la gente de la clase alta, a la gente sin clase.
Mercedes Castro escribe en una tercera/primera persona continua con mucho acierto, lo que le lleva a uno a preguntarse cómo no hay más escritores que utilicen este recurso tan adecuado para narrar lo exterior y mostrar lo interior del personaje al unísono, en planos complementarios y que sirven para estar en la acción y en lo que se piensa, en lo que se dice y lo que se calla, en lo que se imagina y se finge no saber. Así, no sentimos jamás cansancio, no nos pesan en ningún momento las 623 páginas, e incluso abandonamos el mundo ficticio de Clara Deza con pena, como si nos expulsaran de un lugar en el que ya creíamos estar firmemente asentados.
Cuando aparece muerta una prostituta, cuando Clara está a punto de ser arrojada desde la terraza de un edificio, cuando ella recuerda a un confidente y amigo muerto, cuando una suegra habla de desaparecer, en cinco o seis escenas claves Mercedes Castro apuesta por la mejor creatividad y deja momentos destacadísimos, memorables.
En Y punto. hay un personaje que se alza vivo y creíble, una voz que marcará la trayectoria de Mercedes Castro y la jalonará de continuas comparaciones, me temo. Clara Deza, ese personaje, tiene una fuerza, una viveza, un uso del vocabulario y una sinceridad que resultan deslumbrantes y se ganan la complicidad y el reconocimiento de inmediato. La novela es ella.
La novela, por supuesto, tiene fallos. Pero son menores. Estimo que las comparaciones cinematográficas, el acogerse en ciertos momentos al guiño y la parodia de personajes del cine resta intensidad y verosimilitud a algunas escenas y personajes, como pasa con Malde, a quien Mercedes Castro dibuja de manera demasiado sintética. También algunas apariciones de personajes en escena, de sopetón, chirrían en manos de Castro, no están a la altura de su talento. Sin embargo, puedo decir que no empañan la enjundia, la apuesta ambiciosa y lograda que supone esta magnífica novela negra. Con libros como éste crece un género.

Mercedes Castro: Y punto. (4). Ante el cadáver


Pocas, pocas veces tiene uno la oportunidad de disfrutar de páginas tan expresivas, tan literarias, tan bien escritas, con tanta fuerza y tanto golpeo interno y externo como las que Mercedes Castro dedica a una prostituta que aparece colgada. La voz de Clara clama, solloza, delira, ennoblece, se arraiga en los que la escuchamos -leyendo y oyéndola de alguna manera dentro de nosotros- y nos arrebata.
Reclamo desde hace tiempo novelas que sean plenamente literarias, en las que aparezcan policías, delincuentes, y que sean fieles a las grandes enseñanzas de los maestros. Hace poco afirmé que la mejor novela negra escrita en español es "El inocente", de Mario Lacruz, y se debe a que en ella hay ante todo gran literatura.
Con "Y punto.", de Mercedes Castro, puedo afirmar que nos encontramos ante otra novela negra -es negra y no es negra tan sólo, como las mejores del género- de gran altura, de escritura que raya a un gran nivel, con una poderosa carga lírica y una vehemencia perfectamente articulada y llena de humanidad. En las páginas que le dedica Mercedes Castro a la prostituta encontrada muerta late un aliento vital y poético, una verdad inconformista, una potencia creativa que es sin duda el punto máximo de la novela, es un arroyo que fluye solo y veloz y pleno y que deja al lector sencillamente boquiabierto. Son 12 páginas, un pequeño relato, un cántico estremecedor y tan palpitante de verdad que pide la inmediata relectura, incluso el recitado en voz alta. Son unas páginas maravillosas, inolvidables, seguro que generadoras de muchas otras páginas de lectores que sentirán, como yo, que estamos ante un logro espléndido y digno de ser intensamente resaltado y recomendado.

Foto de Mercedes Castro: J. Leal (Faro de Vigo)

Muñoz Molina y Ross Macdonald

"Y otro que me gustaba mucho cuando escribí "Beatus Ille" es Ross Macdonald, que en sus novelas repite un esquema que es muy bonito, pero está repetido siempre: se produce el comienzo de una investigación, aparece un cadáver y resulta que no es de ahora, sino de hace treinta años. La idea del crimen escondido durante tanto tiempo es muy atractiva, e influyó mucho a la hora de planear "Beatus Ille".

Palabras de Muñoz Molina, en el libro "Novela policíaca y cine negro en la obra de Muñoz Molina", de Jaime Aguilera García.

Ross Macdonald es el padre de este blog, el principal inspirador de este blog.

Mercedes Castro: Y punto. (3) Emocional, sin cortapisas



Mercedes Castro deslumbra en algunos pasajes de su novela, su prosa y su creatividad desprenden aroma de gran escritor, pues sabe cómo acercarse a los escenarios que su mente ha ideado y cómo narrar desde ellos, cómo trasladar a la mente del lector emociones, ideas, sensaciones, conceptos. Y lo hace con riqueza verbal y con riqueza de procedimientos, abordando los instantes delicadamente dilatados con un manejo del idioma y de la frase que se alarga, como el hilo del pensamiento herido, de forma notable. En la página 108 hallamos unos párrafos en que la primera persona se convierte en segunda y tercera a la vez sin dejar nunca de ser primera: Clara se ve a sí misma desde fuera comparándose con un amigo muerto y se ve pequeña, se ve liviana frente a la verdad de la sencilla felicidad del otro, del desasimiento consciente de lo superfluo, del encuentro con lo esencial. El tono elegíaco atrapa y engrandece la novela, la mueve a una zona de seguro reconocimiento y de bondades narrativas que no abundan en la literatura actual, tan medida por culpa de los depauperadores consejos editoriales, encaminados a contentar al grueso de los lectores no habituales y a eliminar la poesía en la prosa, la creatividad honda, la efusión y el amor libres por el propio trabajo, como si ahora escribir novelas hubiera de ser el resultado de unas clases bien aprendidas en bonitas escuelas de escritores, que, como toda escuela, ya sabe el informado que sólo sirven, de partida, para la homogeneización y la correción a la baja, la corrección castradora. Mercedes Castro deja que Clara se alivie, en breves párrafos, con tiradas líricas y genuinamente emocionales ante la muerte de alguien al que conoció, ante el reencuentro con quien le hizo daño en el pasado, y esto se lo debemos a una escritora que apunta a la totalidad, que no censura, que no corta para contentar, que da mucho y que no escatima.

Foto Mercedes Castro: Efe

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Mercedes Castro: Y punto (2). Lirismo en marcha


Son muy destacables las meditaciones en marcha de Clara, esa policía que no deja quieta su imaginación y profundiza en cuanto ve añadiéndole un lirismo muy creíble, el de la vida sentida, el de la persona que aun pertrechada detrás de su fachada de policía eficiente no puede dejar de sentir, lamentar y solidarizarse con quien sufre y muere ante sus ojos, aunque se trate de un drogadicto. Cuando está ante el cuerpo muerto de uno, al que además conocía bien, Clara no puede evitar que el flujo de su pensamiento pierda el control, se llene de sentimientos y de recuerdos y de palabras y frases hiladas por una poesía hecha sobre la marcha, surgida en el momento, que cautiva y desnuda aún más el alma de una Clara que gana en verismo y sinceridad, que va llenando la novela de literatura de la buena, de la que anima a la relectura y al recitado en voz alta, a buscar a un oyente al que leerle lo que acabamos de leer para no pasar página tan pronto, para demorarnos y estar un rato más cerca de los pensamientos de una mujer y un personaje que crecen y se asientan, que nos gana y nos tutea, nos propone y dispone ya para nosotros, lectores que empezamos a quererla y a desear que las aventuras que le esperan en este libro no la dañan y no nos la alejen.


Foto de Mercedes Castro: Siglo XXI