En el libro "La novelística de Antonio Muñoz Molina: sociedad civil y literatura lúdica", escrito por Salvador A. Oropesa y editado por la Universidad de Jaén, encontramos estos párrafos ( páginas 61 y 62):
"Lawrence Rich afirma que " [El invierno en Lisboa] is Muñoz Molina´s first full-length exercise in intertextualizing the popular" y la califica como homenaje a Raymond Chandler y a Alfred Hitchcock. Para Rich contiene todos los elementos de la novela negra, como los paisajes urbanos, la lucha por la posesión de un objeto valioso, artístico, que es hasta cierto punto una entelequia, como en The Maltese Falcon de Dashiell Hammett( en este caso un cuadro de Cezanne). Está también el hotel ruinoso, las calles frías y lluviosas y la femme fatale."
"En realidad, es difícil de entender por qué Muñoz Molina ha dicho que no se trata de una novela negra, porque indiscutiblemente lo es."
Y para el autor de este blog que estáis leyendo tiene una explicación: el temor a ser encasillado, a que la crítica lo ninguneara, a que se considerase el libro un simple entretenimiento quizá determinó esa consideración de Muñoz Molina por su propio libro, que - no lo olvidemos - ganó el Premio de la Crítica y el Nacional de Literatura. No había, no hay que tener temor a escribir una novela negra, amigos: la calidad la pone el escritor, no el género. Espero, de todas formas, leer este titular en los periódicos un día: Una novela negra gana el Premio Nacional de Literatura. Habremos conseguido entonces que se normalice otra cosa, que se les dé el status preciso a estas historias sin que acechen el descrédito, la minimización, el desdén de los que aún creen en la literatura de una única vía, cuando lo mestizo es el futuro de todas las razas y todas las formas de creatividad. Queremos a Proust, queremos a Flaubert, pero también queremos al Chandler de El largo adiós o al Vázquez Montalbán de Los mares del Sur. Que no nos confundan. Que nos nos tiren al hondo pozo del subgénero. Tenemos libros de muchísima calidad a nuestro lado. Y otro día, si es posible, hablaremos de Graham Greene, por ejemplo.
29 abril 2006
28 abril 2006
Juan Madrid: Tánger
Esta es una de las dos citas que anteceden a la novela: " Todos los fascismos están alimentados por el miedo a los pobres y a la revolución. Y, sobre todo, por la irracionalidad, los nacionalismos, el fanatismo y la miseria sexual y moral." Se las escuchó decir Juan Madrid a su propio padre. Este escritor crea personajes y situaciones creíbles, algo que escasea, dentro y fuera de la novela negra. Hay una influencia clara en su escritura: Pío Baroja. Algunos dicen que también está detrás Ignacio Aldecoa. Las referencias son inmejorables, ¿no? Juan Madrid sabe de lo que habla, a diferencia de otros autores que sólo imaginan. No se documenta para una novela: lo documenta su propia vida, sus inquietudes, sus motivaciones personales: de ahí salen sus novelas. Es uno de los últimos escritores comunistas - admira a Dashiell Hammett, también comunista, que es su tercera y también muy clara influencia - y por eso Tánger empieza con una manifestación de neonazis por los alrededores de la Casa de Campo, en Madrid. Admiro a su personaje Toni Romano, que hasta ahora ha protagonizado seis de sus novelas, porque es un personaje de novela negra española, creíble y próximo. Lo mismo ocurre con el protagonista de Tánger, un joven marroquí, y con su socio, un ex boxeador, metidos a cobrar deudas pendientes. Madrid no malgasta una sola palabra: descripciones concretas y definitorias, narración ágil y con pocos adjetivos, y un estilo muy personal - muy Barojiano -, con un tono cercano a lo coloquial que parece hablarle a media voz al lector, un voz amiga, sin estridencias, que cuenta y dice lo que sabe y conoce y no falsea, no mete hipérboles ni suspenses innecesarios porque cuando se domina lo que se narra, cuando se está seguro de que lo que se está narrando vale la pena no hay que irse por las ramas ni ponerse líricos. Detesto los excesos. ¿Tú también? En Tánger no los hay, como tampoco los había en Baroja. ¿Sirve decir que hay novelistas de la experiencia? Juan Madrid es uno de ellos. Sincero y con unas historias que nos cuentan la verdad de nuestro mundo, el cercano, el de la esquina y dos esquinas más allá. Un novelista forjado en las lecturas de los clásicos estadounidenses pero que habla profundamente de cuanto ven sus ojos despiertos, y no sólo de lo que ve su mente.
27 abril 2006
Jonathan Valin: La calera ( 3 )
En 1980, cuando se publicó esta novela, Alejandro Amenábar no había rodado aún "Tesis", no se hablaba de películas snuff. No se había rodado tampoco "Asesinato en 8 mm." Pero esas dos películas están en La calera, aunque no sé si habrá sido ésta una decisiva influencia para los guionistas. Hay épocas en que ciertos temas nos preocupan y ocupan, rondan por nuestras mentes y los periódicos les dedican titulares, artículos, y ciertos programas de televisión los abordan, los filman, los muestran, de manera cruda o suavizada, depende de a qué hora se vayan a emitir, de a quién estén destinados. En esta novela hay mucha novela negra, de la de verdad: la que profundiza e hiere, la que destapa y llama por su nombre a la corrupción, los abusos a menores, la violencia, el asesinato. Es una obra emblemática, un paso más en la senda que empezaron a transitar Hammet, Chandler y Macdonald, los tres grandes. Valin buceó en su década y sacó a la luz la podredumbre que encontró, la expuso para que la conociéramos, llamó suciedad a lo que es suciedad y se anticipó a momentos como los vividos en España con el Caso Alcasser. Valiéndose de un detective privado, que a nadie se debe, que no tiene presiones por arriba - como sí tiene un policía-, nos mueve por un escenario de pesadilla pero tan real que asusta, que encoge el ánimo: las últimas treinta páginas de la novela se leen con un nudo en la garganta, porque el lector se sorprende pero también reconoce: los datos están ahí, los delitos, la manipulación, la crueldad. Vemos a niños indefensos pero - Valin es un escritor completo - también a adultos que los explotan y dan sus razones - ¿qué puede haber más importante que el dinero, si hablamos de un mundo salvaje, depredador? -, se mueven como personajes y no como muñecos a los que se viste y se les da alegremente un monolítico papel de villanos. Vemos que hay corrupción y vemos un final en que se destapa cuanto se tapaba porque un solo hombre ha expuesto su vida - un individuo solo pero no individualista, pues actúa no en propio beneficio, sino como prolongación de los brazos y los deseos de otros - para llegar a un lugar sin vuelta atrás, a un punto en el que ya no es posible hacer la vista gorda, mirar para otro lado, eludir responsabilidades: todo está oculto, disimulado, pero si alguien lo muestra - como ocurre en los casos de corrupción política - ya no queda otra solución que empezar a acusar, a señalar con el dedo, a responsabilizar. Pequeños terremotos que dan la vuelta a la superficie, duran unos instantes y luego todo sigue igual, no nos engañemos, amigos. La diferencia, la cualidad que añade y distingue a Jonathan Valin es la piedad. Ajeno al maniqueísmo, a la fácil mostración de lo podrido, este autor no se olvida de que todos los personajes, buenos y malos, están hechos de la misma pasta. A unos ganas dan de escupirles y otros nos emocionan, pero todos están tratados de una manera inteligente. Un gran novelista puede mirar al mundo y señalar sus maldades, pero si lo hace con piedad puede llegar a escribir además una obra maestra. Dentro del mundo de la novela negra, La Calera, de Jonathan Valin es, sin duda, una obra maestra.
piedad
piedad
26 abril 2006
Jonathan Valin. La calera ( 2)
Hay conversaciones que estremecen. Cuando habla con una chica liberada de las garras de una pareja que la prostituía, oye el detective preguntar a la joven de dieciséis años qué pasará ahora. Stoner le dice que podrá hacer vida normal. Ella, la vida normal que ha llevado ha sido la de la prostitución. Pero contesta que no lo pasaba mal: de todas formas, desde los trece años - antes de que la forzaran a hacerlo - ha estado con hombres, no sabemos si porque la obligaba su padre o con otras personas. Stoner le dice que en los colegios hay muchos chicos de su edad, se divertirá volviendo a esa vida normal de chica de dieciséis años. Contesta ella que no lo cree, porque los chicos serán de su edad, pero no han vivido lo suficiente, no como ella . Y concluye que podrá consolarse enseñándoles. Narra Stoner: " Ella era mayor que los otros y, en unos cuantos años, esos hermosos ojos verdes se convertirían en activos depredadores verdes en un mundo depredatorio." Estremecedor, durísimo, profundo y definitorio. Este libro se publicó en España en 1980, en la colección Etiqueta Negra, de Júcar, que dirigió Paco Ignacio Taibo II. Una novela negra que profundiza en los temas, que sirve para la acción y la meditación. Yo les recomendaría a los editores de Tusquets o a los de Tropismos o a los de Almuzara que obtuvieran los derechos de otras novelas de Valin. Se han publicado cuatro en nuestro país. La última, hace diez años.
20 abril 2006
Antonio Muñoz Molina
Hubo una época en que queríamos ser Antonio Muñoz Molina. No como él, sino él. Le habíamos conocido en unas jornadas literarias desarrolladas en Almería y su carácter, su bonhomía, su cercano parecer y sus comentarios nos deslumbraron, nos pusieron en la senda de sus seguidores más fieles. Le vimos otra vez - mi amigo Juan Herrezuelo y yo -, en Granada, y nos invitó a comer. Eramos dos jóvenes con una mano delante y otra detrás - como decía Herrezuelo -, temerosos de hallarnos en una situación a la que sólo pudiéramos responder con evasivas y excusas: pero Antonio - así le llamábamos entonces - ni siquiera dudó. Pagó con su tarjeta y todos nuestros miedos - y nuestros temores a hacer el ridículo - se disiparon. Menudo alivio. La comida tuvo lugar en un restaurante cercano al Hotel Victoria, hoy restaurado, y muchas veces, andando por aquella acera, recuerdo y me digo que nunca sentimos tanta admiración por nadie a quien hubiéramos llegado a conocer en persona, ni antes ni después. En un programa de radio plasmamos esa devoción y se lo dedicamos a Antonio: lo emitió Radiocadena Española. Otros tiempos, sí. Nunca más he vuelto a ver a Antonio. Me comenta Emilio, de la Librería Atlas, enGranada, que pasaba a menudo por allí a comprar libros y, en una ocasión, una colección de comics: Spirit. ¿Para él o para su hijos? No lo sabemos. También Antonio padecía de ciertas nostalgias. Seguro que Herrezuelo y yo daríamos algo importante de lo que poseemos - si es que hay algo valioso y algo digno de ser ofrecido a los dioses del tiempo, pongamos por caso - por volver unos minutos a aquella edad y a una de las charlas que mantuvimos con quien luego fue Premio Nacional de Literatura. El invierno en Lisboa era nuestro libro de cabecera, el que aparecía en cualquier charla, con aficionados a la literatura y con quienes no habían leído nunca, si nos lo permitían. Así se forja una identidad, me digo ahora.
18 abril 2006
Diario de un cineasta indignado ( 1 )
Me indigna que se masacren las películas con cortes de veinte minutos. Me indigna que se corten los títulos de crédito finales: como si le cortaras la firma a un cuadro y lo expusieras en un 90% solamente. Me indigna que los comentaristas de televisión de los periódicos no se estretengan comentando lo bueno y gasten papel comentando las chorradas de los programas basura. Me indigna que los trailers de muchas películas cuenten casi todo el argumento: como si la emoción sólo residiera luego, al verla, en ir encajando las escenas del propio trailer. Me indigna que en los canales de pago corten las series dos o tres veces para emitir autopublicidad: como si algunas series no fueran tan buenas como muchas películas. Me indigna que los canales pongan un logotipo de su marca y manchen la imagen: ¿ lo harían con un cuadro, en el Prado?: y sólo lo hacen en las películas: el logotipo desaparece al empezar los anuncios: ¿son los anunciantes los dueños de las cadenas de televisión? Me indigna que se gaste el dinero público en peliculitas de acción que por venir de los Estados Unidos llaman cine, cuando no son más que auténtica basura. Me indigna que no se indigne más gente, que se quejen tan poquitos, que no nos atrevamos a llamar basura a lo que es basura y arte a lo que es arte, como si el postmodernismo todo lo homogeneizara definitivamente y ya no hubiera lugar para la queja, la discusión, y sólo para programas como el de Garci, laudatorios de una película, y no para otros en que se debata de verdad sobre el cine. Me indigna que haya tanto lugar común cuando se habla de cine.
Blake Edwards: Chantaje contra una mujer
Los primeros minutos de la película valen tanto como la mayor parte del cine de acción actual. Todo y juntito. Sólo hay un plano: la cara de Lee Remick con la boca tapada, sus ojos desorbitados y un brazo que la mantiene quieta y atemorizada, el de un hombre a su espalda. Dicen que el cine de acción actual es como el cine X: lo muestra todo tan detalladamente, tan en primeros planos y con tanto ruido que al final produce más cansancio y hastío que excitación. Si esto es cierto, en la película que comento ya se adelantaba lo que se puede hacer con arte, el genuino: dos o tres minutos de esa cara, la cámara apenas se mueve - no puede develar el rostro del malo pero además centra todo el terror en el terror del rostro descompuesto, que parece estar viendo la muerte -, el tremendismo está ausente y el mayor valor está en la actuación de tan buena actriz. Eso era el cine, me gustaría recordarles a algunos chavales que se han criado viendo a Schwarzenegger y compañía. Retomar - o ver por vez primera - una película como ésta, en blanco y negro, con tantísima emoción a flor de piel puede suponerles un shock, pero uno positivo, inolvidable, catártico. Cuando ves esa cara en primer plano de repente algo te mueve a querer ayudar a la mujer, a saber quién está detrás de ella amenazándola, quisieras saltar al otro lado y entrar en la película. Claro, amigos, era eso: aquel buen cine era interactivo, rompía los límites de la realidad y la ficción, nos hacía vivirlo como niños, de forma total y absoluta, como nuestra realidad de ese momento. Podrían los que saben elegir las películas hacer una buena selección y emitir un ciclo en prime time los domingos, por ejemplo en TVE1, haciéndole una buena publicidad previa. Más de uno se sorprendería con el magnífico resultado.
17 abril 2006
Jonathan Valin: La calera
Después de ganar un dinero fácil y abundante en un caso de rápida resolución, Harry Stoner se mete de lleno en un caso complejo y del que va a salir sin ganar nada, porque su cliente no tiene dinero. Se trata de encontrar a una chica de dieciséis años a la que prostituyen y vejan: le hacen fotos apagándole cigarrillos en el cuerpo. Un anciano se ha enamorado de ella y ella ha vivido con él pero ahora le ha dejado. Qué implicaciones morales, amigos. Qué mundo complejo. Y Stoner se mete en el asunto sin pensárselo demasiado al principio. Luego comprende que además de no cobrar está arriesgando su vida. Los que le conocen - le quieran o no - le aconsejarían que lo dejaran, alguno lo hace, pero Stoner no ceja. A los detectives no les gusta dejar un caso sin resolver. Pero quiero aquí meditar acerca del dinero. ¿Quién - siendo un particular, no un funcionario policial ? - arriesgaría su vida para encontrar a una persona desaparecida? ¿Un marido, una padre, un hermano? ¿Por qué un detective privado? ¿Pretende Valin sermonearnos, decirnos que si no es por Stoner nadie se molestaría en buscar a esa chica, nadie se preocuparía por lo que pueda pasarle en el inframundo de la prostitución? ¿Es el detective de esta novela un emblema, un enviado de los dioses, un superhombre que busca la justicia, que procura la ayuda a los desvalidos donde no llega la mano de la ley? Sabemos que la policía no tiene efectivos para dedicarlos a cada caso que se le presenta, no puede rastrear indefinidamente, no puede asignar a un hombre para cada caso. ¿Qué queda entonces? ¿El detective? ¿Ese hombre solitario, sin fuerza más allá de su inteligencia, sin apenas medios para llegar donde un cuerpo organizado no es capaz? Detesto las moralejas. Pero detesto también los engaños. La sociedad estadounidense cree más en lo privado que en lo público, en el empeño personal que en el colectivo. No son mis ideales, amigos. Pero me decía mi padre- estuvo en nuestra guerra civil - que a veces un hombre solo llega donde no llega un ejército - que se lo pregunten a los espías -: será eso, me digo. El detective es un hombre solo pero también con un solo objetivo, con todas sus energías volcadas en una sola empresa, una sola dirección. Es eso también, amigos. El ser humano que, por sí mismo, es capaz de mover el mundo, de cambiarlo, de alterar la apariencia, el principio y el final: porque la suma de un ser humano y otro ser humano y otro ser humano nos da la suma de todos los seres humanos. La parte y el todo, indisociables. Yo me he aclarado, espero que vosotros me hayáis entendido.
El comisario
No soy el único al que le ocurre: buscamos y rebuscamos en las tiendas de libros de segunda mano y las mayores alegrías nos las encontramos rescatando libros que alguna vez perdimos o que en cierta ocasión desdeñamos demasiado apresuradamente. Como decía hace poco un autor español, Juan Bolea, esto de los CSI está acabando con el romanticismo inherente a nuestro tipo preferido de literatura - y de cine-. Bien está Scarpetta, de Patricia D. Cornwell, pero con una basta. Nos interesaba la literatura negra porque se hablaba de los hombres, sus problemas, su manera de resolverlos- a veces con decisiones drásticas, mediante el asesinato, por ejemplo -, sus relaciones. Que todo quede supeditado a encontrar una huella o un vómito - como en un episodio de El Comisario, interesante serie de TV - acaba con la imagen más humana y profunda que teníamos de la investigación criminal. Hemos vuelto a Agatha Christie. Un entretenimiento. De hecho, cuando veo la serie mencionada arriba, espero pacientemente a llegar a la resolución del caso para saber qué ha impulsado a matar, qué sentimientos, envidias, frustraciones han llevado a mover una mano homicida. Que los asesinos canten de una manera tan fácil prefiero no enjuiciarlo, porque entonces tendré que sacar la vena más crítica y más dura: se ajustan los guionistas tanto a la realidad en ese aspecto como en ciertas historias de otros tiempos ya pasados, pero bueno: nos queda el descubrimiento de las pasiones humanas. Por otro lado, lo mejor de esta serie son sus actores y las tramas que viajan de capítulo en capítulo como sombras que no se desvanecen hasta un desenlace final que suele ser interesante. La creación de personajes es también muy acertada: los caracteres bien definidos y las interrelaciones llevadas con soltura y humor. Tito Valverde es un gran actor. Me agradó mucho que la guapa Paula Echevarría se liara no con el guaperas Charly sino con el menos guapo Pope, que está casado con una ex prostituta. Quizá poco a poco vayamos dejando de lado esa desconfianza que a los lectores de Marlowe y Carvalho siempre nos suscita la presencia de la policía y de los policías.
16 abril 2006
Diario de un detective privado ( I )
El consumismo, nueva religión. El consumismo, para llenar vacíos. El hipermercado, lugar de reunión único de la familia ( sábados por la tarde). Globalización... sólo del consumo. Al menos, sabiendo el nombre y conociendo las ropas del enemigo puede empezar a nombrársele y a combatirlo. El sistema no lo fagocita todo. En internet hay huecos para la libertad verdaderos, que no tienen precio: como algunos blogs, algunas páginas personales de gente que tiene ideas y decisión. No todo es consumo y no todo está en la órbita del consumo. No todo tiene un precio. No todos le ponemos precio a lo que hacemos. Detesto el victimismo y estar caído de brazos. Siempre hay un espacio: seas obrero, escritor o cualquier tipo de asalariado. Puedes hacer cosas gratis. Eso se lo traga el gran estómago del sistema, pero no lo digiere. También pensábamos que el franquismo iba a durar siempre, que el telón de acero sería eterno. Vencido está el que se cree vencido. El que quiere cambiar algo empieza y pone una piedrita ( como decía Cortázar en Rayuela) y se va. Y seguro que alguien más aportará otra piedrita. Y así hay un comienzo.
Homenaje a Félix Bayón
Que inesperadamente dejó de estar entre nosotros el día 16 de abril de 2006. En La Gansterera publiqué la crítica a su libro "De un mal golpe", donde nacía un nuevo detective. Bayón estaba escribiendo la segunda novela dedicada a su personaje investigador. Ésta era mi crítica:
Se planteó Felix Bayón esta novela, en principio, como un juego solitario, pero su amigo Justo Navarro le animó a presentarla al publico. Hizo bien. Es una novela que se lee de un tirón - o de dos, según el tiempo de que dispongamos - y presenta su interés principalmente en el personaje narrador. Cuando se han leído muchas novelas policíacas uno anda ya un poco saturado de historias, ve venir las sorpresas y se huele qué se esconde detrás de lo que se nos va mostrando. La trama de esta novela, que nos muestra a un detective que ejerce sin licencia - fino humor español y a la vez complejo de inferioridad frente a los clásicos estadounidenses - nos lleva a Marbella, el lugar de la corrupción y de las inmobiliarias. Vemos a un personaje en el ayuntamiento, los bares y las calles de la ciudad, a un policía al que le duele ser policía, a una antigua luchadora roja que se mete en las vidas ajenas y a un antiguo periodista que sabe muy bien por dónde ir y venir. De poco nos informa la novela que no supiéramos ya, poco innova en su investigación ni en la mostración de los vericuetos de la misma, tampoco en su final, deudor de Chandler y también, sobre todo, de Vázquez Montalbán. Pero resulta interesante y útil porque nos encontramos a un personaje: y como es ésta la primera novela de una serie cabe felicitar a su autor porque en el primer intento ha dado en el centro de la diana. Descreído, algo mayor, solo, con un humor cercano y con la compasión que definen a los mejores investigadores del género, Luis León es alguien a quien merece la pena conocer, oír, recordar. No estamos ante una novela que denuncia, aunque sí levanta acta. Y estamos ante un personaje que nos hace recordar tiempos mejores, luchas mejores, sentimientos mejores. No hace falta imaginar mucho para darse cuenta de que detrás de León está el propio autor de la novela, que hace su primera incursión en el género negro.Periodista que trabajó en El País, Bayón tiene muchas historias que contarnos y aprovecha su oficio para recorrer los ambientes y darnos las informaciones que un periodista maneja habitualmente. En una conversación con un antiguo amigo del protagonista, que aún ejerce, desgrana Bayón las lamentaciones del que ha pasado mucho tiempo en un oficio que se está volviendo light, porque llevado por el signo de los tiempos se ha vuelto no un oficio sino un trabajo algo que se desempeña para cobrar y sobrevivir, sin que reporte grandes alicientes, sino más bien miedos: a que los recién salidos de la Facultad vengan y te quiten el puesto porque cobran mucho menos y están sobradamente preparados para el trabajo rutinario, funcionarial, entregado, servicial. Y ahí es donde creo que se focaliza el interés de la novela - y del personaje, insisto - porque para hacer la crónica de un tiempo y de un país se necesitan años, experiencia, mirada y pasión - aunque sean restos de una antigua pasión por descubrir, por participar, por ser, sencillamente-. Después de tantas novelas negras dadas al enigma gratuito, al crimen porque sí, a la investigación en el vacío de un mundo irreal, prefiero a los escritores que no necesitan un muerto en cada capítulo, veinte disparos cada treinta páginas - lo que les ocurre a la mayoría de los best sellers negros escritos por autores estadounidenses actuales- y confunden la necesidad de entretenimiento con la pura acción más adecuada a la novela de aventuras El crimen, como bien nos dice Bayón, es una excusa para darnos una atmósfera, para hablarnos de un lugar y unas personas, para conocer mejor o de otra manera nuestro presente. Incluso el final de esta novela es emblemático: y como tiene mucho interés no voy a desvelarlo, que ésa - no reniego, no me interpretéis mal - es otra virtud de la narrativa que más nos interesa: que hasta el final nos mantenga en vilo. Espero la segunda salida de León.
Se planteó Felix Bayón esta novela, en principio, como un juego solitario, pero su amigo Justo Navarro le animó a presentarla al publico. Hizo bien. Es una novela que se lee de un tirón - o de dos, según el tiempo de que dispongamos - y presenta su interés principalmente en el personaje narrador. Cuando se han leído muchas novelas policíacas uno anda ya un poco saturado de historias, ve venir las sorpresas y se huele qué se esconde detrás de lo que se nos va mostrando. La trama de esta novela, que nos muestra a un detective que ejerce sin licencia - fino humor español y a la vez complejo de inferioridad frente a los clásicos estadounidenses - nos lleva a Marbella, el lugar de la corrupción y de las inmobiliarias. Vemos a un personaje en el ayuntamiento, los bares y las calles de la ciudad, a un policía al que le duele ser policía, a una antigua luchadora roja que se mete en las vidas ajenas y a un antiguo periodista que sabe muy bien por dónde ir y venir. De poco nos informa la novela que no supiéramos ya, poco innova en su investigación ni en la mostración de los vericuetos de la misma, tampoco en su final, deudor de Chandler y también, sobre todo, de Vázquez Montalbán. Pero resulta interesante y útil porque nos encontramos a un personaje: y como es ésta la primera novela de una serie cabe felicitar a su autor porque en el primer intento ha dado en el centro de la diana. Descreído, algo mayor, solo, con un humor cercano y con la compasión que definen a los mejores investigadores del género, Luis León es alguien a quien merece la pena conocer, oír, recordar. No estamos ante una novela que denuncia, aunque sí levanta acta. Y estamos ante un personaje que nos hace recordar tiempos mejores, luchas mejores, sentimientos mejores. No hace falta imaginar mucho para darse cuenta de que detrás de León está el propio autor de la novela, que hace su primera incursión en el género negro.Periodista que trabajó en El País, Bayón tiene muchas historias que contarnos y aprovecha su oficio para recorrer los ambientes y darnos las informaciones que un periodista maneja habitualmente. En una conversación con un antiguo amigo del protagonista, que aún ejerce, desgrana Bayón las lamentaciones del que ha pasado mucho tiempo en un oficio que se está volviendo light, porque llevado por el signo de los tiempos se ha vuelto no un oficio sino un trabajo algo que se desempeña para cobrar y sobrevivir, sin que reporte grandes alicientes, sino más bien miedos: a que los recién salidos de la Facultad vengan y te quiten el puesto porque cobran mucho menos y están sobradamente preparados para el trabajo rutinario, funcionarial, entregado, servicial. Y ahí es donde creo que se focaliza el interés de la novela - y del personaje, insisto - porque para hacer la crónica de un tiempo y de un país se necesitan años, experiencia, mirada y pasión - aunque sean restos de una antigua pasión por descubrir, por participar, por ser, sencillamente-. Después de tantas novelas negras dadas al enigma gratuito, al crimen porque sí, a la investigación en el vacío de un mundo irreal, prefiero a los escritores que no necesitan un muerto en cada capítulo, veinte disparos cada treinta páginas - lo que les ocurre a la mayoría de los best sellers negros escritos por autores estadounidenses actuales- y confunden la necesidad de entretenimiento con la pura acción más adecuada a la novela de aventuras El crimen, como bien nos dice Bayón, es una excusa para darnos una atmósfera, para hablarnos de un lugar y unas personas, para conocer mejor o de otra manera nuestro presente. Incluso el final de esta novela es emblemático: y como tiene mucho interés no voy a desvelarlo, que ésa - no reniego, no me interpretéis mal - es otra virtud de la narrativa que más nos interesa: que hasta el final nos mantenga en vilo. Espero la segunda salida de León.
13 abril 2006
El mal.John Connolly: El poder de las tinieblas ( 5)
Los monstruos humanos. Los asesinos despiadados que cometen crímenes y no se arrepienten. Que matan y violan y ponen bombas y despellejan a sus víctimas y cenan luego tranquilamente. El protagonista de la novela, Bird, recuerda a su compañero de la policía, con un instinto inigualable para detectar el mal. Y nos explica que su instinto se basaba en detectar el mal ajeno pero en no profundizar en sí mismo para no llegar al punto en que detectase el mal propio, que le apartase de su senda de rectitud moral. Bird sí lo ha hecho y luego se ha enfrentado a gente que hacía el mal - lo que él consideraba mal - y los ha combatido utilizando también el mal. Pero Bird es consciente de que ha hecho el mal igualmente, no se engaña; ha accedido a su lado oscuro y con la fuerza de ese lado oscuro ha matado. Concluye su meditación diciendo que continúa con su vida, consciente de cada paso que ha dado, y lamenta que su antiguo compañero no se haya explorado más, no sepa que alberga también algunas dosis de mal y eso le haga creerse mejor persona, tener un concepto quizá demasiado elevado de sí mismo. ¿Es eso el develamiento del mal? ¿Quitar capas y vernos a nosotros mismos? ¿Qué es el sentimiento de culpa? ¿No la tiene un asesino múltiple? ¿O es que ha evolucionado o involucionado hasta tal punto que convive consigo mismo y no tiene remordimientos? ¿Llegar al fondo de uno mismo es abrirle la puerta al mal que guardamos en nuestro interior? Lo más importante es que hay que saber que no somos diferentes unos de otros, el sacerdote y el pecador, el policía y el asesino, el perseguido y el perseguidor, el loco y el cuerdo, el terrorista y el político. Intimamente no somos tan diferentes: sin coartadas, sin apoyos no habría masacres de guerra - en períodos de guerra la violencia es más justificable, qué maldad con una sonrisa en la boca -, sin injusticias no habría muertes sin excusa, sin una sociedad tan depredadora no habría depredadores humanos. No creo en el mal nacido por generación espontánea, en el mal puro, en el mal demoníaco. Detrás de todo acto humano hay un humano. No nos engañemos, amigos. Tampoco John Connolly cree que el mal surja por generación espontánea. A veces ese mal es inoculado en la infancia del que será luego un asesino. Een esta novela se nos habla de cómo los malos tratos de una madre, los abusos con su hijo, los castigos y la violencia siembran en el niño lo que luego, en la edad adulta, explotará como un tumor y manchará de pus, dolor y muerte a todo aquel que esté cerca.
12 abril 2006
John Connolly: El poder de las tinieblas ( 4 )
Conviven con nosotros, llenan nuestras vidas el dolor y el amor. El poder de la tinieblas y el poder del amor. A veces nos cuesta pensar que un hombre pueda volver a su casa después de haber matado a otro y besar a su mujer con dulzura, arropar a sus hijos en la cama, hablar por teléfono con su madre que está lejos y le añora. Pensamos que el mal llena el alma y le impide tener bien dentro. Pero a veces es bueno dejar de pensar con la cabeza y hacerlo con alguna víscera sana. Puede un hombre matar a otro y volver a su casa y olvidar y dejarse llevar por la ternura que encuentra entre quienes le quieren. El hombre olvida y sigue. Al protagonista de esta novela le ocurre que puede amar y después estar en una situación en la que tiene que matar. Por eso le dejó la mujer que estaba con él tras la muerte de su esposa. No podía comprender que la abandonara para ir a buscar a otros hombres que le esperaban para matarle y a los que tendría que responder igualmente con violencia y muerte. Ella, psicóloga, le amó y le estudió y decidió que esa violencia les separaba, que en él vencía el deseo de la venganza al deseo del amor. Y él está ahora solo. Se reencuentra con una mujer a la que quiso muchos años antes y sólo es capaz de oírla, de mirarla, de sentir la caricia de ella en su mano, pero no puede actuar, no puede moverse, no puede volver a amarla. La violencia sigue rondándole, y la culpa, y la rabia, y el dolor que no se espesa y no se enquista y no le destruye de una vez ni se disipa ni se hace sólo el peso de un recuerdo. Él se ha quedado parado. Entre el amor y el dolor, si tratamos de pensar, de decidir, me temo que sólo podemos quedarnos parados. Si hay que elegir, no acertamos a elegir. Y, quietos, somos nada.
11 abril 2006
Forajidos
La gran potencia del cine clásico está en sus mitos, tanto los narrativos como aquellos que los encarnaron. Una película protagonizada por Burt Lancaster y Ava Gardner ya invita a sentarse y verla con los sentidos alerta. En esta película, como en muchas otras del género negro de los años cuarenta y cincuenta, la mala es ella. Perdón, Ella. Como si reviviéramos el mito de Sansón y Dalila, una vez más tenemos a un hombrón fracasado, con presente y pasado turbios, que pierde la cabeza por una mujer de dudosa reputación y peores intenciones. Que estas malas han de ser también bellas para tapar lo que de siniestro alberga su alma es un cliché, una obligación. O acaso una razón: son hermosas y, como se saben superiores a cualquier hombre, se vuelven malas. La fama, el éxito, nos endurecen y envilecen, nos vuelven egoístas y despóticos. Está por escribirse una novela negra que actualice estas historias y nos dé la contracara: el hombre pérfido y malvado que, con carita de bueno, engaña, manipula y arrastra a una mujer tras sí sólo con mirarla y hacerle mudas promesas con los ojos entornados. Ava Gardner, en un final que yo no sé si estará en el relato de Hemingway que sirve de inspiración a esta película, se echa al suelo y le suplica a uno de los hombres a los que ha engañado, manipulado, e intenta hacerle confesar que es buena, inocente, que la deje fuera de todas las manipulaciones y falsedades ante los ojos y oídos de la ley. Pero no lo consigue. Y yo me pregunto: ¿por qué nos ablandamos ante tales mujeres, por qué consiguen llevarnos por donde quieren? ¿Sólo por su atractivo físico? Forajidos, como la mayor parte del buen cine negro, es un tratado sobre las pasiones del alma. Del hombre y de la mujer, que son diferentes, disímiles, cara y cruz.
10 abril 2006
Juan Herrezuelo: Vida más allá de este espejismo ( 2)
El libro al que pertenece este relato es del año 1991, lo que me permite habla de las influencias de los escritores. "Desde el lugar donde me oculto" lo publicó La General, en una colección dirigida por Antonio Muñoz Molina. Leemos en la página 40 del libro de Herrezuelo: "enardecidamente juré vengarme sin pensar en cómo, juré buscar aquellos ojos desde todos los espejos de la ciudad". En Plenilunio, novela de Muñoz Molina, publicada en 1997, leemos: " De día y de noche iba por la ciudad buscando una mirada. Vivía nada más que para esa tarea... sólo miraba, espiaba los ojos de la gente... El inspector buscaba la mirada de alguien... Se lo había dicho el padre Orduña, ¨busca sus ojos¨..." Es la primera página de esta conocida novela que también está emparentada con la novela negra. Evidentemente, la literatura abre puertas a los lectores y los que son lectores/ escritores a veces obtienen una imagen que espolea la imaginación, tiende puentes y lleva a nuevos mundos. El culpable del relato de Herrezuelo es un inspector de policía. El protagonista de la novela de Muñoz Molina es un inspector. Hasta ahí las casualidades. El relato de Herrezuelo es más intimista que la novela de Muñoz Molina. Sin la voz narrativa del primero, no habría relato. La voz narradora de Muñoz Molina ya la conocíamos de otras novelas, como "El invierno en Lisboa", con esa frase larga, rítmica, muy literaria. Hay quien detesta que le vengan las historias de la propia literatura, que le influyan tanto las lecturas. Pero hablando de género, amigos, ¿quién puede decir que sin leer a Chandler sabe cabalmente lo que es un detective privado? Las obsesiones del escritor son primero obsesiones de escritor y, luego, obsesiones de otro tipo: sociales, políticas, etc. Si suprimiéramos a Chandler, por ejemplo, ¿qué habría sido de mi admirado Ross Macdonald, de Sue Grafton, de Vázquez Montalbán? ¿Es malo que otro te influya? Yo creo que no: siempre se aconseja que para empezar a saber cómo escribir lo primero que hay que hacer es comprarse una libreta y copiar páginas de libros que nos despierten admiración. Y además, para las horas de aburrimiento o ensoñación literaria, planteaos este ejercicio: el reflejo del espejo, ese extraño ser del relato de Herrezuelo, toma cuerpo y se convierte en el asesino de Plenilunio. Buscaba unos ojos y ahora alguien le busca y le va a reconocer cuando encuentre su mirada. Qué juego tan fascinante. Como sólo la literatura puede proponer.
Juan Herrezuelo: Vida más allá de este espejismo
Relato que pertenece a su primer libro, que se llama Desde el lugar donde me oculto. En él hay otro relato encabezado por una cita de Chandler. En el que menciono en el título de esta entrada hay una variante de relato policíaco fantástica - en ambos sentidos: más allá de lo real y de una calidad más allá de lo normal -: un alguien, un algo que vive dentro de los espejos y que es el reflejo de un hombre, busca al asesino de éste. Sólo puede moverse de espejo en espejo, de reflejo en reflejo: pero siente lo que el hombre siente ante los espejos, siente al hombre y se identifica y es el hombre cuando éste se halla ante un espejo. Cuando se produce el asesinato, ese algo busca al asesino: camina por la ciudad sin piernas y sin cuerpo, saltando de espejo en espejo, hasta encontrarlo y descubrir que hay alguien detrás, otro que ordenó que se cometiera el asesinato, que pagó para que se produjera la violenta muerte. El lector asiste, deslumbrado y encogidas sus emociones, al monólogo de ese particular ser en una trama de relato policial a la que no le falta nada. La imaginación de Herrezuelo, portentosa, su prosa labrada como en piedra para permanecer, su capacidad para darle la vuelta a un género y, sin salirse de él en lo formal, innovar me lleva a considerar este relato como modélico: insisto una vez más: lo que nos viene dado como herencia, lo que hemos leído - me lo aplico a mí mismo, en cuanto escritor también - ha de servirnos como punto de partida, para espolearnos y crear algo personal y nuevo. Al acabar el relato no importa que el reflejo sea o no real, sino que su creación nos resulte creíble. Y fijáos, amigos, lectores, porque la conclusión nos lleva a descubrir de nuevo lo bajas que son algunas pasiones cuando el amor ciega. Puro género negro. Herrezuelo, felicidades.
John Connolly: El poder de las tinieblas ( 3)
Huyo de los best sellers como de la peste: no os confundáis conmigo, amigos. Sólo he admirado a un escritor de best sellers: Lawrence Sanders. Creo que Connolly puede ser un autor de best sellers, pero no porque escriba pensando en las ventas, sino porque sus historias pueden atrapar a muchísimos lectores. ¿Es Javier Marías un autor de best sellers? Está claro que no, pero vende muchísimo. Os hablaba del pasado y su uso literario. No del pasado facilón y mostrado como si fuera un curriculum vitae, sino del pasado caracterizador, del pasado que marca y define - cuánto cine negro y novela negra de los cuarenta y cincuenta tienen el pasado como base argumental, ¿verdad? -, el pasado que añade datos sustanciales. Si viniesen los extraterrestres - me hago esa pregunta de ciencia ficción a menudo, como ejercicio intelectual -, ¿qué obras necesitarían para saber de nosotros, que escritos, qué fotografías, qué películas? Opino que las que tratan de los problemas del hombre, los que ahondan en su cerebro y en su corazón, pero no de una forma notarial, analítica, sino de una forma algo más libre, contradictoria, con errores pero con la verdad por delante. ¿Les serviría Hannibal el Caníbal? Creo que no: es un producto cultural, etiquetable, razonado. A los extraterrestres les servirían más las historias que se explican menos, que dejan un lado oscuro sin develar, sin razonamientos. No hablo tampoco del asesino de la película Asesinato en 8 mm ( al que se enfrenta Nicolas Cage): en todo hay un componente social. Hablo del hombre que, como Parker, le reza a un muerto, es un lector inteligente, culto, pero es un policía, un borracho, un apático, un hombre que ama a su mujer pero discute enconadamente con ella, que sabe que no debe matar pero mata a un hombre, y después sigue su vida, defiende a los inocentes, a los débiles, sufre por su esposa muerta, recuerda cuando mató a aquel hombre y se aguanta, porque no puede cambiarlo, y reza por el alma de sus seres queridos. Ese hombre complejo, que no está visto en una sola perspectiva, sino en todas, con su pasado al completo y su presente que dinamiza cuanto lleva cargado en la conciencia, es el hombre que les interesaría conocer a los extraterrestres: porque es el hombre que más se acerca a la definición de hombre: un ser complejo, atormentado, con dudas y a la vez impetuoso, cobarde y violento, apasionado y frío, capaz de todo e inseguro como nadie. Pido más novelas con este tipo de creaciones: son necesarias para saber más sobre nuestro pasado, presente y futuro, sobre mí, sobre ti, sobre nosotros.
John Connolly: El poder de las tinieblas (2)
La novela negra está llena de pasado. La novela negra está llena de historias. La novela negra está llena de best sellers. Esas tres afirmaciones, junto a la necesaria calidad y pericia narrativa de los buenos autores, dan un resultado memorable. Connolly es un buen escritor, narra bien y sus novelas están llenas de pasado y de pequeñas historias que le evitan al lector hundirse en una sola trama, la obligación de seguir el curso de un único y alargado acontecimiento. En una película de Garci - el que aún no se había perdido en relatos carentes de fuerza y valentía, del tipo Ninette, que son algo sonrojantes - afirmaba un personaje que las grandes historias están llenas de pequeñas historias - la frase exacta seguro que la recuerda mejor mi amigo Juan Herrezuelo-: ésa es una enseñanza que nos envía la literatura estadounidense. Connolly, sin llegar a la media altura de su novela, se para de repente - y de manera breve - para presentar a un nuevo personaje y nos muestra quién es y su relación con el protagonista. Son cinco o seis páginas tan sólo, pero poseen una intensidad más que meritoria: Parker conoció a una mujer casada, compañera de oficina, se interesó por ella, se lió con ella, lo dejaron, el marido - policía - le buscó y le dio una paliza en unos servicios. Casi un relato independiente, que podía haber escrito Carver, también Richard Ford. Algo de realismo sucio. Esa parada en el desarrollo principal de la novela es importante, muy importante: es una ventana abierta, un soplo de aire cuando se llevan leídas 175 páginas. Y no es que la historia canse ni aburra - todo lo contrario - sino que así la da sensación de que es más abierta, real, más porosa, como la vida misma: en nuestra existencia ocurren asuntos de muchas importancia que están trufados de pequeñas anécdotas, pequeñas noticias, pequeños reencuentros. El conjunto es lo que hace creíble la historia principal. Las novelas largas necesitan estos oasis, esta variedad, estas pequeñas salidas del camino principal: en esto siempre vencerán - o se diferenciarán, al menos - del cine, que no puede permitirse las divagaciones, porque antes que nada hay que responder a un presupuesto cerrado. El poder de la novela es su libertad para crear, combinar géneros, llevar la historia por donde y como se quiera: y la novela negra no puede quedarse atrás.
08 abril 2006
John Connolly: El poder de las tinieblas
Editada por Tusquets ( que es mi editorial preferida, de la que más me fío y de la que más libros compro), es el segundo libro dedicado al detective Charlie " Bird " Parker. En la primera novela de la serie tuvo éste que buscar al asesino que dejó sin vida a su mujer y a su hija, de manera harto cruel y sanguinaria: arrancándoles la piel, que aparece en el regazo de ella. Bird deambula por el mundo sin norte una vez que encontró - y mató al asesino-. Acaban de darle, de hecho, la licencia para ejercer como detective: hasta ahora sólo era un ex policía y un ex borracho. Sé que este escritor ha publicado algún libro - vedlo en su web - de relatos de terror, y de hecho en la primera novela hay una vidente anciana que no puede moverse de su cama pero sí ver al asesino libre y haciendo el mal, ese mal que hasta a ella la alcanza, porque el mal - que sin duda existe, a diferencia del bien, que cada vez escasea más y hasta hace dudar de su presencia: me refiero al verdadero, insondable mal y al pacificador, tranquilizador, cohesionador bien - cuando campa suelto es sin duda difícil de parar. Y por eso me gusta especialmente que sea capaz Connolly de detenerse en las páginas 96-97 ( de esta edición española) a hablarnos de la ropa de una mujer asesinada, se pregunte el detective - que la conocía - quién doblará esa ropa que ya no tocará más la muerta, quién la sostendrá con cuidado, quién sabrá cómo se desprendía la mujer el sujetador y caía una vez que quedaba liberado, quién tocará su barra de labios, verá las huellas de los dedos en el colorete, " desenredará cuidadosamente cada cabello de su cepillo como si al hacerlo pudiera empezar a reconstruirla de nuevo, trozo a trozo, átomo a átomo" Esa parada lírica, sentimental, que conmueve, enmarcada en el escenario del propio crimen - no en una linda campiña ni en un asueto poético en medio de muchas poesías dedicadas a la dicha de vivir -, me reafirma en la vigencia de la novela negra, en su inexcusable presencia en nuestras vidas, aún incompletas - ay de aquel que se crea ya definitivo, entero, consagrado -, aún prestas a recibir un soplo de vitalidad y de deseos de sentir y ser incluso en medio del caos producido por la muerte.
05 abril 2006
Miguel Ángel Muñoz: género sin género ( y 2)
El ejemplo de Muñoz Molina es válido: ha entrado en el terreno de la novela negra para hacerlo suyo, lo ha conquistado y lo ha transitado para contarnos historias que necesitaban un determinado tono, un determinado estilo. Pero sin olvidar la creación de personajes, la prosa bien escrita, los ambientes, las atmósferas, el lenguaje creativo. Si bajamos mucho el listón no estaremos haciendo mala novela negra, sino mala novela, nada menos. Miguel Ángel Muñoz ha imaginado una historia, ha elegido un contexto y una voz narradora que acerque esa historia al lector. Y no ha rebajado la intención creadora para ponerla al alcance del lector de género - cuánto se nota eso en la ciencia-ficción, género que también conozco -, no se ha rebajado. Creen algunos que porque hay ya autores de best sellers en español la literatura tiene más sentido o está salvada: más ventas, más posibilidad de que aparezcan nuevos escritores por los que apostar. Nada más falso: ya hubo un boom de la novela negra en los ochenta y no pasó de ahí. ¿Por qué, amigos? Se publicó mucho, se leyó, pero ¿qué obras maestras nos dieron esos años? ¿Qué obras maestras nos ha dado la novela negra española? ¿Qué autor de gran categoría nos ha dado el género en España? Veamos. Vázquez Montalbán, Juan Madrid, Andreu Martín, Eugenio Fuentes, González Ledesma podrían ser los candidatos. Pero ¿hay una novela que pueda ponerse a la altura de la mejor, Los mares del sur? ¿De cuándo es ésta? 1979. Ya ha llovido. Hay que ampliar metas, ser más exigentes, amar el género pero no considerar que vale cualquier cosa. Hoy Miguel Ángel Muñoz, que seguramente nunca escribirá una novela negra, me ha alegrado el día.
Miguel Ángel Muñoz: género sin género
En el libro de este escritor, de reciente publicación, titulado "El síndrome Chéjov" hay un relato que da pie a este comentario sobre los géneros. "Si la hubieras conocido" sólo tiene cuatro páginas, una voz de un juez que narra y una muerta. Podemos imaginarnos que a la muerta la mataron. Que el juez sabe más de lo que demuestra saber. Y hay una casa por la que el juez camina, husmea, descubre y acaso reconoce. Yo prefiero - cada vez más - a los que saben sugerir que a los que lo muestran todo: vale que haya una Scarpetta, cientos ya cansan; vale que haya un asesino caníbal, cientos cansan. La novela policíaca es repetitiva, y por eso mismo a veces cansa. Mis mayores alegrías últimamente me las dan autores que visitan espontánea y fugazmente el género. Como la literatura en general, el género necesita al que escribe porque tiene que decir algo, porque algo le escuece - mientras duerme o en la vigilia - y sólo puede traducirlo en palabras: quien lo traduce en golpes, silencios o disparos ya han elegido otras vías poco complementarias. El relato que me ocupa podría ser de género. Pero aquí hay además un buen escritor, hay párrafos largos y bien medidos y hay sugerencia, amigos, muchas cosas se sugieren en apenas seis párrafos. Brillante contención: detesto los best sellers porque suelen ser huecos, hinchados falsamente, estereotipados, como pagados a tanto la palabra. Reivindico a autores como Miguel Ángel Muñoz: su primer libro y ya da una lección. En este mundo literario en que hay tanto sobrante, llega este hombre y marca un tanto en un terreno que en principio no es el suyo. Abramos los ojos: si en Francia o en Alemania la novela negra está mejor considerada que aquí debe de ser porque son mejores sus escritores que los nuestros. No todo puede ser sota, caballo y rey.
Arthur Miller
Todo el mundo gana. Ése es el título de una película del año 1989 que acabo de ver. Guión escrito por Arthur Miller. La había programado para grabarla pero no he podido resistirme desde el momento en que he visto el nombre de este escritor en los títulos de crédito. Creo que sólo escribió dos guiones: éste y el de Vidas rebeldes. La película tiene un desarrollo detectivesco - sin un sólo tiro, eso sí, y sin concesiones gratuitas de ningún tipo - y fácil de seguir, con pocos personajes y un asesinato que no se ha aclarado como es debido. Para eso contratan al detective privado - Nick Nolte -, cuya misión es darle la vuelta al calcetín. Consigue enterarse de que el fiscal, la policía han hecho lo que han querido, han metido en la cárcel a quien les ha dado la gana - también en las novelas del ciclo Carvalho nos encontramos con casos parecidos a menudo - y tiene la posibilidad de ir contra ellos, sacar la verdad a a luz, lograr que ésta prevalezca. El detective está contra el sistema corrupto. De ahí que le hayan buscado, hayan recurrido a él. Pero el detective no tiene poder, sólo el de la palabra, para movilizar a los testigos, a los declarantes, y aunque al final consigue sacar de la cárcel al inocente no obtiene el mayor premio: que triunfe la verdad. El fiscal, un juez, la mujer que le contrató, un cura, los policías festejan al final que la nueva versión de los hechos los deja a todos felices, a todos ganadores, y lo celebran con una fiesta multitudinaria. El único que se va de ella es el detective. De esta manera ese gran escritor que era Arthur Miller nos plantea con una visión muy crítica pero muy realista cuál es el actual estado de las cosas en nuestra sociedad: ningún pez pequeño se come al grande, ningún investigador puede remover los cimientos, alterar el orden establecido. No hay héroes si los que están por encima no permiten que se les señale como héroes. No hay vencedores si los que están por encima no permiten que se les señale como vencedores. Ni tan siquiera como vencidos. Me conmueve este final porque, salvando todas las distancias, en una novela que tengo publicada en yoescribo.com llego a conclusiones parecidas - se llama La esperanza del pasado - y eso me hace pensar que las conciencias críticas recorremos parecidos caminos, nos arriesgamos a escribir lo que de verdad pensamos aun arriegándonos al fracaso - la película tuvo malas críticas, yo no he encontrado un editor que publique mi novela en papel - y a la incomprensión. Pero consuela saber que, aunque pocos, no estamos solos. Buscad esa película, amigos. Grabadla, guardadla, ponedla en el reproductor dentro de dos o tres años y echad la vista atrás, pensad en el futuro. Será como darse una ducha. Qué sucia corre el agua, ¿verdad?
04 abril 2006
El caso Galton ( y 3)
El pasado pesa en la memoria de los que no son felices de una manera brutal. Si eres un niño que crece con dudas, sin amor, deseas hallar otro camino, buscar un nuevo cauce para tu vida. A un caso en el que la verdad última es la que vale dedica Lew Archer sus horas, recibe una paliza, viaja de los Estados Unidos a Canadá, hace preguntas y más preguntas, va atando hilos sueltos para componer una madeja con sentido. El caso Galton es una pregunta hecha a la memoria, casi diría mejor hecha contra la memoria. Como en todas las novelas de Ross Macdonald lo importante no es lo que pasa, lo que se ve a primera vista, sino lo que implica cuanto se ve y se sabe. Lew Archer cree en la honestidad pero es un desengañado que le hace preguntas a la gente para encontrarles sentido a muchas acciones, a muchas vidas, a su propia vida. ¿Qué es un detective privado sino una pregunta andante, una duda silenciosa, un deseo de lllegar hasta el meollo de la verdad? Porque hay verdades superficiales y verdades profundas, no lo olvidemos. Cuando acabes de leer esta novela - que te recomiendo vivamente, lector de no importa qué edad ni preparación -, pregúntate si detrás de algunas escenas dignas de una ambientación de obra de teatro shakespeariana, detrás de algunas afirmaciones que laten en estas páginas no has encontrado una mirada que abarca lo real y lo soñado, que es próxima y mítica a la vez, que te suena tan reconocible como la voz de un familiar que acaba de entrar ahora en tu cuarto y te dice algo: es hora de comer, de salir, de hacer qué sé yo qué cosa. Recordarás esta trama y recordarás muy bien a Galton, las pasiones y los errores que se cometen por amor. Y después dejarás de leer unos cuantos días y te dirás: ¿quién me recomendó este libro? No esperes: de segunda mano, en librerías o pidiéndolo por internet, hay otros libros de este inigualable autor que están esperándote. ( El pájaro del final, al amanecer, ¿alguien podría decirme qué simboliza? Fíjate tú: una novela negra llena de símbolos. Ay, tristes tópicos que voláis.)
Dos hombres en la ciudad: Gabin y Delon
El cine negro no se circunscribe al hecho en los Estados Unidos y tampoco a las películas de tiros. Dos hombres en la ciudad no es cine negro, pero tiene los elementos de una película de cine negro: cárcel, presidiarios, delincuentes, policías, reinsertados. Los ojos azules de Alain Delon, antes de que le ejecuten, emiten una súplica muda, desesperada, que recorre el espinazo de cualquier espectador. Las palabras finales - en off- de Jean Gabin duelen: la justicia, su máquina, también mata. La justicia en esta película utiliza la guillotina. Las armas quedan para los delincuentes, los lugares oscuros también para éstos. La justicia ejecuta con luz y taquígrafos. Qué horror. La pena de muerte es una aberración, una vileza. El exceso de poder es terrorífico. Entonces, en Francia, había pena de muerte. Como sigue habiéndola en muchos estados de los USA. La lucha de algunos por evitar que el estado derrame sangre es de aplaudir, merece toda nuestra aprobación. Si veis esta película comprenderéis que el que mata no siempre mata porque sí, no siempre es dueño de sus actos. Todos los actos violentos tienen un componente social que hay que escrutar y juzgar. Nadie sale de la selva dispuesto a convertirse en un asesino en serie, dispuesto a atracar bancos. Hemos creado una sociedad que a veces es un monstruo y da monstruos, engendra monstruos que son su válvula de escape, que son el aire que escapa por la válvula para que la olla no estalle. Nuestra sociedad necesita culpables a los que ejecutar como en las antiguas culturas se elegía a unas víctimas que ofrendar a los dioses. No hemos avanzado en líneas generales apenas nada, apenas nada en lo esencial: y ahora vienen otros miedos, los que nacen en la mente y nos destrozan desde dentro: las depresiones, el mal del siglo XXI... Acaba la película y aprietas las mandíbulas y te dices: aquel cine que luchaba era necesario, comprometido, auténtico. Luchaba por cambiar las cosas. Pero ¿hemos cambiado algo? Quizá vuelvan los antiguos males con otras caras ahora. Qué poco hemos avanzado socialmente, cómo estamos desarmados y sin saber el lugar al que dirigir nuestras protestas. Qué desorganizados, qué atrasados aún. ¿De qué siglo era esta película, amigos?, os pregunto.
02 abril 2006
Ross Macdonald: El caso Galton ( + 2 )
"... el aspecto de una mujer satisfecha", escribió Macdonald. Y os digo que sigue vigente esta novela más de cuarenta años después porque en nuestro presente son pocos los que van por la vida con cara satisfecha, los que están satisfechos de lo que hacen y de sí mismos. En esta posmodernidad vacua que nos ciega como niebla, que niega todo lo que no interesa al poder establecido, algunos aún queremos ver como veían estos escritores que no se sentaban ante su máquina pensando en escribir best sellers, que tenían conciencia de sociedad y unos ideales que les hacían ser comprometidos con su tiempo y con la verdad de su tiempo. No sólo Sartre y Camus fueron autores comprometidos, amigos, no os equivoquéis: en Macdonald hay un compromiso claro y humano que se palpa en cada página que lees. Retrocedemos, nuestra sociedad intenta dejarnos sin armas, sin deseos - salvo los que tienen puesto un precio -, sin ideas y sin pensiones, sin seguridad social y sin empleo estable. ¿Cómo va a haber nadie satisfecho con lo que hace si hemos vuelto a la lucha por la supervivencia? ¿Es que somos personajes de una novela de Baroja? Parece ser que sí. Los jóvenes españoles luchan por hacer el botellón más grande en su ciudad - en Francia, menos mal que siempre hay excepciones, luchan porque no les apliquen contratos que nos retrotraen a épocas lindantes con la esclavitud: trabajos sin apenas derechos, callándote y aceptando lo que te echen y, si no, a la calle sin más y sin que el empresario tenga que justificar el despido. Hemos avanzado mucho en televisión digital terrestre y en móviles con cámara de fotos y ordenadores con grabadora de doble capa - yo también soy consumista y los tengo, que conste, que hago la crítica desde dentro: Buenas tardes, yo también soy un consumista... (Ante el grupo de terapia)- pero hemos retrocedido en derechos y en libertades. Os pongo un ejemplo: mi mujer gana hoy lo mismo que hace diez años, haciendo un trabajo comercial: pero han subido los tipos de interés y el coste de una ronda de cañas y los yogures y el pescado . Claro que ella vuelve a casa y está cansada - trabaja y se cansa más, tiene más edad - y a veces no viene entristecida. Pero nunca viene satisfecha. Joder, nos están engañando, nos la están dando con queso que no veas tú. Contadme si no.
Ross Macdonald: El caso Galton
"Una mujer de unos sesenta años me atendió. Sus cabellos eran blancoazulados y su rostro ostentaba una expresión que no suele verse: el aspecto de una mujer satisfecha" ( página 68, edición Bruguera, Libro Amigo, 1985). Amigos, la vigencia de la buena literatura es absoluta y, a diferencia de lo que ocurre con ciertos crímenes, jamás prescribe. Ross Macdonald es - subjetivo - el autor que prefiero en la novela negra y es el mejor escritor - objetivo - que ha dado la misma. Y hablo de saber escribir, de saber describir, de hacer literatura que se pueda comparar con la de cualquier autor del género y de fuera de él. El mejor estilista, el mejor prosista de la novela negra - aún no superado - es Macdonald. También es el mejor cultivador de la tendencia psicológica, el que mejor profundizaba en la intimidad de los personajes, de las personas. Yo he escrito una novela, publicada en yoescribo.com, en la que la influencia de Macdonald es tan grande - ahora que releo este libro - que me abruma. Y os diré por qué. Os lo planteo como un pequeño ejercicio. Oíd vuestra voz interior. Os habla una voz, ¿verdad? Una voz en primera persona que cuando ve a una mujer guapa os dice: qué culo tiene, qué tetas tiene. Ésa es vuestra verdadera voz íntima. Entráis en una casa desconocida y os dice: Qué pasillo tan estrecho, qué mal huele. Sigue siendo la misma voz. Esa voz que sois vosotros mismos, sin censuras. Veis una cara y pensáis/os decís: Qué ojos tan profundos, ¿por qué me miran con desconfianza? Reencontráis a un amigo y la voz os dice: Cómo ha cambiado, está más gordo, yo no he engordado tanto, está peor que yo. Quizá en voz alta digáis otra cosa, pero la voz íntima no desea mentiros. Bien: eso esta en las novelas de Macdonald, eso lo aprendí a ver/sentir/detectar yo en las novelas de este escritor. Y luego dicen que la literatura no sirve para nada...
01 abril 2006
Rafael Ramírez Heredia: Tirados al olvido
En el mismo libro, con relatos seleccionados por Juan Madrid, hay uno de Rafael Ramírez Heredia, titulado "Al calor de campeche" que aborda un tema necesario y muy próximo: la inmigración llamada clandestina. Hombres que viajan en la noche en busca de sus sueños, hacinados, inermes, hacia otros países en los que la miseria dineraria es menor: o parece que será menor. Pero ¿cuántos llegan? Un detective mejicano investiga una desaparición y va a toparse con el transporte nocturno de hombres de un lugar a otro, como ovejas, como seres inferiores a los que se lleva y se trae sin pensar que se trata de humanos, también de seres humanos. No me sorprende que no lleguen, que los transportistas los arrojen al mar en mitad de la noche: como no los consideran personas, poco tienen que reprocharse. Me pregunto qué verán en sus ojos y qué sensaciones despertaran en estos transportistas la debilidad presente en cada uno de los transportados. ¿Se inflará su ego al saberse superiores? ¿Pensarán en lo que han cobrado por el pasaje, en el beneficio neto que les reportará cumplir correctamente con su trabajo? ¿Sentirán arrepentimiento, vergüenza, dolor? ¿Se les pegará el dolor, el miedo de los que son transportados? Digo que no me extraña que les cobren y luego los tiren al mar porque es lo más fácil, lo menos arriesgado, lo más - cruelmente - beneficioso. Si los bancos tiran a sus empleados a la calle el día después de hacer públicos sus crecientes beneficios anuales, si los políticos corruptos de Marbella se creían seres superiores e intocables y se relacionaban con el vulgo como ángeles entre simples mortales, ¿por qué no van a ir estos tipos exclusivamente a lo suyo? ¿Quién no va a lo suyo? ¿A quién le importa la hierba que aplasta al avanzar? De todas formas pienso que debe de haber otra conclusión aparte de la derrota y del deseo de venganza. Sea lo que sea, debe de haber otra cosa. Pensar en ello ya es querer darle una solución.
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