Esta es verdaderamente una novela negra. Hay capítulos que cuesta leer: los de la cárcel, cuando Warshawski experimenta en su propia piel los abusos cometidos por los carceleros, que incluyen golpes, violaciones y otas variedades de tortura. El lector desea acabar de leer esa parte y que nuestra detective salga de la cárcel, escape de ese lugar ignominioso, porque, aunque la novela esta contada desde un punto de vista realista y nada morboso ni excesivo, encajar las salvajadas que acontecen en ese sitio degradante no es nada fácil ( Cómo será estar dentro y sentirlas en ti, me pregunto yo mientras leo). El deseo de denunciar esos abusos, esos excesos de poder llevan a Paretsky a dedicarle un buen número de páginas que están escritas con un pulso admirable y un afán de sinceridad y valentía que no se quedan atrás. Dicen que Warshawski es la detective heredera de los clásicos y no soy yo quién para llevarles la contraria a los que tal cosa afirman. Esta historia da que pensar y sirve para reflexionar sobre los abusos de las grandes empresas y nos vuelve a recordar que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Y nos hace inolvidable a esta pequeña y quijotesca estadounidense que no se deja vencer aunque los molinos son cada vez más grandes - ¿ o son gigantes ? - y nos ofrece un ejemplo en el que creer y seguir, le devuelve vigor y vigencia a una época de ideas flojas, mentes vencidas y comprometidos descomprometidos con su ejemplo de luchadora que no se detiene ante nada y que descubre que no está sola, que otros están con ella y la ayudan a continuar. Su ejemplo es éste: haz lo que tengas que tengas que hacer, lucha contra los gigantes y no pienses en vencer o morir: piensa sólo en seguir luchando.
"Tiempos difíciles; de Sara Paretsky ( 2 )
En estos tiempos difíciles en que las evidencias ya no queman y se han olvidado las luchas por asuntos que merecían la pena y eran importantes, en que las prioridades están olvidadas y el hipercapitalismo lo deglute todo, son cada vez más necesarias novelas como ésta y novelistas como Sara Paretsky. Vais a leer unas líneas de la novela, escrita en 1999, que se desarrolla en el país más avanzado del mundo. A Warshawski la han detenido injustamente y la llevan a la cárcel.
Leed: " Estaba hecha polvo, mareada, me dolían los hombros, pero no podía dormir. Me aterrorizaba estar encerrada en un sitio a merced de los caprichos de hombres y mujeres vestidos de uniforme. Me pasé toda la noche con un ojo abierto, rígida en aquel colchón tan estrecho y escuchando los gritos y las plegarias que se oían en el pasillo. Soy fuerte y he peleado muchas veces en la calle, pero el sufrimiento y la locura que veía allí me estaban llevando a la histeria generalizada. Como los postes que pasan a toda velocidad cuando vas en tren y sólo se apartan en el último momento y ya crees que van a chocar contra ti. Me dormía a ratos, pero de repente se oía el portazo de una celda, el grito o el llanto de una mujer, o mi compañera que hablaba en sueños, y me despertaba sobresaltada otra vez. Cuando me tranquilicé un poco ya eran las cinco y vino un guardia a despertarnos para hacer el primer recuento del día e ir a desayunar. " Estremecedor. Habrá quienes duden de la vigencia y la importancia de la novela negra comprometida, claro, como habrá quienes aún - son parte interesada - sigan negando la realidad, la ajena a ellos, la de los que sufren, la de los que padecen. Nunca me han gustado los chistes ni las bromas sobre presos y cárceles, nunca he sumado mi voz a esas voces que dicen que los presos llevan una vida inmejorable. Después de leer a Sara Paretsky seguiré sin hacer chistes, sin sumar mi voz a esas voces irresponsables.
Leed: " Estaba hecha polvo, mareada, me dolían los hombros, pero no podía dormir. Me aterrorizaba estar encerrada en un sitio a merced de los caprichos de hombres y mujeres vestidos de uniforme. Me pasé toda la noche con un ojo abierto, rígida en aquel colchón tan estrecho y escuchando los gritos y las plegarias que se oían en el pasillo. Soy fuerte y he peleado muchas veces en la calle, pero el sufrimiento y la locura que veía allí me estaban llevando a la histeria generalizada. Como los postes que pasan a toda velocidad cuando vas en tren y sólo se apartan en el último momento y ya crees que van a chocar contra ti. Me dormía a ratos, pero de repente se oía el portazo de una celda, el grito o el llanto de una mujer, o mi compañera que hablaba en sueños, y me despertaba sobresaltada otra vez. Cuando me tranquilicé un poco ya eran las cinco y vino un guardia a despertarnos para hacer el primer recuento del día e ir a desayunar. " Estremecedor. Habrá quienes duden de la vigencia y la importancia de la novela negra comprometida, claro, como habrá quienes aún - son parte interesada - sigan negando la realidad, la ajena a ellos, la de los que sufren, la de los que padecen. Nunca me han gustado los chistes ni las bromas sobre presos y cárceles, nunca he sumado mi voz a esas voces que dicen que los presos llevan una vida inmejorable. Después de leer a Sara Paretsky seguiré sin hacer chistes, sin sumar mi voz a esas voces irresponsables.
"Tiempos difíciles", de Sara Paretsky
Remiso siempre a aceptar el humor de los detectives narradores en primera persona que investigan casos en que la gente muere, es apaleada, asesinada, Marlowe y sus bromas distanciadoras, en según qué novelas, me han obligado a tener una valoración un tanto irregular del ciclo que le dedicó Raymond Chandler. Me ha costado entrar en "Tiempos difíciles" por el mismo motivo: una detective polaca que tiene dos perros, un humor muy, muy actual, que titula los capítulos con frases claramente humorísticas. Pero la novela tiene ventajas: Warshawski es una detective de izquierdas, con un pasado de barrio obrero, y sus observaciones de la vida se atienen a esa visión, lo que, al ser algo expuesto delieberadamente, nos permite seguirla con una mirada ya definida, con unas tendencias claras: por ejemplo, se niega a llevar un caso y fastidiar al dueño de una fábrica y se dice que por qué ha de favorecer a una gran empresa que utiliza mano de obra esclavizada en Borneo u Honduras en detrimento de una pequeña empresa local que da sueldos dignos a sus trabajadores. También el propio caso que lleva es más complejo y está mostrado desde un punto de vista más abierto y realista de lo habitual: una noche, en su coche, por poco atropella a una mujer, ya muerta y cuyo cadáver desaparece pero empieza a crearle problemas, porque las autoridades quieren echarle la culpa del atropello y la muerte de la mujer. A partir de ahí, los intereses creados, los intereses ocultos, los magnates y los periodistas de investigación empiezan a desfilar - de una forma muy diferente a la que emplea P.D. James, ejemplo de autora de novelas que desde el principio presenta el hecho delictivo y delimitan claramente a los sospechosos, convirtiendo el trabajo en algo así como un tablero de ajedrez, con fichas blancas y amigas y negras y enemigas de las que estudiar cada uno de sus movimientos en el tablero - por delante de nuestra detective, de carácter indómito y con criterio propio en todos y cada uno de sus pasos.
"Yo vigilo el camino", de John Frankenheimer: Un mundo sin vencedores ni vencidos.
¡Qué libertad creativa! Increíble resulta pensar que esta película la protagonizase Gregory Peck, hace tantos años, y que su argumento aborde temas como la relación entre un hombre mayor y una joven, el amor deteriorado de la pareja, las actividades de los que destilan ilegalmente alcohol, los celos profesionales, el papel de la mujer en la sociedad con tal libertad creativa, con tal acierto. Hay una escena sobrecogedora: el sheriff - Peck - entra en la casa vieja y derruida de sus padres buscando a su joven y falsa amada y derriba cuanto se halla a su encuentro y lo separa de su ella. Antes, ha gritado su nombre, Alma, y la cámara nos ha mostrado no un primer plano de su cara desncajada, sino un plano de la casa, desde fuera, y su voz se escucha en off. Fankenheimer, que venía del medio televisivo, nos dio esta magnífica película, profunda, a contracorriente, atrevida, valiente, necesaria, que no es cine negro pero tiene dentro un crimen, la infidelidad, un amor loco, un amor interesado, como en las mejores películas del género. El sheriff se hace cómplice del padre de la joven amada y tira un cadáver al río para protegerla, también a la familia de ella, porque su amor está ya por encima incluso de su obligación con la ley. Me pregunto qué habría sido del cine si hubieran seguido produciéndose obras de este tipo, que invitan a sentir y también a pensar, que no muestran a héroes, sino a personas normales y corrientes, en situaciones que ocurren diariamente, aunque a veces se intente ocultarlas. Probablemente seríamos mejores, el arte sería mejor y más útil y no nos tragaríamos tanto bodrio y tanta película nefasta que publicitan - todo lo puedo don dinero, válgame Dios - hasta en los telediarios de las 15,00 horas, aun cuando todos sepamos que están más cerca de la excrecencia que del arte. Cuántos valores caerían, a cuántos conceptos se les daría la vuelta como a un calcetín. Quizá hasta empezaríamos a ver el mundo de otra manera sin vencedores ni vencidos. Perro mundo.
Tráfico humano
Después de los negocios de las armas y de las drogas, el negocio más rentable es el del tráfico humano. Así concluye esta serie que pudo verse en televisión hace unos meses. Dividida en dos capítulos, el primero está dedicado a mostrar cómo captan a las víctimas los traficantes de seres humanos y el segundo a cómo se desmantela una organización. Son valientes los que han producido y protagonizado esta serie, porque se echan - en la alocución final de la policía protagonista- las culpas primero a ellos, los estadounidenses, el primer país en la demanda. La serie - o película larga - adolece de los defectos que podemos presuponerle a una producción para televisión, pero los compensa con la valentía reseñada y con otras que le hacen pensar a uno si el futuro del cine crítico, combativo, no estará en la televisión, donde ya sabemos que se hacen concesiones muy claras, pero es también donde últimamente veo más tramas que abordan la actualidad, donde se atreven los guionistas con asuntos que requieren compromiso y sirven de denuncia, algo que raramente se da ya en el cine, quizá porque la mayor parte de los espectadores son adolescentes. Hay escenas muy duras - mi mujer soñó el día que vimos la primera parte con una sobrina suya y con que intentaban raptarla dos integrantes de una de estas mafias -, de las que ves apretando los dientes, pero su inclusión es necesaria para aportar realismo y aumentar el grado de denuncia. Lo que más se me ha quedado a mí es la escena en que detienen a un médico estadounidense en un burdel en que las prostitutas son niñas de diez o doce años, forzadas, vejadas, tratadas como animales. Y es que esta prostitución está destinada en parte a las clases altas, las pudientes, que se decía antes, porque sólo los ricos pueden pagar por hacer lo que les viene en gana y con quien les viene en gana y, además, el silencio, la complicidad de quienes se prestan a colaborar en tareas que a cualquier ser humano deberían de repugnarle.
Una historia de violencia, de David Cronenberg
Admiro la inteligencia. El que se atreve a pensar arriesga. Admiro la inteligencia del creador auténtico, del que arriesga con su arte. Cronenberg no es un director conformista, que insiste en sus logros, sino un artista que se arriesga y se atreve a volver la mirada hacia mundos narrativos que aparentemente le son ajenos, poco próximos. "Una historia de violencia" está contada con la típica frialdad de este director, con el distanciamiento con que aborda sus narraciones cinematográficas. Hay una violencia en ella necesaria para lo que se cuenta y sin nada gratuito, que nada tiene que ver con el universo Tarantino, aunque alguno se equivocará y creerá que sin éste la película no sería la misma. Para desmentirlo sólo hay que conocer otras películas de Cronenberg. Hay una escena en la escalera entre el marido de doble identidad y la esposa sorprendida que remite al mundo de Crash - que dirigió nuestro director en 1996 -. Pero creo que en esta meditación sobre la violencia lo más destacable es el falso final feliz, porque es tan abierto que cabe pensar que se trata de dos finales en uno: el normal, el esperado, el que nos deja tranquilos con la vuelta del héroe malo al hogar y el otro, el profundo, el crítico, el que nos dice que vuelve nuestro malo, al que perdonamos porque es malo pero es nuestro malo y vuelve con nosotros y nos quiere y le queremos. En ese regreso al hogar del asesino despiado hay algo que nos corroe y nos deja fríos, nos deja helados, y en nuestra mente se crea un enredo si a continuación nos hacemos preguntas - es lo que pretende Cronenberg - y tratamos de enjuiciar al personaje desde un punto de vista moral, pongamos por caso. Hacen barbaridades por ahí, destrozan vidas, pero vuelven a casa y son nuestros hijos y maridos, decían las madres y esposas de los soldados estadounidenses después de una guerra lejos de su país. ¿Es eso, es una de las ideas que están detrás de esta película tan cortante como el filo de una navaja? Soldados estadounidenses, de cualquier nacionalidad, y unas madres, unas esposas, unos hijos que esperan y luego desean sólo poder vivir y olvidar al lado de los que se fueron y lograron volver. "Una historia de violencia" es una sacudida y un vaso de agua fría del que no todos se atreverán a beber.
"El comisario Maigret", de Jean Delannoy
Una película intensa, que a pesar de haber sido realizada hace casi 50 años creo que ha envejecido venciendo al tiempo, aliándose con él. Ya sabemos que en las películas policíacas el paso del tiempo es como un ciclón que arrasa, destroza. Conforme se producen adelantos técnicos y también en investigación policial, al revisar las películas de décadas anteriores la sensación es de derrumbamiento: nada ha quedado en pie de la obra. Pero en las películas y las novelas en que prima la indagación psicológica el desgaste es menor, incluso puede que no se produzca. Eso pasa con esta primera adaptación cinematográfica del Maigret de Simenon. Tenemos pronto al asesino y de lo que se trata es de saber por qué ha matado, qué lo ha llevado a matar a varias mujeres si aparentemente se trata de un hombre amable, incluso un poco aniñado. La labor de Maigret es ésa: conseguir que salga el asesino fuera, que el hombre/niño lo expulse y lo exponga a la luz para que comprendamos qué le impulsó a matar. La segunda parte de la película está dedicada al acoso de Maigret, sus interrogatorios una vez que sabe quién lo ha hecho y necesita encontrar las razones. Son escenas que tantas veces hemos visto después en el cine, en la televisión-el policía que utiliza los métodos a su alcance para que el acusado "cante"-,pero que en pocas ocasiones hemos visto servidas con tal intensidad, con tal pulso narrativo y humano: no hay aquí bofetadas, no hay violencia física, sino la paciencia, el convencimiento del viejo comisario que sabe que sólo es cuestión de tiempo, que cuando pulse las teclas adecuadas conseguirá que el resorte se ponga en marcha y el hombre/niño deje que se abra un resquicio por el que saldrá su oscuro habitante, el asesino de mujeres. La explicación es convincente - la sobreprotección de la madre y de la esposa - y el final, cuando una de ellas tiene que confesar que ha matado para seguir protegiendo al hombre/niño, demuestra un conocimiento del alma humana que pocos escritores, aparte de Simenon, pueden haber llegado a poseer jamás.
Robert Wilson: Condenados al silencio ( y 6 )
Es ésta, sin duda, una de las novelas negras más completas y mejor ejecutadas - pensad en este término en su acepción musical - que he leído. No sobra ninguna subtrama ni personaje alguno, no sobra ninguna historia y tampoco se ha forzado la trama principal para darle sentido o ajustarla al llegar al final de la obra. Es la novela de un autor que está en su madurez, en ese punto en que lo que piensas y lo que escribes van de la mano, se hacen uno. Con una localización muy precisa - Sevilla, con sus bares, sus calles, su ambiente, su gente -, con unos personajes muy bien caracterizados, Wilson nos lleva al inframundo de los abusos a menores y no se queda en la mínima mostración, en la pantomima del lugar común, sino que indaga y va al fondo de las mentes de los abusadores pero también de los que han sufrido abusos y después pueden convertirse, a su vez, en abusadores. Hay unas páginas inolvidables: un joven cuenta en primera persona cómo fue notando que crecía en él la maldad, cómo la maldad que habían dejado en su cuerpo víctima de abusos iba transformándose y convirtiéndose en otra maldad: la que aspira a escapar del propio cuerpo para ser inoculada en otro y convertir así a la víctima en un nuevo culpable. Es desgarrador, sobrecogedor este pasaje. Vemos cómo queda atrás el niño que sufrió abusos y ahora el adulto que lo reemplaza piensa en ser él quien cometa esos abusos. Pero el dramatismo está servido sin cargar las tintas, sin excesos, sin buscar el asco fácil ni la lágrima fácil, porque Wilson es un escritor que trata las ideas de una manera medida, que escribe una literatura para el corazón para también para la mente, a la que no es tan fácil de engañar. Una segunda escena que se asienta en la memoria: un chico le dice a su padre que el hermano de éste, el tío del chico, abusa de él cuando el padre se va de viaje y lo deja en casa del tío. El padre no le cree y empieza a pegarle y no para hasta que el niño se ve obligado a decir que era una mentira. Supongo que es una escena perfectamente real, que se dará en las vidas de algunos afectados, y es estremecedora también, deja al lector lleno de rabia y de cólera. Como queda claro, son dos escenas arriesgadas, valientes, incisivas, útiles para saber más y no quedarse de brazos cruzados cuando algo pasa cerca. La novela concluye con dos policías medio satisfechos, con un culpable en la cárcel y otros libres, intocables, porque a ciertas personas y ciertas instituciones no hay quien las toque, las mueva ni conmueva. Esto sí es auténtica novela negra, crítica, útil - insisto: denunciar ciertos hechos, ayudar a comprenderlos es útil, ya que ayuda a mejor combatirlos -, actual y escrita con los ojos abiertos: esta novela es todo un ejemplo para lectores y escritores del género.
Robert Wilson: Condenados al silencio ( 5 ): pederastia
La verdad es que uno ya se sorprende poco con lo que lee, pero no he llegado todavía a ese momento- espero que muy lejano - en que sólo me atraigan las relecturas. Pues bien: el libro de Robert Wilson sí me ha sorprendido, sí me ha tenido leyéndolo más tiempo del que esperaba, en estas tardes de sol compañero, en estas noches que tardan en llegar. La novela no es excesiva y tiene el valor de adentrarse en temas que pocos tratan con sensibilidad y, sobre todo, con inteligencia. Evitando los lugares comunes y escribiendo páginas de una hondura psicológica deslumbrante, Wilson trata el tema del abuso de menores - la pedofilia- con una delicadeza y una intensidad fuera de lo común, desde dentro de los personajes que han padecido abusos y temen ser ahora, de adultos, abusadores, algo de lo que no se ha escrito demasiado y a lo que hay que prestar atención, porque para combatir un mal hay que conocerlo desde su origen. Lo que Wilson hace es darnos claves para saber qué lleva a algunos hombres a abusar de los niños, a destruir su inocencia, y además nos informa - de una manera absolutamente literaria, lo que es su mayor acierto, pues estamos hablando de una novela - de qué ha cuajado en ellos que les impide tener la piedad necesaria para no romper vidas de una forma tan miserable, egoísta y sin un castigo quizá nunca suficiente. Porque ¿cómo castigar a aquel que rompe para siempre la vida de otro, que la rompe justo cuando empieza, la emporqueriza y mutila el resto de la existencia de un niño que será siempre un adulto herido, incompleto, manchado, lleno de horror, de temor, de desconfianza? Wilson, insisto, no va por los caminos trillados y, con una literatura de muchísima calidad, escribe sobre uno de los peores males de nuestras sociedades, un mal que crece y necesita que lo estudiemos, lo vayamos parando sin miedo a los fracasos puntuales, mirando en lo más hondo de los seres humanos, que creo que dejan de serlo - o entran en una categoría de seres humanos verdaderamente horrenda y asquerosa - cuando hacen este tipo de mal sólo porque quieren hacerlo, porque desean hacerlo y sentirse impunes. Nuestra sociedad, corrupta y podrida en tantas cosas, necesita luchar y tener fe en erradicar males como éste y libros como el de Wilson son absolutamente necesarios para concienciarnos. Cada vez que se daña a un niño se daña algo irreparable, algo que nadie debería de tener - ni sentir ni creer ni imaginar siquiera - poder para llevarlo a cabo. Cada vez que alguien daña a un niño nos daña a todos, seamos quienes seamos y estemos donde estemos.
"Adiós, muñeca", la película
Es curioso que detrás de la violencia, los tipos duros, las gabardinas cerradas, los automóviles, los tiroteos del cine negro haya una historia de amor. Estudiosos de Chandler dicen que hay un aliento romántico en sus novelas, que Marlowe es un personaje del siglo XIX puesto en el XX, vestido con traje y con un revólver en un bolsillo. Esto, que parece un disparate, nos da una pista para entender la novela y la película. Que elijan a Robert Mitchum me parece muy acertado: tras su rudeza puede haber unos sentimientos y unos gestos que revelan un alma diferente, la de un caballero andante, la de un romántico que aún cree en el amor. ¿Por qué, si no, ayuda a un ex convicto a encontrar a su chica? ¿Por la mísera paga de 50 dólares? Claro que no. Marlowe arriesga su vida porque acaso no viva con ninguna mujer una maravillosa historia de amor, pero innegablemente sigue creyendo en el poder del amor y en el efecto beneficioso que produce en los que se aman. Llega hasta el final, hasta saber quién es Velma, la amada del ex convicto, hasta lograr reunirlos: entonces la dura realidad del dinero y el poder se muestran en su esplendor y la amada mata al antiguo amado porque detesta su pasado con él y ama el dinero, el poder que ha conseguido casándose con un viejo juez que le tolera cuanto hace sólo por tenerla a su lado - un amor desesperado, terminal, un amor en el que se da todo y se espera muy poco -. Marlowe, para defenderse, mata a Velma y la película llega a su triste conclusión: el amor no resiste el paso del tiempo, no se mantiene apartado de la corrupción, el gran tema de las novelas de Raymond Chandler: todo se corrompe, hasta lo más puro, porque vivimos en un mundo corrupto, en una sociedad que se alimenta y nos alimenta de corrupción: esa corrupción que es sinónimo de echado a perder, de falso, de falto de lealtad, de pureza, esa pureza en la que Chandler creía, romántico él. Queda sólo una posibilidad: ayudar al inocente, al niño cuyo padre han matado para que no se descubriera la nueva identidad de Velma, y Marlowe va a darle el dinero que le ha cobrado a un mafioso, las ganancias que ha obtenido con este caso que le deja una vez más triste, solitario y final.
Robert Wilson: Condenados al silencio ( 4 )
¿Por qué defiendo novelas con apariencia de best seller, me preguntaba el otro día un amigo? Las de John Connolly, ésta de Robert Wilson. Tú, que detestas los best sellers, una contradicción, ¿no, Paco? - me dijo mi amigo. Y yo le contesté que las novelas están hechas de fragmentos, que hay pocas novelas que se recuerden enteras, con todo su argumento, y que el resto nos dejan piezas sueltas en la memoria. Esas pocas que han basado su fuerza y poder en el argumento no se olvidan tampoco, casi siempre le deben los mayores aciertos a la creación de un personaje inolvidable, característico, paradigmático, y sus aventuras lo rodean y lo conforman y se vuelven todo uno. Pero el resto de novelas tiene pequeñas historias, está construido de modo fragmentado y después de que se nos olvide el argumento aún siguen vivas en nuestra memoria ciertas anécdotas, frases, palabras. En "Condenados al silencio " hay una pequeña historia que se aloja en la memoria y se queda ahí, viva y palpitante, real. Un muchacho drogadicto revela que se volcó en la droga - su vida y su futuro - para acallar su voz interior, sus recuerdos, en los que hay un padre violador y un primo al que no le advirtió que el tío era un violador para que se alejase de él y no cayera en sus garras - detesto las frases hechas, pero qué definitoria es ésta y qué conveniente -, no le hiciera lo que a él le estuvo haciendo hasta los doce años. Una pequeña historia que ha podido suceder y que, tristemente, seguro que le ha ocurrido a alguien. Que Wilson la inserte en su novela, la utilice para caracterizar a un perdedor y a un paria de nuestra actual sociedad como es un drogadicto cuenta con mi admiración y mi reconocimiento. Le dije a mi amigo que un best seller, como yo lo entiendo, es un producto prefabricado que da más de lo mismo y en las dosis medidas y establecidas. Wilson no ha escrito un best seller: esta historia no está medida ni dada para el gusto de todos, no es políticamente correcta, no es un producto manufacturado y pensado para su venta en serie. Es una novela para disfrutar, pero también para meditar. Es un producto, sí, pero necesario.
Robert Wilson: Condenados al silencio ( 3 )
Me fastidia tener que escribirlo, tener que ser yo quien lo diga - defensor de la novela negra española con uñas y dientes- , pero no me queda más remedio que ser sincero y admitir que Wilson crea un policía, el inspector Falcón, de un modo tan creíble, tan profundo y certero que produce envidia y deja en pañales, dicho sea de paso, a otro autores españoles - alguno con un libro publicado recientemente - que revelan falta de oficio, de documentación - ante todo - y de realismo cuando convierten a sus investigadores en personajes falsos, huecos, tan poco españoles - no defiendo lo español, no os confundáis y me tildéis de nacionalista, que es algo que sitúo en mis antípodas - y tan poco creíbles que se ven detrás los costurones, el ejercicio exclusivamente literario y hecho de retales literarios, de cortar un poquito de este autor y otro poquito de este otro para montar un frankesntein detectivesco que nos deja a los lectores fríos, helados como después de un enorme susto, con la certeza de que al autor de tales bodrios le interesan las novelas que ha leído y quiere homenajear con sus escritos - sea de ello consciente o no, no sé qué es peor - y nada, nada, nada la realidad, esa cosa grandiosa y plural que a todo el mundo le brinda historias para contar y vivir y sentir, esa cosa de la que se nutre el verdadero escritor de novela negra.
Donna Leon
"La gente quiere saber de problemas reales, quién roba o contamina, y de eso escribo". " El problema de la inmigración es económico. Yo soy rica y nadie me pregunta si estoy legal o ilegal." Dos frases de Donna Leon en la entrevista con Aurora Intxausti. Hoy, en el diario El País.
Robert Wilson: Condenados al silencio ( 2 )
Continuando con lo dicho ayer, y creo que sólo estoy dando un paso lógico más, es fácil ver en la novela negra que aborda la actualidad, como ésta de Wilson, un componente crítico, pues se abordan asuntos que están en la calle, en la conciencia y en el subconsciente del ciudadano medio, se les concede un tiempo y se les da una importancia vital que a veces lo medios de comunicación han transformado sólo en espectáculo, en entretenimiento, incluso cuando hacen programas de investigación y denuncia, ya que se olvidan de las raíces últimas de los problemas, de sus causas reales y sus primeros protagonistas, instigadores o verdaderos - y ocultos - responsables. Y, claro, en este punto no puedo dejar de lado una afirmación que ya no está fuera de lugar: la novela negra de hoy es novela realista, crítica y política. Sí, política, esa palabra que se empeñan en desprestigiar los reaccionarios, los inmovilistas, los que de verdad manejan el cotarro con sus millones y sus prebendas. Política porque aborda temas que también se estudian - o deberían de estudiarse - en los parlamentos, en los lugares donde se hacen y rehacen las leyes: la inmigración, la violencia callejera, las mafias que trafican con seres humanos. No, la novela de hoy en día, los novelistas no van a cambiar el mundo, pero sí pueden ayudarnos a meditar, a saber quién nos representa de verdad, quién hace las leyes pensando en los desfavorecidos, quién quiere beneficiar a los desprotegidos y quién no. Tavernier, en Francia, con alguna de sus películas ha dado que pensar a la clase política, ha influido en ella, en sus decisiones, en la redacción de alguna ley. Ha cumplido con el propósito que le llevó a filmar, por ejemplo, "Hoy empieza todo". La cultura sirve, amigos, no es un simple entretenimiento, como pretenden hacernos creer con tanta literatura vacía y tanto best seller inocuo. La novela negra es la eterna oposición - la creativa - al poder, es la conciencia y la voz que no duermen, representa a los que no se conforman, los que no aceptan las desigualdades, las tragedias ni las muertes violentas como algo lógico - que no lo son, por mucho que se nos quiera hacer creer que el hombre es un lobo para el hombre, lema despiadado suscrito por los defensores a ultranza del acriticismo en una sociedad en la que quieren que sólo sobrevivan los valores del triunfador-, es ese rinconcito en el que las almas heridas por tanta sinrazón respiran, ven lo que hay y aún sueñan con hacer muchos cambios, con la igualdad y la libertad y, ante todo, la fraternidad, el concepto más olvidado, el más necesario, el que mejor define al ser humano completo, porque sin fraternidad no habríamos llegado ninguno hasta aquí, amigos, hasta este aquí y este instante.
Robert Wilson: Condenados al silencio
Prefiero las novelas que, además de una trama, ofrecen otras cosas que hacen su lectura más entretenida y, a la vez, participativa. Robert Wilson, en diálogos de su investigador, Javier Falcón, que es policía en Sevilla, nos propone temas para hacer pequeños altos y pensar y dejar que fluyan nuestras propias opiniones en temas como el suicidio, las mujeres a las no que les gustan los hombres pero se acuestan con ellos, la actualidad y su infierno de teleseries, la prostitución, la locura. La narración, en tercera persona, nos acerca a Falcón, pero también a quienes él interroga o visita amablemente para compartir mesa, cama o sólo un rato de charla. Creo que atrás deben de ir quedando las novelas negras que parecían escritas por personas sin apenas preparación, ensimismadas en la violencia, sin más recursos que los trillados, sin más argumentos que los de la trama policial. La novela negra, la mejor novela negra aborda los temas actuales y los trata con realismo, puede en pocas páginas pasar de las altas a las bajas esferas del poder sin que se rompa la estructura de la historia narrada, sin que se falsee lo que se está contando. Y puede ayudarnos a meditar sobre temas que están dormidos en nuestra conciencia, que sólo nos arrancan un comentario cuando vemos el noticiario de las tres o de las nueve. A diferencia de la tele, el libro sirve para parar, para incentivar, y mediante la identificación con un personaje llevarnos a lugares de nuestra personalidad que jamás habíamos visitado. Mi amigo Juan Herrezuelo se planteó una vez escribir un relato policial en que el protagonista matara al asesino de su novia cuando descubriera quién era éste. Sin embargo, mientras escribía el relato se dio cuenta de que su personaje no iba a ser capaz de matar al asesino y al final no lo hizo. Amenábar nos planteaba preguntas en su película " Mar adentro ", abordaba el tema de la eutanasia para señalar una vía y marcarla con dudas, rodearla de miedos, de inquietudes. Las mejores novelas negras se acercan a la actualidad - misión principal del escritor realista - y arrojan luz sobre temas tratados superficialmente en los medios de comunicación, profundizan en ellos y nos dan claves, datos, personajes, historias que nos conmueven y nos llevan a tomar partido, a decidirnos, a mirar dentro de nosotros y, como el personaje del relato de mi amigo Herrezuelo, saber qué pensamos, qué somos en verdad.
Novelas policiales en Sudamérica
Me gustaría saber qué novelas negras se leen allá. Supongo que las de Paco Ignacio Taibo II, quizá ahora la de Roncagliolo, alguna de Sasturain, alguna de Heredia. Cuando entro en Iberlibro - compra de libros usados por internet - y busco alguna novela de Ross Macdonald que aún no he conseguido, casi siempre una librería argentina la tiene. La riqueza de vocabulario de nuestros hermanos mexicanos o argentinos - lo sabemos por hablar con ellos y viendo sus películas- es superior a la nuestra en una conversación cotidiana y me atrevo a pensar que su inventiva sólo es comparable a la de los andaluces. Recuerdo "Triste, solitario y final"como una de esas novelas inolvidables de la primera juventud, con humor y emoción a partes iguales. "Manual de perdedores " me gustó tanto como si estuviera leyendo a Raymond Chandler. "Días de combate" me enseñó que quien se mete en problemas no puede salir con una risa pegada a la boca e indemne. Pero ¿qué se escribe en Chile, Ecuador, Uruguay? Seguro que hay buenos autores de novelas negras. Hace poco ha salido, en Menoscuarto, un libro dedicado a los relatos de los autores del género en España y no hace mucho otro parecido en Páginas de Espuma, dos editoriales que publican sólo libros de relatos. Pues bien, les planteo yo: ¿para cuándo un libro con relatos de autores sudamericanos? La experiencia sería buena y estoy convencido de que se vendería y gustaría. Vamos, que alguien dé el primer paso.
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