"Crímenes contados. Antología del relato negro español". Fernando Martínez Laínez.

La selección de autores y el prólogo le ha correspondido a Fernando Martínez Laínez. Ha apostado por algunos autores jóvenes pero, ante todo, ha basado el libro en los pesos pesados de la literatura negra española, con mucho acierto. El prólogo es ejemplar: en algo más de diez páginas, Martínez Laínez nos cuenta qué es la novela negra española, de dónde viene y acompañada de quién. Como sólo un implicado inteligente y con capacidad de síntesis puede hacer, logra resumir las motivaciones, las derivaciones y las evoluciones que, desde los años ochenta del pasado siglo, han acontecido dentro de nuestro querido género. Enumera a los investigadores que han marcado el paso de estos años, nos habla de la desconfianza del escribidor español a la hora de elegir como personaje protagonista a un policía, de la violencia y las lacras que oculta nuestra sociedad y posibilitan la creación de novelas memorables. Afirma que "El detective ha pasado a ser un antihéore que choca con las barreras impuestas por el sistema", o que "El egocentrismo radical, signo de los tiempos, refleja una época turbia, confusa, hecha con materiales de derribo, en la que se impone el cinismo, y la indecisión alterna con la sensación de estar de vuelta de todo antes de haber emprendido realmente nada". El libro está editado por Menoscuarto. Os lo recomiendo vivamente.

Henning Mankell: "El retorno del profesor de baile". Sueños íntimos, que no se han cumplido.

Es un maestro Mankell en situar al lector. Una introducción, un personaje que es asesinado, un pasado, posibles motivos. Con su estilo frío, sin caídas en sentimentalismos de ningún tipo, nos acerca a los personajes de manera un tanto distanciada pero los vemos con nitidez y se nos vuelven próximos, creíbles. En esta novela entra en el interior de los personajes y nos muestra sus miedos, sus recelos, y nos lo comunica con su manera objetiva y sin excesos. Sé que este tono es propio de la novela negra pero quiero dejar constancia de que en esta novela Mankell da un paso más, entra un poco más en la mente - qué mal suena esto: en las emociones, en la vida íntima, llamadlo como queráis - de sus criaturas y nos engancha un poco más, pues al dar detalles como el de la afición del policía al fútbol y, a sus treinta y siete años, de sus sueños aún vivos - aunque sea sólo en la imaginación - de ser futbolista profesional en un equipo italiano, nos ayuda a identificarnos con él, a soñar también nosotros, a mirar nuestros propios y secretos sueños durante un instante en que una sonrisa se fija a nuestra cara. Podemos ser unos ingenuos, no haber crecido del todo para ser completamente adultos, pero qué más da. Pensadlo. ¿Cuál es vuestro sueño secreto, ése que os acompaña desde niños y al que aún no habéis renunciado, pese a ser imposible? Yo, lo confieso, aún sueño algunos noches, como el policía de Mankell, con partidos en los que nunca participaré.

Inspector Tibbs contra la Organización

Ver una película como ésta es un ejercicio nostálgico: su estética ý su música, Sidney Poitier como policía, una organización dedicada a la droga y unos perjudicados por el sistema que no confían en la policía y luchan por su cuenta contra la Organización. La película tiene como mayor interés su realismo, su final desencantado y la crítica dura contra las organizaciones no delictivas, las que han de velar por los ciudadados y se alían contra éstos en favor de los delincuentes de altos vuelos. Hay escenas de acción que no están mal llevadas y alguna persecución destacable, pocos excesos y unas interpretaciones correctas o más que correctas. Uno de los secundarios es Raul Julia y otro es Daniel J. Travanti, el Furillo de "Canción triste de Hill Street". La comparas con la media de lo actual y sale ganando. Y en su intento de denuncia no ha caducado, ni mucho menos: todo se tapa, se mata al débil, sigue la función con otros peones. Ah, y Tibbs tiene diálogos con sus hijo sobre el sexo, le acompaña a una conferencia y luego se entera de que al hijo le interesan poco las conferencias y más las fotos de mujeres en las revistas. Merece la pena porque aunque algunos la consideren pasada y superada, yo creo que aún puede recordarnos obviedades que la vida cotidiana nos hace olvidar, el marasmo de una sociedad - la actual - en la que lo lógico y lo evidente quedan sepultados detrás y debajo de tantos anuncios y tantas imágenes e historias pensadas para el consumo inmediato y que nacen con la fecha de caducidad adjunta.

"El amigo americano", de Wim Wenders

La película tiene imágenes fijas - que duran uno o dos segundos - inolvidables, no en vano Wim Wenders es también fotógrafo. Hay unos colores rojos que imantan la mirada y dotan de un contraste algunas imágenes con fondos azules verdaderamente impactantes. Pero lo mejor de esta película, basada en una novela de Patricia Highsmith, es la toma de decisiones morales del personaje principal y sus implicaciones. Conocedor de que va a morir pronto, no duda en matar para ganar dinero y dejárselo a su mujer y su hijo. Primero en unas escaleras del metro y más tarde en un tren, el hombre normal muta en asesino sin que el peso de la culpa lo destruya. Y cuanto más mata, menos le cuesta, acaso porque el hombre que está cerca de su propia muerte deja de temerle a todo, a la vida y a la muerte también, a los hombres y a lo que estos representan, aunque sean poderosos y puedan dañarle. La interpretación de Bruno Ganz es sencillamente prodigiosa: encarna a ese hombre normal, anónimo sin ningún gesto de más, sin estropear su actuación con tics ni excesos de ninguna clase, como si no actuara. Por otro lado, Ripley, el catalizador de la historia, es un personaje más complejo aún, capaz de gestos cómicos tras matar, apesadumbrado por llevar demasiado lejos una venganza, cómplice de su víctima, a la que ayuda cuando está en el tren y tiene que matar para ganar más dinero. En definitiva, una película de muchas estrellas, que no ha perdido nada, sino que ha ganado con el paso del tiempo: lo silencios, esos momentos en que no se habla y la acción lenta y parsimoniosa lo dice y lo demuestra, suponen una lección de cómo filmar y hacer buen cine.

"El hombre del tren", de Patrice Leconte

Hay películas que se convierten en clasicos instantáneamente. Ésta es una de ellas. Y aunque parezca que no tiene que ver con el cine negro, vamos a desmentirlo de inmediato: es la historia de un burgués solitario, dueño de una casa grande y decadente, y de un ladrón de bancos. Se encuentran y el primero accede a dejarle que viva en su casa unos días. Son dos personajes en situaciones delicadas: uno va a atracar un banco y el otro tiene que pasar por el quirófano porque tiene problemas de corazón. En los días que faltan para que llegue el sábado, cuando cada uno tendrá que afrontar separadamente su suerte, se establece entre ellos una relación de amistad y de sincera y sana envidia: les habría gustado ser el otro, al burgués convertirse en un hombre de acción y al atracador en un burgués. Son acaso las dos caras de una misma moneda: el entendimiento entre ellos lo confirma, la comunicación profunda que llegan a tener lo atestigua. Todo transcurre despacio: el atracador le enseña a disparar y el burgués el regala unas zapatillas de estar en casa, contemplan las estrellas desde el mirador, el atracador le insta a ser sincero y decir lo que de verdad siente, y da ejemplo delante de la mujer a la que el burgués ama. Hasta aquí no hay acción, no hay tiroteos, pero si tan sólo cambiáramos el final y lo situáramos al principio, no nos asaltaría ninguna duda, pensaríamos que estamos ante un flashback y veríamos la película con la mente puesta en desentrañar claves sobre por qué se producen las situaciones violentas, la soledad, el abandono, la frustración, los roles sociales, la incomunicación, temas que podrían ser los que tratara una novela negra, una película de cine negro. "El hombre del tren" es un clásico instantáneo porque cuando acabas de verla deseas volver al principio y porque la atmósfera de la película te acompaña como una presencia sólida al salir del cine o al apagar el televisor. La interpretación de Jean Rochefort como el burgués desencantado y la de Johnny Hallyday como el atracador me parecen sencillamente magistrales, así como las escenas en que el burgués está en el hospital y en que el atracador realiza el robo en el banco. No os la perdáis.

Ross Macdonald y John Connolly



Me entristece que no se reediten los libros de Ross Macdonald, a quien considero el mejor escritor de novela negra. Afortunadamente, su influencia sigue viva. En "El País" de hoy - suplemento Babelia - aparece una crítica dedicada a la novela "El camino blanco", de John Connolly, firmada por Rodrigo Fresán, que asegura que Connolly " propone un intenso drama racial y lanza guiños cómplices a los policiales con ´gente poderosa ´de Ross Macdonald". El libro está editado por Tusquets. Habrá que leerlo.

"Tiempos difíciles", de Sara Paretsky ( 4 )

La buena novela negra es hija de su tiempo, habla del tiempo en que se ha escrito y sirve de memoria y, a veces, de denuncia. Paretsky, sabedora de esto, les da la importancia necesaria a los ordenadores, los e-mails, internet, las cámaras de vigilancia, las grabaciones, los aparatos de los detectives - una cámara insertada en un reloj de pulsera -, y lo hace de una manera en que nada chirría, nadie puede decir que abusa o se regodea en sus conocimientos. Como buena novela negra, ésta nos habla del abuso de las grandes empresas y los grandes empresarios cuya principal meta es obligar a desaparecer a las competidoras, empezando por las más pequeñas, un ejemplo más del capitalismo salvaje en que estamos inmersos. Como los detectives clásicos, Warshawski se enfrenta a los poderosos pero no está sola, sino que otros disconformes la ayudan sin pensar sus vidas también corren peligro. Me llama la atención que una de esas ayudas la reciba de un sacerdote, que también está dispuesto a luchar contra los poderosos despiadados. Sabemos que la Iglesia está dividida en dos bandos: los que siguen con pureza el mensaje de Cristo y los que siguen el mensaje alterado y confuso de las altas esferas. El sacerdote confía en su intuición y ayuda a la detective y su papel se convierte en destacado y revelador. También el hijo - despreciado y maltratado psicológicamente por su padre - del poderoso se alinea junto a Warshawski. Y yo me pregunto: ¿son estas las fuerzas morales que quedan en esta sociedad, las fuerzas de resistencia? Los descontentos, los humillados, los ofendidos, los que están al lado de los pobres y de los débiles, como el sacerdote, los apartados de cualquier posibilidad de triunfo, las víctimas. Si es así, qué poco hemos progresado, porque creo que si releyéramos a Dostoievski nos asustaría comprobar que estamos en el mismo sitio, varados en las mismas injusticias y las mismas desigualdades, con algunos poderosos que se exhiben sin rubor, ciegos y sordos a las reivindicaciones de los excluidos; una gran masa que ve cómo su existencia es monótona y gris y sólo tiene el escape y las alegrías de la compra en el supermercado y el triunfo de su equipo de fútbol el domingo; y una clase última y vilipendiada que se encarga de las tareas más duras, peor pagadas, y que no tiene opción ninguna de ascender en la escala social. Ay, amigos, por eso detesto la literatura evasiva, escapista, y a esos autores cuya única obsesión es conseguir que de sus manos salga una obra maestra.

"Tiempos difíciles", de Sara Paretsky ( 3 )

Esta es verdaderamente una novela negra. Hay capítulos que cuesta leer: los de la cárcel, cuando Warshawski experimenta en su propia piel los abusos cometidos por los carceleros, que incluyen golpes, violaciones y otas variedades de tortura. El lector desea acabar de leer esa parte y que nuestra detective salga de la cárcel, escape de ese lugar ignominioso, porque, aunque la novela esta contada desde un punto de vista realista y nada morboso ni excesivo, encajar las salvajadas que acontecen en ese sitio degradante no es nada fácil ( Cómo será estar dentro y sentirlas en ti, me pregunto yo mientras leo). El deseo de denunciar esos abusos, esos excesos de poder llevan a Paretsky a dedicarle un buen número de páginas que están escritas con un pulso admirable y un afán de sinceridad y valentía que no se quedan atrás. Dicen que Warshawski es la detective heredera de los clásicos y no soy yo quién para llevarles la contraria a los que tal cosa afirman. Esta historia da que pensar y sirve para reflexionar sobre los abusos de las grandes empresas y nos vuelve a recordar que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Y nos hace inolvidable a esta pequeña y quijotesca estadounidense que no se deja vencer aunque los molinos son cada vez más grandes - ¿ o son gigantes ? - y nos ofrece un ejemplo en el que creer y seguir, le devuelve vigor y vigencia a una época de ideas flojas, mentes vencidas y comprometidos descomprometidos con su ejemplo de luchadora que no se detiene ante nada y que descubre que no está sola, que otros están con ella y la ayudan a continuar. Su ejemplo es éste: haz lo que tengas que tengas que hacer, lucha contra los gigantes y no pienses en vencer o morir: piensa sólo en seguir luchando.

"Tiempos difíciles; de Sara Paretsky ( 2 )

En estos tiempos difíciles en que las evidencias ya no queman y se han olvidado las luchas por asuntos que merecían la pena y eran importantes, en que las prioridades están olvidadas y el hipercapitalismo lo deglute todo, son cada vez más necesarias novelas como ésta y novelistas como Sara Paretsky. Vais a leer unas líneas de la novela, escrita en 1999, que se desarrolla en el país más avanzado del mundo. A Warshawski la han detenido injustamente y la llevan a la cárcel.
Leed: " Estaba hecha polvo, mareada, me dolían los hombros, pero no podía dormir. Me aterrorizaba estar encerrada en un sitio a merced de los caprichos de hombres y mujeres vestidos de uniforme. Me pasé toda la noche con un ojo abierto, rígida en aquel colchón tan estrecho y escuchando los gritos y las plegarias que se oían en el pasillo. Soy fuerte y he peleado muchas veces en la calle, pero el sufrimiento y la locura que veía allí me estaban llevando a la histeria generalizada. Como los postes que pasan a toda velocidad cuando vas en tren y sólo se apartan en el último momento y ya crees que van a chocar contra ti. Me dormía a ratos, pero de repente se oía el portazo de una celda, el grito o el llanto de una mujer, o mi compañera que hablaba en sueños, y me despertaba sobresaltada otra vez. Cuando me tranquilicé un poco ya eran las cinco y vino un guardia a despertarnos para hacer el primer recuento del día e ir a desayunar. " Estremecedor. Habrá quienes duden de la vigencia y la importancia de la novela negra comprometida, claro, como habrá quienes aún - son parte interesada - sigan negando la realidad, la ajena a ellos, la de los que sufren, la de los que padecen. Nunca me han gustado los chistes ni las bromas sobre presos y cárceles, nunca he sumado mi voz a esas voces que dicen que los presos llevan una vida inmejorable. Después de leer a Sara Paretsky seguiré sin hacer chistes, sin sumar mi voz a esas voces irresponsables.

"Tiempos difíciles", de Sara Paretsky

Remiso siempre a aceptar el humor de los detectives narradores en primera persona que investigan casos en que la gente muere, es apaleada, asesinada, Marlowe y sus bromas distanciadoras, en según qué novelas, me han obligado a tener una valoración un tanto irregular del ciclo que le dedicó Raymond Chandler. Me ha costado entrar en "Tiempos difíciles" por el mismo motivo: una detective polaca que tiene dos perros, un humor muy, muy actual, que titula los capítulos con frases claramente humorísticas. Pero la novela tiene ventajas: Warshawski es una detective de izquierdas, con un pasado de barrio obrero, y sus observaciones de la vida se atienen a esa visión, lo que, al ser algo expuesto delieberadamente, nos permite seguirla con una mirada ya definida, con unas tendencias claras: por ejemplo, se niega a llevar un caso y fastidiar al dueño de una fábrica y se dice que por qué ha de favorecer a una gran empresa que utiliza mano de obra esclavizada en Borneo u Honduras en detrimento de una pequeña empresa local que da sueldos dignos a sus trabajadores. También el propio caso que lleva es más complejo y está mostrado desde un punto de vista más abierto y realista de lo habitual: una noche, en su coche, por poco atropella a una mujer, ya muerta y cuyo cadáver desaparece pero empieza a crearle problemas, porque las autoridades quieren echarle la culpa del atropello y la muerte de la mujer. A partir de ahí, los intereses creados, los intereses ocultos, los magnates y los periodistas de investigación empiezan a desfilar - de una forma muy diferente a la que emplea P.D. James, ejemplo de autora de novelas que desde el principio presenta el hecho delictivo y delimitan claramente a los sospechosos, convirtiendo el trabajo en algo así como un tablero de ajedrez, con fichas blancas y amigas y negras y enemigas de las que estudiar cada uno de sus movimientos en el tablero - por delante de nuestra detective, de carácter indómito y con criterio propio en todos y cada uno de sus pasos.

"Yo vigilo el camino", de John Frankenheimer: Un mundo sin vencedores ni vencidos.

¡Qué libertad creativa! Increíble resulta pensar que esta película la protagonizase Gregory Peck, hace tantos años, y que su argumento aborde temas como la relación entre un hombre mayor y una joven, el amor deteriorado de la pareja, las actividades de los que destilan ilegalmente alcohol, los celos profesionales, el papel de la mujer en la sociedad con tal libertad creativa, con tal acierto. Hay una escena sobrecogedora: el sheriff - Peck - entra en la casa vieja y derruida de sus padres buscando a su joven y falsa amada y derriba cuanto se halla a su encuentro y lo separa de su ella. Antes, ha gritado su nombre, Alma, y la cámara nos ha mostrado no un primer plano de su cara desncajada, sino un plano de la casa, desde fuera, y su voz se escucha en off. Fankenheimer, que venía del medio televisivo, nos dio esta magnífica película, profunda, a contracorriente, atrevida, valiente, necesaria, que no es cine negro pero tiene dentro un crimen, la infidelidad, un amor loco, un amor interesado, como en las mejores películas del género. El sheriff se hace cómplice del padre de la joven amada y tira un cadáver al río para protegerla, también a la familia de ella, porque su amor está ya por encima incluso de su obligación con la ley. Me pregunto qué habría sido del cine si hubieran seguido produciéndose obras de este tipo, que invitan a sentir y también a pensar, que no muestran a héroes, sino a personas normales y corrientes, en situaciones que ocurren diariamente, aunque a veces se intente ocultarlas. Probablemente seríamos mejores, el arte sería mejor y más útil y no nos tragaríamos tanto bodrio y tanta película nefasta que publicitan - todo lo puedo don dinero, válgame Dios - hasta en los telediarios de las 15,00 horas, aun cuando todos sepamos que están más cerca de la excrecencia que del arte. Cuántos valores caerían, a cuántos conceptos se les daría la vuelta como a un calcetín. Quizá hasta empezaríamos a ver el mundo de otra manera sin vencedores ni vencidos. Perro mundo.

Tráfico humano

Después de los negocios de las armas y de las drogas, el negocio más rentable es el del tráfico humano. Así concluye esta serie que pudo verse en televisión hace unos meses. Dividida en dos capítulos, el primero está dedicado a mostrar cómo captan a las víctimas los traficantes de seres humanos y el segundo a cómo se desmantela una organización. Son valientes los que han producido y protagonizado esta serie, porque se echan - en la alocución final de la policía protagonista- las culpas primero a ellos, los estadounidenses, el primer país en la demanda. La serie - o película larga - adolece de los defectos que podemos presuponerle a una producción para televisión, pero los compensa con la valentía reseñada y con otras que le hacen pensar a uno si el futuro del cine crítico, combativo, no estará en la televisión, donde ya sabemos que se hacen concesiones muy claras, pero es también donde últimamente veo más tramas que abordan la actualidad, donde se atreven los guionistas con asuntos que requieren compromiso y sirven de denuncia, algo que raramente se da ya en el cine, quizá porque la mayor parte de los espectadores son adolescentes. Hay escenas muy duras - mi mujer soñó el día que vimos la primera parte con una sobrina suya y con que intentaban raptarla dos integrantes de una de estas mafias -, de las que ves apretando los dientes, pero su inclusión es necesaria para aportar realismo y aumentar el grado de denuncia. Lo que más se me ha quedado a mí es la escena en que detienen a un médico estadounidense en un burdel en que las prostitutas son niñas de diez o doce años, forzadas, vejadas, tratadas como animales. Y es que esta prostitución está destinada en parte a las clases altas, las pudientes, que se decía antes, porque sólo los ricos pueden pagar por hacer lo que les viene en gana y con quien les viene en gana y, además, el silencio, la complicidad de quienes se prestan a colaborar en tareas que a cualquier ser humano deberían de repugnarle.

Una historia de violencia, de David Cronenberg

Admiro la inteligencia. El que se atreve a pensar arriesga. Admiro la inteligencia del creador auténtico, del que arriesga con su arte. Cronenberg no es un director conformista, que insiste en sus logros, sino un artista que se arriesga y se atreve a volver la mirada hacia mundos narrativos que aparentemente le son ajenos, poco próximos. "Una historia de violencia" está contada con la típica frialdad de este director, con el distanciamiento con que aborda sus narraciones cinematográficas. Hay una violencia en ella necesaria para lo que se cuenta y sin nada gratuito, que nada tiene que ver con el universo Tarantino, aunque alguno se equivocará y creerá que sin éste la película no sería la misma. Para desmentirlo sólo hay que conocer otras películas de Cronenberg. Hay una escena en la escalera entre el marido de doble identidad y la esposa sorprendida que remite al mundo de Crash - que dirigió nuestro director en 1996 -. Pero creo que en esta meditación sobre la violencia lo más destacable es el falso final feliz, porque es tan abierto que cabe pensar que se trata de dos finales en uno: el normal, el esperado, el que nos deja tranquilos con la vuelta del héroe malo al hogar y el otro, el profundo, el crítico, el que nos dice que vuelve nuestro malo, al que perdonamos porque es malo pero es nuestro malo y vuelve con nosotros y nos quiere y le queremos. En ese regreso al hogar del asesino despiado hay algo que nos corroe y nos deja fríos, nos deja helados, y en nuestra mente se crea un enredo si a continuación nos hacemos preguntas - es lo que pretende Cronenberg - y tratamos de enjuiciar al personaje desde un punto de vista moral, pongamos por caso. Hacen barbaridades por ahí, destrozan vidas, pero vuelven a casa y son nuestros hijos y maridos, decían las madres y esposas de los soldados estadounidenses después de una guerra lejos de su país. ¿Es eso, es una de las ideas que están detrás de esta película tan cortante como el filo de una navaja? Soldados estadounidenses, de cualquier nacionalidad, y unas madres, unas esposas, unos hijos que esperan y luego desean sólo poder vivir y olvidar al lado de los que se fueron y lograron volver. "Una historia de violencia" es una sacudida y un vaso de agua fría del que no todos se atreverán a beber.

"El comisario Maigret", de Jean Delannoy

Una película intensa, que a pesar de haber sido realizada hace casi 50 años creo que ha envejecido venciendo al tiempo, aliándose con él. Ya sabemos que en las películas policíacas el paso del tiempo es como un ciclón que arrasa, destroza. Conforme se producen adelantos técnicos y también en investigación policial, al revisar las películas de décadas anteriores la sensación es de derrumbamiento: nada ha quedado en pie de la obra. Pero en las películas y las novelas en que prima la indagación psicológica el desgaste es menor, incluso puede que no se produzca. Eso pasa con esta primera adaptación cinematográfica del Maigret de Simenon. Tenemos pronto al asesino y de lo que se trata es de saber por qué ha matado, qué lo ha llevado a matar a varias mujeres si aparentemente se trata de un hombre amable, incluso un poco aniñado. La labor de Maigret es ésa: conseguir que salga el asesino fuera, que el hombre/niño lo expulse y lo exponga a la luz para que comprendamos qué le impulsó a matar. La segunda parte de la película está dedicada al acoso de Maigret, sus interrogatorios una vez que sabe quién lo ha hecho y necesita encontrar las razones. Son escenas que tantas veces hemos visto después en el cine, en la televisión-el policía que utiliza los métodos a su alcance para que el acusado "cante"-,pero que en pocas ocasiones hemos visto servidas con tal intensidad, con tal pulso narrativo y humano: no hay aquí bofetadas, no hay violencia física, sino la paciencia, el convencimiento del viejo comisario que sabe que sólo es cuestión de tiempo, que cuando pulse las teclas adecuadas conseguirá que el resorte se ponga en marcha y el hombre/niño deje que se abra un resquicio por el que saldrá su oscuro habitante, el asesino de mujeres. La explicación es convincente - la sobreprotección de la madre y de la esposa - y el final, cuando una de ellas tiene que confesar que ha matado para seguir protegiendo al hombre/niño, demuestra un conocimiento del alma humana que pocos escritores, aparte de Simenon, pueden haber llegado a poseer jamás.

Robert Wilson: Condenados al silencio ( y 6 )

Es ésta, sin duda, una de las novelas negras más completas y mejor ejecutadas - pensad en este término en su acepción musical - que he leído. No sobra ninguna subtrama ni personaje alguno, no sobra ninguna historia y tampoco se ha forzado la trama principal para darle sentido o ajustarla al llegar al final de la obra. Es la novela de un autor que está en su madurez, en ese punto en que lo que piensas y lo que escribes van de la mano, se hacen uno. Con una localización muy precisa - Sevilla, con sus bares, sus calles, su ambiente, su gente -, con unos personajes muy bien caracterizados, Wilson nos lleva al inframundo de los abusos a menores y no se queda en la mínima mostración, en la pantomima del lugar común, sino que indaga y va al fondo de las mentes de los abusadores pero también de los que han sufrido abusos y después pueden convertirse, a su vez, en abusadores. Hay unas páginas inolvidables: un joven cuenta en primera persona cómo fue notando que crecía en él la maldad, cómo la maldad que habían dejado en su cuerpo víctima de abusos iba transformándose y convirtiéndose en otra maldad: la que aspira a escapar del propio cuerpo para ser inoculada en otro y convertir así a la víctima en un nuevo culpable. Es desgarrador, sobrecogedor este pasaje. Vemos cómo queda atrás el niño que sufrió abusos y ahora el adulto que lo reemplaza piensa en ser él quien cometa esos abusos. Pero el dramatismo está servido sin cargar las tintas, sin excesos, sin buscar el asco fácil ni la lágrima fácil, porque Wilson es un escritor que trata las ideas de una manera medida, que escribe una literatura para el corazón para también para la mente, a la que no es tan fácil de engañar. Una segunda escena que se asienta en la memoria: un chico le dice a su padre que el hermano de éste, el tío del chico, abusa de él cuando el padre se va de viaje y lo deja en casa del tío. El padre no le cree y empieza a pegarle y no para hasta que el niño se ve obligado a decir que era una mentira. Supongo que es una escena perfectamente real, que se dará en las vidas de algunos afectados, y es estremecedora también, deja al lector lleno de rabia y de cólera. Como queda claro, son dos escenas arriesgadas, valientes, incisivas, útiles para saber más y no quedarse de brazos cruzados cuando algo pasa cerca. La novela concluye con dos policías medio satisfechos, con un culpable en la cárcel y otros libres, intocables, porque a ciertas personas y ciertas instituciones no hay quien las toque, las mueva ni conmueva. Esto sí es auténtica novela negra, crítica, útil - insisto: denunciar ciertos hechos, ayudar a comprenderlos es útil, ya que ayuda a mejor combatirlos -, actual y escrita con los ojos abiertos: esta novela es todo un ejemplo para lectores y escritores del género.

Robert Wilson: Condenados al silencio ( 5 ): pederastia

La verdad es que uno ya se sorprende poco con lo que lee, pero no he llegado todavía a ese momento- espero que muy lejano - en que sólo me atraigan las relecturas. Pues bien: el libro de Robert Wilson sí me ha sorprendido, sí me ha tenido leyéndolo más tiempo del que esperaba, en estas tardes de sol compañero, en estas noches que tardan en llegar. La novela no es excesiva y tiene el valor de adentrarse en temas que pocos tratan con sensibilidad y, sobre todo, con inteligencia. Evitando los lugares comunes y escribiendo páginas de una hondura psicológica deslumbrante, Wilson trata el tema del abuso de menores - la pedofilia- con una delicadeza y una intensidad fuera de lo común, desde dentro de los personajes que han padecido abusos y temen ser ahora, de adultos, abusadores, algo de lo que no se ha escrito demasiado y a lo que hay que prestar atención, porque para combatir un mal hay que conocerlo desde su origen. Lo que Wilson hace es darnos claves para saber qué lleva a algunos hombres a abusar de los niños, a destruir su inocencia, y además nos informa - de una manera absolutamente literaria, lo que es su mayor acierto, pues estamos hablando de una novela - de qué ha cuajado en ellos que les impide tener la piedad necesaria para no romper vidas de una forma tan miserable, egoísta y sin un castigo quizá nunca suficiente. Porque ¿cómo castigar a aquel que rompe para siempre la vida de otro, que la rompe justo cuando empieza, la emporqueriza y mutila el resto de la existencia de un niño que será siempre un adulto herido, incompleto, manchado, lleno de horror, de temor, de desconfianza? Wilson, insisto, no va por los caminos trillados y, con una literatura de muchísima calidad, escribe sobre uno de los peores males de nuestras sociedades, un mal que crece y necesita que lo estudiemos, lo vayamos parando sin miedo a los fracasos puntuales, mirando en lo más hondo de los seres humanos, que creo que dejan de serlo - o entran en una categoría de seres humanos verdaderamente horrenda y asquerosa - cuando hacen este tipo de mal sólo porque quieren hacerlo, porque desean hacerlo y sentirse impunes. Nuestra sociedad, corrupta y podrida en tantas cosas, necesita luchar y tener fe en erradicar males como éste y libros como el de Wilson son absolutamente necesarios para concienciarnos. Cada vez que se daña a un niño se daña algo irreparable, algo que nadie debería de tener - ni sentir ni creer ni imaginar siquiera - poder para llevarlo a cabo. Cada vez que alguien daña a un niño nos daña a todos, seamos quienes seamos y estemos donde estemos.