Philip Marlowe

Esta semana, en la revista "Así son las cosas", el coleccionable dedicado a los detectives de ficción está dedicado al personaje de Raymond Chandler: "El tipo más cínico", lo catalogan. Su ficha, fotos de Bogart, Mitchum, Garner, y una página dedicada a su creador.

"Contra todo riesgo", de Taylor Hackford (Against all odds).

Remake de "Retorno al pasado". Demasiado larga, porque se entretiene en exceso en contar el idilio de los protagonistas, es una pena que sea una mala película, ya que la interpretan Jeff Bridges (al que considero uno de los mejores actores de su generación), James Woods y Richard Widmark, el malo de algunas cintas inolvidables. Fruto de su época, gasta la pólvora en salvas (las tórridas escenas en que Bridges y Rachel Ward exhiben sus tostados cuerpos) y cuando da paso a la verdadera historia negra, con corrupciones en apuestas deportivas (mirad hacia Italia y el fútbol), en asuntos inmobiliarios (mirad hacia Marbella), en sentimientos manipulados y chantajes emocionales, nos hemos aburrido y nos nos creemos a ningún personaje ni la trama, porque todo parece encajado a la fuerza, sólo para justificar la historia de amor /desamor.

Juan Marsé: " Canciones de amor en Lolita´s Club" (Crítica)

( Crítica para La Gangsterera)
A veces tiene uno la suerte de asistir a una representación de primera clase, a una obra que te deslumbra y guardas la entrada como un gran recuerdo. Lástima que no se pueda hacer lo mismo con una novela. "Canciones de amor en Lolita´s club" es una obra maestra de la novela negra, en la que hay un policía airado y violento, narcos, un asesinato, palizas. Pero quien escribe esto es Juan Marsé y eso convierte esta novela en una pieza indiscutible para cualquier lector, además. La historia de dos hermanos gemelos que vuelven a juntarse cuando a uno le preparan un expediente para expusarle de la policía por brutalidad nos lleva al escenario de un club de alterne donde el otro hermano, inocente como un niño a causa de una deficiencia mental, pasa las horas por culpa de un amor medio correspondido, medio realizado con una prostituta. El policía busca la manera de echar a su hermano de ese lugar y recurre a sus manos rápidas y certeras y a sus expresiones cortantes y contundentes. La historia avanza con escenas propias de la novela negra y sobre todo con la atmósfera de una película del cine negro de los cuarenta. Los personajes están tan bien dibujados que crees en ellos y en lo que hacen en todo momento, los ves moverse pasmosamente ante tu cara como si los estuvieras viendo en la realidad, tan bien los lleva y les da vida el maestro Marsé. La estructura, tan clara, tan sencilla, pero con tanta sabiduría dentro, es una lección más de cómo contar y guardar a la vez -la relación del policía con la mujer de su padre es un destacado ejemplo-, esa teoría del iceberg que echan en falta tantos libros que leemos. Con valentía, Marsé acepta el reto del presente y nos habla lateralmente de los programas de cotilleo, en profundidad de la prostitución, las mafias y sus damnificados, trata las relaciones familiares con una hondura y sobriedad abrumadoras, hasta suelta una pincelada que retrata el terrorismo. Con detalles de un lirismo marca de la casa, avanzamos hasta un final comprometido, en el que el autor toma partido, se moja, baja a las aguas sucias y se mancha. Sin maniqueísmo - qué fácilmente podría habérsele ido la mano retratando al bueno como buenísimo y al malo como malísimo -, sin dar un solo paso meditado, sin dejar nunca de lado al lector, esta novela negra sin abundancia de tiros, sin investigación, pero con todo el mundo que la novela negra actual ha de abordar para entrar en la categoría, es la obra maestra que el género en español esperaba. Desde "Los mares del Sur" nadie había entregado a los lectores un libro tan acabado, tan perfecto, tan abierto a la imaginación y a perdurar en la memoria de cualquier lector interesado.

Juan Marsé: "Canciones de amor en Lolita´s Club" (12). Violencia azul y negra.

Pero después llega la violencia, la definitiva, la que no tiene remedio y aboca a cada personaje a su oscuridad interior y le pone ante el espejo de sus propias miserias, sus miedos, sus desesperanzas. Porque cuando llega la violencia y trae consigo sangre y muerte no quedan resquicios para el optimismo, no sirven los recuerdos de celebraciones ni de momentos que creímos guardados indelebles en el lugar más grato de la memoria. Porque al ver muerto a quien querías dudas de la vida y de tu propia vida y sabes que nada tiene un sentido definitivo, nada ocupa un lugar eterno. La violencia es siempre azul y negra, está llena del azul que ven los moribundos en el cielo o en el suelo, está llena del negro que vela nuestra mirada al enfrentar la escena en que hay alguien que nunca más nos dirá una sola palabra. No hay muertes justas, seguramente, por muy deseadas que sean, pero hay muertes como la de esta novela, cerca de su final, que orillan la luz y llenan de oscuridad el entendimiento, la razón y la voluntad. Una muerte que cierra una vida y quizá clausura también la de todos los que rodeaban al que muere. Y ahora cada uno ha de buscarle un sentido individual a la tristeza, a la pesadumbre, al desconsuelo.

Juan Marsé: "Canciones de amor en Lolita´s Club" (11). Dos hermanos, una mujer.

Previsiblemente, el hermano policía siente una especial e irreprimible atracción por la mujer a la que ama su hermano el disminuido, la que le tiene atrapado en el club, anclado al club como se ancla el enamorado a la belleza, a la presencia de su amada. Y quiere hacer el amor con esa prostituta, con la que su hermano, sin pulsiones ni actividad sexual, no puede hacerlo. Y aunque haya algo de simbólico en todo esto, también hay una emoción que recorre al lector en un nivel profundo y le lleva a meditar sobre la violencia del policía, la ingenuidad del hermano y la indefensión de la prostituta. Y sobre esa imagen que se forma en su cabeza: el policía de métodos violentos encuentra lo mejor donde su hermano se lo señala sin palabras, en el mismo lugar y la misma persona, quizá porque su mirada limpia, inocente, ve lo que de limpio e inocente hay en la prostituta, lo que a él y a su hermano puede enamorar.

Relato: "Frente a frente", de Francisco Ortiz

Para Ninoska Mermoud-Santiago


- Me decía usted antes de empezar que le gustan mucho las matemáticas.
- Sí. Los números son para mí muy importantes. Tres pasos desde la escalera. Siete escalones. Tres ventanas. Y, ya un poco más maniático, si ponía en la plancha pescado o setas, tenían que ser trozos que quedaran armoniosos a la vista.
- ¿Se puede ser maniático cuando se es un asesino?
- También tenía manías con las cantidades que cobraba.
- ¿Mató usted alguna vez a un niño, a una mujer embarazada?
- No me importa decírtelo ni decirlo delante de las cámaras. Sí.
- Como le gustan tanto las matemáticas, sabrá a cuánta gente ha matado.
- Sé el número exacto. Por supuesto. Pero no lo voy a decir.
- ¿Está próximo al número probado, por el que tiene las condenas que le han traído a esta cárcel?
- La verdad es que no. No se parece. Ni el primer número ni el segundo.
- Se le achacan más de veinte muertes. ¿Nunca mató usted por propio designio, porque alguien le molestara, porque alguien le estorbara?
- Nunca. Siempre hubo un contrato de por medio. El que me buscaba era igual que el que va al carnicero.
- Es usted un cínico.
- A la gente le gusta oír cosas así. Que un asesino a sueldo es un tío despiadado, que mataría hasta a su madre por dinero. Y a la gente le guste que le den explicaciones, ¿no? Que mataba porque las personas eran para mí como reses, como pollos, como cerdos.
- Pero usted no cree eso, no cree lo que dice.
- Lo digo para tranquilizarlos, para que tengan una explicación lógica. Es lo que esperan y estamos en la tele, ¿no?
- Prefiero que diga sólo la verdad, su verdad.
- ¿Qué mataba por falta de amor, por culpa de una infancia frustrada por la separación de mis padres, todo eso que escriben en las revistas los periodistas que no saben ni ir solos al servicio a mear? El mundo está lleno de tópicos. Cada palo que aguante su vela.
- Le gustaba a usted cuidar mucho sus macetas.
- Sí, hombre. Me gustaba cuidar macetas que se estaban secando o a punto de secarse. Es verdad. Algunas de mis mayores alegrías en la vida me las he llevado viendo un brote nuevo en una maceta casi seca, con el resto de la planta casi seca. Pero que nadie interprete estas cosas demasiado. En mi casa, de pequeño, había macetas. Nada más. Si hubiera habido otra cosa, me habría fijado en esa otra cosa y ya está.
- En los momentos de mayor tristeza ha dicho usted que a veces pensaba en armas.
- Permíteme que me ría un poco. Bueno, vale. Soy un asesino y habrá que hablar de estas cosas. No íbamos a hablar de fútbol o de las obras que infectan esta ciudad, claro. No soy un político ni un futbolista, como otros invitados de tu programa.
- Lo ve usted.
- Lo veía. Tienes un programa muy interesante. Aquí dentro ya me pliego a lo que me mandan. Fuera sí lo veía.
- Continúe usted, por favor.
- Me pasaba que entraba en ratos de depresión y me imaginaba con la Luger en la mano, apuntándole a alguien, vagando por ahí con ella en el bolsillo. Y me daba fuerzas para seguir viviendo. Es verdad. Pero, vamos, que me supongo que un cazador soñará que caza un pájaro o un pescador que pilla un gran pez.
- No insista usted en hacernos creer que es un hombre lleno de tópicos, Martín. En su cabeza hay fuerza y hay claridad. Usted nunca se ha dejado llevar.
- Gracias. Es cierto. He matado porque no he aceptado nunca que me lleven, que me dirijan.
- Dejó usted la escuela pronto.
- Soñaba que le pegaba un tiro a un profesor.
- Me contagia usted su risa. Ejem. ¿Por dónde iba? Nunca se casó.
- Pero me han gustado mucho las mujeres.
- ¿Alguna le traicionó alguna vez?
- ¿Y la maté? No, nunca he matado en mi vida privada, digámoslo así. Claro que me han traicionado las mujeres. Como los hombres. Las mujeres me han querido y algunas me han respetado. Más que los hombres. En los hombres he visto más desconfianza y más competencia. He visto mucho machote que luego se cagaba fácilmente en los pantalones.
- Una vez le encargaron matar a un alcalde corrupto.
- Me daba igual que fuera o no corrupto. Todos, alcaldes, votantes, ciudadanos, gente de pueblo, trabajadores, empresarios, banqueros, gente normal y gente normalísima, todos hemos hecho algo en la vida, alguna vez, por lo que merecemos morir, por lo que habríamos merecido que nos mataran. Puede que algo gordo, grave, imperdonable. O puede que algo que parece que no tiene mucha importancia. Pero hemos hecho daño, hemos sido crueles, hemos merecido que alguien nos buscara y nos pegara tres tiros.
- ¿También un niño de diez años, una mujer embarazada?
- Maté a los que no se lo merecían porque no me quedaba más remedio. Sólo maté a un niño y a una mujer embarazada. Pero fue una prueba. Al principio, cuado empezaba. Lo hicieron para probarme. Estábamos en una calle de Madrid. El que después fue mi contacto hasta que me metieron aquí, en el talego, me puso a prueba. Estábamos hablando de otra cosa y de repente me señaló a una mujer que iba por un paso de peatones con un niño de la mano. Y estaba también embarazada.
- ¿Supo usted cómo se llamaban?
- Claro. Tuve que averiguarlo. Mira, te los voy a decir. Andrea, Juan Carlos. Esos nombres no se me han olvidado.
- ¿Los miraba usted antes de dispararles con su pistola alemana?
- No los miraba atentamente, si es eso lo que me pregunta. No porque fueran a darme lástima, sino porque tenía que estar pendiente de muchos detalles, de que no me sorprendieran. Ah, y mi pistola es una Luger nada más que porque fue la primera que me compré. Me gusta que tenga muchos años, eso sí, y que no haya sido yo el primero en utilizarla. Seguro que habrán muerto más personas con balas que dispararon con esta pistola sus anteriores dueños. No me consuela ni nada. Pero se lo digo para que vea que la vida es repetitiva, unos empiezan un camino y otros lo andan también después. En lo bueno y en lo malo.
- Usted ya nunca saldrá de la cárcel. Tiene cuarenta y seis años. ¿Ha valido la pena todo lo que hizo?
- Yo no saqué los grandes beneficios que sacaron los que buscaban ver a muerto a alguien. Casi todos los encargos eran para matar a gente con poder, a gente rica, a poderosos. Un poderoso mandaba matar a otro. No se perdía gran cosa.
- ¿Qué cambiaría usted si volviera a tener veinte años?
- El arrepentimiento, ¿no, Ernesto? Me preguntas sin nombrarlo. Bueno, pues para que algunos se queden más tranquilos y duerman relajados, te diré que me gustaría no haber tenido que matar a ningún niño y a ninguna mujer embarazada.
- ¿Qué te queda por hacer?
- Conseguir una pistola y meterme un tiro en la boca.

Justo Navarro, "La dalia negra".

Hoy, en El País, Justo Navarro habla de la novela negra, de James Ellroy y la adaptación al cine de su novela "La dalia negra". Hay que leerlo, todo lo que escribe este gran autor tiene mucho sentido, tanto si estás de acuerdo con él como si no lo estás.

Juan Marsé: " Canciones de amor en Lolita´s Club" (10)

¿Por qué si digo que Juan Marsé es el mejor novelista español vivo sé que apenas habrá cuatro voces que puedan llevarme la contraria? ¿Por qué si digo que ésta es una novela negra habrá también sólo cuatro voces que se quejen? Una novela negra lo es no por el número de tiros, las veces que aparecen pistolas o los asesinatos que vemos que se cometen. Llevo tiempo defendiendo que la gran novela negra española aún por escribir necesita una buena prosa, unos personajes bien definidos, una trama en que se vean cosas y se supongan y se detecten otras muchas no visibles, que cree un mundo y que este mundo no ofrezca un camino unidireccional, sino muchas pequeñas vías. Vale todo esto para presentar el fragmento que os transcribo y que es un ejemplo de lo que hay en la novela negra sin asesinatos - un clima moral, unas actitudes chocantes, más desencuentros que abrazos, un pasado tan vivo y candente como un hierro que te marca-esa novela que yo reclamaba. Raúl, el policía, hace el amor con una mujer a la que conoce desde hace tiempo: "Acelera las embestidas cada vez que sus ojos tropiezan con los zapatos de tiritas abandonados en el suelo al lado de su americana, como si el pálido fulgor blanquecino en la penumbra del cuarto ejerciera sobre él un extraño magnetismo, como si la fantasmal insolencia que ha dejado en los zapatos el erguido empeine que los calzaba unos minutos antes prefigurase otros pies en otros ámbitos, en otra penumbra y en otro arrebato más febril y desesperado, mientras María, de bruces sobre la mesilla de noche, junto a la cama sin deshacer, aguanta el acoso con los ojos cerrados, debatiéndose entre el placer y el dolor, con la falda subida y sin desnudarse del todo, como si hubiese sido sorprendida por el apremio y la brutalidad de Raúl. Gime y protesta e intenta darse la vuelta, pero él la sujeta firmemente contra la mesilla hasta vencer su resistencia. Lo hace con una premura falaz y una premeditada violencia, con una aparente urgencia sexual que esconde una secreta revancha, el deseo de hacer daño y hacérselo a él mismo. Cuando termina, hunde la cara en los cabellos de María, que se vuelve hacia él llorosa y apenada, intentando comprender. Con ambas manos levanta la cabeza abatida de Raúl y busca sus ojos."

"Shadowboxer", de Lee Daniels

Hay películas que sabes que te resultarán inolvidables. No son obras maestras, no tienen por qué pertenecer a tu género preferido, tampoco las guardas en la memoria completas ni hablas de ellas como si fueran parte esencial de tu vida. Pero sales del cine y sabes que hay varias imágenes, algunos fragmentos que no olvidarás jamás. El final de esta película, la útima escena, es inolvidable. Un niño habla, dice una sola frase, y esa frase es un golpe en tu conciencia. "Shadowboxer" es la historia de dos asesinos a sueldo, una blanca mayor con cáncer y un negro joven. Su siguiente encargo es matar a la esposa de un mafioso, pero no la matan porque está embarazada y la asesina la adopta, también a su hijo. La trama es previsible y no se juega a engañar. El director nos presenta pura poesía en varios momentos, alterna la frialdad de los disparos y las ejecuciones de los asesinos con plácidas secuencias en que hay amor, hay ganas de vivir, hay voluntad de vivir. Ciertos planos te prendarán. Ciertos disparos te dañarán no sólo la piel, querido espectador, sino lo que tienes detrás. No te la pierdas. Éste sí es cine hecho con libertad, cine con grandes actores dentro, cine contado para la mente y para el corazón. Este es el cine que siempre estamos reclamando que se haga, así que no busquéis excusas. Es cine diferente, intenso y para adultos. No saldréis del cine igual que entrasteis, tendréis después mucho de que hablar.

Juan Marsé: "Canciones de amor en Lolita´s club" (9). Programas del corazón.

Y también el humor. Hay una escena divertida pero también creada muy a propósito, deudora de las realidades de nuestro tiempo, en que el hermano disminuido juega a conducir un coche imaginario en una máquina recreativa mientras en un cercano chiringuito estalla una discusión entre los partidarios de ver en la tele un programa de los llamados del corazón y un señor calvo que está haciendo un crucigrama y se opone a que en el local la televisión tenga el volumen tal alto sólo para que se oigan auténticas sandeces. Las señoras y los maridos embelesados con la cutrez le increpan y el hombre apaga el televisor. Las mujeres se le abalanzan y le golpean con los bolsos y le obligan a salir del local. Victoriosos, siguen tragando mierda televisiva y Valentín, el hermano disminuido, de repente, cree que le hablan a él desde el televisor y se descuida y el coche que conduce en la pantalla del juego se estrella. Con humor, Marsé sigue hablándonos de lo que define-desgraciadamente-nuestra vida cotidiana: el entretenimiento a toda costa, el chismorreo, la pequeñez elevada a categoría de ejemplo definitivo, la estolidez mental.

Juan Marsé: " Canciones de amor en Lolita´s Club" (8). Ni buenos ni malos.

Porque el policía puede ser un salvaje y puede pegarle a un tipo que defiende a los terroristas (él estuvo destinado en El País Vasco) sin mediar palabra, en los servicios de un bar, pero Marsé no quiere jugar tontamente al bueno y al malo y le dedica estas líneas en las que hay comprensión y una gran sensibilidad: "Está comiendo solo y pensando que nadie sabe los años que lleva comiendo solo, las incontables veces que se ha sentado a comer solo en solitarias mesas. Y a quién cojones le importa. Ensaladilla rusa, alitas de pollo fritas y una botella de vino casi enterita, tumbado en la hamaca a la sombra del porche. El siseo de las olas en la rompiente acrecienta su ritmo implacable al abrirse la tarde. Más allá de las dunas, el horizonte atrae su mirada, como siempre: una vaga propensión a hacerse preguntas sin respuesta. Ese tenso alambre sin funámbulo, sin imágenes tangibles por encima y por debajo, ni en el cielo azul ni en el mar cárdeno, sostiene sin embargo en algún punto un enjambre de sueños que zumba en su mente desde que era un niño."

Juan Marsé: "Canciones de amor en Lolita´s Club" (7). La transición española.

Hablaba Alicia en su blog, Atravieso el espejo, hace un tiempo de la transición. Dejamos allí mensajes muchos de sus lectores. El tema aún preocupa. Marsé lo aborda en su novela -más interesante cuanto más lees- cuando el policía, que está apartado del servicio, visita a un rico doctor que quiere contratarle como escolta para su esposa, diputada. El hombre, amigo del padre de Raúl, tiene ganas de conversar, dice: " ¿No cree usted que los hombres como su padre son dignos de admiración?...¿No cree que supieron aceptar la transición política sin ánimo revanchista, y que eso tiene mérito? Perdieron la dignidad de la derrota, es cierto, pero ganaron la libertad del olvido". Marsé, de izquierdas, plantea temas y los deja ahí, vivitos y coleando, para que pensemos en ellos. La dignidad de la derrota, la libertad del olvido. Qué conceptos. Qué palabras en la boca de un rico y vencedor. La dignidad del olvido y la libertad de la derrota, diría yo, cambiando un poco las palabras. ¿Por qué será que en nuestro país el vencedor siempre quiere reírse del vencido, por qué necesita, además de la victoria, su humillación?

Juan Marsé: "Canciones de amor en Lolita´s Club" (6). Defensor de los terroristas.

Lo que más admiro de escritores como Vázquez Montalbán o Marsé es que verdaderamente afrontan los temas de su tiempo. Hay una escena en esta novela que resulta polémica, porque es incisiva. Dos hombres hablan en la barra de un bar cerca de Raúl, el hermano policía, que está bebiéndose un whisky. Uno dice que un chico que ha muerto preparando una bomba en el País Vasco es, para muchos, un héroe de la patria. Raúl lo escucha y entra en el servicio detrás de él. Sin mediar palabra, golpea la cabeza del hombre varias veces contra la pared y le suelta un rodillazo en la entrepierna y le castiga el rostro con el puño. La actitud del policía, su violencia desatada, es sin duda reprobable, pero Marsé sabe que eso que él hace es lo que otros no se atreven a hacer, otros ciudadanos pacíficos, que se acaloran en la intimidad, que apoyarían a Raúl. Marsé lo cuenta y lo deja ahí, para que cada cual piense lo que quiera.

Juan Marsé : " Canciones de amor en Lolita´s Club" ( 5 ). Narrador y personajes.

Otro acierto más de esta novela radica en incluir sin separación en la narración los pensamientos de los personajes, de una manera actual y sabia, sin entrecomilado que los diferencie de la voz narrativa de tercera persona. Así, a veces el narrador calla y oímos directamente lo que piensan los personajes y estamos mejor situados en la escena: presenciamos lo exterior y sabemos de lo interior. Es una especie de democratización que le da a la historia un valor añadido y le exige al autor una mayor diversidad en el lenguaje y en la concepción y plasmación de los personajes. Y también ofrece una mayor inmediatez a lo que se está leyendo, una ampliación del ritmo: " ella se gira disponiéndose a montar. Un culo plano, domado. Raúl busca los ojos de su padre." Claro que en Marsé hay mucho cine, mucho y muy buen cine.

Juan Marsé : " Canciones de amor en Lolita´s Club" ( 4 ). La verdad de la novela.

Por supuesto, hay un secreto fluir - obra de un maestro de la novela - que atrapa al lector y le va llevando por un camino del que difícilmente se saldrá: cada vez nos interesa más qué le pasará a Valentín, el hermano retrasado, si Raúl, el policía, se dará por vencido en su intento de sacar a su hermano del club - donde va libremente, enamorado, a realizar tareas de cocina -, si la violencia será el único lenguaje posible cuando lleguemos al final, al punto de las conclusiones. Porque Marsé no fuerza la máquina, no impone, sino que va soltando y planteando sin agobiar, con materiales exclusivamente narrativos, sin trampa ni cartón, diríamos, y la intriga está en saber qué decidirá cada personaje, en saber si la indiscutida unión de los hermanos se romperá, si alguno acabará mal. La maestría de Marsé le lleva a ser cauto, a ganarse al lector sustrayendo información, evitando las definiciones categóricas y el maniqueísmo. Podrá o no gustarte esta novela, pero no tiene trampas detrás, no hay mentira detrás, no hay manipulación detrás. Seguramente a la mitad nos habremos decidido y estaremos del lado de uno de los hermanos, nos fastidiará que algo le salga mal o que le maltraten, pero Marsé no ha pintado a ninguno absolutamente bueno ni absolutamente detestable, sino que parece estar sentado en la sombra, viendo lo que ocurre y transmitiéndonoslo con voz serena, con voz de amigo.

Juan Marsé: " Canciones de amor en Lolita´s Club" (3)

Obviamente, tratándose del autor que se trata, no estamos ante una novela de género puro y duro, sino ante una novela que bebe en los clásicos literarios y en los clásicos del cine negro. Marsé es un experto en atmósferas, en sugerencias, en diálogos, en contar con un pie en el presente de la historia y otro en el pasado que va saliendo en pinceladas, en frases reveladoras, en negaciones y en seguras afirmaciones, sobre todo de la personalidad. No hay en la novela la acción que tienen las obras de Andreu Martín o de Juan Madrid porque Marsé toma elementos prestados de la serie negra y los hace suyos, los desmenuza y los cocina en su taller a su manera, y también porque quizá, en su más claro acercamiento al género, ha evitado algunas tentaciones, se ha refugiado en algunas imágenes y nos las muestra como si fueran fotos, instantes congelados que encierran dentro negros presagios e invencibles confirmaciones. La violencia está presente - el polícía sólo sabe hacerse entender aplicándola, en especial a la prostituta de la que se ha enamorado su hermano - y no se rehuye, pero la historia que se nos cuenta vive más en los intersticios de los grandes momentos que en esos grandes momentos, lo que es una interesante forma de abordar unas situaciones que en otras manos se desbocarían como caballos locos y sólo darían momentos tarantinianos.