Manuel Vázquez Montalbán: La soledad del manager (4). Violencia doméstica


Me gusta la novela negra porque me gusta la novela social, porque me interesa la gente, porque no permanezco indiferente ante el mal que aqueja a otro, porque creo que hay que mirar nuestro lado malo para aprender: la vida es un aprendizaje que acaba cuando morimos. Incluso del anciano más vulnerable, más enfermo podemos llegar a aprender algo: hay miradas que comunican más que discursos enteros. Me gusta la novela negra gracias a autores como Manuel Vázquez Montalbán, un autor que se preocupaba por sus congéneres, que estaba comprometido con las mejores sociales, que analizaba y luego escribía, nos daba su punto de vista.
Las novelas permanecen muchos años después de haber sido publicadas porque a los lectores siguen tocándoles fibras íntimas que les mueven a meditar, a sentir, a llorar y a reír. "La soledad del manager" fue publicada en 1977 y en ella hay un caso de lo que hoy se denomina violencia doméstica. Pero no está metido con calzador: inteligentemente, lo inserta Montalbán en un momento en que Carvalho visita una comisaría, requerido por la policía, y en tanto aguarda a que le atiendan/interroguen. Un hombre que está a su lado, con las esposas apretándole las muñecas, le cuenta su historia: ha disparado contra su mujer y su hija con una escopeta por una discusión doméstica originada mientras levantaba media pared de ladrillos para hacer paellas en el jardín de su torrecita. Y es en las palabras elegidas, en el punto de vista, en la elección del lugar y del instante para contar esta pequeña historia donde apreciamos la calidad literaria de nuestro autor, su compromiso humano, su negación del sensacionalismo, e igualmente anotamos una vez más por qué la literatura necesita al realismo, al buen realismo, al realismo sincero, ese que nace de la voluntad y de la necesidad de hablar de lo que le pasa al que vive a nuestro lado, en la calle de enfrente, porque todos somos uno y uno es todos cuando tenemos oídos y tenemos manos para ayudar y voz para prevenir y piernas para correr en la dirección afortunada.

Manuel Vázquez Montalbán: La soledad del manager (3). Memoria y asco


Uno vuelve a ciertos libros porque de ellos extrae nuevas enseñanzas, nuevas sensaciones, porque no se agotan con la primera lectura. Consideraba Francisco Umbral esta novela la mejor de Carvalho. En la primera lectura que hice de ella, hace ya muchos años, anoté mentalmente muchas frases y pasajes que nunca he olvidado. Por algo será. Ver que Vázquez Montalbán utiliza en algún momento juntas la segunda persona y la tercera y la primera unas líneas más arriba me congratula: qué apuesta por la literatura de verdad es este libro, cómo no reconocerlo, cómo no recuperarlo. El problema estriba en que a Vázquez Montalbán nunca se le consideró un escritor genial, de la categoría de los más grandes, a la altura de un Vargas Llosa o - más cercano- un Eduardo Mendoza, autores de libros imprescindibles, y se despacha su creación lindante con la novela negra de manera harto frívola y desdeñosa. Pero "La soledad del manager" es una obra importante, digna de la más segura recuperación porque no hay engaño en ella, no hay caídas deplorables, hay literatura alta y profunda y repaso de un tiempo y un país como en pocos libros podemos hallar.
La habilidad con que transita Vázquez Montalbán por el mundo de las altas esferas y, a continuación, por las más bajas esferas es sencillamente magistral. La selección de personajes representativos de un tiempo y un lugar, la encarnadura novelesca y la cesión de la palabra para que se expresen, se digan y se revelen convierten la novela en un testimonio arrebatador e insoslayable. Carvalho visita a los amigos del muerto, los interroga y les deja hablar y ellos solitos lo cuentan todo, se definen, se sitúan, sueltan sapos y culebras, se rodean de conceptos como el dinero, la amistad, el triunfo, el fracaso, la vocación política y, envueltos en sus banderas de mentiras y verdades personales, arrojan un fresco literario que es preciso degustar con calma, como un plato cocinado a medio fuego que ha de comerse con la boca medio abierta, o medio cerrada, como gusten.
No se equivocaba Umbral: el animal social, político, contestatario, el escritor que era un profundo analista de la sociedad de nuestro tiempo, el narrador que servía verdades como puños y acertaba a crear personajes de una pieza, inolvidables, que en la mente del lector alcanzan la consistencia adquirida por otros tan imprescindibles como el Quijote o Sancho Panza está aquí en su mejor salsa, en su mejores dominios, en su mejor casa y nos habla con sus mejores palabras, sus más rigurosas frases henchidas de sentido y sentimiento justo. Qué alegría releer, redescubrir, celebrar.
En las páginas 112 a 114 de la primera edición, Carvalho recuerda a un muerto del franquismo, a las gentes de su barrio, su indefensión, sus miedos, sus silencios y su generosidad con los que eran más pobres que ellos y piensa que a su muerte todo aquello desaparecerá, cuando sus recuerdos se borren también se borrará todo lo que vio, sintió, padeció; teme por el futuro y teme que el asco nos invada, nos corroa, nos aniquile. Son tiempos de transición, de ideas rotas y de ideas que surgen, son tiempos de incertidumbre, como los actuales, como todos, y yo pienso que menos mal que nos quedan novelas como ésta, páginas que no dejarán que el olvido lo mancille todo con su manos llenas de borrones y creadoras de ausencias.


Recomendación: El pueblo de mi hermano

Manuel Vázquez Montalbán: La soledad del manager (2). Política y gastronomía en Barcelona


Hay política en las novelas de Carvalho. Es un ingrediente necesario, imprescindible, porque la visión de la sociedad que se nos plantea incluye a los que están en el poder, a los que se cobijan a su sombra, a los que padecen los excesos de los arriba, a los que viven sin pensar en los que tienen en el poder, o sea, a todos los que estamos en este mundo nuestro de aquí y de ahora, y Montalbán medita a la par que presenta las acciones y a los personajes, nos hace meditar con él, viajar intensamente hacia atrás para comprender los porqués del presente de la narración. No hay elecciones casuales, sino causales en estas novelas del ciclo Carvalho, concebidas como una crónica de un tiempo y un país.
En "La soledad del manager" utiliza Montalbán la más pura de las arquitecturas de la novela negra: dos espacios, uno que registra los sucesos de la actualidad y otro que, mediante flashbacks, enriquece la composición de los personajes y los dota de una profundidad admirable. Ha aparecido muerto el manager de una multinacional. Carvalho lo conoció brevemente, en un pasado contradictorio y algo secreto. Mientras investiga, por encargo de la viuda, quién es el asesino va recordando momentos compartidos con el muerto y afloran recuerdos de un tiempo en que España no había libertad, sino un régimen dictatorial, un franquismo que creaba marginados, torturados, mártires y callados héroes resistentes. Entre los que se oponían al franquismo estaba el propio Carvalho, un detective privado que estudió en la universidad y fue comunista, padeció prisión y todos los rigores que se le aplican al vencido. Estamos a finales de los setenta, con una democracia recién parida, muchos restos franquistas con ojos y boca pululando y amargando(se), con muchos jóvenes que van a subir al poder y se disputan la entrada al mismo. Carvalho habla, come y acepta citas en restaurantes que definen la manera de estar ante la comida de algunos personajes, bebe y fuma y con preguntas se acerca a las verdades, toma nota de las incongruencias y de las falsedades y, llevado por Vázquez Montalbán, registra con su mirada y señala con sus pasos caminos, travesías, entradas y salidas de una mágica Barcelona vista a ras de suelo que deviene entrañable y cercana, viva, inolvidable.


Texto recomendado: El sombrero de Wilder y la pipa de Chandler, de Francisco Machuca

Manuel Vázquez Montalbán: La soledad del manager


Vázquez Montalbán nunca dejó de ser un poeta. Los que le queríamos bien le reprochábamos en silencio que escribiera tanto, que no se concentrara en hacer la obra maestra que esperábamos de él. Sabíamos que escribía mucho porque no hacía otra cosa, porque detestaba ser un gandul, porque tenía muchas cosas pendientes por decir y por plasmar. Volver a Vázquez Montalbán es volver a los veinte, a los veinticinco años de nuestras vidas ya algo bataquedas y puntuadas de decepciones y muertes, incluida la del propio Vázquez Montalbán.

"La soledad del manager" fue la primera novela del ciclo Carvalho que leí. Buscaba entonces la sorpresa, la constatación de que era posible escribir en España buena novela negra. Ahora mis lecturas son más pacientes, más reflexivas, aunque no desdeño la sorpresa. Y la encuentro pronto, en las primeras páginas, donde Vázquez Montalbán deja correr su imaginación de poeta, de hombre atento al detalle caracterizador y sentimental. Porque el gran escritor barcelonés fue siempre, y ante todo, un sentimental, una persona llena de memoria viva, de padres y madres recordados y celebrados, de calles con infancias truncadas, de rincones por los que el tiempo ha pasado para ennoblecerlos. El estilo -que se estropearía, acaso por el exceso de páginas, por el cansancio que le producía la escritura de más obras carvalhianas -se muestra seductor y singular ya en los primeros trechos, la narración es ágil, la mirada profunda, y la novela negra celebra tener a un autor de tanta calidad detrás, que en 1977 usa la primera y la tercera persona en el mismo párrafo, que alterna diálogo y recuerdos sin romper las líneas, sin saltos extraños que despisten, asumiendo que Faulkner, Virginia Woolf, Joyce son una herencia y una proposición de enseñanzas que ningún escritor ha de desdeñar. Cómo empezó a disfrutar la novela negra española con Vázquez Montalbán, qué feliz fue, y con ella todos sus lectores.


Texto recomendado: Des del terrat, de Júlia

Rosa Ribas: Entre dos aguas



No es una recién llegada. Rosa Ribas ya publicó antes una interesante novela, "El pintor de Flandes", en la que se veía que se trata de una escritora de raza, con una prosa muy apta para la narrativa, para el flujo de las historias que nos cuenta. Además, su capacidad para crear personajes es alta, su psicologismo es bueno, sus narradores saben crear interés y sus personajes resultan cercanos y creíbles. En las primeras páginas de "Entre dos aguas" hay un muerto y un asesinato. Rosa Ribas va directamente al grano: entra de esta forma en la literatura policial sin rodeos, como el cultivador que tiene la ropa adecuada y la disposición óptima, sin llamar a engaño, vamos. En estos tiempos en que no se sabe, en muchas ocasiones, por qué apuesta el escritor, Ribas lo tiene claro: por el género. Y le pone un toque de humor y de crítica muy acertado: se inicia la novela con la resolución de un caso en que está metida la comisaria Cornelia Weber-Tejedor, su nuevo personaje, en su primera aparición en las librerías: la muerte a manos de su esposa de un tipo que, víctima de la teletienda, ha comprado a espaldas de ella un montón de cachivaches destinados a su disfrute en la próxima vejez. Rosa Ribas, ya digo, no es una recién llegada. Hay ciertos apresuramientos en su escritura que son fáciles de corregir, deudores de una creación demasiado sujeta al oído de su autora, que no es infalible, pero alguna repetición en la misma frase y alguna cacofonía evitables no desmerecen las bondades del relato, que se lee con avidez y con un disfrute al que es difícil resistirse.

Adiós, pequeña, adiós, de Ben Affleck


El buen cine negro nos emplaza siempre para que tomemos decisiones morales, para que comparemos las nuestras con las ajenas, para que caminemos por un territorio moral del que no puede escaparse ni hacer como que no existe. "Adiós, pequeña, adiós" es una gran película porque pone al espectador ante sí mismo, frente a los otros y en espacios por los que pueden transitar, ya sea personal o mentalmente, los que están sentados en sus butacas. Y lo es también porque cuenta con una gran interpretación de Casey Affleck, las brillantes y habituales de los veteranos Ed Harris y Morgan Freeman, y un guión y una historia que no pueden dejar indiferente a ningún espectador. Y con una realización sin duda sobresaliente.
Una niña desaparece. Trabaja la policía para encontrarla y además la familia contrata a dos detectives privados que conocen bien el barrio y a los que lo habitan, que no son mero fondo, sino parte fundamental de la trama, pues esta película habla de un lugar concreto y de unas gentes concretas, de una clase social muy determinada. No están de más los detectives privados, no están pasados de moda. Bien creados y bien interpretados -Casey Affleck compone al detective privado más creíble que he visto en los últimos años-, siguen representando al ciudadano mitad oficial y mitad particular que sólo tiene que rendirse cuentas a sí mismo - a su conciencia - y pueden llegar en los casos -en la búsqueda de la verdad última y decisiva- hasta el final. Y con estos detectives privados van cayendo las mentiras, va apareciendo la triste realidad que es una bofetada social y moral en la cara del espectador.
La estructura me parece sencillamente perfecta: una primera parte dedicada a la acción, a la investigación, al cierre en falso del caso. Hasta aquí llegan, aquí se quedan las intenciones de la mayor parte de los guionistas actuales. Pero la segunda parte es la que hace grande a esta película, la que la vuelve inolvidable porque, mientras caen los velos, el director y los actores nos entregan pedazos de verdad que están en la pantalla y que salen de ella, que nos tocan y nos conmueven. Con un ritmo que no acepta la alteración y rehúye el espasmo, a la manera clásica, sin golpes de efecto idiotas, avanzamos hacia la resolución del caso y tras los momentos álgidos de la historia, que a ningún personaje deja como al principio - gran acierto que subraya la intención plenamente moral de la película, entendido esto en ningún caso como moralina, sino todo lo contrario, ya que la capacidad crítica no escasea ni se nos hurta: moral, crítica y profunda, certeramente humano es este filme que no se nos olvidará fácilmente -, desmbocamos en una conclusión que admite muchas opiniones, muchos comentarios encontrados, y de eso se trata: de no pontificar, de no endilgar ningún panfleto, sino de ponernos ante los problemas de padres e hijos de nuestro mundo actual, ante la consecución de las lealtades y el enfrentamiento de las decepciones y de los desencuentros. Y es una película de cine negro, amigos, y está basada en una novela negra de Dennis Lehane -"Desapareció una noche", editada por RBA-. Nuestro género, tan vivo.

Raymond Chandler: El largo adiós ( y 5). Crítica


Esta novela es una lección inolvidable sobre cómo se maneja el tempo narrativo. La da un autor de novela negra, pero creo que eso es lo de menos. Tenemos crímenes, asesinatos, investigaciones, presuntos culpables, revólveres, navajas, un detective privado, policías. Tenemos una historia que te agarra un pellizco en el estómago más de una vez durante la lectura. Pero ante todo hay en esta obra maestra de la novela negra, y de la Literatura con todas las mayúsculas que querías poner, una sabiduría que sólo poseen los más grandes narradores, dueños de un talento y una economía de medios que se ganan toda nuestra admiración y siembran a su paso el lugar de seguidores y devotos. Cómo Chandler deja que pase el tiempo, que lo ocurrido en la escena anterior se asiente en la memoria del que está leyendo, cómo consigue que los hechos más relevantes se alcen con fuerza, adquieran la categoría de hitos en el camino, me parece sencillamente magistral. Porque en esta novela no hay escenas de acción continuadas, desvelamientos a cada paso, sino personajes que hablan y se muestran, que dicen y callan, que evolucionan ante nuestros ojos maravillosamente.
Chandler critica al dinero, critica a una sociedad enferma que no ve o no quiere ver sus lacras, las llagas y el dolor que precisan de muchas capas de maquillaje para disimularlas. Los policías, soporte del sistema, reciben sus andanadas continuamente, aunque no todos: también hay uno, al menos, al que puede tildarse de rojo, descreído y crítico. Con una capacidad de síntesis prodigiosa, el autor estadounidense nos cuenta cómo es la ciudad de Los Ángeles, nos habla de las divisiones sociales, de las diferencias insalvables a causa del poder, tan mal repartido, tan cruelmente retenido por unos pocos.
Philip Marlowe es un ojo que ve, un ojo que sigue pistas, un ojo que mira porque necesita mirar y explicarse lo que está viendo. Nosotros le seguimos, le leemos y nos acercamos al lugar de los hechos, somos espectadores, sentimos las sacudidas del alma de Marlowe, la frialdad del que oculta el crimen, la desconfianza de los que no creen más que en sí mismos. Porque intuimos que en una sociedad como la que se nos muestra no puede existir la verdadera amistad, tampoco la sinceridad, nunca la lealtad. Y el romántico, sentimental detective privado Philip Marlowe anota cómo se queda solo, cómo ha de actuar solo, cómo estamos todos solos hagamos lo que hagamos y estemos con quienes estemos. Su humor alivia, ayuda a cicatrizar repentinas heridas pequeñas, ocasionadas en el devenir cotidiano, pero la amargura de fondo, la sensación insalvable de que nada puede ya cambiar nos pone un nudo en la garganta: hemos perdido tanto tiempo, hemos dado tantos pasos equivocados que cuesta mucho que pensar en volver atrás, desandar los malos pasos, volver a ese punto en que se podía ser romántico y sentimental y no parecer idiota, no ser objeto de la burla, el desprecio, el ninguneo. Philip Marlowe, detective, conecta con tantos lectores porque es un tipo como tú y como yo, sólo que vive en Los Ángeles y desempeña un oficio algo arriesgado y oscuro para sobrevivir.
También se habla del amor en la novela, no puedo pasarlo por alto. De amor equivocado, de amor huido, de amor soñado y volatilizado, de amor sin consecuencias, de amor demasiado punzante. En un mundo en el que no se cree en el de al lado, Chandler acierta al contarnos una historia de amor, porque el amor nos parece la única salida, la única manera de comunión con el otro, la única justificación para no ahorcarnos o vagar sin destino por las calles. El amor mantiene la coherencia de muchas mentes. Y también puede alterarla, destruirla. Nos atraen las historias llenas de pasión porque necesitamos algo desenfrenado, algo total. Chandler, profundo analista, nos obsequia con una historia de amor perfectamente contextualizada, transparente y oscura a la vez, obsesiva y final.
Y se habla, por supuesto, de la amistad. Sobre todo se habla de la amistad entre dos hombres, en un período difícil, pocos años después de la segunda guerra mundial, y de cómo la amistad ha de incluir algo más que la brevedad, el compañerismo, la amabilidad, el trato agradable. Se habla de que la amistad verdadera incluye unas normas y unos comportamientos que no han de ser únicamente personales, egoístas, que sólo sirvan para darse según es uno y nada más. Se habla de la amistad como de un lazo que no escapa a la influencia social, que puede capear las dudas y que es fruto de algo generoso, empecinado y abrupto en ocasiones y que nos hace salir de nosotros, superar nuestras fronteras y ser uno mismo y ser otro algo mejor de lo que somos cuando sólo somos nosotros mismos.
"El largo adiós" es la más extensa de las novelas de Raymond Chandler, la cima de su carrera y una de las mejores que se escribieron en el siglo pasado, una obra que perdurará. Una novela absolutamente mayor.

Ross Macdonald: La mueca de marfil (2). Intensidad lírica de la mirada

La intensidad lírica de la mirada del detective privado Lew Archer es excepcional, sirve para iluminar cuanto ve y narra, como en las grandes novelas de los mejores novelistas, en las que entramos con la mirada vacía y de las que salimos con la mirada llena, ampliada, más perceptivos y con la agradable sensación de que hemos ganado tiempo, hemos ampliado conocimientos, sabemos más del mundo y de lo que nos rodea, sabemos verlo mejor o con atención mejorada. No deja nunca de sorprenderme que Ross Macdonald sea un escritor de novela negra, que escriba páginas con detectives, asesinatos dentro. Pero, claro, eso deja bien claro su talento, su inigualada originalidad. En La mueca de marfil el nivel de acierto es mayor, las imágenes son de las que deslumbran con las palabras y a la vez calan hondo, dejan poso. El lector se siente como ante un escenario claramente iluminado, con personajes a los que ve moverse y a los que comprende mejor gracias a las pinceladas rápidas que una voz en off va murmurando, complementaria, que no insiste en la apariencia, sino que va hacia adentro, toca el alma del personaje y sale con un extracto, una muestra que nos lo hace creíble, cercano, comprensible. En una primera lectura, superficial, nos parecerá asistir a la proyección de una película, pero si leemos despacio, si nos demoramos releyendo un poco, pausando la lectura para asimilar mejor y degustar cada imagen -visual y textual- notaremos que el viaje es parecido al de ir en un viejo tren que entra y sale de túneles, llega a estaciones conocidas y desconocidas, aminora o acelera cuando conviene y nunca nos cansa ni incomoda. Sí: hay poesía en la novela negra, hay poesía en las novelas de Ross Macdonald.

Mi madre


Cuando tu madre muere en tus brazos el círculo se completa, porque ella te sostuvo en los suyos cuando naciste.


En recuerdo de mi madre, Aurora Rodríguez Castillo, que falleció en Almería el 20 de octubre de 2007.

Relato: Los problemas de España


-La ETA no es el principal problema de España.
-¿Y lo dices tú, que tienes un hermano que fue víctima de un atentado?
-Porque lo veo. Hay jóvenes que no tienen trabajo o que sólo ganan mil euros al mes y apenas pueden pagar la hipoteca y tienen que olvidarse de disfrutar: sólo trabajan, descansan y pagan.
-Viviendas que se pagan hasta en cincuenta años ya, sí.
-Y veo a ancianos, a viejos, que es como prefiero llamarlos y que me llamen, pues también soy un viejo, que con una pensión pequeñita no pueden soñar ya más que con sobrevivir.
-Y no hay arreglo.
-Sí, lo hay: cambiando la mentalidad. ¿Por qué un ejército no genera ingresos y sí tiene que generarlos la seguridad social, cuando la seguridad social somos todos y es tan imprescindible como lo que más? ¿Por qué los alcaldes se suben los sueldos con tanta desvergüenza, cuando sólo son mandatarios nuestros? ¿Por qué los bancos tienen bula para ganar cada vez más (y proclamarlo con toda la desvergüenza del mundo) y a la vez despedir a todos los empleados que les da gana? ¿Quién tiene ese dinero, dónde va a parar? Cuando la bolsa sube o baja me da igual: casi todas las cifras son inventadas, los ricos cada vez ganan más y los pobres cada vez somos más pobres.
-Los bancos son nuestros nuevos amos.
-Claro que sí.
-Son amos porque escapan a todo control. La ley de la selva, pero de otra manera.
-Eso es. Y, lo que te estaba diciendo, Marcos.
-Dime, Ernesto.
-No es la ETA el principal problema de España. Excepto para unos cuantos políticos que tienen las ideas fijas.
-Claro: eso lo dices porque tú no eres del Partido Popular.
-¿Cómo voy a ser del Partido Popular si en ese partido está un ex ministro de Franco? Que yo me acuerdo de que Fraga fue ministro con Franco.
-La gente cambia.
-Yo creo que la gente no cambia. Hace como que cambia, pero no cambia. Y si Fraga ha cambiado, mejor para él. Pero no deja de ser un ex ministro de Franco.
-¿Cómo se solucionan los problemas de los españoles?
-Apagando la radio un mes. Apagando la tele un mes. Saliendo a hablar con los vecinos. Haciendo reuniones y charlas para entendernos y saber qué piensan los más cercanos, los de nuestro rellano, los de nuestra calle. Se ha perdido el interés por lo que le pasa al de la puerta de al lado. ¿Cómo nos va a interesar lo que le pase a uno de Logroño o de Santander?
-La tele es una mal rollo, sobre todo los telediarios: yo, que ya sabes que soy creyente, cada vez que oigo que mencionan a un muerto o un asesinado o una mujer a la que han matado, digo o pienso: Que en paz descanse. Y me paso casi todo el telediario diciéndolo o pensándolo. Más que telediarios, son noticiarios de desastres y matanzas. Crónicas de sucesos.
-¿Como te va a extrañar que la mitad de la gente sea adicta al telediario y la otra mitad adicta a los programas del corazón?
-Adepta, hombre, se dice adepta.
-Pues adepta. Adepta, adeptos.
-Te olvidas del fútbol.
-El fútbol no me lo toques, cagontó. Que si me quitan el fútbol me matan, coño. Soy un jubilado, no tengo cuatro duros, no tengo casi diversiones. Quítame el fútbol y me matas, asesino.
-Vamos para atrás.
-Como los cangrejos.
-¿Y lo del terrorismo?
-Me marcho. Otra vez me duele la jodida pierna. Mañana pegamos la hebra otro rato.
-Di la verdad. Que te vas a ver el partido del Madrid.
-¿Pasa algo?
-Yo no puedo ser de un equipo como el Madrid. Ves los periódicos nacionales, la cantidad de información que dan del Madrid, la poca que dan del Barcelona, y en los titulares siempre es mala, casi siempre, y en cambio siguen a los figuritas del Madrid con una atención que ya sólo les falta preguntarles cada mañana si ha sido duro o blando lo que han soltado en el váter. Si eso es objetividad, si en el deporte hay tantos intereses, qué no habrá en lo demás, en todas las demás noticias. Ay, Dios mío.
-Pues pasamos de comprar el periódico también.
-Volveríamos a la Edad Media, hombre. Sin noticias, sin teles, sin radios.
-Eso es lo que yo quisiera: volver a mi edad media.
-¿Y solucionar los problemas?
-¿De la sociedad española?
-Sí.
-No.
-¿Cómo?
-Que no. Que nadie puede solucionarlos. ¿Trabajando tantas horas al día? ¿Tan agobiados con hipotecas y gastos con las tarjetas de crédito? ¿Con tantos anuncios de compre, compre, compre? Nunca me ha gustado la publicidad. Ahora, todavía menos. En la tele, las películas aguantan el logotipo de la cadena, y eso que son cultura. ¿Te has fijado que en la publicidad quitan el logotipo de la cadena? Es para lo que de verdad funciona la tele: para ahogarnos en anuncios. Desengañémonos: ha vencido la nueva ideología.
-¿Cuál?
-La ideología del consumismo.
-Ah.
-Bueno. Mañana dejo de ver telediarios y todo eso. Ahorraré luz.
-Inconsecuente. Te vas a ver el partido de fútbol.
-De algo que no sean deudas hay que morirse, amigo.
-De un infarto si tu equipo pierde.
-Apúntame dos y no seas cenizo.
-Hasta mañana.
-Hasta mañana.


(Foto: Gabriel Cualladó)


La extraña que hay en ti, de Neil Jordan (Los ojos de Jodie Foster)


Se habla en esta película de cómo el ser humano actual supera el dolor infligiendo dolor y prefiere efectuar una huida hacia adelante antes que pararse a meditar y a soportar el dolor de la pérdida. Creo que equivocadamente se la ha comparado con las películas de argumento concomitante protagonizadas por Charles Bronson, hace ya muchos años, en que se arrogaba el papel de justiciero y limpiador de basura de las calles. Porque yo no veo en el papel que interpreta Jodie Foster a una justiciera, sino a una persona desnortada, herida, que decide morir matando. De hecho, tras asesinar, se pregunta: "¿Por qué no me tiembla el pulso? ¿Por qué nadie me detiene?" Y en esa llamada al orden que está por encima de todos, en esa llamada de rescate que ella espera que se corporice en un agente de la ley, en un policía, se halla la clave del argumento, pues vemos con sorpresa que esa mujer ha asumido un papel que otros piden - el de luchadora contra los malos- pero que ella no quiere. Y es en el final algo esperado de la película cuando se constata lo que apunto, pues a la vengadora no le queda más remedio que seguir las directrices del agente de la ley y continuar con su papel aunque no lo desea, aunque la empuja a la muerte su deseo de matar. La película puede prestarse a esta lectura. Espero que no la rechacéis de plano. En toda historia de violencia siempre hay ambigüedad. Y más cuando el producto viene de Hollywood. Pero creo que hay que darle a esta película la oportunidad de verla desde otro punto de vista. Quizá los ojos de Jodie Foster, su destacadísima actuación lo requieran.

Raymond Chandler: El largo adiós (4). Ganar cien millones de dólares


Hay un diálogo en la novela que no me resisto a traer aquí. Habla Marlowe con su amigo Bernie Ohls, veterano polícía.


- No hay ninguna manera transparente de ganar cien millones de dólares -dijo Ohls-. Quizá la persona que manda cree que tiene las manos limpias, pero en algún sitio de tejas abajo hay gente a la que se pone contra la pared, hay pequeños negocios que funcionan bien pero les cortan la hierba bajo los pies y tienen que dejarlo y vender por cuatro perras, hay personas decentes que se quedan sin empleo, hay valores en la bolsa que se amañan, hay apoderados que se compran como si fueran un gramo de oro viejo, y hay personas más influyentes y grandes bufetes de abogados que cobran honorarios de cien mil dólares por conseguir que se rechace una ley que quería el ciudadano medio pero no los ricos, en razón de que reduciría sus ingresos. El gran capital es el gran poder y el gran poder acaba usándose mal. Es el sistema. Tal vez sea el mejor que podemos tener, pero de todos modos sigue sin ser mi sueño dorado.
- Hablas como un rojo- dije, sólo para pincharle.
- No sabría qué decir -dijo con desdén-. No me han investigado todavía.


Ésta es la esencia de la novela negra, amigos. Ojos abiertos, denunciar lo que funciona mal, atreverse -la novela se publicó en 1953 -, analizar, ir al meollo de los asuntos.


Nota: Es la segunda vez que leo la novela. La traducción de José Luis López Muñoz es muy destacable, un gran trabajo, digno de su gran nombre y mejor hacer.

Raymond Chandler: El largo adiós (3). Charlando con un multimillonario


Releer a Raymond Chandler es recordar la enorme influencia que su literatura ha tenido y tiene en la obra de otros muchos escritores, de muchísimos guionistas de cine y televisión, en autores de cómics. "El largo adiós" es la mejor novela de Chandler y una de las más importantes del siglo pasado -dentro y fuera del género negro - porque cada detalle está cuidado, porque en ella hay un análisis de la sociedad capitalista que sigue siendo absolutamente útil, porque los personajes nos parecen reales y míticos a la vez (¿de cuántas narraciones podemos decir lo mismo?), porque la sencillez en la escritura y la exactitud de la prosa, que puede parecer al principio escueta y algo cortante, reflejan a la perfección el alma y el pensamiento del hombre que narra, ese detective privado llamado Marlowe que sabe contenerse, que dice pero calla mucho, que mira y actúa con precisión y se esfuerza por no ser demasiado sentimental en un mundo en el que la sentimentalidad se valora como debilidad y flaqueza. Cuando Marlowe charla con un multimillonario que le está leyendo la cartilla, que le amonesta sin alzar la voz y le advierte con exquisito cuidado de no proferir una sola frase amenazadora, vemos que la influencia en las poses, en el discurso, en la disposición de los antagonistas es un modelo que han seguido muchísimos imitadores y alumnos del gran maestro estadounidense después hasta llegar a este momento, año 2007, en el que hay muy pocos narradores puros, innovadores en la narrativa negra, que optan por copiar o por añadir humor y se quedan en el plano sustrato del homenaje evocador pero baldío. Chandler es, aunque suene exagerado, toda una fuente, una corriente él solo, un camino increíblemente ancho y frondoso del que aún no han parado de beber y alimentarse tantos, tantos escritores...

Raymond Chandler: El largo adiós (2). Como en una canción de Pink Floyd


Raymond Chandler era más, mucho más que un escritor de novela negra. Y "El largo adiós" es más, mucho más que una novela negra. Ya he hablado de Marlowe, de la emoción que se instala en el lector siguiendo la historia de Terry Lennox. Después, Marlowe encuentra a un escritor en crisis que guarda un secreto y empuña una botella como su mejor arma destructiva. Está casado con un ángel, una mujer de belleza hipnótica a la que todos se acercan para conseguirla, aunque sólo sea por un rato. Pero el escritor, Roger Wade, le advierte a Marlowe que no malgaste sus energías: sólo podrá hallar al lado de ella el vacío, pues en el vacío vive, nostálgica y algo ida de la realidad, añorando al único hombre al que quiso, que murió durante la segunda guerra mundial y cuyo cuerpo nunca fue hallado, lo que la lleva a tener leves desvaríos que la hacen presentir al muerto -que en su imaginación no está muerto - "cuando voy a un bar tranquilo o estoy en el vestíbulo de un buen hotel a una hora sin movimiento, o en la cubierta de un transatlántico a primera hora de la mañana o ya de noche". Y es que esta novela, para ser bien leída, creo que precisa de un lector que no tema exponer su sensibilidad, que no busque el lugar común, que desee conocer las historias de algunos personajes que le emocionarán, le cogerán de la mano y le harán sentir la soledad, el desengaño, la incomunicación, pero también un hondo deseo de comunicarse, de no estar solo, de confiar en todo el mundo. Chandler escribe en "El largo adiós" sobre lo que no es y pudo haber sido y se quedó muy cerca de serlo: pleno, claro, digno de ser vivido. Como en una canción de Pink Floyd, "Comfortably numb", Chandler nos habla de algo que entrevimos, que sólo captamos en un reojo, que estaba completamente vivo y a nuestro alcance, tan cerca de nosotros que al saber que escapa nos deja una intensa sensación de pérdida, de melancolía, porque nuestra vida podría haber cambiado si lo hubiéramos cogido, si nos hubiera tocado o entrado en nosotros: la vida que estuvo a nuestro lado, que vimos por un instante y desapareció, esa vida que no hemos vivido, que pudimos vivir, que las contradicciones, los miedos, la sociedad nos impidieron vestirnos en nuestra piel. "El largo adiós" es un retablo de seres perdidos que se buscan, de seres que agonizan perdidos en sus indecisiones y sus temores, de seres que actúan y jamás se reconocen en su actuación. Es una novela en la que hay un detective privado y muchas almas insatisfechas y encarnadas en personas que incluso cuando hacen el mal dan lástima y mueven a la compasión. Es una novela, de verdad, irrepetible.


Texto recomendado: En el blog de John Constantine, sobre "El largo adiós", que revela aspectos de la novela que no deben pasar desapercibidos.

Raymond Chandler: El largo adiós


No es fácil que una novela negra te emocione, te emocione hondamente. Y no con disparos, con persecuciones, con escenas de tremendismo y osadía, sino hablando de la amistad. La cima de la novela negra es, para muchos lectores y críticos, "El largo adiós". También para mí. Chandler cuenta la historia de un hombre que ayuda a otro un par de veces, cuando se encuentra en mal estado, borracho y en sus horas más bajas. No le importa saber quién es ese borracho, no le interesa su historia: le ayuda porque quiere hacerlo y quizá porque es un sentimental. Ese hombre es Philip Marlowe, detective privado que puede ser duro pero que es muy humano, muy sensible al sufrimiento de los demás, alguien que sabe ponerse en el lugar del otro y que cuando cree en ese otro lo defiende sin importarle lo que cueste: la cárcel, en su caso. Porque el borracho tiene una esposa rica que aparece muerta y para salir del país recurre a su amigo Marlowe, que nada quiere saber y le lleva en su coche y se convierte en encubridor. Chandler dedica unas valientes, documentadas y reveladoras páginas a hablarnos de la cárcel y sus celadores, de los policías que golpean y son bravucones, de la las leyes y su cumplimiento que le arrebatan a uno por su valor literario y también por su valor de compromiso: qué envidia siente uno de que algunos escritores estadounidenses puedan y sepan hablar con tanto acierto de algunas lacras de nuestras sociedades capitalistas y deshumanizadas.
Por supuesto, hay algo de romántico y de hombre de otro tiempo en la actitud de Marlowe cuando acepta ir a la cárcel y se calla para no perjudicar a un tipo al que nada le debe, con el que ha compartido unos cuantos tragos y algunas conversaciones en las que no han faltado las descalificaciones personales. Un tipo que no le cae del todo bien, porque ha vuelto a casarse con una rica, hija de multimillonario, que lo utiliza como pantalla ante su padre y no se priva de recibir a cuantos amantes le apetece llevarse a la cama. Un tipo que, intuye desde el primer día, sólo puede traerle problemas. Pero en la actitud de Marlowe late una confianza en el género humano, pese a todo, y una afirmación que no podemos pasar por alto: todo hombre se merece una segunda oportunidad. Y que Marlowe sea capaz de ver los errores del otro, sepa tolerarlos es otra lección. El existencialismo también es esto. Marlowe es amigo de un tipo con las dudas y las contradicciones y los errores a flor de piel. Pero esos fallos no le hacen menos amigo de Marlowe, no hacen que Marlowe le valore menos, ni que rehúse ayudarle en un momento muy decisivo. Cuando se entera, aún detenido y ante un agente de la fiscalía del distrito, de que el tipo que era su amigo, Terry Lennox, ha muerto, tras pegarse un tiro en una habitación de hotel, dice Marlowe: "Salí...y cerré la puerta. La cerré tan silenciosamente como si dentro acabara de morirse alguien". Y el lector se emociona, sigue los pasos y los pensamientos no narrados de Marlowe y lamenta con él la pérdida.

(El largo adiós. Raymond Chandler. Cátedra, colección Letras Universales. Edición de Alfredo Arias)


Lectura recomendada: Un gran texto, dedicado a la novela "La búsqueda del absoluto" , de Honoré de Balzac, en la web Solodelibros

Manuel Valle: Raymond Chandler. Alma, corazón y vida


Hay libros que son un premio, un acicate. Este libro, sin duda, lo es. A estas alturas hemos leído mucho y con gran deleite a Raymond Chandler, le hemos considerado un padre, un hermano mayor, un maestro. Ha influido en nuestra manera de entender el cine negro, de leer novela negra, de contemplar a las mujeres, de ver la ley, a los policías, y hasta nos ha ayudado a valorar mejor la amistad. Pero no todo estaba dicho, menos aún en español. Gracias a Manuel Valle, profesor de la Universidad de Granada, podemos querer más y mejor a Raymond Chandler desde ahora. "Alma, corazón y vida" son las tres palabras elegidas por Valle para definir la obra del gran escritor estadounidense. No es casual, no es una equivocación. En casi trescientas páginas, Valle desgrana la obra y la vida de Chandler y de su máxima creación, el detective privado Philip Marlowe, sin duda el más mítico personaje de la novela negra. Y además le dedica a "El largo adiós", la mejor obra del género para muchos (también para mí), nada menos que 80 páginas. Soberbio trabajo, soberbia indagación y soberbios ejemplos los que elige para mostrar sus tesis Manuel Valle, que ha compuesto un libro de una altura asombrosa, digno del mayor reconocimiento, pues no sólo es un ensayo sino que además se lee también como una novela, tan hábilmente están montados cada capítulo y cada idea. Si este libro se hubiera publicado en los Estados Unidos no dudéis de que ya se habría convertido en manual de referencia del mundo chandleriano. Manuel Valle es un sagaz observador, un detective de la letra y el comportamiento humanos. Escribe muy bien -no es baladí apuntar esto en un tiempo y un lugar en que cada vez hay más descuidos en los textos y nadie se acuerda, por mencionar algo, de cómo se usa un vocativo-, estructura mejor y contagia la admiración y el deseo de leer a Raymond Chandler y novela negra. Un trabajo sobresaliente.



(Manuel Valle: El signo de los cuatro. Raymond Chandler. Alma, corazón y vida. Editorial Comares)