James C. Mitchell: "Lovers Crossing" (y 4). Crítica.

Hay novelas en las que la influencia de la televisión se deja sentir de manera casi palpable. La Factoría de ideas creo que está apostando por las novelas negras más aceptables en los gustos del público y más cercanas a las inquietudes televisivas. “Lovers Crossing” es una buena muestra de lo que afirmo. No se trata de una mala novela, pero no es sin duda una gran novela. Es un entretenimiento. Está bien escrita, mejor documentada, el pulso narrativo es correcto y el enfoque de los temas incluso diferente, personal, pero se percibe una dejadez que atañe a la ambición, al deseo de afrontar los materiales con vigor y con la enjundia en el horizonte.
Brinker es un detective privado que trabajó en la frontera y conoce a la perfección los anhelos de los mexicanos que quieren cruzarla y poner sus pies en el falso paraíso de los Estados Unidos, sabe que las balas vuelan sueltas a veces y que ni siquiera puede uno fiarse siempre de los agentes que patrullan contigo: una vez estuvo a punto de morir y aún no se ha aclarado si el disparo provenía de una pistola fronteriza o de la pistola de un agente, Sánchez, que le acompañaba y tenía gran habilidad para escabullirse en las sombras. Ahora, Brinker se encarga de un caso de asesinato, pero en todo momento el lector sabe que el epílogo le llevará al prólogo de la novela, que lo improbable no será imposible: una muerta rica en una ciudad devolverá a Brinker a la frontera. He aquí el problema: sabemos lo que pasará, imaginamos el final y no acabamos de creernos nada, pese a que la voz narrativa en primera persona de Brinker está bien construida y nos resulta simpática.
Creo que es un error atarlo todo, ofrecerle al lector siete cosas y luego moverse en torno a ellas, hilvanarlas y deshilvanarlas, como si se tratara de una pieza musical y la redujéramos a unas variaciones. En un guión cinematográfico sería aceptable, porque se cuenta con poco espacio temporal y cada detalle ha de responder a una lógica. Pero una película está más cerca de ser como un cuento que de parecerse a una novela. Si un autor escribe doscientas páginas no debe de quedarle la sensación al lector de que ha salido airoso de la prueba, de que los personajes y la trama están bien mostrados, porque sólo eso nos deja papel muerto en las manos. Que las explicaciones vengan de la boca del asesino justo cuando va a matar al detective es ya un tópico insoportable. Que no lo mate cuando lo tiene todo a favor, simplemente una treta. Valoro en su justa medida que James C. Mitchell se enfrente a temas interesantes y no nos dé una visión manida y absolutamente correcta. Que una hija del mejor amigo de Brinker sea adoptada – ilegal o irregularmente -, que la mujer a la que quiere le deje, que no se ofrezca sólo la cara conocida y se profundice un poco no es suficiente y no me convence y no me aparta del convencimiento de que para que una novela nos sacuda, nos emocione, el autor no necesita sólo sinceridad ni talento, sino deseos de dar un paso más, de pisar las fronteras de sus ideas y sus razonamientos, de sus convicciones y sus miedos.
Recomendación: El blog de Alicia Liddell, su texto "¿Ciudadanos?"
Meditación: Mañana, primera huelga de 24 horas en la Atención Primaria. Reclaman más tiempo, entre otras cosas, para atender a los pacientes: http://www.elmedicointeractivo.com/noticias_ext.php?idreg=13050)
Un relato con calidad y acertadísima concisión: "Una discusión", de Miguel Sanfeliu