Lawrence Block: Ocho millones de maneras de morir


Es una de las mejores novelas negras que se han publicado, ganó el reconocido premio Edgar hace más de veinte años y no es por casualidad. Narrada por un ex policía que trata de vencer su alcoholismo - tema del que se ha abusado luego - y que es a la vez un héroe y un antihéroe, como pedimos los lectores habituales del género, se trata de una novela singular, que no rehúye los momentos muertos ni las repeticiones, que son como un estribillo que va calando cada vez más hondo en el ánimo del lector, que refleja a la perfección a ciertos neoyorkinos y cierta época en que la violencia y la desolación van cubriendo con capas cada vez más opacas a la más conocida ciudad del mundo.
Pero vayamos por partes. Digo que el narrador es un héroe y un antihéroe a la vez. Nadie puede creerse a un protagonista de novela negra, con revólver y metiéndose en lugares y situaciones difíciles, si no es alguien valiente, terco, noble pese a todo lo que haga o le ocurra. O sea, un héroe. Pero Block completa a su personaje caracterizándolo como a un ser vencido por la bebida, la soledad, la desesperanza, la violencia que le acosa y que puede ver a diario en los periódicos y en las calles y que no evita mirar, porque se siente concernido. Una violencia que genera más violencia y que le lleva a apalizar a un chico negro cuando éste intenta atracarle pero que le paraliza en otro momento, cuando un coche aparece en la calle y se dirige amenazador a su encuentro, hasta el punto de impedirle disparar con el revólver que ya tiene en la mano -Podrían haberme matado, y yo me habría quedado mirando cómo lo hacían, piensa con estupor y con un cierto alivio, pues pese a todo no ha apretado el gatillo del arma-. Block nos da al personaje completo, vivo, creíble, con cara y cruz, débil y cruel, unas veces temeroso y otras atrevido: como somos en realidad casi todas las personas, llenas de contradicciones. Pocas veces la novela negra ha llegado tan lejos mostrando a un personaje protagonista de una serie de novelas. Pocas veces hemos podido seguirlo con tanto interés y pocas veces se ha conseguido que movamos la cabeza, asintiendo, comprendiendo, asumiendo sus actos.
Block no corre, no mete escenas de violencia para gusto del lector enamorado de los tiros (incluso nos hurta la más importante, en la que hay cuatro disparos, en este libro, lo que es toda una declaración de intenciones), no nos priva de la cotidianidad del personaje. Su estrategia es la del escritor asumidamente realista, que suma elementos visibles y reconocibles, que lleva a su personaje a muchas reuniones de alcohólicos anónimos, a muchos bares, a muchos lugares donde se dialoga profusamente. Va así paulatinamente creando en el lector algo de lo que pueden presumir pocos autores: un estado de ánimo. Aunque te levantes y te vayas a comer, aunque dejes la lectura de la novela para el siguiente día, Block vuelve a captarte pronto, instala de nuevo en ti el estado de ánimo que ha planeado para que identifique a este libro, a este narrador y esta historia. No me parece un logro pequeño. En ocasiones abandonamos algunos libros porque los dejamos por un tiempo y luego no conseguimos entrar de nuevo en ellos. Block te coge de la mano rápidamente, te pone al día, te sitúa donde él quiere y sigues siendo su cómplice sin ningún esfuerzo. Es una capacidad, un instinto, una suerte de sinceridad o de magia al alcance de muy pocos, insisto, de escritores de raza, de maestros de este arte de la palabra.
Las repeticiones que son como un estribillo, decía más arriba, establecen el clima moral de la obra: las noticias llenas de muertos y de seres rebosantes de furia y descontrol que aparecen a diario en los periódicos o en historias que le cuentan otras personas al narrador, las letanías de arrepentimiento y dolor de los alcohólicos en rehabilitación de las reuniones a las que asiste el protagonista no son sólo paisaje de fondo, aciertos de caracterización vanos, sino elementos esenciales que retratan una época, a una parte de los habitantes de un lugar, la ciudad, que acoge todo lo que se presenta pero que lo trata de la manera que más oportuna le parece, sin piedad y sin conciencia, como si se tratase de un ser independiente y con demasiada energía dentro como para no estallar de cuando en cuando, cual un volcán. Al lector le queda la tarea de sacar la conclusión de si ese ser que es la ciudad es un ser autónomo y monstruoso o algo más abstracto, producto de la convivencia del hombre con el hombre.
Por supuesto, la novela es entretenida, original y con una trama que engancha. Pero creedme: tan válido es lo que se ve como lo que no se ve en ella, tan útil lo que se dice como lo que se calla, e inolvidables tanto las partes como el todo. "Ocho millones de morir" es una gran novela, que parece escrita por un poeta que mira hacia el lado oscuro con unos ojos heridos y vulnerables, que encierra tanta sensibilidad y tanta sinceridad que cuesta salir de ella y decirle adiós a su narrador, un nuevo amigo, un amigo para siempre.

Nota: Mi reconocimiento a la labor de RBA, que ha empezado a editar unos "Clásicos Novela Negra" en bolsillo que suponen un grandísimo acierto y que espero que sean sólo los primeros de una larga e inolvidable lista. Entre ellos se halla el reseñado y también "La mirada del observador", de Marc Behm, con prólogo del entrañable Paco Camarasa.