Raúl Ariza: La suave piel de la anaconda




  Así define este libro que acaba de ser publicado el escritor Ángel Olgoso:


 Si Elefantiasis fue un libro de anunciación y contundente llegada, La suave piel de la anaconda lo es de refuerzo vibrante e identidad. Raúl Ariza ha conseguido en poco tiempo un estilo propio y reconocible, una temática y hasta una extensión propias. Lo que a muchos escritores les lleva décadas -y algunos quizá nunca conseguiremos- él lo ha logrado en dos años y con dos libros.    
                                                                                                                    
                                                                                                                                                                                                                             

Entrevista con Miguel Sanfeliu





1.- Es el tercer libro que publicas. ¿Qué supone ver publicado un tercer libro?

Poder ir publicando mis libros supone una gran satisfacción, como podrás imaginar. Siento que voy recorriendo el camino, que sigo adelante.

2.- ¿Qué recuerdo / valoración, algo distanciada ya, tienes de Anónimos, el primer libro?

“Anónimos” fue mi primer libro publicado, además con ilustraciones mías, así que le tengo un enorme cariño. Fue el primer paso y no podía haber soñado con una carta de presentación mejor.

3.-¿Y del más reciente, Los pequeños placeres?

Los pequeños placeres creo que delimita más claramente cuál es mi mundo narrativo, mis preocupaciones tanto temáticas como estilísticas.

4.-¿Qué se te quedó en el tintero para insistir con este nuevo libro de relatos?

Escribir, en mi opinión, es una necesidad, una forma de vida. Uno escribe porque no sabe vivir de otra manera. No creo que se escriba para comunicar algo concreto sino para explicarnos a nosotros mismos el mundo en que nos movemos, y me temo que esa es una tarea que no termina nunca.

5.-¿Eres sólo escritor de relatos?

Sólo se puede ser escritor o no serlo, independientemente del género en el que uno se mueva. Es más, el otro día leí un artículo en el que se decía que incluso se podía ser escritor sin haber escrito.

6.-¿Son malos tiempos para la novela? ¿Va más con nuestro tiempo escribir relatos que novelas?

No, en absoluto. Sólo tienes que mirar las listas de bestsellers. No verás libros de relatos en esas listas, desgraciadamente, y muchos merecerían estar ahí, por delante de algunas novelas que parecen cautivar a muchísimos lectores.

7.-¿Por qué ese título, Gente que nunca existió?

El título me lo inspiró una cita de la escritora norteamerica A. M. Homes, una cita que figura al principio del libro y en la que explica que escribir consiste en crear un mundo, crear gente que nunca existió. Y el caso es que esa gente ficticia, esos personajes, pueden tener una influencia decisiva en nosotros mismos, en nuestra forma de actuar, en nuestro carácter, ése es el poder de los personajes literarios.

8.-¿Quiénes te han influido para escribir estos relatos?

Mi lista de escritores de cabecera incluye autores como Tobias Wolff, Raymond Carver, John Fante, Paul Auster, Julian Barnes, Richard Ford, Medardo Fraile, Ignacio Aldecoa, Enrique Vila-Matas, Quim Monzó... Y un largo etcétera.

9.-¿Te molesta el auge del libro electrónico, Miguel?

No me molesta, creo que es algo inevitable. La tecnología va ganando terreno en todos los ámbitos. Otra cosa es que alguien acostumbrado al libro en papel lo sustituya por un libro electrónico. Tal vez como libro de consulta, pero es algo que a mí, por ejemplo, me resultaría muy difícil.

10.-¿Qué es un autor en el siglo XXI, en medio de la crisis que afecta al mundo en general y algunas artes en particular?

Un ciudadano más, intentando sobrevivir, como todos.

Miguel Sanfeliu: Gente que nunca existió

 
 
 
Como dice la escritora A. M. Homes, escribir consiste en crear un mundo, en hablar de gente que nunca existió. Y, sin embargo, es posible que esa gente ficticia sea capaz de darnos la auténtica medida de nuestro valor, de advertirnos sobre lo que somos capaces de hacer, de recordarnos nuestros fantasmas y nuestros temores, de sumergirnos en un mundo, quizá inventado, pero que es reflejo de éste.
Gente que nunca existió es un libro de relatos en el que encontraremos adivinos, torturadores, incluso superhéroes, pero, sobre todo, seres perdidos en su propia existencia, en una realidad que, en ocasiones, cae como una losa que nos aprisiona, de la que anhelamos huir, aunque, llegado el momento, es posible que nos asuste la huida y nos quedemos paralizados ante las posibilidades que esa libertad pueda ofrecer.
En este nuevo libro de relatos, Miguel Sanfeliu nos habla de sus propias obsesiones y de los temas que le preocupan: la culpa, las oportunidades perdidas, la banalidad que nos rodea y un concepto de realidad que escapa a nuestro control.

Camilo José Cela: La familia de Pascual Duarte




La mejor literatura está hecha con tinta invisible. La mejor literatura está hecha de sugerencias, de actos inacabados, de espacios en blanco. Por ejemplo, la muerte de la perrilla perdiguera de Pascual Duarte. En dos páginas se nos cuentan tantas cosas que parece que ni con la relectura podamos llegar a poder tocar algo más que la superficie de lo dicho. Se nos habla de la relación del hombre con los animales, de la incomunicación, de la maldad inesperada, del dolor de ser y no saber para qué estamos siendo. La magistral concisión de Cela, las imágenes en palabras y la prosa de una musicalidad y una calidad creativa tan alta nos llevan a pensar que no se trata de ficción sino de verdad narrada y se nos encoge el ánimo; nos abruman la maestría y la limpidez y el horror de cuanto se apunta y se deja en suspenso.
Hay tantas novelas negras atestadas de descripciones angustiosas, de situaciones de suspense crudo y a la postre vano, de violencia enfermiza; hay tan pocas en las que encontremos ideas quebradas y bien expuestas, con caminos que se cortan pero siguen existiendo en la mente del lector; hay tan pocas novelas negras escritas en la actualidad que no estén abonadas al más por más y al sumar por sumar que uno no puede resistirse a traer aquí el recuerdo de estas dos páginas de Cela que deberían estar en todas las escuelas secretas de escritores de novela negra.

La última noche, de Spike Lee


Creo que una posible renovación del género negro debería ir por caminos como el que transita esta película de Spike Lee, que no puede adscribirse al género negro pero sí tiene muchos elementos del mismo. Agotada la vía de la investigación, porque la sorpresa final ya es algo manido y demasiado cansino, un juego inocuo, lo mejor sería centrarse en algunos aspectos de la novela negra y el cine negro que permitan ahondar en los sentimientos de las personas, la fractura social, la inevitabilidad de la violencia en según qué lugares y entre determinadas gentes. La última noche se centra en contarnos las últimas horas en libertad de un camello que al que alguien ha delatado y debe ingresar en prisión para cumplir una condena de siete años. Se nos presenta a la perfección el pánico a ingresar en los centros penitenciarios, donde las violaciones y la violencia campan al parecer a sus anchas, denuncia de una situación que no por sabida encuentra jamás remedios satisfactorios: el hombre fuera es un hombre y quizá un animal, dentro de la cárcel no es más que un animal. La angustia del personaje protagonista nos llega y nos hace compadecerle: ¿de verdad se merece tal castigo? 
Con una banda sonora ajustada y de gran vigor, compuesta por un jazzmen muy conocido, Terence Blanchard, se incide en la parte sentimental y se subrayan las emociones de los personajes con mucha calidez y cercanía. Es un trabajo soberbio, de los mejores de los últimos años, con sonidos propios y nada superficiales, deudor a ratos del gran sinfonismo y del melodismo del maestro JohnWilliams. Por otro lado, la interpretación de Edward Norton es de las que no desaparecen nunca de la memoria del buen aficionado, por su gestualidad contenida, su presencia imantadora -a lo Pacino, pero sin los tics de este-, su swing, si puede aceptarse esta palabra al hablar de un actor ante las cámaras.
La apuesta de renovación del género se completa y se engrandece en una escena, cerca del final, cuando al protagonista le rompen la cara. Que el filme desemboque en este punto es algo enteramente plausible, por la presencia de los personajes y por los actos de cada uno. Cierra muy bien -junto al develamiento de la identidad del delator- una historia que muestra la vigencia del género negro y los nuevos caminos por los que puede caminar seguro y victorioso.

Ross Macdonald: La Wicherly


Novelas como La Wycherly prueban que Ross Macdonald es el mejor escritor que ha tenido el género negro. El libro lo publicó Alfa hace casi 30 años y no ha sido reeditado. Espero que RBA, la editorial que está trayendo de nuevo al público lector los libros del gran maestro de la novela negra, lo remedie. Si comparásemos esta novela con el grueso de lo que se publica hoy en día, con lo más destacado y lo más laureado, tendríamos la impresión de mirar a niños al lado de un hombre: por talla intelectual, moral y literaria. Porque en Ross Macdonald la novela negra es la expresión de los males más hondos del hombre, de sus problemas y sus secretos más profundos e irresolubles, de sus gritos de pánico cuando su esencia humana se halla ante el precipicio de los sentimientos definitivos. Así, matar y amar no se diferencian tanto, pueden confundirse, y basta un segundo de locura -o de irremediable lucidez- para matar o matarse. La novela negra de Ross Macdonald, como digo siempre, es la tragedia griega en el siglo XX y entre ricos, familias destrozadas y padres e hijos que no han sabido comunicarse, entenderse, amarse. A diferencia de casi todo lo que se publica actualmente, la novela negra de Ross Macdonald no es una excusa, no es una moda, no es un producto ni un eco vano de lo hecho en el pasado.
La Wycherly (1961) es un paso adelante en la carrera de Macdonald porque la indagación en el alma humana es más certera y afilada que en anteriores obras, porque contiene un final contracorriente y una confesión en la que hay una semilla shakespeariana innegable y muy bien asumida, no trasplantada por las bravas, sino perfectamente entendida y sembrada, cultivada y crecida en otras manos y en otra mente creadora que no por expresarse dentro de un género rebaja la integridad y la verdad de cuanto dice y propone. Macdonald escribe novela negra porque en este tipo de obra la violencia no resulta extraña, se puede hablar de asesinatos y de conductas inconfesables con la voz apropiada, nada religiosa ni sermoneadora ni lánguida ni catastrófica ni sensacionalista: desde el umbral de las cosas. Y su corpus novelístico, insisto, es el mejor que se nos ha ofrecido, ya que Chandler nos legó la novela más grande del género -El largo adiós-, pero también otras más flojas y sin atisbos de genialidad; ya que Hammett se marcó unos límites demasiado precisos y su behaviorismo lo perjudicó.  De los tres grandes, Macdonald es el que más insistió, el que más fe mantuvo, el que más lejos llegó. 
Hay en La Wicherly, por supuesto, aún rasgos del primer Macdonald y de lo pulp, como golpes con los que se desmaya al detective u oídos al otro lado de puertas para captar conversaciones decisivas, pero lo que distingue al mejor Macdonald no falta y brilla con mucha fuerza: la convicción de Lew Archer de que cuando te ha tocado una historia has de seguir hasta el final, caiga quien caiga -eso tan antiguo que se llamaba honestidad, deseo de saber la verdad, participar de ella-, la sensibilidad finísima del narrador que, mediante agudas y nítidas comparaciones, va cargando el texto de valor y de lirismo, a la vez que de sentimientos nada impostados, firmes y con raíces; la soberbia capacidad fitgeraldiana y hemingwayana del autor para diálogos de gran altura -el que mantienen casi al final de la novela dos amantes en la cama ya lo quisieran para sí muchos guionistas y muchos otros novelistas- y la concepción de personajes poderosos con pies débiles, vistos de frente y limpiamente; la apuesta decidida por la crítica y el cuestionamiento de valores en un momento en que la sociedad estadounidense pujaba por estar en los más alto del mundo, exportando valores y creencias -escribe Macdonald: La seguridad. El gran sustituto norteamericano del amor-; la convicción absoluta de que la novela es el mejor vehículo para exponer las contradicciones del ser humano, sus miedos y sus frustraciones -de un paciente con una enfermedad coronaria se dice en el libro: Se tocó el pecho delicadamente, como si encerrara a un animal enfermo que podía morderle-: como catarsis, como método de comprensión y asunción.   

Epitafios


Esta serie argentina, ofrecida en España por Canal +, tiene como protagonistas principales a un policía, un asesino en serie y una psicóloga. Tras un planteamiento sin demasiada originalidad, nos metemos de lleno en asesinatos, investigaciones, carreras, momentos de emoción con un ojo abierto y otro cerrado, pero después los abrimos ambos porque la interpretación de los actores es, como mínimo, notable y la realización más propia de una película que de una serie para televisión, con una fotografía muy destacable, una música perfectamente encajada y de gran intensidad y una evolución de la historia que, gracias al buen uso de la emoción hitchcokiana y al suspense nunca estirado hasta lo inverosímil, nos atrapa y no nos obliga a anticiparnos a la trama y sentir que estamos ante un déja vu ni a aburrirnos contemplando las mismas imágenes impactantes y las mismas frustraciones y devaneos con las conocidas fórmulas adrenalínicas. Julio Chávez, una vez más, borda su papel y Antonio Birabent compone muy acertadamente el papel de un asesino que a ratos parece amable y próximo y a ratos simplemente deseas ver atrapado y reducido. También las intervenciones de Paola Krum y, sobre todo, Cecilia Roth son de gran altura. El capítulo en que el asesino atranca la puerta de un edificio y se dedica a matar a los habitantes del mismo es quizá el más impactante y también el mejor.

Rafael Narbona y la novela negra

En El Cultural de este pasado viernes, 11 de noviembre, a propósito de una novela de Petros Márkaris, muy bien valorada por el crítico Rafael Narbona (Con el agua al cuello, título con claras connotaciones macdonaldianas), meditaba con mucho acierto el colaborador de esta estimable revista gratuita en torno al género negro. He aquí dos frases pocas veces mejor dichas: 

La novela policiaca plantea un misterio y promete un desenlace sorprendente. La novela negra mantiene la expectación, pero el misterio se mezcla con el estudio psicológico, el retrato social y los dilemas morales. 

Nuevas reseñas de Almería 66

Elèna Casero, bloguera y escritora, en su blog reseña el libro. Podéis leer la reseña aquí.


Herminia Luque, que acaba de publicar una nueva novela, en la revista Calibre .38 ha escrito también sobre Almería 66. Lo tenéis aquí.





Dashiell Hammet: "El agente de la Continental"


Hay en Dashiell Hammett un deseo de verdad que no es muy común. Una voluntad de no mentir, de no añadir a sus historias más que la ficción necesaria, las mentiras o invenciones imprescindibles. De ahí que no haya en este libro complicadas tramas detectivescas ni sorpresas encadenadas ni finales en que se desvela la identidad de un asesino. Hammett nos habla del hampa, de los delincuentes, de sus mentiras y sus maniobras para burlar la ley y a sus representantes. Como el narrador es un detective privado de una agencia, la Continental, el punto de vista está, obviamente, del lado de la defensa de la ley, pero la habilidad de Hammett es tan grande que hay detalles que no se pueden pasar por alto, como que el detective no tiene nombre y, en cambio, los asesinos y ladrones sí, y sabemos mucho de estos y de sus vidas y ese conocimiento nos sirve para pisar los charcos, mancharnos de agua y tierra, ser mientras leemos los delincuentes tanto como el detective que los persigue y busca detenerlos y llevarlos a la horca. Que el mundo de los malos sea más rico y esté contado con más detalles que el mundo de los buenos no indica que a aquéllos se les perdona su conducta ni se rebaje la importancia de sus hechos sangrientos. Pero Hammett ya no habla de malos sin pasado ni razonamientos, ya no habla del hampa para entretenernos y mostrarnos que los delincuentes son unos equivocados a secas, sino que nos está diciendo que esos seres están de ese lado y se defienden porque están de ese lado, acaso porque en la sociedad en la que les ha tocado vivir no hay más posibilidades para ellos que las de la fuga o la muerte.
Siete relatos integran este libro. En uno de ellos, escrito en los años veinte del pasado siglo, La muchacha de los ojos de plata, Hammett juega con unos ingredientes que serán primordiales en muchísimas obras del género: la mujer mala que maneja a los hombres a su antojo, el detective que lucha contra ella pero en algún que otro momento duda si pasarse de su lado y arrojarse en sus ojos, en su belleza, y dejarse vencer por la tentación. También la acción: hay muertes, hay asesinatos, hay persecuciones en coches rápidos, hay tontos enamorados y listos que se hacen ricos a costa de la imbecilidad de los demás. En medio de todo, el detective sin nombre, sin felicidad, sin recompensa que pueda valer de contrapeso a los sufrimientos que padece y los horrores que se ve obligado a contemplar. Y una pregunta, que creo oportuna y que cualquiera podría hacerse: ¿merece la pena leer a Hammet después de todo lo que se ha escrito, sabiendo que apenas nos sorprenderá ya lo que nos espera en las páginas de este libro escrito hace casi un siglo? Después de tantas películas, tantas series de televisión, tantas novelas que han copiado y desdibujado el modelo, ¿vale la pena volver a la fuente original? La respuesta es clara: sin duda, es como volver a mirar con ojos limpios de cansancio, fatiga y sueño una cara que nos espera y nos alumbra sólo con posar en ella nuestra mirada.