"Última noche en Granada", de Francisco Ortiz ( Novela inédita). Capítulo I


Pasaba las noches sentado en una hamaca de playa. Me hormigueaban los dedos cuando permanecía en la misma postura, forzada e incómoda, demasiado tiempo. Reposaba la cabeza en un cojín que separaba mi mejilla de la pared y procuraba dormir una hora. Me levantaba, con las piernas doloridas y los ojos hinchados, me desperezaba, caminaba ante los portales de los edificios en construcción despacio, realizando las rondas y vigilando los materiales de la obra tan sigiloso como un intruso para anticiparme a los movimientos de quienes saltaban la valla metálica. A solas en el cuarto donde guardaba la hamaca, me reía algunas noches mientras recordaba frases aisladas, comentarios que durante el día sonaban cerca de mí. Los ruidos me acechaban y yo los necesitaba, porque sólo con ellos acudían el sueño, la alerta, la posterior monotonía. Escuchaba alguna vez un grito, cercano o alejándose con el rumor de los coches y las motos, y me quedaba quieto, entregados mis sentidos al siguiente ruido que avanzaría hacia donde me encontraba.

Encendía la linterna y seguía el rastro de los ruidos que me inquietaban con pasos lentos y pisando los restos de la obra, algunas piedras, latas vacías, plásticos que habían envuelto bocadillos, bolsas de patatas fritas o pipas. Nunca miraba detrás de mí, reducía la inquietud fijándome en los rincones conocidos primero y apagaba la linterna al entrar en los edificios sin puertas, construcciones casi al aire que permitían la presencia de un merodeador, de gatos, un perro abandonado. Levantaba la cabeza, observaba el edificio y procuraba asentar cada paso y medir las distancias que me separaban de los huecos abiertos al vacío. No sentía miedo. Temía encontrarme con delincuentes que acabaran de cometer un robo o un atraco en un sitio cercano y se ocultasen allí de la policía o de sus víctimas. Contra ellos me enfrentaría en desventaja, ya que estarían armados y esperándome. La cercanía del barrio más conflictivo, de mayor delincuencia y venta de drogas, auguraba muchos problemas: mi jefe me lo había advertido y sabía que aquel trabajo sólo podía desempeñarlo un antiguo policía, habituado al trato con los rateros y los drogadictos, que no se pasaría toda la noche farfullando con un arma en la mano. El tono de voz, una orden sin mirar a la cara al intruso valen tanto como levantar una pistola y encañonar a un desconocido que ocupa unos minutos en recobrar la tranquilidad, en buscar y contar billetes, romper los bolsillos interiores de un bolso de mujer, rumiar su suerte o su mala suerte.

A las tres se aquietaba el rumor de la ciudad. Me sentaba en la hamaca, cerraba los ojos, descansaba la cabeza de lado, sin taparme el oído. Forzaba la aparición de imágenes que me distanciaran de la urbanización inacabada, pero mi inquietud por otros asuntos que necesitaba resolver durante la mañana y el nerviosismo inesperado que se presenta en cualquier vigilancia entorpecían la bondad de esos minutos. Tenía que mover arriba y abajo una pierna y la otra después, quizá levantarme, andar, hinchar el pecho tragando mucho aire. Que estaba solo, en medio de la noche, dentro de un recinto vallado y lleno de olores entremezclados, se me hacía más evidente e insufrible.

Mi tío Eduardo venía a sentarse y a hablarme, traía frutos secos, alguna naranja que pelaba a oscuras. Vivía cerca, en un viejo edificio de cuatro plantas, sin ascensor, y salía sin advertírselo a su mujer, que dormitaba ante el televisor encendido y cuando él regresaba, echada de costado en el sofá, las piernas sobre un taburete, aseguraba que apenas se había dormido, cinco minutos, en los anuncios. Mi tío, operario de párking en el Palacio de Congresos, acababa de trabajar a las diez de la noche, tras cumplir un turno de siete horas diarias, y disponía de los fines de semana para seguir con su trabajo particular e incesante. Le recuerdo atareado en cualquier faena desde que le conozco, reparando enchufes, cortando y puliendo maderas, ajustando piezas desencajadas de un mueble, pintando, manejando algún cable y cortándolo con su navaja de bolsillo. Sus manos eran más grandes y más fuertes que las mías, no acusaban como el resto de su cuerpo el desgaste de la edad: sesenta años. Su cara era ancha, antigua como esas caras de campesinos y pastores que están desapareciendo en nuestra sociedad mayoritariamente urbana. Repetía las palabras, algunas expresiones – se lo dije, se lo dije; es que es bueno, es que es bueno-, y hablaba sin apresurarse, aunque no se molestaba si le interrumpía e incluso si yo cambiaba el curso de la conversación de repente, pues asumía el nuevo tema y me escuchaba con atención y paciencia. Me traía su presencia grata y tranquilizadora y me ayudaba a alejarme de la tristeza, de las divagaciones.

Un drogadicto me entretuvo más que los ocasionales ladrones que se adentraban inadvertidamente en aquel recinto. Me obligaban a gritar Fuera, esto es una propiedad privada, y a expulsar a quien no obedeciera de inmediato, asustado o desdeñoso, y dudara de mi autoridad. Los drogadictos no demostraban sentirse atemorizados, no se apresuraban. Compraban sus dosis en el barrio cercano, donde más se vende en Granada, y una obra, un lugar a oscuras, les parecía el mejor para desaparecer. También, habituados a soportar los hachazos del mono, buscaban rincones en los que lamentarse o acechar, como animales con trampa propia, la llegada de una víctima indefensa. Uno me amenazó blandiendo una jeringuilla medio rota, metido en las sombras del único callejón de aquellos edificios, valiéndose de una voz que casi no abandonaba su cuerpo. Le golpeé la mano con el dorso de la mía, de lado, y oí su grito lastimero, le vi doblarse y dejar caer el cuerpo enteco y sin defensas. Agredí sólo aquella extremidad, pero se derrumbó como si lo hubiera abatido. Seguramente esperé y me agaché junto a él sin pensar en la jeringuilla, que no había soltado y volvió a acercarse a mí veloz, como una pequeña serpiente de un solo colmillo. Las fuerzas reunidas en torno a su arma, que asía desesperada y firmemente. Me obligó a sentarme. La aguja resbaló por mi cara, con la punta hacia fuera, remedando una extraña caricia que no esperaba, pero me mantuve firme, no le pedí que se calmase, le obedecí. Siempre llevaba unos billetes que se veían de inmediato al abrir la cartera de piel que Beatriz me había regalado el día que cumplí treinta y dos años. El drogadicto los cogió, los dobló efectuando un movimiento rápido de sus dedos, se los guardó en el bolsillo de la camisa y después tosió. Tardó en levantarse, resoplaba, y yo no veía más que sus piernas. Adoptó una postura extraña, inclinado hacia la izquierda, sin separar la jeringuilla de mi cuello. Sus zapatos, suelas y punteras, golpearon mi cara, mi cabeza, mi pecho.

Vivimos matando, dejándonos matar y muriendo. Vivimos en un mundo de desastres, pillaje y actos violentos que asordinan la sinfonía vibrante que clama en nuestro pecho, se mueve con nuestra sangre y se expande con nuestra respiración. Le temo más al sufrimiento que a la muerte inesperada. Fui policía, me enfrenté a delincuentes que no valoraban su existencia y la tasaban en monedas o la exponían y la compensaban con la satisfacción posterior a la huida. Acudí a llamadas que me depararon mudos diálogos con hombres y mujeres muertos a los que no había podido salvar su fe ni sus fuerzas ni su confianza ni sus medidas de precaución. Mi música interior disminuía, las trompetas eran atravesadas por un aire débil y emitían un sonido apagado. Y mi obligación y mi preparación me arrancaban palabras de la boca pero ninguna expresión de los ojos. Una calle, una hora, unos nombres, una comunicación, una espera, un adiós, haremos cuanto podamos. Pensaba que hasta el día de la violencia en mí, recorriéndome sin caminos marcados ni rutas de vuelta, hasta el infinito y la nada. Y viendo alejarse al drogadicto no quise moverme, levantarme, porque tenía que sentir que seguía siendo yo mismo. Con paciencia, las trompetas iniciarían una nueva marcha: primero sonaría una, sola, lamentándose, como perdida, y luego la arroparían las demás, la orquesta, y seguramente desaparecerían mi perplejidad y mi dolor.

Entumecido, con la visión borrosa, los brazos estirados para evitar que se me durmieran los dedos, inmóvil ante la primera luz del día. Me estiraba, bostezaba, me frotaba los ojos, y una alegría reconocible me animaba a iniciar otra ronda. Tenía hambre, sentía la necesidad de orinar apenas caminaba. Bajaba escaleras a las que les faltaban todos los remates, empujaba alguna puerta, me paraba a oír los rumores de la mañana. Si sonaba el teléfono móvil lo mantenía apretado en la mano y escuchaba el sonido agudo de la llamada: tres, cuatro avisos. El jefe me preguntaba qué novedades se habían presentado, me citaba en la oficina, quería confirmar el cumplimiento exacto de nuestros horarios porque desconfiaba del muchacho que me relevaba a las ocho. También tenía un turno de doce horas, a veces catorce, y su sueldo no superaba las cien mil pesetas. No era un vigilante titulado, sino un auxiliar o controlador que apenas había superado el bachillerato y quizá había sido reclutado en la oficina de empleo con la intención de obtener a cambio subvenciones o ayudas. Cruzábamos algunas palabras, esbozábamos diálogos y me contaba qué aburrido le resultaba pasar tantas horas sin más compañía que su radio portátil. Se traía bocadillos y bebidas, revistas, pero no sentía apetito y casi nunca leía. Se quitaba el reloj y se lo guardaba en el bolsillo del pantalón porque no quería mirarlo, que el día se le hiciera inacabable, como una condena, ¿sabes? Yo le veía andar con el pantalón y la camisa azules y me fijaba en su nuca: entonces asomaba la amargura, me dominaba la pesadumbre y apartaba la mirada, tragaba saliva y huía hacia mi coche. Conectaba la radio, subía el volumen, tarareaba las canciones más conocidas del verano. Como no acostumbro a beber, llegaba a mi piso y me duchaba, elegía un canal en la televisión que emitiera un programa de debate o de comentario de las noticias recientes para oír otras voces, rompía algunos papeles y suplementos dominicales que no siempre había terminado de leer, me arrellanaba en el sofá, apretaba las teclas del mando a distancia, cambiaba de postura, descansaba la cabeza en un cojín y, ya calmado, me dormía.