Lawrence Block: Tiempo para crear, tiempo para matar




Las novelas de Lawrence Block que tienen como protagonista a Matt Scudder, ex policía y alcohólico no siempre contenido, son de las mejores que ha dado el género porque en ellas el gran autor estadounidense conjuga a la perfección la novela de detectives con la novela moral, algo que está en la base del género y que desde Hammett, Chandler y Macdonald no puede soslayarse. Pero no es jamás moralista Block ni se enreda con la moralina, como les ha ocurrido a tantos otros superficiales autores del género negro que confunden la literatura con el sermón y la prédica ortodoxa, ramplona y demagoga. Al contrario: la mirada de Scudder, narrador además de esta serie de novelas, tolera más de una moralidad. Quizá por eso no puede extrañar que esta historia comience con Scudder buscando al asesino de un chantajista amigo suyo, que extorsionaba a tres personas a las que les sacaba dinero a cambio de su silencio. A Scudder no le gusta el asesinato, no le gusta que se asesine a nadie. Aunque la víctima sea un tipo de baja estofa. Porque todo el mundo tiene pecados que purgar. 
Scudder entrega a las iglesias que encuentra a su paso el diez por ciento de sus ingresos profesionales, pero no es practicante de ninguna religión. Scudder vive en un hotel, carga con algunas culpas, pero las ahoga en alcohol. Scudder ama brevemente a algunas mujeres y no pierde la cabeza por ninguna de ellas, como ellas tampoco la pierden por él. Scudder está separado, quiere a sus hijos, pero no siempre tiene ganas de verlos. Es un solitario, pero no un resentido; es un bebedor, pero no un chalado; es un pobre, pero no un indigente; es un tipo leal y entiende el mal propio y el ajeno, sabe mirar con pausa y con calma donde cada cual guarda su porción de rabia y frustración; y, lo que es más importante, sabe perdonar. Todo, menos el asesinato. 
Tiempo para crear, tiempo para matar es una novela breve, acertadamente recuperada hace poco por RBA, en la que la investigación parte de un delito para ir pisando por encima de un montón de delitos que desembocan en más delitos. Quien oculta y calla es capaz a veces de defender sus secretos incluso matando. Y eso no le gusta a Scudder, que serena, desapasionadamente va exponiéndose como siguiente víctima para que se delate quien mató a su amigo. Conversa con los chantajeados, finge ser el continuador de la tarea una vez que su amigo ha muerto, y se las ve con una rica que fue actriz porno y lo oculta, con un futuro gobernador que sodomizaba a muchachos, con un padre que tapó el homicidio de su hija, quien atropelló con su coche a un niño y no paró para socorrerlo. Scudder no se acalora, no juzga ni piensa en hacerle pagar más que al que dañó a su amigo. Como digo, no se enreda en la moral facilona, arriesga perdonando a quien seguramente no lo merece, porque cree que todos nos equivocamos, y sigue adelante hasta separar al culpable e imponerle una particular condena que no es hija de la moral, de la asunción de ningún papel divino, sino un acto de responsabilidad inexcusable. 
Se habla mucho de James Cain, de Horace Mccoy, de Jim Thompson y de James Ellroy como poderosos escritores que desnudaron la moral sin miedo a mancharse en ríos procelosos, pero ninguno es tan buen escritor como Lawrence Block, ninguno ha tocado las arenas más fangosas con tanto estilo y tanta profundidad liberadora como Block, al que sin duda hay que considerar uno de los más grandes de la novela negra.