"Adiós, muñeca", la película

Es curioso que detrás de la violencia, los tipos duros, las gabardinas cerradas, los automóviles, los tiroteos del cine negro haya una historia de amor. Estudiosos de Chandler dicen que hay un aliento romántico en sus novelas, que Marlowe es un personaje del siglo XIX puesto en el XX, vestido con traje y con un revólver en un bolsillo. Esto, que parece un disparate, nos da una pista para entender la novela y la película. Que elijan a Robert Mitchum me parece muy acertado: tras su rudeza puede haber unos sentimientos y unos gestos que revelan un alma diferente, la de un caballero andante, la de un romántico que aún cree en el amor. ¿Por qué, si no, ayuda a un ex convicto a encontrar a su chica? ¿Por la mísera paga de 50 dólares? Claro que no. Marlowe arriesga su vida porque acaso no viva con ninguna mujer una maravillosa historia de amor, pero innegablemente sigue creyendo en el poder del amor y en el efecto beneficioso que produce en los que se aman. Llega hasta el final, hasta saber quién es Velma, la amada del ex convicto, hasta lograr reunirlos: entonces la dura realidad del dinero y el poder se muestran en su esplendor y la amada mata al antiguo amado porque detesta su pasado con él y ama el dinero, el poder que ha conseguido casándose con un viejo juez que le tolera cuanto hace sólo por tenerla a su lado - un amor desesperado, terminal, un amor en el que se da todo y se espera muy poco -. Marlowe, para defenderse, mata a Velma y la película llega a su triste conclusión: el amor no resiste el paso del tiempo, no se mantiene apartado de la corrupción, el gran tema de las novelas de Raymond Chandler: todo se corrompe, hasta lo más puro, porque vivimos en un mundo corrupto, en una sociedad que se alimenta y nos alimenta de corrupción: esa corrupción que es sinónimo de echado a perder, de falso, de falto de lealtad, de pureza, esa pureza en la que Chandler creía, romántico él. Queda sólo una posibilidad: ayudar al inocente, al niño cuyo padre han matado para que no se descubriera la nueva identidad de Velma, y Marlowe va a darle el dinero que le ha cobrado a un mafioso, las ganancias que ha obtenido con este caso que le deja una vez más triste, solitario y final.

Robert Wilson: Condenados al silencio ( 4 )

¿Por qué defiendo novelas con apariencia de best seller, me preguntaba el otro día un amigo? Las de John Connolly, ésta de Robert Wilson. Tú, que detestas los best sellers, una contradicción, ¿no, Paco? - me dijo mi amigo. Y yo le contesté que las novelas están hechas de fragmentos, que hay pocas novelas que se recuerden enteras, con todo su argumento, y que el resto nos dejan piezas sueltas en la memoria. Esas pocas que han basado su fuerza y poder en el argumento no se olvidan tampoco, casi siempre le deben los mayores aciertos a la creación de un personaje inolvidable, característico, paradigmático, y sus aventuras lo rodean y lo conforman y se vuelven todo uno. Pero el resto de novelas tiene pequeñas historias, está construido de modo fragmentado y después de que se nos olvide el argumento aún siguen vivas en nuestra memoria ciertas anécdotas, frases, palabras. En "Condenados al silencio " hay una pequeña historia que se aloja en la memoria y se queda ahí, viva y palpitante, real. Un muchacho drogadicto revela que se volcó en la droga - su vida y su futuro - para acallar su voz interior, sus recuerdos, en los que hay un padre violador y un primo al que no le advirtió que el tío era un violador para que se alejase de él y no cayera en sus garras - detesto las frases hechas, pero qué definitoria es ésta y qué conveniente -, no le hiciera lo que a él le estuvo haciendo hasta los doce años. Una pequeña historia que ha podido suceder y que, tristemente, seguro que le ha ocurrido a alguien. Que Wilson la inserte en su novela, la utilice para caracterizar a un perdedor y a un paria de nuestra actual sociedad como es un drogadicto cuenta con mi admiración y mi reconocimiento. Le dije a mi amigo que un best seller, como yo lo entiendo, es un producto prefabricado que da más de lo mismo y en las dosis medidas y establecidas. Wilson no ha escrito un best seller: esta historia no está medida ni dada para el gusto de todos, no es políticamente correcta, no es un producto manufacturado y pensado para su venta en serie. Es una novela para disfrutar, pero también para meditar. Es un producto, sí, pero necesario.

Robert Wilson: Condenados al silencio ( 3 )

Me fastidia tener que escribirlo, tener que ser yo quien lo diga - defensor de la novela negra española con uñas y dientes- , pero no me queda más remedio que ser sincero y admitir que Wilson crea un policía, el inspector Falcón, de un modo tan creíble, tan profundo y certero que produce envidia y deja en pañales, dicho sea de paso, a otro autores españoles - alguno con un libro publicado recientemente - que revelan falta de oficio, de documentación - ante todo - y de realismo cuando convierten a sus investigadores en personajes falsos, huecos, tan poco españoles - no defiendo lo español, no os confundáis y me tildéis de nacionalista, que es algo que sitúo en mis antípodas - y tan poco creíbles que se ven detrás los costurones, el ejercicio exclusivamente literario y hecho de retales literarios, de cortar un poquito de este autor y otro poquito de este otro para montar un frankesntein detectivesco que nos deja a los lectores fríos, helados como después de un enorme susto, con la certeza de que al autor de tales bodrios le interesan las novelas que ha leído y quiere homenajear con sus escritos - sea de ello consciente o no, no sé qué es peor - y nada, nada, nada la realidad, esa cosa grandiosa y plural que a todo el mundo le brinda historias para contar y vivir y sentir, esa cosa de la que se nutre el verdadero escritor de novela negra.

Donna Leon

"La gente quiere saber de problemas reales, quién roba o contamina, y de eso escribo". " El problema de la inmigración es económico. Yo soy rica y nadie me pregunta si estoy legal o ilegal." Dos frases de Donna Leon en la entrevista con Aurora Intxausti. Hoy, en el diario El País.

Robert Wilson: Condenados al silencio ( 2 )

Continuando con lo dicho ayer, y creo que sólo estoy dando un paso lógico más, es fácil ver en la novela negra que aborda la actualidad, como ésta de Wilson, un componente crítico, pues se abordan asuntos que están en la calle, en la conciencia y en el subconsciente del ciudadano medio, se les concede un tiempo y se les da una importancia vital que a veces lo medios de comunicación han transformado sólo en espectáculo, en entretenimiento, incluso cuando hacen programas de investigación y denuncia, ya que se olvidan de las raíces últimas de los problemas, de sus causas reales y sus primeros protagonistas, instigadores o verdaderos - y ocultos - responsables. Y, claro, en este punto no puedo dejar de lado una afirmación que ya no está fuera de lugar: la novela negra de hoy es novela realista, crítica y política. Sí, política, esa palabra que se empeñan en desprestigiar los reaccionarios, los inmovilistas, los que de verdad manejan el cotarro con sus millones y sus prebendas. Política porque aborda temas que también se estudian - o deberían de estudiarse - en los parlamentos, en los lugares donde se hacen y rehacen las leyes: la inmigración, la violencia callejera, las mafias que trafican con seres humanos. No, la novela de hoy en día, los novelistas no van a cambiar el mundo, pero sí pueden ayudarnos a meditar, a saber quién nos representa de verdad, quién hace las leyes pensando en los desfavorecidos, quién quiere beneficiar a los desprotegidos y quién no. Tavernier, en Francia, con alguna de sus películas ha dado que pensar a la clase política, ha influido en ella, en sus decisiones, en la redacción de alguna ley. Ha cumplido con el propósito que le llevó a filmar, por ejemplo, "Hoy empieza todo". La cultura sirve, amigos, no es un simple entretenimiento, como pretenden hacernos creer con tanta literatura vacía y tanto best seller inocuo. La novela negra es la eterna oposición - la creativa - al poder, es la conciencia y la voz que no duermen, representa a los que no se conforman, los que no aceptan las desigualdades, las tragedias ni las muertes violentas como algo lógico - que no lo son, por mucho que se nos quiera hacer creer que el hombre es un lobo para el hombre, lema despiadado suscrito por los defensores a ultranza del acriticismo en una sociedad en la que quieren que sólo sobrevivan los valores del triunfador-, es ese rinconcito en el que las almas heridas por tanta sinrazón respiran, ven lo que hay y aún sueñan con hacer muchos cambios, con la igualdad y la libertad y, ante todo, la fraternidad, el concepto más olvidado, el más necesario, el que mejor define al ser humano completo, porque sin fraternidad no habríamos llegado ninguno hasta aquí, amigos, hasta este aquí y este instante.

Robert Wilson: Condenados al silencio

Prefiero las novelas que, además de una trama, ofrecen otras cosas que hacen su lectura más entretenida y, a la vez, participativa. Robert Wilson, en diálogos de su investigador, Javier Falcón, que es policía en Sevilla, nos propone temas para hacer pequeños altos y pensar y dejar que fluyan nuestras propias opiniones en temas como el suicidio, las mujeres a las no que les gustan los hombres pero se acuestan con ellos, la actualidad y su infierno de teleseries, la prostitución, la locura. La narración, en tercera persona, nos acerca a Falcón, pero también a quienes él interroga o visita amablemente para compartir mesa, cama o sólo un rato de charla. Creo que atrás deben de ir quedando las novelas negras que parecían escritas por personas sin apenas preparación, ensimismadas en la violencia, sin más recursos que los trillados, sin más argumentos que los de la trama policial. La novela negra, la mejor novela negra aborda los temas actuales y los trata con realismo, puede en pocas páginas pasar de las altas a las bajas esferas del poder sin que se rompa la estructura de la historia narrada, sin que se falsee lo que se está contando. Y puede ayudarnos a meditar sobre temas que están dormidos en nuestra conciencia, que sólo nos arrancan un comentario cuando vemos el noticiario de las tres o de las nueve. A diferencia de la tele, el libro sirve para parar, para incentivar, y mediante la identificación con un personaje llevarnos a lugares de nuestra personalidad que jamás habíamos visitado. Mi amigo Juan Herrezuelo se planteó una vez escribir un relato policial en que el protagonista matara al asesino de su novia cuando descubriera quién era éste. Sin embargo, mientras escribía el relato se dio cuenta de que su personaje no iba a ser capaz de matar al asesino y al final no lo hizo. Amenábar nos planteaba preguntas en su película " Mar adentro ", abordaba el tema de la eutanasia para señalar una vía y marcarla con dudas, rodearla de miedos, de inquietudes. Las mejores novelas negras se acercan a la actualidad - misión principal del escritor realista - y arrojan luz sobre temas tratados superficialmente en los medios de comunicación, profundizan en ellos y nos dan claves, datos, personajes, historias que nos conmueven y nos llevan a tomar partido, a decidirnos, a mirar dentro de nosotros y, como el personaje del relato de mi amigo Herrezuelo, saber qué pensamos, qué somos en verdad.

Novelas policiales en Sudamérica

Me gustaría saber qué novelas negras se leen allá. Supongo que las de Paco Ignacio Taibo II, quizá ahora la de Roncagliolo, alguna de Sasturain, alguna de Heredia. Cuando entro en Iberlibro - compra de libros usados por internet - y busco alguna novela de Ross Macdonald que aún no he conseguido, casi siempre una librería argentina la tiene. La riqueza de vocabulario de nuestros hermanos mexicanos o argentinos - lo sabemos por hablar con ellos y viendo sus películas- es superior a la nuestra en una conversación cotidiana y me atrevo a pensar que su inventiva sólo es comparable a la de los andaluces. Recuerdo "Triste, solitario y final"como una de esas novelas inolvidables de la primera juventud, con humor y emoción a partes iguales. "Manual de perdedores " me gustó tanto como si estuviera leyendo a Raymond Chandler. "Días de combate" me enseñó que quien se mete en problemas no puede salir con una risa pegada a la boca e indemne. Pero ¿qué se escribe en Chile, Ecuador, Uruguay? Seguro que hay buenos autores de novelas negras. Hace poco ha salido, en Menoscuarto, un libro dedicado a los relatos de los autores del género en España y no hace mucho otro parecido en Páginas de Espuma, dos editoriales que publican sólo libros de relatos. Pues bien, les planteo yo: ¿para cuándo un libro con relatos de autores sudamericanos? La experiencia sería buena y estoy convencido de que se vendería y gustaría. Vamos, que alguien dé el primer paso.

"The late show", de Robert Benton

Todo, desde el título, merece un comentario en esta película. Titularla en españa "El gato conoce al asesino " suena a chiste, a parodia, a acto de sabotaje. Pero quizá dentro de la película sí hay motivos para creer no en un sabotaje, pero sí en un abordaje. No le falta humor, no le falta acción, no le falta encarnadura de cine negro, no le falta la guapa mala. Pero hay que añadirle al detective privado viejo y cojo, al amigo/ayudante traicionero, a la clienta que habla hasta por los codos y le propone al detective, tras ayudarle a escapar de una situación en que la vida de ambos corría peligro, asociarse. Incluso hay una escena al final que seguro que influyó a los creadores de "Se ha escrito un crimen", con todos los personajes en una habitación mientras la mente del detective se pone en marcha y su boca dice las palabras que develan las verdades y los motivos y protagonistas de los asesinatos ( muy propio de Agtha Christie ). También hay otra, en un cine en el que se proyecta una película "caliente", que no dudo que a Garci le sirvió para crear otra parecida en "El Crack dos", así como el propio personaje del amigo /ayudante del detective pudo inspirar la creación del personaje del Moro, interpretado por Miguel Rellán. La película no nos sorprende, pero creo que su importancia se vuelve histórica: anticipa situaciones y personajes que vendrán después y que están en la memoria de los buenos aficionados ( ¿Esa mujer habladora, algo tonta - la clienta del detective -, ¿no habrá servido para crear al personaje de la secretaria de "Luz de luna"? ) La música, con varias canciones dulcemente interpretadas, son un homenaje y, a la vez, algo marchito, como toda la película, y me lleva a pensar que acaso el director se planteó así su obra: un adiós al género negro clásico y un hola al nuevo género negro, lo que los críticos han llamado Neonoir.

Sue Grafton: N de nudo ( y 3 )

Kinsey no es una detective que lo sabe todo y se pasea por la escena del crimen como si hiciera deporte. No duda en llegar al fondo de los asuntos que le encargan investigar y arriesga su vida porque no quiere tener miedos acumulados. Se mueve sola porque no soporta la compañía de nadie durante más de un par de semanas. Aunque tiene una pistola de un calibre más respetable, prefiere llevar consigo una del calibre 32. kinsey tiene debilidades y las muestra, porque nos lleva con ella sin apartarse, sin ocultarnos nada, hablándonos con confianza, aunque también con mesura. Se fija en los paisajes cuando conduce su coche y come mal y lo reconoce. Hace muchas preguntas y obtiene muchas respuestas, quizá porque nadie la ve como una estirada ni se imagina que va a utilizar la información para otra cosa que no sean fines puramente profesionales. No se regodea, no se jacta de ser buena, no trata de destacarse aunque nos habla en primera persona y sabe que estamos atentos a sus palabras, muy atentos, y que no nos cansamos de seguirla en sus investigaciones. Kinsey vuelve a su pequeña casita, habla con su casero y duerme de un tirón pensando en que ha de despertarse pronto y salir a hacer footing, no para alardear de buen tipo, sino para poder correr y escapar si se ve metida en una situación peligrosa. Concluye la novela y seguimos viéndola sola, entera y firme en sus convicciones, la vemos subir en su coche y dirigirse a la ciudad y sabemos que piensa en los nudos que ahogan, no en los corredizos sino en los sentimentales, los que pueden provocar un infarto y matar. Se compadece de quien ha sido víctima de uno de esos nudos pero no vuelve la vista atrás cuando entra en la autopista y las nubes empiezan a disiparse y el camino se hace más claro, más cálido, más conocido. Seguramente se parará a desayunar o a comer en algún restaurante de carretera y si nos cruzamos con ella no la miraremos dos veces, pasará a nuestro lado, saldrá fuera y volverá a su coche. Tiene treinta y cinco años y volveremos a saber de ella cuando un cliente la reclame, le proponga un caso y ella investigue y llegue a su conclusión. Investigadora privada, sí, dice sonriente al hombre al que quiere hacerle dos o tres preguntas. Es de nuevo la pequeña Kinsey, llena de dudas, sembradora de preguntas.

"¿Quién mató a la viuda?", de Mario Benedetti

De mayor me gustaría ser como Benedetti. Me gustaría llegar a instalarme en una calma sabia como la suya. Y expresarme con una ironía, un humor como el que reparte en persona y en sus escritos. El relato a que me refiero es breve, te dibuja sin esfuerzo una sonrisa en los labios y te hace pensar en cuánto se ha escrito sobre detectives privados y sobre crímenes, bueno y no tan bueno, sencillo y de manera compleja - menos esto, desgraciadamente -. Es el caso definitivo, la resolución definitiva y, pese a todo, queda abierto, ambiguo, como si detrás de tu sonrisa hubiera algo - otra sonrisa, un gesto serio - que te impele a leerlo de nuevo y pensar si de verdad es humor o burla lo que reina en esta historia, si se ha escrito para la sonrisa grácil y leve o pensando en una burla un poco malintencionada, crítica, incluso un poco punzante. Porque ¿no es inquietante que una persona se dispare con un revólver y pida, antes de morir, que le entierren con él, ya que es un hermoso revólver? De mayor me gustaría escribir como Benedetti, decir tanto con tan pocas palabras.

Novela negra existencial

Definición que encuentro en la contraportada del libro "El vuelo del ángel", de Michael Connelly (Byblos), y que yo siempre he asociado - inconscientemente - a las mejores novelas del género, empezando por las de Ross Macdonald. Durante algún tiempo he estado escribiendo yo una novela y, al acabarla, no sabía cómo definirla. Tenía un título, se lo cambié. Incluse estuve podándola, o sea, quitándole páginas hasta dejarla en la que considero su justa medida. Pero no sabía cómo definirla: era novela negra porque había un asesinato y una investigación - aunque a mi manera : el que mató investigaba dentro y fuera de sí por qué había matado - y una toma de conciencia sobre el acto de matar y sobre su continuidad. Como mis principales influencias estaban en Macdonald, Llamazares, Onetti, Benet, Delibes y Benedetti, pensando un poco - y añadiendo a Albert Camus - llegué a la conclusión de que era negra por su trama pero también existencialista, porque también había preguntas que me hubiera gustado hacerle a Sartre. Sin embargo, no junté las palabras. Así que, gracias a quien escribió esas líneas para presentar el libro de Connelly, logré juntar novela negra con existencialismo y por fin supe qué había hecho. Si algún día la leéis ya me contaréis si la definición era o no acertada.

Antonia Moreno: "Nos dejaron tocar"

Leyendo un relato de Antonia Moreno, titulado "Nos dejaron tocar", que no es policíaco ni negro, pero tiene una situación previolenta y un personaje que podría engrosar la lista de personajes que cometen un acto delictivo, vuelvo a pensar en cómo los autores de novela a secas nos invitan a ser innnovadores, a no recorrer caminos trillados, a sugerir más que a mostrar: como P.D. James, Antonia Moreno se recrea en las atmósferas y profundiza utilizándolas para contarnos cómo se llega al delito, qué lo promueve, qué hay en la mente de las personas frustradas, qué actos actos pueden llegar a cometer si unas palabras, una situación determinada logran caldear ese espacio frío en que residen los deseos de violencia y venganza que habitan en todas las personas. Un poco harto está uno ya de iniciar lecturas de novelas - igual pasa en las películas - en las que la trama arranca con un asesinato. Sé que se utiliza a veces como excusa, pero demuestra en muchas ocasiones que la imaginación no da para más y el género se apolilla, los inmovilistas lo dominan y lo vulgarizan. Os animo a releer "Sangre inocente", de P.D. James, porque de su lectura saldréis más sabios y con los ojos limpios de muchas telarañas. Eso me ha pasado a mí con Antonia Moreno, con su relato, del que he salido sabiendo más que cuando entré y satisfecho porque constato que aún hay maneras de narrar y presentar a unos personajes y unos hechos de manera profunda, original y muy efectiva sin recurrir a los tópicos, al fácil asesinato y a la mostración típica y superficial de tantos otros novelistas.

Sue Grafton: N de nudo ( 2 )

Reconozco que, como leyendo a Sue Grafton, no disfruto actualmente con ningún otro autor. Kinsey Millhone es un personaje creíble, cercano, su voz parece sincera, cordial, agradable como la que se usa en las confidencias en que no se destripa a nadie, sino que se confían fragmentos de vida sin más deseo ni pretensión que la atención del oyente. Me acuerdo de los días ya lejanos en que empezaba a leer a Raymond Chandler, a Vázquez Montalbán - "Los mares del Sur", "Los pájaros de Bangkok" -, Ross Macdonald - "El hombre enterrado" - y me creía todo aquello a pies juntillas, lo vivía como un niño, saliendo de mí para entrar en las historias que leía de tal manera que al cerrar el libro para una pausa la realidad me asaltaba con fuerza, los objetos de mi cuarto y cuanto veía por la ventana me resultaban nuevos, casi desconocidos, como si volviera de un lejano viaje que hubiera ocupado varios años de mi vida, que no me preocupaba demasiado - ni mirándola para atrás ni para adelante, porque el pesimismo no convivía entonces con las alegrías de la forma rara e incontestable en que lo hace en la edad adulta - y que sentía más amplia, profunda, más llena de asuntos, emociones, sensaciones, palpitaciones, entusiasmos: qué placer, qué alegría leer y sólo tener la cabeza puesta en lo que se lee, ajeno a preocupaciones mundanas y malditamente cotidianas, menores, forzosamente menores aunque nuestro espíritu encogido ahora no las vea así a menudo. ¿Habéis leído últimamente algo con absoluta entrega, por el absoluto gozo de leer? Algo que no os haga pensar: listo este tío, sí, fíjate en lo que hace ese personaje, ya, ya, ah, ahora me ha sorprendido, estoy cansado pero voy a seguir, tengo que acabar el libro, bueno, qué aburrimiento, ¿me salto estas páginas?, en fin, cuando acabe habré aprendido, será beneficioso, instructivo, útil, válido. Algo que no os haga pensar mientras leéis, que os atrape como un beso o una caricia. ¿No? Corred y conseguid un libro de Sue Grafton. De nada.

Sue Grafton: N de nudo

Dice Kinsey Millhone, la detective privada que creó hace ya algunos años Sue Grafton, que " Ni contratando al mejor detective del mundo averiguarás de qué está hecho un ser humano". Ayer escribí sobre dos novelas negras fallidas, las de Carlotto y Correa, y quiero ampliar las ideas que me llevaron a esta afirmación. La novela de Sue Grafton atrapa al lector y merece la pena porque nos habla de seres humanos. Para empezar. La frase del principio ya lo dice todo sobre las intenciones de nuestra autora: la novela negra que escribe Grafton trata sobre los seres humanos, de qué están hechos, qué secretos guardan, qué imagen les ofrecen a los que conocen y qué imagen guardan de sí y para sí mismos. Es la empresa que siempre ha llevado a crear algunas de las mejores novelas que se han escrito, géneros o subgéneros al margen. En la página 80 de "N de Nudo" aún no hay crimen y el interés - el suspense - estriba en saber qué era, qué hacía, qué preocupaba a un hombre que murió de un infarto. Para eso ha contratado la viuda a Kinsey, que revisa los papeles dejados por el hombre, habla con los que le conocieron, hace preguntas y encuentra algunas respuestas. ¿Es esto una novela negra? Sí, porque este género busca descubrir verdades, indagar en el alma humana, y a estas alturas, para resistir y seguir vigente, lo que no necesita son los tiroteos por doquier y los misterios de puertas cerradas, sino las indagaciones que nos ayuden a saber más de nuestra época y de los que pululamos por ella. Vaya: si ése fue el origen de la novela negra, me digo. Y acierta Grafton porque la novela negra actual - la mejor, que también hay otras variedades - es realista, tiene algunos toques costumbristas - quien ha leído a Zola y a Galdós saben de su grandeza - y es profunda porque no se queda en las balas sino que va al fondo de las almas. Ya lo decía Vázquez Montalbán: el detective privado es un catalizador, un mecanismo, un medio, no un fin. Si su voz narradora está bien modulada y no cae en la repetición, la vana anécdota ni el fácil regodeo en la violencia, puede haber novelas como las de Sue Grafton, que están en la cima del género.

Novelas negras posmodernas

Me topo últimamente con algunas de ellas: "La verdad del caimán", de Massimo Carlotto o "Quince días de noviembre", de José Luis Correa. Se percibe en ellas una voluntad de creación y de homenaje al género a la vez que me empalaga, me resulta muy engañoso, demasiado artificial. Son novelas que parecen haberse escrito como colofón a un género, en el borde mismo, antes de despeñarse. Las referencias a novelistas y películas negros aturullan, cansan, y en vez de resultar algo gracioso convierten la ligereza en falta de originalidad, en pesadez. "La verdad del caimán " tiene buenas intenciones, a un autor que intenta ser sincero y, contando una historia muy cercana a su biografía, trata de acercarnos a ambientes que conoce muy bien: pero eso no basta: la literatura, aunque se alimente de verdad, precisa de los ingredientes puramente literarios, como una comida: todas se hacen con parecidos ingredientes, pero la mezcla de ellos, el oficio, la concentración del cocinero, su buen gusto, sus estado emocionales son muy importantes: de lo contrario, los documentales serían mejores que todas las ficciones: y no es así. Con José Luis Correa me quedo paralizado: es un buen narrador pero lastra de referencias culturales - negras, claro - su novela hasta hacerla parecer un pastiche, como si no se creyera la importancia del género y sólo jugara con él, tonteara con él como con una chica a la que no se atreve a entrarle decididamente, a la que no cree merecerse: así, deambula alrededor de la historia, entra y sale de ella pero nunca llega a enviárnosla de una pieza para que la sintamos. Detesto a Tarantino y a los que buscan la inspiración en el arte para hacer más arte, a los que son un producto de la sociedad posmoderna en la que vivimos, de sensaciones superficiales y constantes referencias a sí mismos y a sus gustos y a su pequeño mundo. Si Eugenio Fuentes, Henning Mankell, Vázquez Montalbán, Juan Madrid fortalecieron con sus novelas el género fue porque creyeron en su fuerza, lo hicieron suyo, lo transformaron en la medida de lo posible, siempre sin complejo de inferioridad y sin ligereza. Claro que la novela no ha muerto: espero que estos insípidos ingredientes de la posmodernidad sí desaparezcan: detrás de Carlotto y Correa hay unos interesantes novelistas, en cambio su acercamiento al género es claramente fallido: la novela está muy viva, sólo hay que escribir y amarla: como cuando amas a esa mujer que luego te corresponderá o no. Ésa ya es otra cuestión.

Harper, investigador privado

Se mantiene el empeño del personaje original, Lew Archer, creado por Ross Macdonald: quiere llegar hasta el final en cada caso, sin importarle el peligro, cuánto le van a pagar ni qué puede encontrarse al terminar su investigación. Hay una búsqueda de la verdad, caiga quien caiga y pese a quien pese, porque a Lew nada puede compensarle - ni el dinero -atravesar por momentos duros y dolorosos, empezar y acabar solo una andadura en que conoce a personas con las que no volverá a tener trato, salvo llegar a ese punto en que las mentiras dejan caer sus velos y puedes enfrentarte al rostro de la mentira, a las motivaciones que llevan a matar, chantajear, tratar a tus semejantes como a animales. En esta historia, la idea de un secuestro parte de una pareja de enamorados que no tienen dinero y quieren reunirlo pronto y fácil y concluye con un asesinato por amor, el que comete un hombre que no sabe si mata sólo por un beso. Dinero - como el que buscan el creador de una falsa secta que en realidad es una tapadera tras la cual hay un negocio de tráfico de trabajadores mexicanos por el que les cobran a los trabajadores para traerlos de sus país y a los patronos en Estados Unidos por traérselos - , amor y muerte. Pasiones. Y en medio la razón, el frío convencimiento de un hombre que anhela tan sólo saber qué mueve a amar o matar. Siempre he preferido esta película y la otra historia de Archer/Harper - Newman inpuso el cambio de la letra: Archer significa arquero en inglés y no debía de gustarle: acaso no sabía que ese era el apellido del socio de Spade en El halcón maltés: le faltó un poco de sensiblidad negra-, "Con el agua al cuello", a las clásicas de Marlowe. Archer es más creíble y más próximo, menos aventurero y menos romántico - en el sentido clásico - que Marlowe: también más profesional, menos seguro de sí mismo y más antihéroe. Los temas que tocaba Macdonald también eran más profundos, su indagación en el alma humana más incisiva, y en la soledad de Archer se refleja buena parte de la soledad del hombre contemporáneo, que se relaciona con sus semejantes buscando su lugar en el mundo, su verdad más profunda, pero nunca la encuentra.