Citas: Joan Ramón Resina

La forma de la novela policiaca se ha convertido en refugio de escritores y lectores reacios a sacrificar totalmente su capacidad de ilusión, aun cuando se vanaglorian de no hacerse ilusiones respecto al arte y la fantasía ( a los que cabe añadir la política, las ideas, la razón y la ética).

Joan Ramón Resina: El cadáver en la cocina. La novela criminal en la cultura del desencanto. Editorial Anthropos, 1997.

Al final del edén, de Larry Clark

Hay películas que no te atrapan por su belleza, por la interpretación de sus actores ni por el nombre de nadie de los que han participado en su realización. No digo que éste sea el caso, porque James Woods y Melanie Griffith me parece que son dos actores con merecido crédito. Pero os animaría a ver la película como si ninguno fuera conocido, como si todos fuesen principiantes o de un país remoto. Algo de esa intención hay en lo que nos cuentan, aunque no se puede decir que los motivos estadounidenses no estén por todas partes, desde los paisajes hasta las canciones - estremecedora Every grain of sand, de Bob Dylan, en los créditos finales -, pasando por la violencia contundente y seca. Creo que es una historia atemporal: un joven ladrón que se une a dos ladrones para dar golpes más serios-con mayores ganancias- y tiene un aprendizaje en el  que no faltan sorpresas muy desagradables ni tiroteos, un aprendizaje no de lo bueno -como en muchas novelas y en otras películas- sino de lo malo, de lo peor. Las escenas de violencia son cortantes, exactas, dolorosas por su concisión y efectividad. Y la relación del chico con su novia, que le acompaña en su aprendizaje de ladrón adulto, tan desoladora como uno de esos paisajes rotos y sin final de las carreteras vacías de los Estados Unidos. ¿Hay aquí convencionalismo, han conseguido con esta obra arriesgada evitarlo? Creo que sí, de sobra, han eludido los tópicos y han contado una historia de manera descarnada, con un acierto que la hace parecer una película adulta cuando la pones al lado de -pongamos por caso- cualquiera de Tarantino: aquí no hay violencia gratuita ni morbo. Al final del edén es una película necesaria, simbólica, sin concesiones, un duro canto a los valores perdidos y acaso nunca vistos, un retrato ácido y desamparado de los que nunca vencerán y saben que no pueden hacerlo. Si la ves con ojos limpios, puede que acabes sintiendo que cualquiera de nosotros podría ser uno de esos personajes desterrados, sin fe en nada que pueda darles fe, solos y terriblemente desesperanzados. Tú o yo. Cuestión de suerte.

Beltenebros, de Muñoz Molina ( y Payá Beltrán )

Comentaba hace poco con unos amigos qué pocos libros de estudios literarios se publican. Antes había muchos de comentarios de textos, otros que abordaban la obra de un autor -en su conjunto o una novela en particular -, otros que valoraban la narrativa en ciertos períodos. Ahora visitas las librerías y te encuentras muchos libros con títulos como "Escribir novela", "Redactar bien", "La creación del personaje", "La descripción", que, como veis, sucumben a la moda de la especialización, el parcelamiento continuo en que se nos obliga a vivir. Hay escuelas de letras y cursos de narrativa -supongo que interesantes, como los hay de cine- pero siempre he desconfiado de lo que está sujeto, programado, estipulado. Siempre he aconsejado hacer las cosas con pasión, dejarse llevar por el instinto, que es inteligentísimo, y moverse de un lado a otro por las derivaciones que marcan nuestros gustos literarios: si lees a Muñoz Molina, por ejemplo, y te informas de quiénes le han influido, llegarás a Onetti, a Borges, y el viaje será tan satisfactorio que te resultará inolvidable. Por eso quiero destacar hoy no el libro de Muñoz Molina, sino el estudio que en la edición de Cátedra presenta José Payá Beltrán, y que aborda temas tan variados como el suspense, las influencias cinematográficas de la novela, el estilo y el ritmo de la prosa o la utilización de la comparación. Son noventa páginas, centradas en Beltenebros, que suponen una pequeña guía y, a la vez, unos apuntes utilísimos sobre el proceso creativo de un autor y su obra. Tenía ya otra edición de esta novela y compré la de Cátedra tras echarle un vistazo al detallado y ameno trabajo de Payá. Si en cine hay muchos libros que comentan los entresijos de las películas, en literatura lo más parecido es esto. 

Jade, de William Friedkin

Este director nos dio la estimable Vivir y morir en Los Angeles. Esta película presenta un final que no es el típico ajuste de cuentas, la ley ganadora y el malo muy malo entregado a la justicia o muerto por la mano ejecutora de alguien que impide que el tipo vaya a la cárcel y salga libre después, etc. Hay una escena de acción con dos coches persiguiéndose muy meritoria, incluso en un momento de acción en el puerto (o junto a un río) parece que el coche respira, tiene vida propia, es como una bestia que anda y bufa y va a atacar y causar daños importantes a todo cuanto se ponga por delante. Es una escena memorable. El erotismo de Linda Fiorentino también es recordable, como los planos cercanos de su cara. La seriedad y el rigor de David Caruso también merecen destacarse. Y otro detalle más: hija de su época, la película tiene una serie de tics que la emparentan con otras parecidas y que tocan temas semejantes y con toques sensuales y de misterio parecidos. ¿Por qué ocurre esto? ¿A los guionistas les obsesionan una serie de temas que pululan cinematográfica o socialmente por el inconsciente colectivo de esa década? ¿Deja la película una fragancia permanente, como "Gilda" en su contexto, como "Rebeca"? Quizá no. Pero, siendo positivo, extraigo una idea común a algunas de las películas con las que está hermanada: una mujer que se libera, que se acuesta con quien quiere, que castiga al marido que le pone los cuernos poniéndolos ella, que es activa en la cama, que reconoce ser atrevida y ser la que manda. Sí, ya hay algo del reflejo de una época. Y el papel del hombre también queda retratado: pasivo o demasiado violento con ella, entregado o simple utilizador, sin término medio, si os fijáis. Sí, es una película para guardarla y volver a verla dentro de veinte años. 

P. D. James: La sala del crimen ( y 5 )

Las historias se olvidan, lo que queda son los personajes y las atmósferas, los ambientes. Esa es la primera enseñanza que le ofrece esta novela al escritor que ahora se está formando. No hay falsedad en P.D. James, no hay impostura ni exageración. Juega sus cartas descubriéndolas y no se guarda ases falseadores en la manga. Planteamiento, exposición y desenlace. Así está construida La sala del crimen. Una distribución meditada y correcta, con capítulos largos y abundantes detalles de lo que hace y piensa el personaje al que enfoca la luz de la narración. Claro que hay tradicionalismo en la investigación, en el desenlace, porque se trata de la heredera de Agatha Christie, que nadie se engañe ni se sienta engañado. El culpable es descubierto, el policía que investiga es muy inteligente y va por delante del lector, es independiente e incorruptible. Son tópicos, pero los supera la escritora con su talento y sensibilidad. En Agatha Christie la frialdad empaña los logros narrativos, por ejemplo, y en otros autores las buenas intenciones quedan hundidas por culpa de la impericia técnica. La novela es un artefacto, una creación que, como un cuadro o una escultura, precisa de ideas previas pero también de un alma que las ejecute, que las viva mientras van naciendo: de lo contrario, nacen muertas. La inteligencia de P. D. James se ve en la contraposición de caracteres y ambientes, en la facilidad con que se mueve la voz narradora junto a un personaje anciano y luego junto a un personaje joven. La sensiblidad de P.D. James hace que nos creamos a esos personajes, que los sintamos vivos, tanto si sus actos y pensamientos nos agradan como si nos repelen. Cuando cierras la novela, la detective Kate queda muy claramente definida en tu memoria, Dalgliesh también, y Tally Clutton, y Caroline Dupayne, y Muriel Godby. 

P. D. James: La sala del crimen ( 4 )

En una reciente entrevista, aparecida en el diario El País ( 15-4-2006), decía P. D. James que "Un novelista debe de ser capaz de comprender otras posturas y penetrar en los sentimientos de quienes no comparten tus ideas". Benditas palabras de alguien que simpatiza con los tories. Predicando con el ejemplo, uno de los principales personajes de su novela -Kate Miskin, detective inspectora- se detiene a pensar en la lucha de clases: "Siempre había considerado la lucha de clases el recurso de las personas fracasadas, inseguras o envidiosas, y ella no era ninguna de las tres cosas. Entonces, ¿por qué estaba tan enfadada? Había empleado muchos años y energía tratando de superar el pasado, de dejar atrás de una vez por todas su condición de hija ilegítima, el hecho de que nunca conocería el nombre de su padre, aquella existencia en el bloque de barrio con su abuela gruñona, el olor, el ruido y la desesperanza que todo lo impregnaba... Y aun así, dedicándose a un trabajo que la había alejado de los edificios Ellison Fairweather más eficazmente que cualquier otro, ¿no había dejado allí una parte de sí misma, una especie de vestigio de lealtad hacia los desposeídos y los pobres? Había cambiado de estilo de vida, de amigos e incluso, por etapas casi imperceptibles, de manera de hablar. Se había convertido en parte de la clase media. Sin embargo, a la hora de la verdad, ¿no seguía todavía del lado de aquellos vecinos casi olvidados? Y ¿no eran las señoras Faraday, la clase media próspera, culta y liberal, quienes al final controlaban sus vidas? ¨Nos critican por reaccionar con respuestas intolerantes que ellos jamás experimentarán -pensó -. No tienen que vivir en un barrio de viviendas del ayuntamiento con un ascensor cubierto de pintadas y una violencia incipiente pero constante. No envían a sus hijos a escuelas donde las clases son auténticos campos de batalla y el ochenta por ciento de los niños ni siquiera habla nuestro idioma. Si sus hijos se convierten en delincuentes, no los envían a un tribunal de menores, sino a un psiquiatra. Si necesitan tratamiento médico urgente, siempre pueden recurrir a la medicina privada. No es de extrañar que se permitan el lujo de ser tan puñeteramente liberales.¨" Lo que me lleva a pensar, amigos, que es cuanto menos sorprendente que sea en una novela policiaca donde encontremos unas meditaciones de este tipo, que no se encuentran ya en ninguna clase de novela, y menos aún que partan de la imaginación de una escritora que milita personalmente en la derecha. ¿Será que le ocurre como a Balzac, claramente reaccionario en su vida social y revolucionario en su obra literaria? No lo sé. La verdad es que la novela negra, por definición, pertenece al ámbito de la izquierda -no confundamos novela negra con novela policiaca, apartado en el que hay que situar a los escritores como Agatha Christie y seguidores, para los que el crimen y su resolución son un simple entretenimiento, a diferencia de Chandler o Hammett, que lo sitúan en escenarios con raíces sociales-, pero se dan casos curiosos como el de nuestra admirada autora británica que es capaz de incluir en sus páginas meditaciones que les resultan ya ajenas literariamente incluso a viejos novelistas negros, luchadores de la vieja izquierda. 

P. D. James: La sala del crimen ( 3 )

Me molestan los tópicos, siempre ha sido así, y no puedo ni quiero evitarlo. Cuando veo a esos policías fríos, distanciados, de vuelta de todo, me digo: ¿por qué no lo dejan?, ¿de dónde sacan fuerzas y motivación para seguir? El sueldo creo que nunca es suficiente. Pues bien, leyendo "La sala del crimen", de una autora tan bien documentada como P. D. James, me encuentro con estas líneas: " La ira en la escena del crimen era un sentimiento natural y a menudo constituía un acicate loable para entrar en acción; al detective que se hubiese vuelto tan indiferente, tan insensibilizado a causa de la naturaleza de su trabajo que ni la lástima ni el dolor hallaran un hueco para manifestarse en su respuesta ante el dolor y la destrucción humanos, más le valía buscarse otro trabajo" ( pág. 311, Byblos). Todos nos movemos guiados por las emociones, aunque unos por las más inmediatas y otros por las que tienen bajo control, enfriadas, dispuestas como en un catálogo para elegir la más adecuada en cada caso. Todos nos implicamos: sentimos dolor, pena, lástima, desprecio, interés ante el hecho luctuoso. Los escritores que lo saben y aciertan a transmitirlo crean a unos detectives que son héroes con su carga necesaria de antihéroes, de humanos, diríamos más claramente, y los lectores los reconocen, los siguen: pienso ahora en el Wallander de Mankell, tan lleno de sensaciones contradictorias, y en el propio Dalgliesh de P.D. James, al que su autora lo convierte en poeta, además de ser policía, con éxito y de manera creíble: consiguen mostrarnos los claroscuros del alma humana y nos reconocemos en ellos, nos sirven para meditar y aclararnos, para sentir con ellos mientras avanzamos en la resolución de sus casos. No os extrañaréis si os digo que Sherlock Holmes siempre me ha parecido sólo un personaje literario y que, por contra, aún pienso que algún día conoceré personalmente a Carvalho, a Wallander, a Kinsey Millhone.

P. D. James: La sala del crimen ( 2)

Hay momentos, cuando estás leyendo, en que el autor parece pasarte una mano por la cara y te despierta. Me ha ocurrido en un momento en que la secretaria y amante de un psiquiatra confiesa que se sentía más lejos de él cuando acababan de hacer el amor - esas tardes de labios cerrados elegidas por el psiquiatra para comer, hacer el amor, dormir - que tomando sus dictados en la consulta. La mujer le ama, incluso ahora que él ya no está con ella, de eso no tiene ninguna duda. Le ha amado durante mucho tiempo. Ha querido darle todo lo que podía darle. Pero ese algo inefable e inasible que los separaba le ha dejado una herida que intenta cicatrizar hablando, haciéndola palabras: dichas a un comisario en una investigación, sin que la presionen, sin que la fuercen a hablar ni a revelar su oculta relación con el psiquiatra. 

P. D. James. La sala del crimen

Leyendo "La sala del crimen", se llega a a la página 52 y se percata uno de que no ha habido crimen todavía, nada cruel ni ensangrentado, sino tan sólo un encuentro de dos amigos que van a visitar un museo. La capacidad envolvente de las atmósferas policiales que crea P. D. James es de sobras conocida, pero quizá menos su aptitud para hablarnos de otros temas. 

Tánger, de Juan Madrid: la película

La película no tiene el mismo argumento que la novela. La ha adaptado el propio autor y ha hecho cambios, ha actualizado la trama. Tiene las destacables interpretaciones de Ana Fernández y Jorge Perugorría. José Manuel Cervino vuelve a ser el malo. Fele Martínez tiene una aparición corta. Los cambios le sientan bien a la trama, ofrecen nuevas aristas, nuevas profundizaciones en los personajes. Son como variaciones, en lenguaje musical. Es una pelicula a contracorriente. Se atreve a hablar del neofascismo español y le pone caras. Se atreve a hablar de las redes de tráfico e inmigrantes y les pone cara. Se atreve a hablar de políticos, infidelidades, buenos aparentemente buenos y malos aparentemente malos y les pone caras. Yo creo que es una película adulta, a diferencia de la mayor parte del cine actual, con todo hecho, bien compartimentado, para que veamos lo blanco, blanco y lo negro, negro, sin contrastes, sin inquietudes, tan manipulado que da miedo y vergüenza a partes iguales. Esto sí es cine negro, cine en el que se denuncian cosas y se habla de la vida real, donde todos los delincuentes no van a la cárcel -si tienen poder, aún menos-, donde los inocentes son las primeras víctimas -a veces las únicas-, donde las mujeres siguen siendo débiles y utilizadas. Pocos directores y novelistas tratan al espectador y al lector sin insultarle, sin tomarle por un niño, y Juan Madrid es una excepción a tener en cuenta.

Juan Madrid. Tánger ( y 2)

La novela presenta una estructura interesante: se mueve pegada a varios personajes -está narrada en tercera persona-, que se encuentran pocas veces a lo largo de la historia, y nos da las emociones de un solo personaje en cada fragmento. El tema, los nuevos y viejos fascismos, arroja un saldo que estremece: antes había y ahora los hay, pegados siempre al poder y a los poderosos, que tienen acceso a las armas, a los que dictan las leyes y a los que pueden engañarlas. La primera función de la novela negra es la crítica al poder, la denuncia de las lacras que lo visten y lo arropan. Hay riesgo al practicar este tipo de literatura, pero tiene una recompensa: si Shakespeare nos hablaba de reyes y príncipes y nos contaba sus excesos, si su obra ha pasado a la posteridad es porque miraba y tenía el valor de mostrar las corrupciones y los asesinatos y los excesos de todo tipo radiografiando unas sociedades que ahora miramos con desdén y pálida rabia. Shakespeare pasó a la posteridad porque su obra es esencial y útil -además de tener a la más alta literatura de su lado, claro está-, porque habla de personas y personajes y situaciones que sirven para definir. Igual hace, salvando todas las distancias, Juan Madrid: contar la esencia de lo que ocurre, de lo que ve, con un lenguaje sencillo y muy efectivo, con calidad literaria. No hay escapismo aquí y sí mucha valentía, literatura comprometida, útil, hay una historia que se queda en nuestra memoria. Juan Madrid es uno de los mejores escritores españoles de novela negra. Un personaje como Leo el Cubano lo atestigua. U otro como el Rai. Son personajes muy bien definidos, sin simplicidades, sin psicología barata. Tienen las contradicciones propias de los que existen, ya sea en papel o en la realidad más palpable. Y que nadie se engañe: no hay aquí violencia gratuita, disparos a lo Tarantino, denuncia de escritor de salón. Juan Madrid ha investigado, ha olido los ambientes de la corrupción. De esa corrupción que es una sombra que habita en el pecho de muchos que creen estar al sol.

Diario de un detective privado ( II )

Los detectives privados estamos hechos de pasado. Sin el pasado, nuestra profesión no tendría sentido, seguramente no existiría. Buscamos a personas desaparecidas pero primero indagamos en su pasado, avistamos su vida desde una atalaya mental para encontrar los hechos más destacados y, a partir de ahí, centrarnos en cuatro o cinco lugares, cuatro o cinco personas. Quien desaparece voluntariamente siempre tiene un escollo en su pasado, una situación que no pudo digerir o una persona a la que no le dio lo que quiso o a la que le hizo algo que no debía. Si somos seres humanos es porque recordamos nuestro pasado. Eso nos diferencia de los animales. Busco a personas y por un rato trato de entrar dentro de ellas, de ser ellas, de sentir la música que les gustaba, y me pongo la ropa que preferían, me echo en una cama en la que durmieron e intento imaginarme qué las agobiaba, qué salida le habrían buscado a un problema complejo. El cine y la literatura se nutren del recuerdo, son recuerdos mutados en palabras y en imágenes. Cuando mi madre enfermó de Alzheimer me pregunté si debía de dejar la profesión. No lo hice, pero a veces me pregunto qué pasará conmigo el día que ya no sea capaz de recordar, el día en que todo sea un presente llano, sin profundidad, un eterno presente sin aristas, sin dolor y sin la felicidad de recordar un buen momento. Tendrían que aprobar la eutanasia. Yo dejaría escrito en un papel que me liquidasen justo al entrar en la época en que perdiera mi pasado. A mis familiares les dejaría todos mis recuerdos. No quiero dejar dinero ni objetos materiales. Sólo mis palabras, mis anécdotas, las historias que les haya contado una tarde bebiendo vino y sintiendo que el mundo es un largo campo lleno de agradables luces y muchos, muchos recuerdos.

El invierno en Lisboa, de Muñoz Molina

En el libro "La novelística de Antonio Muñoz Molina: sociedad civil y literatura lúdica", escrito por Salvador A. Oropesa y editado por la Universidad de Jaén, encontramos estos párrafos ( páginas 61 y 62):

"Lawrence Rich afirma que " [El invierno en Lisboa] is Muñoz Molina´s first full-length exercise in intertextualizing the popular" y la califica como homenaje a Raymond Chandler y a Alfred Hitchcock. Para Rich contiene todos los elementos de la novela negra, como los paisajes urbanos, la lucha por la posesión de un objeto valioso, artístico, que es hasta cierto punto una entelequia, como en The Maltese Falcon de Dashiell Hammett( en este caso un cuadro de Cezanne). Está también el hotel ruinoso, las calles frías y lluviosas y la femme fatale."

"En realidad, es difícil de entender por qué Muñoz Molina ha dicho que no se trata de una novela negra, porque indiscutiblemente lo es."


Juan Madrid: Tánger

Esta es una de las dos citas que anteceden a la novela: " Todos los fascismos están alimentados por el miedo a los pobres y a la revolución. Y, sobre todo, por la irracionalidad, los nacionalismos, el fanatismo y la miseria sexual y moral." Se las escuchó decir Juan Madrid a su propio padre. Este escritor crea personajes y situaciones creíbles, algo que escasea, dentro y fuera de la novela negra. Hay una influencia clara en su escritura: Pío Baroja. Algunos dicen que también está detrás Ignacio Aldecoa. Juan Madrid sabe de lo que habla, a diferencia de otros autores que sólo imaginan. No se documenta para una novela: lo documenta su propia vida, sus inquietudes, sus motivaciones personales: de ahí salen sus novelas. Es uno de los últimos escritores comunistas -admira a Dashiell Hammett, también comunista, que es su tercera y también muy clara influencia- y por eso Tánger empieza con una manifestación de neonazis por los alrededores de la Casa de Campo, en Madrid. Admiro a su personaje Toni Romano, que hasta ahora ha protagonizado seis de sus novelas, porque es un personaje de novela negra española, creíble y próximo. Lo mismo ocurre con el protagonista de Tánger, un joven marroquí, y con su socio, un ex boxeador, metidos a cobrar deudas pendientes. Madrid no malgasta una sola palabra: descripciones concretas y definitorias, narración ágil y con pocos adjetivos, y un estilo muy personal -muy Barojiano-, con un tono cercano a lo coloquial que parece hablarle a media voz al lector, un voz amiga, sin estridencias, que cuenta y dice lo que sabe y conoce y no falsea, no añade hipérboles ni suspenses innecesarios porque cuando se domina lo que se narra, cuando se está seguro de que lo que se está narrando vale la pena no hay que irse por las ramas. ¿Sirve decir que hay novelistas de la experiencia? Juan Madrid es uno de ellos. Sincero y con unas historias que nos cuentan la verdad de nuestro mundo, el cercano, el de la esquina y dos esquinas más allá. Un novelista forjado en las lecturas de los clásicos estadounidenses pero que habla profundamente de cuanto ven sus ojos despiertos, y no sólo de lo que ve su mente.

Jonathan Valin: La calera (y 2 )

En 1980, cuando se publicó esta novela, Alejandro Amenábar no había rodado aún "Tesis", no se hablaba de películas snuff. No se había rodado tampoco "Asesinato en 8 mm." Pero esas dos películas están en La calera, aunque no sé si habrá sido ésta una decisiva influencia para los guionistas. Hay épocas en que ciertos temas nos preocupan y ocupan, rondan por nuestras mentes y los periódicos les dedican titulares, artículos, y ciertos programas de televisión los abordan, los filman, los muestran, de manera cruda o suavizada, depende de a qué hora se vayan a emitir, de a quién estén destinados. En esta novela hay mucha novela negra, de la de verdad: la que profundiza e hiere, la que destapa y llama por su nombre a la corrupción, los abusos a menores, la violencia, el asesinato. Es una obra emblemática, un paso más en la senda que empezaron a transitar Hammet, Chandler y Macdonald, los tres grandes. Valin buceó en su década y sacó a la luz la podredumbre que encontró, la expuso para que la conociéramos, llamó suciedad a lo que es suciedad y se anticipó a momentos como los vividos en España con el Caso Alcasser. Valiéndose de un detective privado, que a nadie se debe, que no tiene presiones por arriba - como sí tiene un policía-, nos mueve por un escenario de pesadilla pero tan real que asusta, que encoge el ánimo: las últimas treinta páginas de la novela se leen con un nudo en la garganta, porque el lector se sorprende pero también reconoce: los datos están ahí, los delitos, la manipulación, la crueldad. Vemos a niños indefensos pero -Valin es un escritor completo- también a adultos que los explotan y dan sus razones -¿qué puede haber más importante que el dinero, si hablamos de un mundo salvaje, depredador?-, se mueven como personajes y no como muñecos a los que se viste y se les da alegremente un monolítico papel de villanos. Vemos que hay corrupción y vemos un final en que se destapa cuanto se tapaba porque un solo hombre ha expuesto su vida -un individuo solo pero no individualista, pues actúa no en propio beneficio, sino como prolongación de los brazos y los deseos de otros- para llegar a un lugar sin vuelta atrás, a un punto en el que ya no es posible hacer la vista gorda, mirar para otro lado, eludir responsabilidades: todo está oculto, disimulado, pero si alguien lo muestra -como ocurre en los casos de corrupción política- ya no queda otra solución que empezar a acusar, a señalar con el dedo, a responsabilizar. Pequeños terremotos que dan la vuelta a la superficie, duran unos instantes y luego todo sigue igual, no nos engañemos, amigos. La diferencia, la cualidad que añade y distingue a Jonathan Valin es la piedad. Ajeno al maniqueísmo, a la fácil mostración de lo podrido, este autor no se olvida de que todos los personajes, buenos y malos, están hechos de la misma pasta. A unos ganas dan de escupirles y otros nos emocionan, pero todos están tratados de una manera inteligente. Un gran novelista puede mirar al mundo y señalar sus maldades, pero si lo hace con piedad puede llegar a escribir además una obra maestra. Dentro del mundo de la novela negra, La Calera, de Jonathan Valin es, sin duda, algo muy cercano a una obra maestra.


piedad

Jonathan Valin. La calera

Hay conversaciones que estremecen. Cuando habla con una chica liberada de las garras de una pareja que la prostituía, oye el detective preguntar a la joven de dieciséis años qué pasará ahora. Stoner le dice que podrá hacer vida normal. Ella, la vida normal que ha llevado ha sido la de la prostitución. Pero contesta que no lo pasaba mal: de todas formas, desde los trece años -antes de que la forzaran a hacerlo- ha estado con hombres, no sabemos si porque la obligaba su padre o con otras personas. Stoner le dice que en los colegios hay muchos chicos de su edad, se divertirá volviendo a esa vida normal de chica de dieciséis años. Contesta ella que no lo cree, porque los chicos serán de su edad, pero no han vivido lo suficiente, no como ella . Y concluye que podrá consolarse enseñándoles. Narra Stoner: " Ella era mayor que los otros y, en unos cuantos años, esos hermosos ojos verdes se convertirían en activos depredadores verdes en un mundo depredatorio."